“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

 

 

 

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (2)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido adelantar aquí la publicación de  mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que espero aparezcan pronto como libro.  Se irán publicando lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (2)

 

 

24 abril

en el Botánico de Madrid

Hoy en soledad. He querido alejarme un poco de la periodista y de la entrevista porque necesito venir de vez en cuando hasta estos árboles, oír el sonido de esta fuente y ver cómo los pájaros picotean. Me es necesario este remanso tranquilo antes de volver a los recuerdos. Cuando uno intenta escribir un libro vienen frecuentemente hacia ese libro miles de hojas revoloteando : las preguntas, lo que he hecho y oído en el día de ayer o de hoy y también lo de hace años. Vienen volando rapidísimas estas hojas, cada una desde un sitio distinto de la imaginación, de la memoria, del recuerdo, vienen apretadas y urgentes unas contra las otras sobre esta página que estoy escribiendo ahora en este banco del Botánico, en esta pequeñísima y oculta glorieta y ante una fuente, y estas hojas y recuerdos revolotean, se congregan, se amontonan con un ligero polvillo en torno al banco, a mis pies, en la primavera de Madrid. Aquí estoy solo. Cada vez que pienso en la joven periodista que ha empezado a venir a verme desde hace unos días, dispuesta al parecer, según me ha dicho, a elaborar una especie de semblanza o biografía mía y para ello rodearme con numerosas preguntas, recuerdo la respuesta que le lanzó García Márquez a una muchacha empeñada en titular su amplísima entrevista: “250 preguntas a García Márquez”. El escritor, amablemente, la invitó a tomar un café y le dijo: “Si yo contestara 250 preguntas, el libro sería mío”. Y algo de eso me puede pasar. ¿De quién sería este libro entonces, de la periodista o mío? Mientras pienso en todo ello repaso lo poco que tengo escrito, lo releo, lo corrijo, voy colocando cada cosa en su sitio. Joan Miró daba una vuelta cada día por su estudio mallorquín y retocaba aquí y allá cuadros anteriores, terminaba una pincelada, añadía un color. Aquí, entre flores y caminos de estos setos tan cuidados, entre tantos aromas y colores, me siento a releer estas primeras páginas que van creciendo muy poco a poco y que espero puedan irse expandiendo en ramajes diversos, igual que lo hace la variedad de plantas que me rodean. De vez en cuando levanto la vista del cuaderno y miro hacia el gran edificio con su pared de ventanas que cierra uno de los extremos del Botánico y pienso en la excelente vista que supongo tendrán aquellos altos dormitorios y comedores al contemplar desde arriba este campo de flores, estos espacios limpiamente trazados. Y los árboles. La visión que tendrán de estos árboles.

 

25 abril

 

en casa

 

Tampoco hoy había quedado citado con la periodista y aprovecho por tanto para recuperar recuerdos. Vuelvo la mirada a mi vida y veo ahora desde aquí, desde este despacho en que trabajo, aquel paseo junto al río que yo he recorrido tantas veces y veo también a mis abuelos esperándome en Cabueñes, en Gijón, mi abuelo con su sombrero negro y su bastón nudoso en la mano, que está aguardando a que yo llegue al jardín y yo, un niño, temblando por si se enfada, él de pie en lo alto de la pequeña escalera de hierro que asciende del jardín a la casa, veo también a todos mis amigos, al delgado Juan, un muchacho irónico, de rostro afilado, que se dedicó a la radio, al bondadoso y entrañable Manuel bajando las escaleras de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid entre tanta gente a media mañana, un alma selecta, una salud quebradiza, una amistad por encima del tiempo, unas conversaciones íntimas y transcendentes, un recuerdo por encima del tiempo, lo noto ahora, va conmigo, han pasado muchos años y sigue yendo conmigo, es una presencia impalpable, de repente sé que en una calle, Manuel, a través de las nubes, por encima de las nubes, me sigue con la mirada, una mirada que yo no puedo definir ni casi advertir porque es una presencia total, una especie de acompañamiento en el tiempo, como si dijera “No te preocupes, que aquí estoy”. Yo ando y ando y de repente no veo a Manuel pero sé que ahí está, de vez en cuando Manuel da la impresión de desaparecer, pero no, al otro lado de la nube, una nube que tampoco es una nube, en medio de un cruce de semáforos pero también en el pasillo, cuando escribo, o en medio de problemas, a veces estoy sumido en problemas casi siempre menores, o en el silencio de una reflexión, noto que algo ha hecho Manuel sobre mí, ¿quién me protegió de aquel camión fulgurante en medio de un túnel, al pasar con su enorme estruendo y sus focos potentes, pitando y pitando con el claxon, con sus ruedas gigantes que casi rozaron las mías, las de mi pequeño automóvil asustado por aquel roce inesperado que casi me manda al otro mundo? Veo también aquellas carreteras blancas, sinuosas, del norte de España, los precipicios y los acantilados, veo las curvas del desfiladero que giraba con el río, luego la remontada hacia la superficie, las crestas de los Picos de Europa, en algún momento los Picos de Europa parecía que se confundían con el Pirineo de Aragón, pero no, no son los mismos, las ruedas del coche toman caminos distintos, como dos carreteras que se bifurcan en el tiempo, no, no quiero hacer nada de literatura, quiero escribir de lo real y de las ruedas, cada una a su modo, unas van hacia los Picos de Europa y otras hacia el valle de Ansó, veo cómo me inclino en el agua de Aigües Tortes, simplemente cómo me inclino, no, tampoco se pueden forzar los recuerdos, los recuerdos van y vienen como envueltos en gasas danzantes, van y vienen por la memoria, se esconden, aparecen, no conviene forzarlos, de repente los recuerdos desaparecen, un recuerdo asoma como un deshecho de una gasa que danza, una danza nebulosa y gaseosa, me veo en lo alto de los Picos de Europa, no lejos de Potes, exactamente en lo alto del monte donde se levanta Santo Toribio de Liébana, y abajo, en el valle, pacen unos caballos, ¿pero son los mismos caballos que aquellos de Andújar, en años distintos?, me monté en uno de ellos, nunca me había montado, y me dejé llevar pausadamente, mansamente, guiado por las pezuñas y los cascos que resbalaban entre las piedras, bajando hacia el río, recuerdo las crines del caballo al viento, cómo no me daba miedo acompañarle, el caballo iba seguro entre las piedras, a veces dejaba resbalar una por la arena, hacía un ruido, era una pequeña piedra blanca bajo los cascos, no, menos que una piedra, era arenilla entre piedras pequeñas y yo no bajaba la mirada, iba seguro porque iba seguro el caballo, pero no deseo que ahora me contemplen cabalgando ni que sigan mi mirada desde lo alto del camino de Santo Toribio de Liébana observando abajo a los caballos, ésta es la tierra, la hermosa tarde, serán las seis y media o las siete de la tarde, es verano, agosto, el coche lo he detenido en este camino y he venido hasta el final a perder mi mirada en el valle, he escrito mucho sobre la mirada, capítulos enteros de libros, la mirada de los artistas, la mirada en el arte, pero esta mirada en agosto desde la altura nada tiene que ver con el arte, mi mirada es distinta en el mar o en el monte; en el monte, en la extensión del monte, la mirada siempre me ha dado reposo, quietud, remanso, mi pupila tan cargada de ciudades, de pantallas y de luces, de guiños continuos en todas partes, una pupila sobrecargada de visiones cruzadas que deben estar atentas al menor parpadeo de la eficacia, de la velocidad, de la utilidad, esta pupila se adormece y se tiende sobre este valle de agosto en que están abajo los caballos, pero también las vacas, están los tonos de los prados, una casita de tejados rojos que apenas se ve, unos caminos diminutos, un pequeño automóvil entre los prados, y sobre todo la extensión, la paz, las ondulaciones de la tarde, cada atardecer parece igual en esta superficie de verdes y marrones, algún campesino que anda despacio a lo lejos está dando una pequeña vuelta, si me quedara media hora aquí vería cómo el sol desaparece lentamente y más adelante se enciende alguna luz.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

 

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CIUDAD EN EL ESPEJO (12)

“Se refiere, claro está, a Luisa Baldomero González, que parece le ha dado un ataque de los suyos y se encuentra al otro lado del pasillo. La han tenido que sentar con su vestido estampado de flores y ella ha entornado los ojos pensando en sus nietos. Es que acaso tuvo nietos Luisa Baldomero, podría alguno preguntarse. No, jamás los tuvo. Amamantó a muchos, fue una de esas antiguas amas de cría que ya casi no existen en España, entre santanderina y asturiana, de Caín, un pueblo cercano al divino Cares, río célebre de los Picos de Europa. Recibió de las montañas la potencia que la hicieron fuerte y brava, capaz para sacar adelante a muchas criaturas. Cree ella que tuvo nietos, sí es verdad que casó tres veces y que las tres enviudó, y que tuvo hijos, pero ninguno de los hijos le dio hijos propios, por tanto nietos no tiene, y sin embargo de sus pechos y de sus brazos se agrandaron vidas como recuerdos, y eso la ha obligado a sentarse, desvarió, piensa extrañamente en las montañas que la vieron correr siendo niña, los dos pueblos, Caín de arriba y Caín de abajo, nombres éstos del Génesis, ella no conoce el libro, nunca leyó nada, jamás se habría dicho Abel de arriba y Abel de abajo entre las nieblas y las nieves de los inviernos cántabros, tempestades que forman parte de su hogar, ha entornado los párpados, se ha abierto de piernas en el pasillo, sus gruesas piernas sembradas de varices, y el roble y el abedul, él haya, el fresno, el tilo y el acebo, selváticos bosques de los que Luisa Baldomero no sabe los nombres ni los distingue, sólo admiró extasiada su belleza, pasan ahora bajo los puntos irisados de sus cerrados ojos, y ha entreabierto la boca, no sale espuma, no es mujer de espumas rociando los labios Luisa Baldomero, torció los gruesos labios, está deformada y a pesar de ello apacible, no es histerismo, el médico lo dirá, aquí, aquí viene el médico.

 

 

El doctor Valdés ha dejado por un momento a Lucía, la tranquiliza sonriente, Ahora vuelvo, Lucía, espérame un momento. Los psiquiatras no deben correr, deben andar pausados. Sólo en momentos críticos, y éste no sabemos aún si lo será, los psiquiatras toman una decisión fulminante y hacen una seña en las vidas, la señal de mando que decide dividiendo o uniendo. Mientras tanto, los psiquiatras marchan por Madrid, por España, por el mundo, a su paso propio, sin correr, a veces y a pesar de la angustia de las existencias y de las transferencias de esas mismas angustias, hay psiquiatras que se escapan los fines de semana y huyen en moto por carreteras secundarias y abandonadas, disfrazados en sus cascos veloces, protegidos de todos los miedos gracias al poder alocado de la celeridad, sumidos en lo profundo del aire libre y empapados de naturaleza, la libertad es un don precioso, hay que conservarlo, hay que protegerlo aunque sea con un casco metálico, máscara de acero que oculta todos los rasgos del rostro, sus inquietudes, gozos, temores o fracasos.

Qué le pasa Luisa, qué le ocurre, pregunta inclinado Valdés ante el cuerpo sentado de Luisa Baldomero, La tumbamos, doctor, interroga la monja, a lo mejor está más cómoda tumbada. Las monjas no se atreven demasiado cuando está don Pedro, como ellas lo llaman, él es quien manda en el sanatorio y no otra persona, sólo cuando se encuentran solas las monjas, que son muchas las horas de la tarde y alguna de la noche en vigilia, horas de silencios y de charlas, ellas deciden. Qué, qué le pasa, Luisa, repite el doctor Valdés, inclinado sobre esa boca torcida pero mansa, la postura algo curvada, ojos cerrados, respiración tranquila.

Está entrando ahora por el portón del garaje del sanatorio del doctor Jiménez la ambulancia que llegó desde la Cruz Roja de Reina Victoria y trae el cuerpo vivo y en postura yacente de Ricardo Almeida García, vendadas las manos, vendado el ojo izquierdo, el derecho semidespierto, y fija la pupila en su obsesión. Su obsesión sigue siendo, no hay que asombrarse, ese caballero vestido de negro que él quiso acuchillar al fondo del cuadro de “Las Meninas”. Vamos, ánimo, le dice un enfermero, Dáme el brazo, muchacho, le dice quitando importancia, levántate ya. Pero no puede levantarlo de la camilla, él parece inerte, se hace inerte su cuerpo. Y si tiene algo roto por dentro, le pregunta un enfermero al otro, no sin tono de displicencia. No lo mueven, ni le hablan, lo sacan tal como está y como viene, horizontal, tienen cuidado de que no roce su cabeza con la puerta de la ambulancia, y lo llevan en andas, con cuidado pero con precisión y habilidad.

 

 

 

Es difícil expresar lo que ocurre en este momento en Madrid porque parece que no ocurriera nada. Pero si alguien tuviera que anudar los hilos y tejer el tapiz invisible de las circunstancias, se vería muy claro y en especial relieve, ese ojo derecho y abierto y aún sano que asciende horizontal mirándolo todo. Por qué estoy aquí, qué es esto, adónde me llevan, ojo que habla en el fondo de la cuenca de Ricardo Almeida Garcia, entrando en el sanatorio del doctor Jiménez. De vez en cuando, ese ojo, que a causa de las heridas le duele en el mismo instante en que pestañea, ve al fondo de cuanto mira la figura vestida de negro que le persigue siempre, o quizá es el otro el perseguido, esa figura en lo hondo de un espejo y de un cuadro y que tiene un nombre que Ricardo Almeida conoce muy bien, José Nieto, el Aposentador de la reina Mariana de Austria, esposa de Felipe lV. José Nieto, al que Velázquez pintó en la sala donde la familia del Rey estaba siendo pintada por el pintor, no ha conseguido escapar de dentro del ojo de este guía del Museo del Prado. Estudió y explicó muy bien Ricardo Almeida a los turistas, mientras se acercaba y se alejaba  del lienzo de “Las Meninas”, conforme tomaba las correspondientes distancias, tal como un buen torero suele hacer o como un cuidadoso artista lo compone, con ese esmero de las cosas que se hacen bien, que el Aposentador del Palacio, entonces, en aquel siglo XVlll español, tenía por encargos cuidar de que los barrenderos tuvieran muy limpia la casa y todos los muebles, recibiendo órdenes del llamado Contralor o Controlador para saber la cantidad de carbón y de leña que había que gastarse en las chimeneas de la Cámara y de la Mayordomía, Y fíjense bien, añadía el guía a quien le rodeaba, este hombre que ven aquí, José Nieto, maravillosamente pintado por Diego de Silva y Velázquez,  éste que parece irse y quedarse, este esbozo rotundo que se asoma y se esfuma, aposentaba, como el propio nombre de Aposentador indica, a las Personas Reales y a su séquito, y también era encargado de repartir ventanas en la casa de la “Panadería”, la que ustedes  sin duda habrán visto en la Plaza Mayor de Madrid desde cuyos balcones se contemplaban las fiestas públicas de la capital. Y acérquense más, solía aún decir Ricardo Almeida García, a españoles, italianos y franceses, Este hombre, José Nieto, también acomodaba a los Grandes, Títulos y Consejos, es decir, llevaba en cierto modo el protocolo en Palacio.”

José Julio Perlado

(continuará)

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(Imágenes—1- Mark Rothko – 1968/ 2 – Howard Hogking)

CIUDAD EN EL ESPEJO (13)

“Van subiendo ahora, en el gran montacargabbs del sanatorio, la blanca camilla en la que sigue pensando en todo esto, e incluso sigue viéndolo y escuchándolo, Ricardo Almeida. Dónde lo ponemos, hermana, pregunta un enfermero a una monja. La monja no se impresiona por el recién llegado, abre una puerta, señala una habitación. No se interesa demasiado por qué le ha pasado exactamente, hay tantos casos diarios en este sanatorio, todas las monjas y los celadores están acostumbrados a llegadas e idas, incluso más acostumbrados a recepciones bruscas que a las altas que se dan a los pacientes. Póngalo aquí, dice la monja, y observa cómo el cuerpo del nuevo visitante es trasladado con cuidado, dejándolo suavemente resbalar desde la camilla hasta la primera cama vacía. Déme el papel, continúa la monja, y el camillero se lo enseña, ahí están los datos, nombres, apellidos y razones del caso, la monja lo lee, luego firma, se queda con la copia, y los camilleros se van.

No, no se puede bien contar qué pasa esta mañana en Madrid. Aparentemente es lo que se cuenta y cómo se cuenta, aparentemente es sólo esta entrada de un paciente, inexplicablemente herido y mutilado, es solamente esta conversación, más bien monologo reiterativo, que está teniendo lugar en un extremo del pasillo entre el doctor Valdés y el cuerpo doblado, blanco y curvado de Luisa Baldomero que sigue sin hablar, aparentemente son sólo esos ojos de cereza montados sobre una estructura de alambre, que así es de huesuda a Lucía Galán Galíndez, sentada ahora a esperar a Don Pedro en una salida blanca y que mira el reflejo de la vida en el cristal esmerilado. Pero hay cosas que no se pueden contar y que sin embargo vibran y viven y que han de contarse. A José Nieto, el Aposentador o Guarda- Camas de doña Mariana de Austria, que seis años estuvo como Aposentador de Palacio, cosa que sabe muy bien y no sólo lo sabe el guía  del Prado Ricardo Almeida, le llevaron a su casa, en 1651, diecisiete mujeres que pudieran servir como nodrizas posibles o amas de cría para las hijas de los Reyes de España : de entre ellas, ocho fueron destinadas a amamantar a la Infanta María Margarita, esa infantina fina y rubia, inmortalizada como figura central de “Las Meninas”. Si oyera esto Luisa Baldomero González, que lo oirá en su momento, le daría un vuelco el corazón. Lo oirá, no hay duda, porque se le escapará en cuanto pueda al propio Ricardo Almeida, y saltará no la leche, que no la tiene, sino la evocación en el pecho de Luisa Baldomero, que no conoció a Velázquez ni lo conocerá, que nunca oyó hablar del pintor. Todo su cuerpo, el cuerpo enorme de esta mujer, escapará de nuevo hasta Caín, hasta el pueblo de los Picos de Europa cuando allí fueron a buscarla hace sesenta años. Estuvo primero a Luisa Baldomero en un palacete de Santander, junto a la Bahía, cerca del Sardinero, los ojos y las manos y el pecho no mirando a la mar sino al infante que tenía que criar, como así harían tres siglos antes y en otro marco bien distinto, en el Alcázar de Madrid, ya incendiado, ya destruido, en el lugar que hoy ocupa el Palacio Real, amas de cría perdidas en la historia, pero cuyos nombres conoce incluso Ricardo Almeida, y explica bien, Once amas tuvo la Infanta Margarita, dirá ante el asombro de los turistas, Once amas de cría tuvo esta Infanta bellísima que ven aquí, l primera se llamaba a Manuela Laso, y sirvió  esta mujer algo más de dos meses, y la última fue Bernarda de Quevedo y Salcedo, una de las dos primeras admitidas al parto de la Reina Mariana de Austria.

 

 

Quédanse los turistas perplejos y pasmados de la sabiduría de este guía. Primero entre los libros de la Biblioteca Nacional, luego bajo la  triste y pobre lámpara de su cuarto, siempre en la pensión “Aurora” de la plaza de Olavide número seis en Madrid, Ricardo Almeida estudió y aprendió de memoria, tal y como si pudiera palpar y tocar a Velázquez, cuantos acontecimientos y sucesos rodeaban los cuadros del pintor sevillano, aunque su obsesión fuera José Nieto. Pero de repente le han dejado ahora solo, vendado y malherido en la blanca cama de este sanatorio. Sigue estando a veces en el apurado con la memoria, y los psiquiatras tardarán en leer las letras del recuerdo de los hombres enfermos, suele ser alfabeto cifrado que existe sólo en las pantallas de las mentes, en su interior, en su intimidad, y los médicos tienen que profundizar, tienen que esclarecer, han de esforzarse mucho, Lucía Galán Galíndez, con su cuerpo raquítico y su rostro ovalado y hermoso, acaba de levantarse ahora de su silla y como una sonámbula, va hasta el pequeño brote de fuente clara que se encuentra a la vuelta del pasillo, se inclina hacia el borde de ese aparato mecánico y oprime el botón, sale un leve chorlito de agua, salta en el aire y entra en la boca de esta muchacha. No se puede decir, porque sería desentrañar la vida, que ese ruido del agua, ese manar fluido, salta a su vez en la cabeza de a Ricardo Almeida. Mientras alguien bebe en el pasillo de este sanatorio alimentándose del líquido que genera una pequeña máquina, en las tibias entrañas del cerebro de este guía del Prado, en los pliegues de su obsesión y en sus rincones últimos, Ricardo Almeida Garcia recuerda un cuadro de Velázquez, un lienzo que él no pudo explicar nunca y que pudo ver únicamente como espectador en tantas reproducciones y litografías. El Aguador de Sevilla, llámase el cuadro, y está colgado en el Museo Wellington de Londres, y muestra el lienzo ese volumen del cántaro en primer plano y la fragilidad de la copa de cristal sostenida por las manos de un muchacho que se la está entregando en misterioso pacto al aguador anciano. Sigue bebiendo el chorro de agua Lucía Galán Galíndez, ve entre nieblas al aguador de Sevilla de Velázquez el guía del Prado, está corriendo el agua por todas las fuentes , las cisternas y los conductos de Madrid. La historia no puede explicarse siempre. Vamos, ya está bien, le está diciendo el doctor Valdés a Luisa Baldomero, que levanta un poco la cabeza sostenida por cuatro monjas: tiene los ojos aún nublados y el cuerpo entumecido. Vamos, arriba, le anima don  Pedro Martínez Valdés, luego la veo.

Ahora son casi las diez de la mañana en el sanatorio del doctor Jiménez. Jacinto Vergel, con sus gruesas gafas caladas, anda y anda incansable junto a a Regino Cruz Estébanez, ambos montañeros por el pasillo llano.

—Buscaré el veneno en casa de mi hermano — le está diciendo Regino Cruz a Jacinto Vergel mientras dan y dan vueltas interminables — Buscaré el veneno y me mataré. Ten por seguro que me mataré.”

José Julio Perlado

(Continuará)

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(Imágenes —1- Rachel Davis-hartmanfineart)

VIAJES POR ESPAÑA (4) : EN EL “DIVINO” CARES

Cares.- 56gtt.-el río entrando en Cain

“Se ha hecho noche en Cordiñanes, provincia de León, al pie de los Picos de Europa. Al día siguiente amanece limpio, como pocas veces puede verse por aquí, en torno a la posada de Valdeón, a los Llaños y a Prada. “La encainada” no se agarró a las nubes”, me comentan. “Encainada” le llaman a la niebla los pastores de Covadonga. Salimos hacia las nueve Cares abajo, pasando por el “Chorco de los Lobos“, la trampa para cazar lobos vivos construida antes de 1610. En Caín hacemos un alto: de este pueblo es la leyenda de los despeñados, aquellos cuatro hombres que murieron al enterrar un cadáver entre Caín de Arriba y Caín de Abajo. Ahora crujen las piedras sobre el agua, al cruzar el río. “No hace mucho pasó la riada.- me dicen – Se llevó todo: fíjese usted en los puentes y en los árboles”. A mi lado marcha el hijo del “Cainejo“, aquel célebre Gregorio que subió el primero el Naranjo de Bulnes en 1904, con don Pedro Pidal. El hijo del “Cainejo” es hombre enjuto y austero: se llama

Cares..- ruta del Cares

Alfonso y tiene setenta y dos años.

-” ¿ Quiere usted un palo?”

– “¿Para qué? ¿Usted cree que necesitaré un palo para ir por el Cares?”

– “¡ Hombre, sí; yo creo que iría usted más seguro!”

El hijo del “Cainejo” va delante de mí, agachándose al pasar las galerías. De vez en cuando una gota cae sobre la nuca y resbala por el cuello.

– ” Pues verá usted; había allí en lo alto del Naranjo, una cuerda colgada, que estuvo desde 1904 hasta el 16. Y un día mi padre se subió solo, harto ya de tanta epopeya, y recuperó la cuerda. Y se la entregó a don Pedro Pidal, y don Pedro se puso como loco. Le mandó presentarse en Covadonga y aquel día lo nombró guarda del Coto Real, porque aquello era Coto Real.”

El río Cares fluye a nuestro lado; a veces no deja oír las palabras el ruido del agua. El Cares pasa por la provincia de León y la de Asturias, es un río venerado; precisamente por aquí lo llaman “divino”: la ruta del “divino Cares le dicen entre Caín y Camarmeña. El desfiladero se abre en tajos a cuchillo, cuestas verticales, gargantas y barrancadas. El sol corta en láminas picos y peñas. Andamos por la 

Cares.- 56hn.- un recodo del río Cares, junto al tunel que da acceso a Puente Poncebos.- picosdeuropa.net

Canal del Viesgo, queda atrás el Collado del Pando. El  hijo del “Cainejo” me enseña el puente de Trescámara y el de los Rebecos.

– “¿Ve usted allí ?.- me señala en la altura – ¿ve aquel repecho?”

Al otro lado del río cuelgan praderas y matorrales.

– “Allí tienen tierras gentes de Caín.

– “¿Y por dónde suben?”

– “Por ahí – señala con el palo –  agarrándose a las piedras y sin mirar al río.- ¿Sabe usted? Aquí se dice: “por donde anda un rebeco es que hay camino”.

Estas montañas asombran, Agrada contemplarlas. Pero “en lugar de saciarse con ellas – me dice – hay que acariciarlas”. Algunos abusan de ellas y las montañas cobran su tributo. Una tradición señala que por aquí bajaron los moros cuando la Reconquista, y escaparon huyendo hacia Pandébano, Amuesa y Cosgaya.

Cares.- t6yyh.- rebeco en los Picos de Europa.- wikipedia

El sol cae ahora en las espalda de Culiembre, sobre un recodo del camino. Sentados en la hierba, la conversación marcha entre rebecos:

– “Ahora hay que subir hasta la Peña Santa si uno quiere verlos. Pero otras veces, es en el mismo Caín, en las praderías, donde asoman machos buenos, que ahora están escondidos, guardados por escuderos – los machetes jóvenes -, aquellos que les avisan en un instante. A veces se está sentado aquí, y de repente, en un segundo, se ve a uno que sale disparado y que se planta en la cumbre.

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La charla se deshoja entre dos espíritus: aquel del cazador y el del conservacionista. Hay que intentar respetar posiciones. El Macizo Occidental de los Picosme dicen – es mejor para el rebeco por ser más agreste y duro, y en cambio aquí, donde ahora estamos, frente al Macizo Central, hay más zona de pastos. En el Parque Nacional de Covadonga hay mayores machos. Cuando, por ejemplo, se va a Jou Santo, se ven machos grandes, ya que no se caza nunca. Es una Reserva Nacional – me explican -; lo que se mira es conservar a la vez la  caza, y por otro lado sacar aprovechamiento de esa caza misma. Es decir, cantidad y calidad. Y lo que interesaría más es conservar la calidad; quizá – me dicen – , disminuir el cupo de caza de lo bueno y aumentar lo del malo.

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Estamos ya cerca de Camarmeña, junto a Puente Poncebos; hemos dejado a un lado los Puertos de Ostón y de Ondón y cruzamos las curvas que trazan los Collados. Es mediodía. Sólo se oyen las botas y el palo sobre las piedras. A un lado y otro de las sombras, hacia el cielo, se yerguen los grandes Macizos. A la izquierda queda el actual Parque Nacional de Covadonga, la belleza de Asturias, esos enormes Picos del Macizo Occidental tras los cuales descansan plácidamente el lago Enol y el de la Ercina. Más allá de Puente Poncebos, el Cares sigue hasta Arenas de Cabrales. Después, doblando a la izquierda, camino ya de Cangas de Onís, nos detendremos en el Pozo de la Oración: singular nombre para contemplar las maravillas que ha hecho Dios al levantar la altura de las piedras entre tinieblas, esa belleza única, incomparable, la llamada de las láminas enormes de los Picos de Europa que se alzan sobre la palma de la mano de España en forma pétrea, sobrecogedora. Y por entre los Macizos, Dios deja a estas horas discurrir a los ríos y hace escapar huyendo a los rebecos para que no los descubran jamás.”

JJPerlado.-  “Viaje a los Picos de Europa”- 1981

Cares.- 5yyu.- rebecos.- avafescaceres-wordpress

(Imágenes:- 1.- el río Cares entrando en Caín/ 2.- ruta del Cares/ 3.- el río Cares junto al túnel que da acceso a Puente Poncebos.- picosdeuropa.net/ 4.- rebeco.- wikipedia/ 5.- desfiladero del Cares/ 6.- ruta del Cares/ 8.- rebeco)