RECUERDO, SÍ, LO RECUERDO


Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo a Marcello Mastroiani contando en un pequeño escenario y ante sólo seis personas y en las montañas de Portugal, en los descansos del rodaje de Viaje al inicio del mundo, de Manuel de Oliveira, lo que recordaba de su vida hilvanada. Recuerdo que contó un sueño donde alguien le decía que llevara consigo los recuerdos de la casa de sus padres. Recuerdo también a mi padre, ya anciano, subiendo conmigo unas escaleras. Recuerdo haber mojado un día una magdalena en una taza de te y cómo las migajas humedecidas me llevaban a los Campos Elíseos, a la blancura de un tiempo recobrado de muchachas en flor y a sus vestidos deslumbrantes. Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo cómo recordaba Simenon su infancia y evocaba en París su sombrero flexible y la gabardina de espía con la que se embozaba para escuchar conversaciones y ternuras. Recuerdo en Jerusalén un huerto nocturno con olivos. Recuerdo en Roma Via Margutta y un patio de anticuarios. Recuerdo en Londres un teatro redondo donde se escuchaba a Shakespeare. Recuerdo mi mano en Venecia tocando el agua desde el borde de la góndola. Recuerdo un viaje en automóvil por un valle navarro de España. Recuerdo mi primer baile en la noche con quien sería mi mujer. Recuerdo haber leído los recuerdos del escritor francés Georges Perec. «Je me souviens», decía Perec, «je me souviens» decía Simenon, «mi ricordo, sì , io mi ricordo«, decía Mastroiani. Recuerdo la niebla en los faros en lo alto de una montaña. Recuerdo la gran playa en la tarde, la extensión desierta, los caballos blancos. Recuerdo los ojos de un ciervo mirándome. Recuerdo el brillo rojizo de una chimenea. Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo escribir al amanecer, en el silencio de la casa. Recuerdo haber soñado con música. Recuerdo ventanas y puertas de las ruinas de Palenque, en México. Recuerdo el color de las hayas en La Granja. Recuerdo los cines del Barrio Latino en París. Recuerdo los ojos de mi madre. Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo cuando me llamó ese vecino, Alzheimer, y le dije que nunca estaría en casa. Recuerdo aquel olor de lluvia en la tarde de verano, aquel olor de lluvia permanente, aquel olor a lluvia que no cesa.

LA INTERNACIONAL DEL SUEÑO

Me cuentan que hace unas noches, algo pasadas las doce y media, se deslizó en una cama de París, en el cerebro de un hombre que dormía plácidamente con la cabeza sobre su almohada, el cuerpo cilíndrico de un sueño recubierto por escamas de vivos colores y anillos alternantes, entrando ese sopor tan silenciosa y sinuosamente que apenas lo sintió, y al transportarlo con sosegada mansedumbre, lo llevó por estancias oníricas sin él casi darse cuenta, tal y como si visitara una realidad mágica, una realidad que jamás existiría. Poco tiempo después, hacia las dos menos veinte de la madrugada, ese mismo sueño salió furtivamente de aquel hombre y de la ciudad de París, y entró con rapidez en el cerebro de Marko Popovic, un hombre que dormía en un hotel de Belgrado y lo condujo a través de iluminadas habitaciones haciéndole creer que estaba consciente y que en cualquier momento iba a despertar
Pero a las tres y cuarto -siguen contándome – el mismo sueño de Belgrado y de París hizo una fulgurante cabriola y se introdujo ahora en el cerebro de Achille Mariën, un viejo profesor belga que dormía en su casa de Bruselas. También lo arrastró suavemente por galerías de espejos que iban multiplicando al infinito cada rostro de la realidad.
Estuvo el sueño en la ciudad de Bruselas desde las tres y cuarto hasta las cinco y diez. A esa hora, escapando de Bélgica y pasando con celeridad a Rumania, se introdujo veloz en el cerebro del investigador Gellu Luca que acababa de cambiar de postura en su cama de Bucarest. Allí permaneció agazapado un muy largo rato, sin apenas moverse, conduciendo sin embargo a quien soñaba por pasillos de imágenes. Pero aún tuvo tiempo de salir hacia las seis y veinte y el mismo sueño se metió dentro de la cabeza dormida del poeta-pintor Karel Nezval, en su casa de las afueras de Praga.
Luego ya amaneció. El surrealismo iluminó poco a poco el mundo, y ampliando su abertura nasal, absorbió de improviso ese sueño para siempre.

MAIGRET

Nos sentamos en una cervecería de París Simenon y yo. Le pregunto por su parecido con Maigret.
– Poco a poco – me dice el novelista -, hemos acabado por parecernos un poco. Sería incapaz de decir si es él el que se ha acercado a mí o soy yo el que me he acercado a él. Es cierto que yo he tomado algunas de sus manías y que él a su vez ha tomado algunas mías. Fíjese: ¿se ha preguntado con frecuencia por qué Maigret no tiene hijos, cuando realmente le hubiera gustado tenerlos? Esa es su gran nostalgia. Y bien, esto es así porque cuando yo he comenzado los Maigret – y he debido de escribir al menos unas treinta novelas antes de tener yo mismo un niño – mi primera mujer no los deseaba. Ella me había hecho jurar antes de casarme, que no los tendríamos. He sufrido mucho por eso, porque yo los adoro…, como Maigret.
Paladeamos la cerveza y Simenon prosigue:
– Y entonces yo me he sentido incapaz de mostrar a Maigret volviendo a su casa y encontrando allí a uno de esos pequeñajos. ¿Qué diría, cómo reaccionaría ante sus gritos, cómo se arreglaría por las noches para darles el biberón si la señora Maigret hubiera estado enferma? Lo desconozco. En consecuencia, yo he tenido que crear una pareja que no pudiera tener hijos. Esa es la razón. Por otro lado, yo he avanzado en edad mucho más deprisa que Maigret. Teóricamente él debería haberse jubilado a los 53 años y medio, y cuando yo lo he creado él tenía ya 40 o 5o. En consecuencia, él ha vivido quince años mientras yo vivía cuarenta. Entonces, irremediablemente, yo le he prestado sin quererlo mis experiencias, y él en cambio me ha dado su actividad. Es uno de los raros, si no el único personaje que yo he creado que tiene puntos de vista en común conmigo. Todos los demás, o casi todos, son completamente independientes de mí.
Charlamos de la técnica de la novela policiaca, de la atmósfera de París, de la piedad que él tiene por los criminales.
– ¿Tiene piedad usted o es Maigret el que tiene piedad?- le pregunto.
-Yo no saco nunca conclusiones.-me dice levantándose.
Cuando salimos de la cervecería veo sentado en una esquina, embutido en su gabán y envuelto en el humo de su pipa, a Maigret que está leyendo una novela de Simenon.

TIENDAS ESCOGIDAS (3)

Pero aún hay otro tipo de cuadernos más valiosos, que ayudan mejor a escribir. Son los que usa Auster en Manhattan, aquel «cuaderno rojo» del que él hablaba y esa caligrafía del azar y el misterio que él tanto ha ido bordando, su escritura envolvente hacia el desasosiego, las palabras que nos llevan dando vueltas por un desagüe imprevisto y el final de una aventura que nos persigue.
Y a todos esos cuadernos – a los nocturnos de París y Proust, a los poéticos de Lisboa, a los otros en los que Auster se confiesa- hay que añadir en España los «Cuadernos de todo» de Carmen Martin Gaite, conjunto de fechas y de flechas, proyectos, esbozos, desahogos, en los que mezcla la muerte de su hija con anotaciones de novelas, arreglos que debe hacer en casa, síntesis de conferencias, frases de amigos y anhelos de mujer.
Cada uno tiene su cuaderno. De repente la inspiración nos saluda por una calle, en una escalera, en el coloquio de un almuerzo (es el caso de Henry James) , y el cuaderno recoge esa «invitación» bajo el enigma de un garabato rápido o asomando ya lo que será historia completa.
Hay tiendas escogidas en el mundo – célebres papelerías que poco a poco van desapareciendo- donde reposan cuadernos de todos los tamaños, cuadernos quizá maravillosos, cuadernos especiales. Y los escritores lo saben.
Es allí a media tarde donde, empujando esa puertecita casi escondida, vemos llegar a Proust, a Pessoa, a Auster o a Tabucchi.

TIENDAS ESCOGIDAS

Me pregunta mucha gente a través de Internet dónde pueden comprar esos pequeños cuadernos de tapas rojas y páginas diminutas a los que yo me refería el pasado día 20. Con mucho gusto les contesto. Hay un pasaje en París que da a la rue de Rivoli, muy cerca ya de la Plaza de la Concordia, que tiene en su puerta y como elegante reclamo una pluma de ave y un tintero de bronce. Empujando esa puertecita de la entrada y apartando una cortinilla granate pronto aparece allí un mostrador repleto de cuadernos antiguos de todos los colores. A la amable empleada que suele atendernos no hay más que pedirle, por ejemplo, el cuaderno de Proust, y ella nos entregará por unos pocos francos ese oscuro cuaderno con tapas de hule negro en el que Proust escribía por las noches. Si se sale a la calle, la luz del sol ilumina esas páginas aparentemente blancas, pero es necesario esperar un poco ya que la luz se posa en el papel y del papel emerge lentamente la escritura del Tiempo Perdido en forma de notas y de proyectos varios, es decir, de repente tenemos en la mano los apuntes reales que Proust hizo, sus anotaciones nocturnas y el arabesco de su caligrafía sin tener necesidad de acudir a consultarlos a la Biblioteca Nacional Francesa.

EL CONTADOR DE HISTORIAS

Recuerdo perfectamente al contador de historias en mi infancia, cuando iba con mis hermanos al colegio y le veía allí, en aquel banco junto a la carpa de circo, levantar en el aire las palabras y hacer malabarismos con los acentos y las comas, comerse el fuego de las admiraciones y esconder verbos y adjetivos, taparlos con cubiletes de colores y cortar la cinta de la poesía en varias partes para pegar los versos sin trucos. Yo creo que desde ese momento quise hacerme escritor. Recuerdo que el mejor de sus relatos era aquel que contaba la vida de un contador de historias de Londres, al que situaba en Gordon Square, y del que decía que era el mejor embaucador de verdades porque cogía una verdad por la cola y la transformaba de pronto en fantasía, la hacía girar y girar varias horas ante los ojos y oídos de los transeuntes.

Años después, cuando estuve en Londres, le descubrí. En aquella esquina de Gordon Square el mismo contador de historias lograba recitar con los ojos cerrados y las manos extendidas, como si fuera un loco camino del destino, a Milton y a Shakespeare, sobre todo pasajes del Rey Lear, y dentro de su garganta y con facilidad enorme mezclaba continuamente parlamentos de Edmundo y de Gloucester.

Pero su gran relato siempre era el mismo. Que había un contador de historias en Venecia, en el mercado de Rialto, que se superaba a sí mismo ocultando su cara con disfraces y retando a la muchedumbre de los canales a adivinar dónde estaba el mejor contador de historias de todos los tiempos.
Lo encontré naturalmente en el mercado de Venecia, narrando bajo su máscara y su antifaz, que aún existía un contador de historias más fabuloso, que seguía viviendo en París, en la rue St-Louis en l`Ile, un hombre del que nacía la luz de la ciudad y que explicaba a la multitud embobada cómo en Praga, en la plaza Wenceslao, a las puertas del Hotel Europa, un contador de historias revelaba los secretos para ser feliz, que consistían en volver a la infancia, al camino de aquel viejo colegio, acompañando por las calles a los hermanos, hasta llegar a un banco, junto a la carpa del circo, en donde un hombre se iba tragando los sables de las interrogaciones, escupía el fuego de los adverbios, hacía volar los sustantivos en el aire y, entre aplausos, hacía que entre el público un niño asombrado fuera pensando que quizá un día, poco a poco, pudiera ser escritor.