VIEJO MADRID (62) : EXTERIORES

el-madrid-realista-de-antonio-lopez-y-compania

 

«Madrid huele mejor. No huele a mulas, ni a sudor, ni a humos, ni a corrales sucios con el olor caliente del estiércol y de las gallinas. Madrid huele a sol por las mañanas. El gato se queda en una esquina del balcón encima de un cuadrado de alfombra, asoma la cabeza a la calle por encima del  borde de la tabla puesta de canto contra la barandilla y después se sienta y se duerme. De vez en cuando, entreabre los ojos de oro y me mira. Los vuelve a cerrar y sigue durmiendo. Dormido, mueve las ventanillas de la nariz, oliendo las cosas.

 

Madrid- nby- AntonioLopez- museo Thyssen. rtv es

 

Cuando riegan la calle sube hasta el balcón el olor fresco de la tierra mojada, como cuando llueve. Cuando sopla el aire del Norte, huelen los árboles de la Casa de Campo. Cuando no hay aire y el barrio está quieto, entonces huelen las maderas y los yesos de las casas viejas, las ropas limpias tendidas en los balcones, los tiestos de albahaca. Los muebles viejos de nogal y de caoba sudan la cera y se les huele por los balcones abiertos, mientras las mujeres limpian. Debajo de casa hay una cochera de lujo y por las mañanas sacan los coches de charol a las calles y los riegan y los cepillan, y huelen. Los caballos blancos y castaños, color canela, salen a pasear tapados con una manta y huelen a pelo caliente.

 

Madrid- bhu- Amalia Avia- elmundo es

 

(…)  Nuestro barrio – porque éste es nuestro barrio – se extiende por un dédalo de callejas antiguas hasta la calle Mayor. Son calles estrechas y retorcidas como las hacían, no sé por qué, nuestros abuelos. Tienen nombres pintorescos; primero los santos:  Santa Clara, Santiago; después nombres heroicos, Luzón, Lepanto, Independencia; finalmente los de fantasía: Espejo, Reloj, Escalinata.  Estas calles son las más viejas y las más retorcidas las que sirven mejor para jugar a «justicias y ladrones». Tienen solares con vallas rotas y ruinas dentro, casas viejas con portales vacíos, patios de piedra con árboles solitarios, placitas más pequeñas que la calle. Se retuercen y se enroscan favorables al escondite y a la huida».

Arturo Barea

 

Madrid- nhu- Puerta del Sol- Amalia Avia- mil novecientos setenta y nueve- museo Tyssen

 

(Imágenes- 1- Madrid- Antonio López García- museo Thyssen/ 2.-Madrid- Antonio López García– museo Thyssen- rtv es/3.- Amaia Avia- elmundo es/ 3.-Puerta del Sol-  Amalia Avia- 1979- museo Thyssen)

INTIMIDAD DE PISARRO

Pisarro.-99hhn.-el camino de Louveciennes.-1872.-Museo d `Orsay

«Pisarro era un hombre delicioso – escribe su biógrafo Adolphe Tabarant -, tan profundamente humano que una injusticia hecha a alguien le irritaba tanto como una ofensa personal. No podía uno acercarse a él sin quedar conquistado por su rostro patriarcal y majestuoso, en el que jamás se vio un gesto duro ni altanero. Sus ojos, sus pobres ojos de los que sufría tanto, eran magníficos; sonreían como sonreían su labios, dando confianza en el acto a cualquiera que acudiese a él. A veces hubo bastante tristeza en sus ojos de artista, adoradores de la belleza de las cosas, pero esto ocurría cuando estaba a

pintores.-98gfg.-Pisarro trabajando.-aloj.us es

solas consigo mismo, devorado tantas veces por la inquietud (…) Todo vestido de terciopelo negro, tenía un aspecto muy respetable (…) Era digno de ser pintado por Rembrandt enfundado en el abrigo de pieles con que el maestro de Amsterdarm vestía a sus rabinos eruditos y burgomaestres. Daba una impresión infinitamente venerable con su bello rostro de facciones regulares, sus grandes ojos orientales llenos de luz, su barba que la edad comenzaba a salpicar de copos blancos y sus manos finas de pintor…»

Pisarro.-rvgg.-la carretera de Versailles a Louveciennes.-1870

Pero si estos eran los reflejos que se escapaban de la intimidad de su carácter y su figura, otra intimidad artística se expandía en consejos concretos: «Tienes que buscar la naturaleza que convenga a a tu temperamento – le explicaba a un joven pintor -, contemplar el tema más por la forma y por el color que por el dibujo. Es inútil ceñirse a la forma, que puede figurar sin necesidad de eso. El dibujo conciso resulta seco y perjudica la impresión global, destruye todas las sensaciones. No frenar el contorno de las cosas; la mancha justa de valor y de color, eso es lo que ha de dar el dibujo. En una masa lo más difícil no consiste en detallar el contorno sino en hacer lo que hay dentro. Pintar el carácter esencial de las cosas, intentar expresarlo no importa de qué modo,

Pisarro.-uubbem,.-los techos rojos.-1877.-wikipedia.org

sin preocuparse por el oficio. Cuando se pinta, hay que escoger un tema, ver lo que tiene a la derecha y a la izquierda, trabajar en todo simultáneamente. No componer trozo por trozo; hacerlo todo a la vez, esparciendo tonos por todas partes, mediante toques en su coloración y en su valor, observando lo que haya al lado. Es mejor trabajar a base de pequeños toques y probar a fijar las percepciones inmediatamente. El ojo no debe concentrarse en un punto particular, sino que ha de verlo todo y al mismo tiempo observar los reflejos de los colores sobre lo que les rodee. Al mismo tiempo conviene dedicarse al

Pisarro.-3ddv,.el puente de Charing.-Cross.-Londres.-1890.- National Gallery

cielo, al agua, a las ramas, a la tierra, enfrentarse con todo y no abandonarlo, hasta que ya esté; cubrir la tela durante la primera sesión, después atacarla  hasta que ya no falte nada que añadir. Fijarse bien en la perspectiva aérea, del primer plano al horizonte, los reflejos del cielo, del follaje. Ningún miedo a dar color, afinar la tarea poco a poco. No proceder según reglas y principios, sino pintar lo que se observa y lo que se siente. Hay que pintar con generosidad y sin vacilación, pues vale más no fallar la primera impresión sentida. Ninguna timidez delante de la naturaleza: hay que atreverse, a riesgo de engañarse y de cometer faltas. Sólo se puede tener un maestro, la naturaleza: a ella es a quien siempre conviene consultar.»

Pisarro.-5ftt.-Huerta y árboles en flor.-primavera.-Pontoise.- 1877.-Museo d´Orsay

Intimidad de Pisarro.  Sin embargo, alguien había dicho de él en 1876: «Intenten explicarle al señor Pisarro que los árboles no son violetas, y que el cielo no tiene el color de la mantequilla fresca.»

Pisarro.-98bgg.-El bosque de Marly.-1891.-Museo Thyssen- Bornemisza

Intimidad de Pisarrro cuando estos días se inaugura en el Museo Thyssen de Madrid una gran exposición sobre el pintor.

Pisarro.-uunn.-Place du Havre.- París.-1893.-Art Institute of Chicago

(Imágenes.- 1–Pisarro.-el camino de Louvenciennes.- 1872.- Museo d `Orsay/2- Pisarro trabajando.- us. es/ 3.- Pisarro.- la carretera de Versailles a Louveciennes.-1870/ 4 -Pisarro.- los techos rojos.- 1877.-wikipedia/ 5.-Pisarro..- puente de Charing- Cross.-Londres– 1890.- National Gallery/6.-Pisarro.-árboles y flores en primavera-Pontoise.-1877.-Museo d ´Orsay/7.-Pisarro.-el bosque de Marly.-1871.-Museo Thyssen/8.-Pisarro.-Place du Havre.-1893.-Art Institute of Chicago)

COLORES EN LA GRAN GUERRA

«El azul es el color típicamente celeste – dirá Kandinsky -. Serena y calma, profundizándose. El azul profundo atrae al hombre hacia el infinito, despierta en él el deseo de pureza y una sed de lo sobrenatural. Es el color del cielo tal como aparece desde que escuchamos la palabra «cielo». Deslizándose hacia el negro se colorea de una tristeza que sobrepasa lo humano, semejante a aquella en que suelen hundirse algunas personas en ciertos estados graves que no tienen fin y que no pueden tenerlo. Cuando se aclara, el azul parece lejano e indiferente como en el alto cielo. A medida que se aclara pierde su sonoridad hasta no ser más que una quietud silenciosa y blanca. Si se quisiera representar musicalmente los distintos azules, se diría que el azul claro se parece a la flauta, el azul oscuro al violonchelo y, al oscurecerse, cada vez más, evoca la muelle sonoridad de un contrabajo. En su apariencia más grave y más solemne, es comparable a los sonidos más graves del órgano».De lo espiritual en el arte«.-Nueva Visión )

Pero el azul se adensa. Las luces del azul abren las ventanas y de ellas salen cuerpos que miran a  las bombas, expresionismo que extiende los brazos intentando parar las nubes de la guerra, calles que se retuercen donde el azul de Jakob Steinhardt , por ejemplo, no tiene nada que ver con el de Kandinsky, azul inquietante, azul de noche de bombardeos, los artistas oyen silbar a los colores e intentan escapar con trazos de toda la barbarie. No, no es la Gran Guerra. No hay Gran Guerra. Todas las guerras son Grandes en su repetitiva crueldad, todos los pánicos estallan. La exposición que acaba de inaugurarse en Madrid en el Museo Thyssen y que estará hasta el 11 de enero, «¡1914! La vanguardia y la Gran Guerra», lo que hace es presentarnos la creación interpretando los sonidos en la noche, los cuerpos devastados.

Las flechas que caen como pájaros desde el cuadro de Klee apuntan a cada inocente despavorido que huye ante los pájaros cayendo como flechas. Cada pájaro lleva en su alargado vientre la metralla rectilínea y el corazón está debajo corriendo hacia el refugio, buscando a ciegas el amparo. Nadie escapa al poderío de los colores, a las explosiones de Otto Dix, a los caballos de Franz Marc, a los fogonazos de Ludwig Meidner. Los caballlos y los cañones y las columnas de humo siembran de fealdad y de impureza paisajes apocalípticos.  Vemos  perfectamente la velocidad del sonido y oímos perfectamente el trazo del color.  Nadie podía imaginar al lanzar las bombas, que debajo, mirándolas – sobre todo, pintándolas – estaban los artistas.

(Imágenes:»Lírico», 1911.-Wassily Kandinsky.-Óleo sobre lienzo.-Museum Boijmans Van Beuningen, Rotterdam/ «La ciudad», 1913.-Jakob Steinhardt.-Óleo sobre lienzo.-Staatliche Museen zu Berlin, Nationalgalerie, Berlín/ «Pájaros tirándose en picado y flechas», 1919 .-Paul Klee.-Calco de óleo y acuarela sobre capa de lápices grasos.- The Metropolitan Museum of Art, The Berggruen Klee Collection, 1984, Nueva York)

MIRÓ Y LA TIERRA LABRADA

-Me levanto todos los días a las ocho – le dice Joan Miró a Georges Raillard paseando por el estudio -, me baño y bajo aquí, al taller Sert, donde trabajo hasta la hora del desayuno. Luego continúo hasta las dos. Como, descanso veinte minutos e inmediatamente vuelvo aquí, al trabajo. Por la tarde reviso lo que he hecho por la mañana y preparo el trabajo del día siguiente. Pero la hora en que más trabajo es muy temprano, a eso de las cuatro de la mañana. Trabajo sin trabajar. En la cama. Entre las cuatro y las siete me entrego completamente a mi tarea. Después vuelvo a dormirme, entre las siete y las ocho. Casi siempre es así.

Trabajo absolutamente solo. Sobre todo, que no haya nadie. Nunca. Nadie entra en el taller cuando estoy trabajando. Mientras trabajo no miro el paisaje, que es magnífico. Hay pocas ventanas y corro las cortinas. Nada, nada. Lo que me excita es eso: esa manchita blanca en el suelo. Hay quien se hace leer poemas mientras trabaja, textos, no sé qué. En mi caso está absolutamente descartado. Es esa mancha blanca lo que constituye para mí un estímulo excitante, aquella roja, esta negra.(…) Un día me preguntaron si tenía ayudante para limpiar los pinceles. Desde luego que no. No puedo. Por otra parte, ahora trabajo muchas veces con los dedos. Hundo los dedos en la pintura, en las tintas litográficas. Así, así es como pinto. (…) Por ejemplo, la huella de mi mano. Para hacer las huellas de la mano empiezo por poner negro sobre la tela, y después meto la mano dentro, así; pero la mancha negra que me ha servido de apoyo se va a convertir en otra cosa. Por eso le dije que es el punto de partida lo que me gusta. Por ejemplo, he puesto allí esa mano, pero es preciso que quede allí. De pronto, es necesario que no esté.
Pienso en todo esto mientras visito la exposición «Miró: Tierra» en el Museo Thyssen de Madrid. El pintor de las estrellas no está aquí. Está la tierra labrada como un hortelano, la tierra alejada de los campos siderales, especialmente la tierra de Mont-Roig, entre 1918 y 1923. «Sí – le diría un día a Yvon Taillandier -, trabajo como un hortelano o como un vendimiador. Las cosas llegan lentamente. Mi vocabulario de formas, por ejemplo, no lo descubrí de pronto. Se formó casi a mi pesar. Las cosas siguen su curso natural. Crecen, maduran. Hay que injertar. Hay que regar, como con la ensalada. La cosa madura en mi espíritu. De modo que trabajo siempre en muchas cosas a la vez. E incluso en campos distintos: pintura, grabado, litografía, escultura, cerámica.(…) Para mí, un objeto es algo vivo: este cigarrillo, esta caja de cerillas contienen una vida secreta, mucho más intensa que algunos humanos. Cuando veo un árbol recio recibo una impresión, como si fuera algo que respirase, que hablara. Un árbol es también algo humano.(…) Trabajo en un estado de pasión y arrebato. Cuando comienzo una tela, obedezco a un impulso físico, la necesidad de lanzarme; es como una descarga física. Naturalmente, una tela no puede satisfacerme enseguida. Y al principio siento ese malestar que le he descrito. Pero como soy muy peleón en esas cosas, entablo el combate. Es un combate entre yo y lo que hago, entre yo y la tela, entre yo y mi malestar. Este combate me excita y me apasiona. Trabajo hasta que cesa el malestar.»
Es la tierra labrada del artista que aquí mira especialmente a la tierra de Mont-Roig, en Cataluña. «Aquel paisaje – ha confesado Miró en alguna ocasión – me produjo enorme impacto. Mi padre, que era muy estricto, me consintió al fin que me dedicara a la pintura. Por las tardes, de tres a cinco, iba a la escuela Galí, y de siete a nueve, al Círculo Sant Lluc. De cinco a siete, tomaba apuntes a lápiz por calles y cafés. Galí me enseñaba a pintar. Tomaba un mechero, y con los ojos cerrados, realizaba el proceso de palparlo para tratar de reproducirlo luego en el papel sin tenerlo delante. Claro que también la pintura románica del Parque de la Ciudadela era mi obsesión. Todavía hoy voy a Montjuich. Me apasiona, pero tambien es cierto que no veía del todo el color. Recuerdo que, pintando patatas, apuntes que todavía conservo, fue como aprendí a crear rayos de color que iban venciendo la enorme dificultad del ejercicio».
(Fotos: «Tierra labrada» (1923-1924), Museo Guggenheim de Nueva York, estos días en el Thyssen de Madrid- eshock.com/ taller de Miró/ Joan Miró.)