“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (8)

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo y aparecen los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (8).  :  Descubrimiento de Madrid

 

 

27 abril

 

– Se refería usted ayer – me dice hoy la periodista reanudando nuestro diálogo – a esa casa de la calle de Goya como la primera en la que vivió en Madrid. Aún habiendo nacido en Madrid, como usted quiso comentarme, estuvo, creo, varios años en provincias, ¿no es así?. Cuando usted volvió definitivamente a la capital, ¿qué impresión le causó? ¿Qué le pareció Madrid?

– Yo viví, sí, en una ciudad de provincias desde los tres a los quince años. Luego, más o menos hacia los dieciséis, volví definitivamente a Madrid . Recuerdo que cuando llegué a Madrid me impresionaron principalmente sus olores. Sí, ahora que hago memoria, quizá fueron los olores de Madrid los que formen mi primer recuerdo de la ciudad.

Por ejemplo, el olor del metro madrileño cuando pasaba velozmente bajo las rendijas o respiradoras de las aceras. Subía y pasaba el olor subterráneo como un vaho precipitado bajo mis pies. Yo no sabía bien qué era el metro – había pasado, como digo, varios años en una ciudad que carecía de metro -, o tal vez lo que no conocía era ese olor fugaz e intenso, cargado del vapor de los túneles, la oscuridad iluminada de cristales veloces trasladando las caras y los cuerpos, pero sobre todo aquel olor del animal de hierro como gusano curvado que iba y venía casi en zigzag de túneles a estaciones y de la sombra a la luz. Aquel olor del metro bajo mis pies, en la acera, aún me sobresalta ahora cuando lo recuerdo porque me lleva de la mano a una edad lejana, esa edad de la que estoy hablando. Me acuerdo que brillaban aquellos anocheceres con las pescaderías iluminadas, los largos lomos de las merluzas reposando sobre losas inclinadas y regadas de sal, el vocerío y los verdes guantes de los dependientes trasladando de aquí a allá el pescado, sus delantales verdes salpicados de escamas y sus cuchillos de punta aguda y punta cuadrada cuando cortaban y despedazaban cabezas, colas y espinas bajo la luz de las bombillas. Y aquellas imágenes y aquellas luces se fundían con el olor del metro que de vez cuando pasaba bajo mis pies.

Ahora, al revivir todo esto, veo sin duda un Madrid transformado en mi memoria. Un escritor nunca podrá imaginar que un día mezclará cosas muy dispares. Mezclará unas bombillas, un olor, unos pescados, tres impresiones que yo aún no puedo borrar : son el sello de una edad pero también son el sello de una ciudad en un instante. Como tampoco puedo borrar las luces de las ventanas que yo distinguía en los pisos bajos cuando pasaban sombras tras los visillos. Las veía desde la calle: eran sombras de niños inclinados sobre mesas de comedores haciendo puntualmente sus deberes, sombras de madres yendo y viniendo por las cocinas, sombras de padres que entraban en el piso al volver de su trabajo dando vuelta a la llave. Aquel pequeño ruido de la llave, aquellos primeros pasos en el vestíbulo, el gesto de dejar la cartera en una silla, de quitarse el abrigo y de suspirar fatigado, todo eso lo había vivido yo, había oído a mi padre meter su llave, dar los primeros pasos en el vestíbulo, dejar la cartera en una silla, suspirar fatigado, y le había visto avanzar hacia mi madre rozándole la mejilla con un beso, revolver mi pelo al pasar, también el pelo de mis hermanos, todo eso lo hacía muy despacio, muy cariñosamente, cosas que yo hice después cuando fui padre, daba la vuelta a mi llave, dejaba la cartera, repartía besos: son horas de repetición de la intimidad, cálidas horas de las ciudades, lámparas encendidas, cuadernos abiertos, preparativos de cenas. Yo me quedaba allí, mirando desde la calle cómo se movían aquellos visillos tras los cuales cenaban tantas familias, horas y vidas repetidas en pisos iluminados.

 

– ¿Fue en Madrid, al ver todo eso, cuando se sintió usted escritor?

 

No. Pienso que mucho antes. Quizá tenga que remontarme al colegio, a determinadas escenas del colegio. Me acuerdo – y parece que en este momento lo pueda revivir perfectamente – aquel patio del colegio hasta donde he venido andando esta mañana acompañado de mis hermanos menores, y ambos como yo con sus carteras llenas de libros, cruzando calles y descampados, pasando cerca de las lonas de un circo tras las cuales suena el ensayo de las maracas que mueven las manos de un cantante de color. Siempre enlazo el camino del colegio con esa lona del circo y con ese movimiento sonoro de las maracas que es música de otro tiempo. Cuando llego al colegio, o muchas veces que llego al colegio, se me despertaba, se me despierta el alma de escritor. Pasa un avión sobre el patio, pasa todos los días a la misma hora, para todos es un avión, algunos ni siquiera lo miran o lo oyen, pasa el avión plateado con sus motores y sus alas, es un aparato moderno, un objeto en el aire, pero para mí no es sólo un avión. Me han encargado una redacción para la revista de mi clase, en este momento tengo doce o trece años, levanto la mirada y el avión para mí, como digo, no es sólo un avión, es un cuerpo que horada las nubes, van las ventanillas en el cielo escoltadas por ráfagas deshilachadas, el ronroneo del motor es el de un animal que duerme, un animal horizontal, con una panza que parece quieta pero que se traslada a toda velocidad, esa panza con la bodega y las maletas, y también con los viajeros, y también con el carrito de ruedas en el que avanzan bebidas y bocadillos, todo eso, con el sueño de quienes van dormidos, con los tacones de las azafatas, pasa a esta hora precisa sobre el patio de un colegio donde estamos jugando al fútbol, hemos puesto a uno y otro lado de las porterías mochilas y abrigos, corren las piernas de extremos y defensas tras el balón y el avión pasa por encima del patio casi sin pasar ,un niño, que soy yo, que únicamente viajó en avión por primera vez a los diez años, ha levantado la vista y mira en el cielo todo eso que no es un avión, todo lo que no se ve de ese aparato que está cruzando el patio. Tiene ya la creación en los ojos. Él no sabe lo que es la creación, se lo explicarán años más tarde en la Universidad, le enseñarán o intentarán enseñarle los mecanismos de la creación, pero él se ha adelantado ya a tales mecanismos, crea, tiene en la mente lo que va a escribir en la revista del colegio y ve perfectamente cómo el río de nubes está abriendo en el cielo una rendija para que el avión traspase y lo haga en silencio para que no se despierten los viajeros dormidos y no tintineen apenas los vasos y botellas que se deslizan en el carrito. Va creando todo esto un niño en una esquina del patio mientras mira hacia el cielo, y piensa a la vez en el misterio de las autopistas aéreas, en el cruce en el aire de tantos aparatos, miles de aviones, millones de patios en los que se juega al fútbol, espacios celestes que él mira, espacios terrestres que él ve.

También viene a lo lejos ahora en mi memoria otro recuerdo de otro avión. Aquí aún tengo menos edad; quizá once, quizá diez años, no lo sé. Por el cielo de la ventana de la cocina de nuestra casa en provincias pasa un avión muy lento, muy lejano, como una nube; en la nube se pueden ver las ventanillas de los pasajeros, yo los saludo por si alguno no duerme y quiere decirme algo mirando hacia aquí, donde yo estoy, acodado en un rincón de esta cocina, entre los platos, escuchando las cuentas que hace uno de mis hermanos que es un gran matemático, y sube el dos y se lleva tres y luego divide casi sin mirar para que baje el cuatro y multiplica por cinco y así ayuda a las otras cuentas de mi madre que son las verdaderas, habas contadas, más que habas ella extiende las monedas sobre el hule de la mesa y yo me voy fijando en el rostro de los emperadores, de los reyes, son los que nos dan de comer, ella entrega el rostro bruñido de un rey en la panadería y le dan una larga barra con corrusco tostado y caliente, pero si quiere un poco de jamón para meter en el pan entonces tiene que entregar dos monedas de príncipes y son monedas pequeñas, valiosas, brillantes, parece mentira que esa plata de los príncipes se transforme en jamón, pero es así, yo me como el jamón en la merienda con sabor a príncipes mientras pienso qué seré de mayor, ¿qué será este niño de mayor?, le pregunta mi madre a mi padre, yo no digo nada, me como el jamón, me como el pan, yo sí sé lo que seré cuando sea mayor, seré escritor, hablaré de esta escena de la ventana de la cocina, de cómo está pasando la nube del avión, ¡mira, ahora se ha abierto una ventana en la nube, saludan!, tengo que recordar bien esta escena de la ventana de la cocina, no tengo nada donde apuntar, sé escribir pero aún no sé escribir bien, nadie me ha enseñado a escribir bien, pero mi madre me dice siempre que tengo en cambio la mirada, tú usa la mirada, hijo mío, tienes una mirada despierta, penetrante, bueno, pues usaré la mirada, apuntaré con la mirada, me tengo que acordar de afinar siempre la mirada, a ver si también afino el oído, me acuerdo del sonido de estas monedas sobre el hule, e incluso de la voz de mi hermano subiendo el dos y bajando el tres, y también, con el gusto, me acuerdo del sabor del jamón, sí, de eso seguro me acordaré, cuando coma jamón de mayor y sea escritor ya no estarán estos príncipes y estos reyes, ¿quién estará en las monedas?, no se sabe, ahora sigue pasando el avión sobre el cielo de la ventana de la cocina, sí, me gustan estas cosas, mirar las monedas, mirar a mi madre, mirar la nube, mirar a mi hermano, sí, seré escritor.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

AREÍTO

animales.-5gbb.-peces.- mar.-Huchthausen

“¡Escápate, pescadillo,

de la red,

vuelve a las ondas azules,

libre y fiel!

Bailando, ondulando, salta

de la red,

como te vieron los indios,

isla, pez.

Que los cáñamos cruzados

de la red

de los unos y los otros

nunca te puedan coger.

(Ay, pero ¿ya te apresaron

en la red,

ya otra vez te crucifican,

Cristo, pez?)

¡Que se cumpla el areíto

de tu ser!

¡Escápate, pescadillo!

¡Burla, bailando, la red!”.

Cintio Vitier.“Areíto”

animales.-t78i.-peces.-Dante Terzigni

(Imágenes.-1.-Huchthausen/2.-Dante Terzigni)

ARTE DE COMER, ARTE DE LA PALABRA

   ”  Al mediar de la primavera – escribe Pla en suViaje a pie“-  llegan las primeras, pequeñas fresas de bosque y de jardín, y su perfume parece entremezclarse con el olor de las violetas. Luego aparecen los fresones que coinciden con las carnosas rosas rojas de San Poncio, con sus pétalos grandes y frescos. Las ciruelas aparecen en seguida, con su color de agua dormida, coincidentes con el apasionado y seco perfume del espliego. Y las cerezas, que son de tan diversas clases y de una gama de colorido que va del rojo negruzco a los carmines más evaporados, delicadísimos. Las mejores son esas últimas, que llamamos de cor de colom, que tienen la carne dura y prieta. Los pájaros adoran las cerezas, y me he entretenido a veces en los huertos contemplando los gorriones metidos en el follaje de los árboles acariciándose su pequeña cabeza en la mejilla de la fruta colgante, antes de hincarles en la carne el pequeño embudo de su pico. Las cerezas llegan con el menudo, morado tomillo y la retama amarillenta”.


Los escritores llegan así con su prosa – igual que los pájaros – y pasan sus palabras por la piel de la fruta, la acarician, y recorren luego las láminas del pescado y también las venas de la carne y aspiran en el aire todos los aromas. El gran poeta y crítico inglés W. H Auden reconocía los valores de la excelente crítica gastronómica norteamericana M. F. K. Fisher como “la más grande estilista de lengua inglesa“. Autora de la “Biografía sentimental de la trucha“, su relación con los alimentos le hacía mover entre sus páginas las patas de los crustáceos y bullir el pálpito de sus sopas junto al horno caliente. Era el deslizarse de la mantequilla sobre las pistas del paladar, los sabores presentidos, los olores expandidos. Era la procesión del olfato adelantándose a la del gusto a la  que Julio Camba alude en “La casa de Lúculo o El arte de comer” cuando opina que una mesa de comedor puede adornarse con frutas, pero no con flores. “Las flores –dice – tienen una fragancia muy poco gastronómica  y su empleo como gala de comedor sólo puede recomendarse en aquellos casos donde no se pretenda estimular el apetito de los comensales“.

Son opiniones. “Nada se come sin olerlo con más o menos reflexión; – decía Brillat- Savarin en su “Fisiología del gusto” – y, cuando se trata de alimentos desconocidos, la nariz hace siempre de centinela avanzado que grita: “¿Quién vive?“. Pero los escritores entran curiosos en los comedores, incluso penetran en las cocinas, abren con las pinzas de sus adjetivos las orondas soperas, husmean con sus observaciones la profundidad de los hornos, comprueban con sus minúsculos calificativos los tarros de las especias, y cuando vuelven otra vez al comedor “llegan siempre un poco tarde -recuerda Brillat-Savarin -, con lo que se les recibe mejor, porque se les ha esperado con afán; se les agasaja para que vuelvan y se les regala para que brillen; y, como lo encuentran muy natural, se habitúan a ello, y se hacen y siguen siendo gourmands“.

Pequeño apunte en torno aEl arte de comer“, la actual exposición en la Pedrera, Barcelona.

(Imágenes:-1.-National Geographic/ 2.- Ben Schonzeit.-artnet/ 3.- La cena.-Pamela J Crook.- Hay Gallerie Hill.- Londres.-pjcrook.com/4.-Paul de Vos.-elpais. com)