LOS CORRALES DE COMEDIAS ( y 2)

 


Cuando se habla del teatro en España en el siglo de Oro hay que recordar que incluso algunas localidades secundarias poseian su “Corral”, donde los aficionados organizaban representaciones contratando a veces a un actor profesional para que les ordenara la escenificación.  Pero eran sobre todo las compañías ambulantes — cómicos de la legua — las que permitían a las ciudades pequeñas ver representar las “ comedias” que constituían lo esencial del repertorio. En los “corrales” de Madrid las trifulcas por la ocupación de los asientos  eran muy frecuentes y a veces llegaban a ser sangrientas. En los “Avisos” de Pellicer se lee: “Ayer, don Pablo de Espinosa por diferencias sobre el banco en  la comedia, mató a un caballero llamado Diego Abarca y el matador quedó tan mal herido que está desahuciado”. En los “corrales” los llamados “mosqueteros” constituían una categoría particularmente temida — así lo recuerda Marcellin Dufourneaux al hablar de la vida cotidiana en la España del siglo de Oro —: no se trataba sólo de soldados sino de gentes del pueblo que se jactaban de ser especialmente entendidos en materia teatral y cuyos aplausos o silbidos decidían frecuentemente la suerte de alguna obra. “Se encuentran entre ellos —dice  Bertaut en su  “Guía de viaje por España”— todos los comerciantes y artesanos que, dejando su tienda,  vienen con capa, espada y daga, se llaman  todos “Caballero’, hasta un simple zapatero, y son ellos los que deciden  si una comedia es buena o no. Los zapateros no se conforman con juzgar sino que representan un papel esencial, por lo menos en Madrid, hasta tal punto que los autores dramáticos se esfuerzan a veces en asegurar por adelantado su apoyo para el estreno de su obra. Me han contado — añade Bertaut —que un autor fue a ver a uno de esos “mosqueteros” y le ofreció cien reales para que se mostrara favorable a su obra; pero éste respondió con altanería que ya vería si la pieza era buena o no, y la obra fue silbada.”

 

 

(Imágenes— 1-corral de comedias – national geographic/ 2-Corral de comedias — colegio de actores)

LOS CORRALES DE COMEDIAS (1)

 


Ahora que lógicamente se vuelve a hablar como cada año del famoso Corral  de Comedias de  Almagro y de su historia, pienso en  los dos primeros “corrales “ que tuvo Madrid en la llamada  “época de oro” del teatro, entre 1561 y 170O. Eran  estos “corrales” muy pobres coliseos dedicados a las producciones inventadas y versificadas  por los poetas: el Corral del Príncipe y el Corral de la Cruz. El Corral del Príncipe — como así lo recuerda Sainz de Robles — estuvo situado exactamente donde hoy se levanta el Teatro Español. Hasta 1605  se denominó Corral de la Pacheca, por haber sido instalado en un solar perteneciente a doña Isabel Pacheco, en el último tercio del siglo XVl. Fue inaugurado el 21 de septiembre de 1583, representando los actores Vázquez y Mateo unos pasos de Lope de Rueda. Sesenta reales pagaron los citados cómicos por el alquiler del teatro, un precio irrisorio que se justificó “ porque aún no estaban hechas las gradas, ni ventanas, ni corredor”. No existía  aún frente al Corral la plaza de Santa Ana que hoy vemos, sino que tenía, apenas separación por cuatro metros, el convento de carmelitas descalzas de Santa Ana.

El Corral de la Cruz, en la calle de este nombre, se inauguró el 16 de septiembre de 1584, representando los actores Álvarez y Cisneros unas “farsas” de cuyos autores no se conocen los nombres. Los primitivos corrales de la Cruz y del Príncipe comprendían: el “tablado” para representar, a una altura poco más  de un metro sobre el piso del patio; las “gradas” para los hombres, en los laterales del patio; los “bancos portátiles”, hasta noventa y tantos, que se alineaban entre las gradas y delante del tablado; el “corredor” para las mujeres — llamado “cazuela” o “jaula” — en el primer piso; los aposentos o ventanas, llamados “rejas”, destinados a las personas que querían asistir a la representación sin ser vistas. En el patio, detrás de los bancos, había una gran viga, que por llegar a la altura de los cuellos de las personas en pie la llamaban “degolladero”, y servía para separar a ciertos espectadores de relativo postín de la entrada general o “paseo” donde se apiñaban gentes con intenciones aviesas. El piso del Corral era de piedra, con algún declive y un sumidero central para recoger las aguas. En la parte superior estaban “las canales” maestras; los tejadillos que cubrían las gradas y el toldo, el cual se tendía sobre el patio “como una vela” y que defendía del sol, pero no de la lluvia ni del frío.

 

El orden de la representación era el siguiente: primero, el guitarrista de la compañía tocaba unos aires populares para ir creando ambiente. Inmediatamente le sucedía el canto acompañado por varios instrumentos, cuyos tocadores se colocaban “a medio círculo” sobre el tablado, quedando los cantores detrás de la cortina. A continuación, la “loa”, indispensable introducción a toda obra teatral, recitada por el director de la compañía. Era la “loa” una breve composición en la que se alababa la comedia a representar, el  nombre del autor, y se pedía la atención y la benevolencia del público. Después, la comedia, en cuyos entreactos o descansos eran puestos en escena “entremeses” o bailes con castañuelas; bailes que eran repetidos al final del espectáculo. La escenografía teatral era tan pobre como pintoresca. Telones de algodón o de seda pintados en colores vivos con alegorías. Los dioses solían aparecer en lo alto, encaramados en una viga sin acepillar ni pintar. El sol era figurado por una docena de velas ocultas por un disco de papel. Cuando eran invocados los demonios, éstos aparecían subiendo tranquilamente por una trampilla abierta en el tablado. Los truenos se imitaban removiendo sacos de piedras. Como únicas decoraciones se utilizaban burdas sábanas pintarrajeadas: la  “del bosque”, que servía también de “jardín”, “calle” y cualquier lugar al aire libre, y la “del aposento”, que era común para “salón”, “gabinete”, “comedor’, “alcoba”…

Se pasaba súbitamente desde el bosque al palacio, o desde la cueva al castillo sin moverse los actores ni cambiar siquiera algunos detalles de la escena. Bastaba que uno de los actores se ocultara un momento detrás de uno de los colgajos que servían de bastidores y que volviera a presentarse exclamando: “Ya estamos en el palacio”, o “Ya estamos en el convento”, o “Hemos llegado al jardín”, para que los espectadores, sin la menor protesta, crearan imaginativamente y por cuenta  propia, el palacio, el convento, el jardín…

 

(Imágenes:—1- Corral de comedias- tempora magazine/ 2- Corral de comedias /3- Corral de comedias de Almagro)