EL TESTAMENTO DE SHAKESPEARE

 

 

Mario Praz, en su insólito y completísimo recorrido por las habitaciones, muebles y objetos de su famoso apartamento romano de Vía Giulia en “La casa de la vida” se asombra de no encontrar un solo libro citado en el testamento de Shakespeare. “Habla en él, aunque sea en general – dice Praz, el gran crítico de arte – de trajes, de muebles, de joyas, menciona entre la plata una ancha copa o vasija de plata dorada, adjudica a su esposa aquella cama segunda en calidad, que ha hecho especular a la posteridad sobre los méritos o los deméritos de la señora Shakespeare, pero de libros ni una palabra. Y tan extraño parece pensar en una señora Shakespeare como un Shakespeare ( o en un Dante) sin libros: junto a estos dos genios nos parece cómica una mujercita, pero nos parece igualmente incongruente no verlos rodeados de libros. A Dante nos lo imaginamos muy bien contra un fondo de estanterías como el San Jerónimo de los pintores antiguos, y el busto de Shakespeare lo vemos bien colocado como en una efigie de bronce de principios del siglo XlX que adornaba el tintero de Keats, sobre una pila de libros. Que serán tal vez sus propias obras, pero reflexionemos en lo que dijo aquel otro gran inglés, que se ufanaba de su propia biblioteca, Geoffrey Chaucer: “ Porque de los campos antiguos, como suele decirse, viene todo este nuevo trigo año tras año, y de los libros antiguos, en verdad, viene toda esta nueva ciencia que los hombres aprenden”. Pero Shakespeare no habla de su biblioteca  ni en su testamento, ni en ningún otro lugar”.

Y  el gran crítico de arte italiano y extraordinario coleccionista se asombra de ello.

 


 

(Imágenes -1- Henry Fuseli – Macbeth – Shakespeare library / 2- George Rommey – el Rey Lear-Shakespeare library)

EN TORNO AL ESCRITORIO

 

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“En este rincón del salón, cerca de la ventana, está colocado el escritorio – nos va diciendo al mostrarnos su casa- museo en Roma el gran crítico de arte y también gran coleccionista Mario Praz. Recogida toda esta visita que hacemos con él en su libroLa casa de la vida“, Praz continúa: ”  Para un escritor este debería ser el mueble principal, el primero en buscar conforme al concepto que se haya formado de su propia misión, el cual no puede dejar de poseer un cierto grado de nobleza, por más reparos que quiera poner su modestia. El escritorio es para él lo que para la mujer hermosa es la psique; y el espejo será en su casa la hoja en blanco sobre la que se reflejará el contenido de su alma, por lo que sobran razones para llamar al escritorio la psique del escritor. El primer mueble del que habría debido ocuparme debería haber sido por tanto el escritorio, pero como ya he dicho, el germen de mi predilección por el  estilo Imperio nació en el dormitorio (…)

 

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Sobre este escritorio, que le había comprado al anticuario Subert de Milán en 1932, escribí casi todo lo que salió de mi pluma hasta 1954, cuando el escritorio francés condenó al exilio a este mueble más modesto (…) ¿Debo añadir que, después de todo, la mesa sobre la que uno escribe no tiene demasiada influencia sobre el mérito de las cosas escritas? ¿Que probablemente no tiene ninguna? Ciertamente no escribí nada digno de mención sobre la mesa que tuve de joven antes de que la pretensión de un mobiliario elegante me hiciese comprar un escritorio de finales del siglo XVlll, de pies todavía molturados, del que me deshice enseguida cuando encontré el de las esfinges del anticuario Subert. Pero, ¿cabría esperar cosas sobresalientes de un joven que no fuese un genio? Escribí la tesis sobre D Annunzio (…)  Y no recuerdo las mesas ante las que me senté en las habitaciones alquiladas de Liverpool y de Manchester, donde, también, escribí varios textos de crítica y de filología. Algunas de mis mejores páginas además las he escrito sin la ayuda de ningún escritorio, como cuando sentado bajo un pino de la pineda de Viareggio, en las horas de más calor, redactaba el relato de mi viaje a España, apoyando el papel sobre un libro que descansaba en mis rodillas. Diré que también hay quien se maravilla de que pueda escribir en un salón tan ricamente decorado como el mío, que el propio Goethe prefería un ambiente desnudo y sin adornos para escribir, y que un arquitecto al que conozco, que tiene una villa en Capri con deliciosas vistas desde las ventanas, ha preferido para su estudio una habitación cuya ventana da a una pared blanca. Realmente creo que podría escribir en cualquier sitio, siempre que a mi alrededor no hubiese ruidos molestos. Pero ha habido quien ha opinado que los ruidos secundaban su inspiración como Gogol cuando escribía en las tabernas romanas. Incluso una circunstancia que normalmente se consideraría susceptible de molestar, como la presencia de un olor desagradable, puede ser propicia, como en el caso de Schiller que se excitaba con el olor a manzanas podridas que tenía en el cajón”.

 

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Uno lee estas confidencias y recuerda cuántos escritorios ha vivido y utilizado. Sobre todo aquellos sostenidos casi en el aire, apoyado el papel en un cuaderno y el cuaderno apoyado a su vez en las rodillas, en el interior del automóvil o al aire libre. Al levantar la mirada de la página pasaban ante mí muy despacio árboles de los bosques de Galicia, carreteras blancas de Castilla, amaneceres en los tejados de Madrid.

 

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(Imágenes.- casa-museo de Mario Praz- turismo Roma)