VIEJO MADRID (93) : PLA Y LA CALLE DEL ARENAL

 

“La calle más bonita, más elegante, más ciudadana, de Madrid — dice Pla en su “Dietario de 1921” — sigue siendo la del Arenal. Es la que va de la Puerta del Sol al Teatro Real, o sea, a la Plaza de Isabel ll. La calle tiene una cornisa perfecta — no puede haber calle sin cornisa — y hace una revuelta de lo más gracioso.

En época de nuestros abuelos la calle del Arenal era la más animada de Madrid. Su sabor isabelino le conserva un perfume de chocolate a la  francesa,, y por poca imaginación que tengáis os da la sensación de que os vais a tropezar en ella con Mérimée y Eugenia de Montijo. Después, don Juan  de Valera seguramente amó esta calle clara y normal. El estilo de la iglesia de San Ginés me recuerda la naturalidad burguesa del estilo de Valera. Los pisos de la calle os transportan  al clasicismo amable del escritor y os hacen evocar sus ninfas españolas de largas camisas de dormir e inacabable cabellera deshecha.

 

A la izquierda, en dirección al Teatro Real, está el pasadizo de San Ginés, que lleva al Teatro Eslava. Después, más abajo, a mano derecha hay una tienda llamada La Poupée. La calle termina en la costanilla de los Ángeles. Todos estos nombres son típicos del Madrid de Galdós, ya que no del de don Juan de Valera — por un matiz más fino de cursilería mesocrática—.”

 

(Imágenes—1-calle del Arenal – secretos de Madrid/ 2 y 3 – calle del Arenal- foto jjp)

GALDÓS , CIEGO

La aparición de una nueva biografía del  gran novelista y a la vez  la celebración del Año de Galdós nos lleva hasta sus años postreros, cuando vivía en su casa de la calle Alberto Aguilera y estaba ya invadido por la ceguera. Desde 1910, en que escribió, por última vez con su propia mano el Episodio de “España trágica”, el novelista dictaba todas sus obras a su secretario Pablo Nougués. El doctor Marañón había descubierto la ceguera de Galdós y el escritor acude al Doctor D. Manuel Márquez. El 25 de mayo de 1911 extirpan a Galdós la catarata del ojo izquierdo y como tantos otros escritores del mundo traspasa todas sus vivencias — en este caso la ceguera – a un personaje, Tito Liviano, que aparece en el Episodio “Cánovas” y que reflejará de modo autobiográfico y con minuciosos detalles las vivencias del novelista.

” Después de Semana Santa — dice Tito Liviano — empecé a notar que mi vista se nublaba; sentía como arenilla en los ojos… Al propio tiempo crecía la fotofobia, y no aún amparando mis ojos con gafas negras érame posible resistir la viveza de la luz en plena calle. Fue menester reducir los paseos a la hora crepuscular, motivo mayor de tristeza y abatimiento. Siguieron a esto dolores en las sienes, vascularización en la córnea, y que perdía su brillo, tomando, según me dijeron, un aspecto mate, sanguíneo.

Recluso en mi habitación, sumido en intensa oscuridad, yo no distinguía los días de las noches, ni un día de otro, ni apreciaba el principio y el fin de cada semana. Era para mí el tiempo un concepto indiviso, una extensión sin grados ni dobleces. Las únicas interrupciones de la continuidad  eran los momentos en que me hacían la cura de los ojos el doctor o su ayudante…Mi ceguera llegó a ser absoluta; mis ojos inflamados me daban la sensación de dos ascuas mal contenidas dentro de las órbitas…”

El escultor Victorio Macho , que realizó la estatua del novelista, ha evocado en sus Memorias ambientes y amistades de Galdós cuando ya era anciano:  “ Me recibía sentado en un butacón y con las flacas piernas cubiertas con una manta y fumando siempre. Solían acudir algunas tardes Margarita Xirgu, los hermanos Quintero, Pérez de Ayala, Ramírez Ángel, y la voz de Margarita conmovía a Galdós (…) Para la estatua del Retiro — escribe el escultor— me puse a trabajar en un pequeño taller junto a mi estudio de las Vistillas, y al no tener espacio para mi obra hube de tirar un tabique para poder girar la estatua, y en vista  de que tampoco aquello me  daba  espacio suficiente para contemplarla, alquilé una carreta  con cuatro bueyes, donde se montó la figura de Galdós en barro y allá fue removiéndose y deformándose en el camino hacia la carretera de Extremadura hasta una amplia nave que había alquilado.

Concerté con don Benito que él iría a mi taller en su coche llevado por su criado, sin que nadie supiera el motivo. Así fue. Llegaba el gran hombre, casi ciego, y entre Paco y yo le subíamos a unas gradas con un sillón sujeto a ellas , donde se sentaba en postura semejante al boceto de la estatuilla que le había hecho.  Posó varias mañanas  y estudié más aún sus largas y huesudas manos de escritor y la forma del rostro y la cabeza.

Cuando en 1918 terminé en el Retiro su estatua en piedra, don Benito deseó “verla” — como él decía —, aunque ya casi estaba ciego; entonces le aproximé a la mole pétrea, a la que tocó con sus manos y me dijo: “Magnífica, amigo Macho. Y ¡cómo se parece a mi!” Después se sentó sobre las gradas del pedestal y alguien nos hizo una fotografía, que aún conservo con orgullo.”

 

 

(Imágenes- 1- estatua de Galdós – jardines del Buen Retiró/ 2- Galdós jóven  – periosya dihiyal)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (26) : FICCIÓN , MEMORIAS, CERVANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

————————-

MEMORIAS  (26) : Ficción, Memorias, Cervantes

 

 

—Me hablaba usted antes del “cementerio de los elefantes”…—me dice la periodista.

 

– Sí, “el cementerio de los elefantes”, como le comentaba el otro día, es para mí una gran lección. Uno se esfuerza en escribir, en trabajar, unas veces acierta y otras no, pero al fin, al paso de los años, uno acabará de una u otra forma en “el cementerio de los elefantes” ; eso suponiendo que uno sea “elefante”…, que yo no lo soy…

– Es usted muy modesto.

– No. Yo tal vez sea un elefante muy pequeñito, muy pequeñito, de los millares y millares de elefantes pequeñitos que hay entre los escritores del mundo. Cuando uno pasea por entre los títulos de tantas obras alineadas, de tantas colecciones organizadas por colores, por encuadernaciones o por premios, es como si uno paseara por un largo y aleccionador claustro haciendo meditados ejercicios espirituales literarios, con reflexiones sobre la caducidad de la fama y sobre la vacuidad de las cosas. Es un paseo muy necesario, muy higiénico.

. – Entonces, ¿qué es lo que queda de todo eso?

– Pues queda la obra bien hecha, lo que se ha hecho con dedicación, con amor, la satisfacción de haber intentado lograr una obra bien hecha. Es la satisfacción del intento, ni siquiera la del logro, que no siempre se consigue. Además, ese logro está completamente cercado de avatares.

– ¿Qué avatares?

– Pues avatares de todo tipo, de modas, de gustos, de costumbres. Piense usted que naturalmente ya no se escribe, por ejemplo, como Dickens o como Galdós, y sin embargo los dos intentaron la obra bien hecha, y en algunos de sus libros lo consiguieron. En el caso de Galdós, cuando un periodista va a verle y él está ya casi ciego al final de su vida, en un momento de la entrevista, le pregunta, “¿Pero usted, don Benito, después de sus cien libros y de sus numerosas obras de teatro; después, en fin, de medio siglo escribiendo, supongo yo que no trabajará por necesidad, sino por placer, por crear…? “. Y Galdós le contesta:- “!No, amigo!… A pesar de toda mi labor pasada, si en el presente quiero vivir, no tengo más remedio que dictar todas las mañanas cuatro o cinco horas y estrujarme el cerebro hasta que dé el último paso en esta vida”. Esto respecto al trabajo, que es algo más bien normal en cualquier persona. Pero luego vienen las modas, las costumbres, los cambios en los gustos, los avances en la forma de narrar, la influencia de los nuevos medios técnicos, del cine, de tantas cosas modernas en el mundo de la comunicación : todo ello marca naturalmente y repercute. Y también las devociones y los desprecios, los puntos de vista tan encontrados, muchas veces tan radicales. Le hablaba hace unos días de Bresson y de mi conversación con él en París, de cómo él amaba a Dostoievski ; pues bien, si leemos las clases de Nabokov sobre literatura rusa Dostoievski queda muy apartado, y se ensalzan en cambio a Chejov o a Tolstoi. Por otro lado Gombrowicz desdeña a Camus, Canetti ataca a Iris Murdoch… etc, etc. Todo son puntos de vista diferentes y todos muy legítimos. Todo es cuestión de preferencias y de revisiones. Pero esto son cosas técnicas o teóricas, como usted ve, que sin duda interesan únicamente a los especialistas. Lo importante, como recordaba un autor destacado, es que no puede quedar bien nada que no se haga con amor.

– ¿Usted cree que ha hecho las cosas con amor?

– No todas, pero en muchas lo he intentado, sobre todo en los últimos años. Es lo que queda: la esencia de lo que queda cuando se escribe. Pienso que así debía ocurrir en todas las cosas de la vida.

 

. 15 mayo.

 

En “La Barranca” – Navacerrada

 

 

Antesdeayer, lunes, de nuevo con Senabre en “La Central”, aprovechando que venía él de Alicante a Madrid para pasar aquí unos días. Lo pasamos muy bien. Días atrás le había mandado varias páginas de este libro para que las leyera y la verdad es que aprendí mucho cuando las comentó, como siempre que hablamos de literatura. Al aludir a mis descripciones de la casa de la calle de Goya su pensamiento, me dijo, se le había ido casi sin querer a escritores que habían dedicado páginas a las casas, tanto en su exterior como en su interior, que son muchos, y luego nuestra conversación se desvió por este tema de las casas y acabamos nada menos, mejor dicho acabó Senabre, citando al siglo de Oro y a Vélez de Guevara, con su “Diablo cojuelo” que tanto le gusta , el autor que levantaba los techos de las casas de Madrid. Yo le recordé, en otro sentido, a un escritor que me interesa mucho, Georges Perec, por sus experiencias literarias, y comentamos la enumeración exhaustiva y minuciosa que él hace de la casa de pisos en la calle Simón -Crubellier de París. Y así nos entretuvimos casi toda la mañana hablando de casas en general y luego del libro de Sandra Petrignani “ La escritora vive aquí” y de las casas de las autoras que ella describe. Como siempre, una conversación muy aleccionadora y agradable.

Y al fin, tras esta conversación del lunes con Senabre, he decidido incluir en estos “ Cuadernos Miquelrius” algunos de los cuentos que he escrito en estos años. Es cierto que nada tienen que ver con el tronco central de la larga entrevista que me está haciendo la periodista, y ello hasta me mantenía dudoso y preocupado. Pero al confesarle el lunes a Senabre mis dudas él me ayudó enseguida, como hace siempre. Defendió toda clase de cuentos, relatos o episodios intercalados que suelen aparecer en muchas obras literarias y me puso muchos ejemplos. Ante mi sorpresa, y en medio de la conversación a media mañana, se levantó de uno de los sillones en donde charlábamos, se acercó a una de las estanterías de “La Central”, y tomó el volumen del Quijote que editó hace ya varios años, en 1998, el Instituto Cervantes, un magnífico volumen con Notas complementarias. Senabre me leyó parte de lo que él mismo comentaba allí sobre las dudas de Cervantes en la Segunda Parte del libro y sobre si fue oportuna o no la inclusión en la Primera Parte del relato “ El Curioso impertinente”.

– Mira – me dijo Senabre – lo que Cervantes dice aquí por boca del Bachiller – y me leyó : “una de las tachas que ponen a la tal historia es que su autor puso en ella una novela intitulada “El Curioso impertinente”, no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote”. Muchos autores, por tanto, han incluido pequeñas historias ajenas a la historia central dentro de sus libros. Y lo que estás haciendo, añadió, es perfectamente razonable, e incluso, creo, puede darle mayor variedad al libro. Por otro lado, en muchas de estas páginas que me estás mostrando aparecen varias facetas tuyas, la de profesor, periodista o conocedor de escritores, tus encuentros con artistas diversos y tus reflexiones, cosas que han sido una constante en tu vida, pero tampoco tienes por qué esconder tu perfil de cuentista y de novelista, y esto cabe perfectamente en un volumen al que tú de algún modo calificas de Memorias. Piensa, por ejemplo, en algunas obras de Sergio Pitol que mezcla diversos géneros. O en los relatos que en medio de sus “Diarios” introduce de pronto Ricardo Piglia. Pero tampoco hay que ceñirse a Pitol o a Piglia. Cervantes, como digo, mete relatos intercalados en la Primera y en la Segunda Parte del Quijote, Mateo Alemán introduce cuatro novelas breves, cuentos y anécdotas para dar variación a su “Guzmán”, e incluso Graham Greene defiende esos relatos breves dentro de una obra, que para el creador, así lo llama él, son otra forma de escape. Muchos han aplicado esa fórmula.

Todo esto me ha animado a incorporar más relatos. Me ha dejado tranquilo. Introduciré en estas Memorias el relato “Caligrafía”.

 

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” — Memorias

 

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (24) : EL CEMENTERIO DE LOS ELEFANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

——————

MEMORIAS  (24) : El cementerio de los elefantes

 

 

 

 

– Como complemento a todo esto, he leído que en alguna entrevista de hace años usted hacía una alusión a lo que llamaba “el cementerio de los elefantes”. Me gustaría que me hablara algo de eso…

 

-Bueno, sí, es una expresión mía que frecuentemente he empleado, es una convicción, más bien una lección – al menos para aplicar a la literatura, pero yo creo que podía abarcarlo casi todo. Recuerdo, por ejemplo, una vivencia muy concreta en Madrid, un sábado por la mañana. Era una de esas mañanas de sábado en que yo comencé a bajar la cuesta cercana a la estación de Atocha, una cuesta que descendía desde la calle de Alfonso Xll hasta el paseo del Prado, en pleno barrio de los Jerónimos, una pendiente llamada popularmente Cuesta de Moyano, instalada junto a la verja del Jardín Botánico, y allí me fui deteniendo en aquellas casetas o cajones hechos con madera de pino, cada uno de ellos de quince metros cuadrados, ya dotados por fin con agua, electricidad y teléfono, y donde reposaban, aún vivos, algunos muertos eminentes y otros desconocidos de la literatura de todos los siglos. Estaban allí sus cuerpos extendidos, algunos sobre repisas inclinadas mirando desde sus lápidas al transeunte y otros colocados desde hacía mucho tiempo en estanterías antiguas como nichos mostrando sus lomos y el nombre de sus autores. Allí aparecían muchos títulos editados por la casa Caro Raggio, donde habían publicado, entre otros, Pío Baroja o Eugenio D’ Ors, páginas casi amarillas, ediciones de 1923; estaban allí también los pequeños libros de la editorial Renacimiento, con las “Escenas de la vida moderna” de “Andrenio”, a dos antiguas pesetas según se leía en la contraportada, impreso en 1913; estaban allí los volúmenes de los editores e impresores V.H. Sanz Calleja , en donde aparecía “La novia de Cervantes” de Azorín al lado de “Humillados y ofendidos” de Dostoievski; podían encontrarse igualmente volúmenes de la editorial “Mundo Latino”, de 1922, con las “Crónicas” de Gómez Carrillo; estaban allí varios volúmenes de la Casa Editorial Hernando, iniciada en 1828, herederos de Pérez Galdós, con “Fortunata y Jacinta”. Aparecía allí “Azul” de Rubén Darío, de 1943, en Afrodisio Aguado o el “Dante” de Louis Gillet, de 1947, en el editor José Janés; estaba allí en tamaño minúsculo la biografía de Gerardo de Nerval por Ramón Gómez de la Serna editada por La Gacela; se encontraba también la editorial Sempere, de Valencia, con “El circo” de Gómez de la Serna con ilustraciones del propio autor; estaban por supuesto las obras de Eca de Queiroz en la editorial Biblioteca Nueva, según marcaba el libro, por cuatro pesetas. Y al entreabrir y hojear aquellos libros se advertían columnas, márgenes, títulos de capítulos, cursivas y redondas, comillas y citas, muchas veces dibujos, miniaturas, pero sobre todo palabras, palabras, palabras, todos aquellos autores que habían estado inclinados durante largos años en intensas mañanas y tardes sobre la aparición de las palabras, la unión de las palabras, cómo contar amores y traiciones sirviéndose de palabras, infidelidades, duelos, lances de capa y espada con palabras embozadas, rencores, ilusiones y venganzas, y mientras que yo iba observando todo aquello, aquellas palabras aisladas , y algunos párrafos incluso los leía por encima aunque de modo muy pasajero y superficial y únicamente por descifrar algún diálogo o escena, el grueso librero al que yo aún no había visto porque estaba casi sumido en la penumbra y que había estado sentado hasta entonces en una retirada banqueta detrás de un mostrador, se levantó y se fue acercando lentamente hacia mí como desconfiado y receloso, observándome en silencio con su rostro enrojecido y apacible, escrutándome de modo aparentemente distraído, intentando adivinar sin duda qué tipo de comprador podría ser yo, si un mero paseante ocasional o un aficionado a la rareza, a la belleza, quizá al coleccionismo, y si aquello de trastear yo las pilas de libros lo estaba haciendo por pasión o por pasatiempo, por vocación o por afán de posesión, y así el librero, de eso estoy seguro, intentaba calibrarlo todo al observarme, enfundado su abultado estómago en un oscuro blusón de grandes bolsillos y con el cigarro medio apagado en la boca, moviendo lentamente sus manos mientras vigilaba las palabras de las sobrecubiertas en venta, aquellas sepulturas ofrecidas a los ojos del transeúnte, cambiando de vez en cuando de postura a algunos de aquellos cuerpos para que no los pudriese el tiempo, y colocando bien y de modo derecho, por ejemplo, la portada de un Valle Inclán o la de un Quevedo antiguo. En una pequeña vitrina apoyada en un extremo del mostrador y que permanecía con las puertas abiertas podían verse perfectamente y muy ordenadas diversas revistas antiguas, “La Esfera”, “La Ilustración Española y Americana”, Nuevo Mundo”, “Revista de Arte”, “Blanco y Negro” y otras muchas y allí estuve entreteniéndome con los ejemplares y admirando los dibujos de Emilio Freixas o de Rafael de Penagos, ilustraciones vaporosas para posibles historias de hadas en el primero y figuras femeninas azules y rojas, cubiertas de elegantes sombreros y estilizados perfiles, en el segundo. Recuerdo que me detuve sobre todo en uno de los grandes grabados de Tomás Carlos Capuz para “La Ilustración Española”, uno que llevaba por título “Aguardando la procesión”, donde doce figuras entrelazadas en un balcón mostraban muecas y posturas entre abanicos, mantillas, tapices, dimes y diretes, confidencias y requiebros. Aquel grabado se había publicado en septiembre de 1899 en la Revista y conservaba todo el movimiento de la espera inquieta ante una ceremonia en la calle, los cuchicheos de las majas y el bullir de los trajes, el tipismo de una ciudad posiblemente de provincias. Pero al dejar a un lado el grabado de Capuz y colocarlo en su sitio, de improviso y de modo sorprendente me encontré que asomaba entre una revista y otra y entre una y otra colección una carpeta conteniendo unas grandes hojas sueltas que parecían como desprendidas de algún libro y que enseguida me llamaron la atención. Se trataba de una serie de reproducciones de Honoré Daumier, el gran caricaturista francés y también pintor, el hombre que había creado cuatro mil litografías para la prensa y que al final se había quedado ciego. Pero lo que me asombró de repente era verme retratado precisamente allí de algún modo, en una de aquellas primeras pinturas, como si yo me mirara en un raro espejo, porque la postura y la atención con la que el personaje de Daumier se presentaba en ella era la misma que yo estaba adoptando en ese instante. En la imagen de Daumier aparecía un hombre examinando una carpeta de grabados, que era lo mismo que estaba haciendo yo, y como él también yo sostenía ahora con mi mano izquierda el borde de aquella carpeta e iba pasando con mi mano derecha la sucesión de láminas. Por lo que distinguí en la parte inferior de aquella hoja, su fecha – 1860 – hacía que nos separara a ese hombre y a mí bastante más de siglo y medio, y me fijé igualmente lo que alguien había dejado escrito en una de las esquinas: que aquel trabajo se conservaba en el Petit Palais de París y que Daumier probablemente había ambientado su escena en una sala de exposiciones del Hotel Drouot. Me acordaba perfectamente de aquel Hotel Drouot, no muy lejos de la que había sido mi primera vivienda en París, y casi inmediatamente, al ir revolviendo con gran cuidado más litografías y caricaturas, recordé cuántas veces también yo había revuelto libros y carpetas en las orillas del Sena cuando vivía en París, en el encanto de los célebres “buquinistas” al lado del río y cómo las aguas tan cercanas se iban llevando mansamente obras, títulos y autores en un fluir casi interminable, el fluir del tiempo. Sucedía aquello en muchas ciudades del mundo y era lo que yo frecuentemente llamaba, como usted me ha recordado antes, “el cementerio de los elefantes”, es decir, el lugar donde vivían los gigantescos paquidermos literarios, poderosos rinocerontes e hipopótamos, de piel gruesa y dura como también era la de los elefantes, escritores e ilustradores que habían mostrado un enorme peso en su época, con sus tres o cuatro dedos en las extremidades escribiendo y dibujando siempre, vendiendo y atrayendo de manera continua al público y que luego, poco a poco, habían sido apartados y reducidos a meros recuerdos, tanto en la fuerza de sus láminas como en el poderío de sus volúmenes. Por allí, por aquellos casetas parisienses al lado del Sena que siempre soportaban muy crueles inviernos y gozaban en cambio de alegres primaveras, había visto muchas veces colgadas y ofrecidas al espectador algunas hojas sueltas del “Charivari” o de “La Caricatura”, revistas satíricas del XlX, donde precisamente Daumier había volcado tantas ocurrencias suyas y mi imaginación, siguiendo aquel camino de los cajones al lado del río, se había entretenido con frecuencia en las escenas del gran dibujante francés en donde tremendas muecas distorsionadas de los abogados de París se mezclaban con el jolgorio y las volteretas al aire de los saltimbanquis callejeros. Daumier había logrado captar atmósferas interiores y exteriores, desde los pasillos y las escenas gesticulares de las Audiencias en el Palacio de Justicia hasta la plasticidad viva de las calles, pero ahora, el tiempo, que seguía pasando lenta y continuamente bajo el agua de los puentes de París, como así ocurría también entre mis manos en Madrid al contemplar aquellos grabados, el tiempo, como digo, lo había ido arrumbándolo todo, desplazándolo todo, y aquello ya no serían nunca más novedades sino objetos, quizá reliquias – algunas sin embargo muy valiosas – de curiosidades y recuerdos.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

 

(Continuará )

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

VIEJO MADRID (89) : EL MUSEO Y EL AIRE

 


 

“A Madrid se llegaba, sobre todo, por la estación de Atocha ( y por la estación del Norte, por supuesto, lo que sucedía es que esa porción del mundo —el norte —no existía para mí )—recordaba Ramón Gaya —. También se llegaba por carretera, a pie, o montado en un carro, o en burro. No en automóvil. Todos aquellos que habíamos nacido en provincias acudíamos a Madrid  como moscas sin saber muy claramente por qué ni para qué.

 

 

 

 

En enero de 1928, casi un niño todavía, entraba yo temblando, sin respiración, sin aliento, en el museo de más…”sustancia pictórica” que existe. Nada más entrar en las salas de Velázquez me pareció sentir en las mejillas, en las sienes, en los párpados, el roce de un aire frío, como el que sintiera el día anterior en la calle. Era un frío limpio, de roca viva, no subterráneo, como  el de  Paris, por ejemplo; el frío de Paris es de sótano, de rata mojada, de alcantarilla . Madrid, a pesar de sus barrios pobres, de sus mendigos, de sus traperos, de sus basureros, no nos parecerá jamás un algo sin redención, pues todo se diría poder salvarse, elevarse, gracias a ese frío tan puro, tan desnudo, del aire de la sierra.

 

 

Pero eso tan  incorpóreo, tan delgado, es muy difícil de ver, de comprender;  sin la vigorosa ayuda de Velázquez era muy difícil caer, sin más , en el gracioso laberinto de lo castizo. Recuerdo  que venía de contemplar  en Goya algo mucho más visible: el madrileñismo, un madrileñismo que es cierto y verdadero, pero no esencial. El madrileñismo no es Madrid, sino, a lo sumo, su marco, el marco que lo estiliza, que lo caracteriza, que lo facilita, pero el carácter no es nunca la esencia de nada. La esencia de Madrid es el aire.

 

 

Y sólo el gran sevillano — la sensibilidad  más firme, más invulnerable que ha existido — podía darnos esos retratos de caza suyos.  Porque Velázquez nunca se dejó deslumbrar —equivocar — por esa primera corteza que tienen las cosas todas del mundo, sino que su mirada llegó hasta el centro mismo de la vida. Por eso en su retrato de Madrid no hay nada sino aire, un aire azulado, aristocrático, de altura. Velázquez comprendió  y nos hizo comprender que Madrid es el Guadarrama.  Existe, además, lo madrileño, o sea, un estilo; Madrid tiene, claro está, una figura, una figura garbosa, popular, muy elaborada: Goya y Galdós —acaso también Ramón —son, quizá , sus más grandes pintores. La verdad es que me gustan mucho esos retratos, pero siempre volveré al del  “Niño de Vallecas”; allí, en un rincón , asoman unas cuantas  manchas que no llegan a decidirse en árboles, montañas o nubes, es decir, que no son paisaje, sino aire solo, un aire vívido, un aire que no es de ciudad, sino de campo, un aire que le llega a Madrid por la plaza de Oriente y se abre paso Arenal arriba.”

 

 

(Imágenes —1-el bobo de Coria/ 2- perro en “Las Meninas” /3- Pablo de Valladolid/ 4/el niño de Vallecas / 5- don Diego de Acedo, el Primo)

EL AÑO DE GALDÓS (3) : LOS CAFÉS MADRILEÑOS

 

 

Galdós llega a Madrid en 1862 y allí vivirá hasta 1920. La ciudad en el  XlX muestra todo su espectáculo al escritor. Los cafés, entre muchos otros escenarios, quedarán en sus novelas.  El Café de Zaragoza (que cerrará sus puertas en 1918) atrae su curiosidad y lo refleja en uno de sus libros: “las nueve serían cuando entró en el establecimiento de la plaza de Antón Martín, que lleno de gente estaba, con una atmósfera espesa y sofocante que se podía marcar, y un ensordecedor ruido de colmena; bulla y ambiente que soportan sin molestia los madrileños, como los herreros el calor y el estrépito de la fragua. Desembozándose, avanzó el anciano por la tortuosa calle que dejaran libre las mesas del centro, y miraba a un lado y otro buscando a su amigo. Ya tropezaba con un mozo cargado de servicio, ya su capa se llevaba la toquilla de una cursi; aquí se le interponía  el brazo del vendedor de “Correspondencias” que alargaba ejemplares a los parroquianos, y allá le hacían barricada dos individuos gordos que salían o cuatro flacos que entraban. Por fin distinguió a Juan Pablo en el rincón inmediato a la escalera de caracol por donde se sube al billar.”

El café Cruz del Rastro, ( hoy demolido ),  situado en la calle Ruda, tenía sin embargo otro aspecto: “ un rato después  — escribe Galdós — hallábanse  los dos sentaditos en el café económico, tomándose sendos vasos a diez céntimos, El local era una taberna retocada con ridículas elegancias entre pueblo y señorío; dorados chillones; las paredes pintorreadas de marinas y paisajes; ambiente fétido, y parroquia mixta de pobretería y vendedores del Rastro, locuaces, indolentes, algunos amarrados a los periódicos, y otros oyendo la lectura, todos muy a gusto en aquel vagar bullicioso, entre salivazos, humo de mal tabaco y olores de aguardiente.”

 

 

 

Cafés madrileños de Galdós : Café “Al Oasis de Río” , en La Bombilla;  café de Fornos, en la esquina de Alcalá con Peligros ( cerró sus puertas  en 1908) ; café de la Concepción Jerónima, ( ya demolido), en la Corredera Baja de San Pablo; café de la Iberia ( cierra sus puertas en 1910), en la Carrera de San Jerónimo; café de Lepanto ( cierra en 1868), en la Plazuela de Santo Domingo; café de Levante, en la calle del Arenal ( cierra sus puertas en 1915); café  de los Naranjeros, en la Plaza de la Cebada ( cierra en1912); café de Madrid, esquina calles de Alcalá y Carrera de San Jerónimo (cerró en 1925) ; café de Platerías, en la Plaza Mayor ( cerró en 1946); café de San Antonio, esquina de la calle Pez y Corredera Baja de San Pablo ( cerrado en 1897) ; café de San Joaquín, en la calle San Joaquín ( cierra en 1899); café de Santo Tomás, esquina calle Atocha y callejón de Santo Tomás (hoy demolido)); café de Zaragoza, en la calle Atocha ( cerró en 1918) ; café del Gallo, en la Plaza Mayor ( hoy demolido); café del Siglo, en la calle Carretas (demolido); café del  Sur, en la Plaza del Progreso, actual plaza Tirso de Molina ( ya demolido); café Diana, en Caballero de Gracia ( demolido) ; café La Cruz de Malta, en Caballero de Gracia ( cierra sus puertas a finales de la década de 1830); café Lorencini, en la Puerta del Sol ( cerró en 1864) ; café Suizo, en la esquina de las calles Alcalá y Sevilla ( cerró en 1915)

 

 

 

No puede olvidarse en Galdós, entre otros lugares de interés en Madrid,  La Fontana de Oro, en la esquina de las calles Carrera de San Jerónimo y Victoria, que cerró sus puertas en 1843; el Parador del Agujero, en la calle Fúcar ( ya demolido) ; el restaurante Trouchín, en la calle del Arenal (demolido); la Posada de Ocaña, en la esquina de las calles Toledo y Sierpe ( ya demolida)

 

 

 

Lugares ficticios pero presentes en sus novelas son, entre otros, la Casa de huéspedes de la “señá “ Bernarda, en la calle Mediodía Grande; la Casa de huéspedes de la tía Chanfaina, en la calle Amazonas; el Figón de Boto, en la calle del Ave María; la Viña del Señor, en la Costanilla de San Vicente; los merenderos de Cuatro Caminos; los merenderos de Tetuán, en la calle de Bravo Murillo. Y  a todo esto ha de añadirse, la Posada del Peine, en la esquina de las calles Vicario Viejo y Postas, en activo de 1610 a 1960 y que en 2006 abrió de nuevo con su interior reformado y conservando la fachada. Lhardy, en la Carrera de San Jerónimo que está en activo desde 1834 y allí Galdós fue visitante asiduo. Como sigue en pie el Sobrino de Botín, en la calle Cuchilleros, en activo desde 1725.

Ojos y pluma de Galdós ante el Madrid de entonces reflejado en muchos  de sus libros.

 

 

 

( Imágenes—1- café de Levante – abc es/ 2- café de Fornos / Boykokolev / 3 -epytafe/ 4- foto jjp)

EL AÑO DE GALDÓS (2) : MADRID Y “FORTUNATA”

 

 

“Mientras deambulaba por los Barrios Bajos — cuenta Berkowitz, biógrafo de Galdós—, por azar tropezaría con el prototipo de Fortunata, bajo circunstancias muy parecidas a las descritas en las páginas iniciales de la novela. Estaba ella de pie en el portal de una casa de viviendas, sorbiendo un huevo crudo. Su interés por aquella mujer trajo una relación de intimidad con ella que llegaría incluso a producir gran parte del rico contenido humano de los cuatro tomos de la obra maestra.”

La primera parte de “Fortunata y Jacinta” la concluye en enero de 1886 y la última parte en junio de 1887, cuando Galdós tiene entre cuarenta y dos y cuarenta y cuatro años. Mientras tanto y a lo largo de los cuatro tomos, la ciudad de Madrid se despliega como escenario intenso y viviente en toda la novela : el Palacio Real, el Congreso, los ministerios de Ultramar, Hacienda, Gracia y Justicia, Gobernación; los Tribunales, incluido el Supremo y el Ayuntamiento. Aparece también la Bolsa, la Aduana, varias Facultades de la Universidad; el museo del Prado, la Academia de la Historia, siete periódicos de la Villa, el Casino, el Rastro, el Hospicio, la Inclusa, varios asilos, varias cárceles (Saladero, la Modelo, Prisiones Militares), el Manicomio, el Retiro, los Almacenes de la Villa, cuatro conventos de la realidad y uno de la ficción ( “las Micaelas”), catorce iglesias, cinco teatros, un pequeño tratado de las aguas de Madrid —sus “viajes” y sus fuentes públicas—, estaciones de ferrocarril, tres mercados, 20 cafés, el Matadero municipal, casi todos los cementerios. Se extienden en la novela 97 calles, más de 20 plazas y plazuelas, 8 paseos además de Rondas, Costanillas,  Cavas, Campos y Campillos, aparte de “la Carrera” y “la Red” que en total llegan a 137 nombres de vías urbanas.

 

 

Y luego están los barrios. Y los ruidos. Hablando de Barbarita Arnáiz ( esposa de Santa Cruz, padre), Galdós escribe en “Fortunata”: “Ni trocara tampoco su barrio, aquel riñón de Madrid, en que había nacido, por ninguno de los caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más que dijera, el barrio de Salamanca es campo… Tan apegada era la buena señora al terruño de su arrabal nativo, que para ella no vivía en Madrid quien no oyera por las mañanas el ruido cóncavo de las cubas de los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por mañana y tarde la batahola que arman los coches correos; quien no recibiera a todas horas el hábito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz; quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras como si estuvieran dentro de la casa; quien no viera pasar a los cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en procesión. Barbarita se había acostumbrado a los ruidos de la vecindad, cual si fueran amigos, y no podía vivir sin ellos.”

 

 

(Imágenes —1-viejo Madrid – foto donada por Ángel Rojo Gutiérrez/ 2-modelo del Palacio Real – 1830– museo de Historia de Madrid/ 3-Congreso de los diputados – Ch Clifford – 1853- Biblioteca Nacional)

EL AÑO DE GALDÓS (1) : MARAÑÓN

 

 

 

“Gran parte de sus apreciaciones sobre España, sobre la vida en general— decía Marañón de Galdós —, tienen una resonancia clamorosa en sus libros. Otras, que no aparecen en su obra escrita las he recogido yo. Y principalmente  mis observaciones son de carácter más íntimo. Su vida íntima es interesantísima.  Galdós era un hombre  un poco atormentado y tímido. Gran apasionado, y, no obstante, con una serenidad fría y disciplinada de sus pasiones.  Lo más interesante de Galdós  es su complicación interior. No era un hombre sencillo, como se suele decir, sino de una gran vida interna. Los factores humanos se daban en él con una autenticidad maravillosamente interesante.

Hombre de pasiones y de sentimientos tumultuosos, pero con un inconcebible dominio  sobre pasiones y sentimientos, el mismo equilibrio. Su eficiencia cerebral era tan grande, que le pasaba lo que les pasa a la mayor parte de los hombres inteligentes: tenía sus sentimientos en el bolsillo.

La inteligencia en sus formas superiores siempre se alienta a costa de las pasiones. Todo progreso de la personalidad humana se realiza a costa de dominar la emoción. Este es el  progreso de la Humanidad y una de las diferencias que más concretamente destacan al hombre de los animales.”

 

 

(Fallecía Pérez Galdós el 4 de enero de 1920 en Madrid a los 77 años – El 20 de enero de 1919 se hace llevar Galdós al Retiro para estar presente en la inauguración de su estatua. Sentado frente a ella es como si una estatua viva contemplase a otra estatua de piedra — en palabras de Carmen Bravo Villasante —. Totalmente ciego, el escritor oye los discursos, y el viento helado del nuevo año deja yerta su figura. Ensimismado, ajeno al mundo tan ávidamente observado y querido, “ la presencia de lo sobrenatural, inexplicable al rigor científico”, ocupa sus últimos días)

 

 

(Imágenes—1-Galdós- periodista digital/ 2-Gregorio Marañón – el cultural es / 3- estatua de Galdós en el Retiro – asociación de amigos del buen Retiro)

EN CONVERSACIÓN CON DOÑA EMILIA

La aparición de una nueva biografía, Emília Pardo Bazán”, de la historiadora Isabel Burdiel (Taurus) , nos lleva hasta los grandes salones donde trabajaba la escritora gallega, el escenario de su enorme mesa salomónica que mantenía en su centro una carpeta, un tintero y una papelera y que los ojos del “Caballero Audaz” retenían para contarlo después en una larga entrevista. “ De mi niñez –  decía Emília Pardo Bazán allí sentada – lo único que puedo decirle es que a los seis años leía “El Quijote” asiduamente… Yo no recuerdo haber pasado en mi vida un día sin leer. Escribí versos desde muy niña, pero nunca me hice ilusiones de ser poeta, porque comprendí que mis versos eran malos. En prosa tengo más de sesenta libros publicados. La obra que mayor éxito ha tenido ha sido “Los pazos de Ulloa”. Mis grandes amigos han sido, por de pronto, Castelar, que me quería como a una hermana. Otro gran amigo que tuve fue don Antonio Cánovas y su mujer, el duque de Rivas lo es en la actualidad, y Galdós. Galdós y yo nos queremos mucho. De los literatos actuales me gustan mucho Azorín y Unamuno.

Por otro lado – proseguía– yo soy una radical feminista. Creo que todos los derechos que tiene el hombre debe tenerlos la mujer, y es más, creo que hay una relación directísima  entre los derechos y privilegios concedidos a la mujer y el estado de cultura de las naciones. En Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia es donde la mujer se halla casi al nivel del hombre, donde hay diputadas.; en cambio, en los países menos adelantados es donde se considera a la mujer bestia de apetitos y carga. No tenemos más que volver los ojos a Marruecos. En España, dudo que por mucho tiempo se abran paso las corrientes femeninas. Sin embargo, si miro atrás, tengo que reconocer que hemos avanzado en este aspecto de la vida, porque yo he conocido los tiempos en que unánimemente se decía que la mujer sólo debía zurcir calcetines; hoy ya, si se piensa, por lo menos no se dice. Los hombres en España alardean de aparecer siempre preocupados por el amor de las mujeres, y no puede haber mayor obstáculo que éste para que avance la mujer; para que la mujer adelantase aquí sería necesario, en primer lugar, que ella quisiese, y en segundo lugar que encontrase algún terreno preparado, alguna ayuda en el hombre también. Mi obra para abrir las puertas españolas al feminismo ha sido solamente personal, dando el ejemplo de hacer aquello que pude de lo que está prohibido a la mujer. He tenido el gusto de ser la primera socia de número del Ateneo, la primera mujer que ha sido profesora de la Escuela de Estudios Superiores en el mismo Ateneo; el prmer socio de número de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. No cabe duda que, si las mujeres siguieran mi ejemplo, el feminismo en España sería un hecho.”

Esta conversación, en 1915, tenía lugar en aquel gran salón que ocupaba la enorne mesa, presidida por el tintero y la carpeta. Ante aquel escenario estaba doña Emília, con “su cara bermeja, sus cabellos plateados y una enorme perla de calabaza que, presa de un hilillo de platino, pende de su cuello carnoso, rebota y salta sobre su escote”, decía “El Caballero Audaz”.

(Imágenes -1-Emília Pardo Bazán – la Vanguardia / 2- pazos gallegos – clubcultural/ 3-pazos gallegos – zorro del ahorro)

300 AÑOS DE CARTAS

 

objetos.-78nn.-cartas.-Arman,-.artnet

 

Los 300 años de Correos que en estos días se celebran nos traen y nos llevan recuerdos de epístolas cruzadas y familiares, a veces profesionales, a veces interesadas, en ocasiones peticiones, en ocasiones solo desahogos: hombres de letras españoles a quienes el cartero trajo y llevó caligrafías, dibujos y firmas que en su rápido trazo desvelaban el instante de una vida y el rasgo de una personalidad.

Valle-Inclán le escribe a Ortega desde Cambados en octubre de 1914:

Queridísimo Ortega:

No le escribí antes, porque no han faltado dolores y desazones. Hace dos días enterré a mi hijito. Dios Nuestro Señor me lo llevó para sí. Ha sido el mayor dolor de mi vida. Yo no sé qué cosa sea la muerte, que se la siente llegar. Mi niño estaba sano y yo esperaba una desgracia como algo fatal. Ya llegó, y sea sola. Estoy acabado. Esto es horrible. ¡Que no sepa usted nunca de ese dolor! La casa se me viene encima, y tampoco quiero, por ahora, volver a Madrid,, donde nació mi niño hermoso que se me murió. Quisiera ir a Italia, pero con los míos: Mi mujer y mi hija. Ello es caro. Mi pobre Josefina que está tan muerta como yo, ha tenido una idea. Ella me inspira que le escriba a usted, para saber si podrían concederme una pensión de la “Junta de Estudios” para estudiar alguna cosa en Italia. Cosa para la cual, en conciencia, sea yo capaz. De pintura, de literatura: Una visión de Cervantes, de Lope, de Quevedo, en Italia: Diálogos de soldados, jugadores, mujeres, pilotos catalanes y de Valencia. Una visión estética de Italia. (…) Se lo agradecerá infinitamente su infortunado.- Valle Inclán.

 

Josefina Blanco.- 4rry.- Valle Inclán junto a su mujer y su hija Concha

 

El 14 de septiembre de 1905 Baroja le escribe a Galdós:

Mi querido amigo y maestro; Voy a ir a París a pasar un mes o dos y quisiera que me hiciese usted el favor de darme una tarjeta de presentación  para León y Castillo y otra para Estévanez. Me salieron mal los pequeños negocios que tenía, el socio resultó un estafador y yo perdí dinero y además estuve a punto de tener un pleito.

Huyendo de complicaciones me fui al Paular, donde he escrito un libro que le enviaré dentro de unos días. (se refiere a “La feria de los discretos”, firmada en El Paular en junio de 1905).

Usted como siempre estará trabajando como una fiera.

Si me contesta usted hágalo a San Sebastián calle Mayor número 6, y si quiere usted hacerme algún encargo o comisión para París ya sabe usted que puede usted mandar.-Pío Baroja.

 

Baroja.-elmundoes

 

El cartero ha estado 300 años trayendo y llevando consuelos y desconsuelos, súplicas. 300 años de aspiraciones y preocupaciones guardadas y selladas en sobres, revelación de amistades y confidencias.

 

Galdós- nnb- elduariomontañes com

 

(Imágenes.-1.-arman-arnet/ 2.-Valle Inclán junto a su mujer/ 3.-Baroja- elmundo es/ 4.-Galdós en Santander- eldiariomontañes)

VIEJO MADRID (43) : LHARDY

Llardy- eesmu- samovar- wikipedia

“Entre los comedores de Lhardy – recordaba en un artículo Luis G. de Cándamo -, el que guarda más secretos de la historia de España es el salón japonés, donde se desarrollaron toda suerte de conspiraciones y conciliábulos. Fue el rincón preferido del general Primo de Rivera para reuniones reservadas de ministros y personalidades de la dictadura, y, por contraste, aquí se decidió el nombramiento de don Niceto Alcalá Zamora como presidente de la República.

Llardy-44rtt-detalle del salón isabelino-wikipedia

El decorador de Lhardy fue Rafael Guerrero, padre de la actriz doña María Guerrero y el gusto del segundo Imperio, dotado de esa elegancia de alta burguesía, se perfiló en el diseño de la fachada de Lhardy, construida en magnífica madera de caoba de Cuba, como símbolo de las que fueron nuestras provincias de Ultramar.” Lorenzo Díaz, en su “Madrid: bodegones, mesones, fondas y restaurantes desde 1412 a 1990” recuerda que la decoración interior de la tienda, con sus dos mostradores enfrentados y el espejo al fondo, permanece intacta, tal como fue proyectada por Guerrero, y en los diferentes comedores – Salón Isabelino, Salón Blanco y Salón Japonés – se conservan los revestimientos del papel pintado de la época: chimeneas, guarniciones y ornatos, citados en obras de Galdós, Mariano de Cavia, Azorín o Ramón Gómez de la Serna.

Lhardy-eerrt- publicidad en ABCEn las interesantes biografías de Lhardy – la de Julia Mélida y la de José Altabella -se evocan algunas de las habitaciones que para determinados huéspedes de calidad se situaban en la última planta, por ejemplo – apunta Mélida -, ” el imaginario Fernando Calpena, héroe galdosiano de “Los Ayacuchos”, que el marqués de Salamanca verdadero logra aposentar allí a su paso por Madrid.” Y anota a su vez Lorenzo Díaz que tales habitaciones las cedía el dueño a clientes amigos  y  Sarasate y Mazzantini las ocupaban durante su estancia en Madrid.

Llardy-gbn-salón isabelino- wikipedia

Ahora Lhardy comparte sus 175 años de historia en papel con la Biblioteca Nacional y la opulenta consola que sostiene la fina botillería de la tienda abre paso al interior de los comedores donde se celebraron famosas cenas, muy elogiadas por especialistas de la talla del doctor Thebussem. O también banquetes célebres, como el ofrecido por Arturo Serrano a Jacinto Benavente en reconocimiento a uno de sus éxitos teatrales o el que quiso brindar un grupo de intelectuales al diestro Manolete.

Llardy-e- eeffy- interiores

En la trastienda de Lhardy, a partir de las ocho y media de la tarde, se reunían en los años cincuenta Zuloaga, Domingo Ortega, Chueca Goitia, Julio Camba, Antonio Díaz- Cañabate o Luis Miguel Dominguín que se cubría muchas veces con su clásica capa española.

Llardy-vvyyu-fachada de Llardy- wikipedia

Vieja estampa madrileña del caldo y el jerez, las barquichuelas de ensaladilla, las calientes croquetas o los suaves emparedados antes de adentrarse en las comidas exquisitas escoltadas por generosos vinos.

Llardy-rrdd interior-wikipedia.

(Imágenes.-1, 2, 4, 5, 6 y 7.-Lhardy.-wikipedia/ 3- cartel sobre Lhardy en el periódico ABC)

VIEJO MADRID, 2009 (4)

 

Botin.-escaparate.-3.-11 agosto-2009Cuando me acerco al escaparate de Botín parece que viniera Galdós por esta acera y con él toda la novela española del XlX. “La novela está en las calles y en las casas de Madrid, en cada  calle, en cada casa. Allí hay que verla”, dijo uno de sus mejores estudiosos. Efectivamente estoy aquí, delante de Botín, pero sobre todo en medio de “Fortunata y Jacinta“, asomado al capítulo lV de la Primera Parte, y oigo decir a Galdós  hablando de Barbarita, que “como supiera la dama que su hijo frecuentaba los barrios de Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a Estupiñá que vigilase, y éste lo hizo con muy buena voluntad llevándole cuentos, dichos en voz baja y melodramática:

Anoche cenó en la pastelería del sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros…¿sabe la señora? Tambien estaba el señor de Villalonga y otro que no conozco, un tipo así…¿cómo diré? de esos de sombrero redondo y capa con esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un randa que por un señorito disfrazado“.

Botín.-2.-11-agosto.-2009

Entonces doy unos pasos hacia atrás para ver el establecimiento desde más lejos. Esta “Antigua Casa Sobrino de Botín” se encuentra en la calle de Cuchilleros y Pedro Ortíz Armengol, el máximo especialista en “Fortunata“, recuerda que la tal Casa alega su antigüedad de 1590, si bien el actual edificio y el horno de asar datan de 1725. Hacia 1860 (Galdós escribeFortunata y Jacintadesde diciembre de 1855 hasta junio de 1887) se instaló en la planta baja pastelería, subsistiendo el horno de asados. Una y otra la menciona Galdós en muchas ocasiones, puesto que el novelista conoce al detalle todos estos sitios. ·En “Fortunata y Jacinta” ,  novela que se desarrolla en 1869-76, la Plaza Mayor es una plaza venida a menos – dice Armengol -, es la recién destronada, pero todavía con un bien vivo prestigio centenario. En ella y en sus aledaños ocurren cien cosas: junto a la Casa de la Panadería, en Cuchilleros, Arco de 7 de Julio, calle de Felipe lll, la de Toledo, el propio monumento al rey Felipe…Pero ,sobre todo, los balcones de Estupiñá y, encima, la barandilla de la terraza de la casa número 11 de la Cava, con trasera – que es delantera – a la Plaza…”.

Plaza Mayor.-agosto.-2009

Antes de que vengan los turistas cruzo la Plaza Mayor, es decir,  cruzo del siglo XlX al XXl. Dejo a un lado la historia de los tres grandes incendios que sufrió esta Plaza: el de 1631, el de 1672 y el de 179o. El humo de tantos acontecimientos cambió aquellas casas primeras de madera y de 75 pies de altura, aquellos sótanos abovevados y las fachadas de ladrillo rojo visto a las que se abrían los balcones. Desde tales balcones se contemplaron toros, cañas y autos de fe. La servidumbre de los inquilinos de aquellos balcones obligaba a cederlos para su distribución por riguroso turno de jerarquía  y etiqueta o bien para ser vendidos como localidades. Balcones como ojos, ojos de cristal, ojos que miran el rostro del tiempo.

Paso, pasa mi tiempo ante esos balcones. Voy hacia el Mercado de San Miguel.

Mercado de S. Miguel.-1 Al entrar enseguida en este Mercado de San Miguel, el único mercado de hierro que ha llegado hasta nuestros días, el siglo XXl es ya plena gastronomía. Galdós hubiera escrito páginas memorables sobre este recinto de planta baja con estructura metálica de soportes de hierro fundido que ahora se ha remozado y desde cuyo interior se mezclan colores y olores  inusitados. Los turistas que se han asomado al XlX en Botín y que han cruzado platos y mesas del XX vienen ahora a ver qué se come aquí, en el siglo XXl. Madrid siempre ha brillado en gastronomía. Por la mañana -según el tiempo – la ciudad se ha desayunado con aguardiente y churros, con chocolate y buñuelos; las comidas Madrid las ha hecho muchas veces con sopa de pan, cocido madrileño, requesón de Miraflores con azúcar, rosquillas de Fuenlabrada, vino de Arganda. Otros madrileños han preferido la tortilla de escabeche de bonito con ensalada de huevos, tomate y pimientos; al fin, si era también su tiempo, una sandía. Otros, en la mesa de al lado, escogieron callos a la Madrileña, ensalada, bartolillos de crema, melón de Villaconejos. Y aún hubo quien se decidió por la ensalada de berros del Lozoya, el besugo a la Madrileña y acabó con el requesón de Miraflores con fresas de Aranjuez y unas almendras de Alcalá, de las monjas de San Diego.

Al fin  se retiraron los platos y yo me retiré también hacia la Cava de San Miguel dando un paseo, para ver más cosas.

(Imágenes: Madrid, agosto 2009 : 1.-detalle del escaparate de “Botín”/ 2.-fachada del restaurante “Sobrinos de Botín”/ 3.-Plaza Mayor/ 4.-Mercado de San Miguel en la actualidad.- fotos JJP)

TABERNAS DE MADRID

la-nueva-1-1-mayo-2009“Se mete en una oya de barro, una livra de tocino, mu partío, con aceite pa que se reajogue bien i sechan cuatro libras daluvias con cevoyas, agos, perrejil, comino, laurel, sal, pimentón i arrima la oya al fogón que cuesca cuatro oras”.

Receta de judías guisadas“, por el Tío Lucas, (citado por Ángel Muro en sus “Conferencias culinarias” (Madrid, 1890)

Tabernas, viejas tabernas del viejo Madrid, tabernas de mostradores antiguos donde se acodaron tantas conversaciones, entrelazado vocerío, platillos de familiar gastronomía, caracoles, más vocerío, aceitunas aliñadas, callos, gallinejas del Rastro…la-nueva-3-2-de-mayo-2009

“Mire, oiga lo que le digo. Haga caso de mí, que tengo más gramática. No compre el vino en la taberna del hermano de Jesusa, ni en la de José Cumplido, donde le conocen. Váyase a comprarle a la taberna de la calle del Oso o a la de los Abadales, donde no le conocen”

Benito Pérez Galdós: “Nazarín“, segunda parte, pág. 42)

Tabernas, viejas tabernas del viejo Madrid, las bandejas sorteando los hombros, espuma de cerveza fría…

(Imagen: Madrid, 1 de mayo.- “La Nueva”.-Arapiles 7.-foto JJP)