CAMBA Y EL HUMOR EN EL PERIODISMO

Para Julio Camba todo era periodismo. “En este mundo, y supongo que en todosdice Camba en Aventuras de una peseta‑, el pobre escritor no ve más cosa que una: artículos. Para la mayoría de las gentes, el desierto es el desierto, y el bosque es el bosque. Para el escritor, en cambio, el desierto es una crónica, y el bosque es otra crónica. Usted, amigo lector, me deja a mí frente al mar, pongamos por caso, mientras va a darse un pequeño paseo, y cuando vuelva, ¿qué creerá usted que he hecho yo con la azul inmensidad? Pues exactamente lo mismo que hubiera hecho con una iglesia románica, con un par de calcetines, con un discurso del señor Lerroux, con una puesta de sol o con un nuevo procedimiento para combatir la tuberculosis: la habré cogido y la habré transformado, reduciéndola a una superficie literaria de150 centímetros cuadrados, poco más o menos.

Nada es como es, sino como nos lo representamos, y el escritor, colocado ante una cosa cualquiera, o no la ve, o la ve en forma de artículo. (…) El diabético convierte en azúcar todo lo que ingiere; el hepático lo transforma en bilis, y el escritor lo reduce a literatura, ya biliosa o ya azucarada. (…) De mí sé decir, por ejemplo, que, obligado a veces a hacer un artículo, y disponiendo de una catedral gótica, que había visitado momentos antes, y de la levita del gerente del hotel como materiales a elaborar, me he decidido por la levita del gerente y he despreciado la catedral gótica. Para cualquier tendero veraneante, aquella catedral, en cuya construcción habían trabajado sin descanso quince generaciones sucesivas de obreros y artífices, hubiera representado infinitamente más que una levita. Para el escritor, en cambio, la levita tenía mayor interés, y no porque fuese una levita maravillosa, sino porque era una levita grotesca.”

Es siempre el detalle, lo pequeño, lo nimio. En los títulos, tanto Camba como Pla, se retratan muchas veces cuando titulan sus colaboraciones periodísticas. Es la paradoja, la sorpresa y el humor. En Camba encontramos, por ejemplo, Grandes hombres de vitrina, El jamón y la pepitoria de gallina, El genio es un caso de estupidez, El arte de tirar bolitas de pan, En Suiza no hay suizos, Los rascacielos como obra de ternura, El hombre que se vendió brea a sí mismo, En defensa del resfriado, Una tempestad en una taza de té, Madrid y el ácido úrico, Las barbas en el siglo XII, Peinados monumentales y talles de avispas, Gotosos y bronconeumónicos, El “pelmazo” interior

El humor de Camba asoma ya claramente en esos titulares pero es una delicia el desarrollo de ese humor cuando se hilvana en textos como este:

Se ha perdido un multimillonario

                             “Se ha perdido un multimillonario americano ‑se lee en el volumen Ni Fuh ni Fah‑. Estaba hospedado en el Savoy, de Londres, hará cosa de mes y medio, cuando salió a dar una vuelta por el Strand, diciendo que regresaba en seguida, y esta es la hora en que aún no se le ha vuelto a ver el pelo. Como es natural, se le dará una buena recompensa a quien lo encuentre. Procede del Tennesee, y sus amigos solían llamarle Shorty. Tiene cuarenta y tres años, y mide un metro sesenta y tres de estatura. Pesa setenta kilos (sin los millones, naturalmente). Es ligeramente canoso. Usa gafas, y tiene un tatuaje en el brazo izquierdo representando a una bayadera, la que, con una hábil flexión de músculos, ejecuta la danza del vientre, a voluntad del multimillonario, cuando éste quiere divertir a sus amigos íntimos.

                             Doy todo el señalamiento del extraviado magnate de las finanzas por si alguno de mis amigos se lo encuentra por ahí y quiere incorporarlo a su colección. Tengo varios amigos, en efecto, que se dedican a coleccionar multimillonarios. Algunos los coleccionan interesadamente, calculando que siempre es bueno tener un millonario a mano para un caso de apuro; pero, en honor a la verdad, debo advertir que no todos proceden con unas miras tan egoístas. Nada de eso. La mayoría los coleccionan por pura admiración, y, lejos de beneficiarse con su amistad, no les dejan pagar nunca el gasto en ninguna parte. Son hombres que tienen la debilidad del multimillonario. Creen que su trato les honra y enaltece, y, para no verse privados de él, lo convidan a comer, le ofrecen magníficos puros (a un multimillonario no se le pueden ofrecer tagarninas), lo sacan de juerga y hasta llegan a facilitarle dinero cuando el multimillonario necesita de pronto hacer una compra y nota que se ha dejado la cartera en casa, según es uso y costumbre en el gremio. Y aunque haya quien tenga por tontos a los coleccionistas de este tipo desinteresado, a mí me parecen mucho más tontos los del tipo egoísta, quienes, evidentemente,  adelantarían mucho más coleccionando mariposas o sellos de correos. Con los sellos de correos, sobre todo, se hacen a veces negocios muy saneados, y nunca se corre el riesgo de que ellos ‑los sellos‑ pretendan negociar con sus coleccionistas…

                             Por mi parte, no abrigo la menor esperanza de encontrarme al multimillonario desaparecido. Este multimillonario ‘vale’ doce millones de dólares, según declaró él mismo, no hace mucho, en un club londinense, y yo nunca me he tropezado con nadie que valiese arriba de cincuenta duros.

                             Según ciertos indicios, no tendría nada de particular el que nuestro hombre estuviese en manos de una demimondaine. Esta clase de mujeres sienten una gran atracción hacia los multimillonarios americanos. Cuanto más feos son, tanto más les gustan. Les encuentran más raza. También se sospecha que Shorty haya sido secuestrado por unos gangsters, quienes exigen un precio fabuloso por su rescate, y a los que él va dando largas haciendo trabajar constantemente a su bayadera. Y aún nos queda la hipótesis del suicidio, la del asesinato y la de una amnesia real o fingida.

                             Yo creo que, en las grandes ciudades, debieran construirse una especie de fourrières para multimillonarios extraviados. Se les guardaría allí seis o siete días, y si nadie les reclamaba, se les daría por muertos. Su fortuna sería empleada en obras de utilidad pública.”

Es el humor franco, a la vez sutil, porque Camba ‑un melancólico‑ es al mismo tiempo y soterradamente “un hombre a un humor pegado”, es decir, el humor viajaba con él en sus visitas de observación del mundo: observaba lo lejano y lo cercano, las menudencias del existir diario y, envolviéndolas muchas veces de humor, hacía un artículo. “Ya saben ustedes lo que pasa con el catarro nasal escribía en otra de sus colaboraciones‑. Primero se lo aguanta uno heroicamente varios días, durante los cuales, y merced a este magnífico sistema de pulverización que se llama el estornudo, va poblando de gérmenes la atmósfera que le rodea. Luego se mete uno en la cama, se arropa muy  bien arropado, llama al médico, toma unos potingues, y cuando, considerándose ya sano y fuerte, baja al comedor de su casa o de su hotel, los gérmenes que anteriormente había dejado allí, y que durante su ausencia fueron creciendo, engordando y multiplicándose a expensas de todo el que pillaron por delante, lo reciben como a un viejo amigo y lo hacen objeto de su más especial predilección. Entonces vuelve uno a meterse en la cama, después vuelve a levantarse y así sucesivamente, sin que nadie tenga la menor base de cálculo para predecir el fin de estas alternativas.

El catarro nasal es una cosa bastante más seria de lo que parece. Yo acabo de leer una estadística del Health Ministry, según la cual cada año hay en Inglaterra de sesenta a ochenta millones de catarros nasales. Desde luego, estas cifras quizá fuesen bastante menos elevadas si los ingleses no tuviesen la costumbre, que a mí siempre me pareció algo desatentada, de dormir con las ventanas abiertas y si no se pasaran la vida haciendo ejercicio a un aire que ellos se obstinan en llamar libre, aunque, por lo que a Londres se refiere, está siempre lleno de hollín, carbonilla, gas del alumbrado y otras sustancias no mucho más balsámicas ni pectorales. De un modo o de otro, sin embargo, ello es que el catarro nasal le cuesta a Inglaterra unos 65.000 millones de libras esterlinas al año y que constituye una enorme sangría para el comercio y para la industria.”

La observación por tanto de la sociedad y el humor van en Camba muchas veces enlazados. Pero lo esencial en él es que llega a todos los públicos porque trata temas de la vida corriente. Ya lo señalaba también González Ruano en cierta ocasión: “De vez en cuando ‑decía‑ leemos en un telegrama pequeñito que trae arrinconado la página de un periódico una noticia que nos interesa, que nos conmueve profundamente. Como vivimos de escribir y casi para escribir, estas noticias las buscamos diariamente, profesionalmente, porque siempre que un artículo no es teórico, intimista o general, ha de referirse a algo muy concreto, y no lo hay más que en un suceso que da la vida diaria, la vida de prisa, ésta en la que andamos y que se nos va sin casi saber cómo.

La mayor parte de las veces, el suceso que nos llama la atención nos la llama por sí mismo, por su argumento, que puede interesar a cualquiera. De ahí su cincuenta por ciento ganado de que el artículo que lleve dentro de su glosa, divagación o sugerencia esa realidad interesante sea un artículo popular que puedan leer todos con cierto gusto. Uno es el de los escritores que creen, si no en la mayoría, sí en aquella ‘inmensa minoría’ de que hablaba el poeta cansado de su nombre. Uno es de esos escritores que abre los balcones de su torre de marfil a la calle porque el marfil le ahoga, porque no desdeña la calle y porque cree que sólo se conforma con tener un público pequeño, quien no se cree con fuerzas para tener un público grande. O sea, que hay que escribir para todos y no para unos cuantos, a quienes, para salvar nuestra vanidad herida, llamamos ‘elegidos’”.

JJ.Perlado.- “El artículo literario y periodístico“.-” Paisajes y personajes”.- págs 91-95)

(pequeña evocación cuando se cumplen 50 años de la muerte de Camba)

(Imágenes:- 1.-Julio Camba.-abc.es/2.-Julio Camba.-ideal.es/3.-Julio Camba.- espaaescultura.tnb.es)

UNAMUNO, GLORIAS Y SERVIDUMBRES DEL PERIODISMO

“Cuando Unamuno cumplió los 60 años confesó que había publicado 4.000 artículos en la prensa. Ese quehacer le acompañaría toda su vida. El Noticiero Bilbaíno, Las Noticias de Barcelona, Hojas Libres, El Liberal, El Mercantil Valenciano, Vida Nueva, La Estafeta, Diario del Comercio, España, de Buenos Aires, Hispania, de Londres, La Nación y muchos otros más fueron altavoces de sus ideas. Como ha recordado María Cruz Seoane, las dos razones fundamentales que llevan a los escritores al periódico en esa época ‑de1898 a 1936, la edad dorada del periodismo literario, o de la literatura en el periódico‑ son la económica y el deseo de tener éxito, de darse a conocer. Para la inmensa mayoría de escritores, la colaboración periodística suponía una fuente de ingresos complementaria o imprescindible; Unamuno decía que aunque él y sus hijos no comían de las colaboraciones, sí cenaban de ellas. Él escribía más de 25 ó 30 artículos al mes, de7 a 9 por semana como asiduo colaborador de al menos 15 diarios y revistas. “Hay un número de artículos de diario o revista ‑le escribía a Ortega‑ que me obligan a hacer ineludibles necesidades de padre de familia. Pero no me pesa. Ello me obliga a pensar, un poco al día, pero en público. Una pluma en la mano es mi mejor excitante.

Esa avalancha de colaboraciones, las cataratas de artículos escritos para poder vivir no sólo oprimían a Unamuno. También Maeztu confesaba en una carta: “No le exagero si le digo que me dejaría cortar las dos piernas si pudiese disponer de dos horas más de atención concentrada al día. Los periódicos me están comiendo vivo, literalmente” Y Gómez de la Serna proclamaba a su vez: “El literato aquí, por mucho que trabaje, tiene que cubrir sus gastos de primero de mes con el sueldo periodístico, y después sufragar cada semana con los artículos de las revistas acogedoras y salvadoras”.

Pero además de las exigencias económicas ‑como le sucede hoy a muchos escritores‑ había ese deseo lógico de verse en la prensa ‑(hoy añadiríamos en los medios, es decir de estar vivo)‑, esa necesidad de situarse en la primera fila de los periódicos de entonces. El libro siempre ha sido laborioso y el periodismo instantáneo y efímero. Y también el periodismo ‑mal o bien‑ siempre ha sabido pagar con cierta puntualidad y frecuencia. El libro, no. A Valle Inclán, que colaboró en El Imparcial con una serie de artículos, le habían pagado en El Sol por Divinas Palabras trescientas pesetas y le sugirieron que pidiera por La corte de los milagros en La Nación de Buenos Aires dos mil pesos, algo que ninguno de sus libros le había dado. “Todos los escritores españoles contemporáneos ‑comentaba ante todo esto José María Salaverría afluyen actualmente al periodismo. La fatalidad de los tiempos ordena que el periódico devore al libro, y que, mientras el libro concede cada día  menos la posibilidad de una flaca ganancia, el periódico pague, si no precisamente estipendios fastuosos, por lo menos cantidades decorosas y al contado. Otorga también al contado el éxito. Estamos en el momento de la ‘civilización periodística’ y la literatura, es claro, ha tenido que rendirse a la fatalidad. Todos los escritores españoles, con sus cuartillas bajo el brazo, tienen que desfilar ante las mesas directivas de los diarios.”

Pero existe lógicamente un tercer motivo ‑además del del dinero y el de la presencia‑ para publicar artículos en la prensa. Se trata, como apunta Seoane, del deseo por realizar una labor cultural o política eficaz, es decir, de proponer o aportar en la plazuela del periódico ‑y así lo decía Ortega‑ la aristocracia de las ideas. Esas ideas en Unamuno pueden resumirse así: desde su primer artículo en la Hoja Literaria de El Noticiero Bilbaíno en 1879 le preocupa la unión del pueblo vasco para reunir fuerzas y salvar la paz; a esas preocupaciones vascas, enfocadas sobre todo desde la función social, hay que añadir el tema de la envidia cainita de una parte y el del peso de la lengua y sus valores de otra. Dos cuestiones completamente distintas. El ser de España, el alma de España, la casta y el casticismo, la estética, la filosofía y su personal visión de la espiritualidad, acompañarían como motivo a sus artículos toda su vida. Si a ello añadimos su atracción por el paisaje ‑por todo paisaje de la geografía española, pero sobre todo por el paisaje de Vasconia y de Castilla, e incluso ante estos paisajes y preocupaciones viajeras por las notas que le acercan al costumbrismo del XIX ‑tendremos sintetizadas las principales ideas de Unamuno que él desgranó en los periódicos hasta su muerte, en 1936. Desde su sosiego como Rector en Salamanca en 1901 las páginas de los periódicos le ofrecen tribuna para declamar en sus artículos todo lo que él piensa. Esos “apuntes preparatorios”, como él los llamaba, esos “cartones de estudio para un cuadro” ‑(de esta forma calificaba a sus artículos)‑ son los que Don Miguel iba entregando casi diariamente a la prensa. La asiduidad y el apremio no incidían en su calidad. Acaso esa forma de acercarse a los temas, ‑el pergeñar bocetos y esbozos y no caer al redactar artículos en lo que (robándole nosotros la expresión a Foxá) supondría escribir bajo el peso de la gravedad y de la púrpura‑ beneficiaba sin duda a sus colaboraciones. Ese “menester tan menesteroso” de su trabajo en la prensa daba pie, poco a poco, a transformar sus “cartones para un cuadro” en cuadros definitivos para un libro, es decir, en “cuadros con unidad y colorido”. De ahí nacen, por ejemplo, Por tierras de Portugal y de España, Andanzas y visiones españolas, Paisajes del alma, De mi país, y tantos otros.

Pero hay algo en la concepción del artículo en Unamuno digno también de reseñarse brevemente. En una dirección que algo nos puede recordar el fervor por las “cosas pequeñas” que tenía Azorín, cabe destacar el título Ansia de cosas pequeñas publicado en Las Noticias de Barcelona. Ahí Don Miguel defiende por qué él ha preferido siempre el artículo periodístico como vehículo de opinión: “Trabajos hay ‑dice‑ en que ponemos reflexión y ahínco, amontonando notas, tomando apuntes, revisando y volviendo a revisar las cuartillas. Y sin embargo, no reflejan nuestro espíritu tan bien como aquello otro que a la buena de Dios fluye (…) ¡Quién sabe si esta labor al parecer pequeña, desparramada, si esta intermitente cháchara no será lo que de más eficacia deje uno!”. Y en 1905 apuntaba: “Y así en vez de recogerse en uno a meditar sus propias concepciones y las ideas que parecen de otros, y organizarlas y tramar una obra orgánica completa, se apresura a echar fuera lo que se le vaya ocurriendo. Y hasta los libros hacen el efecto de ser colecciones de artículos de periódicos (…) Hay que escribir no para salir del paso, sino para entrar en la queda.

Singular defensa del artículo periodístico, de su espontaneidad, de su frescura. Los “apuntes preparatorios” y los “cartones de estudio para un cuadro” suponen en Unamuno un reflejo de la fragmentación que todo artículo aporta a un conjunto. Él está más cómodo volcándose en cada fragmento, que ya cada fragmento se articulará en una composición definitiva”.

(J.J. Perlado: “El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes“.-págs 55- 58)

(pequeño apunte al iniciarse la celebración del  Año Unamuno)

(Imágenes:- 1.-Unamuno en su despacho/ 2.-Unamuno antes de pronunciar un discurso en el Ateneo de Madrid, en 1922.-Ateneo de Madrid/ 3. retrato de Unamuno por José Gutiérrez Solana/4.- Unamuno, por Ramòn de Zubiaurre, retrato expuesto en 1913/5.-retrato de Unamuno por Daniel Vázquez Díaz.-unamuno usual/6.-retrato de Unamuno por Sorolla.-1920.-museobilbao)