“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS’ : MEMORIAS (17)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando  desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (17) :   Igor  Stravinski

 

 

5 mayo

 

 

– Antesdeayer – me dice hoy nada más entrar la periodista y sentarse en la silla – me hablaba usted de Fellini… ¿Lo conoció en Roma? ¿Cómo fueron sus años romanos?

– Bien, yo viví en Roma desde 1963 hasta finales del 65. Usted me pregunta por Federico Fellini, y me parece muy natural ya que él fue una personalidad que lógicamente atrae a mucha gente, pero yo, permítame que antes de hablarle de Fellini y de su mundo, prefiera referirme a otra personalidad que también conocí en Roma y que, al menos para mí, es mucho más poderosa que la de Fellini, por supuesto una personalidad absolutamente distinta, más completa, alguien cuya vida y obra me han dejado una gran huella. Hablo del compositor Igor Stravinski, al que conocí precisamente en Roma en 1964. Y recuerdo perfectamente como si ahora la reviviera aquella tarde bajo las luces de la gran sala de conciertos en la vía de la Conciliazione, un viejo palacio cercano a la plaza de San Pedro. Sucedió aquello el 13 de junio de 1964. Sentado como yo estaba en una de las esquinas del aula a la que me habían invitado, giré mi cabeza y allí vi a Stravinski, como también vi a Pablo Vl, el Papa que había entonces, en el centro del pasillo , sentado en un sillón algo elevado donde le habían colocado, con su capa roja cubriendo su sotana blanca, los ojos atentos y penetrantes que él tenía, las manos cruzadas : él presidía el concierto. En aquella audición, que luego se haría célebre en el mundo entero no sólo por la excelencia de su música sino por la presencia del Papa y por los compositores que a ella asistían, estaban presentes grandes figuras de la creación: Malipiero, Milhaud, Stravinski. Recuerdo que no se habían apagado todavía las luces ni los cuchicheos, llegaba aún un pálido resplandor de lámparas aisladas y se podían seguir movimientos de sombras buscando aquí y allá sus localidades. Pero inmediatamente se hizo el completo silencio, comenzó la música y todo se transformó. Yo miré el perfil, a muy pocos metros de donde yo estaba, de Igor Stravinski que a sus 81 años de entonces, con la mano en el mentón y en la butaca que le habían dispuesto a la derecha del Papa, se sumergía ya, como también lo hacía yo, abandonándose con ojos semicerrados al breve preludio de la “Sinfonía de los Salmos”, aquella obra suya escrita hacía más de treinta años en Echarvines, en los Alpes franceses, entre bosques, cumbres, cielos y naturaleza, y que ahora iniciaba el sonido de los primeros oboes y fagotes, mientras se extendía la oscuridad en la sala de conciertos y no creo equivocarme al decir que ese fue el momento en que comenzaron a sobrevolar ante él los recuerdos conforme escuchaba en latín “yo soy como un sordo, no quiero oír, como un mudo, no abro la boca; soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en su boca”, aquel Salmo 38 sobre el que él había trabajado tanto en sus manuscritos caligrafiados con plumas diferentes, algunas de tinta roja, que para el compositor fabricaban especialmente. E igualmente para mí no era nada arriesgado indagar en ese proceso de creación y pensar que Stravinski seguiría evocando en aquel momento, tal como continuaba sentado en la butaca junto al Papa, todos sus numerosos cuartos de trabajo en distintos países, sus incontables viajes en avión, las servilletas que había ido pidiendo a las azafatas durante los viajes y en las que él componía rápidamente los primeros rasgos de un puzzle que luego iría pegando en los hoteles, un puzzle musical sobre su mesa de trabajo bajo la mirada del pequeño icono ruso que siempre le acompañaba, aquella atmósfera tan propia del compositor, las interrupciones e invitaciones de repente para dirigir conciertos en cualquier parte del mundo, su batuta en el aire, su batuta en zigzag, su batuta pausada ante la orquesta, aquella maestría que, según él, no tenía nada de prodigioso al dirigir porque era el simple acompañamiento de medidas y de ritmos, sin arriesgar demasiado, con un mínimo de seguridad y de aplomo. Pero en aquel momento recuerdo que también avanzaban de nuevo desde el fondo del escenario de via de la Conciliazione el poderío de las trompas, y comenzaron a sonar cuatro trompetas y tres trombones, se alternaban timbales, bombo y arpa con los dos pianos, y muy poco después violonchelos y contrabajos dejaron entrar un coro infantil en cuatro voces que fueron levantando los salmos en el escenario (“me sacó del pozo de la miseria – cantaban los niños en latín -, del fango cenagoso, asentó mis pies sobre roca y consolidó mis pasos”), aquel Salmo 39 que era toda una mezcla de suavidad y de aspereza, mientras el coro y la orquesta lo conducían desde la plegaria hasta el profundo agradecimiento y desde el profundo agradecimiento hasta la seguridad de la respuesta. Aquello lo había compuesto, ahora lo recordaba él bien, en su habitación de Echarvines por las mañanas, ya que las mañanas para Stravinski tenían distinta fuerza que las tardes, por las mañanas pensamos, lo había dicho él muchas veces, de modo diferente a como lo hacemos por la tarde. Cuando tropiezo con una dificultad, había añadido, espero al día siguiente. Soy capaz de esperar lo mismo que es capaz de esperar un insecto. Y así había esperado absolutamente inmóvil la “Sinfonía de los Salmos” en aquella habitación de los Alpes, y luego en el jardín, sentado con su pantalón y su camisa blanca en la escalera exterior de la casa dejando que la tarde se consumiera, llegara la noche y volviera otra vez la mañana para componer. Aquellos Salmos no le habían dado tantos quebraderos de cabeza como cuando, por ejemplo, años antes, llegó a equivocarse y había escogido para trabajar una casa que él en principio creía silenciosa, también en Echarvines, pero no junto al lago d Annecy sino al borde de la carretera, y allí había querido esforzarse en crear, y al final lo consiguió – luchando contra gritos, discusiones y amenazas matrimoniales del albañil que habitaba en el piso de arriba y que era quien le había alquilado la casa -, sentado ante un piano a prueba de chillidos e incluso de olores ( aún recordaba el olor a arenques ahumados que descendía desde las ventanas), intentando componer el ballet en un acto, “El beso del hada”, su homenaje alto y claro a Tchaikovsky. Sí, él siempre había tenido, y así seguramente lo recordaba ahora en el concierto, una profunda admiración por el ballet clásico, por la belleza de su orden y el rigor aristocrático de sus formas, por el triunfo de la concepción sobre la divagación. Y ahora venían hasta su butaca de Roma todos esos recuerdos, todos los recuerdos, recuerdos muy desordenados. Avanzaban por la oscuridad de la sala de conciertos mezclándose con caras y con tiempos, caras de Cocteau que tantas veces él había visto, caras de Diaghilew, caras de Picasso, caras, caras, recuerdos…Y de repente concluyó la Sinfonía, estallaron cerrados los aplausos y se encendió la luz. Muchas veces me han preguntado, “¿Y usted pudo hablar ese día con Stravinski?” y he contestado que no, no pude hablar con él. Se encendieron de improviso las luces y Stravinski, levantándose de su butaca, giró a su izquierda, y estuvo unos minutos de pie, hablando con el Papa. Luego pasó a mi lado andando lentamente, apoyado en su bastón. Entonces yo solo me atreví a rozarle, a buscar una de sus manos y al pasar conseguí apretársela.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius’ (Memorias)

(Continuará)

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LA MODA EN SONIA DELAUNAY

 

 

Boccioni y Severini, a la cabeza de los pintores, –  recordaba Fernande Olivier en “Picasso y sus amigos” -, habían inaugurado una moda futurista que consistía en llevar dos calcetines de color diferente pero que hicieran juego con la corbata. Para que se les viera bien en el Café del Ermitage, que se había convertido en sede social del grupo desde que Picasso vivía en el bulevar de Clichy, se subían los pantalones hasta muy arriba y descubrían dos piernas, una verde y otra roja, que salían de los zapatos. Al día siguiente, el rojo había cedido el sitio al amarillo y el verde al violeta, pero los colores en general tenían que ser complementarios”. Así se comenta el encuentro entre cubistas y futuristas hacia 1911 con las primeras manifestaciones en París de la “reforma del traje” , traje y moda en donde años después participaría la pintora Sonia Delaunay.

 

 

La moda y los pintores han ido muchas veces  enlazados en la historia. Menos de cuarenta años antes de las costumbres y los amigos de Picasso, en el mundo de los impresionistas, Louis Edmund Duranty, en 1876, en ” La nueva pintura“, declaraba que ” lo que nos hace falta es la nota especial del individuo moderno, en su vestido, en medio de sus costumbres sociales, en su casa o por la calle. La actitud de cada uno mostrará si este personaje camina hacia una reunión de negocios o hacia una cita de amor”.

 

 

Ahora en el  museo Thyssen de Madrid tiene lugar la exposiciónSonia Delaunay. Arte, diseño y moda”. En el Madrid de “Pombo” y del “ultraísmo” –  lo quiso recordar James Laver en suHistoria del  traje”-,Sonia Delaunay es acogida con adoración. En ese ambiente se dedica al diseño de trajes y a la decoración. No era esta su primera incursión en este campo porque en 1913 ya había realizado su primer “vestido simultáneo“, pero sólo ahora se dedica de lleno a la aplicación de los principios del “orfismo” al tejido. Serge Diaghilev, que hacía entonces una gira por España con los Ballets Rusos, le encarga los trajes para ” Cleopatra” y le pone en contacto con el marqués de Valdeiglesias, quien le introduce en la buena sociedad madrileña para la que realizará trajes y decoraciones. Sonia Delaunay abre una  “boutique” que tiene un enorme éxito, y pronto su moda se extiende a Bilbao y San Sebastián. Sus creaciones en el mundo de la moda suponen la primera aplicación de la abstracción en el traje y son viables gracias al respaldo que encuentra en la élite aristocrática española. Sus obras carecieron entonces de repercusión fuera de esos círculos y hubo de esperar hasta los años 60 para que Sonia Delaunay fuera descubierta”.

 

 

“En 1923 – confesaba la artista – fui contratada por una casa de Lyon interesada en diseños para tejidos. Realicé 50 diseños – relación de color con formas geométricas puras, rimadas. Después de haber pasado por esta fase de pesquisas, que nunca fueron teóricas sino únicamente basadas en una sensibilidad, adquirí una libertad de expresión que se puede comprobar en mis últimas obras, sobre todo expresando estados del alma”.

 

 

Y en su conferencia ” La influencia de la pintura sobre la moda” en 1927 comentó : “la sensibilidad del ojo fijo sobre la naturaleza intenta reproducir la multitud de tonos elementales cuya yuxtaposición da a la retina la sensación de un color único. Una tinta que parece uniforme está formada por el conjunto de tintas diversas, sólo perceptibles al ojo que sabe ver. Es una visión atmosférica y no sintética”.

Ahora Sonia Delaunay vuelve a Madrid.

 

 

(Imágenes-1- Sonia Delaunay – vestidos simultáneos – vestido para Gloria Swanson- rtve  es/ 2 y 3 –  Sonia Delaunay – el país/  4 –   pintura de Sonia Delaunay / 5-  vestido – vivir demais/ 6 – pintura de Sonia Delaunay)