LOS SUEÑOS DE LOS OTROS

 


“Es cierto que no me gustan los sueños de los otros — decía Francois Mauriac —. De alguno que comienza a contarme lo que ha soñado escapo pronto. Me es suficiente saber que es un sueño lo que se me está contando para que no escuche más o no lea más. Tampoco siento interés  por mis propios sueños que no podrían aburrirme puesto que los ignoro. No los cuento a nadie, sobre todo no me los cuento a mi mismo.

Es cierto que yo sueño mucho. El despertar me libra de una vida ilusoria, pero que al menos es vida. Mi experiencia sobre este punto no se identifica en absoluto  con la de Proust. Él vuelve frecuentemente a esa angustia de sus despertares, sobre todo en habitaciones que no le son familiares y donde la realidad no coincide con sus recuerdos. Nada más salir de la noche, Proust ignora dónde se encuentra y quién es. El sueño ha hecho de él un ser sin memoria, arrojado enteramente a la bruta sensación del existir. Para mí, por el contrario, despertar es sentirme seguro, entrar en un mundo amigo dentro del cual me siento  un dueño; es escapar a imágenes que me poseían y contra las cuales me encontraba sin ningún poder.

Por tanto mi sueño no lo hago mío; cada noche  cierro los ojos con confianza y con un sentimiento de abandono: me duermo en estado de gracia. Pero no disfruto con mis sueños. Mi primer pensamiento al despertar es siempre un suspiro de alivio: “Ah! no era más que un sueño…” No es que yo me haya peleado con una pesadiila: simplemente  me escapo de situaciones complicadas, no precisamente  dolorosas ni siquiera penosas, —sino absurdas y algunas veces humillantes.”

 

 

(Imágenes- 1-Julia Fuillerton- Batten/ 2-julia Fuillerton-Batten-randall scoot gallery/

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (13)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se  están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (13)  :  el Bois de Boulogne,  Proust y Joyce

 

 

—Usted llegó a París en abril del 68 según he leído en alguno de sus libros. ¿Cómo fue esa llegada? ¿Qué impresión le causó París?

– Bueno, ahora que me cita usted esa concreta circunstancia de mi llegada a París me vienen muchas imágenes a mi memoria. Sobre todo la de aquella tarde de abril del 68 en que París me recibió bajo la lluvia. Si el primer recuerdo que tengo de Madrid, como le comentaba el otro día, fueron quizá los olores, aquí en París en cambio creo que fue la lluvia, algo por otro lado muy corriente en casi todas las primaveras de esa gran capital. Nada más detener mi automóvil que me había conducido desde España (pienso que serían las seis o seis y media de la tarde), cansado como estaba del largo viaje ( no había parado más que tres veces desde España y dos de ellas para reponer gasolina), lo primero que escuché de la ciudad de París fue un goteo incesante de la lluvia, una lluvia muy suave, y enseguida, muy pronto, enormemente torrencial, una lluvia cuyas gotas golpeaban con fuerza como granos de arena el techo de mi coche aparcado obligatoriamente bajo los árboles del Bois de Boulogne. Acababa de llegar a París por primera vez en mi vida. Las incertidumbres del tráfico en una tarde tormentosa me habían llevado hasta allí, aún no sé bien por qué, seguramente por unas desviaciones apresuradas de los automóviles o por mi falta de pericia para saber entrar en una ciudad desconocida. Lo cierto es que en aquel punto exacto me encontraba completamente aislado. Tampoco supe en principio que todo lo que me rodeaba pudiera ser precisamente el Bois de Boulogne dada la oscuridad de la tarde y sólo cuando me fui haciendo al ambiente adiviné frente a mí un cartel semiborroso bajo la lluvia que apenas podía distinguir entre los árboles. Allí estaba escrito el nombre del lugar: y sí, era el de una avenida secundaria cuyo nombre exacto en este momento no recuerdo pero que pertenecía, según decía el cartel de modo muy general, al Bois de Boulogne. Aún tuve que esperar allí sentado dentro del coche muy largo tiempo, quizá cerca de una hora, no lo sé bien, apoyadas las manos en el volante, oyendo repiquetear la constante lluvia en el techo y aguardando con paciencia a que escampara, y también recuerdo que durante todo esa hora de larga espera, al observar de modo permanente frente a mí aquel cartel borroso, comencé a evocar sin querer algunos tiempos pasados y algunas lecturas, y también tiempos de imágenes, muchos de ellos relacionados con la ciudad de París y con ilusiones que yo siempre había tenido ante la gran capital. Evocaba en aquellos momentos estampas y grabados sobre aquel célebre parque que yo ya había contemplado alguna vez en postales antiguas, e igualmente antiguas lecturas de mis tiempos de universidad, pero también me vinieron a la memoria cuadros, dibujos, y sobre todo una imagen concreta, una imagen que sin duda había pertenecido a mi abuelo materno y que yo había visto muchas veces en su casa, colocada sobre una repisa de su despacho: era una fotografía de principios del pasado siglo, quizá se remontara a 1905 o 191O, y presentaba a ciertas damas parisinas en bicicleta pedaleando por un rincón del Bois, ataviadas con blancos pantalones anchos y abombados, algunas de ellas adornadas con sombreros de flores e iniciando con entusiasmo sus divertidas carreras. Eran indudablemente los tiempos de Proust, no había ninguna duda al reconocerlo, tiempos de Proust tan largamente evocados por el novelista.

 

– ¿Había leído ya usted mucho a Proust?

-Sí, lo había leído con bastante frecuencia, quizá nunca de un tirón, pero siempre deteniéndome en pasajes que me gustaban.

– ¿Y qué impresión le dejaba?

– Pues el descubrimiento de un gran escritor, un escritor excepcional, que escondía páginas memorables. Por ejemplo, no se me olvidan nunca unas reflexiones suyas sobre la lectura que, aunque no se encuentran en su gran novela sino en una obra anterior, son unas consideraciones de una total lucidez y belleza.

—¿Le gusta más Proust que Joyce?

—Indudablemente. De Joyce sólo me interesan sus “Cuentos de Dublin”. La parálisis de Dublin que él describe muy bien. Casi todos sus cuentos me interesan. Especialmente “Los muertos”, un relato magnífico que llevaría al cine John Huston de modo magistral.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius’ – (Memorias)

(Continuará )

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (3)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido adelantar aquí la publicación de mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que espero  aparezcan pronto como libro.  Se irán publicando lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS. (3)

 

 

Veo también las veces que escribo, cómo me inclino sobre el papel, cómo me recuesto luego en el sillón, he escrito durante largos años muy temprano en mi casa, me levantaba a las seis o seis y media, entraba en mi despacho muchas veces sin siquiera afeitarme ni arreglarme, me ponía a escribir, eran unos cuadernos alargados, de tapas duras, de pequeñas cuadriculas, estos cuadernos Miquelrius que ahora uso, ponía una pierna sobre la otra y me ponía a escribir en la postura que solía ponerse Virginia Woolf, tomando sorbos del empuje y de la constancia de Virginia Woolf, era un vaso pequeñito, blanco, lleno de ideas, lleno de paciencia, la paciencia casi desbordaba el vaso y yo bebía con fruición. Otras veces he escrito en sitios cerrados y alejados, la celda de un monasterio, oía al otro lado de la puerta los pasos de los monjes, eran benedictinos que iban o venían de la capilla, luego cambiaban su hábito por unas grandes tijeras y cortaban los restos de las ramas del jardín, lo pulían, lo limpiaban, se subían las mangas y metían las manos en la piscifactoría donde culebreaban las truchas bajo los chorros del agua, extendían unas redes para observarlas y sacarlas, yo escribía en mi celda de invitado y de visitante, no había más que una mesa y una estantería donde yo colocaba mis libros, colocaba un estuche de páginas reconstituyentes de Virginia Woolf, colocaba un tomo de Proust, colocaba cómo trabajaba Thomas Mann y lo que él contaba en sus Diarios, de qué forma preparaba “Doktor Faustus”, cómo hablaba con Adorno y con Schoenberg y con otros amigos para abordar el misterio del mal, el misterio de la música, el personaje del Diablo, el misterio del Diablo, colocaba a Bernhard, colocaba a Walser, colocaba a Sebald, los monjes seguían pasando por el claustro, se habían quitado sus prendas de trabajo, sus delantales y sus guantes y se habían vestido otra vez con sus hábitos marrones, una tela áspera y unas sandalias abiertas al frío mientras yo consultaba en silencio a Proust, a Virginia Woolf. Veo también los árboles en otro despacho que yo construía, eran hayedos y hojas y senderos donde las ruedas de mi coche pasaban hasta encontrar un sitio bajo los árboles, estaba el tronco, las ramas, un gran silencio al apagar el motor, un hijo mío viajaba en el asiento de atrás, tenía que estudiar alguna asignatura de verano y yo bajaba las ventanillas, era otro agosto, abría mi cuaderno Miquelrius y empezaba o seguía un relato, mi hijo me miraba, yo escribía sentado al lado del volante, entraba el silencio por las ventanillas, si levantaba la mirada veía los libros como árboles, de los árboles sale el papel para los libros, de los árboles sale el papel para los cuadernos Miquelrius, apuraba los bordes de la hoja y escribía, escribía, de vez en cuando hay que parar para leer qué ha hecho el personaje, si lo que está haciendo concuerda con lo que hizo antes y si hay un río de verosimilitud, un sentido común en lo que se escribe. Horas y horas escribiendo como horas y horas está el artesano sobre la madera, sobre el hierro, atenazando y puliendo y encajando los soportes y luego afinando los bordes, procurando que haya un sentido común en la mesa o en el hierro, no les hacen entrevistas a los artesanos, están con su gorra de visera cubriéndole los ojos para concentrarse en el borde del hierro, en las dificultades del cristal, pasan los periodistas sin detenerse, siguen los artesanos en el fondo de sus talleres, a veces en pequeños huecos al borde de la calle, casi debajo de la calle, parecen zapateros ignorados y constantes en el repiqueteo del martillo sobre la suela, los clavos, la madera, el hierro, son artistas a los que nunca preguntarán, y en cambio, ¿por qué me pregunta a mí esta periodista?, hay como una fascinación por las palabras, ¿y usted cómo escoge las palabras?, me suele decir la periodista, ¿cómo las elige?, ¿prefiere usted más el sonido de las palabras o el fondo de la historia que escribe?, le interesa todo lo mío y yo a todo no le puedo contestar, escribo y escribo en este despacho o bajo los hayedos y en estos casos nada puede molestarme, de vez en cuando me distraigo porque un pájaro diminuto, rechoncho, indeciso, viene y va en su paseo junto al árbol, muy cerca de la ventanilla, viene y va y él no sabe que lo estoy metiendo en este cuaderno, viene y va por la imaginación, necesita un nombre, le pondré un nombre, ¿qué voy a contar de esta vida de pájaro?, él me lo irá diciendo o yo se lo iré diciendo a él antes de que se asuste y se dé la vuelta y se ponga a volar, pero ¡ya vuela! , acaba de salir del cuaderno y toma el sendero hacia el árbol, se posa en la rama, yo escribo, escribo, he escrito siempre, a veces con facilidad, otras veces con incertidumbre, de manera penosa, pero el delgado bolígrafo de punta fina, una punta azul, me ha acompañado siempre, ¿cuánto cree que ha escrito usted?, me vuelve a preguntar la periodista, pues no lo sé, le digo, no sé qué contestar, desde niño ya me intrigaban las historias, crear, dibujar seres, me admiraba el poderío de los inventores de situaciones , cómo hacían para concretar personajes, para detenerse en una nube, en un cielo, en una calle, me acuerdo cómo seguía yo a Azorín por las nubes, los cielos, las calles, él se fijaba en los objetos perdidos en un cuarto perdido de una casa perdida y antigua, le revelaba aquello un siglo entero, una existencia olvidada, Azorín iba delante de mí y se detenía ante una alacena, abría los diminutos cajones, sacaba un pequeño reloj antiguo, el retrato de una dama ya desaparecida, “¿ve usted?”, me decía volviéndose, “aquí está parte de España”, lo decía como un detective literario que hubiera encontrado la prueba del pasado, una huella que parecía escondida, pero no, no hay que hacer nunca “literatura” me sigo diciendo, en cuanto uno se descuida aparece “la literatura”.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS DERECHOS RESERVADOS

GUARDIANES DE RECUERDOS

 

 

“En ese lugar— recordaba un famoso diarista inglés del siglo XVll,  Samuel Pepys —era donde solía caminar y conversar con la señora Hely,  por quien Pepys sintió  la primera llama de amor y placer estando en compañía de una dama, hablando con ella y cogiendo su mano, pues era una mujer hermosa.” Pepys era un guardián de recuerdos, como así lo anota Stevenson. Era esclavo de la asociación de recuerdos: no podía pasar por Islington, por ejemplo, un lugar al que su padre solía llevarle a tomar cerveza  y pasteles, sin entrar a “The King’s Head” y tomar algo “en recuerdo”. En otro momento, celebrando  el “Assurance”, un barco que estaba hundido cerca de Woolwich, escribe: “¡Pobre navío! Y yo, que estuve a bordo felizmente en dos ocasiones”.

 

 

Los recuerdos aparecen de pronto, impresionan y muchas veces se guardan. Dos siglos después, Stevenson, al leer a Pepys, comenta: “yo me acuerdo de haber escrito en la solapa de más de un libro la fecha y el lugar donde me encontraba, por ejemplo, si estaba enfermo en cama o sentado en determinado jardín; estas anotaciones constituyeron mi futura personalidad; siempre pensaba que si, años después me encontraba una de esas notas, sería presa de una especial emoción: la que me causaría el reconocerme a tal distancia.” El recuerdo exacto del escenario exterior e interior de una lectura.

 

 

El gran guardián de recuerdos que fue Proust, dejó indicado : “tenemos ciertos recuerdos que son como la pintura holandesa de nuestra memoria, cuadros de género en los que los personajes suelen ser de condición mediocre, tomados en un momento muy sencillo de su existencia, sin acontecimientos solemnes, a veces sin ningún acontecimiento, en un escenario nada extraordinario y sin grandeza.”

Los recuerdos perduran aún como misterio, Gary Lynch, profesor de la Unjversidad de California,  revelaba en una entrevista en la BBC: “ Imagínese que tomó  sus apuntes de segundo de carrera, le enseño algo que escribió hace tantos años y le pregunto: “¿se acuerda usted de esto?”, y usted dice: “sí, ya lo recuerdo; hace años que no me acordaba de esto.” Pues bien —continuaba Lynch  —, desde el momento en que usted escribió eso, todas las proteínas de su cerebro han sido sustituidas muchas veces. El cerebro entero está siendo destruido y reconstruido constantemente, pero los recuerdos siguen ahí y ése es el mayor misterio de toda la biología y de toda la psicología.”

 

 

(Imágenes —1- Henry van de velde -1892 / 2- Randolph Stanley Hewton -1928 – museo de Quebec/ 3- Emile Claus – 1890/ 4-Jennifer Ccristhian)

A LA BUSCA DEL HOTEL PERDIDO

 

 

“Yo no puedo separar a Marcel Proust — escribe Philippe Soupault — del recuerdo de esta hora preciosa que es la de la puesta del sol… Era su hora, aquella de su reposo, de sus recuerdos. Más tarde, yo solía encontrarle sentado a la mesa.” Es el verano de 1912, cuando Proust está en busca de un editor para su gran novela y Cabourg, su Casino y su  Gran Hotel constituyen su refugio. “Este sol me hace daño, le explica Proust a Soupault, un día que salí, estaba muy oscuro, y el sol reapareció de pronto. No era de noche, era una nube. Y sufrí mucho.”

 

 

Entre 1907 y 1914 pasará en ese Hotel todos los veranos. De niño había pasado el escritor una temporada con su abuela en Cabourg, regresó con su madre en 1890, y después, solo, en 1891. “No puedo escribirle en medio del tumulto ensordecedor y melancólico de este atroz y suntuoso hotel”, le escribe a un amigo.

 

 

Un verano coge un cuartito mal ventilado del cuarto piso porque tiene una chimenea y no vive nadie ni encima ni al lado  – recuerda Nathalie de Saint Phalle -. Al verano siguiente reservara una “suite” de cinco habitaciones en el último piso, después será la habitación 147. Se acerca en bata al fondo del pasillo, cada tarde, para ver cómo desaparece el sol a través de una ventana circular. Se queja, aunque no pueda prescindir del ambiente teatral del hotel de lujo, del gran restaurante o de los salones mundanos. “El hotel tiene todo el aire de un decorado para el tercer acto de una farsa.” Como evoca el gran conocedor de Proust, Jean-Yves Tadié,  en ese Gran hotel duerme por las mañanas, llama a su sirvienta Céleste para que le traiga el café, y trabaja en sus cuadernos. A veces desciende al piso bajo, pero sin cenar. Es 1914 y el Hotel está requisado por la armada y por los heridos de guerra, aunque, como dice Céleste, no se vea ninguno.

 

 

Será la última vez que Proust vaya a Cabourg. El Hotel pasará a la historia de la novela con otro nombre y los lectores encontrarán en él el tiempo perdido.

 


 

(Imágenes —1- Cabourg- 1919- tomato/2- Marcel Proust- Jacques Emile Blanche/ 3-Gran Hotel de Cabourg- Proust y sus personajes/ 4-gran Hotel Cabourg – unoensalle/ 5-Cabourg- coulise dela cultura)

EN LOS MÁRGENES

 

 

“En los márgenes de los libros yo he escrito mucho durante años. Quizá treinta, cuarenta años. Sigo haciéndolo. Ha cambiado mi letra pero no mi curiosidad. Cuando abro de nuevo el “Rilke” de Angelloz , por ejemplo,  leo mi letra en los márgenes y me lleva a mañanas solitarias — las seis, las siete de la mañana, antes de irme a la Universidad —en donde Rilke me hablaba y me habla, hablaba también Rodin con sus consejos: trabajo y paciencia. La paciencia me ha acompañado a esas horas, me ha acompañado siempre, hemos ido la paciencia y yo buscando un banco ante el mar, en el campo, la paciencia se ha sentado conmigo y me ha abierto la página del trabajo, el dedo de la paciencia me ha  ido indicando la cita de Rodin, la de Rilke la de Proust, la de Tolstoi, la de Woolf, me ha ido indicando qué debía anotar,  corregir, analizar, cómo no tenía que  correr,  cuánto había que esperar, apuntar  las sorpresas, dejar testimonio manual de  aquello que me estaba formando, el libro de los márgenes, el libro de mi letra personal, subrayados, flechas, pensamientos,  regalos asombrosos de autores, ocupaciones,  ideas, obsesiones, inquietudes.

Uno  quizá debía  de publicar los márgenes de lo que escribió en su día durante años mientras iba leyendo. Es un río de pensamientos. Viene la paciencia y el trabajo a lo largo del río y me entrega años de lectura y de  silencio.

José Julio Perlado

(Imagen- Diario de Katerine Mansfield – 6 septiembre 1911)

LECTURAS DE BENET

 

 

La Biblioteca Nacional acaba de adquirir 9000 libros, 600 manuscritos, fotografías y anotaciones sobre las obras que iba leyendo el escritor Juan Benet, y en ese universo se adentra uno para intentar averiguar el espacio íntimo de su creación. “ Salvo excepciones – decía Benet – , yo suelo escribir cuando no tengo nada que hacer, cuando llego a casa y no viene ningún amigo ni nadie me dice que vayamos al cine. Y claro, son pocos días. Son tres o cuatro a la semana, como mucho. Cuando no tengo  nada que hacer y está todo en orden, pues entonces, voy a la habitación, me pongo delante de la máquina y entre ocho y diez, escribo un par de folios. Ése es mi sistema de trabajo. Yo tengo la virtud de que – debe ser una virtud – , no tengo ningún esfuerzo para reescribir. Yo puedo haber abandonado, a la mitad de la página, un párrafo, hace quince días: vuelvo a Madrid y lo encuentro y sigo. Y lo sigo a los cinco minutos. No necesito mucha preparación  El pensamiento…. las novelas las tengo como un tanto maduradas previamente.

 

 

(…) En mi juventud, mis amores literarios eran los escritores contemporáneos. Es lo que pasa cuando eres joven; entonces  lo último es lo que se considera más valioso. Mis amores empezaron por la Generacion Perdida, por Faulkner, por Kafka, para pasar a Mann y a Proust. Pero luego he perdido contemporaneidad. Los escritores contemporáneos me llaman menos la atención. Supongo que es un signo de envejecimiento. Me llaman más la atención los clásicos, incluso los clásicos grecolatinos (…) Cada vez leo menos a los contemporáneos, y, sobre todo, nunca leo un éxito de venta. Ya tiene que venir un libro con muchas canciones eclesiásticas para que me meta con él si es extenso. Cuando eras joven no te importaba mucho meter la pata, porque los jóvenes, todos, meten la pata; pero cuando llegas a cierta edad comprendes que el tiempo que has dedicado a la lectura ha sido poco y se empleó mal. Se emplea mal porque se lee mucho para estar al día,  haciendo caso de la propaganda que te inclina a leer bazofia, y para encontrar un buen libro entre los premios , entre la publicidad de las solapas, entre lo que te dicen los amigos, pues pierdes el tiempo leyendo cosas que no tienen ningún interés, cuando sabes que si mañana vuelves a leer a Shakespeare o a Cervantes la inversión está garantizada.”

 

 

(Imágenes -1- lourania tumblr/ 2- Shakespeare and company/ 3- biblioteca del convento – Palacio  de Mafra – Lisboa curious  expeditiion)