DOS PÁGINAS EN BLANCO

 


Cada obra de ficción tiene su ritmo, sus curiosidades y sus métodos. Todos los métodos son válidos. Hay autores que inician una novela sin tener un plan previsto, guiados  sólo por la iluminación de un instante, y otros que por el contrario, necesitan imperiosamente un esquema completo, detallado y minucioso de cuanto escribirán después. Vargas Llosa al hablar de Flaubert recordaba la costumbre de sus dos páginas en blanco. “ Trabaja —dice—con dos páginas en blanco, una al lado de la otra. En la primera escribe — con letra pequeña, dejando grandes márgenes — la primera versión del episodio, sin duda muy deprisa, desarrollando las ideas tal como brotan, sin preocuparse demasiado de la forma. Así, borronea algunas cuartillas. Entonces, retorna al principio  y comienza la corrección meticulosa, lentísima, frase por frase, palabra por palabra. La página se va cubriendo de tachaduras, añadidos, repeticiones, capas superpuestas de palabras que llegan a hacerla incomprensible. Entonces, pasa en limpio esa misma página en la que hasta ahora no ha tocado. Avanza muy despacio y en esta nueva versión es sometida a la prueba del oído. Su convicción es la siguiente: una frase está lograda  cuando es musicalmente perfecta. Por eso cuando una frase le parece  más o menos concluida  la lee en voz alta, la interpreta, subiendo mucho el tono, paseando por la habitación y gesticulando como un actor. Si no “suena” bien, si no es melodiosa y envolvente, no es correcta, las palabras no son las justas, la “idea” no ha sido cabalmente expresada. Así se van acumulando las hojas por parejas. Un buen día  de trabajo puede significar media página definitiva; pero hay jornadas  dedicadas a  componer una sola frase. Se trata de una auténtica guerra de cinco años para culminar una novela.”

 

Son métodos, maneras y modos de escribir distintos. Todos válidos. A veces será útil  emplear dos páginas en blanco. A veces ninguna. En la Biblioteca Municipal de Rouen se conserva todo ese trabajo de Flaubert;  46 hojas grandes de “escenarios”y el “plan” del libro: argumento, caracteres de los personajes, división en capítulos, etc, y 1.788 hojas de borradores, escritas por ambas caras y sembradas de anotaciones en los márgenes, de tachaduras y agregados, y al fin, 487 hojas que constituyen el manuscrito definitivo.”

 

( Imágenes— 1-manos de Arthur Miller escribiendo – foto Inge Morath/ 2-manuscrito de “Tierra baldía” de Eliot/ 3- manos de H G Wells trabajando en Londres 1939)

LAS PEQUEÑAS CIUDADES

 

 

“¿ Y en una pequeña ciudad? – escribe Unamuno enPor tierras de Portugal y de España “-. Su escenario social es muy reducido, sus gentes se aburren y cansan pronto de los papeles que representan y aparecen  por debajo los hombres con sus flaquezas; es decir, con lo que los hace hombres. Siento una gran afición a la vida provinciana, porque en ella es más fácil descubrir por debajo de una aparente calma la tragedia. Y tanto como aborrezco la comedia, amo la tragedia. Y, sobre todo, la tragicomedia.

(…) ¿Y los que dicen aburrirse en una pequeña ciudad? Es porque no han tocado sus fondos trágicos, la severidad augusta del hondón de su monotonía. Tengo por mí que en las grandes ciudades los orgullosos se convierten en vanidosos; es decir, las púas se les vuelven lana.

Y para el que ejerce una cierta acción pública que puede ser ejercida a distancia, para el escritor, para el artista, la pequeña ciudad ofrece la inapreciable ventaja de que vive lejos de su público y le es hacedero conseguir el que no lleguen a él, a no ser muy tamizados, los efectos que su obra produce. Puede vivir en una cierta independencia de su público, sin dejarse influir por él, que es la única manera de hacerse un público en vez de hacerse uno a él.

 

 

(…) De cuando en cuando no viene mal ir a la gran ciudad y echarse al mar de sus muchedumbres, pero es para volver a salir a tierra firme, a sentirse pisando el suelo. Por mi parte, como me interesan los hombres individuales, tú, Juan, que lees esto, y tú, Pedro, y tú, Ricardo, pero no me interesan apenas las masas que ellos forman cuando se juntan, me quedo en la pequeña ciudad viendo todos los días, a horas dadas, a los mismos hombres, con cuyas entrañas han chocado, y tal vez dolorosamente, alguna vez las mías, y huyo de las grandes metrópolis, donde me azotan el alma con azotes de hielo las miradas desdeñosas de los que ni me conocen ni les conozco yo a ellos. Gentes a las que no puedo nombrar… ¡ horror!”.

 

 

(Imágenes -1-Oskar Kokoschka– Toledo- 1925/ 2- Alexandre Benois– 1910/ 3-Pierre Dumont– Rouen)