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Posts Tagged ‘Robert Motherwell’

 

 

“Mi madre es intérprete. No intérprete de teatro sino intérprete de idiomas, es decir, experta en lenguas. Conoce perfectamente el húngaro, el finlandés, el portugués, el  chino, el ruso, por supuesto el alemán y el inglés, naturalmente el italiano y el  francés, tiene nociones muy perfeccionadas de rumano y de checo y, por nacimiento y educación, se desenvuelve en un castellano elegante y  muy correcto.

Mientras en la familia de mi padre los idiomas no han sido nunca una obsesión ni un dominio, si me remonto en cambio a mis ascendientes maternos esa facilidad para manifestarse en otras lenguas es algo sorprendente a lo largo de varias generaciones, aunque a mí, naturalmente, nunca me ha causado el menor asombro. Desde niño he oído a mis abuelos hablar en varios idiomas por la casa, sobre todo he disfrutado de ello en las largas épocas de verano, y cuando hemos viajado todos juntos me he dejado ir con absoluta naturalidad por los países sin preocuparme de límites ni de fronteras,  tal y como si no hubiera salido nunca de nuestro pasillo o de nuestro barrio.

Mi madre, por necesidades de su trabajo profesional, posee un vestuario no muy amplio pero sí distinguido. Es una mujer rubia y esbelta, actualmente con algunas entradas canosas, y suele ir perfectamente arreglada ya que tiene que alternar con jefes de Estado o con Príncipes, participar en reuniones y cenas de gala y escuchar y atender a toda clase de personajes. Ella misma nos ha contado muchas veces cómo empezó su vocación. Siendo niña, su madre, aprovechando un viaje a París, la llevó a visitar el palacio del Elíseo y bajo aquellas arañas suntuosas y caminando por las suaves alfombras, le dijo en  voz baja: “ María, aquí trabajarás tú cuando seas mayor”.

 

Y así ha sido. No sólo se ha sentado junto a los distintos Presidentes de la República sino que lo ha hecho igualmente con los príncipes de Mónaco, la Soberana de Inglaterra, los cancilleres europeos y los sucesivos mandatarios rusos y americanos. Ha viajado por todo el mundo en numerosas ocasiones y lo mismo ha conocido los contrastes de la India  que los desiertos de Arabia o las islas elegidas para celebrar convenciones internacionales. Ha dormido generalmente en lujosos hoteles, pero también ha tenido que sufrir las incomodidades naturales a causa de asambleas inesperadas provocadas por difíciles conflictos.

 

 

Una de las etapas más curiosas de su carrera como intérprete fue, según ella nos contaba, aquella en la que recibió clases para sentarse bien, con la silla dispuesta a poca distancia de la espalda de los comensales y poder en todo momento inclinarse delicadamente entre los asistentes a un  banquete, colocando el respaldo de tal modo que su tronco de mujer pudiera girar una y otra vez hacia uno u otro lado de cada personaje, atenta siempre a los matices de las conversaciones y a no distraerse  nunca  con lo que estaban sirviendo en los platos. Eso no siempre lo ha conseguido .Ella suele cenar o comer antes de su trabajo en una salita contigua, o bien en su hotel, y no le suele preocupar demasiado qué es lo que está ofreciendo a los demás  el lujoso servicio, pero tiene la lógica curiosidad de mujer y además posee  una retentiva prodigiosa para acordarse de los menús; así al llegar a casa nos suele comentar, por ejemplo, y eso sin tener que ayudarse de ninguna anotación: “Ayer en Palacio cenaron un pavo especial, que está hecho con arroz y nuez moscada,  el  martes sirvieron de entremeses guisantes a la francesa, patatas de España al málaga, trufas al champagne y gelatina de ananás a la oriental”. Mi abuela la mira impasible porque la sopa tan sencilla que ella suele tomar por las noches le parece lo más delicioso del mundo y apenas hace el menor comentario sobre tantas variedades gastronómicas, pero mi madre vuelve a insistir: “el jueves pasado, que vino a tomar el té con nosotros el Primer Ministro inglés, ofrecieron  pastelillos con pasas cubiertos por encima con mermelada de arándanos” . Siempre que se refiere a ese “nosotros” yo no sé exactamente si está hablando del invitado de turno o del anfitrión, porque ella está sentada permanentemente entre los dos personajes, y a veces ni siquiera sentada sino que debe esperar de pie, situándose luego entre los dos con gran presteza y colocándose  tras las espaldas de los Jefes de Estado o de los ministros. Esto lo realiza con una enorme facilidad, yo diría que con una facilidad prodigiosa y con una asombrosa agilidad,  porque a pesar de ser alta y esbelta ha mantenido a lo largo de los años una gran elasticidad en sus piernas que marcha paralela a la rapidez de su mente y a su ingenio, atenta siempre a traducir de inmediato palabras o giros complicados, e incluso frases inacabadas (sobre todo cuando debe trabajar con italianos) que se concluyen en el aire con apenas un gesto. Mi padre, cuando aún vivía entre nosotros y antes de ponerse muy enfermo,  siempre se asombraba de esa prodigiosa elasticidad de su esposa.

 

 

Por otro lado, mi madre, cuando prevé que su jornada de trabajo va a ser muy  agitada, se enfunda unos cómodos y elegantes pantalones y destierra la falda para así poder olvidarse en lo posible de su postura y de sus piernas y concentrarse en lo que está haciendo. Nos contaba un día  que sentada en cierta ocasión entre el Presidente polaco y el Secretario de Estado norteamericano, le habían preparado una silla demasiado alta y tiesa y no tuvo más remedio que estar hora y media inclinándose con todo el cuerpo hacia adelante para poder acercarse a  los oídos de los dos dignatarios. Salió muy afectada de aquella entrevista. Pero lo que peor lleva indudablemente  es cuando surge la necesidad en el trabajo de mantener dos intérpretes, uno para cada dignatario, y así  mantener más fluida la conversación. Entonces le colocan a su lado a alguien que siempre se le adelanta interrumpiendo y ella se indigna.  No dice nada, pero luego explota con nosotros en casa. “Creen que los silencios no valen nada.- dice-. Esas gentes no entienden que precisamente son los silencios y las pausas lo que es esencial  en una traducción. No me explico dónde los han podido enseñar  para que hagan eso”. Para ella los silencios son vitales. Conoce de memoria a los grandes personajes de la política y sabe que los primeros momentos de silencio entre los dos visitantes están siempre cubiertos por ellos con una gran dosis de mímica. Al  estrecharse las manos y siempre que el primer encuentro sea al aire libre, bien en escalinatas o bien en umbrales de edificios, los políticos saben subsanar perfectamente esos incómodos minutos rodeados de fotógrafos y no necesitan intérprete alguno. Con un dominio excepcional de los gestos, las dos personalidades que se encuentran, aunque no se hayan visto nunca y, sobre todo, aun sin conocer el uno el idioma del otro, levantan la cabeza y miran sonrientes hacia el cielo, señalando cada uno el paso de las nubes, o el color del día, o haciendo un ademán que podía clasificarse dentro de un lenguaje de mímica internacional, con el que se intenta sugerir al otro qué buena o qué mala está siendo la temperatura del día,  o cuánta  lluvia o viento están sacudiendo ya las horas de esa jornada. Luego entran, y ahí es el momento de mi madre que ha subido deprisa y de dos en dos las escalinatas, se ha colado entre los guardaespaldas y está ya situada en una esquina de la alfombra y muy  preparada para empezar su trabajo. Es un momento difícil ése, siempre nos lo ha dicho, porque tiene que avanzar detrás de los dos personajes, ni muy presurosa ni tampoco muy lenta, atenta al ritmo de los pasos de los otros, deteniéndose si ellos se detienen y, sobre todo, dispuesta a captar el menor atisbo de conversación, porque uno de los dos, por ejemplo, puede comentar algo intrascendente cuando elogia determinado mueble  o comenta cualquier cosa sobre  una cortina o sobre la misma alfombra, y ella tiene que introducir rápidamente su breve traducción, adelantándose un poco entre las dos chaquetas y asomando algo la cabeza, para pronunciar el matiz exacto con una entonación muy suave y ligera porque es consciente de que aún no ha empezado la conversación seria y transcendental..

 

 

Sin embargo, mi madre, lo que muchas veces nos ha confesado en familia cada vez que  ha querido desahogarse con nosotros,  es lo difícil que para ella  resulta traducir  chistes y chascarrillos de un mandatario para que los pueda entender el otro; primero, porque mi madre no tiene mucho sentido del humor,  y segundo porque ella misma no los capta. “Si yo misma no los entiendo muchas veces”, nos protesta mientras come,  “ entonces, ¿cómo los voy a traducir?”. Mi abuela la mira y continúa tomándose la sopa, pero la espía  con ojos  pícaros, ya que ella sí tiene sentido del humor y además le encantan los chismes. “¿Pero qué cuentan, qué cuentan?”, le pregunta curiosa. Mi madre se ofende y no responde. Cree que su madre no valora la importancia de su trabajo y muy pocas veces nos relata algo. Pero hay cosas sobre las que no puede contenerse y entonces sí nos las cuenta. Con respecto a los chistes, nos ha contado en varias ocasiones el del pastor kurdo que se lo oyó a  Sadam Hussein. No es que Sadam  se lo contara a ella sino que el dictador iraquí se lo contaba a todo el mundo y ella lo tenía que traducir. “Había que estar muy atenta – nos dice mi madre – porque Hussein hacía pausas para beber té mientras lo contaba, y además hacía muchas variantes, cada vez lo narraba de una forma, y entonces yo tenía  que coger todos los giros, escuchar bien entre las carcajadas y traducírselo, por ejemplo, al Primer ministro italiano, que no entendía nada, y además hacer todo eso sin quitarle  la gracia”.”¿Y cuál era la gracia? –pregunta  mi abuela tomándose la sopa .” Te lo he contado muchas veces, mamá –dice mi madre – ¿para qué quieres que lo cuente otra vez?”. “Hombre, -contesta mi abuela – porque si lo has tenido que traducir tantas veces y ese señor estaba tan obsesionado con el chiste, pues es que tendrá gracia, aunque yo no se la encuentro mucha”. Entonces mi madre comienza a contar una vez más la historia del pastor kurdo que hemos oído infinidad de veces y que en resumen es así: se trata de un pastor kurdo al que los militares castigan, primero, por dar de comer trigo a sus ovejas; después, por alimentarlas con arroz en tiempos de hambruna. Finamente, cuando el ejército efectúa un tercer control, el hombre, hastiado, responde en el interrogatorio que está dando unos dinares al rebaño para que adquiera en el mercado lo que le venga en gana, y que así le dejen en paz.

Mi abuela no ha entendido nada el chiste, ni siquiera le ha parecido un chiste, no le ha hecho ni pizca de gracia todo aquello y sigue tomándose impertérrita la sopa”.

José Julio Perlado – (del libro inédito “Relámpagos”)

 

 

(Imágenes- 1.- Rolf Hanson/ 2-Robert Motherwell– 1984/ 3- Otto Freundlich -1935/ 4- Franco Costalonga -1977/ 5-macaparana)

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“Echemos un vistazo sobre los manuscritos de Beethoven explicaba Stefan Zweig en una conferencia pronunciada en Buenos Aires en octubre de 1940 -¡ Qué contraste tan sorprendente nos ofrecen! (…) He aquí, primero, sus anotaciones de bolsillo, que siempre llevaba consigo en sus amplios faldones y en los que de vez en cuando trazaba unas cuantas notas con un gran lápiz grueso – un lápiz como, por lo demás, sólo suelen usarlo los carpinteros. Le siguen otras notas que no tienen relación alguna con las anteriores; en esos libros de trabajo de Beethoven todo forma un caos tremendo; es como si un titán hubiera tirado bloques montañosos, impulsado por la ira. (…) Los contemporáneos nos han dado noticias claras sobre su modo de trabajar. Corría horas enteras a campo traviesa, sin fijarse en nadie, cantando, murmurando, gritando salvajemente, ora marcando el ritmo con las manos, ora lanzando los brazos al aire en una especie de éxtasis; los campesinos que de lejos le veían le tomaban por un loco y le esquivaban con cuidado. De vez en cuando se detenía y registraba con el lápiz unas cuantas de esas notas, apenas legibles, en su cuadernillo de apuntes. Luego de haber llegado a su casa, se sentaba a su mesa y trabajaba y componía poco a poco esas ideas musicales aisladas. En tal estado surgía otra forma del manuscrito, hojas de un tamaño mayor generalmente escritas ya con tinta y en que se presenta la melodía con sus primeras variaciones”. 

Así va adentrándose Zweig en los recovecos de “El misterio de la creación artística” (Sequitur) analizando a célebres y variados artistas.  Stefan Zweig, en ese largo mes que pasa en Buenos Aires, sin que el escritor, adulado y aplaudido encuentre las satisfacciones del amor propio de otras veces, quiere penetrar en ese mundo que él define así :” de todos los misterios del universo, ninguno más profundo que el de la creación”. Schubert – comenta por ejemplo -podía estar sentado con unos amigos en una habitación, hojear un libro y encontrar en el mismo una poesía, levantarse de pronto, dirigirse a una pieza contigua y volver al cabo de diez o quince minutos (…); se sentaba entonces al piano y tocaba para los amigos la canción que acababa de componer, uno de aquellos lieder que aún hoy se cantan en todos los países”.

La mirada divulgadora y precisa de Zweig nos recuerda también queLeonardo dedicaba a un solo cuadro, su Monna Lisa, dos o tres años, una sola hora o dos por día, y algunos días ninguna, porque deseaba reflexionar primero sobre cada detalle, cada matiz. Holbein y Durero trazaban bosquejos al lápiz y medían la tela con el compás antes de colocar el primer trazo de color, y necesitaban meses enteros para concluir un cuadro, que no por ello era más perfecto que uno de Goya o de Frans Hals, quienes en pocas horas retenían de modo inolvidable la imagen del ser humano”.

“No basta que el artista esté inspirado para que produzca. – concluye el escritor austriaco – Debe, además, trabajar y trabajar para llevar esa inspiración a la forma perfecta. La fórmula verdadera de la creación artística no es, pues, inspiración o trabajo, sino inspiración más trabajo, exaltación más paciencia”. Cuestiones que en más de una ocasión han aparecido en Mi Siglo.

(Imágenes.-1.-Steef Zoetmulder.-1944/ 2.-Robert Motherwell.-1960/ 3.-Bill Brandt.-1948/ 4.-The Faience violin.- One of the Masterpieces of  Rouen Faicence.-foto Petiton.- Rouen Museum)

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