CAFÉS DE PROVINCIAS

 

 

“Vuelvo a pensar en el café Do Encoberto y en los escritores locales, “muito de preto vestidos”, que toman café y emborronan cuartillas, por las tardes, solitarios en sus mesas, una por poeta, como es lógico. Probablemente son todos ellos malos escritores, o todo lo más mediocres. Despreciados probablemente desde Lisboa, desde Coimbra, desde Oporto, como los de aquí se desprecian desde Madrid o Barcelona. Yo, sin embargo, siento hacia ellos una enorme ternura. Quedarse en eso ha estado en la suerte de cualquiera. Es cosa de fortuna, buena o mala. También entre los que han saltado a la Prensa de gran difusión, entre los que tienen un nombre e incluso un público, los hay malos y mediocres. Pero si conmueven es de otra manera y por otras razones. Estos de los cafés de provincias, anticuados casi todos, embebidos en un esfuerzo sin porvenir, engañados acerca de sí mismos, de lo que piensan y de lo que escriben, son, sin embargo, los verdaderos escritores puros, sin gloria, sin ganancias, sin lectores. Incluso sin esperanzas ya. A veces, pocas veces, resulta que alguno de ellos era un genio ( lo cual sigue sin explicar nada), y menos veces aún alguien encuentra sus papeles, descubre que son valiosos, los publica y la gente se pregunta: “Pero ¿es posible que Fulano…?”. Sí, Fulano, que se murió de asco, tenía talento. Los que escribían en el mismo café que él, en la mesa de enfrente, y lo tomaban, como él, con un poquito de leche, también se asombran. Porque los escritores malos de provincias, como los buenos de las capitales, son ciegos para los demás. Es cosa del gremio”.

Gonzalo Torrente Ballester – “Cuadernos de la Romana” -1974

 

 

(Imágenes- 1- forocoches com/ 2-café A Brasileira)

EL AÑO EN QUE MURIÓ FRANCO

Anoche, al oir que un juez deseaba comprobar de modo documental si había muerto realmente Franco, abrí  la novela que escribí hace años contando todo aquello y estuve leyendo largo rato:

“Era el principio de la parálisis. La cuarta lágrima negra había salido de Peña Urbión, en los confines de la provincia de Logroño con la de Soria, y metiéndose en aguas del río Duero por un cauce tortuoso, profundo y difícil, había recibido por su derecha al río Pisuerga y al río Esla, y por su izquierda al río Eresma y al río Tormes. Pero al ir a entrar en Portugal para buscar el Atlántico en Oporto, la lágrima negra se detuvo en la frontera, como si no supiera qué iba a pasar en España, si merecía la pena seguir o quedarse. La quinta lágrima negra bajó por la cuna del río Miño desde la laguna de Fuenmiña, en la provincia de Lugo, recibió al río Sil y pasó por Orense, pero cuando estaba ya siguiendo el borde de la raya portuguesa para desembocar junto a Caminha, en el Atlántico, se quedó inmóvil en la frontera, palpitando igual que un párpado. Era el principio de una parálisis que afectó a todas las lágrimas negras que viajaban por los ríos, un embotamiento que se transmitió al vuelo de los pájaros trigueros abandonando los hilos del teléfono, una morosidad en las alas de la alondra, un sosiego en el tamborileo del pico picapinos y una calma en el concierto del petirrojo. Durante muy largos meses las aves y los pájaros de las tierras españolas emprendían el vuelo en el aire y quedaban suspendidos en una indecisión de plumaje, sin saber si avanzar o retroceder, mirando a todos lados, sin atreverse a preguntar ni saber adónde dirigirse.

Aquel entumecimiento del país lo notó también en sus manos el viejo Tesifonte Morerías. Mientras los atentados querían precipitar la historia, mientras el cuadro de La prisa en el Prado quedó convertido en un bloque helado de lentitud, las manos vendadas del anciano Tesifonte fueron descubiertas una tarde por sus hijos. Felipe Argirión y Benito José se acercaron y vieron que las venas habían estancado la sangre y que las líneas de las palmas habían rejuvenecido tanto que las rayas ya no existían y la piel era la de un niño. Un día después murió Franco. Un día después murió el viejo Tesifonte. Un día después todas las lágrimas negras desembocaron en el mar. (“Lágrimas negras”.-Ediciones B.-1996, pág 200)

Luego cerré  mi novela “Lágrimas negras”  y apagué la luz.

(Imagen: foto: Man Ray.-bbc.co.uk)

LISBOA , CIEN AÑOS

Leo que el gran director de cine portugués Manoel de Oliveira entra en el 2008, año en que, si Dios quiere, llegará a su centenario, con una nueva película, Cristóbal Colón. El enigma.
La edad no parece hoy, al menos en muchas ocasiones, obstáculo para que la imaginación vuele. En la Historia, Goethe escribió su gran obra a los ochenta y dos, Cervantes acabó El Quijote a los sesenta y ocho, Miguel Ángel pintó frescos a los setenta y uno, Verdi compuso a los setenta y cuatro, Haendel a los setenta y dos. Tras la afirmación de la individualidad en la juventud, tras la crisis del desasimiento en la madurez – esa expectación que estira el tiempo, ese saber a qué atenerse que le obliga a uno a aprovechar el tiempo al máximo- he aquí al hombre sabio cuya conciencia es cada vez más clara sobre aquello que no pasa, sobre aquello que es eterno.
Lisboa es el escenario ante el que se abren varias películas de Oliveira. Como también los barrios populares de Oporto. “El cielo negro al fondo del sur del Tajo – describirá Pessoa – era siniestramente negro contra las alas, por contraste, vívidamente blanco de las gaviotas de vuelo inquieto. El día, sin embargo, no estaba ya tempestuoso. Toda la masa de la amenaza de lluvia había pasado hacia la otra orilla, y la ciudad baja, húmeda todavía de lo poco que había llovido, sonreía desde el suelo a un cielo cuyo norte se azulaba todavía un poco blandamente”.
Eso, respecto a la luz, a los reflejos. Porque del ruido – los ruidos perceptibles o no de una Lisboa de sueños – hablará otra película, Lisboa Story, la investigación- documental de Wim Wenders, ese paseo inolvidable y mágico en busca de grabaciones por las calles, ese sonido del casco antiguo, el sonido persiguiendo a la imagen hasta fundir imagen y sonido entre canciones de Teresa Salgueiro y de Madredeus.