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Posts Tagged ‘Marcel Proust’

 

 

El cuestionario Proust, tan repetido y comentado en muy diversas ocasiones, arrojaba en una de sus respuestas el lugar real o fantástico donde desearían vivir muchas gentes consultadas. El mismo Proust confesó que le agradaría vivir “allí donde ciertas cosas que yo quisiera se realizaran como por arte de magia y alli donde los encantos siempre fueran compartidos”. El músico Luis de Pablo escogía para vivir su propia casa de Los Berrocales; el escultor Amadeo Gabino,  decía: “ vivir donde estén mis amigos”; otro escultor, Martin Chirino, deseaba vivir “aquí, allá, en cualquier lugar, pero a la vez”; Alejo Carpentier, declaraba que “para mí no hay ciudad más grata en el mundo que La Habana donde nací. De ahí soy y, como decía Pascal, “el corazón tiene razones que ignora la razón”; la actriz María Casares aspiraba a vivir “frente al océano o en el desierto”; el pintor Antonio Saura, prefería vivir “en Cuenca y en París”; Mercè Rodoreda, en la montaña; Octavio Paz confesaba que quisiera vivir en Middle Earth; Alberti, “en una torre o azotea frente a la bahía de Cádiz. O en Roma”; Jorge Guillén, en Florencia la mayor parte del año;  Narciso Yepes comentaba: “no importa dónde si es con los que amo”.

Uno va leyendo estas cosas y se pregunta  al fin dónde desearía vivir. A lo mejor en el lugar en el que uno está viviendo, a lo mejor en encuadres fantásticos, a lo mejor en lugares reales que uno conoció  y en otros que jamás ha visto.

 

 

(Imagen – 1 -Marcel Proust/ 2- Florencia- puente viejo -Telémaco Signorini- 1860)

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”¿Por qué leemos un diario de escritor? – se preguntaba Susan Sontag – ¿ Por que ilumina sus libros? Con frecuencia, no. Más fácilmente, porque el diario es material bruto, aun si ha sido escrito con miras a una futura publicación. En él, leemos al escritor en primera persona : nos encontramos con un ego desprovisto de las máscaras de ego de las obras del autor. Ningún grado de intimidad en una novela podrá suplirlo, aunque el autor escriba en primera persona o utilice una tercera persona que, transparentemente, le señale. La mayor parte de las novelas de Pavese están narradas en primera persona. Sin embargo, sabemos que el “yo” de las novelas de Pavese no se indentifican con Pavese mismo, como tampoco el “Marcel” que cuenta “A la busca del tiempo perdido” se identifica con Proust, ni el “K” de “El Proceso” y “El castillo” con el mismo Kafka. No quedamos satisfechos: las audiencias modernas exigen la desnudez del autor. El diario nos presenta el taller del alma del escritor. ¿Y por qué nos interesa el alma del escritor ? No porque el escritor nos interese en sí. Sino por la insaciable preocupación moderna con la psicología”.

 

 

Victoria Ocampo, comentando los Diarios de Virginia Woolf, decía que “ella había notado con su habitual finura que los Diarios podían dar del autor una imagen deformada por una sencilla razón: uno se acostumbra -dice – a registrar con preferencia ciertos estados de ánimo peculiares – supongamos la irritación o la depresión – y a no escribir el Diario bajo la influencia de estados  de ánimo distintos (…) En una carta de 1934 Virginia Woolf confesaba: “muy pocas mujeres todavía han escrito autobiografías veraces. Es mi lectura favorita” . “Tengo miedo de la autobiografía en público”, decía releyendo su Diario con una especie de “intensidad culpable”. En 1924 escribía :” Me impresionó leer algunas de mis notas aquí de mi Diario porque si uno deja que la mente corra a su antojo se vuelve personal, cosa que detesto”. “Odio que la personalidad, que la apariencia del escritor se coloque en primer plano, anteponiéndose a su obra.”

 

 

(Imágenes: -1-libros 021/ 2- lourania tumblr/ 3-bibliotheque tumblr)

 

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“Recuerdo una exposición de manuscritos de Balzac y de Proust en Montevideole decía Onetti a Ramón Chao – Los manuscritos de Proust son laberínticos; cambiaba, añadía doscientas palabras cada vez y de un golpe. Balzac, en cambio, cambiaba una sola palabra, pero en cada frase. Borges decía que había que cambiar ocho veces. Bueno, seguramente era una “boutade”. Para mí fue admirable el que Borges superara la ceguera y siguiera escribiendo, mal o bien. Digo mal o bien porque sus últimas cosas no me gustaron. Pero por lo menos el hombre siguió vivo, cosa que yo no sé  si haría si me quedara ciego. Yo no podría dictar, como hacía él. Para mí, escribir es ver el bolígrafo, o esta pluma estilográfica, dibujando, ver cómo pongo la barra a la efe. Para mí es un placer sensual ver cómo he dibujado la página (…) Anatole France corregía siete veces. Tenía la manía del “queísmo” : quitar todos los qués superfluos. Después se dedicaba a los adjetivos. Yo lo admiro mucho, me parece que ha escrito páginas muy bellas. Al principio yo releía a veces lo que acababa de escribir, pero sin prestar mucha atención, porque tenía miedo a romperlo todo. Después aprendí : lo dejo como queda y jamás releo lo que he publicado, para mí se murió, se acabó. Porque a veces, si por casualidad agarro un libro cualquiera de Onetti y leo al albur, me pueden ocurrir dos tipos de desgracias. Decirme a mí mismo: “Pero qué animal, Onetti; qué lástima, si lo hubieses trabajado mejor, con más paciencia ; aquí hay tanta cosa que mejorar o para embellecer”. Otras veces lo abro igualmente y me digo: “Pero qué  bien escribió esto Onetti; nunca más va a poder escribir así.” Y lo tiro, derrotado por la propia obra.”

(Imagen – Harriet Backer – la biblioteca de Thorvad Boeck)

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“El instante de la creación literaria nos es tan desconocido como el de la creación del universo mismo . Podemos estudiar cada momento posterior al Big Bang, así como podemos leer (en los días en que los escritores conservaban sus primeros garabatos) cada borrador de “A la recherche du temps perdu”. Pero el momento mismo del nacimiento de nuestros libros más queridos es más misterioso. ¿Qué encendió la chispa de la primera idea de la Odisea en la mente del poeta o poetas que llamamos Homero? ¿Cómo fue que un narrador a quien no le interesaba añadir su nombre a su obra soñó la atroz historia de Edipo que más tarde inspiraría a Sófocles y a Cocteau? ¿Qué triste amante de carne y hueso prestó su personalidad a la irresistible figura de Don Juan, condenado por toda la eternidad?

 

 

Todo esto lo cuenta Alberto Manguel en “Mientras embalo mi biblioteca” y allí también evoca una anécdota de Stevenson : “ Una noche – dice – , una de las muchas noches en que yacía febril en la cama, sin aliento y tosiendo sangre, Robert Louis Stevenson, que entonces tenía treinta y ocho años, soñó con un terrorífico tono de color marrón. Desde su primera infancia, Stevenson había llamado a sus frecuentes terrores nocturnos “las visitas de la Bruja de la Noche”, que solo la voz de su niñera podía calmar, con canciones y cuentos folklóricos escoceses. Pero las apariciones de la Bruja de la Noche eran persistentes, y Stevenson descubrió que  podía convertirlas en algo beneficioso si las exorcizaba con palabras. Así, el espantoso color marrón de esas pesadillas se convirtió en una historia. De esta manera, nos cuenta, nació el cuento del doctor Jekyll y el señor Hyde.”

“(…) La existencia de creaciones literarias magistrales asombra tanto a los escritores como a los lectores (…) Podemos averiguar lo que un autor determinado cuenta sobre las circunstancias que han rodeado el acto creativo, qué libros leía, cuáles  eran los detalles cotidianos de su vida, su estado de salud, el color de sus sueños. Todo excepto el instante en que las palabras aparecieron, luminosas y claras, en la mente del poeta, y las manos comenzaron a escribir”.

 

 

(Imágenes -1- Albert Marquet/ 2- Max Lieberman – 1923/3- Emil Nolde -1935)

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“El literato envidia al pintor; le gustaría tomar apuntes, notas, pero está perdido si lo hace. Pero cuando escribe no hay un gesto en sus personajes, un tic o un acento que no le haya sido llevado a su inspiración por su memoria; no hay un nombre de personaje inventado bajo el cual no se puedan poner sesenta nombres de personajes vistos, de quienes uno fue tomado como modelo para una mueca; el otro, para el monóculo; uno, para la cólera, y otro, para el aparatoso movimiento del brazo. Y entonces el escritor advierte que si su sueño de ser pintor no era realizable de una manera consciente y voluntaria, se encuentra, sin embargo, con que lo ha sido y que también el escritor ha llevado consigo, sin saberlo, su libreta de apuntes.., pues movido por el instinto que había en él, el escritor, mucho antes de creer que lo sería algún día, omitía regularmente mirar tantas cosas que los demás tienen en cuenta, cosa que le hacía ser acusado por los demás de distracción y por él mismo de no saber escuchar ni ver, pero durante ese tiempo dictaba a sus ojos y a sus oídos que retuviesen para siempre lo que a los demás les parecería insignificancias pueriles, al acento con que había sido dicha una frase, el aspecto del rostro y el movimiento de hombros que había hecho en determinado momento tal persona, de la que quizá no se sepa nada más, hace ya muchos años de ello, y esto porque ese acento ya lo había oído o sentía que podría volver a oírlo, que era algo renovable y duradero; es el sentimiento de lo general el que en el escritor futuro elige por sí mismo lo que es general y podrá entrar en la obra de arte”.

Marcel Proust – “El tiempo recobrado”- “En busca del tiempo perdido”

 

 

(Imágenes- 1- Luke Fowler – 2001 – Nacional galleries of scotland/ 2- Vivian Maier)

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Ahora que se publica en español “Marcel antes de Proust” (ediciones Godot) uno se vuelve a los textos que marcaron su camino de escritor: “los placeres y los días”, “Jean Santeuil”, las crónicas, los prefacios a Ruskin, los “pastiches”, la crítica literaria y “Contra Saint-Beuve” que van acercando poco a poco la prosa y los matices de “En busca del tiempo perdido”.

Las crónicas, por ejemplo, unen la literatura y la música bajo apariencias mundanas, como “un domingo en el Conservatorio“(1895), o “una fiesta literaria en Versalles (1894), igualmente con el teatro en “la silueta de un artista” (1897) o la pintura, “una tribuna francesa en el Louvre” (1920). Los mismos salones parisinos, como ha señalado el mayor especialista en Proust, Jean-Ives Tadié, son la ocasión de sacar a escena la literatura y las artes, presentar las modas y precisar la situación de cada uno. Es el ojo de Proust que observa la entrada en el concierto de “la bella reina, la condesa Greffulhe, espléndida y sonriente. Del brazo del príncipe alerta y cortés, atraviesa el escenario entre el encanto que su aparición despierta y, en cuanto la música comienza, ella escucha muy atenta, con aire imperioso y dócil, sus bellos ojos fijos en la melodía que se inicia”.

 

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En “Sésamo y lirios” (1906)”‘ Proust se adentrará, como tantas otras veces, en la lectura. La lectura, dirá, puede ayudar a descender sobre nosotros mismos y tratará ya ese misterio del tiempo que más adelante será central en su obra. “La potencia  de nuestra sensibilidad y de nuestra inteligencia – escribirá – no podemos mas que desarrollarla en nosotros mismos, en las profundidades de nuestra vida espiritual (…) , nos acercaremos al lenguaje de los viejos libros en los que el Pasado surge en medio del presente”.

Hace ahora exactamente un siglo – a principios de 1917 -, Proust se presenta ante Lucien Daudet como “un extraño personaje de Wells” pues él – dice – no se ha acostado desde hace cincuenta horas”. Está dedicado a comprobar “ciertos documentos de bibliografía militar” para incluirlos en “El Tiempo recobrado”. Y en ese año – como revelará Celeste Albaret, la mujer que le atendió mucho tiempo – Proust quiso hacer la experiencia de permanecer durante dos días como un muerto, sin llamar a nadie, sin avisar, sin dar ningún signo de vida. “Creo – confesaba Celeste en susMemorias“- que él ha querido pasar por la experiencia de la muerte, experimentar la mayor pérdida de conciencia”.

 

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(Imágenes.- 1.- Proust- Emile Blanche/ 2.-París- exposición universal 1889/ 3- París – 19oo)

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“Vi allí telas de gran valor y que, en su mayoría, había admirado en colecciones particulares de Europa y en exposiciones de pintura. Las diversas escuelas de los antiguos maestros estaban representadas  – escribía  Julio Verne en “Veinte mil leguas de viaje submarino“- por una Madona de Rafael, una Virgen de Leonardo da Vinci, una ninfa de Correggio, una mujer de Tiziano, una Adoración de Veronese, una Asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un monje de Velázquez, un mártir de Ribera, una kermesse de Rubens, dos paisajes flamencos de Teniers, tres pequeños cuadros de género de Gérard Dow, Metsu y Paul Potter, dos temas de Gèricault y de Proudhon y algunas marinas de Backuysen y Venut. Entre las obras de pintura moderna aparecían cuadros firmados por Delacroix, Ingres, Decamps, Troyon, Meissonier, Daubigny…”

Esta cita es la introducción que coloca Georges Perec al inicio de su novela “El gabinete de un aficionado” (historia de un cuadro). El cuadro siempre ha atraído numerosos e interesantes comentarios. Ahora la exposición en el Prado vuelve a ponerlo de actualidad. “A comienzos del siglo XVl – recordaba Francastel,- ya se observan en Venecia

 

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algunas colecciones privadas de pintura, en tanto que durante todo el siglo XV la pintura aún cumplía con su papel tradicional de decoración: las pinturas iban destinadas de antemano a un emplazamiento preciso. La diferencia es esencial. Mientras que la pintura concebida como ornamento realza la capilla, la iglesia, el altar o el salón ( y, por lo tanto, el “cuadro” se concibe según la función adscrita en el encargo), en el caso de la colección es el propio cuadro lo que debe ser realzado: debe instalarse allí en donde brille con mayor intensidad. A partir de ese momento, el cuadro cambia de naturaleza: de objeto costoso pasa a ser objeto precioso. Y como tal, se comercializa. Mientras la pintura se mantuvo atada al lugar de su destino en la mentalidad general, nadie pudo pensar que podía cambiar de lugar, y, por lo tanto, circular de mano en mano. Pero a partir del momento en que se concibe el cuadro como un valor en sí, independiente del lugar donde se encuentre, su comercialización no sólo era posible sino inevitable”.

La fascinación por contemplar un cuadro ejerció, por ejemplo, en Proust  el hecho de que “La vista de Delft” de Vermeer, que le había cautivado veinte años antes, necesitaba, según él, una nueva y definitiva  visión.  Así, a pesar de estar muy enfermo, a pocos meses de su muerte, a las nueve y cuarto de la mañana del 24 de mayo de 1922, en lugar de meterse en la cama, después de haber estado toda la noche escribiendo, abandona su cama de enfermo y acompañado por un amigo  va al museo para ver el cuadro y a su vuelta escribe en “La Prisionera“: ” por fin llegó al Vermeer, que él recordaba tan esplendoroso, más diferente de todo lo que conocía  (…) Se le acentuó el mareo, fijaba la mirada en el precioso panelito de pared  como un niño en  una mariposa amarilla que quiere coger. “Así debiera haber escrito yo”, se decía . “Mis últimos libros  son demasiado  secos, tendría que haberles dado varias capas de color, que mi frase fuera preciosa por ella misma, como ese pequeño papel amarillo”.

 

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(Imágenes -1- Pere Borrell-1874/ 2.-Elliot Erwitt/ 3.-Hank Conner)

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