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Posts Tagged ‘Pío Baroja’

 

 

“Creo yo  que lo de escribir en el café – decía Ruano en sus “Memorias’:  “Mi medio siglo se confiesa a medias”- puede obedecer a dos razones: una de pura costumbre, puesto que desde muchacho ya lo hacía, y otra de tipo subsconsciente en la que ahora pienso: es bien probable que yo lleve íntimamente un terrible vago que no ha sabido serlo y que el escribir en el café me produzca menos sensación de trabajar en serio que encerrándome en mi casa. El café es un típico lugar de ocio y lo que se escribe en el café tiene algo de “chiripa”, algo así como si hubiera bajado un ángel a escribirnos las cuartillas. También me gusta mucho la tertulia y siempre he procurado hacer compatible el trabajo con la charla, para lo que tuve una gran facilidad. No he necesitado casi nunca abstraerme ni escribir en un ambiente de silencio y recogimiento. Claro que quizá mi obra no necesitara, para lo que era, de tales cuidados. Sin embargo ahora, con los años, en vez de ser mayor la costumbre  y el entrenamiento , comienza  a fallarme algo lo de escribir mientras oigo y hablo. Ciertas cosas prefiero hacerlas en casa mejor que en el café, y también se va resistiendo la rapidez que en mí era famosa”.

 

 

En todos los países los cafés han ejercido una enorme influencia en la creación y en el ambiente artístico. Escritores trabajando en los cafés como Sándor Márai o como Claudio Magris cuando lo relata en “Microcosmos”. Escritores franceses, escritores húngaros. El crítico húngaro Dezsó Kostolányi, al hablar concretamente de la literatura de su país – y así lo recuerda Antoni Martí en su “Poética del Café” – anota que “el primer cliente habitual de los cafés fue Sándor Petófi. A partir de entonces la literatura húngara se desarrolla con la industria del café. Es en los Cafés donde estallan y se apaciguan las revoluciones. Corresponde a los futuros historiadores establecer  la influencia del consumo de café en los poemas, las novelas, los artículos, determinar quién bebía cafeína y quién achicoria. Si la literatura se debilita, el café se hace menos fuerte. No sabemos en qué cuartucho habitarán  nuestros genios; de hecho, la mayor parte de nuestros escritores se conforman con una cama. Pero será imprescindible colocar una placa conmemorativa en cada Café”.

Marañón, en su discurso de recepción de Pío Baroja a la  Real Academia Española, habló  de “nuestro hombre del café”: “No es entre nosotros – dijo –  este hombre del café, como en otras latitudes, el mismo hombre de la calle que entra unos minutos en el café o en el casino para descansar de la tarea diaria o para hablar o negociar con gentes distintas de las de su medio habitual. Nuestro hombre del café es sólo esto: hombre del café , desde la mañana hasta cerca de la mañana siguiente”.

 

 

(Imágenes.- 1- Raoul Dufy – 1934- pinterest/ 2- Edouard Manet – 1869/ 3- café – pinterest)

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“Varias veces  estuve en su casa de Madrid y también en el Cigarral de Toledocontaba  el doctor Fernández Zumel hablando de Marañón -. No fueron muchas, a mí me parecieron pocas, porque lo consideraba un premio el estar a su lado. Una mañana fría de invierno, fui al Cigarral de Toledo en compañía de Marino Gómez Santos, que estaba escribiendo un libro sobre Marañón ( …) Entramos en la casa, todo estaba perfecto, las chimeneas encendidas, la casa caliente, todo como si estuviera habitado y no pasara nada, cuando había pasado todo, y faltaba “él”…¡todo sobraba!

(…) Libros llenos de huellas de sus dedos, plumas desgastadas por el uso, carpetas que sobre sus lomos tantas cuartillas pasaron. Esa ventana de la derecha, que da a un patio conventual y recoleto, que también le iluminó, donde está reposando la escultura que talló Victorio Macho a Benito Pérez Galdós (…) Fotos de hace pocos y muchos años : Pérez de Ayala, Ortega, Miranda, Madame Curie, Larreta, Duhamel, André Maurois, Paul Valéry, Baroja, Fleming … Cuántas horas de trabajo hay allí acumuladas. Empuja a la meditación que un hombre, que tanto tiempo dio a los demás, amigos, conocidos, enfermos, familia, para todos tenía tiempo, cómo es posible que este hombre haya leído tanto, haya escrito tanto, y no haya sido de esos “avaros” del tiempo, que no gastaron un minuto en nada ni en nadie que no fuera “lo suyo”. Leer es fácil, pero leer, anotar, escribir, eso requiere mucho tiempo. Conozco su concepto, verdaderamente genial, de “trapero del tiempo”, y como dormía poco, y además de madrugada muchas veces estaba  escribiendo, todo ello explica el “milagro Marañón y su Obra”.

 

 

(…) Hoy no hay tiempo de escuchar. Era conocido, ente todos los que trataban a don Gregorio, su gran capacidad de “oyente” en las tertulias, incluso cuando se hablaba de temas que él era el que verdaderamente conocía. En las tertulias del Cigarral de Toledo escuchaba con gran interés las conversaciones de sus invitados, dándoles pie y entrada para que se animara el “parlante” y  continuase  con la exposición de su tema (…)  Personalmente, tuve varias consultas con él donde le reclamábamos para que indicara si era o no conveniente una operación. Sentado entre todos los médicos, don Gregorio, amablemente, con un tono persuasivo, dirigiéndose al cirujano le decía : convénzame usted de la necesidad de que sea operado. Uno exponía sus razones de indicación operatoria, fundamentándolas en el cuadro del enfermo; don Gregorio escuchaba pacientemente, dejándonos pequeñas pausas para que no atropelláramos las ideas, y una vez terminada nuestra exposición, veía al enfermo, volvía a sentarse con todos los médicos y con gran amabilidad nos decía si él creía que debía o no ser operado. Esta delicadeza la extremaba si percibía ” tormenta médica”.

 

 

(Imágenes- 1-Marañón- revista “Caras y Caretas” 1929/ 2.-Marañón- revista “Caras y caretas”- 1931/ 3.- Marañón- RTVE)

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Singular periodista, Ciro Bayo – como colaborador y articulista sobre costumbres, vocabulario, romances populares y leyendas – en La Revue Hispanique y en la madrileña Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos; también en Argentina, en El Diario y La Tribuna de Buenos Aires, e incluso en Sucre, cuando llega a fundar un periódico, El Fígaro (revista cómico- literaria decenal), cuyo primer número sale en 1893 y con medio año de vida deja de existir; colaborador igualmente en La Estrella del Oriente, de Santa Cruz de la Sierra -, pero sobre todo viajero, viajero por el mundo, autor, entre otras obras, de El peregrino entretenido (1910) , El Lazarillo español (1911), La Colombiada (1912) y Chuqisaca o la plata perulera. Cuadros históricos, tipos y costumbres del alto Perú (1912), El peregrino de Indias (1912), Con Dorregaray. Una correría por el Maestrazgo (1912), Por la América desconocida (1920).
Soy un caballero andante de nuevo cuño – quiso retratarse en El peregrino entretenido -, o si le parece a usted mejor, un pícaro; porque a eso viene a parar la antigua caballería traducida a la prosa de la vida corriente. Soy también letrado, que es lo mismo que decir hidalgo pobre dos veces, con la agravante de conllevar con buen ánimo y conformidad mi pobreza. Por esto quisiera haber vivido en tiempos de Gil Blas, de Guzmán de Alfarache y de otros modelos de la épica picaresca. Lo confieso: soy un español rezagado del siglo XVll. Es esa misma pobreza de la que él habla la que le llevará, después de recorrer medio mundo, a refugiarse desde 1927 hasta su muerte – tras solicitar una plaza acuciado por la pobreza y el desvalimiento – en la Residencia de Escritores y Artistas madrileños, llamada Instituto Cervantes, y allí hubo de convivir, escribiendo sus últimos libros, con viejos periodistas y con cómicos venidos a menos. El complemento exterior de su retrato podría ser quizá el trazado por Emilio Carrere cuando señaló: Don Ciro es un hombre ecuánime, alto y magro, con ojos oscuros y zahoríes, y nariz encendida de bebedor… Y Manuel Cardenal de Iracheta en Clavileño anotó : vagabundo pulcro que jamás dio sablazos, eterno habitante de las buhardillas madrileñas.

 

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La figura de Ciro Bayo atraviesa obras y autores importantes. Valle Inclán lo esboza en Luces de bohemia tras la figura de Don Peregrino Gay ( Valle también quiso utilizar como fuente Los Marañones, de Bayo, en Tirano Banderas), Azorín le dedica elogios a varias de sus obras, mantiene una correspondencia epistolar con Unamuno tras un artículo de Bayo en El Globo, en 1902, Pío Baroja lo evoca en sus Memorias, Ricardo Baroja en Gente del 98 le consagra un entero capítulo bautizándolo como el último aventurero español de la vieja, noble cepa. Si alguna vez un compositor de alegorías y emblemas realizara el símbolo de don Ciro – dice -, había de dibujar en la cartela la pluma, la espada y el báculo del viajero. Magnífico compuesto de soldado, de viajero, de poeta, de asceta, de bohemio, dando a esta palabra su sentido más noble. A su vez, Julio Caro Baroja, en Semblanzas ideales, le dedicará el capítulo Un escritor aventurero.
Ciro Bayo, por intermedio del editor Rodríguez Serra, había hecho amistad con los hermanos Baroja y en su compañía realizará un memorable viaje a pie a Yuste. Este viaje Pío Baroja, como así lo recordó Luis Granjel, lo noveló en La dama errante y Ciro Bayo a su vez en El peregrino entretenido. (Pío Baroja señaló en sus Memorias: D. Ciro no poseía ningún sentido realista, escribió un libro sobre nuestro viaje, libro de episodios y aún de paisajes inventados pues no tiene nada de lo visto en el camino. Sin embargo – añadió con su sorna el novelista – algunos críticos dijeron que era de una realidad extraordinaria, pues en esto de no notar la realidad los críticos españoles han sido especialísimos).Pero la verídica historia de tal viaje nos la ofrece Ricardo Baroja en Gente del 98. Se ha destacado al estudiar esta obra de Bayo el tratamiento de los personajes, la descripción del paisaje y el papel del diálogo, aspectos todos ellos que se madurarán en otro de sus libros importantes, El Lazarillo español. Los personajes no son tratados con densidad personal, son tipos costumbristas mezclados con otros reales y su presencia quita protagonismo al paisaje, que se realzará más en El Lazarillo español. Por último, el diálogo da a veces la impresión de que se utiliza solamente para la transmisión de anécdotas o de curiosidades.

(Imágenes.-1-Ciro Bayo- la taberna del librero/ 2.-Ciro Bayo- lectorati)

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Cuando se habla del último Baroja y de su testamento literario en “Los caprichos de la suerte”, vuelvo a abrir los interesantes recuerdos de Julio Caro Baroja  y me adentro en aquel piso madrileño de la calle Ruiz de Alarcón donde el novelista acabaría sus días. “El proceso arterioesclerótico  del tío – cuenta Julio Caro en “Los Baroja” – avanzó sensiblemente. De noche, de repente se levantaba con angustias terribles y andaba de un lado al otro. Había que tener dos camas para que hiciera estos traslados condicionados por pesadillas de un cierto tipo. Una noche soñó que le habían puesto a dormir en un sitio muy lóbrego y triste, con lámparas como de templo. Otras, con frecuencia, se levantaba deprisa y obsesionado porque tenía que irse a examinar a San Carlos. El recuerdo de hacía sesenta años de los exámenes con Letamendi o Hernando le perseguía. Al principio yo le quise persuadir de que no había tales exámenes. Esta contradicción le irritaba. Entonces pensé que era mejor inventar algo que siguiera el hilo de la fábula onírica y le decía que habían avisado de San Carlos que los exámenes se habían suspendido porque había grandes alborotos en la calle de Atocha y que los guardias daban cargas de caballería por allí. Esto recordaba lo que yo le había oído contar sobre algunos tumultos, y oyéndolo se quedaba más conforme y hasta alegre: “Bueno, bueno, si es así será cuestión de meterse en la cama otra vez”.

A veces dormía de día, y cuando menos se pensaba aparecía con el gorro de dormir y parte de las mantas, espantado por otro sueño, siempre con aire de recuerdo muy remoto. Había que dejarle la puerta del dormitorio abierta, porque en estas huidas forcejeaba angustiosamente si no con picaportes y pestillos”.

 

Baroja-ytr-lagallaciencia com

 

Es el último Baroja tan lejano en el tiempo de aquel otro que evoca su hermano Ricardo en su delicioso libro “Gente del 98″ cuando, en la madrileña esquina de la calle de  Peligros, Baroja encuentra a Valle-Inclán y unos pasos más adelante los dos ven a Unamuno. Baroja les presenta. “Los dos, ahora ilustres literatos y amigos, se saludan y empiezan la conversación mientras van calle abajo. Cuando el grupo ha llegado a la esquina de la calle de Alcalá con la del Caballero de Gracia, Unamuno ha reñido con Valle- Inclán y Valle-Inclán ha reñido con Unamuno. Se separan enfurecidos, dejando solo a mi hermano, que medita acerca de lo inconsútil de las presentaciones”.

El último Baroja quizá ya no recordaría nada de todo esto, caminando por el pasillo, intentando escapar de sus sueños.

 

Baroja- abc es

 

(Imágenes.- 1.-Baroja.-academiavascadegastronomia. com/ 2.-Baroja.- lagallaciencia com/ 3.- Baroja- abc.es)

 

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objetos.-78nn.-cartas.-Arman,-.artnet

 

Los 300 años de Correos que en estos días se celebran nos traen y nos llevan recuerdos de epístolas cruzadas y familiares, a veces profesionales, a veces interesadas, en ocasiones peticiones, en ocasiones solo desahogos: hombres de letras españoles a quienes el cartero trajo y llevó caligrafías, dibujos y firmas que en su rápido trazo desvelaban el instante de una vida y el rasgo de una personalidad.

Valle-Inclán le escribe a Ortega desde Cambados en octubre de 1914:

Queridísimo Ortega:

No le escribí antes, porque no han faltado dolores y desazones. Hace dos días enterré a mi hijito. Dios Nuestro Señor me lo llevó para sí. Ha sido el mayor dolor de mi vida. Yo no sé qué cosa sea la muerte, que se la siente llegar. Mi niño estaba sano y yo esperaba una desgracia como algo fatal. Ya llegó, y sea sola. Estoy acabado. Esto es horrible. ¡Que no sepa usted nunca de ese dolor! La casa se me viene encima, y tampoco quiero, por ahora, volver a Madrid,, donde nació mi niño hermoso que se me murió. Quisiera ir a Italia, pero con los míos: Mi mujer y mi hija. Ello es caro. Mi pobre Josefina que está tan muerta como yo, ha tenido una idea. Ella me inspira que le escriba a usted, para saber si podrían concederme una pensión de la “Junta de Estudios” para estudiar alguna cosa en Italia. Cosa para la cual, en conciencia, sea yo capaz. De pintura, de literatura: Una visión de Cervantes, de Lope, de Quevedo, en Italia: Diálogos de soldados, jugadores, mujeres, pilotos catalanes y de Valencia. Una visión estética de Italia. (…) Se lo agradecerá infinitamente su infortunado.- Valle Inclán.

 

Josefina Blanco.- 4rry.- Valle Inclán junto a su mujer y su hija Concha

 

El 14 de septiembre de 1905 Baroja le escribe a Galdós:

Mi querido amigo y maestro; Voy a ir a París a pasar un mes o dos y quisiera que me hiciese usted el favor de darme una tarjeta de presentación  para León y Castillo y otra para Estévanez. Me salieron mal los pequeños negocios que tenía, el socio resultó un estafador y yo perdí dinero y además estuve a punto de tener un pleito.

Huyendo de complicaciones me fui al Paular, donde he escrito un libro que le enviaré dentro de unos días. (se refiere a “La feria de los discretos”, firmada en El Paular en junio de 1905).

Usted como siempre estará trabajando como una fiera.

Si me contesta usted hágalo a San Sebastián calle Mayor número 6, y si quiere usted hacerme algún encargo o comisión para París ya sabe usted que puede usted mandar.-Pío Baroja.

 

Baroja.-elmundoes

 

El cartero ha estado 300 años trayendo y llevando consuelos y desconsuelos, súplicas. 300 años de aspiraciones y preocupaciones guardadas y selladas en sobres, revelación de amistades y confidencias.

 

Galdós- nnb- elduariomontañes com

 

(Imágenes.-1.-arman-arnet/ 2.-Valle Inclán junto a su mujer/ 3.-Baroja- elmundo es/ 4.-Galdós en Santander- eldiariomontañes)

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Madrid-nnhy- Catalá Roca- alisonmelania wordpress

 

José Ortiz de Pinedo , mi abuelo materno, trabajaba como Secretario de la Tenencia de Alcaldía del Distrito de Palacio, en el barrio madrileño llamado popularmente de La Latina, en la Carrera de San Francisco, antigua y ancha calle que desciende desde la Plaza de la Cebada hasta la Basílica de San Francisco el Grande. Allí, como todas las mañanas, Ortiz de Pinedo tomaba el metro para volver a comer a su casa del barrio de Chamberí.  Como todos los escritores del mundo, me imagino que conforme se iba alejando de su despacho oficial del Ayuntamiento y se iba acercando, entre pasillos, escaleras y transbordos a su pequeño despacho literario de la calle de Raimundo Lulio, las figuras de sus invenciones asaltarían poco a poco su imaginación y los personajes de sus novelas se perfilarían alternándose unos con otros, salpicados también con brotes de poemas. Paul Valèry recuerda al hablar de los mecanismos de la inspiración que “el primer verso se nos ha dado”, es decir, es un don, nos es impuesto, no tenemos más remedio que escribirlo. Luego viene el artista con toda su elaboración costosa, con la habilidad, la experiencia, el esfuerzo creativo, la acabada y a veces muy ardua perfección. Pero ese primer verso de Ortiz de Pinedo – como el que acompaña a tantos poetas del mundo – ya viajaba con él en el metro, se iba desprendiendo en el desván de su memoria de los expedientes e informes burocráticos que no había tenido más remedio que resolver el poeta en las oficinas del Ayuntamiento, y conforme iba dejando atrás los andenes y las estaciones sin duda ese primer verso prevalecía sobre todos los demás temas y preocupaciones, se cuajaba en  primeras líneas de poemas, como así había sucedido años atrás en libros suyos de poesía, tales como “Dolorosas (publicado en 1903) o “Huerto humilde” (de 1907).

Madrid-buun-Catalá Roca- tiempos modernos com

Y fue sin duda otro primer verso – lo recuerdo muy bien – el que hizo brotar otro día – un año antes, en 1955 -una nueva conversación entre Ortiz de Pinedo y yo – entre abuelo y nieto – en el silencio de aquel despachito. Ortiz de Pinedo se levantó una tarde del sillón, y con el cuidado que él tenía para todas sus cosas, me mostró con afecto un libro. Era un libro de poemas de Pío Baroja, “Canciones del suburbio”, publicado por Biblioteca Nueva en 1944. En la dedicatoria se destacaba con la letra clara y menuda del autor de “La busca”: “Al poeta J Ortiz de Pinedo. Cordialmente. Pío Baroja”. Y aquel libro de poesías de Baroja llevaba también un prólogo firmado por Azorín.

 

escritores-nhhu-Baroja- foto Nicolas Muller- mil novecientos cincuenta

 

No sé exactamente si la idea fue de mi abuelo o fue mía, pero lo cierto es que en aquel mismo año de 1955 visité a Baroja. Vivía Don Pío en la madrileña calle Ruiz de Alarcón, en el número 12, a pocos pasos del Museo del Ejército, no lejos de la Academia Española. Recuerdo que me abrió la puerta el destacado historiador, antropólogo y folklorista Julio Caro Baroja, sobrino de Don Pío, que entonces tenía 41 años, y él me hizo pasar a la amplia sala de la célebre mesa camilla barojiana, allí donde el autor de tantas novelas memorables (a pesar de su mala salud, Don Pío moriría en octubre del año siguiente) recibía. Tenía Baroja entonces 83 años, pero recuerdo perfectamente aquella conversación porque fue muy novelesca. Tras presentarme como nieto de Ortiz de Pinedo le comenté que mi abuelo me había enseñado un libro suyo de poemas. Estábamos los dos solos. Baroja cubierto con su famosa boina, calados los lentes, afable, me miró y me preguntó:

  • ¡Ah, ¿pero yo he escrito poesía?

Le contesté que sí.

  • ¿Y cómo se llama el libro? – me insistió con curiosidad.
  • Canciones del suburbio” – contesté.
  • Entonces Don Pío tomó una campanilla que estaba sobre la mesa, la agitó, y pronto apareció Julio Caro en la puerta.
  • – Julio – le dijo -, este chico me dice que yo he escrito poesía. Busca el libro. Tráemelo.

Efectivamente, pronto aquellas “Canciones del suburbio” estuvieron sobre la mesa camilla y Baroja las hojeó complacido y asombrado.

Yo sabía que me encontraba esa tarde ante una de las grandes figuras de las letras españolas, y cuando años después leí “Gente del 98”, el delicioso libro de Ricardo Baroja, el excelente pintor y escritor, hermano de Don Pío, al evocar mis vivencias con Azorín y con Baroja, repasé aquella escena que Ricardo Baroja evoca sobre los dos escritores: “Cuando Martínez Ruiz venía a casa – dice Ricardo Baroja – se sentaba siempre en la silla colocada bajo el cuadro de asunto romano. Allí permanecía durante tres cuartos de hora, interviniendo en la conversación con escasos monosílabos. Martínez Ruiz siempre ha sido parco en palabras.

Se presentó a mi hermano Pío de la siguiente manera:

Martínez Ruiz, que conocía de vista a mi hermano, se le acercó y le dijo:

  • ¿Usted es Pío Baroja?
  • Sí, señor.
  • Yo soy José Martínez Ruiz. Mi seudónimo es Azorín.

Se estrecharon las manos y desde entonces son amigos”.

 

 

Madrid-nbv-Catalá Roca- paseo de Recoletos- Madrid- mil novecientos cincuenta y tres

 

Y ahora estaba yo ante ese mismo Baroja como estaría años después ante el cadáver de Azorín. Son coincidencias – o sin duda búsquedas determinadas, meditadas, muchas de ellas provocadas en mi vida, en Madrid, en Roma, en París – que me han hecho seguir los senderos de la literatura y del arte, caminar y entrar en los talleres de poetas y de músicos, de escultores y pintores, también de directores de cine, preguntando, inquiriendo, interesado siempre por los mecanismos de la creación.

Pero los mecanismos de la creación en Ortiz de Pinedo no fueron revelados entonces – en 1956 – de abuelo a nieto. En primer lugar, por el arco de los años que separaban a los dos: un nieto de 20 años ante un abuelo de 75, y en segundo lugar porque muchas veces los creadores no saben a ciencia cierta qué han creado, simplemente crean, no saben explicarlo, y son después los investigadores, los intérpretes, quienes les revelarán el significado. Muchos ejemplos podrían citarse sobre todo esto en la Historia de la Literatura.  Me limitaré a dos por curiosidad: como he dicho ya en algún sitio, cuando Kafka escribe “La condena” en 1912 le confiesa a su novia Felice Bauer que a ese relato “no le encuentra él ningún sentido” y será meses más tarde la misma Felice en una carta quien le dé una explicación sobre lo que ha escrito. Asimismo, cuando el Premio Nobel, el escritor judío Isaac B. Singer, publica su gran cuento “No visto”, no sabía en realidad qué había escrito y será el profesor y también escritor, el triestino Claudio Magris, quien revele en su libro “Ítaca y más allá de qué forma, años después, paseando un día por los Alpes suizos con Singer, le descubra al autor el sentido de su cuento. “Había escrito una historia – comenta Magris – pero quizá, como Kipling, no habría sabido explicar – y quizá ni siquiera comprender – su significado”.

 

Madrid-tre-Catalá Roca- tienda la fabrica com

 

Si ahora –por un juego de luces y de años – pudiéramos estar juntos otra vez abuelo y nieto en aquel despachito de la calle de Raimundo Lulio sin duda le preguntaría a Ortiz de Pinedo por aquellos versos suyos de “Canciones juveniles”, su libro publicado en 1901. Por un prodigio del recuerdo, parece que lo tuviera aquí delante, en las manos, y lo ha editado la “Imprenta de José S. Quesada”, calle de Olid 8. Está Ortiz de Pinedo sentado ante mí en el tiempo y le leo en voz alta:

 

“Bajo la pantalla verde,

bajo la luz melancólica

de la lámpara que cuelga

en mi estancia silenciosa

¡cuántas veces, trabajando

en muda batalla sorda,

me ha esclavizado el insomnio,

me ha sorprendido la aurora!”.

 

Madrid-bui-Catalá Roca-elmundo es

 

Sí, es esta pantalla verde del despacho donde él trabajaba, este despacho a mitad del pasillo, la que ilumina ahora el recinto de la elaboración, el refugio de la contemplación. Esta pantalla, estos libros, este silencio – la humildad del silencio, hay que añadir – han acompañado siempre a Ortiz de Pinedo. Pero de repente, mientras me entrega el libro,  aparece escondido entre las hojas de “Canciones juveniles”, un recorte amarillento que cae al suelo. Me inclino y lo recojo. Es una tira del periódico “El Liberal”, fechada el 27 de febrero de 1901 y resume en columna necrológica la vida de Manuel Ortiz de Pinedo, tío y tutor del escritor. La lámpara de la pantalla verde nos ilumina en este momento a  abuelo y nieto, pero también ilumina las vidas que se fueron, como ésta que se llevó consigo al periodista y senador Manuel Ortiz de Pinedo, “íntimo de Castelar” – reza la nota de periódico que estoy leyendo -, autor, entre otras obras, de la comedia “Los pobres de Madrid”, estrenada en el Teatro Español. Son esos instantes de la historia menuda familiar, instantes en que “la vida se va” y a la vez la vida viene, viene y se va la vida en este despacho de la calle de Raimundo Lulio, vienen y se van los antepasados de Ortiz de Pinedo, van y vienen los recuerdos.

(una pequeña evocación familiar – y  también madrileña – que de vez en cuando continuará…)

 

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(Imágenes.- 1.-Catalá Roca.-alisonmelanie wordpress/2.-Catalá Roca.-tiemposmodernos com/ 3.-Pío Baroja en el Retiro- foto Nicolas Muller- 1950/ 4.-Catalá Roca- paseo de Recoletos- 1953/ 5.-Catalá Roca- tienda de fabrica com/ 6.- Catalá Roca- la Gran Vía- elmundo es/ 7.-Catalá Roca- lectureinspanish com)

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libros-bnnu-lectura- Montserrat Gudiol

 

“Para el niño pequeño – escribió Ana Pelegrín en “La aventura de oír” -, la palabra oída ejerce una gran fascinación. La palabra y su tonalidad, su ritmo, los trazos afectivos que teje la voz cuando es temperatura emocional, calma, consuelo, ternura, sensorialidad latente”. Las modulaciones de voz, el tono persuasivo en el narrador, el agudo y tembloroso de un personaje, el agudo y tímido de otro, el tono medio, grave,  de un tercero, todo eso nos va introduciendo en el secreto de una historia cuyo misterio se abre gracias a la lectura en voz alta. Pero no solamente el niño recibe ese secreto. Recuerda Umberto Eco en el prólogo a “Mi Dante” de Roberto Benigni – el episodio-espectáculo que duro  trece días seguidos en la Plaza de Santa Croce, en Florencia, donde cinco mil personas escucharon recitar versos de la  “Divina Comedia” – que en el siglo XlX, cuando hacían furor “Los misterios de Paris” de Sue o “El conde de Montecristo” de Dumas, la mayoría de los apasionados del género no sabía leer, y se reunian al caer la tarde en el patio o en la calle para escuchar al intelectual de turno, al portero o a algún comerciante que sabía contar cuentos, tal y como ahora uno se sienta delante de la televisión a escuchar a Benigni. En diversas publicaciones de prestigio se ha alabado el “saber decir” del actor italiano recitando a Dante. “Fue como escuchar una música sublime”, señalaba “Sunday Telegraph”; “Su entusiasmo es adictivo, incluso contagioso – decia otra revista – cada frase, cada palabra traducida es una invitacion al desafío de aprender”.

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En “La Historia de la lectura” – el volumen dirigido por Giuglielmo Cavallo y Roger Chartier -, al hablar de la Grecia clásica, se recuerda que lo escrito estaba incompleto sin la voz, es decir, que lo que se había redactado debía ser apropiado después por una voz con el fin de realizarse plenamente. El escritor contaba con la llegada de un lector dispuesto a poner su voz al servicio de lo escrito con miras a distribuir su contenido a los transeúntes, a los “oyentes” del texto. “Contaba con un lector que seguiría el paso obligado de la letra. Leer era, pues, poner su propia voz a disposición de lo escrito (en último término, del escritor) La voz del lector se sometía, se unía a lo escrito. Ser leído era, por ende, ejercer un poder sobre el cuerpo del lector, aun a gran distancia en el espacio y el tiempo. El escritor que lograba hacerse leer actuaba sobre el aparato vocal del otro, del que se servía, aún después de su muerte, como instrumento vocal, es decir, como alguien a su servicio, como de un esclavo”.

 

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Es muy interesante ese sentido del “aun después de su muerte”. Después de la muerte de Quevedo, de Góngora, de Cervantes, después de la muerte de Herman Melville o de León Tolstoi, por poner algunos  ejemplos, la voz de quien lleva la lectura en voz alta arrastra los sentimientos íntimos  de esos autores, los eleva en el aire, los conduce gracias a la expresividad, los precipita o los retrasa según las velocidades del ritmo de lectura, y  he aquí que el oído que escucha va inflamando enseguida a la mente, despierta aún más a los sentidos, y uno, a través de la lectura en voz alta, entra emocionado por los pasillos de los sueños de Quevedo o por las galerías deslumbrantes de los bailes de Tolstoi en “Guerra y Paz”, Después de la muerte de muchos escritores, éstos se hacen, pues, muy “vivos” en sus obras gracias a la voz. Celebres escritores se han formado en su infancia en el cauce de la lectura en voz alta. El escritor hindú V.S. Naipul cuenta cómo su padre le leía párrafos de “Oliver Twist” o los cuentos de  Charles Lamb, pero también cómo en el colegio el profesor Worm se sentaba “y  nosotros–dice – nos colocábamos a su alrededor, de pie, intentando guardar silencio. Él miraba el libro de  Collins Classics que, curiosamente, entre sus gruesas manos parecía un libro de oraciones, y nos leía a Julio Verne como si rezara”.

 

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Tal es el dominio de la voz, el encantamiento de la pronunciación, los frutos de una recitación en prosa o en verso. No todos los escritores afamados han sabido leer bien sus propios textos. En el Museo de la Voz, por ejemplo, puede escucharse a famosos autores españoles incapaces de leer bien lo que escribieron de modo admirable y en cambio oímos, profunda y melódica, la voz de Baroja acunándonos con su cántico al viejo acordeón. Pero no tienen por qué ser los escritores quienes siempre se lean a sí mismos. Hay recitales sorprendentes de autores y tambien hay intervenciones de lectores exquisitos. La voz en la lectura en voz alta es como un tapiz de las mil y una noches de la literatura que tomara impulso sobre la memoria, sobrevolara los tejados de la imaginación, evolucionara por encima de los oídos, de las mentes y de las conciencias. Es la voz la que despierta a los textos, las voces de los diálogos , los ahogos de las exclamaciones, la curiosidad abriendo interrogaciones, el manso pasear de la prosa sobre el silencio. Es la voz la que hace sonora a la palabra escrita, palabra nacida en el secreto de la creación y resucitada gracias a la voz.

José Julio Perlado

(Este texto ha sido publicado en el blog trapezidetana.com de Tana Sanz. Tana Sanz me pidió esta colaboración y con mucho gusto se la he remitido. Tana Sanz junto a Isabele Méndez llevan adelante un proyecto para fomentar la lectura en voz alta, proyecto al que le deseo un futuro excelente)

 

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(Imágenes.-1.-Montserrat Gudiol/ 2.-Yun Yee Kim/ 3.- Su Blackwell- / 4.-Jean Baptiste Huynh/ 5.-Su Blackwell)

 

 

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