LA ENVIDIA, SEGÚN PLA

 

 

“En el mismo momento en que uno se pone a escribir para el público – recuerda Pla -, entra en la categoría de lo justiciable. Usted, este señor de enfrente, yo, pasamos a ser justiciables. Yo me he dedicado toda la vida a ello y mi experiencia es un poco larga. Se pasa a ser justiciable de no importa quién, tanto si esta persona conoce mejor que usted la materia de su escrito como si no sabe ni papa. Es un  oficio que conlleva como ningún otro el embate de la gente. Dichos embates pueden producir, a las personas que escriben, momentos de mucho malestar; a algunos las lleva a abandonar la actividad y a dedicarse a tareas más plácidas y tranquilas. Hay personas que son muy sensibles —demasiado sensibles.

 

 

Esta situación es lo que ha hecho decir, tantas veces, que la actividad literaria  —y en general todas las actividades artísticas — está llena de envidiosos de la más baja calidad, que son quienes actúan por vanidad y por popularismo. Hay que saber aguantar tales empellones, y lo mejor para hacerlo es estar seguro de lo que uno escribe y no caer en la pereza del oficio, no hacer demasiado caso, no responder nunca, mantenerse en una posición de firmeza hábil y de un tacto perfecto. Pero como quiera que, aunque se sigan estos buenos consejos, los embates continuarán, lo mejor es habituarse y reírse de ellos, pero sin ofender. Lo que quiere la gente  es que se le respete la vanidad y la fanfarronería que arrastra.”

 

 

(Imágenes -1-William Clutz -1999- artnet/ 2- sir Henri  Raembur- 1795- National Gallery/ 3- Benny Andrews – 1977- artnet)

EL HÉROE QUE SURGIÓ DEL FRÍO

“No es nuestro héroe James Bond. Tampoco lo es el astronauta. Yo diría que esa precisamente debería ser nuestra gran dicha: mirar la pasión sin muerte de James Bond, mirar la ascensión al espacio del astronauta, y saber que ninguna de las dos nos representa. Convencernos de que en nuestro tiempo los héroes, en vez de urdir hazañas extraordinarias, batallan en la extraordinaria hazaña de lo ordinario. Los verdaderos héroes ‑esto no puede suscitarnos vanidad, sino meditación‑ somos nosotros mismos.

Observemos al héroe. Viene del horizonte de le épica, vive en tierras de grave inmensidad, nace en vastas extensiones de tiempo. Lo que arrastra mientras cabalga hacia nosotros es ese resto del decorado antiguo, su aire de fábula, el carácter sagrado que va perdiendo por el camino. Cuando llegue a nuestro siglo XII, el héroe conservará casi intacta su grandeza. Gesto, vestido, movimiento, energía, serenidad, solemnidad en el rito, dimensión exaltada, maravilla: todo esto nos llevará al Cid. Nuestro Rodrigo lleva a cabo proezas increíbles, se recorta entre la tierra y el mito, pone un pie en la realidad y da un paso hacia la fantasía. Sobre todo, ha adquirido humanismo: este héroe español, que puede fascinarnos por su impulso, nos subyuga principalmente por la sobriedad; sus victorias nos dejan más vencidos porque poseen ternura.

Pero pasemos a otro siglo. Estamos en un suburbio; sea en 1599 o en 1540, con Lazarillo de Tormes o con Guzmán de Alfarache, lo cierto es que el aire huele a campo y a arrabal. Al menos es lo primero que se advierte; y en seguida, la insignificancia de una sombra que va trepando como protagonista. ¿Qué es lo que aporta? Nadie lo sospecha, va a ser una sorpresa: para la sociedad, constituirá la rebelión; para las letras, la novela moderna. Se ha derrumbado la épica de la caballería, y el pícaro” va a suplantarla. A pesar de los triunfos del amor, en contra de los valores de la fama, de la hidalguía y del señorío, el “pícaro” desnuda sus vergüenzas, sabe que son sus glorias y las muestra, con cinismo mordaz se vale de sus hambres para escribir la propia biografía. Naturalmente no llegará a héroe: será su antípoda. Pero esta figura humilde, nacida como reacción del siervo más que del servidor, no carece de peculiar dignidad; su fuerza es el sarcasmo, y su móvil el reverso de la proeza.

Tracemos ahora un arco, ganemos tiempo. Este arco desciende hasta los lindes de nuestra época. Nuestra época no oculta a ningún Lazarillo ni esconde a ningún Cid; el héroe que ella descubre es un personaje normal y banal, enterrado en un vulgar paisaje. Dos ejemplos: el héroe puede llamarse Bloom y ser un pequeño agente de publicidad extraído de la vida de Dublín; el héroe puede llamarse Maigret y ser un sencillo policía destinado en París. Entre los dos se abren las diferencias de un tono y de una calidad literarias; pero a los dos les une un relevante detalle: son simples individuos, cuyas vidas alcanzan lo epopéyico precisamente a través de lo insignificante.

Lo insignificante, ese es el secreto. Este siglo ha tenido que transformar la rutina en hazaña, la nimiedad en leyenda. No hay más que contemplar al héroe de Joyce: un ciudadano despojado de su gloria. Ofendido y humillado, llevando en andas su destierro, Bloom atraviesa Dublín, mientras la gran ciudad, entreabriendo sus calles, lo absorbe y se lo traga. Lo banal le rodea; ese día en Dublín, nada ha pasado: buen tiempo en la mañana, tarde calurosa y lluvia nocturna; se han anunciado rebajas de verano, y en el teatro se presenta una ópera: tal puede ser una jornada anónima de una ciudad cualquiera. Ante Maigret, la impresión será idéntica. Si alguien pregunta dónde encontrar lo insólito, el policía habrá de contestarle: soy la simplicidad; un empleado en medio de empleados, una pipa, la manía de atizar la estufa, horario de oficina, zapatos pesados, un abrigo con el cuello de piel. Es la epopeya de la monotonía. Maigret sueña con el retiro, Bloom con una casa en las afueras; Maigret tiene como escudero a su esposa, Bloom es el escudero de su mujer.

Sobre todo, los dos personajes son reales. La épica moderna ha prescindido de lo grandioso para dar paso a lo verdadero: un realismo tremendo en París o Dublín. Nos hemos alejado de lo sobrehumano, de lo sagrado, de lo increíble; nos hemos alejado de lo invencible. Ese hombre que pasa puede ser oprimido o engañado, sentirse insatisfecho o caer en el ridículo. No importa. Todo eso no le impide ser héroe. Se encuentra solo; burlón o taciturno, aspira a conseguir el heroísmo en la trivialidad.

Se ha reducido lo excepcional, ha variado el sentido de la aventura. Hoy la aventura no es tanto modificar una circunstancia como procurar defenderse de ella. El río de las circunstancias nos empuja, nos envuelve, nos lleva; las circunstancias forman remolino, el río nos precipita y nos despeña. Sobre ese cauce, dos perfiles: el hombre que lucha o que resiste agarrado a las rocas, y el que se aleja inmerso en la corriente. Ambos han sido aceptados como protagonistas. La literatura de nuestro tiempo nos ofrece la efigie del primero en esas obras viriles y violentas que alguien ha bautizado de la condición humana: en ellas se yergue un heroísmo pleno, el heroísmo retratado en los gestos y en esos actos tan secos muchas veces, pero que justifican impecablemente el ardor del hombre frente a la vida. En este caso, el héroe es heroico por cumplir ese esfuerzo de voluntad y abnegación que le anima a realizar un hecho extraordinario; su hazaña está nutrida de resistencia y de exigencia, y su misión es sacudir a cuantos incapaces no logran ser conscientes de su destino.

Pero la literatura de nuestra época refleja también a la figura anónima, al hombre-masa, al solitario en sociedad, al hombre-número, al héroe, nuestro hermano de todos los días. Si este individuo pudiera gozar de auténtica comunicabilidad con sus semejantes, si no tuviera que vivir aislado al propio tiempo que arrojado en la aglomeración, o bien si disfrutara menos de la cortesía impersonal y más del amor verdadero, podría decirse simplemente que en nuestra tierra existe un hombre sin nombre, casi feliz, que por ser tan vulgar o tan corriente es difícil que alcance el heroísmo. Pero este héroe de tantos libros contemporáneos es heroico por más de un motivo. Su andar errante atravesando calles con una mezcla de rebeldía y tedio, su sombra sin relieve, incluso sus gestiones sin éxito, hacen que se levante sobre el mundo un nuevo héroe, antes desconocido, cuya aventura es continuar anónimo y vivir lo ordinario en silencio.

Poco. Acaso valga poco. Tal vez sea mediocre, o áspero y salvaje, o triste o ingenuo. Pero ese mudo charlar que se le escapa, monólogo interior y extraño soplo, es su sonoro pensamiento. Quizá no llegue el héroe a poeta, ni a rector de asambleas, ni a líder político. Su fatiga, sin embargo, le delata: marcha sin brújula, como si hubiera olvidado el esqueleto.

Bien. Mirémosle de cerca ya que avanza dormido. Sonámbulo, sueña con superhombres, esos brillantes caballeros del mito. Ahora se sienta en la butaca, se transforma y se evade: James Bond le atrae en la pantalla; el astronauta, en los cielos vacíos.

Pero más tarde sale: entra en su mundo. Sigue posada el ala de la duda sobre su vida, quietas las garras de la costumbre: dos ojos de rutina le miran fijamente retando a su heroísmo. El hombre da unos pasos: se estremece. Ese temblor que siente es el frío del siglo”.

(“El artículo literario y periodístico” .-“Paisajes y personajes”.-pág 305-308)

(Imágenes.-1.-Amir Shingray,.2008.-Craig Scott Gallery/2. Balcomb Greene .-1962.-Champs de Mars.-Spanierman Modern/ 3.-pintura de Sir Henry Raeburn.- patinaje sobre Duddingston Loch.–Reverendo Robert Wallker.-1795.-National Gallery of Scotland/ 4.-Yarg Noremac.- sin límites.-2008.-Robert Berman Gallery/ 5.-Jack Spencer – vigía del mundo.-2000)