CORPUS BARGA

 


“El rasgo más curioso de Corpus Barga – así lo definiría el político Mariano Ansó – fue su independencia de toda clase de poderes, incluso en los días propicios de la República. Otra característica de su robusta personalidad fue su elegancia espiritual, e incluso física, en medio de las situaciones más extremas. Hubo siempre en su porte algo de aristocrático, heredado sin duda de sus mayores y del medio social en que se desenvolvió su infancia (…) Jamás que yo sepa aspiró a un cargo público ni a una prebenda. Corpus Barga (seudónimo de Andrés García de la Barga) (Madrid, 1887- Lima, 1975), – que prestó un decidido apoyo a la República -, fue un gran periodista, abierto a toda clase de géneros, corresponsal, viajero, articulista, entrevistador y gran memorialista en “Los pasos contados.”

En la conferencia que Corpus pronunció en 1967 titulada Mis años de periodista: una autobiografía comprendida entre los años más cruciales del siglo (1914- 1945), evocó el primer periódico que dirigió en Madrid, Menipo, e hizo referencia a sus entrevistas a grandes personajes históricos (Mussolini, Bergson, Rodin, etc)  a las que habría que añadir el histórico reportaje del entierro de Proust, las entrevistas con Hitler, Churchill,  Lenin,  Hindenburg o las conversaciones que mantuvo con Pio Xl.  Marinetti o Pirandello. Hizo el viaje París-Madrid en avión en 1919, y en el 30 fue pasajero del Gran Zeppelin por el Atlántico Sur. Juan Ramón Jiménez, en “Españoles de tres mundos”, habla de Corpus como el hombre directo, con la distancia menor y rápida. Su escritura tiene el vuelo de rectas y ángulos de una libélula. Parece que escribe con sarmientos, con yerbas, con agua, con carbón, con hormigas, con escoria, con rocío.

 

Numerosísimos son sus trabajos en prensa: en El País, La Correspondencia de España, El Sol. España, Nuevo Mundo, Revista de Occidente, La Gaceta Literaria, más tarde Diario de Madrid, Cruz y Raya, dirige el semanario Diablo Mundo, del que sólo salieron nueve números, colabora más adelante en publicaciones fundadas por exiliados – Romance, Cabalgata, Realidad -; en sus años de América (llega a Lima en 1948) escribe en El Nacional de Caracas, El Comercio, Expreso, Visión del Perú y Mar del Sur. Luego su pluma aparecerá en Ínsula y en Papeles de Son Armadans.

Experiencias muy relevantes rodean a este excelente escritor y periodista; en París – desde 1912 a 1930 – trata a Pedro Salinas, Maiakovski, Kerenski, Trotski, Diego Rivera, Léon Bonnat, Madariaga y Picasso, y será acompañante y anfitrión de Baroja, Rivas Cherif, Azaña, Unamuno, Blasco Ibañez y Gutiérrez Solana entre otros muchos. Ayudará a cruzar la frontera a Antonio Machado en 1939. Una vida llena de incidentes y plena. “He cultivado el género literario tan español del artículo de periódico- – dirá Corpus en Papeles de Son Armadans en 1977 – Pero ni éste lo he cultivado según las reglas. He escrito mis artículos, por ejemplo a veces con preocupaciones mallarmeanas, que nadie podía descubrir, ni tenía sentido que fueran descubiertas. Cuántos artículos míos hay con todos los párrafos de la misma longitud, es decir, las pausas musicales. Durante mucho tiempo no hice más que artículos cortos con asuntos largos. Mis preocupaciones eran matemáticas y no políticas.”

 

En 1973, en conversación con José Miguel Oviedo que publicó “Triunfo”, Corpus Barga quiso hablar de la literatura memorialista a la que tantas páginas dedicó en Los pasos contados: Las memorias y las novelas – confesó – son lo mismo, tienen las mismas fuentes de información. Un novelista y un memorialista sólo se diferencian en que el memorialista es el protagonista de su obra, mientras que el novelista es, a veces, uno de los personajes de la novela. (… ) Toda literatura es coloquio. El novelista soliloquea con el lector, el memorialista soliloquea con el lector y con los personajes de las memorias, hace su obra leyendo lo escrito por él mismo, de modo que hace simultáneamente una novela con el mismo texto, interpretándolo de otro modo. Y en otra entrevista, en Ínsula, quiso comentar que puso el título Los pasos contados porque quería evitar la biografía y contar lo que sucedía a todo lo que estaba relacionado conmigo en mis pasos por este mundo. Enseguida comprobé que el recuerdo se hace con ingredientes que le impiden ser verdadero. Cuando se vuelve a un lugar de donde ha estado uno ausente durante mucho tiempo, todo suele parecer más pequeño que aquello que se recordaba. El recuerdo no es de fiar. Para fijarlo pensé en no seguir la línea cronológica sino agrupar lo recordado en torno a una persona o a un acto. Si no podía fiarme en el recuerdo, me pareció que en lo que podía fiarme era en el modo como se producía en mí el recuerdo, complicado con pensares, ideas, sensaciones y encerezado con otros, en su cristalización, en su estratificación.”

 

(Imágenes— 1-Horacio Coppola/ 2-Bernard Lamote1940/3- Gerhard Ullmann/4- Pamela J Crook)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS ( y 48): LA GRAN VÍA Y FINAL

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Hoy concluyen estas Memorias que han ido apareciendo desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

MEMORIAS  ( y 48)  :  La Gran Vía y final

 

 

 

Sí, así había sido. Así había ocurrido. La periodista no había venido nunca. La periodista no existía. Cuando, ya pasadas las seis y media o quizá las siete de la tarde, salí del Museo de Historia de Madrid  y comencé a caminar de nuevo por la acera izquierda de la calle de Fuencarral en dirección a la aún lejana Gran Vía aunque sin ningún propósito concreto sino tan solo deambular a aquellas horas en un verano recién inaugurado, las luces de los escaparates, sobre todo las luces de las esquinas de las calles de Beneficencia y de Farmacia, aparecían envueltas en un suave vaho, una neblina casi transparente que envolvía el paso apresurado de los transeúntes. Aquel tramo concreto de la calle de Fuencarral se encontraba a esa hora invadido de gentes que iban y venían apresuradas, cruzándose a su vez con muy escasos vehículos, para pronto aquel tramo hacerse peatonal, las aceras dieron paso a una amplia calzada salpicada de pequeños árboles aislados y el camino en fin se hizo más atractivo y cómodo. Por el centro de aquella amplia calzada y mezclado con una multitud heterogénea anduve varios minutos observado por las pintadas gigantes, a veces grotescas, que me miraban desde los ángulos de los muros, por numerosos comercios de fachadas multicolor reclamando la atención de los consumidores más jóvenes, por músicos solitarios apostados en las esquinas y en general rodeado de un ambiente amable y festivo como especialmente en los últimos años solía ofrecer aquella calle tan volcada a la modernidad en ciertas horas determinadas. Recuerdo sobre todo haberme detenido unos momentos con especial curiosidad en la esquina con la calle de Hernán Cortés para escuchar el ritmo acompasado de un joven trompetista que, de pie y apartado unos pasos de su pequeña orquesta de aficionados sentados en taburetes y entregados fervorosamente a sus instrumentos, lanzaba su sonido ante un corrillo de gente absorta y entusiasta y lo hacía con toda la fuerza de sus pulmones, girando una y otra vez el cuerpo con la trompeta elevada en el aire, impulsándolo todo con leves movimientos de brazos y piernas. Unos portales más adelante, en la esquina de Fuencarral con la calle Augusto Figueroa, me sorprendió también, como siempre me ocurría cuando pasaba por allí, la ermita Humilladero de la Virgen de la Soledad, una pequeña construcción en ladrillo con una gran puerta en forma de arco de medio punto que generalmente estaba casi siempre cerrada pero que aquella tarde permanecía abierta e iluminada. Me vinieron a la memoria mis lecturas de tiempos pasados sobre las calles de Madrid de Pedro de Répide y cómo hablaba él de aquella ermita fundada en 1712 por el marqués de Navahermosa, para añadir que parecía un santuario campesino en cuyo torno se hubiese alzado la ciudad. Tal afirmación era una completa verdad. Aquel arco de medio punto con barrotes de hierro había sido, al parecer, la puerta de las caballerizas del marqués de la Torrecilla y una vez más me quedé asombrado al contemplar en el atardecer la modesta construcción que había sobrevivido durante tantos siglos en medio del tráfago de la capital. Allí aparecían, en la pequeñísima capilla de forma rectangular presidida por un modesto altar con un retablo formado por dos columnas jónicas , el lienzo de la Virgen de la Soledad custodiado por un marco dorado y también un Cristo de madera policromada de tamaño natural ante el cual permanecían en ese momento, en pie y rezando, tres o cuatro personas, las únicas que podían caber en el estrecho recinto. La tradición decía que aquella Virgen siempre había estado alumbrada por un farolillo, pero ahora, entre las primeras luces de los comercios que provenían de la calle atrayendo una especial luminosidad y las cinco velas encendidas junto al altar, aquel recinto presentaba un aspecto insólito y sorprendente. Volví a pensar en el tema del tiempo, como tantas veces me ocurría, pero más que en el paso del tiempo, en la incrustación de un tiempo sobre otro, es decir, en la incrustación de aquella ermita del siglo XVlll dentro del siglo XXl y en su permanencia, por encima de tantos avatares, en el centro de Madrid. Me ocurría en cierto modo lo que me había pasado pocas horas antes, al principio de mi paseo de aquella tarde, al evocar los célebres pozos de la nieve a la altura de la glorieta de Bilbao y cuantas reflexiones me habían suscitado. Pero esta vez el tema era distinto, y en cierto modo más singular, ya que la ermita del Humilladero había quedado como trozo vivo de una época pasada, una especie de reliquia que nadie se había atrevido a suprimir desde hacía siglos. El tiempo, me fui diciendo conforme volvía a caminar por Fuencarral, me empujaba a la vez a avanzar por aquella calle con una ligera emoción que siempre me acompañaba, con un cierto afecto, puesto que aquella calle siempre me transmitía un eco especial, ya que unos portales más adelante, exactamente en el número 5, había nacido yo un mes de febrero de 1936 a las 6 de la tarde de un domingo, en medio de las explosiones de la guerra. Todo lo que me habían contado mis padres y mis abuelos, los periódicos y libros que yo había leído años después sobre aquellos momentos, las fotografías que había podido repasar en colecciones y bibliotecas, me llevaban, desde el balcón del número 5 de Fuencarral, hasta los sacos de arena amontonados para intentar proteger los edificios de los obuses y hasta los andenes nocturnos repletos de gente aterida de frío en los fondos del metro Gran Vía, aguardando bajo tierra, entre carteles de deshilachada propaganda y sacos de dormir, a que los ataques cesaran. Más o menos un año o casi un año y medio después de ese febrero, es decir, en abril o mayo de 1937, al otro lado de los cuatro tabiques de mi pequeña habitación infantil (así me lo contarían muchos años después), podía oírse perfectamente el eco de los proyectiles que disparaban sobre el gran edificio de la Telefónica de 81 metros de altura y 17 plantas – un rascacielos único para entonces – pegado al número 5 de Fuencarral, un edificio ocupado tan sólo hasta el piso octavo, abandonados y vacíos los pisos superiores por razones de seguridad y concentrados en el piso quinto varios corresponsales y escritores que allí tenían su oficina para transmitir la contienda, entre otros Barea, Dos Passos o Hemingway. Nunca pude imaginar que desde el inicio de mi vida la literatura la hubiera tenido tan cerca. A los dos primeros los leí años más tarde y al tercero lo conocí y charlé con él 22 años después, un 23 de mayo de 1959 en una armería de la calle de Serrano y aún recuerdo el poderío de su altura, sus ojos luminosos tras los lentes y su barba blanca. La Gran Vía, recordaba yo perfectamente y diría que casi palabra por palabra puesto que había leído en varias ocasiones los textos de Barea, la ancha calle en la que está la Telefónica, decía él, conducía al frente en línea recta; y el frente se aproximaba. Lo oíamos, recalcaba Barea. Estábamos esperando oírlo de un momento a otro nosotros bajo nuestras ventanas, con sus tiros secos, su tableteo de máquinas, su rasgar de granadas de mano, las cadenas de las orugas de sus tanques tintineando en las piedras. Tal era el clima de aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía en donde yo viví los primeros meses. Pero junto a aquellas páginas de los escritores compuestas a posteriori, los relatos personales de mi familia me iban contando cómo mi abuelo, enfundado en una bata sobre el pijama, bajaba a la Gran Vía, al frío de la madrugada y con más de sesenta años, intentaba ponerse en la cola donde repartían botes de leche condensada, uno de ellos indudablemente para mí. Aquellos relatos narrados mucho tiempo después y suavizados como siempre ocurre por la distancia, nunca podrían reflejar la dureza de las noches y las madrugadas. En todo aquello seguía yo pensando mientras avanzaba por la calle de Fuencarral ya cerca de su final, mejor dicho de su principio, y recordaba igualmente, volviendo una vez más hacia aquellos escritores, antiguas lecturas mías, también de Dos Passos, sobre todo su “Manhattan Transfer”, publicado en 1925, es decir, doce años antes de llegar a Madrid y de instalarse en la Telefónica. Volvía a pensar en todo aquello conforme caminaba e iba dejando atrás el luminoso reflejo de los escaparates, y le daba vueltas a aquel juego que había hecho Dos Passos con sus escenas cambiantes y entremezcladas, anuncios, personajes, noticiarios, recortes y publicidad que conformaban el cuerpo de su novela, y así, dándole vueltas a las cosas, pensé, no sé por qué, que en cualquier lugar del mundo podría establecerse de algún modo una especie de mosaico o lo que es lo mismo, de reunión de materiales, para poder levantar también un “Manhattan Transfer” singular, aplicado por ejemplo a cualquier año, por ejemplo a 1936. Aquel año del 36 nacía Yves Saint- Laurent y morían Lorca, Unamuno, Valle-Inclán y Gorki, la empresa Corning Glass Works presentaba recipientes de vidrio que podían ponerse directamente al fuego, el profesor Henri, psicólogo y quirósofo abría su consulta diaria para que el paciente pudiera ver su destino, un terremoto convertía en ruinas la ciudad de San Vicente en El Salvador causando 250 muertos y 800 heridos, Eugenio O’ Neill recibía el Premio Nobel de Literatura, una cazadora costaba ese año 25 pesetas, una estufa de gas 45, una radio a plazos suponía pagar 5 pesetas al mes, se podía comprar “¡Protegeos!”a 60 céntimos, con consejos, normas y precauciones a adoptar frente a los bombardeos aéreos, “A mal tiempo -aconsejaba un anuncio -, Ron Negrita Bardinet” ; “Jabón de La Toja, inmejorable para tocador por su fino y exquisito perfume”decía otro anuncio; en Pirados, Chile, llegaba la lluvia después de 91 años de sequía, se estrenaba “Tiempos modernos” de Chaplin, “Lejía Conejo’ se anunciaba en Barcelona, Bilbao y Zaragoza ; la programación de la radio, a las 12,25, emitía “Cocktail del día” de Pedro Chicote; “Niños flacos, harina lacteada Nestlé” indicaba otra publicidad ; un par de medias costaban 11 pesetas, unas zapatillas 5 pesetas, una noche en un Hotel de lujo 10 pesetas ; la actriz Carol Lombard aparecía en la portada de “Lecturas”, en los trajes se introducían tejidos que imitaban la seda natural; en Alemania mandaba Hitler, en Estados Unidos Roosevelt, en España Azaña, en Italia Mussolini, en Francia Lebrun ; un paraguas costaba 8 pesetas, unos zapatos de señora 19 pesetas, unas gafas 5 pesetas; Miguel Hernández publicaba “El rayo que no cesa”, se inauguraba el puente más largo del mundo en la ciudad de San Francisco, abría en Alemania la fábrica de automóviles Volkswagen, Antonio Machado daba a luz su “Juan de Mairena”, Nehru se constituía heredero de Gandhi. Y así, con todos aquellos materiales y muchos más reunidos de todas partes podían perfectamente reconstruirse pieza por pieza los fondos del año 1936, su suelo y su mapa oculto de imprevistos, nacimientos, defunciones, espectáculos, costumbres y curiosidades, sólo faltaba que una mirada literaria, como la que había tenido Dos Passos en Nueva York, y más tarde ampliada en su trilogía USA, se extendiera sobre los países y en concreto descendiera sobre Madrid y fuera mostrando toda una situación de conflicto y pobreza. Pero en aquel 1936, en aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía, existían también otras coordenadas, y así lo iba pensando yo en aquel atardecer. Levantaba la mirada hacia el cielo azul de Madrid a la altura de la calle de San Onofre, entre el gentío de las tiendas abiertas, y evocaba otros cielos contiguos y desconocidos, dilatados y extendidos en galaxias, una sensación parecida a la que me solía ocurrir de vez en cuando ante el mundo de los peces y el universo submarino, aquella sensación singular de que todas las cosas emergían al unísono, la trama de la vida, sus arterias y ciclos vitales, las raíces, hojas y ramas de los bosques, la expansión de nubes y cielos, un panorama que volvía a mi memoria. Pero no tuve tiempo de distraerme mucho en tales reflexiones porque casi enseguida llegué ante el balcón del número 5 donde yo había nacido y, como siempre solía hacer al pasar por allí, me detuve unos momentos ante la fachada de la casa, ante aquel balcón del segundo piso, e imaginé la figura de mi madre entre nítida y vaga en aquel muy lejano domingo de febrero, pero sólo fueron unos segundos ya que pronto emprendí de nuevo mi camino, rocé los grandes muros del edificio de Telefónica, doblé despacio a la derecha y me encontré de improviso con la luminosidad y el rumor tumultuoso de la Gran Vía. Debían de ser entonces las ocho u ocho y media, o quizás las nueve de la noche, no puedo precisarlo bien, pero lo que sí tengo en la memoria fueron las múltiples iluminaciones casi deslumbrantes entre el fragor de los coches brillantes bajo las luces y las muchedumbres yendo y viniendo por las nuevas aceras, ahora más amplias, que hacía pocos meses habían quedado inauguradas. Aquella Gran Vía de Madrid yo la conocía muy bien porque la había recorrido durante años de arriba abajo, especialmente antes de casarme, en los años cincuenta, muchas veces en verano, de diez a once de la noche, cuando dejaba en su casa del paseo de Rosales a quien luego sería mi mujer y cruzaba todo Madrid para volver andando hasta casa de mi tía Amparo, en la calle de Goya, donde yo entonces vivía, o cuando muchas mañanas llegaba en metro a la histórica estación de Gran Vía, precisamente situada frente a la Telefónica, una estación con elevador de tres paradas y su templete de granito coronado con una marquesina en hierro y cristal que resaltaba por su originalidad. En aquellos años la Gran Vía era espectáculo abierto a muchos autobuses de dos pisos con sus largos y grandes anuncios horizontales trazados bajo sus ventanas animando a consumir MARTINI o MORILES, mientras la neblina suave de cada invierno matizaba al pasar las largas faldas femeninas y los sombreros masculinos caminando en dirección a Callao, el mismo trayecto que ahora, por la acera de la izquierda, estaba haciendo yo. Aquella Gran Vía de los años cincuenta mostraba grandes y casi históricos edificios, muchos de ellos dedicados a proyecciones cinematográficas, nombres casi míticos, como el Avenida o el Palacio de la Música, o joyerías también célebres como Aleixandre, esquina a Montera, y yo en aquellos momentos me sentía caminar como siempre entre evocaciones cruzadas, igual que tantas veces me había sucedido en la vida, y una vez más, lo mismo que ante un resplandor, veía, por decirlo así, un Madrid desaparecido, la mano invisible pasando por encima de las ciudades y transformándolas. Al llegar a la altura del antiguo Palacio de la Música, ahora convertido en un amplio comercio de modas y del que estaban entrando y saliendo en esos momentos numerosos compradores, quise dar unos pasos hacia atrás en la misma acera, apartarme como pude de la multitud y levantar la mirada para contemplar de abajo arriba aquella compleja fachada que yo conocía muy bien, que yo había contemplado muchas veces, aquellos huecos excavados por hornacinas con jarrones prolongándose en los extremos hasta llegar a lo que podría llamarse el ático de la coronación, ascendiendo más arriba por una galería de orden jónico que combinaba columnas y que aún se alzaba más, hasta una balaustrada erizada de pedestales. Toda aquella zona muy cercana a Callao, tanto en la acera de la derecha como en la de la izquierda, había sido un enclave de ocio y diversión en los años cincuenta. Al lado del Palacio de la Música aún recordaba yo con claridad el gran vestíbulo del antiguo cine Avenida, por el que tantas veces había cruzado para entrar a ver una película, aquellas películas largas, en perfecto color y con perfectos amores, aventuras y traiciones, y cómo me habían sorprendido siempre, ya que me parecía una decoración de lujo, aquellas dos escaleras simétricas que conducían al anfiteatro y el paso a la sala sorteando columnas de mármol bajo espejos grabados recubriendo el techo donde se reflejaban brillantes arañas de cristal. Era un mundo que con las pequeñas salas de los cines modernos y sobre todo con la invasión implacable de los comercios, había desaparecido. Aún quedaba a pocos metros, al otro lado de la plaza, y ahora podía verla bien al entrar en ella, la imponente fachada del cine Callao, una creación de Gutiérrez Soto, con decoración típica del arte-deco y profusión de dorados, y sobre todo con su gran torreón de esquina iluminando en parte como un faro el resto de la Gran Vía junto al edificio Capitol, una Gran Vía que iba poco a poco descendiendo hacia la plaza de España. Y no sé por qué, si fue por la muy larga caminata emprendida durante toda aquella tarde desde mi casa con sólo un respiro de algunos minutos en una silla del Museo de Historia de Madrid hacía ya varias horas, o por diversas otras razones, lo cierto es que allí, en el centro de la plaza del Callao, rodeado por la gente y contemplando la iluminada fachada del cine, me sentí de improviso algo cansado y pensé a la vez, no sólo en el final que tenían todos los recorridos sino también de algún modo en el final de los libros. A aquel libro que yo había ido escribiendo poco a poco durante muchos meses entre errores y aciertos, “Los cuadernos Miquelrius”, aún le faltaba, pensaba yo, toda una labor de bastantes semanas de recapitulación, corrección y pulido, una labor parecida, me imagino, a la del carpintero que, creyendo ya su mesa aparentemente concluida, toma sin embargo su cepillo manual y realiza aquí y allá pacientes tareas de alisado en sus piezas de madera, rebaja nudos y cantos, permite que el ojo humano y también la mano no encuentren al pasar apenas ninguna dificultad : en el fondo algo necesario y difícil. Pero hasta el momento en que llegara esa tarea final de artesano había que seguir avanzando y así lo hice caminando entre la gente por aquella plaza del Callao, hasta, por un movimiento de inercia, llegar a una estrecha calle situada frente a mí, entre Preciados y unos grandes Almacenes, la calle del Postigo de San Martín, donde estaba situada la librería “La Central” a la que acudía tantos lunes por la mañana. A pesar de la hora observé con satisfacción que la librería aún no estaba cerrada y me decidí a entrar en ella, en parte para curiosear una vez más la aparición de alguna novedad y en parte para descansar un rato en alguno de los dos sillones que allí existían. Realmente en aquellos momentos había muy escaso público en “La Central” y yo, atravesando el vestíbulo sembrado de ofertas y revistas, tomé el ascensor como solía hacer siempre y subí hasta el segundo piso ahora casi vacío, aquel dedicado a libros de ensayo que era el que siempre me atraía. Y allí, y tal y como si fuera un sonámbulo, caminando entre hileras de libros y estanterías en todos los idiomas, sin duda apremiado por el cansancio acumulado de toda la tarde, llegué hasta la pequeña habitación acristalada, casi oculta en un rincón pero que desde hacía tiempo era ya como mi segundo espacio de trabajo, y viendo que la habitación aparecía solitaria busqué pronto el reposo en uno de los dos sillones. Me quedé largo rato pensativo. Frente a mí, al lado del ventanal que daba a una pequeña terraza por donde se adivinaba el cielo azul, aparecía sin ocupar el otro viejo sillón que siempre me había acompañado, un viejo sillón que yo había querido utilizar para sentar en él muchas veces de modo absolutamente imaginario, a Ricardo Senabre, antiguo catedrático de Salamanca y exigente critico de “El Mundo”. Senabre había sido, junto con la periodista, el único personaje de ficción que yo había introducido en mi libro. Senabre de algún modo me había servido para aconsejarme y animarme gracias a frases suyas que yo había leído en muchas de sus obras y él también me había atraído de modo casi misterioso puesto que era verdad que por muy pocos años de diferencia los dos habríamos podido coincidir como alumnos en las aulas de la universidad de Zaragoza, aunque aquello no había sucedido y siempre lo lamenté. Ricardo Senabre había fallecido en Alicante en 2015, pocos años antes de que yo comenzara “Los cuadernos Miquelrius” y sin embargo, por sus escritos y conferencias, él había estado muy presente en mí. Nunca nos habíamos, pues, conocido aunque siempre le había considerado muy cercano gracias a tantas lecturas. Nunca sabría lo que opinaría de aquellos “Cuadernos” pero me quedé mirando pensativo el sillón y le seguí dando vueltas a mis recuerdos e ideas.

José Julio Perlado

– “Los cuadernos a Miquelrius” – Memorias

Capítulo final

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (20) -ROMA, PIAZZA NAVONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (20):  Piazza Navona, Via Margutta

 

 

—Singulares experiencias, sin duda, las de sus años romanos…
Me ha hablado usted varias veces estos días del paso de tiempo, no sólo en los libros sino en muchas otras cosas. ¿Le interesa el tiempo, le obsesiona el tiempo?

 

— Bueno, esto está también relacionado de alguna forma con mis años en Roma. El tema del tiempo es algo que siempre me interesa. No creo que exactamente me llegue a obsesionar, pero sí me interesa mucho, me intriga, usted me lo ha recordado. He escrito varios libros que de uno u otro modo giran en torno al tema del tiempo, en torno a la superación del tiempo. Hace unas semanas, creo, si no me equivoco, cuando le hablaba a usted de Madrid, de la calle en que nací cerca de la Gran Vía, pero también de aquella casa de la calle de Goya, la primera casa en la que viví, de las grandes habitaciones de aquella casa, me refería al tiempo pasado, a la superposición de distintas épocas sobre esa casa. Esto me ha sucedido muchas veces: el pensamiento del paso de las épocas sobre las ciudades y los hombres.

Recuerdo, por ejemplo, en Roma cómo me impresionó una manifestación comunista de los años sesenta a la que tuve que asistir por obligaciones periodísticas y cuyo escenario fue la Basílica de Majencio, a un paso del centro del Foro. Allí, ante las ruinas de la célebre Basílica civil del siglo lV comenzada por Majencio y terminada por Constantino, pensé también en la superposición de las épocas, en el pasar de los siglos. En aquel anochecer romano de antorchas y de cánticos se estaba pidiendo a gritos la libertad y la paz. Y mi mirada, recuerdo, iba contemplando atentamente aquella gigantesca escena entre las sombras, y al evocarla, mi memoria marchaba igualmente hacia atrás, me llevaba sin querer hasta una acuarela a lápiz que yo había descubierto hacía años entre las páginas de un libro. Se trataba de una “vista de Roma” del arquitecto y dibujante inglés John Goldicutt, pintada hacia 1820, y allí aparecía también aquella Basílica de Majencio reencarnada en tonos ocres y amarillos y llena de luminosidad. Pero la luminosidad de aquella noche de los años sesenta con las antorchas en penumbra y alumbrando de algún modo las tres bóvedas, las imágenes de la Basílica del siglo lV y a la vez la “vista de Roma” de Goldicutt , fueron las que se unieron de pronto en mí en un instante mientras seguía escuchando los vibrantes cánticos comunistas. Y eso aún pervive en mi memoria.

De todos modos con Roma, ya que volvemos a ella, me ha pasado como con muchas otras ciudades: el interés o la evocación, casi sin querer, como digo, por la superposición de muchas épocas. Eso quizás ha ampliado mi mente de escritor, no lo sé, tal vez algo la haya enriquecido y le haya dado otra dimensión; pero eso no soy yo quien debe decirlo. Es como si volviera de alguna forma al título de aquel libro de Mujica Láinez del que un día le hablé, el “aquí vivieron”, el saber de algún modo que en esas ciudades y en esas casas, hace muchos siglos, ellos – sean quienes sean -, “aquí vivieron”. Acabo de referirme a esa acuarela de Goldicutt representando a la Basílica de Majencio. Pero yo he sido siempre muy aficionado, además de a la pintura y a los buenos cuadros, también a las fotos antiguas: me han intrigado esas amarillas imágenes. Ellas me han ido abriendo a otros mundos. Pienso que son la historia de una ciudad, la vida de las generaciones. En el caso de Roma, cuando yo la viví en los sesenta, también las viejas fotos me intrigaban mucho. Recuerdo una en la que se veía el Foro Romano, cuarenta años después de la acuarela de Goldicutt, es decir, en 1860, una fotografía extraordinaria de un italiano de origen alemán afincado en Nápoles, Giorgio Sommer, que recogía el paso de unas yuntas de bueyes caminando pesadamente por entre las ruinas del Foro, poderosos y mansos animales transportando enormes carromatos cargados de maderas, imagino que aportaban su esfuerzo para alguna construcción, y esos bueyes entre las celebres ruinas me iban llevando hasta tiempos en los que el Foro, ya en la Edad Media, se había utilizado como feria de ganado y luego, a mitad del XlX, cuando llegó a llamarse “campo vacuno”. Nunca habría podido imaginar a unos bueyes paseando ante la Columna Trajana pero allí estaban. Roma es así, imprevisible. Como decía Fellini, esa ciudad es una gran plataforma que sirve para emprender vuelos fantásticos y esos vuelos a mí me han llevado calles abajo, por plazas y rincones de Roma, gracias a las grandes fotografías y a los grandes fotógrafos. También Giorgio Sommer , el mismo fotógrafo que retrató el Foro con los bueyes y en el mismo año en que lo hizo, había querido recoger los numerosos carromatos cargados de frutas y verduras que invadían plaza Navona, desperdigados y semiapoyados en torno a las fuentes y al obelisco, testimonio sin duda del bullicioso mercado que allí había existido desde el siglo XV y que en el XlX ofrecía diariamente sus provisiones a los romanos. Y así, cuando yo muchas veces me acercaba en aquellos años, sobre todo en verano, hasta aquella plaza sentándome bajo el toldo de la heladería “Tre Scalini” para saborear una “cassata” o un “tartufo”, los avatares históricos de plaza Navona venían hacia mí, pero como podía venir igualmente el tapiz del pasado en Madrid, en París o en cualquier otro sitio. Eso, de una forma o de otra, en las ciudades siempre me ha ocurrido.

Y fue precisamente en una de aquellas mañanas, como le digo, en plaza Navona, en uno de aquellos paseos míos siguiendo la forma oval de aquel lugar donde había estado emplazado hacía siglos el estadio de Domiciano, y mientras admiraba una vez más la célebre Fontana de los Cuatro Ríos con el gran obelisco egipcio coronado en su cielo por la paloma que lleva una rama de olivo en su pico y en el momento en que bajé la mirada y la extendí de nuevo sobre la multitud, cuando me topé casi de bruces, inesperadamente, con un viejo colega mío, un excelente periodista y corresponsal francés, Jean D ‘Hospital, con el que no había logrado coincidir, aún no sé bien por qué, desde hacía muchos meses y en las pocas ocasiones que habíamos charlado lo habíamos hecho en los despachos de la Prensa Extranjera, en Plaza de San Silvestro. A los dos nos sorprendió aquel encuentro y pienso que a los dos nos proporcionó también una gran alegría. Y sin duda para recuperar el tiempo perdido empezamos los dos a hablar enseguida de muchas de nuestras cosas, y como ocurre con las conversaciones entre antiguos conocidos, casi sin darnos cuenta, fuimos cruzando callejuelas y atravesando plazas sin dejar de hablar, deteniéndonos en las esquinas para reforzar nuestros argumentos y volviendo de nuevo a andar hasta llegar así, paso a paso y casi sin querer, hasta vía del Corso, y de allí, con una conversación casi interminable ( él acababa de publicar su libro “Roma in confidenza”, y deseaba, me dijo, regalarme un ejemplar ), nos acercamos hasta vía Margutta que era donde Jean D’ Hospital vivía.

No sé si usted conoce bien la ciudad de Roma pero vía Margutta por aquellos años seguía siendo, y yo creo que lo sigue siendo ahora aunque quizá con más avalancha de turistas, una pequeña calle deliciosa, muy cercana a la Plaza de España, una pequeña calle célebre por su arte al aire libre, decorada muchos días y a muchas horas de cuadros espontáneos. Y eso es lo que vi nada más llegar al portal de mi amigo. A pesar de la hora – era más de mediodía – ya estaban los muros y las aceras de la calle casi completamente invadidos de pinturas y esculturas de todos los tamaños, unos cuadros descansando en el suelo, otros a media altura presentando dibujos sin marco, abigarradas litografías que se alternaban con figuras en yeso, mascarillas, bocetos, toda clase de objetos artísticos colocados entre sillas y mesitas cubiertas con pequeños tapices familiares, en el fondo todo un museo improvisado y viviente. D ‘Hospital me contó, mientras yo contemplaba todo aquello asombrado, que hacía diez años, en 1953, se había creado en esa calle la “Feria de arte de la vía Margutta”, una muestra anual muy celebrada en la ciudad y que a él todo aquel tráfico de gentes y de vendedores a veces le perturbaba en su trabajo periodístico pero que no dejaba de mostrar indudablemente, y así lo reconocía, una gran belleza. Luego, cuando subimos a su apartamento en el segundo piso – una superficie de tres habitaciones que daba a un pequeño balcón cuajado de flores – D ‘ Hospital, entregándome su último libro acompañado de una dedicatoria cordial y expresiva, me estuvo hablando, aunque de manera muy general, de las costumbres romanas, de las gentes y de la vida pública, cosas que él había vivido y observado muy bien, pero sobre todo lo que me intrigó enseguida y me dejó asombrado fue el descubrimiento de su extraordinaria colección de fotos antiguas de la ciudad que muy pronto quiso mostrarme con una mezcla de orgullo y de satisfacción. Escondía la colección, muy bien clasificada y ordenada, en una pequeña habitación contigua a su estudio y allí me hizo pasar. La había ido acumulando, según me dijo, durante veinte años, exactamente desde que en 1944 había llegado a Roma procedente de Argel, entrando en la ciudad en plena noche conduciendo un jeep y vistiendo el uniforme militar con las insignias de corresponsal de guerra de una Francia dolorida. Y allí, ante mi sorpresa, encontré el mayor archivo fotográfico de Roma que nunca he visto ni hubiera podido imaginar y que ya desde el primer vistazo constituyó para mí una auténtica delicia. Eran numerosas imágenes de tipos muy diversos captados a lo largo de años por los más grandes fotógrafos no sólo italianos sino americanos y de diversos países europeos, y revelaban la pasión de todos los devotos observadores de la ciudad. Allí encontré, por ejemplo, instantáneas conseguidas por los célebres Cartier- Bresson y James Anderson o fotos logradas por el calabrés Mario Carbone o por los hermanos D’ Alessandri, pero más aún que esos nombres, siendo importantes, impactaban las imágenes. Recuerdo de manera especial los testimonios gráficos de la época del fascismo que él había reunido gracias, como me dijo, a amigos suyos del Instituto Luce, la gran Agencia oficial estatal, y donde se veía a los romanos de 1942 leyendo en las calles, entre la curiosidad y la desesperanza, el periódico mural “Notizie da Roma”, un enorme papel pegado y arrugado que había ido colocando en las esquinas la Federación Fascista de la Urbe, o también la visita de Hitler y Mussolini a la Galleria Borghese de Roma en 1938 con la pétrea mandíbula de Mussolini disparada con enorme poderío sobre la “ Paolina Borghese” de Antonio Canova mientras Hitler, a su lado, la vigilaba y calibraba sin mover apenas su famoso bigote. Eran muy valiosos testimonios de una época ya pasada pero a la vez intensa, que, como quiso comentar D ‘Hospital conforme pasábamos las hojas de su archivo, hacían surgir las preguntas que los romanos frecuentemente se hacían: “¿la guerra?, ¡bien, ya pasó! ¿Los fascistas? ¿Pero es que alguien alguna vez había sido fascista?”, se preguntaban. Eran cuestiones sin respuesta y que a la vez definían a los italianos. En uno de aquellos momentos aproveché para preguntarle al periodista : “entonces, tu que los conoces bien, ¿en qué están interesados los romanos?”, y enseguida me contestó: “ Pues creo que principalmente en su madre, en sus hijos, en la mesa, en los cantantes de moda, en las bodas reales, en las aventuras de las estrellas de cine, en la temperatura y en el fútbol. Como habrás visto, añadió, hablan a una velocidad endiablada, porque su lenguaje está basado en tres expresiones fundamentales: “Aoh!”…”He!”… “Mha!”… La primera, no es que yo lo haya indagado mucho, me añadió D ‘Hospital, pero creo averiguar que puede ser una manifestación de sorpresa, una oposición, o tal vez una defensa, a veces incluso una prohibición, aunque yo no consigo adivinarlo bien del todo; la segunda puede ser también una interrogación o una aceptación, y la tercera, cualquier forma inspirada de un lenguaje suyo muy propio y muy personal. Es un lenguaje inimitable el de los italianos y casi siempre sostenido por gestos. A veces ese lenguaje, como has visto, queda resumido en un solo gesto porque no necesitan más: hacen un movimiento con las manos o alzan las cejas. Pero con eso ya lo han dicho todo: desde las protestas en la ventanilla de su coche a las conversaciones más banales. Se comunican perfectamente. Y como anotaba un gran novelista, el pueblo romano goza con el estrépito y con el ruido, con ese ruido producido con la boca o con las manos, y eso ya contribuye a su felicidad de vivir.”

Tuvimos, recuerdo, una larga y agradable conversación, y cuando le comenté, casi al despedirnos, aquella fotografía del Foro que a mí me había sorprendido tanto – la fotografía del Foro con los bueyes en 1860 – , D’ Hospital no se asombró en absoluto. Me enseñó otra aún más antigua: una imagen del mismo Foro tomada tres años uantes, en 1857, una instantánea de la ropa puesta a secar, extendida sobre las famosas columnas históricas; unos pantalones blancos, unas camisas y sábanas colgadas en lo que habían sido las ruinas quizá más célebres del mundo, unos colores amarillentos igual que si el tiempo hubiera dorado la fotografía, y un color blanco en cambio extendido en los vestidos bajo el sol. Como digo, toda aquella charla fue muy agradable. Nos prometimos repetirla y así lo hicimos unas semanas después, yéndonos a cenar al aire libre al barrio del Trastevere, ese barrio tan típico donde la chiquillería corre entre las mesas y casi no le dejan hablar a uno. Pero pudimos hablar de muchas cosas. Con la gran cultura que Jean D’Hospital tenía sobre la ciudad, recuerdo que me aconsejó el libro de Jérôme Carcopino sobre la vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, desmenuzándome muchas anécdotas, por ejemplo, las intensas diferencias que, precisamente allí, en el Trastevere, habían existido entre el día y la noche, en el marco de históricas tabernas permanentemente abiertas y tantas veces cercadas por embaucadores, raptores e incluso asesinos que en tiempos del Imperio atacaban de modo casi continuo a paseantes nocturnos.

José Julio Perlado— “Los cuadernos Miquelrius”  (Memorias)

(Continuará)

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ROMA EN CONFIDENCIA

ciudades.-yt789.-Roma.-Constante Moyaux.-vista desde la Villa Médicis en 1863

Siete de la tarde de hace muchos años. Luces encendidas en una calle del corazón de la Roma bohemia: Via Margutta. Aquí es donde vive desde hace más de veinte años este corresponsal francés, Jean D`Hospital: juego de luces, horizonte de telas abstractas. El periodista me sirve un té mientras charlamos:

– Cuando miro a Italia, una observación general que me hago es sobre la curiosa manera que han tenido los italianos de olvidar el régimen de Mussolini, el “fascismo”. El fascismo para los italianos es como una cosa remota. Tienen la facultad de olvidar. Viven al día. Parece que no tengan recuerdos. Es un pueblo joven, jovencísimo, y olvida enseguida. Tienen una gran energía para olvidar, una ligereza. Si las cosas internacionales van mal los italianos se dicen “ya se arreglarán”.

ciudades.-5yyu.-Roma.- 1951.-foto Henr Cartier Bresson.-Magnum Photos

Roma es una de las pocas ciudades del mundo en donde aún queda el gusto y el gozo de saber vivir. Pero un extranjero aquí no se italianiza nunca. En España, el extranjero llega un momento en el que se “españoliza”. España se le va pegando a la piel. Aquí eso no suele ocurrir. El extranjero encuentra que Roma no cambia. No hay duda de que se ha engrandecido y ha transformado en estos últimos años algo de su fisonomía, pero su esencia no cambia. No cambia su aire centenario ni  esa atmósfera característica de Roma, su carácter de ciudad única, su aire señorial de filosofía sonriente. Y sin embargo,

café.-t66nnm.-El Caffé Greco de Roma en 1943.-Aldo Palazzeschi, Goffredp Petrarse, Mirko, Carlo Levi, Pericle Fazzini,  Orson Welles, Elio Plaiano y Vitaliano Brancati entre otros.

Roma tiene peligros para su futuro. No es industrial. Y su comercio es pequeño; no tiene fábricas. Uno se puede preguntar lo que será Roma dentro de unos años, y es necesario contestarse que Roma es muy posible que nunca sea un centro de actividad industrial. Roma es espíritu. Lo saben los romanos, con su lenguaje y sus actitudes picarescas. En la última guerra, por ejemplo, Roma fue la ciudad italiana que menos sufrió y para los romanos eso era natural. Pensaban y piensan que tienen derecho a no sufrir, sencillamente porque son romanos. Lo encuentran natural y razonable. Tienen la cúpula de San Pedro como protección. Pienso que esa cúpula continuará protegiéndoles largo tiempo.”

agua.-44bb.-Fontana del Tritone.-Roma.-

Cuando salgo de via Margutta destacan aún más en penumbra los mármoles, los jarrones, claustro de colores en barros y en hierros. Diez de la noche de hace muchos años, horizonte de tantas nostalgias.

(Imágenes:- 1..-Constant Moyaux. Roma 1863/ 2.-Henri Cartier-Bresson.-Roma 1951/ 3.– Roma: café Greco.-Aldo Palazzeschi, Carlo Levi, Orson Welles, Vitaliano Brancati, entre otros/ 4- fontana del Tritone)

LAS ENTREVISTAS IMPOSIBLES

Han existido entrevistas imposibles resueltas sin embargo de modo excepcional gracias a la fantasía y a la erudición. Entrevistas imaginarias- como he comentado ya en “Diálogos con la cultura“- en las que Giovanni Papini será el que, también imaginariamente, visitará a Einstein, a Wells, a Bernard Shaw y a muchos más.

La imaginación conseguirá también páginas destacadas gracias al italiano Manganelli  en sus entrevistas imposibles con Dickens, Marco Polo, Tutankamon, De Amicis, Gaudí y otros (” A y B”) (Anagrama). E igualmente me referí ya en Mi Siglo a las “Vidas imaginarias” de Marcel Schwob.

Italo Calvino hará igualmente entrevistas imposibles en forma de relato con el hombre de Neanderthal, Moctezuma y Henry Ford en “La gran bonanza de las Antillas” (Tusquets), y ascendiendo ya por las ramas de más erudición y más fantasía, alcanzaremos la excelente prosa de Walter Pater en sus célebres “Retratos imaginarios“.

Los periodistas conseguirán también, si no entrevistas imposibles, sí al menos realmente difíciles. Corpus Barga visitando a Mussolini escuchará : “Usted es un periodista y no puede usted creer en la interviú“, pero logrará sin embargo describir magistralmente a su interlocutor. También Emil Ludwig, por los años treinta, traspasadas las puertas cerradas del Kremlin, escuchará a Stalin, pero antes, en México, las primeras entrevistas célebres habían sido las de James Creelman, en 1908, viendo a Porfirio Díaz, y la que Regino Hernández Llergo logra, en 1923, penetrando en el hermético refugio de Pancho Villa para hablar con él, sin olvidar la realizada por Blasco Ibáñez a Venustiano Carranza.

Son entrevistas difíciles, sí, pero no imposibles. Como entrevistas difíciles pero magistralmente conseguidas serán también en muchos casos las famosas de The Paris Review, una revista excepcional que quedará en los anales del periodismo.

(Imágenes:- 1 y 4.- portadas de la revista “The Paris Review”/ 2.-Bernard Shaw- Yousuf Karsh/ 3.- Charles Dickens.-por Frith.-1859/ 4.- Corpus Barga.- elmundo.es)

EL MANDARÍN MARAVILLOSO

El mandarín maravilloso de Bela Bartók eleva en su soledad blanca los trazos negros y afilados de pies y manos, los saltos de las sombras, el perfil de la danza, el ritmo y sus desviaciones sincopadas. El mandarín maravilloso bailará entre los ángulos hirientes de la coreografía, entre la geometría de los signos, entre el vuelo violento de las capas, los movimientos del conflicto y el contraluz de muñecas, piernas y brazos. El bailarín maravilloso estará de pronto invadido de colores y alejará y acercará los rostros ante un espejo invisible enmarcado en la gran expresión orquestal.

Sucederá esto en 1919. Casi veinte años después, en 1936, el mandarín maravilloso dará paso a una fantasía sonora, sólida arquitectura de la “Música para cuerda, percusión y celesta“. Arpa, piano, timbales y tantos otros instrumentos se fundirán en unidad extraordinaria y en fascinante y dinámica  disposición. “A  menudo se viaja con él sobre las aguas negras de un río subterráneo – dirá Julien Green en su “Diario” al hablar de esta obra de Bartók -, pero hay también sobre las aguas el resplandor de los fuegos de Bengala y por encima de nuestras cabezas la bóveda de una belleza mágica; también podemos sentirnos en un templo plenamente sonoro con el ruido de los gongs, en medio de una jungla donde la fieras rugieran sordamente en la noche”.

Que mis exequias – dirá Bartók en su proyecto de testamento – se celebren lo más sencillamente posible. Si por casualidad, después de mi muerte, quiere darse mi nombre o erigirse un monumento en mi honor en una plaza pública, he aquí cuáles son mis deseos: en tanto que las plazas de Budapest antiguamente llamadas Plaza Oktogon y Plaza Eorönd lleven los nombres de estos hombres (léase Mussolini e Hitler), en tanto que haya en Hungría una plaza o una calle con esos dos nombres, yo deseo que no haya en el país ninguna calle, ninguna plaza ni un monumento público que lleve mi nombre y que ninguna placa conmemorativa sea colocada en lugar público“.

Nuestra situación empeora de día en día – escribirá desde Estados Unidos el gran compositor meses antes de morir -. Nunca en mi vida, desde que me gano el pan, me he visto en una situación tan terrible. Mi mujer lo soporta todo heroicamente. Hasta ahora habíamos tenido gratis dos pianos. Pero acabo de recibir el aviso de que se van a llevar uno. Naturalmente, no tenemos dinero para alquilar un segundo piano. Por lo tanto, no tendremos posibilidad de estudiar las obras para dos pianos. Y cada mes recibo un golpe por el estilo. Me rompo la cabeza preguntándome qué me va a ocurrir el mes que viene…”.

Es la hora de la séptima puerta…”, le dirá al fin a un visitante el 26 de septiembre de 1945 en el West- Side Hospital de Nueva York.

Allí es donde murió.

(Imágenes: videos.-1.-“El mandarín maravilloso” (1919).-Angers Nantes Opéra Au Theâtre Le Quai/ 2.-“Música para instrumentos de cuerda, percusión y celesta”(1936).-Filarmónica de Berlín, dirigida por Pierre Boulez/ 3.-“Sonata para violín solo”(1944), por Ivry Gitlis)