“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (26) : FICCIÓN , MEMORIAS, CERVANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (26) : Ficción, Memorias, Cervantes

 

 

—Me hablaba usted antes del “cementerio de los elefantes”…—me dice la periodista.

 

– Sí, “el cementerio de los elefantes”, como le comentaba el otro día, es para mí una gran lección. Uno se esfuerza en escribir, en trabajar, unas veces acierta y otras no, pero al fin, al paso de los años, uno acabará de una u otra forma en “el cementerio de los elefantes” ; eso suponiendo que uno sea “elefante”…, que yo no lo soy…

– Es usted muy modesto.

– No. Yo tal vez sea un elefante muy pequeñito, muy pequeñito, de los millares y millares de elefantes pequeñitos que hay entre los escritores del mundo. Cuando uno pasea por entre los títulos de tantas obras alineadas, de tantas colecciones organizadas por colores, por encuadernaciones o por premios, es como si uno paseara por un largo y aleccionador claustro haciendo meditados ejercicios espirituales literarios, con reflexiones sobre la caducidad de la fama y sobre la vacuidad de las cosas. Es un paseo muy necesario, muy higiénico.

. – Entonces, ¿qué es lo que queda de todo eso?

– Pues queda la obra bien hecha, lo que se ha hecho con dedicación, con amor, la satisfacción de haber intentado lograr una obra bien hecha. Es la satisfacción del intento, ni siquiera la del logro, que no siempre se consigue. Además, ese logro está completamente cercado de avatares.

– ¿Qué avatares?

– Pues avatares de todo tipo, de modas, de gustos, de costumbres. Piense usted que naturalmente ya no se escribe, por ejemplo, como Dickens o como Galdós, y sin embargo los dos intentaron la obra bien hecha, y en algunos de sus libros lo consiguieron. En el caso de Galdós, cuando un periodista va a verle y él está ya casi ciego al final de su vida, en un momento de la entrevista, le pregunta, “¿Pero usted, don Benito, después de sus cien libros y de sus numerosas obras de teatro; después, en fin, de medio siglo escribiendo, supongo yo que no trabajará por necesidad, sino por placer, por crear…? “. Y Galdós le contesta:- “!No, amigo!… A pesar de toda mi labor pasada, si en el presente quiero vivir, no tengo más remedio que dictar todas las mañanas cuatro o cinco horas y estrujarme el cerebro hasta que dé el último paso en esta vida”. Esto respecto al trabajo, que es algo más bien normal en cualquier persona. Pero luego vienen las modas, las costumbres, los cambios en los gustos, los avances en la forma de narrar, la influencia de los nuevos medios técnicos, del cine, de tantas cosas modernas en el mundo de la comunicación : todo ello marca naturalmente y repercute. Y también las devociones y los desprecios, los puntos de vista tan encontrados, muchas veces tan radicales. Le hablaba hace unos días de Bresson y de mi conversación con él en París, de cómo él amaba a Dostoievski ; pues bien, si leemos las clases de Nabokov sobre literatura rusa Dostoievski queda muy apartado, y se ensalzan en cambio a Chejov o a Tolstoi. Por otro lado Gombrowicz desdeña a Camus, Canetti ataca a Iris Murdoch… etc, etc. Todo son puntos de vista diferentes y todos muy legítimos. Todo es cuestión de preferencias y de revisiones. Pero esto son cosas técnicas o teóricas, como usted ve, que sin duda interesan únicamente a los especialistas. Lo importante, como recordaba un autor destacado, es que no puede quedar bien nada que no se haga con amor.

– ¿Usted cree que ha hecho las cosas con amor?

– No todas, pero en muchas lo he intentado, sobre todo en los últimos años. Es lo que queda: la esencia de lo que queda cuando se escribe. Pienso que así debía ocurrir en todas las cosas de la vida.

 

. 15 mayo.

 

En “La Barranca” – Navacerrada

 

 

Antesdeayer, lunes, de nuevo con Senabre en “La Central”, aprovechando que venía él de Alicante a Madrid para pasar aquí unos días. Lo pasamos muy bien. Días atrás le había mandado varias páginas de este libro para que las leyera y la verdad es que aprendí mucho cuando las comentó, como siempre que hablamos de literatura. Al aludir a mis descripciones de la casa de la calle de Goya su pensamiento, me dijo, se le había ido casi sin querer a escritores que habían dedicado páginas a las casas, tanto en su exterior como en su interior, que son muchos, y luego nuestra conversación se desvió por este tema de las casas y acabamos nada menos, mejor dicho acabó Senabre, citando al siglo de Oro y a Vélez de Guevara, con su “Diablo cojuelo” que tanto le gusta , el autor que levantaba los techos de las casas de Madrid. Yo le recordé, en otro sentido, a un escritor que me interesa mucho, Georges Perec, por sus experiencias literarias, y comentamos la enumeración exhaustiva y minuciosa que él hace de la casa de pisos en la calle Simón -Crubellier de París. Y así nos entretuvimos casi toda la mañana hablando de casas en general y luego del libro de Sandra Petrignani “ La escritora vive aquí” y de las casas de las autoras que ella describe. Como siempre, una conversación muy aleccionadora y agradable.

Y al fin, tras esta conversación del lunes con Senabre, he decidido incluir en estos “ Cuadernos Miquelrius” algunos de los cuentos que he escrito en estos años. Es cierto que nada tienen que ver con el tronco central de la larga entrevista que me está haciendo la periodista, y ello hasta me mantenía dudoso y preocupado. Pero al confesarle el lunes a Senabre mis dudas él me ayudó enseguida, como hace siempre. Defendió toda clase de cuentos, relatos o episodios intercalados que suelen aparecer en muchas obras literarias y me puso muchos ejemplos. Ante mi sorpresa, y en medio de la conversación a media mañana, se levantó de uno de los sillones en donde charlábamos, se acercó a una de las estanterías de “La Central”, y tomó el volumen del Quijote que editó hace ya varios años, en 1998, el Instituto Cervantes, un magnífico volumen con Notas complementarias. Senabre me leyó parte de lo que él mismo comentaba allí sobre las dudas de Cervantes en la Segunda Parte del libro y sobre si fue oportuna o no la inclusión en la Primera Parte del relato “ El Curioso impertinente”.

– Mira – me dijo Senabre – lo que Cervantes dice aquí por boca del Bachiller – y me leyó : “una de las tachas que ponen a la tal historia es que su autor puso en ella una novela intitulada “El Curioso impertinente”, no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote”. Muchos autores, por tanto, han incluido pequeñas historias ajenas a la historia central dentro de sus libros. Y lo que estás haciendo, añadió, es perfectamente razonable, e incluso, creo, puede darle mayor variedad al libro. Por otro lado, en muchas de estas páginas que me estás mostrando aparecen varias facetas tuyas, la de profesor, periodista o conocedor de escritores, tus encuentros con artistas diversos y tus reflexiones, cosas que han sido una constante en tu vida, pero tampoco tienes por qué esconder tu perfil de cuentista y de novelista, y esto cabe perfectamente en un volumen al que tú de algún modo calificas de Memorias. Piensa, por ejemplo, en algunas obras de Sergio Pitol que mezcla diversos géneros. O en los relatos que en medio de sus “Diarios” introduce de pronto Ricardo Piglia. Pero tampoco hay que ceñirse a Pitol o a Piglia. Cervantes, como digo, mete relatos intercalados en la Primera y en la Segunda Parte del Quijote, Mateo Alemán introduce cuatro novelas breves, cuentos y anécdotas para dar variación a su “Guzmán”, e incluso Graham Greene defiende esos relatos breves dentro de una obra, que para el creador, así lo llama él, son otra forma de escape. Muchos han aplicado esa fórmula.

Todo esto me ha animado a incorporar más relatos. Me ha dejado tranquilo. Introduciré en estas Memorias el relato “Caligrafía”.

 

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” — Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

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El CHELSEA Y LOS ESCRITORES

“Inmueble de ladrillo rosa y con balcones de hierro forjado iluminado con el neón azul de su nombre legendario, mágico, cerebralmente brillante, psicodélico en su travesía de decenios de alucinaciones y sueños más o menos sabiamente dosificados” – así va contando Nathalie de Saint Phalle cómo es el  Chelsea en los “Hoteles literarios“.

“El Chelseadice – albergó las pesadillas de todas las locuras, la muerte, dulce y violenta, las ilusiones y desilusiones de los extravagantes de su tiempo”.

” Oh, que al fin pueda siempre yacer, leve, en la última colina atravesada, bajo la hierba, amando, y allí reverdecer entre largas manadas, y ya nunca extraviarse ni cesar en los días sin cifra de su muerte, aunque ansiaba ante todo el seno de su madre que era descanso y polvo, y en el afable suelo la oscura ley mortal, ciego y sin bendición – escribió Dylan Thomas en la habitación 206 del Chelsea, su último poema compuesto en ese Hotel – “Que no encuentre descanso, pero sí patria y sitio- rogué en su humilde cuarto, junto a su lecho ciego en la callada casa, bordeando el mediodía y la noche y la luz. Los ríos de los muertos inervaban su mano sobre la mía, y vi tras sus ojos cegados las raíces del mar”.

Arthur Miller, que vivió en el Chelsea seis años, evoca que “ pronto me dejé envolver por su fascinación, por su aire inequívoco de decadencia incontenible. No era parte de Norteamérica, no había aspiradoras, no había normas, no había gustos ni recato. (…) En la planta novena, en la otra punta del pasillo, un  compositor, George Kleinsinger, excitaba a sus amigas asustándoles con su colección de pitones, lagartos sudamericanos y tortugas que se pasaban el día soñando en sucios recipientes que llegaban hasta el techo. (…) Charles James, el célebre modisto de antaño, vagaba por los pasillos apesadumbrado porque la antigua decadencia del lugar la estaba suplantando una decadencia de nuevo cuño, de artistas vulgares y drogados que, auténticos o falsos, emponzoñaban el ambiente con sus extravagancias publicitarias, y sin que entre ellos hubiese ni una sola dama o caballero; y para mantener el orden en todo aquel circo, el diminuto detective del hotel se encerraba en su habitación con siete llaves y vivía rodeado de los televisores, los equipos de alta fidelidad, lad máquinas de escribir y los abrigos de piel que había ido robando a los huéspedes, según vino a saberse el día en que los bomberos tuvieron que echarle la puerta abajo porque en la habitación contigua un borracho se había quedado dormido con el cigarrillo encendido y se había declarado un incendio”.


“El Chelsea
sigue diciendo Miller -, pese a todos sus inconvenientes – el polvo secular de cortinas y alfombras, las cañerías oxidadas, el frigorífico que chorreaba, el acondicionador de aire al que había que echar un jarro de agua tras otro -, era un desastre espantoso y saludable que me recordaba una frase de William Saroyan, norteamericana por demás, que suelta un árabe en un bar, una frase totalmente olvidada por los revolucionarios de los años sesenta, ocupados en idear una antisociedad nueva que desterrase de la memoria todo lo que había existido hasta entonces: “Ningún cimiento debajo de nada“.


En el  Chelsea trabajaron Elia Kazán y Robert Whitehead preparando “Después de la caída” de Miller, por el Chelsea pasaron, entre otros, Brendan Behan, Tennesse Williams, Bob Dylan, Leonard Cohen, Sam Shepard, Thomas Wolfe, Nabokov, Mark Twain, Jimi Hendrix, Milos Forman, Andy Warhol, Harry Everett Smith, Arthur C. Clarke encerrado en su habitación 1008 observando el cielo con telescopio y muchos más.” El decorado era sobrio, la fauna, extraña – recuerda Saint Phalle – El hotel es un monumento a la gloria de la decadencia, sin otra razón que el genio de los lugares, sin otra organización que unos cuantos principios libertarios y cierta idea de la armonía. (—) Es un hotel de psicosis, un hotel psiquiátrico, el hotel de la más delirante imaginación, un santuario de creación, con sus víctimas consentidoras”.


(Imágenes:- 1, 2 y 4.- fachada, interior y vestíbulo del Hotel Chelsea.-wikipedia/ 3 – Dylan Thomas.-bbc. co. uk/ 5.- Elia Kazan y Robert  Whitehead trabajando en el Chelsea sobre “Después de la caída” de Miller/ 6- entrada del Chelsea.- G. Paul Burnett.- AP Photo)