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Posts Tagged ‘Luisa Sofovich’

 

 

Carmen de Burgos – a la que ahora la Biblioteca Nacional dedica una exposición – fue una persona de gran cultura, defensora de la justicia social y de la igualdad de la mujer. Fue la primera mujer redactora de un periódico con columna fija y en 1909 se convirtió también en la primera mujer corresponsal de guerra. Trabajó igualmente como maestra y pedagoga, y defendió la necesidad de la educación de la mujer, la injusticia de unas leyes que la discriminaban y promovió ante las mismas puertas del Congreso su derecho al voto.

Los temas de sus numerosos artículos fueron muy variados: costumbres y tradiciones, la vida doméstica, la pobreza y la política. Colaboró en publicaciones diversas: La España Artística, La Educación, La Correspondencia de España, El País y ABC entre los principales periódicos. Fue redactora de El Heraldo y El Nuevo Mundo de Madrid. Aparte de su amistad con los principales miembros de la generación del 98 y del 27, su relación amorosa con Ramón Gómez de la Serna duró años y con el autor de las greguerías compartió sentimientos y trabajo.

 

 

Conoció a Gómez de la Serna en 1908 cuando ella era profesora de Literatura en la Escuela Normal de Madrid. Había casado muy joven y enviudó muy pronto. Gómez de la Serna tenía veinte años y Carmen de Burgos diez años más. Ramón – en palabras suyas en Automoribundia – decía de ella: “Hermosa, andaluza, noble, en la plenitud de sus treinta años, quiere luchar como mujer y escritora contra los prejuicios y realizar en las novelas los idilios a los que se opone la vida (…) Nos conminábamos – prosigue Ramón – para no hacer ninguna concesión: todo, la vida o la muerte, a base de no claudicar. Pensábamos seguir, pasase lo que pasase, el escalafón rígido y heroico de ese vivir… Aquella unión hizo posible la bohemia completa, establecida en el más noble compañerismo (…) Ella de un lado y yo del otro de la mesa estrecha escribíamos y escribíamos largas horas y nos leíamos capítulos, cuentos, poemas en prosa. Se discute, se rectifica, se quiere ir más allá, se tiene fe en un porvenir que tardará años en despuntar”.

 

 

En la revista Prometeo Ramón hizo de ella una semblanza: “Colombine – tal era su seudónimo – es Aspasia y María de Magdala, es Penélope, es Proserpina, es María de Médicis, es María Antonieta, es Nelly, que acompaña al forzado Dostoievski…” y en 1923, cuando Ramón redacta su primera autobiografía en La Sagrada Cripta de Pombo se vuelve a evocar su relación con Colombine: “Desde 1909, hay todas las tardes de mi vida un consuelo suficiente de la más pura camaradería. Me refugio para seguir trabajando en casa de mi querida amiga Carmen de Burgos. La existencia de mi credulidad literaria de hace unos años sólo lo ha hecho posible el compartir las tardes de una mujer independiente, despejada de pedantería y de puerilidad; mujer sensata, afanosa, de naturaleza admirable. Ni entrometida, ni impertinente, ni redicha”.

Habían comenzado su relación en el estudio que Carmen de Burgos tenía en la calle de Serrano y que el propio Ramón en julio de 1909 y en esas páginas de Prometeo quiso describir algo fantásticamente: “Es un gran salón pintado de azul, que se abre a una azotea sobre el paisaje, cuyo telón de fondo es el Guadarrama; un gran salón cubierto de tapices gobelinos, tamizando el sol por vidrieras representando escenas de Rubens, colgado de obras de arte, vaciados de Benvenuto, de Donatello…; iluminado por pensiles árabes, con bojes en las esquinas, bargueños, gárgolas y un sillón abacial del siglo XV rematado en lo alto por una fina crestería”.

 

 

Pero Carmen de Burgos, que no poseía una fortuna y que como recuerda Gaspar Gómez de la Serna en su Ramón, tenía que defenderse ayudando sus limitados ingresos de maestra con lo que sacaba de traducciones sin fin, tuvo que trasladarse a la calle de Divino Pastor, y allí se reunían todas las tardes bajo la luz de la lámpara común, uno a cada lado de la mesa de trabajo – Ramón y Colombine – a escribir y escribir hasta la alta noche. En la madrugada volvía Ramón a su casa y toda esa relación de amores y quehaceres el autor de las greguerías la quiere confesar en Pombo señalando que “sólo ante esta mujer he podido respirar libre, sin el tropiezo terrible de un espíritu cegado, sin sentirme mediatizado…, sin tener que recurrir sólo a la galantería… y sin necesitar simular esa otra cargante galantería literaria que necesitan las literatas usuales”.

Luis S. Granjel, en su Retrato de Ramón, cuenta – como también lo hacen otros biógrafos – la variante que modificará esas relaciones entre Gómez de la Serna y Carmen de Burgos y que tiene como centro a la hija de Colombine, Carolina de Burgos Seguí, a la que el escritor intenta imponer como actriz en el reparto de Los medios seres, una obra de Ramón, y que a la vez será el núcleo de un idilio que provocará la huida del autor de las greguerías a París. Tras esos episodios la unión entre Colombine y el escritor quedará dañada. Aunque aún se vean de vez en cuando, Gómez de la Serna conocerá tiempo después a Luisa Sofovich, volverá de Buenos Aires casado con ella, y en sus Memorias Ramón hablará de aquella situación, a su vuelta a Madrid, donde “se me presentó – dice- una situación confusa con algo de temor, más que por mí por ella (“Colombine”) ,temiendo esas venganzas que no dudan”.

La muerte de Carmen de Burgos en la noche del 9 de octubre de 1932 también será evocada por Ramón porque aquel día había concertado el escritor la habitual entrevista dominical con ella “en que me leía sus memorias con páginas llenas de lágrimas que no podía leerme a mí precisamente”.

Pero Carmen de Burgos – aparte de su vida íntima – ha dejado valiosos testimonios literarios y periodísticos. Sus Viajes por Europa – Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega – publicados en la editorial Sanz Calleja en 1917, y sus Confesiones de artistas (1916), entre ellas las entrevistas con Rosario Pino, Catalina Bárcenas, Margarita Xirgu, María Guerrero, Carmen Cobeña, Leocadia Alba o Loreto Prado entre tantas más revelan todo el interés por el diálogo, la curiosidad de mujer a mujer, siempre con un estilo ameno y penetrante, hilvanando el periodismo con la literatura.

 

 

(Imágenes-1-Carmen de Burgos- yorokobu/2.- Carmen de Burgos-infoLibre/ 3- Carmen de Burgos- ondeando/ 4.- Ramón Gómez de la Serna- el mundo/ 5- Carmen de Burgos- por Julio Romero de Torres- Wikipedia)

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La nueva edición de Automoribundia (Marenostrum), un libro clave en la vida de Ramón Gómez de la Serna, se cruza estos días con el enlace que Juan Pedro Quiñonero presenta en su blog Una temporada en el infierno sobre el gran autor de las greguerías. Leí Automoribundia en la edición de Editorial Sudamericana de 1948, luego pasé a la muy cuidada de Ioana Zlotescu que lanzó Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores en 1998 y ahora me encuentro con esta interesante edición de Celia Fernández Prieto que me vuelve a llevar a aquel torreón madrileño de Velázquez 4 que visité sin visitar, en un viaje literario de no hace mucho tiempo y que resumí en lo siguiente:

Cuando se entra en el piso de RAMÓN, en la vida de Ramón, en las obras de Ramón, dejamos la greguería que todos traemos aterida del frío de la calle, colgamos en el perchero de la metáfora nuestra capacidad de asombro y entramos a ver a RAMÓN. RAMÓN nos recibe en su torreón madrileño de la calle de Velázquez 4 y como para estrecharnos en literatura nos tiende “la mano del escritor”, una enorme mano de cartón que parece falsa y es verdadera, “la mano del conferenciante” que acaricia el lomo de las ideas en el aire y que fascina con su chistera de palabras haciendo magia blanca con el ilusionismo de los objetos. Objetos. La mirada de Ramón sobre los objetos. Entre innumerables invenciones, tras ochenta libros publicados –novelas, biografías, arte, teatro, greguerías, Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888 ‑ Buenos Aires, 1963) desvela con su mirada los objetos desde una pupila virginal, desde la orilla inocente de un recién nacido descubrimiento. Todo escritor debiera ser así ante el mundo y Ramón lo logra con una potencia de mirador madrid-8-arco-de-cuchillerosfulgurante desde la balaustrada del párpado.

Así es mirado Madrid por RAMÓN. Si hay célebres libros suyos de espacios de Madrid El Rastro, El chalet de las Rosas en donde el paisaje es la Ciudad Lineal, Las tres Gracias o novela de la nostalgia de Madrid–, la ciudad que le vio nacer un 3 de julio en la antigua calle de las Rejas, le acompañará siempre como ese rizo que le caracolea sobre la luna de su cara redonda, como esa pipa en la que se fuma la vida y cuyas palabras transforma en humo. Ramón era estático y amante de las calles, paseaba diariamente desde Velázquez a la Puerta de Toledo, se sentaba a escribir a las diez y media de la noche, cenaba a las doce y seguía escribiendo hasta las siete de la mañana. La capital fue su objeto adoquinado, alumbrado objeto de avenidas y de seres, transparente ciudad de greguerías enterradas que nadie había visto hasta entonces y que Ramón resucitó. Pero de la capital española quizá su libro más completo y luminoso, empedrado de lecturas sabias y cocinado en lumbres de inimitable estilo, sea su Elucidario de Madrid, publicado en 1931.

Las greguerías de la Puerta del Sol en este Elucidario de Madrid nos dejan embaldosadas la Puerta de metáforas más humorismo, que ése es el sello de Ramón para definir la greguería. ¿Qué es la greguería? Lo que gritan los seres confusamente desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas –dirá en su libro Greguerías–. La greguería es una flor del aire que brota de un recuerdo que no se puede recordar y que no se hubiera recordado si el ferrocarril de niños que hay en la cabeza no se hubiera equivocado de vía de pronto. ¿Y qué le gritan las cosas a Ramón? En la Puerta del Sol es donde cogen el último coche los juerguistas, dando el portazo de despedida desgarradora a la noche. Una pedrada en la Puerta del Sol mueve ondas concéntricas en toda la laguna de España. Siempre hay en la Puerta del Sol un vendedor de ratones pardos que corren sobre dos ruedas de plomo activadas por dos gomitas que se enrollan. Tiene por misión que la plaza central esté enratonada y que no desaparezca la primera picardía del juguete mecánico. ramon-6-solana-flikr

Mirada de Ramón. Ante los espejos del café Pombo –libros célebres Pombo, y La sagrada cripta de Pombo‑ famosa tertulia inmortalizada en el cuadro de Solana–, exclamó en un brindis que el propósito de la greguería era quitar empaque a las cosas, sembrar sonrisas, batir cataratas, desenlazar ideas, gestos, cosas, que estaban inmóviles, irresolutas, tiesas y amenazadoras como dragones y que había que desenlazar de cualquier modo. En El hombre perdido, novela de teoría y de técnica más que de aventura, Ramón dirá: Hay una realidad que no es una subrealidad ni realidad subreal, sino una realidad lateral…, hay otra realidad, ni encima ni debajo, sino sencillamente otra. Buscando –o mejor, “encontrando”, como Picasso– esa otra realidad, descubre el otro circo que hay en el circo, el Goya oculto dentro de Goya, el Azorín inédito, el Quevedo, Poe, Lope y Valle‑Inclán que andan por el mundo indocumentados de verdadera biografía y que Ramón soluciona entregándoles a cada uno los papeles de su biografía irrepetible.

Madrid, sin embargo, no es en Ramón únicamente greguería. Elucidario de Madrid es un libro de amor forrado de erudición y tapizado otra vez de amor por la ciudad. Cuesta de la Vega, Plaza Mayor, Cava Baja, Plaza de la Cebada, Castellana, Cibeles, el Jardín Botánico, la calle de Sevilla, la Plaza de la Paja, la Plaza de Oriente se entrelazan con páginas excelsas sobre los ciegos de Madrid o la ronda de pan y huevo. Es de nuevo la mirada de Ramón sobre un Madrid que está ahí para ser mirado por cada escritor que nace. Esa mirada de Ramón escribía con tinta roja sobre papel amarillo, el añil era su color preferido y los objetos de su torreón de Velázquez 4 se dejaban mirar empapelados de fotografías, carteles y recortes del suelo al techo y del techo al suelo, entre la muñeca de tamaño natural, las puertas falsas y la verdadera luz de un farol de la calle.ramon-4-verbolgia-hispanica

RAMÓN acaba en sí mismo, es su propia generación, la punta de un faro que barre de miradas toda literatura y levanta luces en lo que toca conforme está girando. Solitario, provocador, suscitador, escritor de permanente ingenio, es el ismo de su propia vanguardia, el constante renovador de la innovación. Vivió en Madrid desde su nacimiento hasta 1936, en que emigró a Argentina donde su automoribundia expiró el 12 de enero de 1963, en Buenos Aires. Precisamente en su Automoribundia se va despojando en su vestidor de serenidades de cuantas ropas de erotismo y rebeldía tienen muchas de sus obras, se va desnudando del insulto superfluo, extiende sus manos en el espejo y se encuentra a sí mismo. Tras sus amores con Carmen de Burgos y su largo amor afilado de tremendos celos con Luisa Sofovich, Ramón, al encontrarse a sí mismo, encuentra a Dios. Lo único grande que tienes es que te crees cada vez más criatura de Dios, en una herencia portentosa que es tu verdadera prolongación en lo inmortal –escribirá en Nuevas páginas de mi vidaNo espero nada de los hombres, sino con todo el fervor el perdón del inmenso Dios.

Al salir del piso de RAMÓN, de la vida de Ramón, de las obras de Ramón, recogemos la greguería colgada que habíamos dejado en el paragüero y vemos que está lloviendo. Y con la greguería en alto –con el bastón y el mango en alto– sabemos que nunca nos podremos mojar porque la tela invisible de este paraguas es el inmenso, ramoniano cielo de Madrid”.

(“Luisa Sofovich, la argentina, de familia hebrea, de ascendencia rusa, viuda del autor de las greguerías, cuenta en La vida sin Ramón (Libertarias), cómo ella descubrió el célebre maniquí de la muñeca en tamaño natural que Ramón tenía en su estudio. Cuando se ven las fotografías del escritor sentado junto a su muñeca, no se sabe si Ramón le está leyendo al maniquí el último acierto de invención de su prosa o es ella la que escucha inmóvil, desde su mutismo de madera, la cabeza girada hacia el escritor, el vestido impecable, el collar abandonado en su garganta. Los dos aparecen estáticos. Es como si para Ramón ese maniquí fuera su primer lector, su único lector, aquel que no responde nada o aquel que de repente moverá las pestañas de madera y bajará levemente la cabeza asintiendo en silencio.

Cuenta Luisa Sofovich que ‑con los traslados y las muertes‑ uno de aquellos anillos o sortijas que llevaba la muñeca en sus manos fue a parar, al cabo de los años, a una tienda de compra-venta parisina situada en el Palais-Royal.

Allí, al verla en el escaparate, Luisa Sofovich entró y la compró y llevó mucho tiempo en sus dedos aquella sortija que lució en las manos la enigmática mujer de madera.”) (“El artículo literario y periodístico“, págs 138-141)

(Imágenes: retratos de Ramón Gómez de la Serna.-flikr/ Arco de Cuchilleros/ “La tertulia de Pombo” de José Gutiérrez Solana)

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