MEDITERRÁNEO

«Hubiera querido sentirme áspero y esencial

como los guijarros que volteas,

comidos por el salitre;

esquirla fuera del tiempo, testimonio

de una voluntad fría que no pasa.

Otro distinto fuí: hombre atento que examina

en sí, en los demás, el hervor

de la vida fugaz – hombre tardío

a la acción, que nadie, después, destruye.

Quise buscar el mal

que carcome el mundo, la pequeña torcedura

de una palanca que para

la maquinaria universal; y vi todos

los eventos del minuto

prontos a disgregarse en un derrumbamiento.

Siguiendo el surco de un sendero, me encontré

con lo opuesto en mi corazón, con su ofrecimiento; y acaso

preciso me era el cuchillo que corta,

la mente que decide y se resuelve.

Otros me eran los libros necesarios,

no tu página retumbante.

Mas nada sé añorar: tú aún desatas

esos nudos internos con tu canto.

Tu delirio ya sube a las estrellas».

Eugenio Montale: «Mediterráneo» (1924).-«Huesos de jibia» (1920-1929)

(Imágenes:-1.- Minor White.-.-1947.-Archivo White.-Universidad de Princeton.-Master of Photography/ 2.- Floriana Barbu.-photo.net)

BIBLIOTECAS EN EL MAR

El Titanic llevaba en su interior dos bibliotecas. Una estaba situada sobre el puente «A» y aparecía decorada al estilo Luis XV, con detalles tomados del palacio de Versalles. Los libros habían sido embarcados en Southampton. En segunda clase, sobre el puente «C», viajaba también una biblioteca de doce metros, engalanada al estilo colonial y con sus libros guardados en armarios de cristal que flanqueaban uno de los lados. Cuando el mar se tragó el Titanic, la encuadernación, la paginación, los registros, las filigranas de los grabados, las cubiertas y portadas, los preliminares, los colofones, las marcas, las ilustraciones, las dedicatorias, y sobre todo  párrafos y líneas, las letras con sus pensamientos revelados, la puntuación minuciosa y las anotaciones personales se envolvieron en aguas frías cargadas de sales nutritivas, se perdieron entre húmedos guijarros, descendieron lentamente por el barro hasta llanuras abisales, mezlándose los sentimientos de los autores con arcilla y desmoronándose en el agua parte de sus  argumentos, deslizándose los peces entre páginas incrustadas en conchas de moluscos y colonias de corales, entrando por las paredes de las páginas tierra rojiza y guijarros de cuarzo, soplos de corrientes submarinas, gravas fluidas y aludes de sacudidas sísmicas que fueron derrumbando el poderío de las letras góticas a la vez que descosían cuadernillos y prosa y verso, quedaron sueltos, mecidos al vaivén del océano.

Cuando se lee la historia de la destrucción sin fin de las bibliotecas – «Livres en feu«, de Lucien X Polastron (Denoel) -, se advierte que no es sólo el fuego el que consume los libros, sino también el mar. Unos años antes, la biblioteca de otro barco, el Campania, iba adornada de lámparas eléctricas y  diversas columnas cruzaban muros enriquecidos con pinturas, encontrándose los libros en nichos guardados con puertas de vidrio para mantenerlos seguros en caso de mal tiempo. Los libros del Campania tuvieron la enorme suerte de ser leídos por los pasajeros. Los libros del Titanic fueron devorados por las aguas del océano. Antes, otros naufragios de páginas habían ocurrido: en 1822, ante una tempestad en Irlanda; o en «La Boussole«, en donde ciento diecinueve títulos – obras científicas – (así lo recuerda Caryle) «desaparecieron sin dejar huella en la inmensidad azul».

(Imágenes: 1.-fotografía de la proa del Titanic tomada desde el sumergible ruso MIR.-wikipedia/ 2.- escalera de primera clase del Titanic.-wikipedia)

VERANO 2009 (2) : OCTAVIO PAZ

mar.-foto por Corey Arnold.-Charles A. Hartman Fine Art.-photogafie.-artnet

MAR   POR  LA    TARDE

«Altos muros del agua, torres altas,

aguas de pronto negras contra nada,

impenetrables, verdes, grises aguas,

aguas de pronto blancas, deslumbradas.

 

Aguas como el principio de las aguas,

como el principio mismo antes del agua,

las aguas inundadas por el agua,

aniquilando lo que finge el agua.

 

El resonante tigre de las aguas,

las uñas resonantes de cien tigres,

las cien manos del agua, los cien tigres

con una sola mano contra nada.

 

Desnudo mar, sediento mar de mares,

hondo de estrellas si de espumas alto,

prófugo blanco de prisión marina

que en estelares límites revienta,

 

¿qué memorias, deseos prisioneros,

encienden en tu piel sus verdes llamas?

En ti te precipitas, te levantas

contra ti y de ti mismo nunca escapas.

 

Tiempo que se congela o se despeña,

tiempo que es mar y mar que es lunar témpano,

madre furiosa, inmensa res hendida

y tienpo que se come las entrañas».

Octavio Paz: «Calamidades y milagros» de «Libertad bajo palabra» (1935-1957)

(Imagen: «Gulf  Crossing».-2007.- foto de Corey Arnold.-Charles A. Hartman Fine Art .-artnet)