LA MÚSICA Y ROBERT WALSER

 

 

“La música es para mí lo más dulce del mundo. Amo las notas hasta lo indecible.  Para oír una nota, soy capaz de saltar mil pasos.  A menudo, cuando recorro en verano las calles calurosas y resuena el piano en alguna casa desconocida, me detengo creyendo que debería morir en ese lugar —escribe Robert Walser en 1902 —. Me gustaría morir escuchando una pieza musical. Me lo imagino tan fácil, tan natural, y sin embargo es imposible, como es lógico. Las notas son puñaladas demasiado débiles. Las heridas de tales punzadas escuecen, claro, pero no destilan pus. Manan tristeza y dolor en lugar de sangre. Cuando las notas cesan, todo vuelve a serenarse en mi interior.  Entonces me pongo a hacer mis deberes escolares, a comer, a jugar, y lo olvido. El piano emite la nota más fascinante, aunque la toque una mano chapucera. Yo no escucho la ejecución, sino sólo las notas. Nunca podré convertirme en músico, porque nunca me hartaría de la dulzura y la embriaguez de la composición. Escuchar música es mucho más sagrado. La música siempre me entristece, al modo de una sonrisa triste —gratamente triste, me gustaría precisar —. No consigo encontrar alegre la música más divertida, y la más melancólica no me resulta demasiado triste y desconsoladora. Ante la música siempre me embarga una sola sensación: la de que me falta algo. Nunca llegaré a saber la razón de esa dulce tristeza, y nunca intentaré indagar en ella. No deseo saberlo. Yo no deseo saberlo todo (…)  La música me encuentra dondequiera que yo esté en ese momento preciso. Yo no la busco. Me dejo halagar por ella (…) Cuando no escucho música, me falta algo, pero cuando la escucho es cuando de verdad me falta algo. Esto es lo mejor que sé decir sobre la música.”

 

 

(Imágenes -1-Xavier Bueno- 1942/ 2-Edgar Degas)

ALLEGRO HAYDN

 

 

“Toco Haydn después de un día negro

y siento un sencillo calor en las manos.

Las teclas quieren. Golpean suaves martillos.

El tono es verde, vivaz y calmo.

El tono dice que hay libertad

y que alguien no paga impuesto al César.

Meto las manos en mis bolsillos Haydn

y finjo ser alguien que ve tranquilamente el mundo.

Izo la bandera Haydn —- significa:

”No nos rendimos. Pero queremos paz”.

La música es una casa de cristal en la ladera

donde vuelan las piedras, donde las piedras ruedan.

Y ruedan las piedras y la atraviesan

pero cada ventana queda intacta.”

Tomas Tranströmer – “Allegro” -“Deshielo a mediodía” (traducción de Roberto Mascaró)

 

 

(Imágenes -1-Gulkan Karavag lebriz com -estambul – artnet/ 2- David Seymour – Toscanini al piano)

EL MANDARÍN MARAVILLOSO

El mandarín maravilloso de Bela Bartók eleva en su soledad blanca los trazos negros y afilados de pies y manos, los saltos de las sombras, el perfil de la danza, el ritmo y sus desviaciones sincopadas. El mandarín maravilloso bailará entre los ángulos hirientes de la coreografía, entre la geometría de los signos, entre el vuelo violento de las capas, los movimientos del conflicto y el contraluz de muñecas, piernas y brazos. El bailarín maravilloso estará de pronto invadido de colores y alejará y acercará los rostros ante un espejo invisible enmarcado en la gran expresión orquestal.

Sucederá esto en 1919. Casi veinte años después, en 1936, el mandarín maravilloso dará paso a una fantasía sonora, sólida arquitectura de la «Música para cuerda, percusión y celesta«. Arpa, piano, timbales y tantos otros instrumentos se fundirán en unidad extraordinaria y en fascinante y dinámica  disposición. «A  menudo se viaja con él sobre las aguas negras de un río subterráneo – dirá Julien Green en su «Diario» al hablar de esta obra de Bartók -, pero hay también sobre las aguas el resplandor de los fuegos de Bengala y por encima de nuestras cabezas la bóveda de una belleza mágica; también podemos sentirnos en un templo plenamente sonoro con el ruido de los gongs, en medio de una jungla donde la fieras rugieran sordamente en la noche».

«Que mis exequias – dirá Bartók en su proyecto de testamento – se celebren lo más sencillamente posible. Si por casualidad, después de mi muerte, quiere darse mi nombre o erigirse un monumento en mi honor en una plaza pública, he aquí cuáles son mis deseos: en tanto que las plazas de Budapest antiguamente llamadas Plaza Oktogon y Plaza Eorönd lleven los nombres de estos hombres (léase Mussolini e Hitler), en tanto que haya en Hungría una plaza o una calle con esos dos nombres, yo deseo que no haya en el país ninguna calle, ninguna plaza ni un monumento público que lleve mi nombre y que ninguna placa conmemorativa sea colocada en lugar público«.

«Nuestra situación empeora de día en día – escribirá desde Estados Unidos el gran compositor meses antes de morir -. Nunca en mi vida, desde que me gano el pan, me he visto en una situación tan terrible. Mi mujer lo soporta todo heroicamente. Hasta ahora habíamos tenido gratis dos pianos. Pero acabo de recibir el aviso de que se van a llevar uno. Naturalmente, no tenemos dinero para alquilar un segundo piano. Por lo tanto, no tendremos posibilidad de estudiar las obras para dos pianos. Y cada mes recibo un golpe por el estilo. Me rompo la cabeza preguntándome qué me va a ocurrir el mes que viene…».

«Es la hora de la séptima puerta…», le dirá al fin a un visitante el 26 de septiembre de 1945 en el West- Side Hospital de Nueva York.

Allí es donde murió.

(Imágenes: videos.-1.-«El mandarín maravilloso» (1919).-Angers Nantes Opéra Au Theâtre Le Quai/ 2.-«Música para instrumentos de cuerda, percusión y celesta»(1936).-Filarmónica de Berlín, dirigida por Pierre Boulez/ 3.-«Sonata para violín solo»(1944), por Ivry Gitlis)