“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (19) – FEDERICO FELLINI

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (19) :   Federico Fellini

 

 

– Volvamos ahora, si le parece, a su encuentro con Federico Fellini, del que aún no me ha hablado, y de sus años romanos…

 

-La primera vez que llegué a Roma, como antes le decía, fue en 1963. Tras dejar mi equipaje en un hotel de vía del Babuino y cuando me senté a comer al aire libre, aún lo recuerdo, en una trattoria de Corso Vittorio Emanuelle, estaba muy lejos de imaginar que aquella ciudad fuera a ser mi residencia durante más de dos años. Aquel primer viaje mío estaba previsto como una estancia rápida y consistía en principio, y así lo creí en aquella primera semana, en una visita muy provisional, urgida de exigencias periodísticas, y nunca pensé, disfrutando como estaba de aquel amable mediodía en la trattoria romana, que Roma me fuera a acompañar luego tan habitualmente. Pero los giros de la vida son imprevisibles, y dos meses después volvía a Roma con un contrato profesional estable y tendría que recorrer ya diariamente en razón de mi trabajo calles como via Condotti o via Frattina, via della Mercede o via del Tritone y tantas otras más. Tenía entonces mi despacho de corresponsal en Piazza di San Silvestro, no lejos de Piazza di Spagna, y cada mañana venía desde lejos con mi pequeño automóvil italiano, en concreto desde un sencillo lugar llamado Piazza Navigatori, al costado de la larguísima via Cristoforo Colombo. Venía conduciendo y pensando en mis tareas diarias y admirando al pasar las Termas de Caracalla que eran paisaje habitual en mi trayecto. En ciertos días de primavera o simplemente de tiempo espléndido, solía detener mi coche cerca de aquellas Termas, y como he hecho en tantas otras ciudades, establecía mi despacho durante una media hora o algo más dentro del vehículo y me ponía a escribir o a tomar notas antes de entrar en el centro de Roma y ser devorado por el caos del tráfico. Roma ha sido, todas las veces que la he visitado, una especie de continuación de mi casa madrileña. Es como si al salir de mi portal en mi casa de Madrid, diera unos pasos y ya me encontrara con la prolongación natural de la acera que no era otra que la esquina con via Margutta, via della Fontanella y, torciendo a la derecha, la Piazza del Popolo. Y en esa Piazza del Popolo, en uno de sus cafés bajo los toldos, en “Canova”, recuerdo perfectamente cómo podía contemplarse a última hora de la tarde las reuniones variadas de gentes del cine y de la literatura, directores, actores, poetas y novelistas, Giorgio Basani, por ejemplo, o Visconti, o Carlo Emilio Gadda, o Antonioni, o Mónica Vitti. Y allí acudía de vez en cuando también Federico Fellini.

 

Conocí a Fellini en los estudios Rizzoli en 1965, cuando estaba rodando “Giulietta de los espíritus”. Pero sigo teniendo en la memoria, como digo, ese café “Canova” iluminado en la noche frente al obelisco de Piazza del Popolo, con sus mesas de manteles blancos en la terraza, lleno de gente pintoresca, debatiendo con gestos italianos y acento romano proyectos dispares y mil cosas de la vida. Y no podría asegurar si fue en las charlas de ese café o fue en un libro suyo cuando Fellini quiso preguntarse un día precisamente qué era Roma para él. En el fondo es algo parecido a lo que usted me acaba de preguntar. Y él mismo quiso responderse: Pienso – dijo el director italiano – que Roma es un rostro confortante porque Roma se permite todo tipo de especulaciones en sentido vertical; Roma es una ciudad horizontal, de agua y de tierra, tendida, y por consiguiente plataforma ideal para lanzarse a vuelos fantásticos.

Naturalmente que voy a hablarle ahora de Fellini. En primer lugar, usted muy posiblemente no sabrá nada, o muy poco, de un monje italiano del siglo Xl llamado Hildebrando. Hildebrando Aldobrandeschi era su nombre completo. Nacido en Sovana, en Toscana, en 1020, murió en Salerno, a los 65 años, en 1085. Y aquel monje Hildebrando llegó a ser Papa con el nombre de Gregorio Vll y su nombre, Hildebrando, significó para quienes le amaron una brillante llama, según dicen, y para quienes lo odiaron una señal del infierno. Pues bien, Federico Fellini, en las nieblas de su cabeza creadora y efervescente, durante la larga entrevista que mantuvimos aquella mañana me estuvo llamando constantemente Hildebrando, aún no sé por qué, y lo hizo todo el tiempo y durante más de la hora que duró la entrevista, reemplazando continuamente mi auténtico nombre ( pienso que lo hizo de modo inconsciente, porque si no no se me ocurre otra explicación) por el nombre de aquel monje del siglo Xl.

 

-¿Y usted no le corrigió?

 

– Sí, naturalmente que le corregía de modo casi continuo y protesté claramente las primeras veces, pero luego, quizás al primer cuarto de hora, viendo que él no cambiaba, lo dejé ya por imposible. Me cansé. Prefería escucharle las respuestas. ¿Qué importancia tenía que me llamara de un modo u otro si me estaba contando cosas interesantes? Lo importante eran sus respuestas, lo que me comentaba de su cine.

 

-Che effetto, Fellini, le fece “La Strada“? – le preguntaba yo por ejemplo.

-Adesso, Hildebrando, “La Strada”…

 

– Ma, scussi – le respondía yo enseguida en italiano – mio nome non é Hildebrando.

— ¡Ah, vero!…¿Lei e francese…?

– No, non sono francese…. Sono spagnolo.

– ¡Ah, va bene, va bene…! Allora, Hildebrando, “La Strada”, como ogni altra espressione artistica…

—Ma, scussi un altra volta, Fellini, mío nome non é Hildebrando..

– ¿Lei e francese, vero?

– No, son sono francese…Sono spagnolo. Allora, Fellini, fantasia, cos’é?

— La fantasia, Hildebrando, é una parte fundamentale dell’esistenza…Nulla si sa, tutto sí immagina…

-Ma io non sono Hildebrando, ripeto; mío nome non é Hildebrando.

—¡Va bene, va bene..! Adesso stiamo registrando o no?

—Sí.

— Allora, Hildebrando, mi sia permesso un recordo personale, che inmediatamente mi è tornato in mente…

Y así continuaba Federico Fellini despojándose ya de la gabardina y recostándose en aquel sillón de los estudios Rizzoli escondidos en una bellísima callecita que pasaba junto a la iglesia de San Giovanni e Paolo. Como digo, esos días él estaba completamente inmerso en el rodaje de “Giulietta de los espíritus” y desconozco qué nieblas surcaban su cabeza. Cuando vi más tarde la película y a la vez recordé nuestro diálogo volví a pensar que por aquel despacho y en aquella mañana cruzó entera la fantasía : en aquella hora y mientras hablábamos, parecía que estuviera descendiendo Giulietta Masina de la casa en ramas recién aparecida en el film y que aquel despacho de los estudios cinematográficos, como así lo escribí en una crónica de aquel tiempo, oliera a bosque, el bosque oliera a decorado, el decorado diera la impresión de que lo estuvieran clavando continuamente los carpinteros y a los carpinteros a su vez los iban pagando los productores. Todo era fantasía. Y siguiendo con esa fantasía escribí entonces que los productores también podían oler a bosque, esperaban en la sombra a que acabáramos nuestra conversación, humeaban sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad y la verdad era que todo era fantasía, todo, hasta la lluvia de Roma que empezó a caer tras los cristales era ya pura fantasía : se notaba que la lluvia entraba dentro del cuarto, dentro de las palabras de Fellini, tal vez los hombres de los efectos especiales estaban volcando cubos de lluvia sobre aquella habitación donde estábamos, y empezaba a salir agua por el auricular del teléfono. Sí, era el reino de la fantasía. Mientras escuchaba a Fellini pensaba que yo no era ni había sido nunca francés, que tampoco me llamaba Hildebrando, pero que pacientemente escuchaba y escuchaba, a la vez que Giulietta Masina seguía bajando y subiendo del árbol de su película asombrada de cuanto estaba diciendo en aquellos momentos Federico, su marido, y de cómo dirigía aquel bosque de los espíritus que era real e irreal a la vez igual que aquel despacho, igual que los árboles que sostenían los decoradores, igual que los decoradores que irían a cobrar semanalmente a la cola de los comparsas, esos decoradores que esperarían ante las ventanillas donde volaban los billetes de banco que a su vez repartirían los productores. Yo veía perfectamente los ojos de los productores cegados por el incendio de sus habanos, aquellos habanos que crujían en sus dedos, y mientras tanto Fellini hablaba y hablaba y seguía hablando llamándome Hildebrando, y yo seguía escuchando y escuchando, y a la vez un monje del siglo Xl entraba y salía de vez en cuando de aquella habitación y de aquella conversación mientras continuaba cayendo lluvia de fantasía en aquel cuarto.

– Pero sin duda Federico Fellini le diría, como usted dice, cosas interesantes. ¿De qué hablaron?

— Naturalmente hablamos de muchas cosas apasionantes y muy variadas. Creo recordar que de la libertad en general y en concreto de la libertad creadora, de su resistencia a las entrevistas y de su resistencia a las preguntas. También de Rimini, el lugar de su nacimiento, y de los dibujos que él solía hacer antes de empezar sus películas. Pero lo más importante para mí de aquel encuentro, lo que más me ha quedado en la memoria, fue el envoltorio, el escenario, el modo cómo, sin querer y sin prepararlo, estuvimos rodando los dos una secuencia imprevisible de una película sorprendente, irreal y real a la vez dentro de un despacho, aquel despacho que era todo un film, los grandes ojos blandos de Fellini me miraban y su voz le hablaba siempre a un tal Hildebrando que simplemente le miraba. Mi nombre, como digo, nunca acertó a pronunciarlo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

 

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

¿POR QUÉ VA LA GENTE AL CINE?

 

“¿Por qué va la gente al cine?— se pregunta Tarkovski en “Esculpir en el tiempo” — ¿Qué les lleva a una sala oscura donde durante dos horas pueden observar en la pantalla un juego de sombras? ¿Van buscando el entretenimiento, la distracción?  ¿Es que necesitan una forma especial de narcótico?  Es cierto que en todo el mundo existen consorcios de entretenimiento, que explotan para sus fines el cine y la televisión lo mismo que muchas formas del arte. Pero éste no debería ser el punto de partida, sino que más bien habría de partir de la naturaleza del cine, que tiene algo que ver con la necesidad del hombre de apropiarse del mundo. Normalmente, el hombre va al cine por el tiempo perdido, fugado o aún no obtenido. Va al cine buscando experiencia de la vida, porque precisamente el cine amplía, enriquece y profundiza la experiencia fáctica del hombre mucho más que cualquier otro arte; es más, no sólo la enriquece, sino que la extiende considerablemente. Aquí, y no en las “estrellas“, ni en los temas ya gastados ni en la distracción, aquí reside la verdadera fuerza del cine.”

 

 

Pero hay muchas más razones por las que la gente va al cine. El historiador Peter  Burke, evocando las relaciones entre cine e Historia o cine y sociedad, recordaba por ejemplo “que la cultura material de las clases altas del siglo XlX es evocada de modo fascinante en las escenas de la alta sociedad de Palermo en “El Gatopardo”, de Visconti,  o en las escenas de la Nueva York elegante de “La edad de la inocencia”, de Martin Scorsese; la de la aristocracia rural en “Orgullo y prejuicio”, de la BBC, y la de la clase trabajadora de los años treinta en la escena del restaurante de “Roma”, de Federico Fellini.”

Poe estas y por mil razones más va la gente al cine.

 

 

(Imágenes -1-Tarkovski rodando una película/ 2- Tarkovski y Robert Bresson- 1983/ 3- escena de “El Gatopardo”)

ROMA, FELLINI, RECUERDOS

 

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La primavera vez que llegué a Roma, en 1963, tras dejar mi equipaje en un hotel  de vía del Babuino y cuando me senté a comer al aire libre en una trattoria de Corso Vittorio Emanuelle, estaba muy lejos de imaginar que aquella ciudad fuera a ser mi residencia durante más de dos años. Aquel mi primer viaje estaba previsto como viaje rápido y consistía en principio, y así lo creí en aquella primera semana, en una visita provisional, urgida de exigencias periodísticas, y nunca pensé, disfrutando como estaba de aquel amable mediodía en la trattoria romana, que Roma me fuera a acompañar luego habitualmente. Pero los giros de la vida son inesperados, y dos meses después volvía a Roma con un contrato profesional y tendría que recorrer ya diariamente en razón de mi trabajo calles como vía Condotti o vía Frattina, vía della Mercede o vía del Tritone y tantas otras más. Tenía mi despacho en Piazza di San Silvestro, no lejos de Piazza di Spagna, y cada mañana venía desde lejos con mi pequeño automóvil, en concreto desde un sencillo lugar llamado Piazza Navigatori, al costado de la larguísima vía Cristoforo Colombo. Venía conduciendo y pensando en mis tareas y admirando al pasar las Termas de Caracalla que eran paisaje habitual en mi trayecto. En ciertos días de primavera o simplemente de tiempo espléndido solía detener mi coche cerca de las Termas, y como he hecho en tantas otras ciudades, establecía mi despacho durante una media hora dentro del vehículo y me ponía a escribir o a tomar notas antes de entrar en el centro de Roma y ser devorado por el caos del tráfico. Roma ha sido, todas las veces que la he visitado, una especie de continuación de mi casa madrileña. Es como si al salir de mi portal en Madrid diera unos pasos y ya me encontrara con la prolongación natural de la acera que no era otra que la de vía Margutta, via della Fontanella y, torciendo a la derecha, la Piazza del Popolo. Y en esa Piazza del Popolo, en “Canova”, en uno de sus cafés bajo los toldos, recuerdo perfectamente cómo podía contemplarse a última hora de la tarde, las reuniones variadas de gentes del cine y la literatura, directores, actores, poetas y novelistas, Giorgio Basani, por ejemplo, o Visconti, o Carlo Emilio Gadda, o Antonioni, o Mónica Vitti. Y allí acudía de vez en cuando Federico Fellini.

Tengo en la memoria con claridad aquel “Canova” iluminado en la noche frente al obelisco de Piazza del Popolo, con sus mesas de manteles blancos en la terraza, lleno de gente pintoresca, debatiendo con gestos italianos y acento romano proyectos dispares y mil cosas de la vida. Y no podría asegurar si fue en ese café o fue en un libro suyo cuando Fellini quiso preguntarse precisamente: ¿qué es Roma? Y él mismo se respondió: pienso, dijo, que Roma es un rostro confortante porque Roma se permite todo tipo de especulaciones en sentido vertical; Roma es una ciudad horizontal, de agua y de tierra, tendida, y por consiguiente plataforma ideal para lanzarse a vuelos fantásticos.

José Julio Perlado .- ( del libro inédito “Relámpagos”)

 

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(Imágenes- 1-Roma- Cartier Bresson- 1951- Magnum/ 2.-Piazza del Popolo-segwayfuncomecon)

ANTE VITTORIO GASSMAN

 

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“Estoy sentado con él – a mitad de los años sesenta – al borde de esta piscina cubierta de Roma; Gassman está en traje de baño, medio tapado con un albornoz; tiene los pies apoyados en una banqueta y su cuerpo largo, musculoso y delgado, descansa en el intervalo entre dos secuencias de su último film La guerra secreta. Vittorio Gassman sigue siendo el  “monstruo sagrado”  del teatro y del cine italianos. Han pasado los tiempos del Otelo en los que Gassman recitaba cada noche alternando los papeles del moro celoso y de Yago con otro gran actor italiano, Salvo Randone; han pasado los tiempos en que Gassman presentaba Ornifle, de Anouilh, o las piezas del teatro clásico griego. Han pasado los años, y se diría, sin embargo que los años no han pasado por el perfil ni por el tipo de este hombre.

 

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Si fue calificado como  “genio”  cuando se presentaba en el teatro, el cine lo ha confirmado también como un actor cómico de dotes excepcionales. Se habló de una  “guerra secreta”  entre Alberto Sordi y Vittorio Gassman: aquellos dos hombres que habían colaborado tantas veces en las mismas películas estaban enfadados entre sí, si se atienden los rumores que corrían por Roma. Por aquel tiempo, Gassman decoró magníficamente su  apartamento privado: un teatrito perfecto ocupaba una de las habitaciones de la casa; en su minúsculo escenario, Gassman ofrecía espectáculos sorprendentes a sus amigos. Eran las noches de famosas tertulias artísticas que el mundo de los escritores, de los pintores y de los actores celebraba en casa de Gassman. El anfitrión disfrutaba viendo disfrutar a sus amigos. En aquel teatrito, que hoy prosigue sus representaciones cuando al dueño de la casa se le ocurre, tuvieron lugar recitales de prosa y de música, escenas, diálogos, monólogos, espectáculos en miniatura. Gassman puede permitirse esos lujos, y cuantos quiera. Su nombre es cotizado en Italia de manera especial, y las oportunidades de trabajo le llueven interminablemente. Puede decirse que los dos próximos años de Vittorio Gassman están ya completos en su carnet de propósitos y de realidades. Si hace tiempo dedicaba sus esfuerzos y sus condiciones unidas a su talento indiscutible en piezas de Shakespeare o de Sófocles, últimamente su rostro y sus gestos rápidos y ágiles han llenado las pantallas con un triunfo de excepción, desde la absoluta comicidad de Los monstruos hasta las interpretaciones admirables en El éxito o en La escapada.

 

cine- Vittorio Gassman- famouspeopleinfo com

 

En los últimos años de cine italiano – me dice– han existido momentos altos, momentos bajos y momentos de crisis. Pero, fijándonos precisamente en los momentos de crisis, se debe estar bastante satisfechos del balance general del cine italiano, porque  las dos o tres crisis graves que han aparecido, una lógica, yo diría histórica, inmediatamente después de la guerra; otra recientísima, han concidido siempre con una excelente renovación de  nuestro cine  sobre bases nuevas, con el descubrimiento de nuevos temas, de nuevos directores y de nuevos guiones, lo que da prueba de una vitalidad que incluso en el plano internacional no se puede discutir. Se ha hablado demasiado del neorrealismo italiano de la posguerra, y ahora yo creo que es muy peligroso generalizar; en efecto, ha habido cuatro o cinco grandes directores que abrieron  por primera vez algunos caminos, que enseñaron  mucho y que han dejado una gran influencia en los directores de Europa, y citaré particularmente a Rosellini, que desde un punto de vista histórico y crítico, a mi parecer, ha sido el hombre que ha seguido de modo más puro aquella dirección. En la actualidad han surgido nuevos directores más difíciles de colocar y de definir en sentido colectivo y, sin embargo, aportando grandes casos singulares, como Fellini, como Antonioni, como Visconti, los cuales no se pueden considerar como jefes de una escuela, pero ciertamente son  artistas originales que han dejado una huella profunda.

 

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Yo no me creo un hombre culto o un especialista de la cultura- prosigue conversando -. Soy esencialmente un actor, y no hago nunca separaciones de géneros; me gustan todos los géneros  y creo en el actor en todos los sentidos, que, bien o mal, dentro de sus límites, esté disponible para cualquier experiencia; por otro lado, respecto al asunto de las películas comerciales, creo que hay muchos equívocos, ya que el cinematógrafo, que tiene una gran función como arte,  es también un espectáculo,  y creo que gran parte del llamado cine de arte se realiza fuera de los límites estéticos del propio cine, y en cuanto a las películas comerciales, creo que también es peligroso generalizar, puesto que depende sobre todo de cómo estén hechas; para resumir le diré: yo creo que  “vulgar”, en el sentido negativo, es únicamente aquello que es falso”.

 

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(Imágenes.-1.-Gassman-wallpapers brothersoft com/ 2. Gassman. cinema sky it/- Gassman- famouspeopleinfo com/ 4.- Gassman, en “La famiglia” de Ettore Scola/ 5.-Gassman- nuncanale K taweb it)

 

 

EN TORNO AL VALS

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“Africano de sangre caliente, rebosante de vitalidad – describía Heinrich Lambe a Johann Strauss padre en 1833 -, inquieto, tosco, apasionado (…) nos exorciza los espíritus malditos que tenemos metidos en el cuerpo (…) Típicamente africana es también su manera de dirigir las piezas de baile que compone; brazos y piernas se le descoyuntan cuando desata la tormenta de sus valses (…) Es un hombre que podría ser un verdadero peligro si se propusiera manipular las ideas de  Rousseau”.

 

Strauss-unnn- Johann Strauss hijo-wikipedia

 

Johann Strauss hijocomo así lo recuerda William M. Johnston al analizarEl genio austrohúngaro” (KRK) – tuvo una vida que fue fiel reflejo de su Viena adorada y hacía alarde de sus propias excentricidades. Temía más que nada en este mundo olvidarse de una melodía antes de pasarla al papel – en una ocasión, un tema que había escrito en una sábana acabó en la lavandería, perdido para siempre-. Tenía miedo también de viajar en tren, y solía trabajar por la noche hasta muy tarde, descansando solamente para escribir de vez en cuando unas palabras tiernas a su mujer.

 

Johann Strauss (son) Statue in Stadtpark, Vienna, Austria

 

“El vals – glosa Johnston – arrulló a los vieneses cuando los músicos de Strauss jugueteaban con sus melodías (…) Había algo de embriagador en eso de dar vueltas como un remolino durante varios minutos, a menudo entre los brazos de alguien desconocido (…) Paradójicamente, con sus rápidos pasos, esta danza parecía detener el tiempo; con su vivacidad, suspendía el ánimo”.

 

música.-44v.-Johann Strauss ll y Johannes Brahms.-awesomepeoplehangingouttogether

 

Cada año, el día uno de Enero, el mundo se asoma a los valses de Viena. ¿De dónde vienen estos valses? Roland de Candé en su Diccionario de la Música comenta que el origen de la palabra vals es muy poco clara. Se supone que viene de Alemania, y que su denominación puede provenir del equivalente alemán del latín “volvere“, es decir, volver sobre sí mismo. Su aparición, parece ser que fue en Baviera entre 1765 y 177o.

Mozart, Beethoven, Shubert, y más tarde, Brahms escribieron pequeñas piezas encantadoras – y así lo recuerda Candé – en un estilo “naif”, tierno y alegre. Pero es poco a poco en Viena de manera especial cuando esta danza se hace más suave y más brillante, con un primer tiempo bien marcado y de esta forma va adquiriendo una característica altura gracias a las obras maestras de los Strauss, padre e hijo.

Célebres valses han irrumpido en la literatura. Igualmente en el cine. Visconti escogió un vals inédito de Verdi para “El Gatopardo” y Lampedusa, narrando la danza del príncipe Salina con Angelica, escribe que “a cada vuelta que daba le caía un año de los hombros: pronto se encontró como si tuviese veinte, cuando en aquella misma sala bailaba con Stella, cuando ignoraba todavía lo que eran las desilusiones, el tedio y todo lo demás. Por un instante aquella noche la muerte fue de nuevo, a sus ojos, “cosa de los demás”.

(Imágenes.-1.-Johann Strauss padre- wikipedia/ 2.- Johann Strauss hijo – wikipedia/ 3.-el rey del vals- Viena- wikipedia/ 4.-Johann Strauss hijo y Brahms- wikipedia) 

WAGNER Y LAS PASIONES

música.-rvvbh.-orchestra Pit.-San Francisco Opera House,.1950.-Fred Lyon

“Una noche fui a oir Tannhäuser.puede leerse en la novela “C” del inglés Maurice Baring –  Para mí – dice el protagonista -, Wagner no era más que un nombre, y significaba algo vagamente ruidoso. No tenía la menor idea de que escribiera sobre temas interesantes o románticos. Tampoco tenía idea alguna de lo que era Tannhäuser. Fui esperando pasar una aburrida velada de música árida, ultraclásica e ininteligible. Tan pronto como la orquesta empezó la obertura, quedé anonadado. Yo no sabía que la música fuese capaz de producir un efecto tan enorme. El coro de peregrinos abrió un nuevo mundo y me dejó tan excitado que luego no pude pegar los ojos. Estaba aturullado por estos magníficos efectos de sonido.”

música.-rrcc.-Staleny Spencer.-lección de música.-1921

No solamente los personajes de novelas han quedado impresionados por ciertas obras de Wagner sino también muchos autores – e incluso directores de orquesta – han resultado conmocionados. Son las pasiones totales de la música. Philip Sandblom , en “Enfermedad y creación” comenta que Patrick l´Echevin en su libro “Música y medicina” cuenta que tres directores de orquesta se desplomaron al dirigir un pasaje determinado de “Tristán e Isolda y en las “Conversaciones con Von Karajan” de R. Osborne se recuerda que al célebre director austriaco tuvieron que llevarlo a su casa en ambulancia la primera vez que dirigió esta ópera. Las pasiones entrecruzadas que siempre ha suscitado Wagner se han extendido a la música, a la literatura y al cine. No hay más que recordar, entre otros, a Visconti.

música.-577h.-John  Singer Sargent.-Museum of Fine Art Bosyon

Pero también la pasión por el arte y la vida recorre la biografía del compositor. El musicólogo italiano Massimo Mila anota que la existencia de Wagner es un intercambio continuo entre arte y vida, o, si se prefiere, de una vida puesta al servicio del arte, “que se desarrolla en una especie de egoísmo estético, capaz de sacrificar sin piedad los afectos y destinos del prójimo, asentada en una férrea voluntad de expresión y en una infatigable tenacidad en hacer frente a las adversidades materiales de la vida”. Igualmente Souriau en su “Correspondencia de las artes” afirma que “la pasión de Wagner por Matilde Wesendonck está estrechamente ligada a la composición de “Tristán e Isolda”; pero sabemos – añade – que se comprometió en esta aventura muy conscientemente, en interés de su creación artística, para poder tener un estado de alma favorable a ésta; y que sería absurdo decir que escribió el “Tristán” para expresar esta pasión, ya que, por el contrario, suscitó esta pasión para mejor sumergirse en unos sentimientos que la obra exigía y había de evocar.”

música.-tybnnn.-Wagner, por Lenbach

Las pasiones las desvanece el tiempo, las fuerzas se diluyen y al contemplar el retrato de Wagner pintado por Lenbach va glosando André Gauthier “este perfil de águila, en el que el mentón desaparece entre las patillas; una mirada lejana y nimbada de tristeza; un indecible agotamiento en las facciones y las comisuras de los labios. Si el rostro del viejo luchador revela todavía la energía sobrehumana, también se lee en él la fatiga, preludio de la resignación para el gran viaje.” 

(Pequeño apunte cuando en 2013 se cumplen los 200 años de Wagner)

(Imágenes:-1.-orchestra pit.-San Francisco Opera House.-1950.-Fred Lyon.-Peter Fetterman Gallery/ 2.-Staleny Spencer.-1921/ 3.-John Singer Sargent.-Museum of Fine Art.-Boston/ 4.-Wagner.-por Franz Von Lenbach)

CANALES VENECIANOS

“Caminar por calli y campi, sin un itinerario preestablecido, quizá sea el mayor placer de que se  puede disfrutar en Venecia“, recomienda Diego Valeri en su “Guida sentimentale di Venezia“. Caminar también con Musset, cuando le escribe a George Sand en 1833 ; caminar con Dickens y Balzac, y también con

D `Annunzio cuando se enamora de Eleonora Duse en 1895; caminar con Proust, en mayo de 1900, en el momento en el que el gran escritor francés decide repentinamente reunirse en Venecia con Reynaldo Hahn:  sentado en las terrazas de los cafés, Proust escuchará cómo le traducen “Las piedras de Venecia“, de Ruskin. Ruskin le habla a Proust de cómo los pájaros frecuentan

la plaza de San Marcos: ” los muros de San Marcos le dice  – sirven de abrigo a innumerables palomas que ponen sus nidos en los follajes marmóreos y mezclan la dulce irisación de sus plumas, cambiantes a cada momento, con los tintes no menos atrayentes que permanecen allí, inmutables, desde hace setecientos años“. Caminar igualmente con Chauteaubriand y con Paul Morand, cuyo último libro será “Venecias“. Caminar detrás del comisario Brunetti de Donna Leon

investigando crímenes. Caminar por Venecia como apartamento trazado en “Los papeles de Aspern”, de Henry James. Caminar con Joseph Brodsky en “Marca de agua“; caminar con Tiziano Scarpa en “Venecia es un pez“. En varias ocasiones he hablado de Venecia en Mi Siglo. Al borde de estos canales marcharon también Malraux, Montale, Buzzati, Saul Bellow y tantos otros.

 Conversaciones a la orilla del agua de Visconti; conversaciones a la orilla del agua de Thomas Mann. Las conversaciones traen y llevan palabras en góndolas que van del cine a la literatura. Música de Wagner. Poemas de Browning. Música de Monteverdi. Poemas de Byron. “Los gondoleros bogan con una pierna delante y la otra detrás – dice Tiziano Scarpa -, el pie posterior

se apoya en una minúscula peana elevada, una cuña: la energía hace palanca en el talón, luego en la planta y en los dedos del pie. Trabaja todo el cuerpo, se proyecta hacia delante, empuja. Observa sus cuerpos cuando descansan: los brazos cuelgan un poco hacia delante, los hombros redondos, la nuca, las clavículas, los omóplatos desarrollados. Desde la mano izquierda a la derecha están rodeados por una U de músculos mayúsculos”.

Ahora que se habla de los 10 secretos de Venecia, la ciudad estará siempre en el recuerdo.

(Imágenes:- 1.-Karl Kaufmann.-wikimedia. commons/ 2.-Stefano Taglione/ 3.-Maurice Prendergast/ 4.-Mario Bonzuan/ 5.- Otto Pippel/ 6.-Vito Vecellio/ 7.-Lucien Lévy Dhumer)

 

CINE Y LITERATURA

“El murmullo de la contemplación le hacía decir a Sábato con sus problemas de vista:” Cuando me leen un fragmento de Los hermanos Karamasov se produce en mí como una vibración física, corporal. Algo que me atraviesa y corre por mi sangre. Pienso que se debe a que la literatura no ha sido para mí una actividad separada de la vida (…) Debería pensarse en esto ahora que la literatura y el arte en general están tan desacralizados. Debería pensarse seriamente el valor que tienen en la vida del hombre las grandes narraciones”. Las conflictivas relaciones entre Dmitri, Ivan, Smerdjakov y el adolescente Alëša, los diálogos, las confidencias, las confesiones de los espíritus enfrentados de los Karamasov no pueden liquidarse con esa frase sintética de muchas gentes al concluir un vídeo: “Ya lo he visto”, dicen. Y no volverán a él nunca más. Lo han visto resumidamente, pero es muy probable que no lo hayan contemplado, no se han adentrado, no ya en las descripciones decimonónicas de las habitaciones, sino en los matices de las tormentas humanas. “Ya he visto El Gatopardo, “ya he visto La muerte en Venecia”, “ya he visto El doctor Zhivago. Son visiones (a veces excelsas, a veces incluso superiores a las de las obra literarias, a veces no), pero visiones que únicamente recorren la cinta del lenguaje fílmico, el tratamiento del cine, y que deberían completarse con la lectura. La elegante suntuosidad del estilo de Lampedusa, la finura de composición de Thomas Mann, las poesías de Pasternak que Yuri Zhivago dedica a Lara quedan sin contemplación y sin goce, no se asoma el ojo humano para seguir los rasgos de la pluma del escritor, no se aprende a observar literariamente ni a contar historias (además de en la pantalla) sobre el papel, no se demora uno disfrutando con los pliegues de los párrafos, de los diálogos y de las palabras.

Y si nos vamos a la construcción de ciertas escenas literarias que no han sido llevadas al cine y que no han sido transformadas por el movimiento de la cámara, descubriremos en algunos libros hallazgos llenos de matices y (bajo la apariencia de su naturalidad) toda la dificultad y el dominio que supone escribirlos.

Así ocurre, por ejemplo, entre muchos otros, con el relato “En la linde de los árboles (Alianza) del escritor austriaco Thomas Bernhard en el que, en diversos planos, cuenta cómo alguien que está escribiendo una carta a su novia cuenta a la vez lo que está viendo en esos momentos en la sala de la hospedería en la que escribe, y mientras describe lo que ve, piensa en lo que está escribiendo, y (a la vez que piensa), escribe y mira. Y todo eso casi simultáneamente, todo hábilmente entrelazado:

    ” Al entrar en la sala [está hablando de una pareja que ha entrado en la hospedería] no me habían visto al principio, pero luego, como vi, se sobresaltaron al verme y me saludaron con la cabeza, pero no volvieron a mirarme. Yo acababa de empezar a escribir una carta a mi novia: que era más sensato, escribí, esperar todavía un poco en casa de sus padres, hasta que yo me hubiera aclimatado en Mühlbach; sólo cuando hubiera conseguido fuera de la hospedería, “posiblemente en Tenneck”, escribí, dos habitaciones para nosotros, debía venir ella. Ella me había escrito en su última carta, prescindiendo de las acusaciones contra sus padres, carentes de comprensión, que tenía miedo de Mühlbach, y yo le respondí que su miedo era infundado. Su estado, decía ella, se había vuelto tan enfermizo, que tenía miedo de todo.”

     “Al fin y al cabo hay tres hospederías en Mühlbach”, escribí, pero es imprudente escribir eso, pensé, y taché la frase, tratando de hacerla ilegible, y decidí por fin escribir por tercera vez toda la carta. (En los últimos tiempos escribo todas mis cartas tres o cuatro o cinco veces, siempre para contrarrestar mi excitación mientras escribo una carta, tanto en relación con lo que escribo como con mis pensamientos.) La gendarmería era una buena base para los dos, estaba escribiendo precisamente de mi aumento de sueldo, de unos ejercicios de tiro que se harían a finales de otoño en Wels, cuando los dos, curiosamente la muchacha primero y detrás de ella el joven, entraron en la sala; de la mujer del inspector que estaba enferma del pulmón y perdida, y procedía de la Cilli eslovena. Seguía escribiendo, pero me daba cuenta de que tampoco podría enviar esa carta, los dos jóvenes atrajeron desde el primer instante mi atención; comprobé una falta de concentración súbita y completa por mi parte en relación con la carta y con mi novia, pero seguí escribiendo disparates para poder observar mejor a los dos forasteros fingiendo que escribía. Me resultaba agradable ver de pronto rostros nuevos, en esta época del año, como ahora sé, no vienen nunca forasteros a Mühlbach, y por eso era tanto más extraña la aparición de los dos, de los que supuse que él era artesano y ella estudiante, los dos de Carintia. Luego, sin embargo, me di cuenta de que los dos hablaban un dialecto de la Estiria. Recordé una visita a mi primo estirio, que vive en Kapfenberg, y supe que los dos eran de la Estiria, así hablan allí (…)”.

Como se ve, hay aquí toda una serie de movimientos en la escena que una cámara cinematográfica relataría con esfuerzo y sin duda con habilidad, pero esta vez la pericia del lenguaje literario no es ni mejor ni peor, sino distinta y al seguir esos movimientos de la pluma del escritor, esos vaivenes entre la interioridad y lo externo, entre los pensamientos y las acciones, se adquiere sin duda un aprendizaje de cómo dominar bien los resortes de una narración. Cómo intentar ceñir con el estilo todos los planos de una situación”.

(J. J. Perlado ” El ojo y la palabra”, págs 167- 170)

(pequeña evocación cuando aparecen en castellano las Cartas de Thomas Bernhard a su editor)

(Imágenes: 1.-Claudia Cardinale en “El Gatopardo” de Visconti -1963/ 2.-Pasternak en Peredelkino.-1958.-Cornell Capa/ 3.–Thomas Bernhard/ 4.- “El proceso” de Kafka, película de Orson Welles/ 5.- Anthony Hopkins y Emma Thompson en “Lo que queda del día”, basada en la novela de Kazuo Ishiguro)

INDRO MONTANELLI

“Aquí está tal cual la vi aquella noche, con los negros cabellos desgreñados sobre la frente sin necesidad de peluquero, entre los cuales brillan los ojos duros y tristes dentro de las hondas órbitas. Estos ojos saben encenderse y reir, cuando quieren; sonreir, jamás. Ella no los fuerza a una expresión jovial ni siquiera ahora cuando viene a mi encuentro al umbral de su habitación; los deja en estado bravo, en armonía con el resto de su persona, o sea, con su dureza y tristeza habituales. Tal vez está cansada; tal vez me considera demasiado astuto y ya demasiado amigo para tener que recurrir a semejantes coqueterías que, evidentemente, le pesan. “¿Ha visto que soy una mujer de palabra? – me dice estrechándome la mano – Ahora veremos si puedo decir otro tanto de usted. ¿Quiere un té?”. (…) Pero, Dios, ¡qué bella es esta mujer fea, despeinada, sin afeites, que se yergue ante mí y, a través de los cristales, contempla discurrir la vida de la ciudad! No por un gesto de la mano, sino aterrorizados por el resplandor de los ojos sobre los que hacían sombra, los cabellos se le han alzado sobre la frente de mármol y ahora se pliegan dócilmente de lado y bajan a lamerle la mejilla en una caricia consoladora, mientras una lágrima, contenida, al parecer, hace años, le brota de lejos entre las pestañas y viene a ablandar la mirada dura y triste que naufraga en ellas lánguidamente”.

Así escribe y describe a Anna Magnani uno de los más grandes periodistas europeos, Indro Montanelli, una pluma acerada, concreta, independiente. Su excepcional libro “Gentes del siglo” (Espasa) parece que nos trajera el retrato a carbón, un luminoso carbón, de tantas personas que él conoció, que vio, que visitó, pero que sobre todo captó con la cámara de la experiencia y de los viajes, asombrándose ante cada perfil y reduciéndolo a unas líneas vertidas en la corriente del periódico. “Pensé con melancolía  –dice Montanelli – en cómo nos escarnece la gloria: nos lanzamos a su búsqueda soñando que habrán de reconocerla nuestros compañeros de infancia y en cambio solamente lo hacen los de la vejez, que ya no nos interesan”.

En este libro se recogen algunas de las gentes que se cruzaron con él  -o que él se quiso cruzar con ellas – a lo largo del camino: Dalí, Claudel, Maurois, Rosellini, Gassman, Rubinstein, Dos Passos, Berenson y un largo etcétera. Del autor de “El desierto de los tártaros“, Dino Buzzati, hace, por ejemplo, este retrato:

“Llega al diario en su “Topolino” modelo antiguo. No lo renueva, porque es avaro, y lo confiesa. Va despacio porque es miedoso, y también esto lo confiesa. Pero conduce con las manos enguantadas, como si se tratase de  atravesar Europa, y cada vez que se apea, se entrega a toda una liturgia de saludos, como si fuese superviviente de un aventurado viaje por tierras lejanas. Buzzati da los buenos días y se quita el sombrero ante el portero, el garajista, el ordenanza, el empleado, la mecanógrafa y hasta ante todos los colegas que encuentra por la escalera. No me trata de “usted” también a mí, solamente porque podría parecer una pose; pero está claro que el “tú” le cuesta esfuerzo.Viste con suprema elegancia. Lleva el cabello corto, sobre el que los años han empezado a sembrar algunas hebras de plata; viste siempre chaquetas sin pulcritud y con hombreras en forma de botella; corbatas de color apagado, anudadas de modo que parece que haya sido mamá quien lo ha hecho, murmurándole al oído la acostumbrada recomendación: “Y no te manches, ¿eh? La ropa se deteriora al lavarla; y cuesta mucho hoy en día…” Dino, hijo obediente, no mancha nunca nada. Precisamente por no ensuciarla se cambia la chaqueta en cuanto entra en el despacho; y se levanta con frecuencia para ir a lavarse las manos. En efecto, bien pensado se nota que sus páginas han sido compuestas por manos limpias. En todos los sentidos”.

Prodigiosos ojos del Montanelli observador. Excelente escritor. Extraordinario periodista.

(Imágenes: Anna Magnani.-filmeweb.net/ cartel de “Bellísima”, pelicula dirigida por Luchino Visconti/ Dino Buzzati en via Solferino)