GRAFFITIS

graffiti.-11.-Art Crimes.-Blackbook.-Rip.-OI crew.-Puerto Rico.-graffiti.orgAhora, cuando se abre un debate sobre la posible desaparición o no de la esmerada caligrafía tradicional sustituida por la nerviosa pulsación de la yema del dedo en el teclado, acaso convenga pasear la mirada por esos cuadernos enormes de inusitada caligrafía ciudadana, hojas extendidas sobre la piedra, piedra alargada en murales, trazos de manos cabalgando sobre vagones de metro o de ferrocarril, arabescos en el cierre de los comercios, mensajes a veces denunciadores y a veces crípticos, ciudades sobre cuya piel desfilan los tatuajes. 

Ahí están, desde hace mucho tiempo, denostados o aplaudidos, perseguidos o aclamados, los graffiti.

graffiti.-12.-Art Crimes.-Blackbooks.-stucko -Digital.-graffiti.org

Yo recuerdo, hace ya más de cuarenta años, la noche del 13 de mayo de 1968 – tal como he contado en mi libro «París, mayo 1968» -, cuando en el taller Brianchon (en Bellas Artes) de la capital francesa, unos cuantos miembros de aquella Escuela decidieron poner en marcha los primeros afiches que, junto a graffitis y a octavillas, inundaron la ciudad entera. Había más afiches que graffitis, pero lo importante era la comunicación anónima y espontánea en un mundo que aún no soñaba con los móviles.

graffiti.-BB.-Art Crimes.-September 11.-Murals.-Remember 9-11-01-by Phymeone Wallmuts Crew 2001.-in L I C.-Queens.-graffiti.org

En las ebulliciones subterráneas de la globalizacíón los convocantes utilizan la instantaneidad de los mensajes, su prodigiosa movilidad, pero también se apoyan sobre el inmovilismo de los muros, aquellos que nos recuerdan, cada vez que pasamos ante ellos, que la calle puede ser una herramienta de expresión. Son las ventanas abiertas en el muro, párpados violáceos, explosiones cárdenas, piedras con voz.

graffiti.-7.-Art Crimes.-Sketches.-Blackbook.-suroc..graffiti.org

En el pasado mes de abril un número especial de de la Revista «Cultura Escrita- Sociedad» (Ediciones Trea) dedicó un gran dossier a los graffiti en el mundo con la colaboración de universidades españolas y americanas, y estudiaba el fenómeno de los espacios con sus dibujos de palabras como ritos de paso. Realmente cumplen sus ritos estos signos y trazos y muchas veces a la luz de noche surgen entre la caligrafía y la imaginación inquisiciones sorprendentes que nos resumen el pasado o nos proyectan al futuro.

graffiti.-10.-Art Crimes.-Blackbooks.-leters.-San Diego.-California.-USA.-2005.-graffiti. org

Nos solemos volver mirando a estos graffitis que nos miran. Son ventanas en el muro que nos abren su dibujo.

(Imágenes:-1.-Art Crimes: Blackbooks: Mixed 2005.-.-Rip, OI crew.-Puerto Rico.-graffitti.org/2.-Art Crimes.-Stucko (digital) Mixed 2005.-graffiti.org/3.-Art Crimes: September 11. Murals.-«Remember 9-11-01» by Phymeone.-Wallmuts Crew, 2001.-in L.I.C. Queens.-graffitis.org/ 4, -.Art Crimes: Sketches.-Blacbooks.- snoc.-graffiti.org/5.-Art Crimes Blackbook: Letters, San Diego.-California.-USA.-2005.-graffiti.org)

EL TALLER DE LA GRACIA

EL  TALLER  DE  LA   GRACIA.-AA

En esta inmensa sala de Internet la amistad virtual se hace personal en un instante y cuando cruzo entre los blogs con mi vaso en la mano buscando trazos de conversación, infinitas conversaciones del mundo vienen hacia mí también con sus vasos en las manos, se entrecruzan blancas chaquetas de camareros invisibles y palabras e imágenes se saludan como si se leyeran y se fotografiaran de toda la vida, mujeres y hombres que jamás se han visto y que quizá nunca se verán: sólo la pantalla sobre los hombros y los dedos en el teclado desvelan perfiles cercanísimos y universales a la vez, gentes de la casa de al lado en la aldea global, ventanas que se han asomado a nuestros patios interiores, puertas que se nos abren de par en par.

maty.galeon.com.-2

Así me he encontrado en esta inmensa sala de Internet a Juan Pedro Quiñonero al que aún no conozco y al que un día conoceré. Pero en cuanto lo conocí atravesando la Red se cruzaron entre nosotros, presentándonos, uniendo más la amistad, Luis Rosales y Pla y Ramón y Baroja, y enseguida hicieron corrillo de lecturas Juan Ramón y Proust y Virginia Woolf y Baudelaire y tantos otros más, unos pintores y otros escritores, fotógrafos, pensadores, artistas. Quiñonero llevaba un libro en la mano, o mejor dicho, el libro al que me presentaron llevaba a Quiñonero dentro, y al abrir su alma Quiñonero y abrirse a la vez las páginas del libro, vi que «El taller de la gracia» me empezaba a confesar: » Jünger decía que la gran tarea del hombre del siglo XXl sería la «repoblación espiritual» del mundo, víctima de la desalmada colonización y desertización industrial del planeta. En esas estamos. La milenaria guerra entre los Titanes y los Inmortales prosigue en muchos frentes, en detrimento de estos últimos, que muchos consideran definitivamente amenazados. Quizá«.

Ante ese «quizá» me quedé pensativo. Mientras alguien pronuncie ese quizá nada estará perdido, nada aún se dará por concluido, todos esos «quizá» de las posibles victorias nos harán recomenzar cada mañana de modo vibrante la batalla diaria. «El camino que va de la tierra donde nací – me seguía diciendo el libro -, mi país natal, mi «heimat» original, a la tierra, la casa, el país extranjero donde he vivido buena parte de mi vida, en París, donde nacieron mis hijos, es el camino que he intentado repoblar escribiendo libros, que es una de las maneras más tradicionales de amueblar la casa vacía del ser«. Y unas páginas más atrás esta visión bellísima: «Tarea íntima, de entrada, la de celebrar, en familia, la comunión del pan, el vino y las palabras, ya que, en la vida de los hombres, de las familias, hay cosas materiales y cosas inmateriales. Las cosas materiales saltan a la vista: una casa, un trabajo, unas deudas. Las cosas inmateriales las guarda cada cual en el almario de su conciencia. Digo bien almario: algo así como un diminuto armario donde la memoria guarda las cosas nuestras que atañen a nuestra vida moral. Las cosas del alma, se hubiese dicho en otro tiempo».

Estuve  leyendo «El taller de la gracia» (Renacimiento), gran libro de inquietud, de preguntas, de propuestas, libro sostenido por una amplísima cultura de curiosidades, ojos que no se resignan a la decepción, pupila no cegada ante ninguna esperanza.

Pasaban por entonces, al otro lado de  la inmensa sala de Internet, calles y ciudades muy conocidas, ciudades y calles que en distintos años Quiñonero y yo hemos atravesado sin cruzarnos nunca. Pasaba en ese momento cerca de mí la rue de Tournon cargada de recuerdos e inmediatamente me fuí con ella.

(Imágenes:-1.-portada de «El taller de la gracia»/2.-Juan Pedro Quiñonero.-foto tomada de maty.galeon.com)

LA CONVERSACIÓN DE LOS OBJETOS

objeros.-vr54.-CCC.-efectos de los espejos en el marché aux puces.-por Florence Henri.-Biblioteca Nacional de Francia

Seguramente estas lámparas del Mercado de la pulgas de París han hablado muchos años entre ellas, apagándose y encendiéndose en todas las habitaciones durante tanto tiempo que la luz y la oscuridad  forman parte de sus vidas: iluminaron y velaron conversaciones incesantes de muy largas historias. Ahora están quietas, colgadas unas con otras, reflejándose en los espejos, esperando que alguien las compre.

objetos.-7799jj.-La conversacion de los objetos.-por Mcihel Biehn

Por eso no me ha extrañado el título de esta obra de Michel Biehn, «La conversación de los objetos» (Aubanel),  en la que un anticuario y decorador revela sus confidencias de coleccionista. Evoca este título las charlas de los objetos desconocidos con los valiosos, los raros y únicos con aquellos que el tiempo declaró ya inservibles, las blancas frases de las tazas, el murmullo de los sillones al repantingarse, el chillido en el suelo al caer una cucharilla. No conozco el contenido de este libro pero sí me atrae su título. Oigo hablar a los objetos en las habitaciones de todas las casas, en las casas de todos los pisos, en los pisos de todos los barrios del mundo. Hablan y hablan en un lenguaje distinto al de los hombres y de repente una mano cansada deja caer un objeto cansado y el cristal pone fin a su vida haciéndose añicos.

objetos.-VBTY.-AA.-por Henri Le Sec, 1852-1860.-Biblioteca Nacional Farncesa

Los primeros fotógrafos se interesaron por fijar los rostros de los objetos antes de que se los llevara el olvido, antes de que se extraviaran en ese Rastro que tienen todas las ciudades, cementerio vivo que de modo tan extraordinario cantó RAMÓN: «Las cosas del Rastro– dijo- desaparecen de aquí algún día (…) ¿Cómo desaparecen estas cosas?… La mayor parte de ellas no se sabe cómo desaparece, qué misterio interviene en su huida. Se sospecha si serán barridas por un viento extraño que debe pasar por aquí guiando su escoba hacia unas últimas afueras; se sospecha de las nubes como si ellas mordiesen en los objetos y se los fuesen llevando en su arrastre constante; se sospecha que el turbión de aguas azules con que inunda la noche el Rastro sea el que se las lleve; se sospecha que se fueron simplificando, alambicando en el alambique ambiente hasta desaparecer; se sospecha afiladamente que el alba las va eliminando, las va corroyendo, las va disipando…»

Así escribía Ramón Gómez de la Serna en «El Rastro» y así se iban lejanas, junto a los también ya lejanos objetos, tantas conversaciones…

(Imágenes:-1.-«Effets de glace au marché aux puces».-por Florence Henri.1930-1935.-Biliothèque nationale de France/2.-«La conversation des objets» de Michel Biehn./3.-«Pichet, pipe».-por Henri Le Secq.-1852-1860.-Bibliothèque nationale de France)

EL SENA DE WILLY RONIS

París.-ZZ.-Quai Malaquais, 1953.-por Villy Ronis.-Hackel Bury Fine Art«En la superficie del agua, la niebla ascendía como un vapor; el Sena humeaba, en el cielo negro de la lejanía se divisaba un aire blancuzco y opaco; era como si la oscura noche de otoño fuera sustituida por una noche sobrenatural, tan pálida como negra era la otra, pero impenetrable».

Julien Green

(Hoy ha muerto Willy Ronis, uno de los grandes fotógrafos que retrató París. Hoy también en Mi Siglo he hablado de París y de su fotografía. Imágenes de Willy Ronis recogí hace meses. Vayan estas cortas líneas de Julien Green como pequeño homenaje)

(Imagen: Quai Malaquais, 1953.-por Willy Ronis.-Hackel Bury Fine Art)

PARÍS, EL PASO DEL TIEMPO

París.-A.-Le Dome.-Boulevard Montparnasse, junio 1925.-por Eugene Atget

El tiempo pasa dorado en esta tarde de junio de 1925. Pasa ante estas sillas de «Le Dome«, en el boulevard Montparnasse. Pasa el mismo tiempo de siempre, ése que no se deja conocer, embozado el tiempo en neblina, a veces apresurado, a veces muy lento, un tiempo fugaz, un tiempo eterno. París recibe al tiempo en sus calles y el tiempo se lleva consigo calles y rincones que tanto cantaron los poetas.

París.-10.-Parque St Cloud 1921.-por Eugene Atget

A este rincón del Parque de St Cloud en 1921 tan solitarioParís.-11.-Parque St Cloud 1986.-Atget Rephotographic Project

vinieron dos niños sesenta y nueve años después, en 1990. Auellos niños de 1921 crecieron, se marcharon, quizá desaparecieron, y el Parque de St Cloud recibe ahora a estos dos niños nuevos que pronto crecerán y se marcharán, más adelante desaparecerán.

París.-12.-Quai de la Tournelle 1910-1911.-poe Eugene Atget

El tiempo ha puesto este carro en el Quai de la Tournelle, lo apoyó bien en 1911 para que no se lo llevara el tiempo, pero el tiempo de 1992

París 13.-Quai de la Tournelle junio 1992.-Atget Rephotographic Project

 se lo llevó, lo eliminó, está el arco limpio para que pase el tiempo, y el tiempo continúa y cruza París.

París.-4.-El Paneón y la rue Valette.-1925.-por Eugene Atget

 El tiempo va hacia el Panteón de la rue Valette, avanza solitario en 1925,París.-5.-El Panteón y la rue Valette 1992.-Atget Rephotographic Project

y el tiempo lo espera en 1992 sembrado ya de coches.

París.-2.-Jardin du Luxembourg.-1923.-por Eugene Atget

El tiempo. Siempre el tiempo.

París.-3.-Jardín de Luxembourg 1900.-Atget Rephotographic Projet

Tiempo del jardín de Luxemburgo. Tiempo de 1923. Tiempo de 199o.

París.-17.-Le Dome, Boulevard Montparnasse, 1990.-AtgetRephorographic Project

Luego el tiempo se recoge. Vuelve a donde salió. Sesenta y cinco años después. «Le Dome«. Montparnasse. El tiempo en 1990.

Quizás es el tiempo lo que nunca pasa. Lo que pasa sobre el tiempo es París.

(Imágenes: El Proyecto Rephotographic Atget inició en 1987 un curso en el que unos estudiantes volvieron a los sitios parisinos fotografiados por Eugene Atget entre 1900 y 1926.- Parte del resultado fue el siguiente:- fotos: 1.-«Le Dome», boulevard Montparnasse, junio 1925.-por Eugene Atget/2.-Parque Saint-Cloud, 1921.-por Eugene Atget/3.-Parque Saint-Cloud, 1986.-Atget Rephotographic Project/ 4.-Quai de la Tournelle.-1911.-por Eugene Atget/5.-Quai de la Tournelle, 1992.-Atget Rephotographic Project/6.-Pantheón de la rue Valette, 1925.-por Eugene Atget/7.-Pantheón de la rue Valette, 1992.-Atget Rephotographic Project/8.-jardín de Luxemburgo, 1923.-por Eugene Atget/9.-jardín de Luxemburgo, 1990.-Atget Rephotographic Project/ 10.-«Le Dome», boulevard Montparnsse, 1990.-Atget Rephotographic Project)

PARÍS, PARÍS …

paris-yu6-foto-por-willy-ronis-1959-afterimage-gallery-dallas-usa-artnet

«La forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal», dijo Baudelaire. Lo repitió Julien Gracq en «La forma de una ciudad» (Anábasis): «El París que viví de estudiante, que habité en mi madurez – escribió -, cabe en un cuadrilátero que se apoya al norte en el Sena, y que casi bordea en toda su longitud el bulevar Montparnasse».paris-aa-avenida-del-bois-de-boulogne-por-pierre-bonnard-1912-1914-coleccion-privada-olgas-gallery

«Completamente alrededor de ese corazón que mis deambuleos reactivan día tras día, anillos concéntricos de una animación que sólo decrece para mí, pero que cuando me alejo hacia la periferia son poco a poco ganados por la atonía, por una indiferencia casi total».paris-1911-foto-alfred-stieglitz

«Son las cámaras centrales del laberinto las que ejercen su magnetismo sobre el hombre de la ciudad, son las que revisita de manera indefinida, pues el contorno tiende a representar sólo una pantalla protectora, una capa aislante cuya función es cercar el capullo de seda habitado, prohibir toda ósmosis entre las campiñas próximas y la vida puramente urbana que se cierra con cerrojo en el reducto central».paris-1972-por-richard-estes-artnet

«No es necesario, incluso es relativamente poco importante, que en esa ciudad se haya vivido realmente. Actuará sobre nosotros con mayor fuerza, incluso quizá de manera más duradera, si en parte se ha mantenido secreta, si se ha habitado en ella, por alguna extraña condición, sin tener verdadero acceso a su intimidad cotidiana, sin que nuestros paseos por sus calles hayan participado nunca de la libertad y de la flexible facilidad que da el callejeo».paris-los-bulevares-bajo-la-lluvia-por-rik-wouters-1912-artnet1

«Habitar una ciudad es tejer en ella a través de sus idas y venidas diarias una redecilla de recorridos articulados generalmente alrededor de algunos ejes conductores».paris-vc66-foto-por-willy-ronis-1959-afterimage-gallery-dallas-usa-artnet

«No existe ninguna coincidencia entre el plano de una ciudad que consultamos y la imagen mental que surge en nosotros, al evocar su nombre, creada por el sedimento que los vagabundeos cotidianos depositaron en nuestra memoria».paris-zczc-campos-eliseos-1912-por-rik-wouters-artnet

Esto dejó dicho el gran escritor francés Julien Gracq, del que he hablado más de una vez en Mi Siglo.

(Vayan estos apuntes como recuerdo al París que yo viví y que aún vivo ahora, cuando se anuncia el gran París de Nicolas Sarkozy, muy bien explicado en Una temporada en el infierno.

Indudablemente– como dijo Baudelaire, como luego diría Gracqla forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal)

(Imágenes: 1.-París, Carrefour Sevres Babylone, 1948 .-foto Willy Ronis.- Image Gallery / 2.-Avenida del Bois de Boulogne, 1912-1914.-Pierre Bonnard.-Olga Gallery.-artnet/3.-París,1911.-foto por Alfred Stieglitz.-artnet/ 4.-París, 1972.-por Richard Estes.-artnet/ 5.-Los Bulevares bajo la lluvia, 1912.-por Rik Wouters.-artnet/ 6.-escaleras en París. Willy Ronis, 159.-Image Gallery-/7.-Campos Elíseos, 1912. por Rik Wouters.-artnet)

DESHOJAR CIUDADES

ciudades-56tj-por-caio-locke-2008-exhibit-x-london-artnet«No me gustaría vivir en Norteamérica pero a veces sí.

No me gustaría vivir al aire libre pero a veces sí.

Me gustaría vivir en el quinto distrito pero a veces no

No me gustaría vivir en un torreón pero a veces sí

No me gustaría vivir con apremios monetarios pero a veces sí

Me gustaría vivir en Francia pero a veces no

Me gustaría vivir en el Ártico pero no demasiado tiempo

ciudades-bbbm-foto-william-furmiss-2005-10-chancery-lane-gallery-jatie-de-tilly-contemporary-artist-hong-kong

No me gustaría vivir en una aldehuela pero a veces sí

No me gustaría vivir en Isudún pero a veces sí

No me gustaría vivir en un junco pero a veces sí

No me gustaría vivir en una ciudad fortificada pero a veces sí

Me hubiera gustado ir a la Luna pero es un poco tarde

No me gustaría vivir en un monasterio pero a veces sí.ciudades-742ss-por-david-choe-2008-lazarides-london-artnet

No me gustaría vivir en el Hotel Negresco pero a veces sí

No me gustaría vivir en Oriente pero a veces sí

Me gusta vivir en París pero a veces no

No me gustaría vivir en Québec pero a veces sí

No me gustaría vivir en un arrecife pero a veces sí

No me gustaría vivir en un submarino pero a veces sí

No me gustaría vivir en una torre pero a veces sí

No me gustaría vivir con Ursula Andress, pero a veces sí

Me gustaría vivir para llegar a viejo pero a veces no

(…)

Me gustaría vivir en Xanadú, pero no para siempre

No me gustaría vivir en el departamento de Yonne pero a veces sí

No me gustaría que viviéramos todos en Zanzíbar pero a veces sí »

Así va hilando  e hilvanando el francés Georges Perec en su texto titulado  «De cuán difícil es imaginar una ciudad ideal» («Pensar/clasificar«) (Gedisa) las razones y sinrazones de su elección, pétalos arrancados al humor, el no y el sí de la predilección por las ciudades, los paisajes, las naciones. De Perec he hablado varias veces en Mi Siglo, sobre todo de las especies de espacios por los que a él gustaba atravesar, fuera en el interior de las casas, de los cuadros o, como sucede aquí, de los lugares y de las ciudades. Cada uno puede ir deshojando lo que desearía en sueños y lo que luego escogería al despertar. Siempre hay  un sí pero no al elegir y un no pero sí al decidir finalmente. Cuán difícil es imaginar en la vida una elección completa y total.

(Imágenes:-1- «Metropolis»,  por Caio Locke, 2008.-Exhibit X– London.-artnet/ 2.-«Hong Kong Harbour Contac», foto: William Furmiss, 2005.-Chancery Lane Gallery – Katie de Tilly Contemporary Artist.-Hong Kong- artnet/ 2.»Dark Hair», 2008,  por David Choe.-Lazarides.-London.-artnet)

LE MOULIN DE LA GALETTE

moulin-de-la-galette-1876-renoir-museo-del-louvre-college-de-veveyvdch2

«Durante todo el tiempo que estuvo pintando Le Moulin de la Galettecuenta el hijo del pintor -, Renoir estuvo viviendo en una casucha vieja de la calle de Cortot. Los vecinos eran modestos burgueses, a los que atraía el aire sano y la baratura de los alquileres, unos cuantos agricultores y, sobre todo, familias obreras cuyos hijos e hijas bajaban todas las mañanas por la vertiente sur de la colina para ir a «destrozarse» los pulmones en las recientes fábricas de Saint-Ouen. Había ya chiringuitos y, sobre todo, Le Moulin de la Galette, donde iban a bailar los sábados por la noche y los domingos las modistillas y los horteras de los barrios del norte de París. (…) La casa de la calle de Cortot estaba en pésimo estado, cosa que no molestaba en absoluto a Renoir; pero, en cambio, brindaba la ventaja de un gran jardín en la parte trasera, a cuyos pies se extendía una vista espléndida de la llanura de Saint-Denis. En aquel oasis pintó muchos cuadros, pues nunca trabajaba en un tema único. Repetía con frecuencia: «Hay que saber tomárselo con calma». Por tomárselo con calma entendía esa pausa durante la cual los aspectos esenciales de un problema afloran desde un segundo plano para tomar la importancia real que tienen».

Todo esto lo cuenta el segundo de los tres hijos que tuvo el pintor – el gran director cinematográfico Jean Renoir, autor de «Una partida de campo» (1936), «La gran ilusión» (1937), «La regla del juego» (1939), «Esta tierra es mía» (1943) o «El desayuno sobre la hierba» (1959), entre otras varias películas -,  y que por este libro «Renoir, mi padre» (Alba) recibió el premio Charles- Blanc. La visión íntima, la sorprendente memoria de este hijo desmenuzando la vida y el trabajo de su padre, ofrecen un testimonio valiosísimo de vida y vivencias.

«Al principio veo el tema como entre una niebla- confesaba el pintor -. Sé que todo cuanto veré más adelante ya está ahí, pero no sale a flote más que con el paso del tiempo. A veces las últimas en asomar son las cosas importantes»(…) En Renoirsigue diciendo su hijo -, el cuadro empezaba con incomprensibles pinceladas sobre el fondo blanco, ni tan siquiera formas. A veces había tanto líquido, aceite de linaza y esencia de trementina en el color que éste chorreaba por el lienzo. Renoir llamaba a eso «la salsa». Gracias a esa salsa, podía en unas cuantas pinceladas crear una prueba general de tonalidad. Con eso iba cubriendo más o menos toda la superficie del lienzo, más bien toda la superficie del futuro cuadro, pues Renoir dejaba con frecuencia parte del fondo blanco sin cubrir. Tenía que ser un fondo muy puro y muy liso. Muchas veces le preparé los lienzos a mi padre con blanco de plata y una mezcla de una tercera parte de aceite de linaza y dos terceras partes de esencia de trementina. Luego había que dejarlo secar varios días. Volvamos a la ejecución del cuadro. Poco a poco se iban mezclando rasgos demoulin-de-la-galette-pintando-alojuses1 color de rosa, o azules, luego otros tierra de Siena, en perfecto equilibrio. Habitualmente, el amarillo de Nápoles y la laca de granza no aparecían hasta más adelante. Y el negro de marfil al final del todo. Renoir nunca usaba ángulos o rayas, sino trazos redondos. «En la naturaleza no existe la línea recta». En ningún momento de la ejecución se veía en el cuadro desequilibrio alguno. Desde las primeras pinceladas estábamos ante un cuadro completo, bien compensado. El problema que tenía Renoir quizá era el de calar en el tema sin perder la lozanía de la primera sorpresa. Al fin asomaba de entre la niebla el cuerpo de la modelo o el paisaje, igual, en cierto modo, que habría aparecido en una placa fotográfica sumergida en el revelador. Aspectos totalmente descuidados al principio adquirían importancia».renoir-1

Todas estas revelaciones del hijo de Renoir nos llevan de nuevo hasta la paciencia en la tarea, el saber esperar en la mezcla de los colores, el «paso atrás» en la creación que a veces he ido recogiendo en Mi Siglo. Sin conocerse muchos de esos artistas – sean ellos escritores, músicos o pintores- sus procedimientos son similares. Es el proceso de toda creación, proceso admirable y en tantas ocasiones asombroso.

(Imágenes: Auguste Renoir. «En «Le Moulin de la Galette».-1876.-París.-Louvre (Jeu de Paume)/postal: un artista pintando ante Le Moulin de la Galette/ el director cinematográfico Jean Renoir)

COCINEROS Y PALABRAS

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«En 1814, cuando el príncipe de Talleyrand invita al zar Alejandro de todas las Rusias a Viena y le enseña la casa que ha alquilado – una noble mansión del que fuera ministro de la emperatriz María Teresa, el príncipe Wenceslao de Kaunitz   -, el zar, fascinado por la calidad de los platos que le acaban de servir en el banquete, quiere visitar la cocina. Entra en ella e inmediatamente todos se descubren. Únicamente Antonin Carême, que se toca con un gran gorro de raso blanco con pequeñas flores de oro, permanece orgullosamente cubierto. “¿Quién es este insolente?”, pregunta el zar sorprendido. “La cocina, Majestad”, responde Tayllerand. El zar aprende la lección. Y la aprende tan bien que se lleva a Carême como cocinero suyo a San Petersburgo».

(Esto escribía yo hace unos meses – en mayo de 2008 – en la Revista Alenarte y aquí lo evoco de nuevo ahora cuando, en medio de la crisis, intentan que vayamos aspirando ya un mes antes el olor gastronómico de la Navidad.

Y allí continuaba):

 

«Esta es, pues, LA COCINA. No solamente un espacio físico sino toda una representación. Debajo de ese gorro blanco – cuyo origen se remonta para unos a las grandes cocinas del siglo XlV en Avignon, para otros al siglo XVll, cuando el abate Croyer pinta al cocinero como hombre que viste ricamente, luce diamantes en los dedos, saca de vez en cuando una caja de plata o de oro de rapé y “se distingue del duque de Orleans por el gorro que usa, y no más”, e incluso para otros, ya en el XlX, en grabados en los que los cocineros se presentan con blancos gorros puntiagudos según el modelo frigio -, aparecen los ojos, el paladar, las manos y los cuidados de grandes cocineros célebres que a su vez se hiceron famosos escribiendo importantes libros, como así lo hizo el citado Antonin Carême, nacido en 1784 en la rue Du Bac en París y fallecido cincuenta años después, “quemado, a la vez por la llama de su genio y el fuego de sus hornos” y  dictándole aún recetas a su hija».cocina-antigua-1

En estos días, «Le Magazine Littéraire» dedica un número especial a  la literatura y a la gastronomía. Siempre ha atraído el tema. Los escritores se han asomado a los banquetes y a las cocinas y  con la cocina de su literatura – entre lápices, plumas, ordenadores y pantallas – han ido elaborando platos exquisitos. Y como sigo diciendo en mi artículo, «si  un novelista quisiera asomarse a uno de esos espacios históricos para hacer realidad su fantasía no tendría más que acercarse el 13 de septiembre de 1513 al banquete que tuvo lugar en Roma, en la Plaza del Capitolio, celebración organizada en honor a Julio de  Médicis, a quien acababan de nombrar patricio romano. La mesa, que reunió a unas veinte personas, se levantó sobre una especie de estrado y todo alrededor quedaron dispuestos graderíos en los que se admitió a cuanta muchedumbre  quiso contemplar el festín. El novelista no tendría más que observar el espectáculo. Cada invitado encontró nada más sentarse una fina servilleta donde aparecían envueltos pajaritos vivos. Presentada el agua a los comensales para que se lavaran las manos, liberaron, al desplegar sus servilletas, a los pajaritos que comenzaron a revolotear sobre la mesa. Los entremeses consistieron en pasteles de piñones, mazapanes, bizcochos con vino de malvasía, cremas azucaradas en tazas, higos y vino moscatel. Con el primer servicio aparecieron enormes bandejas llenas de codornices y tórtolas asadas, tortas, perdices a la catalana, gallos cocidos y revestidos de su piel y sus plumas, que  sostenían  sus patas sobre capones hervidos recubiertos de salsa blanca, hogazas de mazapán, patés de codornices y un cordero con cuatro cuernos, igualmente escalfado y revestido de su piel y colocado sobre un centro de mesa dorado, y de pie, como si estuviera vivo».

(Sorprenden estas imágenes, que unas veces hemos leído en los libros y otras hemos contemplado en históricos escenarios de películas)

(Imágenes: dibujos de cocineros/ cocina antigua.)

FOTOGRAFIAR: CARTIER- BRESSON

«El aparato fotográfico es para mí un carnet de apuntes – escribió Cartier-Bresson -, el instrumento de la intuición y de la espontaneidad, el dominio del instante que, en términos visuales, cuestiona y decide a la vez. Para «significar» el mundo, hace falta sentirse implicado en aquello que se ha reflejado a través de la cámara. Esta actitud exige concentración, sensibilidad, un sentido de la geometría. Es gracias a una economía de medios y sobre todo a un olvido de sí mismo como se llega a la simplicidad de exposición.  Fotografiar: es retener un soplo cuando todas nuestras facultades convergen para captar la realidad que fluye; es entonces cuando atrapar una imagen produce una gran alegría física e intelectual.

Fotografiar: es en un mismo instante y en una fracción de segundo reconocer un hecho y la rigurosa organización de las formas percibidas visualmente que expresan y significan este hecho. Es colocar sobre el mismo ángulo de mirada el ojo y el corazón. Es una manera de vivir». 

  

Ahora que en París y en muchos lugares se celebran festejos por el centenario de Henri Cartier-Bresson, estos niños que asoman en las imágenes – en Palermo, jugando con un aro, en Leningrado apareciendo entre soldados, en México transportando una fotografía – son pequeños instantes de infancia en el siglo que ya dejamos atrás, vidas que hoy se mirarían sorprendidas si pudieran verse de nuevo porque, sin saberlo, dejaban al fondo todos los contrastes: el aro y la muerte en la acera, la flor entre uniformes de guerra, la foto enmarcada de la madre cuyo peso apenas puede sostener la niña.

Ángulo de mirada. Ojo y corazón.

(Imágenes: Palermo; Italia, 1971/ Leningrado, URSS, 1973/ México, 1964/ Fondation Cartier-Bresson)

EL ÚLTIMO MAIGRET

«Pusieron la maleta en el portaequipajes y el comisario se sentó al lado de su prisionera. Ella miraba los muelles, los puentes, los transeúntes, los autobuses y los coches como si todo eso perteneciera ya a un lejano pasado.
Al llegar al Palacio, Lapointe llevó la maleta, pues era demasiado pesada para ella. Maigret llamó a la puerta del juez Coindet.
Ella es suya… – dijo con voz confusa.
Maigret la miró, pero él ya había dejado de existir para ella. Nathalie se sentó frente al magistrado antes de que la invitaran. Estaba muy serena«.
Era el viernes 11 de febrero de 1972 cuando Simenon escribió estas líneas.
Era la última línea del último «Maigret». El título del libro: «Maigret y monsieur Charles».
Siete meses después, el domingo 18 de septiembre, tras haber entrado como de costumbre en su despacho de Epalinges, y tras haber anotado en un sobre amarillo «identidad de personajes para una nueva novela» -(«Victor» como título) -, Simenon toma la decisión irrevocable de no «ponerse más instintivamente» en la piel de los otros. «Yo me pondré en la mía – dirá el novelista– por primera vez desde hace cincuenta años».

 

Autor de centenares de novelas, vestido durante muchos años a la hora de crear con una camisa sport de grandes cuadros escoceses negros sobre fondo rojo que había comprado en Nueva York, nadie le vio nunca escribir. Durante mucho tiempo colgó de de la puerta de su cuarto el cartel de «No molestar«.
He recordado todo esto cuando en cada verano  esos pequeños libros  del  inspector nos acompañan en las  playas  o en los  campos, nos llevan «al París de Simenon que es el París del mostrador de cinc  en los bares donde se pide un calvados,  el París de los sonidos en las calles, el repiquetear de la lluvia, París gris, París plomizo, ciudad de hábitos, rutinas y costumbre, París de encuestas policiacas, informes, averiguaciones de esa pupila con ojo clínico de comisario humano, paciente paquidermo de investigación pausada y tenaz, la pipa humeando el interrogatorio, la marca del redondel del vaso de cerveza en su despacho del Quais des Orfebres, las barcas surcando el Sena, París de esperas y silencios, ruindad de vidas aparentemente anónimas que esconden el rencor, la venganza, los celos, unas pasiones trepando desde la infancia, pasiones encaramadas en los años, ahogadas y sofocadas confesiones, pasiones pardas que han ido anidando su crimen en ese París que mira con ojos de manso buey el comisario Maigret desde la ventana, observando cómo navega la culpa por el río de la vida, las manos embutidas en la paciencia y la paciencia escondida en los bolsillos del abrigo» El artículo literario y periodístico. Paisajes y personajes» .-(Eiunsa )(págs  200-201)

LUCES Y SOMBRAS DEL PERIODISMO (2)

Ayer citaba una pequeña reflexión de luz sobre el periodismo. Hoy toca una pequeña – o quizá grande – reflexión sobre la sombra que rodea al periodismo actual (al menos, al español). La última aportación de gran interés fue también la de ayer, de Juan Pedro Quiñonero, en su magnífico blog de referencia Una temporada en el infierno. Conviene leerla.
Pero volviendo – como ayer – al libro de Pilar Diezhandino, «La elite de los periodistas«, copio algunas de las conclusiones que de él se extraen: «Los periodistas (españoles) como élite están instalados en la provisionalidad permanente. En la radio y, sobre todo, en la televisión la fama es muy efímera. La de la prensa es más estable, pero el periodista se debate siempre entre subir puestos en el escalafón, lo que supone alejarse del pálpito de la calle, o no conseguirlo y afrontar el fantasma de un cierto fracaso.
Hay motivos para ello. La élite de esta profesión en este momento es muy joven: justo por encima de los cuarenta años. Ha llegado, por las circunstancias especiales en que se ha desarrollado el periodismo en estos últimos tres lustros, a los puestos más altos en plena juventud, lo cual ha traído como efecto negativo un cierto síndrome de ascenso rápido y, dicho de otra forma, una suerte de frustración si superada la cuarentena no se han alcanzado otras cotas de responsabilidad que las simplemente informativas.»
En la mención a las nuevas generaciones -sigue Diezhandino -» se manifiesta una cierta dosis de escepticismo: a la idea general de que los jóvenes profesionales están bien formados, se une la impresión mayoritaria de que la suya ha sido una enseñanza carente de un principio primordial: el del rigor y la exigencia personal. Sorprende y alarma la impresión de que en la enseñanza de los futuros profesionales no se ha puesto el suficiente hincapié en la necesidad de la integridad personal y profesional. Una ausencia que da lugar a que en muchos jóvenes periodistas prevalezca, sobre cualquier otra meta profesional, una ambición sin límites. El todo vale. La impresión de que las jóvenes generaciones mimetizan enseguida lo más reprochable: esa cierta tendencia de la profesión a la prepotencia. En palabras de un también joven director de revista: «Es terrible que alguien con seis años de profesión diga o crea que ya lo sabe todo«.

Abundando en las nuevas generaciones, una preocupación compartida es el fenómeno de la saturación de periodistas, lo que irremediablemente ha llevado a una precariedad laboral sin precedentes. Del miedo al desempleo ha nacido el espíritu de meritoriaje permanente que, a su vez, ha ido socavando la necesaria actitud agresiva, en el mejor sentido de la expresión, crítica, que le debe ser propia a la profesión. La precariedad laboral propicia empleados sumisos y obedientes.

Buena parte de la élite acepta la acusación de falta de rigor en el producto informativo, «camuflada con la apariencia y el tono de certeza apabullante». Hacen suya la crítica de que el periodismo hoy adolece de no verificar la información, no comprobarla, de limitarse a contrastar opiniones, el blanco y el negro, el pro y el contra, de eludir el esfuerzo de acudir a canales subterráneos, a tres o cuatro fuentes.

Un asunto, en esa misma línea de denuncia de los males de la profesión, que está casi siempre presente en las reflexiones de los profesionales, es cómo responder al hecho de que los medios tengan cada vez una tendencia mayor a ser simples cajas de resonancia de declaraciones, precisiones y análisis eleborados por instituciones y centros de opinión externos, sin ser siquiera comprobados en profundidad por los redactores ni publicados con la debida contextualización. Cada vez más, los contenidos llegan desde el exterior y la función de los periodistas se circunscribe a meterlos en los medios para ayudarlos a entrar en la opinión pública.»

En otro párrafo Diezhandino añade: «Entre las cualidades más comúnmente apreciadas de un periodista están: la capacidad de trabajo, talento, discrección y humildad. Otras cuatro definen el grado óptimo del profesional: templanza, integridad profesional, rigor y autocontrol (controlarse mejor que controlar)».

Todas estas opiniones – que me parecen reveladoras – las recojo en mi libro «París, mayo 1968″ (páginas 279-282).

No suelo hablar de política en Mi Siglo. Pero hoy dejaré aquí la reflexión de que, en las últimas elecciones españolas, prácticamente ningún periodista (alguna excepción hay) – y menos en los debates televisados – ha destacado por su posición crítica respecto a ningún político, fuera él del poder o de la oposición. Todo ha quedado en un asentimiento cauteloso, embozado por alguna «falsa» pregunta en apariencia «inconveniente», para salvar las apariencias. El resto ha sido mover la cabeza y la pluma en un agradecimiento silencioso a quien, desde la política, tenía a bien contestarle.

CORRESPONSALES EN PARÍS

El periodismo y las ciudades hacen de repente amigos en el tiempo, ciudades que fueron vistas por ojos observadores, plumas que se inclinaron en hojas volanderas, yemas de dedos pulsando teclados. Los aparatos últimos para los periodistas son eso – simplemente aparatos, máquinas en continua ebullición (como el móvil, la más moderna pantalla, el ordenador ligero y casi transparente, y tantas cosas más). El ojo humano del periodista – si es ojo de verdad – no necesita estar al servicio del aparato sino servirse de él, como uno «se sirve» del automóvil rápido para cruzar los puentes del Sena y casi se olvida de que está conduciendo.

Ahora París – y el tiempo – me traen el recuerdo vivo de un amigo a quien no conozco pero a quien he leído muchas veces en libros y en periódicos, un amigo que cruza conmigo los Grandes Bulevares de París, se sienta a mi lado en la Brasserie Lipp, pasea junto a mis recuerdos y él me cuenta los suyos – acera derecha, acera izquierda – por Saint-Germain-des Pres, y luego los dos, en la noche, nos acodamos ante las barcazas a ver pasar el río. Ahora, ese amigo, Juan Pedro Quiñonero, actual corresponsal de ABC en París, me ha seguido y a la vez me ha precedido en lecturas, en su gran libro «El misterio de Ítaca» (Península), y en vueltas y revueltas por personajes literarios.

Ha tenido la amabilidad y la deferencia de comentar Mi Siglo y mi libro en su magnífico blog Una temporada en el infierno http: //unatemporadaenelinfierno.net/2008/04/25/mayo-68-y-los-corresponsales-espanoles/
Yo se lo agradezco. Paseé por París, estuve por los Grandes Bulevares, tomé una cerveza en la Brasserie Lipp, anduve por Saint-Germain-des-Pres y me acodé a esperar en los puentes del Sena. El tiempo me trajo despacio la amistad de Juan Pedro Quiñonero que venía en la gran barcaza del periodismo desde lo más profundo del río.

¿ REVUELTA O REVOLUCIÓN ?

«La revolución, incluso si no ha sido preparada, desemboca en un cambio radical en las instituciones. Es portadora de un proyecto de sociedad, que puede ser loco o delirante, pero que es coherente. La revuelta, al contrario, es un movimiento más eruptivo, más imprevisible, y que no está centrado necesariamente en el futuro. Así las revueltas son interesantes por aquello que revelan y aquello que las ha hecho nacer, mientras que las revoluciones son interesantes por aquello en que desembocan. Los movimientos de revuelta se han manifestado constantemente a través de la violencia pero siempre han conducido a un regreso al orden anterior. Es con la aparición de la idea de progreso que la revuelta se ha convertido en revolución, provocando los acontecimientos de 1789″.

Estas palabras del historiador francés Le Goff siempre han estado en mi mente cuando me han preguntado por los «sucesos» del mayo francés de los que fuí testigo. No hubo revolución – en el sentido estricto – en mayo del 68. Habría que añadir – como digo en mi libro – las palabras de André Malraux , al que yo ví aquellos días como ministro de De Gaulle – intelectual hoy debatido en muchos foros pero que posee un bagaje cultural extraordinario -, cuando señaló: «Mayo no fue sino una inmensa ilusión lírica, el problema estaba en saber qué saldría de allí…La imaginación al poder no quiere decir nada. Porque no es la imaginación la que toma el poder, sino las fuerzas organizadas. La política no es lo que se desea, es lo que se hace. Lo importante no es gritar «¡Viva la libertad!»; es conseguir que las libertades se realicen en el Estado. Para mí, la ilusión lírica, en una revolución, es algo que debe ser superado. Mayo no fue más que materia prima…Lo que los jóvenes deseaban de nosotros, ante todo, era una señal de esperanza, en el fondo de unos malestares que sentían más que nosotros aún…»

Cuarenta años después de todo aquello, vienen también a mi recuerdo aquellas frases del director de una famosa librería parisina de izquierdas: » 1968 me dejó completamente sorprendido. Tenía cierta idea del proceso revolucionario, y no era en absoluto como aquello. Vi a estudiantes levantar barricadas, pero no sabían nada de la revolución. Eran chavales de instituto, que ni siquiera estaban metidos en política. No había organización, ni planificación de ninguna clase».

Testimonios, declaraciones, puntos de vista, debates en el tiempo.

(Foto: una calle del Barrio Latino tras una noche de barricadas)

IMÁGENES CONTRA IMÁGENES

Como en el bello título de una novela del escritor italiano Guido Piovene, «Piedad contra piedad«, en aquellas semanas de mayo de 1968 en París que comento en mi reciente libro al que me referí en Mi Siglo el 4 de abril, las imágenes lograron ir contra las imágenes, y las imágenes de los fotógrafos que se adentraron por las calles de la capital francesa haciendo parpadear constantemente sus cámaras en busca de la noticia se encontraron instantáneamente con otras imágenes que les estaban mirando y que les hablaban desde los muros.

En el mundo no existían entonces los móviles, por tanto tampoco el «pásalo» de las voces al oído, y lo que las paredes parisinas sí «pasaban» a los ojos de los transeuntes eran los trazos y el lenguaje de los «grafittis» elaborados por los estudiantes en el «Atelier populaire des Beaux-Arts» y en el taller Brianchon ( en Bellas Artes). La crisis de mayo, según un sociólogo francés, «no fue revolucionaria ni en sus objetivos políticos, ni en sus objetivos sociales, pero sí lo fue en los medios de expresión utilizados».

En la noche del 13 de mayo de 1968 aparecieron en París los primeros «afiches» junto a «grafittis«, consignas y octavillas. Pertenecientes a la categoría de arte popular, tanto porque hacían hincapié en la idea de anonimato como porque se adaptaban a una determinada demanda social, se empleó el offset en los carteles en ciertas ocasiones, aunque resultaba caro. Otros carteles fueron tirados en serigrafía a partir de fotos de prensa.
París – sobre todo el Barrio Latino – fue inundado de «grafittis» diversos.
TODO ES DADA, se leía en el Teatro Odeón.
OLVÍDENSE DE TODO LO QUE HAN APRENDIDO. COMIENCEN A SOÑAR, se podía ver en la pared de la Sorbona.
VIVIR CONTRA SOBREVIVIR, se leía en Nanterre.
DIGAN NO A LA REVOLUCIÓN CON CORBATA , se escribió en Bellas Artes.

EL ARTE HA MUERTO, LIBEREMOS NUESTRA VIDA COTIDIANA, apareció en la Sorbona.
Imágenes contra imágenes.
El ojo de la cámara fotográfica mirando a la cámara del muro.
Los dos ojos mirándose. Los dos lenguajes intentando entenderse.
Ese fue otro aspecto del París de entonces en su célebre mayo.
(Imagen: uno de los carteles que apareció en una calle de París)

ARTHUR C. CLARKE, ODISEA EN EL ESPACIO

Los 9o años que acaba de cumplir Arthur C. Clarke le han llevado a pedir a la hora de soplar la vela de los luceros y las galaxias: «pido la paz y que me llame E.T.».
La Luna no fue un misterio para las pisadas de Neil Armstrong. La Luna, desde 1969, parece tan vecina que asoma por encima de las tapias de nuestra curiosidad preguntándonos quiénes somos nosotros. Y fue precisamente sobre la Luna cuando le pregunté en París, en 1969, al filósofo francés Gabriel Marcel por los viajes y los espacios, conversación que recojo en mi libro «Diálogos con la cultura».

– Tomemos el hecho de la aventura espacial – me dijo aquella tarde en su domicilio parisino del 21 de la rue de Tournon -. Ante él yo noto sentimientos contradictorios, creo que como todo el mundo puede notarlos. En primer lugar, una inmensa admiración ante este prodigio de la razón, ese prodigio de cálculo, esa extraordinaria puesta a punto, algo maravilloso por lo cual uno ha de quedar impresionado. Admiración también por el valor de esos hombres que son héroes en cierto modo. Por otro lado y como contrapartida, dos inquietudes: una primera inquietud en el plano político, puesto que para mí, en el fondo, tras los inmensos gastos que supone esa aventura, hay unas segundas intenciones políticas, algo que se encuentra ligado a la voluntad de poder; hay, en particular con respecto a la Luna, la idea de crear un observatorio que en un conflicto eventual podría desempeñar un papel extremadamente útil. Y al mismo tiempo, otra inquietud aún más profunda: y es mi temor de que este logro prodigioso no desarrolle un orgullo desmesurado en el hombre, y en este punto yo estoy de acuerdo con los antiguos, es decir, que el orgullo desmesurado es algo con lo que se corre el riesgo de ser conducido a la ruina: me parece algo completamente desastroso.
Pero años después de estas frases debe uno preguntarse : ¿Hay un orgullo o hay una indiferencia? ¿Nos hemos acostumbrado a ir y venir en conquistas espaciales o es la consecuencia de que ya nos hemos acostumbrado a todo?
La Luna nos sigue mirando por encima de la tapia de la curiosidad. Incluso se sorprende de que ya nada nos cause sorpresa. Cada noche sigue iluminando media corteza de nuestra realidad y con la otra media acoge nuestros sueños.