MUNDO INSÓLITO

 

 

”Dicen – aseguraba  Aristóteles- que en Egipto los frailecitos vuelan hasta las fauces de los cocodrilos y les limpian los dientes, extrayendo con el pico los restos de carne que se han incrustado en el interior de la boca: es muy beneficioso para los cocodrilos y por tanto no les hacen ningún daño.

Las cabras de Cefalonia no beben, al parecer, como los otros cuadrúpedos, sino que diariamente dirigen el hocico hacia el mar y abren la boca para que penetre en ella el aire.

Dicen que cuando las tortugas comen una víbora deben ingerir orégano; si no pueden conseguirlo de inmediato, mueren.  Muchos campesinos  que quieren comprobar si este fenómeno es cierto, cuando ven que una tortuga va en busca de orégano se lo quitan. Al cabo de poco tiempo, descubren al animal moribundo.

 

 

Dicen que los pelícanos devoran a los moluscos y tras haberlos triturado se encuentran en los ríos; luego, cuando han tragado una gran cantidad, los vomitan, de este modo comen la carne de los moluscos, pero no ingieren  las  conchas.

Dicen que en Cilene, en Arcadia, y en ningún otro lugar, los mirlos son blancos, emiten sonidos muy variados y vuelan  en dirección a la luna.  Si  alguien se encuentra con ellos durante el día, difícilmente conseguirá capturarlos.

Dicen que en Melos y en Cnido hay una miel llamada antino, de olor delicioso aunque poco persistente; también contiene pan de abejas.

Dicen que en Trebisonda en el Ponto se encuentra una miel de olor desagradable, que se obtiene del boj. Se dice que trastorna la mente de los que están sanos y cura, en cambio, a los epilépticos, hasta de modo definitivo.

Dicen que los erizos en Bizancio son capaces de percibir de dónde sopla el viento y, según sea del norte o del sur, cambian de inmediato de refugio.”

 

 

(Imágenes -1- Peter Straten/ 2- Nathalie Miranda- Galería de  bellefeuille/3- Ida Outhwaite)

MÚSICA DE LA NATURALEZA

El caballo relincha, el toro muge, el león ruge, el tigre gruñe, el mundo entero resuena de voces. Sólo los pájaros cantan  -recuerda el músico norteamericano Simeon Pease Cheney -. Son los artistas más delicados de la Naturaleza, que viven y trabajan por encima de la tierra”. Pero cuando Cheney desciende, por ejemplo, a escuchar al atajacaminos señala que éste “acentúa la primera y la última sílaba de su nombre -“whip-poor-will”, en inglés – repitiéndolo valientemente y acentuando con más fuerza su final.(…) Los pájaros cantan magníficamente. Utilizan todos los intervalos de las gamas menores y mayores con una entonación perfecta, una voz pura, y ejecutándolos a la perfección; con un arte consumado de la melodía, un encanto magnético y espiritual que no posee ninguna otra música de la tierra”.

Sobre la música de los pájaros he escrito alguna vez en Mi Siglo. Pero Cheney, además de acercarse al cielo exterior de los pájaros, descubre melodías en los interiores de las casas, allí donde el silencio de las cosas inanimadas y en las habitaciones de los objetos cansados, se escucha la música del agua de un grifo que gotea en un cubo medio lleno. “Me he quedado embelesado– dice Cheney en “La música de los pájaros (Centellas) – por la música de una puerta que golpeaba perezosamente; producía unas sonoridades encantadoras, semejantes a las de un clarín que sonara a lo lejos, formando agradables acordes melódicos, mezclados con graciosas notas ligadas y con tecleados artísticos dignos de ser estudiados e imitados. Despertado por un viento violento una noche de invierno, oí cómo un vulgar perchero hacía arrremolinarse una melodía salvaje en unos intervalos de una pureza perfecta”.

El oído se afina ante la animación de los objetos como el oído se afina tanbién ante el canto del jilguero amarillo, del tordo solitario, del charlatán, del verderón canoro o del cardenal de pecho rosado. Cheney fue el primero en Estados Unidos que se dedicó a transcribir directamente el canto de los pájaros en notas musicales. Pasó treinta veranos de su vida en los bosques de Nueva Inglaterra escuchando el canto de las aves. Y Antonín Dvorak  según puede leerse en el prólogo de este pequeño volumen – cuando estuvo en el verano de 1893 en un remoto pueblo de Iowa, dio largos paseos acompañado de este libro. Allí escribió su famoso Cuarteto de Cuerda nº 12 mientras meditaba en lo que decían estas páginas.

(Imágenes:-1.-Nathalie Maranda.- Gallerie de Bellefeuille/2.-pájaros de Durero/ 3.-foto por Paul Nicklen.-The National Geographic)