RILKE Y TOLEDO

 

 

”Rilke se quedó mirando aquel Toledo bajo cielos plomizos, con luces violentas en los ángulos, con una honda y estrecha hoz del Tajo, con unos cerros agrios, un abrupto pedazo de tierra, la Huerta de Safon mirando hacia el Puente de Alcántara, los cerros de la Sisla y de la Degollada, el Castillo de San Servando y el Alcázar. El Greco había querido hacer un Toledo distinto y eso es lo que fascinaba a Rilke, la sinfonía del azul, del ocre y del gris. El poeta definía Toledo como una ciudad del cielo y de la tierra que estaba hecha  tanto para los ojos de los muertos como para los de los vivos y los ángeles.

Allí estaba él, mirando aquella tarde Toledo. Era un personaje no muy alto, de rostro alargado, con una frente atormentada y unos ojos azules de niño y de vidente a la vez, una nariz cuyas aletas se abrían con la respiración cada vez que leía un poema en voz alta y con una gran boca rodeada por un bigote rubio y caído, todo acompañado por una risa precipitada de niño.  Guardaba grandes ilusiones para su futuro: procuraría ponerse en estado de gracia para escribir aprovechando las condiciones exteriores e interiores más favorables, por ejemplo, la ausencia de preocupaciones materiales o la tranquilidad de un lugar estable, o también una alimentación sencilla, compuesta de legumbres y frutas, y buscando asimismo un sueño reparador, pero, sobre todo, la soledad.  Necesitaba la soledad para crear,  le era absolutamente imprescindible. Como  ocurre con frecuencia en la vida, algunas de esas cosas las conseguiría y otras no, pero siempre encontraría la soledad.”

José Julio Perlado -( del libro “Relámpagos”) (texto inédito)

 

(Imágenes – 1- El Greco- Toledo/ 2-Rainer Maria Rilke)

VIAJES POR ESPAÑA (8) : TOLEDO (Y Al FONDO, JERUSALÉN)

Greco-rwwsw- Toledo bajo la tempestad-- Museo Metroploitano de Nueva Tork

 

Asomado en la noche a esta balaustrada del hotel, este corredor al aire que abre las habitaciones a una visión lejana y cercana, iluminada, del Toledo roquedal ante el Tajo al fondo y abajo, uno no contempla nada insólito sino un paisaje natural. Desde el balcón de Toledo mis recuerdos se alargan hasta otro balcón hace años en un hotel de Jerusalén, la ciudad al fondo en la noche, emociones veladas, un panorama similar a éste. Allí mi mirada buscaba tonos, explanadas, historia. Ahora  el Toledo nocturno, tras subir en automóvil una larga cuesta y fuera ya de las murallas, es un pozo de roca,  luz e historia española de siglos. También aquella noche contemplé los siglos en Jerusalén. Aquella extensión de la ciudad santa la fui mirando despacio a través de los visillos y luego buscada en detalle sobre los mapas. Toledo ahora, me digo asomado a esta balaustrada, es admirable, pero no sé si realmente es observada por la curiosidad y la serena contemplación. Toledo está cerca de Madrid y quizá no sabemos descubrir lo que nuestra España recubre o encubre.  Hay en estos momentos un silencio de altura, un aire límpido y casi palpable; la luna, entre nubes, encuentra a la noche clara con grises y platas en el cielo que pintara El Greco. Uno llega a comprender que el celaje toledano, entre brumas, cubriera la tela del pintor. Paz. Silencio. Esta noche se está más cerca del aire, en lo alto de una ciudad cuya limpidez se respira. Hasta aquí se llega por una subida de curvas que acaba en el aire, en la cumbre del aire, sin demasiado viento, con enorme quietud.

José Julio Perlado

(Imagen.- El Greco – Toledo bajo la tempestad)