DESCUBRIMENTO DE UNA CIUDAD

 

 

“No intento aquí hacer el retrato de una ciudad. Quisiera únicamente tratar de mostrar cómo ella me formó, es decir, en parte me incitó, en parte me limitó a ver el mundo imaginario al que despertaba por medio de mis lecturas, a través del prisma deformante que interponía entre ella y yo, y cómo por mi lado, ya que mi reclusión me permitía la libertad de alejarme de sus características materiales, la he remodelado según el contorno de mis ensueños íntimos, la he prestado carne y vida, según la ley del deseo más que el de la objetividad. Que ella me acompañe, pues, como uno de esos vademécums que se pasean por todas partes, que se hojean, que se anotan y que se rayan sin miramientos, agenda que se consulta siempre de manera cotidiana e inconsciente, a la vez trampolín inutilizable para la ficción y red de surcos mentales, que ha hecho que se ahondaran y endurecieran en mí los pasos que me imponía.

 

 

(…) La llegada a una ciudad siempre ha hecho que me mantuviera sumamente atento a los progresivos cambios del paisaje que la anuncian. Cuando especialmente me acerco en tren, espío los primeros signos de infiltración en el campo de las pulsaciones del núcleo urbano, y, cuando se trata de una ciudad en la que me gusta vivir, sucede que los acojo casi como si me hicieran el gesto de bienvenida que desde lejos te dirige una mano levantada en el umbral de una casa amiga. Cuando todos los años llegaba a Pornichet para pasar las vacaciones, lo que desde la distancia me advertía de su proximidad, en el corazón de la campiña interior tan melancólica, eran en un principio las copas de los pinos que sobresalían por encima de los setos vivos, luego algunas cercas como recién pintadas, después tres o cuatro villas repentinamente estrepitosas de blancura destacando contra los árboles, como chozas en un palmeral. E incluso cuando, sin transición, la estación me arrojaba de golpe a un mundo más vivo, más endomingado, más tintineante, a una muchedumbre indígena completamente morena bajo sus taparrabos, sus camisetas, sus saris resplandecientes, la primera y modesta información de la llegada seguía siendo la verdadera, aunque hubiera caído ya la mano levantada un segundo en el umbral”.

Julien Gracq -“La forma de una ciudad”

 

 

(Imágenes-1- Elliott Erwitt/ 2-tren británico -irtsociety/ 3- foto Thekia Ehling Randall- Scott gallery New York photografier)

LEYENDO, ESCRIBIENDO

Hace siete días – el 16 de diciembre – anoté aquí unas frases sobre el último libro publicado en España por Julien Gracq. Hoy ha muerto a los 97 años de edad uno de los mayores escritores franceses. Leyendo escribiendo (Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja) es uno de sus volúmenes más interesantes. Su serena capacidad crítica le llevaron a adentrarse en la lectura profunda con agudeza y serenidad, como si caminara sobre lo terrenal de las palabras y en un largo paisaje de ríos y de imágenes. Profesor de geografía durante años, devoto amante del ajedrez, señalaba que “el mundo del ajedrez es un mundo cristalino, glacial. La literatura sólo me interesa porque tiene que ver siempre, con mayor o menor fuerza, con el mundo de los afectos”.
Sus “carnets de ruta” como incansable caminante tomaron nota de los Alpes, la Bretaña, Normandía y tantos otros macizos o senderos que, sin querer, pasaban de la naturaleza a la página y de los vientos de las montañas hasta el refugio de su biblioteca. Escribió obras memorables, como El mar de las Sirtes o La littérature à l`stomac o ¿Por qué la literatura respira mal?. Habiendo rechazado el Premio Goncourt, declaró una vez que “la verdadera biografía de un escritor son los encuentros que le han influido: son a menudo encuentros con libros, mucho más que con personas”. El Nantes – del que en este blog ya he hablado – extendía la forma de una ciudad y en el silencio de su habitación Julien Gracq iba trazando el libre movimiento de la frase, esa pasión que le llevó a decir: “se escribe, primero, porque otros antes de nosotros han escrito, después, porque ya se ha comenzado a escribir. No hay escritores sin inserción en una cadena de escritores ininterrumpida. Nadie antes empleó ese extraño futuro intransitivo, el único que erige verdaderamente, y abusivamente, el trabajo de la pluma en enigma: escribiré“.

A LO LARGO DEL CAMINO

A lo largo del camino de los libros, a lo largo del camino de los árboles que nos acercan hasta las ciudades, a través de lecturas sosegadas y por el sendero de apuntes cotidianos y minúsculos, así han llegado a las librerías dos volúmenes excepcionales, uno de un francés – el excelente Julien Gracq – y otro de un italiano, el gran novelista Giorgio Bassani. Los dos llevaban años rondando con su pluma a pequeñas urbes escondidas, el primero paseando por los recovecos de Nantes, el segundo por las callejuelas de Ferrara. “Se sabe que la forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal”, escribió Gracq en La forma de una ciudad (Anábasis). Por su parte, Bassani decía de Ferrara que “son menester demasiadas vidas para hacer con ellas una sola”.
Las ciudades pequeñas con sus nieblas y sus escondites, con los recuerdos asomando a los portales de la infancia, con sus amores primeros, sus colegios segundos, sus terceras decepciones, recorriendo la memoria la ruta de los descubrimientos, las postales amarillas, los adioses prolongados, van quedando en nosotros con sus calles cruzadas y sus desiertas plazas, y las torres, las catedrales y los ríos corren y recorren los años que en ellas estuvimos, las cosas que olvidamos y que aprendimos, aquella sonrisa de niño en la primera foto familiar, aquel llanto desconsolado al descubrir la soledad.
Esas ciudades menores pero tan queridas, minúsculas en los mapas, capitales del corazón, los escritores las visitan en sueños, con la pluma en la mano. Así lo hizo Bassani al adentrarse en El jardín de los Finzi-Contini, aquellos parajes de la acomodada comunidad judía que ahora recoge en La novela de Ferrarra (Lumen), crónica familiar de una ciudad. Así lo hace también Julien Gracq en A lo largo del camino (Acantilado), pero Gracq aquí ofrece más que paseos por Nantes, paseos por lecturas y paisajes, árboles, páginas, apuntes, senderos, observaciones, reflexiones. Nos va llevando despacio y a su lado por cuanto ha leído en el silencio de una habitación y por cuanto vio desde su ventana. Al otro lado de su contemplación está el silencio de la ciudad de provincias, la memoria nos evoca el conocimiento y el conocimiento nos lleva hasta el interior.