LECTURAS SILENCIOSAS

«Cuando leía, sus ojos corrían a lo largo de la página y su mente percibía el sentido, mas la voz y la lengua se quedaban inmóviles. A menudo, hallándonos allí – cualquiera podía entrar, pues no se solía anunciar la llegada de un visitante – lo observábamos mientras leía, o en silencio, nunca de otra forma, y tras quedarnos sentados silenciosamente – ¿quién se atrevería a turbar una concentración tan intensa? – nos íbamos conjeturando que, en ese rato de tiempo en el que conseguia dedicarse a relajar su mente, libre por fin del ruido de los problemas ajenos, no querría ser distraído ni explicar a un oyente atento e interesado algún pasaje oscuro del texto que estaba leyendo, ni discutir sobre alguna cuestión particularmente difícil, acabando por perder, de tal modo, una parte del tiempo destinado a la lectura, a pesar de que resultara mucho más probable el hecho de que habría empleado ese tipo de lectura silenciosa para ahorrar la voz, que se le debilitaba con gran facilidad. No importaba la razón por la que lo hiciera, para un hombre así no podía ser sino buena».

De este modo narra San Agustín en el capítulo Vl de sus «Confesiones» la forma en que leía San Ambrosio, aquel personaje que fascinó y atrajo vital y esencialmente al que luego sería obispo de Hipona. En Mi Siglo he hablado ya de las grandes cuestiones formuladas por Pèguy en torno a la lectura y de los espléndidos párrafos que dedica Proust a la lectura en voz baja. Roger Chartier, cuando aborda las prácticas de lo escrito en la «Historia de la vida privada«, recuerda una vez más la importancia de la lectura en silencio durante los siglos XVl y XVll, que instaura una relación solitaria entre el lector y su libro, y Philippe Ariès, comentando el siglo XV, ya dice que la lectura silenciosa se ha transformado entonces en la manera corriente de leer, y que hasta el XlX los lectores torpes se distinguirán de los demás por su incapacidad de leer en silencio.

«Muy a menudo – evoca Steiner en «Presencias reales» (Destino) – lo que viene a llamarnos lo hace sin ser invitado. Incluso cuando hay una buena disposición, como en la sala de concierto, en el museo, en ocasión de una lectura, la verdadera entrada en nosotros no ocurrirá por un acto de voluntad». Entra en nosotros ese invitado en la noche atravesando la habitación de la mente, rozando la luz de las pantallas, apenas haciendo ruido entre los muebles de las distracciones y se queda allí, en la música, en el fondo del cuadro, en el fondo de la página, y empieza a hablarnos – silencio y lenguaje, lenguaje y silencio – hasta atraernos, hasta convertirnos en su íntima amistad.

(Imágenes:- 1.- Lyttton Strachey- Dora Carrington/ 2.-Marcel Rieder.-1851-1925)

VIDAS CRUZADAS

La muerte de Pilar Donoso, la hija del novelista chileno José Donoso  (a ella me referí ya aquí al hablar de los talleres de escritura) , nos lleva otra vez hasta libros y autores y se expande sobre el gran mosaico de las vidas literarias. Ángulos y perspectivas, confesiones y balances, y también numerosos recuerdos. La historia de la literatura está salpicada de confidencias y el universo de nombres y de obras extiende sus ramas por hijas e hijos, hermanos, esposas o esposos, secretarios, mujeres y hombres que de una forma u otra acompañaron a los autores – unos con admiraciòn, otros con amor, otros guardando venganzas -, como ya hace tiempo comenté en Mi Siglo.

Cada uno nos ha ido entregando varios puntos de vista, como es el caso de Tess Gallagher y de Maryann Burk Carver sobre Raymond Carver.

Cada uno nos ha intentado desvelar una relación, como ocurre con Katia Mann y sus «Memorias» sobre Thomas Mann.

Algunos han aportado menudas y reveladoras incidencias del hogar, y así lo hizo Celeste Albaret con Marcel Proust.

Otros fueron muy lúcidos en sus visiones – y lo recordaba de este modo Eliot al referirse al libro «Mi hermano James Joyce» , de Stanislaus Joyce.

Porque de cualquier forma, para acercarse hasta las habitaciones y trabajos de muchos escritores, estos pasillos de vidas cruzadas siempre serán una interesante iluminación, a veces incluso una revelación completa.

(Imágenes:- 1.-Pilar Donoso junto a su padre José Donoso.-latercera.com/ 3.-Tess Gallagher y Raymond Carver en 1984.-f oto Marion Ettlinger.-Corbid Outlin.-guardian co.uk/4.- Katia Mann junto a su esposo Thomas Mann en Berlín.- 1929/ 5.-Celeste Albaret.-tempas  hauttefort. com/6.-Stanislaus Joyce.-themodernworld.com/7.-Raymond Carver.-writinguniversity org)

OLORES INFANTILES, OLORES FAMILIARES

«A las albas de mi niñez – cuenta Eugenio D`Ors en sus Confesiones y recuerdos«-, van ligados dos olores. El primero es el olor de zanahorias descompuestas. Yo nací en lo más céntrico de la ciudad, cuyo urbanismo iba, poco después, a transformarse tanto, en la casa número 3 de la calle Condal, en la inmediatez de la Puerta del Ángel, cuyas murallas desaparecieron.(…) Los bajos de aquella casa, cuyo primer piso ocupaba el consultorio médico de mi padre y en cuyo entresuelo vivía mi abuelo igualmente, han conservado, hasta fecha muy cercana al día de hoy, (este texto de D`Ors es de 1950, publicado en «Correo Literario»), dos tiendas, además de un cuchitril de portero. En la portería actuaba, hacia la época de mi venida al mundo, un zapatero remendón; años transcurridos, el ocupante pasó a ser un relojero. Una de las tiendas se dedicaba al comercio de libros rayados. Pero la otra tienda siguió intacta. Era una vaquería. (…) El olor del pienso vacuno no había manera de suprimirlo. Para perderlo de olfato dio ocasión un cambio de domicilio, que se transportó, hacia los dos años de mi vida, a la calle de San Pablo, señoril y hasta entonada aún. Allí, el olor que se respiró fue muy otro. Frente al número 15 se abrían los almacenes del papel de fumar Valadia. Una esencia picante y característica llegaba hasta nuestros balcones, cuando estaban abiertos, y acompañaba nuestros primeros pasos por la calle. Entrambos olores, el del pienso de zanahorias y el del papel de fumar, dan un fondo común de paisaje olfativo a los recuerdos de mi primera infancia».

Son los olores muchas veces compañeros de las visiones, y éstas de las audiciones y del gusto, y todas ellas también del tacto, y así los primeros pasos de los sentidos en muchos niños que un día quizá lleguen a ser escritores quedan impresos en sus mentes y al fin no tendrán más remedio que volcar todo ello sobre un papel. Si se considera memorable la secuencia de Proust cuando escribe «en cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado de tila que mi tía me daba (…), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres…», este sabor nos está abriendo las puertas de las reminiscencias y nos empuja a grandes tiempos de espacio y de novela. Pero el olfato siempre estará presente también. Olor proustiano de habitaciones cerradas – de dormitorios, de pabellones de caza, de recintos en los Campos Elíseos-, olores igualmente de espinos,», retenidos en sus elementos untuosos y densos», dirá Proust, olores en la avenida de las Acacias » cuyos perfumes, que irradiaban en derredor, hacían sentir de lejos la proximidad de una potente y suave individualidad vegetal«: blandura, unción, densidad, pesantez de tantos olores diversos y mezclados, modalidades sustanciales de aromas volátiles que se expanden en un espacio aéreo.


Siempre pues hay olores en las vidas, también en las literaturas.

Gil de Biedma, en «Retrato del artista en 1956«, desgrana los olores que le acompañaron:

«El olor a cuerpo y a prendas miserables. Los vagones del metro. Madrid: carne recalentada y ropa de difunto y un deje de grasa de chorizo, para fijar el aroma igual que el barniz una pintura. Londres: lana húmeda, chocolatinas baratas, cocina de manteca rancia, fish and chips, verduras tristes. París: sé que tiene un olor, pero se escapa.

(…)

Olor a escarcha y fuego de leña verde, pavesas en el aire. La Nava, años de la guerra civil, camino de la escuela en las mañanas.

Cocido y cuero recién curtido: Salamanca«.

 Olores retenidos. Olores conservados. Olores siempre.

(Imágenes:- 1.- John Singer Sargent.- 1885-1886.-Tate Gallery.-Londres/ 2.-Valentín Aleksándrovich Seróv.-Mika Mo Morozov.-1901.-State Treytakov Gallery.-Rusia/ 3.-Brassaï -Quai des Orfévres.- 1930-1932)

LA MAGDALENA EN EL PALADAR

«El sabor de la magdalena nos puede llevar al París de principios del siglo XX.. Las migajas de una magdalena en el paladar de una lectura nos trasladan a 1909, cuando en París, un escritor llamado Marcel Proust empapa sus recuerdos infantiles al mojar en una taza de tila unas personales evocaciones. Tiene Proust entonces 38 años. Seguramente es en junio de 1909, en su Cuaderno 25 de escritura –unos cuadernos estrechos y alargados, repletos de anotaciones apretadas, como una vibración de recuerdos, como un fluir intermitente de sensaciones y de pliegues– cuando Proust escribe el borrador o el esbozo de este famoso texto, situado casi al principio del primer tomo de su gran obra En busca del tiempo perdido. Es en ese primer tomo, Por el camino de Swann, publicado en 1913, cuando Proust dirá de esa magdalena casi mágica en la literatura: las formas externas –también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos–, adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.

Gotitas de recuerdo. El recuerdo nos vuelve a trasladar a París, al barrio de Auteuil, donde nace Marcel Proust un 10 de julio de 1871. El recuerdo nos lleva de puntillas al Bois de Boulogne de la capital francesa para seguir los paseos en bicicleta de esas muchachas en flor que bajo sus sombreros de paja toman refrescos. Con el recuerdo en migajas nos iremos a las carreras de caballos de 1902, entre sombrillas y programas de mano, coqueteos furtivos y sombreadas miradas. Las ruedas del recuerdo en coche de caballos bajan con nosotros los Campos Elíseos, la mirada orienta sus prismáticos y observamos los colores del nuevo siglo. Están los hombres con sus bigotes refinados y puntiagudos y el dandysmo de sus bastones de nácar, las damas atraviesan la plaza de la Concordia camino de esos bailes de blancura almidonada, y hay aquí y allá, entre inmaculadas pecheras, el vaivén de abanicos azules, escotes rosas y perlas hilvanando gargantas de luz. Se baila en París igual que se toma el sol en la arena imaginaria de una Normandía proustiana, al norte de Francia, entre Deauville y Cabourg. Proust lo va anotando todo. Apunta no sólo lo que ve sino lo que su memoria le entrega a la orilla del tiempo: Y a cada momento saludaban a madame Swann –escribe en A la sombra de las muchachas en flor para retener una escena cerca del Arco de Triunfo–, inconfundible en aquel fondo de líquida transparencia y de luminoso barniz de sombras que sobre ella derramaban su sombrilla, jinetes rezagados en aquella avanzada hora, que pasaban como en el cinematógrafo, al galope por la Avenida, inundada en sol claro.

Marcel Proust, que morirá el 18 de noviembre de 1922 tras acolchar el cofre de su asma en un tapiz de trabajo encarnizado y de secreto silencio, dejará escrito un París redivivo, un siglo desgajado en minúsculas sensaciones antes de que los faros nocturnos barran de inquietud los presagios de un cielo en la Primera Guerra Mundial. Proust no sólo nos cuenta el París recobrado del tiempo sino que va al encuentro del tiempo mismo desmenuzando su magdalena de olor. Mojando esa magdalena en la taza de tila de la novela, nos entrega el sabor de un mundo que se fue, las migas de una época que nos evocan el pasado de una literatura que ya no se hará más, esas intermitencias del corazón que dieron latido a nuestras lecturas y a nuestra infancia».

(«El artículo literario y periodístico -Paisajes y personajes«.-págs 194-196)


(Al leer la vida de Proust se estudian sus preparativos para el trabajo: la lenta, paciente, perseverante tenacidad de su espíritu volcado sobre la labor, en plena habitación acolchada, rodeado de notas, de papeles, de fotografías y de recuerdos. Maurois describe con gran claridad todo este impresionante proceso. Y resulta admirable contemplar a este gran trabajador ‑anteriormente un gran perezoso‑ entregado de una manera obsesionante a producir lo único para lo que estaba llamado y lo único que le importaba en el mundo)

(Imágenes:- –Jean Béraud:- 1.-Boulevard des Capucines/2.-concierto privado/3.-el Bois de Boulogne/4.-sombrerera en los Campos Elíseos)

TIEPOLO Y EL COLOR

«Para los pintores, el color no está sólo en todas aquellas cosas que todos vemos – dice Bridget Riley -, sino también, de un modo extraordinario, en los pigmentos extendidos en la paleta, y allí, de un modo muy especial, es sencilla y únicamente el color«. Sobre el azul he hablado alguna vez en Mi Siglo y sobre las  mezclas de colores en Delacroix, tal como él lo confiesa en su «Diario», en alguna otra ocasión. Hay que recordar la búsqueda de amarillos que en las madrugadas marchando por el campo obsesionaban a Van Gogh y que cuenta en sus Cartas a a su hermano Theo.  Colores y pintores han cubierto, pues, páginas ilustres. Ahora el gran crítico literario y artístico italiano Roberto Calasso dedica a » El rosa Tiepolo» (Anagrama) todo un libro.

«Si se pide hoy el rosa Tiepolo o el rojo Tiepolo en una tienda de colores o en una de telas – dice Calasso -, difícilmente se encontrará respuesta. Es problable que tampoco en los tiempos de Proust todos los negocios estuvieran provistos de tales mercancias. Es un color que llama la atención y, después, fácilmente se olvida. Pero para Proust debió de tocar un punto neurálgico, dado que lo evocó sólo para Odette, Oriane de Guermantes y Albertine. Acaso lo que unía a tales seres, tan diferentes, tan opuestos, tan obsesionantes, era ese color. Su aparición es siempre un deslumbramiento, fugaz y definitivo«.

Además de los amores, guerras y vicisitudes cruzadas de los siglos también ellos han llevado tras de sí la luminosa estela de matices y abanicos pictóricos inspirados en pacientes talleres, combinaciones perdurables, deslumbrantes aciertos. Philip Ball en «La invención del color» (Debolsillo) va recordando el sendero que han ido dejando los años de la púrpura, los años de azules desvaidos, los otros azules del siglo XX,  los modernos colores digitales. Es un recorrido que Calasso hace a su vez a la vera de Tiepolo: «entre los grandes de la pintura -señala – el último que supo callar. Nadie consiguió arrancarle declaraciones acerca de la fidelidad a la naturaleza o la santidad del dibujo».

Como le decía Gauguin a Paul Sérusier:

«¿De qué color ves aquel árbol

«Amarillo«.

Está bien, usa tu mejor amarillo. ¿De qué color ves la tierra?

Roja.

Entonces usa tu mejor rojo«.

Singulares percepciones entre color y naturaleza, entre visión y color.

(Imágenes. 1, 2 y 3.-detalles de «El Carnaval» de Tiepolo.-1750.-Museo del Louvre)

SCHUMANN, JUNIO 1810 – 2010

«Del viejo parque que te acogió amistoso

oyes niños y pájaros que silban en los setos.

Enamorado cansado de tantas etapas y heridas.

Schumann, soldado soñador decepcionado por la guerra«.

escribió Marcel Proust en Los placeres y los días.

«Mi música – señaló Robert Schumann – no es una necesidad de maniobra; el oficio no participa en ella, ha costado a mi corazón más de lo que pueda imaginarse».  Schumann no poseía un oído perfecto, tal como Mozart lo tenía; así lo dice  Oliver Sacks en su Musicofilia (Anagrama)  evocando también » el La agudo que el músico oía al final de su vida» y recordando asimismo cómo uno de los amigos de Clara Schumann «reveló un extraño fenómeno del compositor: que éste oía en su cabeza piezas musicales maravillosamente hermosas, ¡totalmente formadas y completas! El sonido es como metales lejanos, subrayado por las más espléndidas armonías».

Cerebro de Schumann, corazón de Schumann a los 2oo años de su nacimiento : 8 de junio 1810 – 8 de junio 2010.

(Imágenes.– 1- Robert Schumann.-Klassik-in- berlin-de/ 2.-Robert Schumann y Clara Schumann.-germanhistorydocs.ghi-dc-org)

¿ASí ES LA ROSA?

El verso de Juan Ramón Jiménez «No le toques ya más, que así es la rosa «(«Piedra y cielo», 1919) nos podría llevar de algúna forma hasta las fronteras sobre cuántas y cuáles pueden ser las modificaciones de estilo en la creación. ¿Hasta dónde se debe retocar un texto? ¿Hasta qué grado debe corregirse lo que se escribe’? Jean-Ives Tadié, uno de los mayores especialistas en Proust, comenta en el número de abril de  «Le Magazine Littéraire» «que ciertos artistas han perjudicado su obra inicial. Claudel, por ejemplo – añade como opinión -, ha logrado de la versión última de «Partición del mediodía» una obra mucho menos bella que la primera. Lo mismo ocurre con las diversas versiones de «La Anunciación hecha a María«.Claudeldice Tadié – perjudicó su obra al retocarla. Por el contrario, se puede decir que Proust no se equivoca nunca. Suprime poco, pero enriquece mucho, y ésto hasta la última página del Tiempo recobrado. No cesa de trabajar su última frase hasta que encuentra una soberbia metáfora. Este enriquecimiento hace que yo prefiera las postreras versiones».

Es una opinión más. Del «paso atrás en la creación«, gracias al cual siempre se adquiere la necesaria perspectiva para poder corregir, he hablado varias veces en Mi Siglo. Anthony Burgess, en su estudio sobre «Hemingway y su mundo» (Ultramar) recuerda que «El viejo y el mar» presenta uno de los misterios del proceso creativo, que se demuestra «en la circunstancia de que Hemingway pudiera escribir tan soberbiamente en una época en que estaba escribiendo tan mediocremente. (…) Como ejercicio de simple prosa «declarativa», no ha sido superado en la obra de Hemingway. Cada palabra es significativa y no sobra ninguna palabra».

¿ Cúando sobran o no sobran palabras? Augusto Monterroso declaraba que él conseguía una escritura concisa y breve tachando. «Tres renglones tachados valen más que uno añadido. Los adornos y las reiteraciones no son ni elegantes ni necesarios. Julio César inventó el telégrafo 2000 años antes que Morse con su mensaje: » Vine, vi, vencí«. Y es seguro que lo escribió por razones literarias de ritmo. En realidad, las dos primeras palabras sobran; pero César conocía su oficio de escritor y no prescindió de ellas en honor del ritmo y de la frase».

Por eso hay que preguntarse hasta qué punto se tacha y hasta qué punto se añade.  El primer verso, siempre se ha dicho, ha sido dictado, ha sido dado. Se ha recibido desde lo alto o desde lo profundo y es necesario escribirlo así. Pero el primer verso de Juan Ramón también dictado desde lo alto – le señala al poeta: «no le toques ya más, que así es la rosa». Permanece la rosa plena y encendida en ese único verso.»Juan Ramón – recordaba Vicente Gaos no recomienda que el poema no se toque, sino que no se toque ya más, lo cual implica previas manipulaciones«.

La rosa espera mirando al poeta deseando únicamente seguir siendo la rosa.

(Imágenes:-1.-manuscrito de Marcel Proust.-Universidad d´ Urbana.-Champion de Illionis/.-2.-Hemingway.-foto de Ken Heyman.-stateoftheart. pophoto.com/3.-Juan Ramón Jiménez.-por Daniel Vázquez Díaz)

EL TALLER DE LA GRACIA

EL  TALLER  DE  LA   GRACIA.-AA

En esta inmensa sala de Internet la amistad virtual se hace personal en un instante y cuando cruzo entre los blogs con mi vaso en la mano buscando trazos de conversación, infinitas conversaciones del mundo vienen hacia mí también con sus vasos en las manos, se entrecruzan blancas chaquetas de camareros invisibles y palabras e imágenes se saludan como si se leyeran y se fotografiaran de toda la vida, mujeres y hombres que jamás se han visto y que quizá nunca se verán: sólo la pantalla sobre los hombros y los dedos en el teclado desvelan perfiles cercanísimos y universales a la vez, gentes de la casa de al lado en la aldea global, ventanas que se han asomado a nuestros patios interiores, puertas que se nos abren de par en par.

maty.galeon.com.-2

Así me he encontrado en esta inmensa sala de Internet a Juan Pedro Quiñonero al que aún no conozco y al que un día conoceré. Pero en cuanto lo conocí atravesando la Red se cruzaron entre nosotros, presentándonos, uniendo más la amistad, Luis Rosales y Pla y Ramón y Baroja, y enseguida hicieron corrillo de lecturas Juan Ramón y Proust y Virginia Woolf y Baudelaire y tantos otros más, unos pintores y otros escritores, fotógrafos, pensadores, artistas. Quiñonero llevaba un libro en la mano, o mejor dicho, el libro al que me presentaron llevaba a Quiñonero dentro, y al abrir su alma Quiñonero y abrirse a la vez las páginas del libro, vi que «El taller de la gracia» me empezaba a confesar: » Jünger decía que la gran tarea del hombre del siglo XXl sería la «repoblación espiritual» del mundo, víctima de la desalmada colonización y desertización industrial del planeta. En esas estamos. La milenaria guerra entre los Titanes y los Inmortales prosigue en muchos frentes, en detrimento de estos últimos, que muchos consideran definitivamente amenazados. Quizá«.

Ante ese «quizá» me quedé pensativo. Mientras alguien pronuncie ese quizá nada estará perdido, nada aún se dará por concluido, todos esos «quizá» de las posibles victorias nos harán recomenzar cada mañana de modo vibrante la batalla diaria. «El camino que va de la tierra donde nací – me seguía diciendo el libro -, mi país natal, mi «heimat» original, a la tierra, la casa, el país extranjero donde he vivido buena parte de mi vida, en París, donde nacieron mis hijos, es el camino que he intentado repoblar escribiendo libros, que es una de las maneras más tradicionales de amueblar la casa vacía del ser«. Y unas páginas más atrás esta visión bellísima: «Tarea íntima, de entrada, la de celebrar, en familia, la comunión del pan, el vino y las palabras, ya que, en la vida de los hombres, de las familias, hay cosas materiales y cosas inmateriales. Las cosas materiales saltan a la vista: una casa, un trabajo, unas deudas. Las cosas inmateriales las guarda cada cual en el almario de su conciencia. Digo bien almario: algo así como un diminuto armario donde la memoria guarda las cosas nuestras que atañen a nuestra vida moral. Las cosas del alma, se hubiese dicho en otro tiempo».

Estuve  leyendo «El taller de la gracia» (Renacimiento), gran libro de inquietud, de preguntas, de propuestas, libro sostenido por una amplísima cultura de curiosidades, ojos que no se resignan a la decepción, pupila no cegada ante ninguna esperanza.

Pasaban por entonces, al otro lado de  la inmensa sala de Internet, calles y ciudades muy conocidas, ciudades y calles que en distintos años Quiñonero y yo hemos atravesado sin cruzarnos nunca. Pasaba en ese momento cerca de mí la rue de Tournon cargada de recuerdos e inmediatamente me fuí con ella.

(Imágenes:-1.-portada de «El taller de la gracia»/2.-Juan Pedro Quiñonero.-foto tomada de maty.galeon.com)

ESCRIBIR ANTES DE ESCRIBIR

escribir.-1259.-por Agnes Martin.-1973.-Kornelia Tamm Fine Arts.-photografie.-artnet

Marcel  Proust

«Aquí había proyectado alguien en su cabeza  una gigantesca catedral aún no construida, había colocado ya, cuando aún no había nada, la clave de la bóveda, sabía ya que la última frase del libro que iba a escribir trataría de un libro que aún tenía que escribir, un libro en el que hablaría del lugar que ocupan las personas en el espacio, tan limitado en comparación con el que les está reservado en el tiempo, infinitamente mayor, ya que «tocan simultáneamente, como gigantes sumergidos en los años, épocas tan distantes, entre las cuales han venido a situarse tantos días». (Cees Nooteboom)

Escrito pues en su cabeza todo el libro, desde su inicio hasta el final, Marcel Proust  se inclinó ante sus papeles cada noche y se puso a dictar pacientemente a sí mismo.

 Lo único que tenía que hacer ya era escribir.

(Imagen:  Agnes Martin.-1973.- Kornelia Tamm Fine Arts.-artnet)