UNA SONRISA EN UN BLOG (13) : LA BODA DE LAS HIJAS DE MONTE URBIÓN

 

“Las bodas de las hijas de don Argimiro Monte Urbión se celebraron meses después. Fueron unas bodas impredecibles e insospechadas. De las rendijas de las habitaciones de las seis hijas dormidas empezaron a fluir unos vapores gaseosos, unos hilos de arco iris que iban escapando de los amores en forma  de manzana palpitando bajo las sábanas, un olor a corazón recién nacido que fue invadiendo primero los pasillos y después el palacete del marqués. Nadie se atrevía a decir nombres. Zenaida dejó caer un papelito blanco y doblado en la vacía copa de vino de su padre, luego Oliva hizo lo mismo al día siguiente, después fue Ciria, diez minutos más tarde se atrevió Eneima, tras ella Yolencia y al fin Cancionila. Se habían enamorado a la vez y querían casarse a la vez, pero no sabían cómo. Unos pájaros de cuchicheo pusieron en la pista a Monte Urbión. Don Argimiro tomó aquella gran copa de vino rebosante de papelitos doblados, se encerró con ella ante la mesa del comedor, ordenó que no le molestara nadie, y con un esmero de cirujano comenzó a extraer  uno a uno aquellos nombres de los pretendientes. ‘Copretes’,  leyó. Luego entreabrió las alas de otro papelito: “Jasón”, decía el segundo. Después fue a por el tercero: “Optaclano”, habían escrito. En el cuarto, con letra picuda, se leía “Audaz”. El quinto papelito decía “Citino”, y el último, el emparejado con Cancionila, la hija más  pequeña, ponía sencillamente “Macrobio Orencio”.

 

A don Argimiro aquellos nombres no le entusiasmaban. Figuraban sin sus apellidos, igual que náufragos, y él, como marqués, no estaba dispuesto a ceder valor alguno en los posibles pasos de una descendencia. Sabía que los Monte Urbión iban a desaparecer pero quiso ajustar los goznes de los irremediables enlaces. Entonces convocó  a los seis novios para un sábado a la hora del aperitivo. Mandó colocar seis pequeños taburetes frente a su mesa de comedor, dispensó a los doces criados de cualquier otra ocupación que no fuera la de  estar presentes en aquella ceremonia, advirtió a sus hijas que estuvieran vestidas, peinadas y perfumadas para las dos menos veinte, anunció que él almorzaría como siempre a las dos y media en punto y se dispuso a examinar. El primer pretendiente, sentado en el primer taburete junto a la ventana y que intentaba pedir la mano de Zenaida, no le causó mala impresión. Era un joven delgado y de nariz enorme, con gafas, rápido de reflejos, nervioso y decidido a ocupar el puesto. Se llamaba Copretes González González y González González. Explicó  a la carrerilla que el antecesor de su primer tatarabuelo había sobrevivido a la epidemia de disentería en la batalla de las Navas de Tolosa, confesó que carecía de divisa histórica y heráldica, que tampoco poseía “ex- libris”, preguntó si se podía fumar, y dijo que tenía un pisito cuya ventana daba a la Plaza Mayor y desde allí había preparado y conseguido las oposiciones de judicaturas. Don Argimiro le preguntó si se daba cuenta de lo que significaba pretender a Zenaida  sin tener un “ ex- libris” y, abriendo una carpeta de tapas moradas, le mostró una serie de ilustraciones. “Joven — le dijo— , ya sé que usted no tiene divisa heráldica, pero ¿ sabrá usted francés?”. Copretes asintió. Entonces, ¿qué quiere decir en este escudo la palabra “abeille”? “Abeja”, contestó el pretendiente. “¿Y éste que pone “antiloppe” “Antílope”, respondió Copretes. “¿ Y champignon” ? “ Champiñón””, dijo el pretendiente. Quedó admitido Copretes, no tanto por su perspicacia, sino porque al marqués le había gustado aquel apellido doblado y repetidos con una “y” griega en medio, que siempre enaltecía cualquier eslabón.

 

 

 

Sin embargo, lo de la “y”enlazando apellidos pronto se vio que era una estratagema. Sabedoras de la importancia que su padre daba a la simbología de los orígenes, las seis hijas de Monte Urbión se habían precipitado a hacer confidencias a sus novios para que todos añadieran aquella vigésima séptima letra del abecedario. Cuando el novio de Oliva, el aspirante segundo, dijo que se llamaba Jasón Pérez Pérez y Pérez Pérez y empezó a contar que descendía  de un arcabucero de la batalla de Pavía, que a su vez había ayudado a llevar la silla de manos de don Antonio de Leiva el 24 de febrero de 1525 y dio toda clase de señales de la hora, del ambiente que allí había y hasta de la temperatura, don Argimiro no se dio cuenta de la inflexión con la que había pronunciado la “y” porque estaba más preocupado por el presente, y  aún más por el futuro de sus hijas. Miró despacio a aquel joven de chaqueta a cuadros y lazo de pajarita y le preguntó de sopetón : “Pero bueno, muchacho, aparte de lo de la batalla de Pavía, usted ¿a qué se dedica?” Jasón se quedó mirando a su novia y en un primer momento no supo qué contestar. Oliva, presurosa, se inclinó sobre él. “Dile lo de las matemáticas — susurró —. Enseñalé tu tarjeta.” El pretendiente buscó en el bolsillo de su chaqueta y extrajo una tarjeta de visita que entregó al marqués. “ Jasón Pérez Pérez + Pérez Pérez — se leía —: Filólogo y matemático.”

—¿Y éste signo +? — preguntó extrañado don Argimiro.

__ La “”y “, señor, es el elemento principal de la oración copulativa — dijo Jasón de carrerilla—. Viene a ser lo que la operación de sumar, es decir, el signo + en matemáticas.
Como no explicó otra cosa, y como lo poco que dijo lo pronunció con un insoportable aire de suficiencia, Monte  Urbión lo clasificó como un pedante y se compadeció de lo que iba a llevarse Oliva para toda la vida.”

 

José Julio Perlado

”Lágrimas negras”

 

(Imágenes— 1-Adolph Gottielb –  1961/ 2- León Polk Smith/ 3-Sarah Meyohas/ 4- Gunther Forg- 2008)

BENET REVISITADO

 

La aparición de un  texto inédito  escrito en paralelo entre Juan Benet y Luis Martín Santos nos lleva hasta las confidencias y la voz del novelista Benet, tan valorado  por muchos y tan discutido por otros. “No siento ningún “odio”— decía Benet — hacia “ Tiempo de silencio”, Martin Santos era muy amigo mío.  Hicimos las primeras armas literarias juntos. Ėramos íntimos, y su novela no me gustó justamente por venir de quien venía. Vivíamos separados; ėl en San Sebastián y yo en Asturias, y fui en coche  expresamente para verle y decirle que era impropia de él. Se asombró de que estuviese en contra de una opinión creciente laudatoria: estaba seguro de su obra… De hecho se produjo un distanciamiento entre ambos después… Veía yo, una vez más , el peligro del costumbrismo y la ramplonería; me parecía que romper el cerco del realismo con elementos joyceanos era relativamente fácil. “

Hablando del proceso de escritura Benet confesaba: “ No puede saberse con exactitud cuando una obra ha sido fecundada. A lo mejor uno es consciente de una idea siete meses después. No creo, además, que el motor de arranque de una novela sea una idea. Creo más bien que se trata de un conjunto de imágenes que el escritor tiene guardadas  en algún lugar del cerebro y que combina a la hora de escribir. Pero las cosas se complican a partir de que uno ha escrito el primer renglón. Y hay que escribir cientos y cientos de folios. De cualquier forma, la idea no está madura al empezar a escribir. Eso sólo se consigue con el proceso de la escritura mismo. Todas las ideas son móviles, y no tienen formulación hasta el final de la novela.”

 

 

“La inspiración  viene sólo a condición de que haya estilo. Inspiración y estilo  vienen a ser dos cosas prácticamente compenetrables e indentificables. La inspiración dicta. Ese dictado se siente como algo ineluctable. Algo revelado. Tal y como viene hay que ponerlo en el papel. Para que esa inspiración sea verdaderamente  válida, hay que reconocer que dicta en un estilo determinado que además predetermina el estilo venidero; eso es muy evidente en las composiciones líricas, que por lo general siempre tienen un verso inspirado. Pero la inspiración dicta poco y hay que completar ese dictado escaso con un relleno que ya no es tan inspirado, hay que darle redondez y componer.  Esa labor de composición a partir de un breve dictado de la inspiración es ya el trabajo propio de un escritor,, que tiene que alcanzar la cota que le ha sido dada casi sin trabajo.  Y al final, la síntesis de esa dialéctica entre inspiración y ejecución del estilo viene a resumirse cuando la inspiración es de tal índole que dicta en un estilo muy regular, que es el mismo que ayudó ella a forjar.”

 

 

(Imágenes—1–Shiaru Shiota/ 2- Sarah Meyohas/ 3-John Chervinsky)