Ahora, cuando se abre un debate sobre la posible desaparición o no de la esmerada caligrafía tradicional sustituida por la nerviosa pulsación de la yema del dedo en el teclado, acaso convenga pasear la mirada por esos cuadernos enormes de inusitada caligrafía ciudadana, hojas extendidas sobre la piedra, piedra alargada en murales, trazos de manos cabalgando sobre vagones de metro o de ferrocarril, arabescos en el cierre de los comercios, mensajes a veces denunciadores y a veces crípticos, ciudades sobre cuya piel desfilan los tatuajes.
Ahí están, desde hace mucho tiempo, denostados o aplaudidos, perseguidos o aclamados, los graffiti.

Yo recuerdo, hace ya más de cuarenta años, la noche del 13 de mayo de 1968 – tal como he contado en mi libro «París, mayo 1968» -, cuando en el taller Brianchon (en Bellas Artes) de la capital francesa, unos cuantos miembros de aquella Escuela decidieron poner en marcha los primeros afiches que, junto a graffitis y a octavillas, inundaron la ciudad entera. Había más afiches que graffitis, pero lo importante era la comunicación anónima y espontánea en un mundo que aún no soñaba con los móviles.

En las ebulliciones subterráneas de la globalizacíón los convocantes utilizan la instantaneidad de los mensajes, su prodigiosa movilidad, pero también se apoyan sobre el inmovilismo de los muros, aquellos que nos recuerdan, cada vez que pasamos ante ellos, que la calle puede ser una herramienta de expresión. Son las ventanas abiertas en el muro, párpados violáceos, explosiones cárdenas, piedras con voz.

En el pasado mes de abril un número especial de de la Revista «Cultura Escrita- Sociedad» (Ediciones Trea) dedicó un gran dossier a los graffiti en el mundo con la colaboración de universidades españolas y americanas, y estudiaba el fenómeno de los espacios con sus dibujos de palabras como ritos de paso. Realmente cumplen sus ritos estos signos y trazos y muchas veces a la luz de noche surgen entre la caligrafía y la imaginación inquisiciones sorprendentes que nos resumen el pasado o nos proyectan al futuro.

Nos solemos volver mirando a estos graffitis que nos miran. Son ventanas en el muro que nos abren su dibujo.
(Imágenes:-1.-Art Crimes: Blackbooks: Mixed 2005.-.-Rip, OI crew.-Puerto Rico.-graffitti.org/2.-Art Crimes.-Stucko (digital) Mixed 2005.-graffiti.org/3.-Art Crimes: September 11. Murals.-«Remember 9-11-01» by Phymeone.-Wallmuts Crew, 2001.-in L.I.C. Queens.-graffitis.org/ 4, -.Art Crimes: Sketches.-Blacbooks.- snoc.-graffiti.org/5.-Art Crimes Blackbook: Letters, San Diego.-California.-USA.-2005.-graffiti.org)





«En la superficie del agua, la niebla ascendía como un vapor; el Sena humeaba, en el cielo negro de la lejanía se divisaba un aire blancuzco y opaco; era como si la oscura noche de otoño fuera sustituida por una noche sobrenatural, tan pálida como negra era la otra, pero impenetrable».
















«No me gustaría vivir en Norteamérica pero a veces sí.


color de rosa, o azules, luego otros tierra de Siena, en perfecto equilibrio. Habitualmente, el amarillo de Nápoles y la laca de granza no aparecían hasta más adelante. Y el negro de marfil al final del todo. Renoir nunca usaba ángulos o rayas, sino trazos redondos. «En la naturaleza no existe la línea recta». En ningún momento de la ejecución se veía en el cuadro desequilibrio alguno. Desde las primeras pinceladas estábamos ante un cuadro completo, bien compensado. El problema que tenía Renoir quizá era el de calar en el tema sin perder la lozanía de la primera sorpresa. Al fin asomaba de entre la niebla el cuerpo de la modelo o el paisaje, igual, en cierto modo, que habría aparecido en una placa fotográfica sumergida en el revelador. Aspectos totalmente descuidados al principio adquirían importancia».



Fotografiar: es retener un soplo cuando todas nuestras facultades convergen para captar la realidad que fluye; es entonces cuando atrapar una imagen produce una gran alegría física e intelectual.
«Pusieron la maleta en el portaequipajes y el comisario se sentó al lado de su prisionera. Ella miraba los muelles, los puentes, los transeúntes, los autobuses y los coches como si todo eso perteneciera ya a un lejano pasado.





