“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (14)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (14):   paseos y fotógrafos por París

 

 

—Volviendo a esa primera tarde en el Bois, ¿cómo salió usted de allí? ¿qué impresión le produjo la ciudad de París?

– La verdad es que yo no podría asegurarle ahora exactamente qué más pudo ocurrirme aquella primera tarde en París.. Me imagino que cuando cesó la tremenda lluvia de que le hablé, y ayudado sin duda por un mapa, saldría del Bois de Boulogne y descendería luego con mi coche hasta el muelle Louis Blériot y luego, por la Avenida de New York, por la orilla derecha del Sena, hacia el centro, es decir, hacia el distrito ll, como haría después tantas veces durante los siguientes años ; y continuaría naturalmente tras la fila luminosa de automóviles, para llegar, después de muchas vueltas me imagino porque era el primer día y no conocía la ciudad, hasta la avenida de La Ópera, y buscar más tarde una de sus bocacalles, la pequeña calle Gaillon, allí donde tuve mi domicilio durante los dos primeros meses. París se abría poco a poco aquella noche ante mí aunque yo no me diera exacta cuenta porque uno nunca es consciente de eso al principio, y, como digo, Paris se abría con sus escaparates iluminados, sus cafés bajo toldos multicolores, las gentes que venían o iban por el bulevar de los Capuchinos o de los Italianos, el París de los manteles a cuadros, de los pequeños restaurantes, el mapa de barrios y distritos diversos que encerraban cada uno su pequeño Paris, que así es como yo lo he visto siempre, y abajo o encima de todo ello el gran París de fondo pictórico, musical y literario de siglos anteriores envolviendo las casas y guardado en museos, y del que yo había leído y visto tantas cosas. Si no precisamente aquella primera tarde-noche, puesto que sin duda tendría que ajustar y cerrar asuntos prácticos de mi viaje, sí en las semanas siguientes, al recorrer por primera vez la avenida de la Ópera o iniciar mi bajada a los muelles del Sena, o al adentrarme por el borde de la Isla de la Cité, París se descubría, como así me ha ocurrido cada vez que lo he visitado, como una ciudad de varios niveles, repleta de historia y de arte, y también con varias vidas, unas encima de las otras; una vida al nivel de las aceras y de los quehaceres diarios, es decir, al nivel de la imprescindible existencia rutinaria, y otra vida con un nivel más profundo, rica y desplegada en el tiempo, telón de fondo del primer decorado de autobuses y paseantes, una gran vida concentrada en pinturas, en manuscritos, en páginas, en reflexiones e invenciones. Podría decirse que todo eso puede perfectamente descubrirse en muchas otras ciudades del mundo, y eso es verdad, pero el peso entonces de París en aquellos finales de los sesenta aún se mantenía muy vivo, aun cuando quizás se hubiera empobrecido algo y poco a poco fuera ascendiendo por las paredes del arte ese otro Nueva York que elevaría el foco de la novedad o del gusto. Pero en aquellas fechas que le cuento, y en las que yo viví en París, aún podía uno encontrarse perfectamente con Beckett sentado y solitario ante un café en una terraza cubierta de Montparnasse, o seguir a Ionesco paseando del brazo de su mujer por los bulevares. Estaban luego las famosas librerías de la orilla izquierda, la Shakespeare and Company con el recuerdo de Joyce, o La Hune, muy cerca de los cafés literarios. Y estaban igualmente y sobre todo los paseantes que me habían precedido en mis lecturas, paseantes y pasos de Balzac o de Benjamin, pasos de León- Paul Farge o de Sebastien Mercier, pasos de Simenon. Pasos delante de mí, al lado mío, precediéndome y a la vez siguiéndome por las calles. Ellos, como pasos que conversaban conmigo al andar, me iban explicando cada día Paris, y aún lo hacen hoy cada vez que vuelvo a esa ciudad, porque son los pasos del París del callejeo, del París gris perla bajo una lluvia inesperada, del París de insospechados descubrimientos. Los fotógrafos parecía también que hubieran podido adelantarse a mis pasos y hubieran salido corriendo para apostarse en ángulos, adoptar posturas y enfoques, y mostrarme cualquier encuadre de París desde una esquina, y tengo en mi memoria cómo me sorprendieron muchas veces Brassaï o Robert Desnois, y también Cartier-Bresson o Willy Ronis con algunas de sus extraordinarias fotografías y cómo ellos me iban conduciendo de alguna forma con sus cámaras entre la niebla de las escalinatas del Sena, una niebla como tela de araña en torno a cada poste de luz, para ascender luego de nuevo a la calle y detenernos todos, los fotógrafos y yo, ante un “bistrot”, ellos con sus fotografías y yo simplemente con mi curiosidad, para empujar después la puerta y ver aquellas caras, tantas veces agrietadas por la vida o por el alcohol, reflejadas vagamente en el vaho del cristal y muchas veces pensativas ante un vaso de vino sobre el zinc del mostrador.

 

José Julio Perlado -“ Los cuadernos Miquelrius”  – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

EL ENTIERRO DE MODIGLIANI

 

 

“El entierro de Modigliani — contaba Corpus Barga —, que fue el nacimiento de su pintura, puede tomarse como la fecha arbitraria y fatal para marcar la muerte del Montparnasse cubista. Modigliani había sido un cubista de Montparnasse que no hacía cubismo. Cuando los mercaderes empezaron a fijarse en este pintor, ya arruinado y alcohólico, el hombre se murió. La muchacha que vivía con él se tiró por la ventana para seguirle para el otro mundo que han falsificado tantos pintores antiguos. Al entierro de Modigliani asistió  todo Montparnasse, desde Picasso hasta el último mono. Desfilaron en el depósito,  por delante del cadáver, pintores de todas las nacionalidades; cada cual saludaba según su rito, con el sombrero, con la cabeza, con los brazos o con el cuerpo.  El último mono de Montparnasse, con el cuello del gabán  levantado sobre el pelo rubio —a quién quiso imitar este personaje de la selva —, le dio el último adiós, un adiós con la mano, volviendo la cara. Parecía el adiós que se daba paradójicamente todo un Montparnasse a sí mismo.”

( a los cien años de la muerte de Modigliani)

 

 

 

(Imágenes—1- Modigliani _1917 – colección privada – Washington – Wikipedia/ 2-Modigliani -1918- colección particular)

WILLY RONIS Y LAS CALLES DE PARÍS

 

 

El fotógrafo Willy Ronis  – a quien en estos meses se dedica una exposición en el Jeu de Paume, en Tours – , recorrió París sorprendido continuamente ante instantes inesperados, costumbres, gestos y gentes. Mucho antes que Willy Ronis, París – prolongada en los siglos -, fue motivo de innumerables crónicas y retratos. El siglo XlX desplegó a numerosos autores en torno a sus calles. Julien Lemer, por ejemplo,  en “París au gaz”, en 1850, hablaba de las costumbres nacidas en los Bulevares y extendidas luego en la vida de los parisienses. “Todos los cafés – decía – ofrecen lugares en las aceras; se ha establecido un grupo notable de ellos en la callle Lafitte y en la calle Le Peletier y no es raro ver en ellas, durante los calores del verano, los paseantes que se quedan hasta la una de la mañana a la puerta de los cafés, al lado de los espejos, de la cerveza y de las limonadas”. Maupassant por su parte hablaba también en uno de sus libros de ” los grandes cafés llenos de gentes, desbordantes sobre las aceras, con un público que estallaba bajo la cruda luz de las iluminaciones. En ellos, sobre pequeñas mesas cuadradas o redondas, los vasos contenían líquidos rojos, amarillos, verdes, oscuros, de todas las mezclas; y en el interior se veía brillar los gruesos cilindros transparentes de hielo que refrescaban”.

 

 

A su vez, en Montparnassecomo  también lo hará el fotógrafo – los escritores retratan los rincones. Apollinaire, en 1913,  resumirá que “Montparnasse reemplaza a Montmartre, al Montmartre de otros tiempos, aquel de los artistas y cantantes…Todos aquellos que han sido expulsados del viejo Montmartre destruido por los propietarios y los arquitectos… han emigrado bajo formas cubistas (…) Dibujemos la fisonomía del barrio. Muy posiblemente ella cambiará poco. En una de las esquinas del bulevar Montparnasse un gran comerciante instala ante los ojos de un pueblo de artistas internacionales un nombre enigmático : “Hazard”… En el ángulo del bulevar de Montparnasse y de la calle Delambre, está el “Dôme“: clientela habitual, gentes ricas…En otro ángulo, está Baty o el último comerciante de vinos. Cuando él se retire, está profesión habrá prácticamente desaparecido de París…”

 

 

Son gentes, gestos, anécdotas. Los fotógrafos y los escritores apuntan sobre París sus armas y disparan con literatura o con fotografía. Las palabras trazan una línea recta, evocada en el tiempo. Las cámaras dan testimonio del instante.

 

 

(Imágenes-Willy Ronis: – 1.- 1948/ 2-1947/ 3- 1938/ 4- 1955)

CABEZA DE GIACOMETTI

Cuenta Joan Miró queCocteau se encontró un día sentado por casualidad al lado de Giacometti en un café de Montparnasse. A Cocteau le fascinó la cabeza de Giacometti, esa cabeza extraordinaria que tenía. Inició la conversación y Giacometti le dijo que era escultor. Al día siguiente, Cocteau corrió a ver al galerista Pierre Loeb y le dijo que había descubierto un escultor y que debía ponerse inmediatamente en relación con él: que no había visto sus obras y que ignoraba por completo lo que hacía, pero que había visto su cabeza y que esa cabeza no podía engañarle. Para Giacometti así empezó todo: ¡con su cabeza descubierta por Cocteau!“.

Luego esta cabeza afiló y estilizó las cabezas de los demás hombres hasta hacerlas casi un punto sobre el alambre, y el alambre, con sus dos piernas finísimas, echó a andar esbelto – y siempre solitario – por las calles y plazas, tal y como he recordado varias veces en Mi Siglo siguiendo los pasos de este único escultor. “Las célebres plazas de Giacometti –  comentó a su vez Raoul- Jean Moulin son lugares limitados por un zócalo, donde unos hombres se cruzan y se ignoran, con su paso largo e igual, habitados solo por su soledad, prisioneros de su situación. Pero, más aún que su disposición, decidida sin ser calculada, su naturaleza les obliga a no encontrarse jamás.”.

“Desde hace años – confesó Giacometti – creo que mañana seré más avanzado que hoy, que veré más lejos. Todas las esculturas de nuestra época, como las del pasado, un día terminarán hechas pedazos. Entonces es cuando se verá que un fragmento de Rodin nos dice tanto, más acaso, que la estatua entera. Así, importar trabajar la obra en los menores repliegues, cargar de vida cada parcela de materia”.

(Imágenes:- 1.-Alberto Giacometti.-vincentstrauss wordpres com/ 2.-Giacometti y su madre en su casa.-1960.-foto Ernst Scheidegger/ 3.-Giacometti.-plaza de la ciudad.-1948/ 4.- estudio de Giacometti.- foto Ernst Scheidegger.-Craig Krull Gallery)

ILUSIONES DEL CINE

“Hay cineastas – dice Martin Scorsese – que aseguran que nunca saben hacía dónde van cuando hacen una película, que la van elaborando sobre la marcha. En el nivel más más alto, Fellini sería, sin duda alguna, el ejemplo principal. Pero no me lo creo del todo. Pienso que siempre tenía una cierta idea, por muy abstracta que fuera, de adónde se dirigía. También hay cineastas que tienen un guión, pero no saben exactamente cuáles van a ser los ángulos o los planos de una determinada escena hasta el ensayo de esa escena, o incluso hasta el día del rodaje. Conozco a gente que puede trabajar así; no creo que yo pudiera hacerlo. Necesito haber decidido los planos con antelación, incluso si es todo teórico. Como mínimo, necesito saber todas las noches cuál va a ser la primera toma del día siguiente. En algunos casos, si decidiera incluir escenas que no estaban previstas y que no son vitales para la historiia, podría ser divertido ir completamente desnudo y ver qué puedo hacer allí mismo. Pero no lo recomiendo. Hay que saber adónde vas y hay que tenerlo plasmado en papel. El guión es lo más importante, aunque tampoco hay que convertirse en un esclavo del guión, porque si el guión lo es todo, simplemente te pones a fotografiar el guión. El guión no lo es todo; lo que es todo es la interpretación, la interpretación visual de lo que tienes en el papel”.

Cuando en “La invención de Hugo” nos acercamos a ese personaje que nos espera y nos mira desde su pequeña tienda parisina representando a Georges Méliès – el ilusionista, el hombre de los trucos – parece que volviéramos a leer lo que en la “Historia del cine” de Román Gubern se nos dice de él:

“Durante catorce años – recuerda Gubern – el fundador del espectáculo de sombras animadas había caído en el olvido y ni los aplausos, ni los discursos, ni los homenajes, ni las condecoraciones resolvieron los problemas del anciano Méliès, que siguió abriendo puntualmente cada mañana su puestecito de la estación de Montparnasse, para ganarse el sustento trabajando durante quince horas diarias”. El sociólogo Edgar Morin ha glosado detenidamente esa figura de Méliès en “El cine o el hombre imaginario” (Seix Barral) destacando su texto capital, “Les Vues Cinematographiques“, de 1907, que suscita enseguida la imitación, los dobles y los fantasmas en esa linterna mágica que proyecta sus luces sobre la oscuridad. Es lo que Morin denomina “la metamorfosis“, el paso del cinematógrafo al cine: “Méliès distinguía las películas– dice Morin– según dos categorías, la de los temas compuestos o escenas de género y “la de las vistas llamadas de transformaciones”. Méliès no innovó en la primera categoría. Edison ya había pensado en hacer del film una especie de espejo de la escena de “music-hall“. Méliès saltó con los pies juntos sobre el espejo tendido por Edison y los hermanos Lumière, y fue a dar en el universo de Lewis Carrol. La gran revolución no fue sólo la aparición del doble en el espejo mágico de la pantalla, sino también el salto sobre el espejo. Si original, esencialmente, el cinematógrafo Lumière es desdoblamiento, el cine Méliès, original y esencialmente, es metamorfosis“.

Es en el cántico a la figura de Méliès donde Martin Scorsese quiere avanzar en “La invención de Hugo”. Con el engranaje de sus ruedas precisas y el encadenamiento de las situaciones, la relojería cinematográfica no sólo mueve las piezas materiales que giran en la pantalla sino también la nostalgia y la poesía.

El cine canta al cine. Nos entra por los ojos la singular interpretación visual de lo que el director tiene sobre el papel, tal como Scorsese desglosa en sus lecciones.

(Imágenes:- 1, 2 y 3 : escenas de la pelicula “La invención de Hugo”/ 4.-Martin Scorsese dirigiendo a un actor en la misma película)

PARÍS, PARÍS …

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La forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal”, dijo Baudelaire. Lo repitió Julien Gracq en “La forma de una ciudad” (Anábasis): “El París que viví de estudiante, que habité en mi madurez – escribió -, cabe en un cuadrilátero que se apoya al norte en el Sena, y que casi bordea en toda su longitud el bulevar Montparnasse”.paris-aa-avenida-del-bois-de-boulogne-por-pierre-bonnard-1912-1914-coleccion-privada-olgas-gallery

“Completamente alrededor de ese corazón que mis deambuleos reactivan día tras día, anillos concéntricos de una animación que sólo decrece para mí, pero que cuando me alejo hacia la periferia son poco a poco ganados por la atonía, por una indiferencia casi total”.paris-1911-foto-alfred-stieglitz

“Son las cámaras centrales del laberinto las que ejercen su magnetismo sobre el hombre de la ciudad, son las que revisita de manera indefinida, pues el contorno tiende a representar sólo una pantalla protectora, una capa aislante cuya función es cercar el capullo de seda habitado, prohibir toda ósmosis entre las campiñas próximas y la vida puramente urbana que se cierra con cerrojo en el reducto central”.paris-1972-por-richard-estes-artnet

“No es necesario, incluso es relativamente poco importante, que en esa ciudad se haya vivido realmente. Actuará sobre nosotros con mayor fuerza, incluso quizá de manera más duradera, si en parte se ha mantenido secreta, si se ha habitado en ella, por alguna extraña condición, sin tener verdadero acceso a su intimidad cotidiana, sin que nuestros paseos por sus calles hayan participado nunca de la libertad y de la flexible facilidad que da el callejeo”.paris-los-bulevares-bajo-la-lluvia-por-rik-wouters-1912-artnet1

“Habitar una ciudad es tejer en ella a través de sus idas y venidas diarias una redecilla de recorridos articulados generalmente alrededor de algunos ejes conductores”.paris-vc66-foto-por-willy-ronis-1959-afterimage-gallery-dallas-usa-artnet

“No existe ninguna coincidencia entre el plano de una ciudad que consultamos y la imagen mental que surge en nosotros, al evocar su nombre, creada por el sedimento que los vagabundeos cotidianos depositaron en nuestra memoria”.paris-zczc-campos-eliseos-1912-por-rik-wouters-artnet

Esto dejó dicho el gran escritor francés Julien Gracq, del que he hablado más de una vez en Mi Siglo.

(Vayan estos apuntes como recuerdo al París que yo viví y que aún vivo ahora, cuando se anuncia el gran París de Nicolas Sarkozy, muy bien explicado en Una temporada en el infierno.

Indudablemente– como dijo Baudelaire, como luego diría Gracqla forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal)

(Imágenes: 1.-París, Carrefour Sevres Babylone, 1948 .-foto Willy Ronis.- Image Gallery / 2.-Avenida del Bois de Boulogne, 1912-1914.-Pierre Bonnard.-Olga Gallery.-artnet/3.-París,1911.-foto por Alfred Stieglitz.-artnet/ 4.-París, 1972.-por Richard Estes.-artnet/ 5.-Los Bulevares bajo la lluvia, 1912.-por Rik Wouters.-artnet/ 6.-escaleras en París. Willy Ronis, 159.-Image Gallery-/7.-Campos Elíseos, 1912. por Rik Wouters.-artnet)