CRÓNICAS MARCIANAS

 

 

Las últimas noticias sobre el aterrizaje y observación de Marte nos llevan a recordar aquellas célebres”Crónicas  marcianas” de Ray Bradbury que tuvieron tanto eco en los años 50.  El editor Ray Russel hablaba del impacto causado por aquellas crónicas y decía  que “ aunque critiquemos los fallos en la obra de Bradbury ( esos que Kingsley Amis llamaba, con incisiva precisión, un “ especial estilo de imperfección, mitad extravagante, mitad seudopoético, que casa muy bien con el viejo corazón del lector de revistas de sábado por la tarde), es imposible negar su excepcional valía entre los escritores de ciencia ficción. Bradbury es el único de ellos que ha conquistado un puesto de privilegio, pero sin olvidarse nunca del género en que trabaja desde sus comienzos. En lugar de desertar de la ciencia ficción, la elevó al tiempo que él se elevaba.”

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, — decía por su parte Borges—, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.”

 

 

(Imágenes— 1- foto Paul Nicklen- national geographic/ 2-ilustración de Dimitry  Maksimov- Desinh related)

TOLKIEN : ESTAR DENTRO DEL LENGUAJE


Ante este mapa en el papel o dentro de su cabeza, pensando en los amantes de los árboles, las flores o el agua, en los humanos que cultivaban el suelo y edificaban villas y fortalezas, en los que buscaban minerales dentro de las montañas o en quienes custodiaban los bosques, Tolkien le consultaba a su hijo Christopher el 21 de mayo de 1944: “¿Te parece que Shelob (EllaLaraña) es un buen nombre para una monstruosa araña? Por supuesto, se trata tan sólo de “she más lob” = (araña) ; pero escrita como una única palabra, parece algo nocivo…”

Diez días después le confiaba también a su hijo: “Le leí a C.S.Lewis los dos últimos capítulos (El antro de Ella-Laraña y Las decisiones de maese Samsagaz). Sam, entre paréntesis, no es la abreviatura de Samuel, sino de Samsagaz (Medio-tonto en inglés antiguo), como el nombre de su padre es el Gaffer (Ham) en inglés antiguo Hamfast o Stayathome ( Quedadoencasa). Los hobbits de esa clase tienen por lo general nombres muy sajones; y no estoy verdaderamente satisfecho con el sobrenombre Gamyi y lo habría reemplazado por Buenchico si pensara que tú me lo permitirías.”

Las Cartas de J.R.R. Tolkien (Minotauro) revelan, entre tantos otros escritos, la preocupación del autor por el lenguaje. En la necrológica de Tolkien que The Times publicó en 1973 y que escribió su amigo C.S.Lewis se decía que él había sido no sólo un estudioso, sino un creador lingüístico: “Había estado dentro del lenguaje”, se afirmó. “”Al escribir – decía Tolkien – yo siempre empiezo por un nombre. Dadme un nombre, y sacaré un cuento, pero no al revés”. Como tampoco estaba muy seguro de cómo había inventado la palabra hobbit: “Yo no sé de dónde salió el nombre. Uno no puede coger al vuelo a su cerebro. Es posible que fuera por asociación con el Babbit de Sinclair Lewis“.

A Tolkien me referí en Mi Siglo el 29 de noviembre pasado y allí aludí a la invención y a la realidad. Ahora, un libro reciente, “Tolkien et le Moyen Âge” (CNRS, París,2007), publica una serie de artículos en torno al Tolkien investigador y filólogo, especialista en el mundo anglosajón-medieval. Lo feudal, el universo de las armas, la música, la poética, la magia, la arquitectura y la medicina expanden esa Edad Media de la que habla el célebre escritor. ¿Pero de qué Edad Media se trataba?
Se sabe que la ambición de Tolkien no era escribir novelas, sino constituir algo legendario, susceptible de reunir a la vez las mitologías greco-romanas y celto-germánicas. Trabajaba el lenguaje con intuición e imitación y ahora – además de quienes le veneran como autor y de quienes le rechazan – es estudiado como creador del lenguaje en muchas universidades del mundo.