CERVEZAS Y PALABRAS

 

La antología que publica Visor, “La cerveza, los bares, la poesía”, nos lleva a muchas vivencias y lecturas entremezcladas.  Sesenta  mil pubs tiene Gran Bretaña y sirven cada día catorce millones de pintas, dando la razón, según recuerda Ignacio Peyró en su libro sobre Inglaterra, a la frase de Samuel Pepys señalando que esos establecimientos son “el corazón de Inglaterra”  y a los carteles de innumerables pubs indicando que “ no hay nada que el hombre haya inventado todavía que le dé tanta felicidad como una buena taberna”.  Prosigue Peyró evocando cómo “Orwell dijo que nunca había visto un pub que cumpliera con todos los requisitos de su imaginación. Más tarde, en los años sesenta, denunció un bebedor de tanto hígado como Kingsley Amis el hecho de que el pub rápidamente “ se volviera inhabitable”. Los emporios cerveceros desplazaron a los pequeños elaboradores y comenzaron las quejas: “la cerveza ya no es cerveza”, porque está diseñada “para que sepa a lo mismo en todas partes”.

El francés Jean-Francois Revel cuenta en “Un festín en palabras” — su  historia literaria de la sensibilidad gastronómica —-que los mismos egipcios eran grandes bebedores de cerveza y sus esculturas nos muestran escenas de vendimia y vinificación. El hombre, recuerda Revel, ha utilizado todo tipo de frutas, bayas y jugos fermentados para la confección de bebidas alcohólicas. Peras silvestres, manzanas, frambuesas, moras, fresas igualmente silvestres, uvas de viñas silvestres han sido aplastadas y dejadas el tiempo necesario para su fermentación. Apicio, añade, ya se hace eco de un vino de dátiles, higos o granadas.

Brillat-Savarin a su vez, en su “Fisiología del gusto” , recuerda que se ha bebido y cantado el vino durante muchas centurias, antes de sospechar que fuera posible extraer de él la parte espirituosa que constituye su fuerza; pero cuando los árabes nos enseñaron el arte de la destilación , que habían inventado para extraer el perfume de las flores, especialmente el de la rosa, tan celebrada en sus escritos, se empezó a creer que era posible descubrir en el vino la causa de la exaltación de sabor que da al gusto una excitación tan particular.

Y es en esa satisfacción que tantas veces produce el vino y la cerveza donde se alzan las palabras.

 

 

(Imágenes—1-naturaleza muerta con vaso de cerveza y panecillos/ 2- Francisco Ayala en el café Gijón -1930)

LONDRES, INGLATERRA

 

 

El día en que se va el Reino Unido  de la Unión  Europea, repaso visiones de Londres reflejadas en el interesante libro de Ignacio Peyró, “Pompa y circunstancia”:  “A una ciudad de tanto teatro , de Shakespeare a Scaramouche, le va bien la imaginación dickensiana, que equipara su historia a “una espectacular obra de teatro en la que los actores son los grandes y los humildes; los felices y los desdichados; los sabios y los ignorantes; hombres y mujeres que de verdad vivieron y  murieron.” Dickens no vio en plenitud el altiplano gozoso del Londres victoriano e imperial, el burbujeo de gozo y lujo del Londres eduardiano; echamos de menos su pluma para narrar el Londres acosado por el “Blitz”, el despertar de la posguerra, la crisis de los sesenta. Destino perpetuo “para turistas ricos”, el Londres de hoy, sufriente con bombas y atentados, exitoso en sus Juegos, se apega con pasmosa fidelidad a su mudanza. Morand entronca su camino con el de los propios ingleses : salvarán el genio de su capital en la medida en que ellos sepan conservar sus propias virtudes.

 

 

Londres creció porque supo engullir y atraerse lo mejor de Inglaterra —ya Defoe dijo que todo el reino manda a Londres sus provisiones y sus gentes —, pero también porque supo ofrecerse como patria de todos los exilios: ha sido nido sucesivo de hugonotes, judíos, pakistaníes, resistentes y expatriados de mil causas, de anticomunistas del Este a liberales españoles o nacionalistas griegos.

Algunos de estos recién llegados fueron egregios, como el Rimbaud que se acogía en el Museo Británico porque tenía calefacción y papel gratis. Todavía  hoy es difícil encontrar londinenses en Londres: todo el mundo ha sido acogido y rebautizado en una ciudad que, si ofreció licencia, es porque también fue siempre un lugar de libertad para los propios y los ajenos. Fueron muchos los profetas que encontraron en Londres un lugar para madurar sus utopías, pero no un lugar para llevarlas a cabo.

Estos son sabidurías de la vieja ciudad liberal, donde Boswell podía permitirse correrías inauditas  y — según Melville—uno lograba desaparecer como si se hallara en los mares del sur.

 

 

(Imágenes—1- Robert Frank – 1951/ 2- Grace Gollen/ 3-Giuseppe de Nitis)