VIAJES POR EL MUNDO (9) : ISLAS GRIEGAS

 

 

“Los días amanecen claros y frescos en esta época del año, y el viajero apreciará y atesorará el recuerdo de incontables amaneceres griegos sobre la tierra y el mar mucho después de haber regresado a las brumas del norte. Su felicidad frágil y seca es casi vergonzosa. Wilde hubiese dicho algo desagradable sobre la naturaleza que imita al arte; pero en verdad los amaneceres griegos ahuyentan las palabras y expulsan a los pintores del negocio. No soy el primer escritor que se pregunta si es el vértigo que produce esta luz el que transmitió a los antiguos griegos una especie de daltonismo, o por lo menos una pérdida del sentido plástico. ¿Pudo una nación que pintaba sus estatuas poseer realmente un sentido de los valores plásticos tal como lo entendemos en nuestro mundo  moderno?  Para nosotros, la lujuria del ojo procede de la manipulación hábil de la materia; el pintar las estatuas parece una redundancia, casi un insulto, pero ¿tal vez les bastaba a los griegos el sentido de la anécdota? Es algo sobre lo que cabe reflexionar mientras el viejo vapor se bambolea y avanza con lentitud por el verde creciente de la bahía hacia la abertura sur, donde la pasmosa punta de Levkini señala el canal y, más allá, el mar abierto.

 

 

Es necesaria una recomendación moral, en beneficio de futuros viajeros. No lleve una cámara; las fotos que se compran hoy en día son mejores que cualquiera de las que usted haga. En su lugar, llévese unos buenos prismáticos ; merece la pena. Incluso ahora, de pie en la borda, podrá dirigir la vista hacia las lejanas lagunas donde se libró la famosa batalla de Actio, y ver garzas aleteando o la estrella blanca de un pelícano que se eleva o una familia de águilas doradas que describen lentos círculos sobre el azul del cielo. Al otro lado quedan dos islas de poca importancia: Paxoí y Kastrosikiá. Corfú se pierde hacia la derecha y se empieza a dejar sentir el ruido sordo y el balanceo del mar abierto.”

Lawrence Durrel.-“Las islas griegas”

 

 

( Imágenes.- 1- isla Paxos – turismo digital / 2- islas griegas/ 3-  Kastrosikia -ptceline com)

BLOOM Y LOS CLÁSICOS FUTUROS

lectura-nobb-interiores-Lynne Cohen-imageartslectures

 

” Aunque la lectura, la escritura y la enseñanza son necesariamente actos sociales – dice Harold Bloom en “El canon occidental” -, la enseñanza posee también un aspecto solitario, una soledad que  sólo dos pueden compartir (…) Gertrude Stein sostenía que uno escribía para sí mismo y para los desconocidos, una magnífica reflexión que yo extendería: uno lee para sí mismo y para los desconocidos”.

En estos días se debaten las declaraciones que ha hecho Bloom diciendo que “no me parece que en la literatura contemporánea, ya sea en inglés, en Estados Unidos, en español, catalán, francés, italiano, en las lenguas eslavas, haya nada radicalmente nuevo”,  y un gran lector y excelente crítico como es Alberto Mangel ha querido aportar sus opiniones distintas o complementarias señalando el valor de los influjos, lo que de algún modo quiso tratar también Harold Bloom en “Anatomía de la influencia”.

 

libros.-99z.-Aad Hofman

 

““Es ciertodice Mangel – que la voz de Cees Nooteboom tiene ecos de Ibn Battuta y Diderot; que en W. G. Sebald hay vestigios de Sir Thomas Browne y de Heine prosista; que Enrique Vila-Matas es heredero de Laurence Sterne; que Ismail Kadaré continúa la tradición de Herodoto y de Homero; que Jean Echenoz ha aprendido la lección de los novelistas franceses del XVIII; que Tom Stoppard debe mucho al teatro de Wilde y de Pirandello; que Tomas Tranströmer ha leído al Virgilio de las églogas y a Wordsworth; que Cynthia Ozick ha estudiado la obra de Henry James; que Pascal Quignard tiene una deuda con Montaigne. Todo esto es cierto, pero cierto es también que estos autores son únicos, y sus obras iluminan nuestro siglo como Cervantes y Shakespeare iluminaron el suyo.”

Iluminan nuestro siglo, afirma Mangel. ¿Podría, por tanto, ser alguno de ellos el clásico futuro? Azorín en 1945 publicó “Clásicos redivivos – Clásicos futuros” y tras considerar a Góngora, a Tirso o a Cervantes se adentraba en otros que entonces “iluminaban” también el siglo:  Pereda, en su casa de Polanco: Clarín, en su biblioteca de Oviedo, o en nombres hoy aún más olvidados, como José María Matheu o Ricardo León. Sólo en parte se salvaban Galdós, Baroja y Unamuno.

 

lectura-vvtty-Honoré Daumier- mil ochocientos ochenta y seis- The Metropolitan Museum of Art- Nueva York

 

Iluminar de algún modo el siglo es una cosa y perdurar es algo bien distinto. Eliot en su excelente ensayo “¿Qué es un clásico?“afirma que “si hay una palabra en la que podemos fijarnos y que sugiere el grado máximo de lo que entiendo por clásico es la palabra “madurez”( …) Un clásico sólo puede aparecer cuando una civilización ha llegado a su madurez, cuando una lengua y una literatura han alcanzado su madurez: el clásico sólo puede ser obra de una mentalidad madura (…) Hacer realmente aprehensible el significado de la madurez es quizá imposible, pero si somos maduros reconocemos la madurez de inmediato o llegamos a reconocerla a través de un trato más íntimo. Ningún lector de Shakespeare, por ejemplo, falla a la hora de reconocer, según avanza su propia madurez, la gradual maduración de la mente de Shakespeare, incluso los lectores menos experimentados pueden percibir el veloz desarrollo de la literatura“.

 

lectura-vvbbu-Juliano Lopez Dada

 

En nuestro ámbito, Francisco Rico al hablar de “Veintiún clásicos para el siglo XXl” (Crítica) recuerda que “un clásico lo es porque no se lee tanto cuanto se relee, individual o colectivamente (…) El clásico vive en la memoria, y puede y aún pide ser revisitado, libérrimamente, a fragmentos”.

Quizá toda la prueba de fuego esté en la relectura.

 

lectura-rrvgg-libors-Alexandre Antigna- siglo diecinueve

 

(Imágenes.- 1.-Lynne Cohen– imageartslecture/ 2.-Aad Hofman/ 3.-Honoré Daumier– 1886- The Metropolitan Museum of Art- New York/ 4.-Juliano López Dada/ 5.-Alexander Antigna)

EL DANDISMO

“Mi corbata constituye, por supuesto, mi primera preocupación

porque nosotros juramos estas normas de elegancia,

y me cuesta, cada mañana, varias horas de trabajo hacer que parezca anudada a toda prisa”.

Estos versos anónimos, contemporáneos del Beau Brummel, los evoca Giuseppe Scaraffia en su “Diccionario del dandi” (Antonio Machado Libros) y pueden perfectamente añadirse a las aportaciones reunidas en  “Prodigiosos mirmidones(Capitán Swing), el volumen que sobre el dandismo acaba de aparecer.

El tema de la corbata en el dandi – entre otras reflexiones sobre diversos atuendos – lo recogen muchos historiadores de la moda, como por ejemplo James Laver en su “Breve historia del traje,” comentando cómo “algunos dandies podían pasarse una mañana entera entretenidos en el arreglo de su corbata. Primero doblaban un gran cuadrado de linón, muselina o seda, formando una banda, luego se lo ponían alrededor del cuello y lo ataban haciendo un nudo o lazo delante. Hay una historia muy conocida sobre un cliente que visitó a Brummel a media mañana y se encontró a su ayuda de cámara componiendo su corbata. En el suelo había un gran montón de corbatas deshechas y cuando el visitante preguntó qué era aquello, el ayuda de cámara respondió: “Señor, esos son nuestros fallos”.

Brummel, indudablemente, reúne en torno a sí muchas anécdotas. Sin ser un artista ni un filósofo que reflexione sobre la belleza y el arte, el amor por la excepcionalidad, como así lo recuerda Umberto Eco en su “Historia de la Belleza“, se manifiesta en sus hábitos y en el vestir. “Como ejemplo sublime de hastío aristocrático y de desprecio por la opinión común, se cuenta que en cierta ocasión lord Brummel cabalgaba con su mayordomo por una colina y, viendo desde lo alto dos lagos, preguntó a su sirviente: “¿Cuál de los dos prefiero?”. Como diría más tarde Villiers de l´Isle Adam: “¿Vivir? Nuestros sirvientes piensan en ello por nosotros“.

Baudelaire había afirmado del dandi que “tenía una ardiente necesidad de creerse una originalidad y que a sus ojos la perfección del acicalado consiste en la total sencillez, que, de hecho, es el mejor modo de distinguirse“. Baudelaire –y así lo evoca igualmente Scaraffia – vestía siempre de un negro riguroso, elegido con toda conciencia -sostenía – para una época de luto. El corte del traje era fruto de cuidadas y difíciles reflexiones. “Bajo la corbata, anudada con una gracia exquisita, su largo chaleco se cerraba sólo con algunos botones, para abrirse lánguidamente sobre la finísima tela de la camisa. En sus zapatos perfectamente lustrosos bien podían reflejarse los guantes de color, con frecuencia rosa o castaño muy claro. Años después, bajo el alto sombrero, el chaleco sería entonces de cachemir, negro también, como la larga corbata, ligeramente anudada. Levasseur se acuerda perfectamente del andar oscilante de sus zapatillas de terciopelo, sustituidas en invierno por zapatos blancos inmaculados. (…)”. Pero, sobre todo – lo apuntaba el gran fotógrafo Nadar -, más que su caminar y su vestuario, era la expresión de su rostro, suspendido entre la amarga contracción de sus labios y la luz oscura de sus ojos, lo que turbaba el ánimo de cualquier transeúnte que con él se encontrara.

Otro dandi célebre, Oscar Wilde , en Londres y en 1879, se vistió durante un corto tiempo de una corbata verde manzana que destacaba sobre su levita de terciopelo, generosamente ribeteada. Era ya la época de sus famosas contestaciones. A una dama que le mostró su preocupación porque quizá trabajase demasiado, le respondió: “Efectivamente, señora, con el borrador de un poema me canso mucho más allá de lo que pueden soportar mis fuerzas; de hecho esta mañana he suprimido una coma (…) que seguro volveré a colocar esta misma tarde”.

(Imágenes.- 1.-Robert de Montesquiou.-cuadro de J. Boldini.-wikipedia/2.-Baudelaire.-por Nadar.-1855-58/3.-Paul Rainer.-Beau Brummel.-ilustrationartgallery.com/ 4.-Oscar Wilde en 1882.-Associated Press/ 5- George Cruikshank.- Monstruosidades de 1822.-ils.unc.edu)

 

LIBROS COMO MEDICINA

“¿Por qué, en ciertos momentos de nuestra vida, escogemos la compañía de un libro y no de otro?- se pregunta Alberto Manguel en El sueño del Rey Rojo” -.  La lista de títulos que Oscar Wilde solicitó en Reading Gaol incluía “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson y un método de conversación para principantes en francés e italiano. Alejandro Magno llevaba a sus campañas una copia de “La Ilíada” de Homero. Al asesino de John Lennon le pareció adecuado leer “El guardián entre el centeno” de J. D. Salinger cuando estaba planeando su crimen”, y así va desgranando Alberto Manguel sus reflexiones en su interesante obra en torno a “Lecturas y relecturas sobre las palabras y el mundo” (Alianza).

Indudablemente las afecciones del alma y los vaivenes de la vida – la violácea melancolía, la aceleración de la existencia, el paso del tiempo, los decaimientos y las exaltaciones, las estaciones del año y hasta las horas de día – empujan nuestras manos hacia lomos de libros singulares y nuestros ojos se asoman a diversos cristales de lecturas. “¿Leer en el mar? – se preguntaba Azorín – ¿ Leer en la montaña? ¿ Leer en la tierra nativa? ¿ Leer en tierras extrañas? En cada una de esas lecturas somos distintos”. “Así como para las enfermedades corporales hay copiosísimo número de medicinas – recordaba también Rodríguez Marín -, también hay muchas y muy eficaces pra los males del espíritu: su botica son los buenos libros”.

Cuando se adentra uno en una copiosa biblioteca el tiempo acumula la densidad de cuanto se escribió y las imaginaciones encuadernadas dejan pasar horas de páginas, vienen deprisa las curiosidades y muy despacio las relecturas, vienen precisas las anotaciones en los márgenes y llega el silencio, el silencio toca el pensamiento y el sentimiento, la soledad acompaña. “Desde hace siete años – confiesa Manguel -, vivo en una antigua casa parroquial de piedra en Francia, al sur del Valle del Loira, en una aldea de menos de diez casas. Escogí este lugar porque junto a la casa había un granero, medio derribado hace siglos, de tamaño suficiente para dar cabida a mi biblioteca de unos treinta mil libros, reunidos a lo largo de seis décadas itinerantes. Sabía que cuando los libros encontraran su lugar, encontraría el mío”.

(Imágenes.-1.-biblioteca de Alberto Manguel.-studio bibliográfico Apuleyo/ 2.- Harriet  Backer.-La biblioteca de Thorvald Boeck)

LONDRES EN LA MAÑANA

“El nocturno azul y oro del Támesis se ha transformado en una armonía grisácea: una barcaza cargada de heno de color ocre se ha separado del embarcadero; desapacible y fría, la niebla amarilla se arrastra bajo los puentes, hasta que los muros de las casas parecen convertidos en sombras, y San Pablo asoma como una burbuja sobre la ciudad.

Luego, de repente, despierta el ruido de la vida; llénanse las calles de carretas campesinas y un pájaro vuela hacia los relucientes tejados y canta.

Pero una mujer pálida, completamente sola, cuya cabellera descolorida besa la luz del día, vagabundea bajo la llama de los faroles de gas, con labios llameantes y corazón de piedra”.

Oscar Wilde

(Imagen .- Thomas Hosmer Shepherd.- catedral de San Pablo.- wikipedia)

LIBROS PERDIDOS

bibliotecas-3-abbey-library-st-gallen-switzerland-curious-expeditions¿Dónde se oculta una edición príncipe de “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde dentro del inmenso edificio  de la Biblioteca Británica? ¿En qué oculta estantería, quizás huyendo de todas las miradas y reposando caída hacia un lado o acaso horizontal, envuelta en polvo y con las hojas arrugadas, se encuentra esa otra obra de valor incalculable que todo el mundo lleva años buscando? La Biblioteca Británica ha anunciado estos días que 9.ooo libros – no 90 ni 900, sino 9.000 – se han extraviado a lo largo de sus 650 kilómetros de estanterías, y algunos de ellos – desde el siglo XVl al XX (entre ellos varios tratados renacentistas sobre teología y alquimia, así como un texto medieval de astronomía) – son de un extraordinario interés. No parece que sea un robo lo ocurrido; sería asombroso que se pudieran robar 9.000 “joyas” de las distintas salas. Curiosamente, el primer post de Mi Siglo lo dediqué hace ya muchos meses a un robo en la Biblioteca  Nacional. biblioteca-6-trinity-college-library-aka-the-long-room-dublin-irlanda1

Alberto Manguel, en “La biblioteca de noche” (Alianza) se hace unas preguntas intentando recuperar sus personales olvidos: “¿Qué novela comienza con las palabras “Una tarde de primavera de 1890”? ¿Dónde leí que el rey Salomón utilizó un espejo para averiguar si la reina de Saba tenía las piernas peludas? ¿Quién escribió ese extraño libro Vuelo a la oscuridad, del que sólo recuerdo la descripción de un corredor sin salida lleno de pájaros batiendo las alas? ¿En qué relato leí la frase “el trastero que era su biblioteca”? ¿Qué libro tenía en la cubierta una vela encendida y unos gruesos lápices de colores sobre un papel de color crema? En algún lugar de mi biblioteca – concluye Manguel – se encuentran las respuestas a estas preguntas, pero he olvidado dónde”.

Si así se interroga la memoria individual de un amante de los libros, ¿qué diría la memoria colectiva intentando recordar qué tamaño y grosor mostraban esos 9.ooo libros desaparecidos? ¿Qué encuadernación tenían, qué sensaciones podían recoger las yemas de los dedos al tocarlos, guardaban algún viejo olor en la hondura de sus páginas, qué ilustraciones iluminaban los textos, cómo estaban construidos sus Índices,  cómo estaban trazados sus grabados, qué secretos confesaban las dedicatorias, cuánto abarcaban las bibliografías?

Todo eso al parecer se lo ha llevado el misterio del extravío, no se sabe bien si la incapacidad o el desorden, pero sí han quedado abiertos en las estanterías singulares huecos de olvido muy repletos de apretada ignorancia y – tanteando en el recuerdo a la manera borgiana – quizá nunca se encuentre esa edición príncipe de la novela de Oscar Wilde y los ojos no puedan volver a leer la belleza.

(Imágenes: 1.-Abbey Library St. Gallen, Switzerland.-curious expeditions/ 2.-Trinity College Library, AKA, The Long Room, Dublin.-curious expeditions)

EL ARTE DE CONVERSAR

Paseo por las afueras de Madrid con Oscar Wilde, al que llevo metido en un bolsillo en forma de libro, El arte de conversar (Atalanta), veintiocho relatos del escritor inglés y una colección de aforismos.

Pero lo que me interesa es charlar, dejarle hablar, que él me escuche, el juego de las reverencias en el diálogo, el respeto mutuo, la cortesía al exponer y al defender argumentos, toda la educación de las palabras cuando mezclan interés y atención entre pausas, como si el paseo en el tiempo se detuviera.

Le cuento que tengo este blog titulado Mi Siglo, la invención de la realidad, y Wilde sonríe:

– El placer superior en literatura es dar realidad a lo que no existe – me dice.

Por eso estas invenciones de los paseos, estas pisadas en la fantasía, los crujidos de nuestros zapatos tienen más fuerza que todas esas vidas con las que nos cruzamos, esas vidas que nos saludan al pasar, todos esos hombres y mujeres reales que nos ven como fantasmas.

Le pregunto a Wilde qué libros lee y si presta libros.

– Cuando se da un libro – me dice -, debiera darse un libro encantador, tan encantador, que sintiera uno haberlo dado y que al mismo tiempo, no quisiera que le fuera devuelto.

Se detiene un momento, saco de mi bolsillo El arte de conversar y le pregunto cómo podrían dividirse los libros.

Wilde hojea el volumen que él ha escrito y me comenta:

– Los libros pueden ser muy cómodamente divididos en tres clases: 1ª Los que hay que leer… 2ª Los que hay que releer…y 3ª los que no hay que leer nunca… La tercera clase es, con mucho, la más importante… Realmente, decir a las gentes lo que no deben leer es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo en este siglo en que vivimos, en un siglo en que se lee tanto, que ya no tiene uno tiempo de admirar, y en que se escribe tanto, que ya no tiene uno tiempo de pensar. Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los Cien peores libros y publique la lista de ellos, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.

Guardo el libro en el bolsillo, echo a andar con Wilde por los paseos de la conversación. Pasan las gentes saludándonos, sorprendidos de que no seamos fantasmas. La invención de la realidad da una vuelta entre árboles y setos, vemos la ciudad al fondo, y llegamos así -el escritor inglés y yo – a la plazuela de las despedidas.