VIEJO MADRID (80) : LAS FERIAS

 

“En un principio las ferias de Madrid se celebraban en la puerta de Guadalajara para la comercialización de frutas; la compraventa de animales se llevaba a efecto en las puertas de Segovia y de la Vega. En el siglo XVl se trasladaron en torno a la Plaza Mayor, donde permanecerían también en el siglo XVll y con posterioridad se difundieron por distintos espacios en Madrid, llegándose a una cierta especialización. Así en 1790 se dice que en la plaza de Santo Domingo el comercio era de libros y almoneda de muebles viejos; en la calle de Tooedo se vendían telas, cuadros y vasijas de Talavera; en Carretas, géneros de algodón y lana, puntillas y encajes, en la Plazuela del Ángel y Santa Ana había tinglados de libros, cuadros, antigüedades, ropas y muebles; otros puntos de venta de muebles, cuadros, libros y multitud de objetos usados se localizaban en las plazas del Progreso, Antón Martín y Descalzas y en las calles de la Magdalena, San Bernardo y Segovia.

 

 

De de todas formas – sigue diciendo Florentino Lafuente en su bosquejo histórico -, el núcleo principal de las ferias se localizaba en la plaza de la Cebada. Ya en el siglo XlX el centro principal de las ferias se hizo itinerante y varió de escenario con gran facilidad. En 1809 se celebraron en el paseo del Prado, en 1813 volvieron a trasladarse a la plaza de la Cebada, en 1816 se situaron junto al convento de Santa Catalina, al año siguiente se asentaron en la calle de Alcalá, en 1834, se establecieron en el paseo de las Delicias, en 1839 recalaron en la Plaza Mayor, en 1846 regresaron a la calle de Alcalá y en 1858 se instalaron cerca de Atocha, frente a la verja del Jardín Botánico.

Pintores como Francisco de Goya nos lega su testimonio a través del cartón que pintara en 1778 para la fábrica de tapices de Santa Bárbara y que daría pauta al tapiz denominado “El ropavejero”, que retrata un aspecto de la feria madrileña en la plaza de la Cebada. Entre los literatos que nos dejan su crónica sobre las ferias, Eugenio Villalba publica su “Visita a las ferias de Madrid”, Mesonero Romanos también nos deja su testimonio en 1832 y Antonio Neira de Mosquera publica en 1845 “Las ferias de Madrid” con el subtítulo de “Almoneda moral, política y literaria”.


(Imágenes – 1- dibujo de Nogueras – Madrid – 1860 – Museo nacional/ 2- Grabador s kill- 1861- museo nacional/ 3- Antonio Rodríguez Onofre – 1801)

VIEJO MADRID (72) : BODEGONES DE PUNTAPIÉ

 

 

“Como refugio natural de la población equívoca y de acarreo de Madrid, y también de menestrales y artesanos – cuenta Deleito y Piñuela hablando de la mala vida en la España de Felipe lV -, eran famosos algunos ventorrillos, tabernas y bodegones de los arrabales y extramuros, correspondientes a la actual barriada de Lavapiés, donde abundaban espacios despejados que servían de solar,  especialmente dominical, a las clases humildes de la Corte. También existían los llamados bodegones de puntapié en los sitios céntricos, incluso en la Puerta del Sol. Uno de los más célebres por sus escándalos, era el situado en lo alto de la calle de la Montera, modesto artefacto de tablas, perteneciente a un Juan Rana. Allí se despachaban panecillos, molletes, garrapiñas de chocolate, arenques, jaleas, mermeladas y otros tentempiés, y se bebía aguardiente y bebidas imperiales, a cuyo reclamo acudían remendados hidalgos, capigorrones, ex soldados de Flandes, barateros, y toda suerte de rufianes de alquiler, que pasaban allí día y noche trasegando, y en espera del mejor postor para los oficios de su daga o su espada. De allí salían choques a cada paso con las rondas de alguaciles, el alcalde de noche y los soldados en activo, siendo frecuente que corriese la sangre por el llanado arroyo de la Montera, y que menudearan los homicidios”.

 

 

(Imágenes-1-Alcazar deMadrid- siglo XVll- Pinterest/ 2-Madrid siglo XVll- biblioteca virtual Miguel de Cervantes)

VIEJO MADRID (71) : SU CARÁCTER Y SUS GENTES

 

 

“Los hijos de Madrid cuenta Mesonero en suManualde 1833 – son en general vivos, penetrantes, satíricos, dotados de una fina amabilidad, y entusiastas por las modas. Afectan las costumbres extranjeras, hablan de todas materias con cierta superficialidad engañadora que aprendieron en la sociedad, y si bien el ingenio precoz que les distingue hace concebir de ellos las lisonjeras esperanzas en su edad primera, la educación demasiado regalada, las seducciones de la corte y otras causas, cortan el vuelo de aquellas facultades naturales, y les hacen quedar en tal estado. Así que, brillando por su elegancia, sus finos modales y su divertida locuacidad, se les ve permanecer alejados de los grandes puestos y relaciones, dejando el primer lugar en su mismo pueblo a los forasteros, que con más paciencia y menos arrogancia vienen a vencerlos sin encontrar gran resistencia de su parte.

 

 

Los forasteros vienen a Madrid, y lejos de sus familias, entregados a sí mismos, y sin las consideraciones orgullosas que inspira la presencia de sus compatriotas, adquieren más solidez en sus ideas, van derechos al fin, y no repugnan las privaciones y la paciencia necesarias para ello. Colocados en el puesto que anhelaron, se identifican con el pueblo que los ha visto elevarse, se confunden con sus naturales, adquieren los modales de la corte, y todos juntos forman la sociedad fina de Madrid, sociedad en que reina el buen tono, la amabilidad y una franqueza delicada.

 

 

Esta mezcla de costumbres, estas distintas situaciones, de magnates distinguidos, empleados en favor, capitalistas, pretendientes, caballeros de industria, y tantas otras clases, dan a este pueblo un carácter de originalidad no muy fácil de describir. El trato es superficial, como debe serlo en un pueblo grande donde no se conoce con quién se había, ni quién es el vecino. La confusión de las clases es general por esta causa; las conversaciones también generales por los diversos objetos públicos que cada día las fijan; las diversiones frías, y sin aquel aire de alegría y franqueza que da en nuestras provincias el conocerse todos los que las componen; pero de esas mismas circunstancias nace la conveniencia de poder vivir cada uno a su modo, sin el temor de la censura y de los obstáculos que presenta un pueblo pequeño”.

 

 

(Imágenes – Eduardo Vicente – ciudad de la pintura :  / 1-cielo y perspectiva de Madrid/  2-barrios bajos/3- Madrid desde el Manzanares/4-  tomando un trago)

VIEJO MADRID (69) : EL PRADO DE LOS JERÓNIMOS

 

 

“Hacia la parte oriental de Madrid, luego en saliendo de las casas, sobre una altura que se hace, hay un suntuosísimo monasterio de frailes Jerónimos, con aposentamientos y cuartos para recibimientos y hospedería de reyes, con una hermosísima y muy grande huerta. Entre las casas y este monasterio hay, a la mano izquierda en saliendo  del pueblo,  una grande y hermosísima alameda, puestos los álamos en tres órdenes, que hacen dos calles muy anchas y muy largas, con cuatro o seis fuentes hermosísimas y de lindísima agua, a trechos puestas por una calle y por la otra muchos rosales entretejidos a los pies de los árboles por toda la carrera. Aquí en esta alameda hay un estanque de agua que ayuda mucho a la grande hermosura y recreación de la alameda. A la otra mano derecha del mismo monasterio, saliendo de las casas, hay otra alameda también muy apacible con dos órdenes de árboles que hacen una calle muy larga hasta salir del camino que llaman de Atocha. Tiene esta alameda sus regueros de agua y en gran parte se va arrimando por una mano a unas huertas. Llaman a estas alamedas el Prado de san Jerónimo, donde de invierno al sol y de verano a gozar de la frescura es cosa muy de ver y de mucha recreación la multitud de gente que sale, de bizarrísimas damas, de bien dispuestos caballeros y de muchos señores y señoras principales en coches y carrozas. Aquí se goza con gran deleite y gusto de la frescura del viento todas las tardes y noches del estío, y de muchas buenas músicas, sin daños, perjuicios ni deshonestidades, por el buen cuidado y diligencia de los alcaldes de la corte”.

Pedro de Medinael Prado de los Jerónimos  (siglo XVl)

 

 

(Imágenes-1- Jusepe Leonardo- 1637- el Prado de los Jerónimos- Wikipedia/ 2.-Fernando Brambila- el Prado en el siglo XlX- Wikipedia)

VIEJO MADRID (40) : EL “TURRÓN”, LA SOCIEDAD Y LA POLÍTICA

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“Hay que dedicar en estos días de Navidad  – recuerda  Mesonero Romanos en “Tipos y caracteres (Cuadros de costumbres madrileñas en el siglo XlX) – otros impuestos o contribuciones indirectas cuales son los que a pretexto de estas Pascuas hay que dedicar al médico, al abogado, al notario, al agente, a los dependientes y criados, al barbero, al sereno del barrio, al cartero, al repartidor de los diarios, a la lavandera, y a todo bicho viviente de la sustancia ajena.

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Esto es lo que en lenguaje alegórico se denomina aguinaldo, ya sea o se presente bajo forma de pavos o capones, ya bajo la de vajillas de plata o barriles de malvasía; ora se disfrace en el elegante vestido de terciopelo, ora tome la simbólica figura de billete de palco del teatro Real (…) Pero hay sobre todo una materia que por la casi generalidad de su aplicación para este caso representa emblemática y perfectamente este agasajo general; esta materia es el turrón; comprendiendo bajo este título las dulces elaboraciones de Toledo y Zaragoza, de Jijona u Alicante, de Valencia, Vitoria, Barcelona y Madrid.– En ella, pues, vienen a convertirse gran parte de los mutuos obsequios de la época; para ello disfrutan, como es justo, los funcionarios públicos un reparto oficial, una paga las viudas y cesantes, una gratificación los servidores subalternos, para que todos acudan a sacrificarla en aras de la deidad…

Navidad-vvgy-fotos antiguas de Navidad- VOGUE

Este ídolo dominante del mes tiene también su significación en todo el año, y en el lenguaje moderno sirve de emblema a las gracias y favores cortesanos, a los empleos y honores, a la participación, en fin, del presupuesto nacional.”

Escrito como “cuadros de costumbres de 1843 a 1862”, así Mesonero  comentaba “la devoción al turronismo, que al final pagaban todos los españoles…

(Imágenes.-1 y 2.-fotoeconomico.net/ 3.-fotos antiguas de Navidad.-VOGUE)

VIEJO MADRID (36) : EL “DOS DE MAYO” VISTO POR UN NIÑO

Goya.- 4455t.- el tres de mayo de 1808.- los fusilamientos en la montaña del Principe Pio

“Las diez poco más o menos, serían de ella, cuando se dejó sentir en la modesta calle del Olivo la agitación popular y el paso de los grupos de paisanos armados, que con voces atronadoras decían: “¡ Vecinos, armarse! ¡Viva Fernando Vll !” Toda la gente de casa corrió presurosa a los balcones, y yo con tan mala suerte, que al querer franquear el dintel con mis piernecillas, fuí a estrellarme la frente en los hierros de la barandilla, causándome una terrible herida, que me privó de sentido y me inundó en sangre toda la cara. Mis padres y hermanitos, acudieron presurosos al peligro más inmediato, me arrancaron del balcón, me rociaron, supongo con agua y vinagre (árnica de aquellos tiempos), me cubrieron con yesca y una pieza de dos cuartos la herida y me colocaron en un canapé, a donde volví entre ayes y quejidos lastimeros.”

Sorolla.- ttyyh.- defensa del Parque de Monteleón.- Joaquín Sorolla

Quien cuenta todo esto es el gran escritor costumbrista español Ramón de Mesonero Romanos en sus “Memorias de un setentón“. Tenía Mesonero entonces – el Dos de Mayo de 1808 – cinco años. “Tal vez ningún cronista de ninguna época-  escribí yo al prologar hace años esas “Memorias”– se hubiera atrevido a trasladar una fecha tan señalada de la Historia de España haciendo uso casi únicamente de impresiones subjetivas – hasta para algunos limitadísimas – como son los coloquios familiares escuchados por un pequeño niño. Y, sin embargo, Mesonero escoge precisamente esa fórmula de expresión para dar fe del dramático alzamiento. Los diálogos y las acaloradas disputas de sobremesa que en casa de Mesonero se sucedían, aparecen tan jugosa y naturalmente vertidos, que ellos mismos nos ofrecen una nítida imagen del apasionante suceso. Como digo, tenía entonces el escritor cinco años, y como infante que era, no podía lógicamente interpretar ni comprender el alcance del acontecimiento. Pero su memoria nos ha dejado intactos muy diversos rasgos ambientales que nos ayudan en forma sorprendente a conocer el interior del hecho: gritos, coplas, tumultuosos debates y carreras y confusión por doquier nos retratan vigorosamente, como en una película trepidante, la vibración de ese día; la Historia está observada desde un rincón minimizado, a través de una minúscula pupila, y sin embargo captando en cada instante lo más preciso y lo más pintoresco. Mesonero, acabando el capítulo, se verá obligado a exclamar: “¡ Qué noche, Santo Dios! Setenta años se cumplen cuando escribo estas líneas y siglos enteros no bastarían a borrarla de mi memoria!”

Goya.- rrtth.- el Dos de Mayo e 1908.- la carga de los mamelucos.- Francisco de Goya.-1814.-Museo del Prado

Y poco después, al describir el inquieto rostro del nuevo día, su pluma, frente a la mañana del 3 de mayo de 1808, cobra otra vez un ardiente fulgor: tomando el hilo de la atropellada narración que en aquellas horas daba a conocer a toda la familia el amanuense de su padre,  (“decía haber visto a las mujeres por bajo de los caballos para hundir en sus vientres las navajas, y encaramarse a los hombres a la grupa de los mismos para hacer a los jinetes el propio agasajo”) ,  llegan los recuerdos de Mesonero a Palacio, bajan a la Puerta del Sol, entran hasta el Parque de Monteleón, donde se precipitan las horribles venganzas, y en fin, dejan para siempre plasmado un Madrid desconcertante y atroz: ese Madrid inmortalizado por la paleta de Goya, que asomará entre las páginas de estas “Memorias” como un gran cuadro literario, de crudo colorido, en el que permanece abierta la herida de una revolución.”

Goya.- 4gguui.- versión de El tres de mayo de 1808 en Madrid- en grafiti en Madrid.- wikipedia

(Imágenes:- 1.- Francisco de Goya.- tres de mayo de 1808.-los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío.- Museo del Prado/ 2.- Joaquín Sorolla.- Defensa  del Parque de Monteleón.- obtuvo en 1884  una medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes/ 3.- Goya.- el dos de  mayo de 1808.- la carga de los mamelucos.- Museo del Prado / 4.- el 3 de mayo de 1808 en Madrid.- grafiti en Madrid.- wikipedia)

VIEJO MADRID (35) : BUEN SUCESO Y LA PUERTA DEL SOL

Madrid.-t5gg6.-iglesia del Buen Suceso

“Llegada la reina doña Ana cerca del monasterio de Nuestra Señora de la Victoria, que es de frailes de la orden de los mínimos, junto al hospital Real de esta corte  – cuenta Juan López de Hoyos en 1570 – se le ofreció un arco exquisitamente fabricado y medianamente elegido… Este se fabricó en un lugar harto espacioso, que llaman la Puerta del Sol; esta tuvo este nombre por dos razones; la primera porque está ella a Oriente, y en naciendo el sol, parece ilustrar y esparcir sus rayos por aquel espacio; la segunda porque cuando en España hubo aquellos alborotos, que comunmente llaman las Comunidades, este pueblo, por tener guardado su término de los bandoleros y comuneros, hizo un foso en contorno de toda esta parte del pueblo y fabricó un castillo, en el cual pusieron un sol encima de la puerta, que era el común tránsito y entrada de Madrid.”

Recoge esto Mesonero Romanos en “El antiguo Madrid recordando que estas palabras pertenecen a uno de los libros más antiguos – “Enfermedad, tránsito y exequias de la reina doña  Isabel de Valois y del recibimiento de la reina doña Ana de Austria” – que se conservan de los impresos referentes a la capital. “Esta es, pues, la primera noticia escrita dice Mesonero – que encontramos de este sitio en los historiadores matritenses, y la primera vez también que hallamos estampado el poético nombre que, a pesar de haber desaparecido su objeto, y del transcurso de los siglos, le quedó para siempre vinculado.”

Madrid.-t55vvb.-Hospital del Buen Suceso según grabado del siglo XlX

Aparece ahí la Puerta del Sol, y dentro de la historia de la Puerta del Sol, este Hospital del Buen Suceso que en estos días es noticia. Fundado en 1529 por Carlos V – así lo evocan los historiadores, entre ellos Pedro Felipe Monlau en suMadrid en la mano” – se estableció en unas casas que mandó construir y el objeto de su fundación” fue curar a los soldados y criados suyos que siguiesen la corte. En el día de hoy  sirve para los criados y tropa de la casa real; para hacer la primera cura a cuantos heridos se presentan; y para dar consultas médicas gratuitas todos los días a los enfermos pobres.”

Pero las ciudades tienen su propia voz, o al menos la suelen prestar a los cronistas, y estos toman la voz de las ciudades – y modulando las de las plazas y las calles – van narrando  su historia. En la “Autobiografía de Madrid”, de Federico Carlos Sainz de Robles, la Puerta del Sol habla de sus vicisitudes y sus cambios: “Mi primitiva Puerta del Sol cuenta la misma 

Madrid-5ffb.-iglesia del Buen Suceso.- archivo Luis Paret y Alcázar.-wikipedia

ciudad de Madrid  – fue derribada hacia 1579. Sin embargo, la gran plaza en cuyo centro estaba emplazada siguió siendo conocida entre mis habitantes con aquel nombre sonoro y poético. Alrededor de la puerta, cuya forma era casi la de un trapecio, se levantaron numerosas casuchas, en su mayoría de una sola planta. Para que ustedes se den una idea de la insignificancia de tales edificios, les diré que cuando don Carlos lll quiso construir  la casa de Correos – hasta hace poco Ministerio de la Gobernación -, ¡necesitó treinta y nueve solares de ellas!. Todas estas casuchas, diminutas y feísimas, destartaladas, con uno o dos balcones por piso, las ocupaban tiendas de ínfima categoría: bodegones, ferreterías, cererías, traperías, cacharrerías… Los bodegones de la Puerta del Sol eran los más buscados por las meretrices, los soldados sin soldada y los pícaros y tahúres, quienes armaban en ellos, cada hora y me quedo corto, truculentos escándalos. Por el centro de la plaza tomaban el sol, lo más barato de tomar, gentes de mal aparentar y de peor vivir. Y como este centro quedaba ahondado en relación con los edificios circundantes, tan pronto como caían cuatro gotas convertíase ya en una laguna, ya en un pantano de mucha consideración, en la que se cogían renacuajos y paludismos. El sol era el único encargado de desecarlos y de sanear el ambiente. Y entre el camino de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo se alzaba la iglesia del Buen Suceso, precedida de una pequeña lonja o atrio enrejado delante de su puerta, y contigua al Hospital Real.”

Y así va Madrid comentando y rememorando episodios de su biografía…

(Imágenes: 1- Iglesia del Buen Suceso/ 2.-Hospital del Buen Suceso.-según un grabado del siglo XlX/3.-iglesia del Buen Suceso.-archivo Luis Paret y Alcázar.-wikipedia)

VIEJO MADRID (32) : DESDE LA ALTURA DE LA CIBELES

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Asomado a esta alta terraza sobre la Cibeles, Madrid se extiende a la vista hacia el cruce de Alcalá- Gran Vía, también hacia el Paseo de Recoletos, también hacia el Paseo del Prado. La mirada de Pedro de Répide en su libro “Madrid a vista de pájaro el año 1873″ (Renacimiento)  es una mirada hablada, escondida en los pliegues del Plano de Madrid, que no es el famoso Plano de Texeira, sino una lámina que representa el Madrid de 1873 y que Répide comenta así:

Del Retiro – a pocos pasos de aquí – dice por ejemplo: “Fundado en 1633 por el conde-duque de Olivares para halagar al rey Felipe lV, el Retiro, verdadero sitio de placer durante el reinado del monarca poeta, en su boscaje y a veces en su estanque mismo se representaban las comedias de los más altos ingenios de aquel siglo con los que gustaba alternar el soberano que firmaba sus obras como “Un hidalgo de esta corte”. En el teatro del Retiro fue donde quiso poner bajo el escenario varios barriles de pólvora, para que estallasen durante la representación, el marqués de Liche, don Gaspar de Haro, enfurecido con el rey porque no le había transmitido la privanza que había perdido su padre el marqués de Haro“.

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La mirada hablada de Répide es distinta a la mirada hablada de Galdós o a la de Mesonero cuando, cada uno a su modo, contemplan también Madrid  “a vista de pájaro”, como ya escribimos aquí. La mirada hablada de Répide gira desde la altura de la Cibeles y se va alargando Paseo adelante a contar cómo era entonces el de Recoletos: “Este Paseo – dice Répide – también se llamó de Copacavana, por esta imagen de la Virgen que, copiada de la que existe en el Perú, había en el Monasterio de los Agustinos Recoletos, y fue llamado el Prado Nuevo, para distinguirle del Viejo o de San Jerónimo. (…) Pasadas las casas del duque de Medina de Rioseco, inmediatamente a continuación uno de otro, y sólo separados por la costanilla de la Veterinaria (calle de doña Bárbara de Braganza ) se hallaban el circo de Price y el que, tomando por modelo el de los Campos Elíseos de París, construyó en los últimos años del reinado de Isabel ll don Simón de las Rivas. Circo de Rivas se llamaba, además de su nombre oficial de “Príncipe Alfonso”, y convertido en teatro a partir de 1870 era en la época de este grabado coliseo dedicado al género bufo, entonces tan en boga, además de ser el local destinado para los conciertos que allí inauguró el maestro Barbieri en 1866″.

MADRID 50.-Cibeles en 1900.-donado por Mario Fernández Albarés.-Archivo

Luego la mirada hablada de de Répide calla un momento desde la altura y vemos pasar abajo, por las calles, las carrozas de Historia de 1900.

MADRID.-32.-Paseo del Prado en 1890 junto al Banco de España.-donado por Mario Fernández Albarés.-Archivo

Y vemos también abajo, junto al Banco de España, diversas figuras:  perfiles y afanes de otro tiempo.

(Imágenes:- 1 y 2.-Madrid desde la terraza de la Cibeles.-fotos JJP.-19 de abril 2013/3.- la Cibeles en 1900.-donado por Mario Fernández Albarés.-Archivo fotográfico de la Comunidad de Madrid/ 4.-Paseo de Prado junto al Banco de España en 1890.-donado por Mario Fernández Albarés.-Archivo fotográfico de la Comunidad de Madrid)

VIEJO MADRID ( 30 ) : LARRA EN LA CALLE DE BAILÉN

En más de una ocasión he hablado de Larra en Mi Siglo. De sus paseos a caballo desde Recoletos a Atocha buscando temas para sus artículos, de su célebre “Escribir en Madrid es llorar“.

Ahora, cuando me detengo en mis paseos madrileños ante la estatua de Larra en la calle de Bailén, oigo nuevamente aquellas palabras de Azorín en “Lecturas españolas“: “en febrero de 1837– evoca Azorín – Larra ya no escribe. La crisis se acentúa; el desenlace se aproxima. Pasea solo; permanece horas y horas en algún apartado café. A la desdeñosa mujer amada manda carta tras carta, solicitando una entrevista. La entrevista le es, por última vez, concedida.

Llega el 13 de febrero. Por la mañana Larra visita a Mesonero Romanos y habla animadamente de sus proyectos literarios. A la tarde pasea por Recoletos. El marqués de Molíns le acompaña, y, al despedirse, Larra dice al marqués: “Usted me conoce; voy a ver si alguien me ama todavía“.

“Fígaro” espera en su casa a su amada. Llega ella. Habla Larra, porfía, suplica; ella muéstrase inexorable. Tras cinco años de relaciones, la ruptura es terminante y definitiva. Ella se marcha. Transcurren breves momentos; suena un disparo… Son las ocho y media de la noche”.

Detenido ante este busto de Larra oigo aún la voz nacida de sus artículos: “Hombres nuevos para cosas nuevas – escribe -. En tiempos turbulentos, hombres fuertes, sobre todo, en quienes no esté cansada la vida, en quienes haya ilusión todavía; hombres que se paguen de gloria y en quienes arda una noble ambición y arrojo constante contra el peligro”.

Después avanzo algo más por esta calle de Bailén, antiguas reales Caballerizas dejadas muy  atrás, palacios y jardincillos delante. Viene después el célebre Viaducto sobre la calle de Segovia por el que discurrió el traslado de los restos de Calderón de la Barca desde San Francisco el Grande hasta la Sacramental de San Nicolás.

Luego, antes de cruzar. me detengo en ese resplandor de un escaparate. Se reflejan las verjas y la Historia entre las uvas y los vinos.

(Imágenes.-1.-estatua de Larra en la calle de Bailén/ 2.- jardines en la calle de Bailén, frente a la Almudena/ 3.-escaparate de El Rey de los vinos” en la calle de Bailén-  agosto 2012.-fotos JJP)

VIEJO MADRID (20) : CIUDAD A VISTA DE PÁJARO

“Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madridescribe Galdós desde la torre del periódico, desde la torre de la iglesia más alta de Madrid, la iglesia de Santa Cruz -; ver el que entra, el que sale, el que ronda, el que aguarda, el que acecha; ver el camino de éste, el encuentro, la sorpresa del otro; seguir el simón que es bruscamente alquilado para dar cabida a una amable pareja; verle divagar como quien no va a ninguna parte; verle parar depositando sus tórtolos allí donde un ojo celoso no se oculta entre el gentío; ver el carruaje del ministro, pedestal ambulante de dos escarapelas rojas, dirigirse a la oficina o a Palacio, procurando llegar antes que el coche del nuncio, mirar hacia la Castellana y ver la vanidad arrastrada por elegantes cuadrúpedos, midiendo el reducido paso como si el premio de una regata se prometiera al que da más vueltas; sorprender las maquinaciones amorosas que en aquel laberinto de ruedas se fraguan durante el momentáneo encuentro de dos vehículos; ver al marido y a la mujer arrastrados en dirección contraria, rodando el uno hacia el naciente y el otro hacia el poniente, permitiéndose, si se encuentran, el cambio de un frío saludo; ver la gente pedestre en el paseo de la izquierda contemplando con envidia la suntuosidad del centro; seguir el paso incierto del tahur que se encamina al garito; ver descender la noche sobre la villa y proteger en su casta oscuridad la pesca nocturna que hacen en las calles más céntricas las estucadas ninfas de la calle de Gitanos; oir la serenata que suena junto al balcón y contemplar la rendija de luz que indica la afición musical de la beldad que vela en aquella alcoba; esperar el día y ver la escuálida figura del jugador que, tiritando y soñoliento, entra en el café a confortarse con un trasnochado chocolate; (…) ver de quién es el primer cuarto que recoge el ciego en su mano petrificada; ver salir de una puerta un ataud gallegamente conducido, y saber dónde ha muerto un hombre; ver salir al comadrón y saber dónde ha nacido un hombre; ver…, pero a dónde vamos a parar.

¡Cuántas cosas veríamos de una vez, si el natural aplomo y la gravedad de nuestra humanidad nos permitieran ensartarnos a manera de veleta en el campanario de Santa Cruz que tiene fama de ser el más elevado de esta campanuda villa del oso! ¡Cuántas cómicas o lamentables escenas se desarrollarían bajo nosotros! ¡Qué magnífico punto de vista es una veleta para el que tome la perspectiva de la capital de España!”.

(Benito Pérez Galdós en “Revista de la Semana“, octubre 1865)

El ojo de Galdós, que aún no se ha inclinado sobre sus novelas, mira atentamente como periodista la ciudad de Madrid desde la altura de esta torre de 144 pies, atalaya de la Villa según el Diccionario de Madoz, que descuella sobre todas las demás de la población,” aunque por su forma cuadrada, sencilla y sin ornato alguno – y así lo recoge Mesonero -, sea por otro lado un objeto digno de la atención del viajero que se acerca a la capital”.

Pero ha habido otro ojo sobre Madrid, metido en la pupila del demonio, el ojo de Vélez de Guevara dos siglos antes que Galdós, escondido en El Diablo Cojuelo, que mira desde la altura a Madrid. Lo mira desde la torre de la iglesia de San Salvador donde se contempla la ciudad a vista de pájaro, levantando con la vista los tejados:

«Vamos, don Cleofás -le dijo El Diablo cojuelo -. que quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo». Salieron los dos por la buharda como si los dispararan de un tiro de artillería, no parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San Salvador, mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la una, hora que tocaba a recoger el mundo poco a poco al descanso del sueño; treguas que dan los cuidados a la vida, siendo común el silencio a las fieras y a los hombres; medida que a todos hace iguales; habiendo una prisa notable a quitarse zapatos y medias, calzones y jubones, basquiñas, verdugados, guardainfantes, polleras, enaguas y guardapiés, para acostarse hombres y mujeres, quedando las humanidades menos mesuradas, y volviéndose a los primeros originales, que comenzaron el mundo horros de todas estas baratijas; y engestándose al camarada, el Cojuelo le dijo:

Don Cleofás, desde esta picota de las nubes, que es el lugar más eminente de Madrid, mal año para Menipo en los diálogos de Luciano, te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta Babilonia española, que en la confusión fue esa otra con ella segunda de este nombre.

Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo hojaldrado, se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fue de capas y gorras. (…)

-Dejémoslos cenar -dijo don Cleofás-, que yo aseguro que no se levanten de la mesa sin haber concertado un juego de cañas para cuando Dios fuere servido, y pasemos adelante; que a estos magnates los más de los días les beso yo las manos y estas caravanas las ando yo las más de las noches, porque he sido dos meses culto vergonzante de la proa de uno de ellos y estoy encurtido de excelencias y señorías, solamente buenas para veneradas.

-Mira allí -prosiguió el Cojuelo– como se está quejando de la orina un letrado, tan ancho de barba y tan espeso, que parece que saca un delfín la cola por las almohadas (…)  Allí, más adelante, está una vieja, grandísima hechicera, haciendo en un almirez una medicina de drogas restringentes para remendar una doncella sobre su palabra, que se ha de desposar mañana. Y allí, en aquel aposentillo estrecho, están dos enfermos en dos camas, y se han purgado juntos, y sobre quién ha hecho más cursos, como si se hubieran de graduar en la facultad, se han levantado a matar a almohadazos. (…) Pero mucho más nos podemos entretener por acá, y más si pones los ojos en aquellos dos ladrones que han entrado por un balcón en casa de aquel extranjero rico, con una llave maestra, porque las ganzúas son a lo antiguo, y han llegado donde está aquel talego de vara y media estofado de patacones de a ocho, a la luz de una linterna que llevan, que, por ser tan grande y no poder arrancarle de una vez, por el riesgo del ruido, determinan abrirle, y henchir las faltriqueras y los calzones, y volver otra noche por lo demás; y comenzando a desatarle, saca el tal extranjero (que estaba dentro de él guardando su dinero, por no fiarle de nadie) la cabeza, diciendo: «Señores ladrones, acá estamos todos», cayendo espantados uno a un lado y otro a otro, como resurrección de aldea, y se vuelven gateando a salir por donde entraron”.

(Luis Vélez de Guevara.-“El Diablo cojuelo” año 1651.–Tranco 1 y 2)

Lo miran todo los ojos de los escritores, siempre lo han mirado.

Los ojos de Galdós en 1865 y los de Vélez de Guevara en 1651.

Ojos sobre Madrid atentos, husmeando vidas. Levantan los tejados con la literatura.

(Imágenes:-1.-Madrid a vista de pájaro.-calles alrededor de la Plaza de la Villa.-bing maps/2.-Plano de Texeira.-1656.-señalado con B se encontraba la iglesia del Salvador, donde Vélez de Guevara sitúa parte de la acción de “El Diablo cojuelo”, hoy es el número 70 de la  calle Mayor/3.-iglesia de Santa Cruz de Madrid)

EL SIGLO XlX Y LA SONRISA

“El sombrerero Fulano de Tal, deseando acabar cuanto antes con su corta existencia, se propone dar sus sombreros más baratos”, recogía Larra en su artículoEl café“.

“Se venden sombreros para niños de paja; medias para clérigos de lana y cajas para difuntos completos y de medio herraje; zapatos para hombres rusos hechos en Madrid, y camas de matrimonio con su cópula correspondiente”, recordaba Mesonero Romanos enEscenas matritenses“.

Ramón Gómez de la Serna decía que “el humorismo es el glóbulo amarillo de la circulación”, pero aquí no hay humorismo consciente sino errores gramaticales en los periódicos de la época que critican con rapidez tanto Mesonero como Larra. Puede leerse en la prensa de entonces que se “venden zapatos para muchachos rusos, pantalones para hombres lisos, escarpines de mujer de cabra, elásticos de hombre de algodón”. Se han cambiado las palabras, se ha hecho prestidigitación con los vocablos: “el lunes 8 del corriente, por la tarde, se perdió un librito encuadernado en papel de poesías alemanas, titulado Charitas, 20 de octubre”; “el miércoles 10 del corriente se extraviaron del palco bajo número 8, en el Teatro de la Cruz, unos anteojos dobles, su autor Lemiere, metidos en una caja de tafilete encarnado, 16 de octubre”.

El ojo lector que recorre la prensa de entonces se asombra de que todas aquellas piedrecillas fueran sembrando los caminos. Hoy, a pesar de los avances, muchas veces ocurre igual.  Nadie en un períódico se dedicó a corregir en el XlX los errores enviados por los particulares. Por eso se leía que “en la calle del Baño, número 16, cuarto segundo, se venden desde hoy hasta el 12 del corriente, desde las diez de la mañana hasta el anochecer, pinturas originales de los pintores más clásicos y de varios tamaños, a precios equitativos”.

Aquello no era humor sino torpeza gramatical que al fin provocaba la indignación envuelta en la sonrisa. Otro tipo de fino humor, en cambio, lo mostrará también en ese siglo, y entre otros escritores, Galdós en “Miau“, al retratar a los cursis: “Anoche me contó Bibiana Cuevas que en el Paraíso del Real nos han puesto un mote: nos llaman las de “Miau” o los “Miaus”, porque dicen que parecemos tres gatitos, sí, gatitos de porcelana de esos con que se adornan ahora las rinconeras. Y Bibiana creía que yo me iba a enfadar por el apodo. ¡Qué tonta es!… ¿ Somos la risa de la gente?… Somos unas pobres cursis. Los cursis nacen y no hay fuerza humana que les quite el sello… Seré mujer de otro cursi y tendré hijos cursis a quienes el mundo llamará “los Michitos”.

(Imagen:-1.- Objet (Soap Bubble Set).-1941.-Joseph Cornell.-artnet/2.-gato.-Pierre Bonnard.- 1903.-Olga s Gallery)

UN DÍA EN MADRID Y EN EL TIEMPO

“Al rayar el día – escribe Mesonero Romanos en 1833 – empieza lentamente el movimiento de este pueblo numeroso. Se abren sus puertas para dar entrada a infinidad de aldeanos (…); en estas primeras horas los tahoneros, montados en sus caballos con enormes serones, reparten el pan por las tiendas; los ligeros valencianos cruzan las calles en todas direccciones pregonando sus refrescos; las tiendas se llenan de mozos y criados que concurren a beber; los carros de los ordinarios que salen, se cruzan con la rechinante carreta de bueyes que viene cargada de carbón”.

“las plazas y mercados van progresivamente llenándose de gentes que se ocupan de las compras en menudo, las iglesias de ancianos piadosos y madrugadores, que concurren a las primeras misas de la mañana (…) Suenan las ocho, y el tambor de las guardias que se relevan se hace oir en todos los cuarteles de la capital. Las jóvenes elegantes que habían salido a misa o a paseo en un gracioso negligé vuelven lentamente a sus casas, acompañadas, por supuesto, casualmente (…) Los cafés retirados, las tiendas de vinos y las hosterías presencian a tales horas estos obsequios misteriosos”.

“Pero a las nueve el cuadro ha variado de aspecto; los coches de los magnates, de los funcionarios públicos, seguidos a carrera por la turba de pretendientes, que los espera a su descenso, corren a los Consejos y a las oficinas públicas; el empleado subalterno, saboreando aun su chocolate, marcha también a colocarse en su respectiva mesa; los estudios de los abogados quedan abiertos a la multitud de litigantes; el ruido de la moneda resuena en el contador del comerciante (…) La Puerta del Sol empieza a ser el centro del movimiento del público y del quietismo de una parte de él, que se la reparten como su propiedad. Los corredores subalternos de préstamos y demás, hacen allí sus negocios sin correr; los músicos, esperan avisos de bodas, llegadas de forasteros y festividades para correr a felicitar a los dichosos (…) ; los ciegos pregonan sus curiosos romances; los aguadores riñen por haberse quitado la vez para llenar sus cubas, y las vendedoras de naranjas hacen conocer sus excelentes pulmones”.

“Los Consejos, la Sala, los Juzgados de la Villa, la Caja de Amortización y otros muchos objetos llaman a la multitud hacia la calle Mayor; los litigantes cargados de papeles; los procuradores de sus procesos; los escribanos y alguaciles con sus respectivas vestimentas”.

“El artesano, entre tanto, que al punto de las doce dejó sus trabajos, prepara su comida sencilla, mientras el pretendiente va a ocupar su lugar en la antesala de la secretaria”.

“En el Prado luce la sociedad elegante, los brillantes trenes y la esmerada compostura; la multitud esparciéndose fuera de las puertas, busca los paseos adecuados a sus gustos. Todos permanecen en ellos hasta que la noche se acerca. (…) La multitud va disminuyendo en las calles; los barrios apartados permanecen solitarios, y solo los del centro ofrecen todavía vida hasta después de cerrados los teatros. La mayor parte vuelve a sus casas a disfrutar del reposo; pero otra parte prolonga la vida que hurtaron al día, ostentando en tertulias elegantes sus estudiados adornos, o arruinándose en juegos reprobados; sus coches hacen retemblar las pacíficas calles y va disminuyendo su número hasta que ya a las dos de la mañana se oye solo la voz del vigilante sereno, que da la hora y avisa al desvelado las que aun le faltan que penar. Los cantos de las aves precursoras del día suceden a aquel silencio, y el cuadro anterior vuelve a comenzar”.

Ramón Mesonero Romanos: “Un día en Madrid” (“Manual de Madrid”) 1833.

(Imágenes.-Se ha inaugurado estos días en Madrid, ( del 26 de noviembre al 31 de enero de 2010) la  exposición “Marileños. Un Álbum Colectivo” del Archivo Fotográfico de la Comunidad de Madrid, con fotografías provenientes de particulares.-Algunas de las imágenes aquí representadas pertenecen a dicho Archivo) ( Fotos:- 1.-Palacio Real en 1887 .-donado por Santiago Saavedra/2.-Omnibus del barrio de Salamanca en 1890.-donado por Mario  Fernández Albarés./ 3.-Puerta del Sol en 1900.-klumpcol.com/4.-calles y transeuntes en 1900.-donado por Mario  Fernández  Albarés/5.-operarios en 1900.-donado por Mario  Fernández Albarés/ 6.-La Cibeles en 1890.-donado por Mario Fernández  Albarés/7.-calle de Alcalá en 1892.-donado por Jaime Murillo Rubiera)

VIEJO MADRID (11) : LA FONDA DE LA AMISTAD

casa donde vivió Gautier.-Caballero de Gracia detras´de la Gran Vía.-2

“Después de bastante búsqueda – escribe el francés Teófilo Gautier – por fin encontré una mesa redonda en la calle del Caballero de Gracia, donde uno podía tomar una comida muy agradable por el razonable precio de 20 reales por día. El dueño era un francés grueso, con un vivo y alegre semblante y cuya buena disposición mantuvo favorablemente el humor en la casa”. Estamos en 1840, como dice la placa de este portal numero 21, a espaldas de la Gran Vía. El tiempo de Madrid ha saltado de pronto desde el XlX al XXl  y leo que “en torno a este lugar” se hospedó Gautier, en la llamada Fonda de la Amistad. Calle de muchas y buenas fondas, como cuenta Mesonero Romanos en su “Manual de Madrid“. Sobre todo, “la Gran Cruz de Malta“, a la que cita. Y Répide, en sus “Calles de Madrid“, alude a ésta de la Cruz de Malta, “de lujo” – dice- y a otra más modesta, la “Hostería del Caballo Blanco“.  Cerca de aquí estaba –recuerda Répide – el primer circo que hubo en Madrid, el Circo Olímpico, de M. Avrillon, que se trasladó desde el barracón que aquí ocupaba a un local junto a la Casa de las Siete Chimeneas. Pero quien describe algo del interior de esa “Fonda de la Amistad” es Philip Henry Stanhope–  tal como recoge Peter Besas en su “Historia de las Fondas madrileñas” (La Librería) : ” tenemos la suerte – dice el forastero – de estar donde estamos, de contar con una planta grande y aireada donde además de disfrutar de un amplio cuarto de estar sin chimenea, hay también un cómodo salón con una buena chimenea francesa”.

Al parecer, Teófilo Gautier se hospedó aquí desde el 22 de mayo al 26 de junio de 1840, y pocos meses despuésdel 3 de octubre al 11 de febrero de 1841 -estaría de huesped el citado Stanhope. Cinco años antes Gautier había conocido a Balzac Gautier contaría luego en un interesante estudio la gran amistad que a los dos les unió. “No puedo ni leer ni escribir” le envió Balzac  a Gautier una sola línea en 1850, pocos días antes de su muerte.

Hago la fotografía de este portal y me llevo conmigo los recuerdos.

(Imágenes: 1.-Lugar donde, al parecer, estaba situada “La Fonda de la Amistad”.-foto JJP/.-Teófilo Gautier.-librarything.es)

VIEJO MADRID (5) : PEQUEÑAS PLAZAS HISTÓRICAS

Plaza del Conde de Miranda.-1Cuando entra mi cámara en la madrileña  Plaza del Conde de Miranda – al fin de la calle del Codo, cerca de la Plaza de la Villa -, la soledad y el sol son ocupados por la Historia y esa Historia nos hace retroceder hasta nombres y edificios que estuvieron por aquí, andanzas de este barrio antiguo que hubo de llamarse la “Platería” por la cantidad de orfebres y plateros que por estas calles se aposentaron. Por aquí estuvo también la llamada casa de “los Salvajes“, propiedad de don Iñigo Cárdenas, señor de Loeches, Embajador de España en la República de Venecia y en Francia, cuando Enrique lV fue asesinado por Revillac. (Fue el Embajador el primer acusado en París de que él había matado al rey hasta que todo se puso en claro, y tal era la fama de hombre arriesgado que el embajador español tenía – frases altivas y agudas que don Iñigo cruzó con el propio Enrique lV – que el pueblo parisino creyó en un  primer momento que se trataba de una acometida hidalga del español contra el monarca francés)

Pero las cámaras fotográficas modernas no pueden penetrar en la Historia, ni en los recintos del señor de Loeches ni tampoco en los muros donde se descubrieron los siniestros sucesos del lamado “crimen del capitán Sánchez” en 1913. La cámara, antes de salir de la Plaza, observa al fondo el convento de las monjas jerónimas de “Corpus Christi“, denominado de “Las Carboneras“, que, como ilustra Mesonero Romanos en “El antiguo Madrid“, se llama así por una imagen de la Concepción que se venera en él, y que fue extraida de una carbonera. Fundado a principios del XVll, otro ilustre comentarista de Madrid, Diego San José, recuerda que en este convento se celebra diariamente una misa por el alma del Gran Capitán, don Gonzalo de Córdoba, y por su mujer.

Plaza del Conde de Barajas

Luego la cámara ralentiza su paso. Entra en la vecina Plazuela del Conde de Barajas donde, en el actual número 7, vivió hasta 1936  María Zambrano , plaza en la que yo también tuve largas charlas sobre cine con el novelista español Jesús Férnandez Santos.

casa donde vivió María Zambrano (Plaza de Conde de Barajas)

Estas plazuelas irregulares, escondidas, guardan profunda historia. En este espacio vivieron el barón de Riperdá, ministro de Felipe V, el comisario general de Cruzada de Fernando Vll o el general Espartero en 1854. Aquí estuvo el palacio del Conde de Barajas, que dio nombre a esta Plaza, y que fue el dueño de la mayor parte de las casas de la zona. Aparece ya en los célebres planos de Texeira y Espinosa y el aire calmo de agosto que roza los árboles me lleva poco a poco a cruzar los siglos y asomarme a esta tienda de olores, en el número 4, que es “Taller Puntera“. Está la ventana abierta y asoman los colores de esta tienda de trabajo con piel, las pieles acabadas de los bolsos y de las agendas.

escaparate de Taller Puntera.-Plaza Conde Barajas, 4

Trabaja una dependienta al fondo. Entra mi cámara, y entro tras ella. El tacto suave de las pieles me hace abrir unos blancos cuadernos. En Mi Siglo he hablado muchas veces de su magia. Repaso estas páginas inmaculadas, aún sin escribir. Luego miro hacia afuera, hacia la calle,  hacia tantos  sucesos ocurridos en Madrid.  Alguien en estos cuadernos seguirá escribiendo la Historia.

(Imágenes.-Madrid, agosto 2009.-: 1.-Plaza del Conde de miranda/ 2.-Plazuela del Conde de Barajas/3.-casa, en el número 7, en la que vivió María Zambrano/4.-taller de trabajo con piel en el número 4.-fotos JJP)

ESCRIBIR EN MADRID ES LLORAR

madrid-ccc-barrios-bajos-por-eduardo-vicente-ciudad-de-la-pintura“¿Qué me dice el lector de la Trapera ‑escribe Larra en uno de sus artículos, Modos de vivir que no dan de vivir. Oficios menudos que con un cesto en el brazo y un instrumento en la mano recorre a la madrugada, y aún más comúnmente de noche, las calles de la capital? Es preciso observarla atentamente. La trapera marcha sola y silenciosa: su paso es incierto como el vuelo de la mariposa: semejante también a la abeja, vuela de flor en flor (…) sacando de cada parte sólo el jugo que necesita; repáresela de noche; indudablemente ve como las aves nocturnas: registra los más recónditos rincones, y donde pone el ojo pone el gancho, parecida en esto a muchas personas de más decente categoría que ella: su gancho es parte integrante de su persona; es en realidad su sexto dedo, y le sirve como la trompa al elefante; dotado de una sensibilidad y de un tacto exquisitos, palpa, desenvuelve, encuentra; y entonces por un sentimiento simultáneo, por una relación simpática que existe entre la voluntad de la trapera y su gancho, el objeto útil, no bien es encontrado, ya está en el cesto. La trapera, por tanto, con otra educación sería un excelente periodista (…), su clase de talento es la misma: buscar, husmear, hacer propio lo hallado; solamente mal aplicado; he ahí la diferencia”.

Hoy, que se cumplen 200 años del nacimiento de Larra, no tenemos mas que cerrar los ojos ‑y después abrirlos con mirada de periodista contemporáneo‑ para ver, modificados apenas por el tiempo, personajes y costumbres del Madrid eterno y los giros, caracteres y hábitos tan españoles. Pero a Larra no le interesa el cuadro de costumbres como simple descripción de las mismas, sino como un método de análisis, de disección, de profundización en los vicios que impiden el progreso social. Deja en las páginas de los periódicos de entonces ‑y esto es lo importante‑ (y no en los libros), continuas muestras de su talento siempre enlazado con la amargura del escritor reformista. Mientras en Mesonero Romanos se advierte sobre Madrid una mirada complaciente, y a veces emocionada, en Larra los ojos se empañan de subjetividad satírica.

trapera-la-trapera-al-amanecer-por-eduardo-vicente-taller-del-prado1 Desde 1828 a 1835 publica la mayor parte de sus artículos periodísticos, tanto políticos como costumbristas: El Duende Satírico del Día, el Pobrecito Hablador, la Revista Española y otros folletos sueltos serán su espacio periodístico. El dinero llega a su pluma. “En 1836, un año antes de suicidarse ‑recordará Nestor Luján‑, Fígaro, a su regreso de un viaje por Portugal, Inglaterra, Francia y Bélgica, firmó un contrato para colaborar en El Español de veinte mil reales al año y la obligación de dar dos artículos por semana, casi cincuenta pesetas por artículo, cifra que en toda su época sólo alcanzó a Jaime Balmes. El autor de Vuelva usted mañana, de El día de difuntos de 1836 y de La Nochebuena de 1836 se propuso convertir el artículo en vehículo de valores como los de la lírica, el drama o la novela y lo consiguió. Admirado como periodista excepcional, sus artículos se califican como creación de un género. Su voz aún asoma célebre en alguno de ellos: “Escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir un libro de memoria, es realizar un monólogo desesperadamente triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar.”(“El artículo literario y periodístico”, págs 46-47)

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(Imágenes: Dibujos y pinturas de Eduardo Vicente:-1.-Barrios bajos.-Ciudad de la pintura/2.-.-La trapera al amanecer.- Taller del Prado/3.-Cielo y perspectiva.-Ciudad de la pintura)

“LA ESPAÑA NEGRA ”

“Son estos hombres de pelo en pecho; sus caras se parecen a la del toro, muy barbudos, con las cejas muy pobladas y juntas, las caras atezadas por el sol, las frentes llenas de arrugas y las mejillas con surcos, como la tierra abierta con la azada; encerrados por el negro del afeitado de la barba y el bigote, destacan, más descoloridos, los labios y los dientes muy blancos; sus manos, desproporcionadas, grandes y membrudas; sus chaquetas llenas de cuchillos de tela de distinto color, para tapar los rotos, con la zamarra al hombro, en cuyo bolsillo asoma el pañuelo moquero con el que se suenan fuerte y lo atan al cuello para empapar el sudor; sus piernas, calzadas con polainas de cuero con todos los broches y hebillas tapadas y blancas por el barro de los días de lluvia; sus sombreros, de forma rara, encasquetados hasta las orejas”.

Así describe Gutiérrez Solana a los carreteros de Tembleque en su libro “La España negra“. Ahora que acaba de publicarse una nueva edición de esta obra (Comares), que recoge los Viajes por España y otros escritos, el pensamiento se me va a los días en que leí mi tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid hace ya muchos años sobre el tema “La muerte en la obra literaria de Gutiérrez Solana“. Dirigida por un gran catedrático y luego gran amigo mío, Francisco Yndurain,  expuse en aquellas páginas la vida y la obra del pintor-escritor, muerto en 1945 a los 59 años de edad que entre Santander y Madrid, su hermano Manuel y el café “Pombo”, cantaba a voz en grito y no con mala voz, rociando de vez en cuando la existencia con el sabor de la botella. Los principales biógrafos y comentaristas de Solana dejan fuera de duda su derecho deseo sin ninguna concesión a “ser leal consigo mismo”, honrado en su quehacer de artista, y, sobre todo, en presentar desnuda su verdad, sin afeites ni arreglos, monda y lironda, aunque a muchos desagradase.

Gutiérrez Solana – dije entonces- fue un permanente viajero y lo reflejó en todos sus libros. Viajó por Madrid en las dos series de “Madrid, escenas y costumbres”, cuyo título evoca el de Mesonero Romanos. Viajó igualmente por España – desde Santander hasta Zamora, una vez “visitado” y “observado” de modo implacable lo mismo el Museo de Valladolid que pueblos como Tembleque, Calatayud, Ávila o tantos otros- en su libro “España negra”. Esa España pobre, oscura, bastante ignorante y olvidada, encerrada en sí misma porque otros la hubieran encerrado en sus pueblos vacíos: toda esa faz negra de España – sin agregar moralejas, sino simplemente con pintarla con la pluma desnuda y denunciadoramente (ella se denunciaba con sus hechos) -, Solana la describió más que la escribió; y lo hizo a través de un viaje por nuestras tierras”. (“La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana”, Tesis Doctoral, inédita).

Ahora vuelve a editarse esa “España negra” y volvemos a contemplar a esos carreteros de Tembleque que a la hora de comer “abrazan la cazuela y la recuestan en el pecho, llena de patatas, de berzas y de cocido; el pan se convierte en moreno cuando lo amasan con los dedos tiznados y negros donde resaltan el blanco de sus uñas, que suelen ser zapateras por los golpes, y a alguno le suele faltar un dedo de la mano, que se ha cogido entre dos moles de piedra”.

Una vez más – como he comentado en varias ocasiones en Mi Siglo , hablando de Pla y de algún otro – estamos en la “literatura de observación”, algo realmente difícil que el ojo del escritor va recogiendo. En este caso, un pintor que mira atentamente y que, en vez de llevar cuanto ve hasta el lienzo ( o a la vez que lo lleva), desea transmitirlo en la página.

(Imágenes: Autorretrato del pintor Gutiérrez Solana, 1943/ Gutiérrez Solana: “Las máscaras”)