DON DIEGO DEL CORRAL Y ARELLANO

 

 

“Y aquí tienen ustedes — dijo el guía al entrar — el soberbio retrato de don Diego del Corral y Arellano, oidor que fue del Consejo de Castilla, catedrático de la universidad de Salamanca y visitador del aposento del rey.  Fue pintado por Velázquez en 1632, aunque hay algunos problemas de datación. Esta figura egregia y de admirable estampa como ustedes pueden ver, retrato  que clava su mirar en mí y en los demás , mirar grave y de reposado juicio, hombre de leyes, hombre de aplomo y de firmeza, cabeza suya esta que sale de su golilla blanca con la que cubre la amplia toga negra con su cruz  de Santiago asomando por ella, esta masa oscura de su retrato en pie, su calzado negro, este Don Diego del Corral y Arellano nació en Santo Domingo de Silos hacia 1570 y estudió en Salamanca, llegó a ser canciller de Aragón y se casó con doña Antonia de Ipeñarrieta, y este cuadro estuvo en el Palacio que los Corral tenían en Zarauz, en Guipúzcoa, según dice el inventario de don Cristóbal del Corral e Ipeñarrieta, y el lienzo luego quedó en poder de sus descendientes, los llamados marqueses de Narros, hasta que a mediados del siglo XlX lo trajeron a Madrid y sería entonces un pariente de ellos, la duquesa de  Villahermosa, quien lo legó al Museo del Prado y  aquí está,  y ahora lo ven ustedes.

Si se ponen ustedes ahora en el centro cerca de mi lo verán mejor. Dice Brown en su estudio de Velázquez como “pintor y cortesano” que  aquí  Velázquez va directamente al fondo de un hombre cuya activa y alerta inteligencia ha evitado  los efectos de la vejez. Como jurista don Diego del Corral tenía el respeto del monarca y también del pintor y su mirada, que es la que nos interesa, no parpadea al juzgar la Historia y al no dudar en votar en contra de una pena de muerte, como así ocurrió en un célebre juicio. Hay un papel que sostiene en su mano izquierda  que unido a otros papeles que toma con la derecha nos confirman su labor intelectual y justiciera, aquí está su mesa “vestida” de terciopelo negro con realces  de oro, mesa de justicia sobre la que el personaje se apoya confirmando su posesión. Y luego están , fíjense bien, los negros fluidos y tornasolados de esta pintura, fluidez de pincelada de Velázquez que han llevado a decir a muchos estudiosos que este cuadro “ es uno de los más hermosos de la pintura. Encarna esta figura del prototipo de hombre de leyes, grave e intelectual, con  una expresión muy noble, de inflexible y reposado juicio.”

José Julio Perlado

( del libro “Museo de la mirada”)

(relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

(Imagen — Velázquez— “Don Diego del Corral y Arellano- Museo del Prado)

ENANOS DE VELÁZQUEZ ( 2) : EL NIÑO DE VALLECAS

 

 

Francisco Lezcano, Lezcanillo o el Vizcaíno – cuenta Julián Gállego – fue bufón del príncipe Baltasar Carlos, y también, según Camón Aznar, del funcionario palatino Encinillas. El nombre puede indicar que era naturall de Lezcano, pueblo de Vizcaya. El mote de Vallecas ( pueblecillo cercano a Madrid, hoy absorbido por la capital) se añade medio siglo después de pintado el retrato, que data, para unos, en 1643 y para Camón en 1642.

Lezcano aparece vestido de paño verde, color propio de cacerías, lo que se aviene con el paisaje natural de la sierra de Madrid, que asoma al fondo. La cueva o abrigo donde se halla el enano es un escenario asimismo propicio para la meditación, que los anacoretas de Ribera suelen buscar, afirma Gállego. Por la parte del escote asoma, arrugada pero limpia, la camisa blanca; de las mangas bobas del tabardo, salen los brazos, con mangas rosadas. La pierna derecha aparece de frente, mostrando su deformidad y la suela de su recio zapatón; la izquierda ha dejado resbalar la calza, que se arruga en el tobillo. El vestido, que no es en absoluto de mendigo, ofrece un aspecto de desaliño propio de la descuidada mentalidad del enano, cuya enorme cabeza se inclina ligeramente al sol, con apacible inexpresividad. Pese a su aspecto monstruoso fue pintada por Velázquez con la belleza de una fruta madura.

Entre las manos juntas, gordezuelas, sostiene un objeto que ha sido la peor cuestión interpretativa. Camón piensa que es “un pincel de mango y brocha cortos y planos, que el pintor le dejaría para que se entretuviera “. Para Madrazo es “un trusco de pan o un casco de teja”; Pantorba anota que puede ser un naipe, aunque “ es imposible precisar lo que el Niño tiene entre sus manos”. Para Brown se trata de unos naipes, “mecánica actividad que es todo lo que precisa el pintor para animar la postura y establecer la atmósfera psicológica del cuadro”.

El doctor  Moragas diagnostica que Lezcano “sufre de un cretinismo con oligofrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna.” “ En la cara hay una expresión de satisfacción, favorecida por el entornamiento de los párpados y la boca entreabierta, que parece acompañarse del inicio de una  sonrisa…” Tenía, según Moragas, un criado a su servicio, lo que era común entre los bufones reales.”

(Imagen – Francisco Lezcano,  el niño de Vallecas – Velázquez – Museo del Prado)

HILANDO

(La hilandera, de espaldas, del cuadro de Velázquez)

“Tanta serenidad es ya dolor.

Junto a la luz del aire

la camisa ya es música, y está recién lavada,

aclarada,

bien ceñida al escorzo

risueño y torneado de la espalda,

con su feraz cosecha,

con el amanecer nunca tardío

de la ropa y la obra. Este es el campo

del milagro: helo aquí,

en el alba del brazo,

en el destello de estas manos, tan acariciadoras

devanando la lana,

el hilo y el ovillo,

y la nuca sin miedo, cantando su viveza,

y el pelo muy castaño

tan bien trenzado,

con su moño y su cinta;

y la falda segura, sin pliegues, color jugo de acacia.

Con la velocidad del cielo ido,

con el taller, con

el ritmo de las mareas de  las calles,

están aquí, sin mentira,

con un amor tan mudo y con retorno,

con su celebración y con su servidumbre”.

Claudio Rodríguez: “Hilando“.- “El vuelo de la celebración” (1976)

(Imagen .-“Las hilanderas” de Velázquez.- 1657.-Museo del Prado)

“EL NIÑO DE VALLECAS”

“De aquí no se va nadie.

Mientras esta cabeza rota

del Niño de Vallecas exista,

de aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

Antes hay que deshacer este entuerto,

antes hay que resolver este enigma.

Y hay que resolverlo entre todos,

y hay que resolverlo sin cobardía.

Sin huir

con unas alas de percalina

o haciendo un agujero

en la tarima.

De aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

Y es inútil

inútil toda huida

(ni por abajo

ni por arriba).

Se vuelve siempre. Siempre.

Hasta que un buen día (¡un buen día!)

el yelmo de Mambrino

-halo ya, no yelmo ni bacía –

se acomode a las sienes de Sancho

y a las tuyas y a las mías

como pintiparado,

como hecho a la medida.

Entonces nos iremos todos

por las bambalinas.

Tú, y yo, y Sancho, y el Niño de Vallecas,

y el místico, y el suicida”.

León Felipe.“Pie para El niño de Vallecas” de Velázquez”

(el enano Francisco Lezcanosegún afirma Brown en suVelazquez” -estuvo empleado en la Corte entre 1634 y 1649, salvo una ausencia de tres años. “Lo que tiene en la mano – nos enseña Brown – es un mazo de cartas, símbolo tradicional de la ociosidad, que puede referirse a su condición de compañero de juegos de Baltasar Carlos o, de manera más general, a la misión de entretenimiento que cumplía en la Corte. El enano está sentado en una roca, con la pierna derecha osadamente extendida hacia el espectador. (…) Viste traje de color verde hoja seca y tiene por fondo una oscura escarpadura rocosa. En el centro de tan leñosos colores, el rostro es el núcleo de atención irresistible de toda la composición. La cabeza, echada ligeramente hacia atrás, se inclina hacia un lado en la medida justa para trastornar el equilibrio de la postura. La descompensación se afirma suavemente por medio de la mancha blanca de la camisa, por completo visible a un lado y casi invisible al otro. Aunque los rasgos están plasmados con la técnica de transparencias que caracteriza a los retratos informales, la nariz respingona y casi sin caballete, el gesto torcido de la sonrisa semiinconsciente y la expresión velada pero vacía de la mirada retratan con contundencia a una criatura cuya deformidad parece alcanzar tanto al alma como al cuerpo. (…) Velázquez se animó a plantear la ejecución por la vía de audaces atajos: por ejemplo, la sumaria descripción de las manos, en las que los dedos parecen surgir de las sombras por medio de dos breves e irregulares pinceladas de un pigmento rojo anaranjado”)

La poesía y la pintura – como tantas otras veces – se entrelazan ante un mismo motivo. Como también aquí se une la medicina, cuando en 1964 el doctor Moragas, al estudiar “los bufones de Velázquez,” diagnostica que Lezcano “sufre de un cretinismo con olifogrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna”. ” En la cara hay una expresión de satisfacción, favorecida por el entornamiento de los párpados y la boca entreabierta, que parece acompañarse del inicio de una sonrisa…” Murió Lezcano en 1649 y tenía este llamado “Niño de Vallecas”, según señala Moragas, un criado a su servicio, lo que era común entre los bufones reales.

(Imágenes:- 1.-detalle de “El Niño de Vallecas”/ 2.-Velázquez.-Francisco Lezcano, el “Niño de Vallecas”.- Museo del Prado.-wikipedia)