UN TEATRO SIN PÚBLICO

 


Ahora que las medidas para atajar la pandemia han dejado desiertas las salas de los teatros del mundo, la importancia del público destaca lógicamente  con su relevancia esencial. La función del teatro y su proyección sobre los hombres ha sido siempre definitiva. Historia y teatro han ido continuamente hermanados. Pero el alemán Lessing,  ya en el siglo XVlll , recordaba ante este punto que “ se quiere hacer creer sin fundamento que uno de los fines del teatro es mantener viva la historia de los grandes hombres.  Ése es el objetivo de la historia y no el del teatro. No debemos ir al teatro para aprender lo que hicieron determinadas personalidades, sino lo que todo hombre de un carácter dado hubiera hecho en determinadas circunstancias. La meta de la tragedia es infinitamente más filosófica que la de la historia y la disminuiríamos  en su real dignidad si la consagráramos al panegírico de los hombres célebres. Y si aprovecháramos de ella para alentar el orgullo nacional.”

 

El público va al teatro no sólo para seguir y contemplar  historias sobresalientes o comunes sino para entretenerse, aprender, y mirar al otro lado de la pared que se levanta los rasgos e intimidades de las costumbres. El inglés George Meredith en su “Ensayo sobre la comedia”  hablaba de las ventajas que para un poeta cómico — y por eso para llevarlas al teatro  — tuvo el observar la agrupación en masa en torno a una Corte, es decir, “tener ante sus ojos, en plena actividad, ese mundo pedante e inquieto, de pretensiones enormes y serenas absurdidades; vociferantes  charlatanes, inocentes bobalicones, hipócritas, remilgados, extravagantes, pedantes, damas amustiadas y gramáticos demenciales, marquesas de sonetos, niñas simples de espíritu, mezclados todos como en un telar y bulliciosos como en la feria.”

Y frente a todos esos personajes está el público. El público disfruta viendo trazos de vida, que a veces no tienen principio ni final, pero que enseñan las virtudes y vergüenzas del mundo. De modo presencial o lejano, el público  asiente, rechaza  o aplaude. Es la necesidad que tiene todo teatro. Son los dos polos del arte y del espectáculo.

 

 

(Imágenes— 1- Gerard Gauci- 2002/ 2-Ohaio Sugimoto/ 3- teatro Lope de Vega)

UN DÍA DE SARAH BERNHARDT

 

“Delante de la puerta se detiene un carruaje. De su interior sale una mujer envuelta en pieles, abriéndose paso con una sonrisa entre la multitud que se ha congregado allí —escribía Edmond Rostand contando un día de Sarah Bernhardt—.Sube por una escalera de caracol; se zambulle en una habitación atiborrada de flores y caldeada como un invernadero; lanza su pequeño bolso adornado con cintas junto con sus contenidos aparentemente inagotables en una esquina y su sombrero alado en otra; se quita las pieles e instantáneamente queda reducida a una simple vaina de seda blanca; se apresura hacia un escenario tenuemente iluminado e inmediatamente llena de vida a un público apático, lánguido e indiferente; se mueve de un lado para otro, inspirando a todo el mundo con su energía febril; se acerca a la cabina del apuntador, organiza sus escenas, señala el gesto y la entonación adecuados, se levanta airada e insiste en que vuelvan a empezar de nuevo; grita con rabia; se sienta, sonríe , bebe té, y empieza a ensayar su propio papel.

 

 

Al cabo de unas horas regresa a su habitación para cenar; se sienta en la mesa espléndidamente pálida debido a la fatiga; reflexiona  sobre sus planes; se ríe con carcajadas bohemias; no tiene tiempo de terminar de comer; se viste para la actuación de la noche mientras el director le habla desde el otro lado de la cortina; actúa con todo su cuerpo y alma; discute sobre negocios durante los entreactos; permanece en el teatro hasta que termina la actuación y se queda allí organizando varios asuntos hasta las tres de la madrugada; no decide marcharse hasta que no ve a sus empleados esforzándose respetuosamente por mantenerse despiertos; se sube a su carruaje, se arropa con sus pieles y anticipa los placeres de tumbarse y descansar por fin; luego, estalla en carcajadas  al recordar  que hay alguien esperándola para leerle una obra de cinco actos; vuelve a casa,  escucha la obra, se emociona, llora, acepta el papel, se da cuenta de que no puede dormir y ¡aprovecha el momento para empezar a estudiar su nuevo papel!”

 

 

(Imágenes —1-Ohaio Sugimoto – 1980- artnet/ 2- Gerard Gauci – 2009- gallerie de bellefeuile/ 3-Sarah Bernhardt – foto Nadar – 1864)