“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (24) : EL CEMENTERIO DE LOS ELEFANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (24) : El cementerio de los elefantes

 

 

 

 

– Como complemento a todo esto, he leído que en alguna entrevista de hace años usted hacía una alusión a lo que llamaba “el cementerio de los elefantes”. Me gustaría que me hablara algo de eso…

 

-Bueno, sí, es una expresión mía que frecuentemente he empleado, es una convicción, más bien una lección – al menos para aplicar a la literatura, pero yo creo que podía abarcarlo casi todo. Recuerdo, por ejemplo, una vivencia muy concreta en Madrid, un sábado por la mañana. Era una de esas mañanas de sábado en que yo comencé a bajar la cuesta cercana a la estación de Atocha, una cuesta que descendía desde la calle de Alfonso Xll hasta el paseo del Prado, en pleno barrio de los Jerónimos, una pendiente llamada popularmente Cuesta de Moyano, instalada junto a la verja del Jardín Botánico, y allí me fui deteniendo en aquellas casetas o cajones hechos con madera de pino, cada uno de ellos de quince metros cuadrados, ya dotados por fin con agua, electricidad y teléfono, y donde reposaban, aún vivos, algunos muertos eminentes y otros desconocidos de la literatura de todos los siglos. Estaban allí sus cuerpos extendidos, algunos sobre repisas inclinadas mirando desde sus lápidas al transeunte y otros colocados desde hacía mucho tiempo en estanterías antiguas como nichos mostrando sus lomos y el nombre de sus autores. Allí aparecían muchos títulos editados por la casa Caro Raggio, donde habían publicado, entre otros, Pío Baroja o Eugenio D’ Ors, páginas casi amarillas, ediciones de 1923; estaban allí también los pequeños libros de la editorial Renacimiento, con las “Escenas de la vida moderna” de “Andrenio”, a dos antiguas pesetas según se leía en la contraportada, impreso en 1913; estaban allí los volúmenes de los editores e impresores V.H. Sanz Calleja , en donde aparecía “La novia de Cervantes” de Azorín al lado de “Humillados y ofendidos” de Dostoievski; podían encontrarse igualmente volúmenes de la editorial “Mundo Latino”, de 1922, con las “Crónicas” de Gómez Carrillo; estaban allí varios volúmenes de la Casa Editorial Hernando, iniciada en 1828, herederos de Pérez Galdós, con “Fortunata y Jacinta”. Aparecía allí “Azul” de Rubén Darío, de 1943, en Afrodisio Aguado o el “Dante” de Louis Gillet, de 1947, en el editor José Janés; estaba allí en tamaño minúsculo la biografía de Gerardo de Nerval por Ramón Gómez de la Serna editada por La Gacela; se encontraba también la editorial Sempere, de Valencia, con “El circo” de Gómez de la Serna con ilustraciones del propio autor; estaban por supuesto las obras de Eca de Queiroz en la editorial Biblioteca Nueva, según marcaba el libro, por cuatro pesetas. Y al entreabrir y hojear aquellos libros se advertían columnas, márgenes, títulos de capítulos, cursivas y redondas, comillas y citas, muchas veces dibujos, miniaturas, pero sobre todo palabras, palabras, palabras, todos aquellos autores que habían estado inclinados durante largos años en intensas mañanas y tardes sobre la aparición de las palabras, la unión de las palabras, cómo contar amores y traiciones sirviéndose de palabras, infidelidades, duelos, lances de capa y espada con palabras embozadas, rencores, ilusiones y venganzas, y mientras que yo iba observando todo aquello, aquellas palabras aisladas , y algunos párrafos incluso los leía por encima aunque de modo muy pasajero y superficial y únicamente por descifrar algún diálogo o escena, el grueso librero al que yo aún no había visto porque estaba casi sumido en la penumbra y que había estado sentado hasta entonces en una retirada banqueta detrás de un mostrador, se levantó y se fue acercando lentamente hacia mí como desconfiado y receloso, observándome en silencio con su rostro enrojecido y apacible, escrutándome de modo aparentemente distraído, intentando adivinar sin duda qué tipo de comprador podría ser yo, si un mero paseante ocasional o un aficionado a la rareza, a la belleza, quizá al coleccionismo, y si aquello de trastear yo las pilas de libros lo estaba haciendo por pasión o por pasatiempo, por vocación o por afán de posesión, y así el librero, de eso estoy seguro, intentaba calibrarlo todo al observarme, enfundado su abultado estómago en un oscuro blusón de grandes bolsillos y con el cigarro medio apagado en la boca, moviendo lentamente sus manos mientras vigilaba las palabras de las sobrecubiertas en venta, aquellas sepulturas ofrecidas a los ojos del transeúnte, cambiando de vez en cuando de postura a algunos de aquellos cuerpos para que no los pudriese el tiempo, y colocando bien y de modo derecho, por ejemplo, la portada de un Valle Inclán o la de un Quevedo antiguo. En una pequeña vitrina apoyada en un extremo del mostrador y que permanecía con las puertas abiertas podían verse perfectamente y muy ordenadas diversas revistas antiguas, “La Esfera”, “La Ilustración Española y Americana”, Nuevo Mundo”, “Revista de Arte”, “Blanco y Negro” y otras muchas y allí estuve entreteniéndome con los ejemplares y admirando los dibujos de Emilio Freixas o de Rafael de Penagos, ilustraciones vaporosas para posibles historias de hadas en el primero y figuras femeninas azules y rojas, cubiertas de elegantes sombreros y estilizados perfiles, en el segundo. Recuerdo que me detuve sobre todo en uno de los grandes grabados de Tomás Carlos Capuz para “La Ilustración Española”, uno que llevaba por título “Aguardando la procesión”, donde doce figuras entrelazadas en un balcón mostraban muecas y posturas entre abanicos, mantillas, tapices, dimes y diretes, confidencias y requiebros. Aquel grabado se había publicado en septiembre de 1899 en la Revista y conservaba todo el movimiento de la espera inquieta ante una ceremonia en la calle, los cuchicheos de las majas y el bullir de los trajes, el tipismo de una ciudad posiblemente de provincias. Pero al dejar a un lado el grabado de Capuz y colocarlo en su sitio, de improviso y de modo sorprendente me encontré que asomaba entre una revista y otra y entre una y otra colección una carpeta conteniendo unas grandes hojas sueltas que parecían como desprendidas de algún libro y que enseguida me llamaron la atención. Se trataba de una serie de reproducciones de Honoré Daumier, el gran caricaturista francés y también pintor, el hombre que había creado cuatro mil litografías para la prensa y que al final se había quedado ciego. Pero lo que me asombró de repente era verme retratado precisamente allí de algún modo, en una de aquellas primeras pinturas, como si yo me mirara en un raro espejo, porque la postura y la atención con la que el personaje de Daumier se presentaba en ella era la misma que yo estaba adoptando en ese instante. En la imagen de Daumier aparecía un hombre examinando una carpeta de grabados, que era lo mismo que estaba haciendo yo, y como él también yo sostenía ahora con mi mano izquierda el borde de aquella carpeta e iba pasando con mi mano derecha la sucesión de láminas. Por lo que distinguí en la parte inferior de aquella hoja, su fecha – 1860 – hacía que nos separara a ese hombre y a mí bastante más de siglo y medio, y me fijé igualmente lo que alguien había dejado escrito en una de las esquinas: que aquel trabajo se conservaba en el Petit Palais de París y que Daumier probablemente había ambientado su escena en una sala de exposiciones del Hotel Drouot. Me acordaba perfectamente de aquel Hotel Drouot, no muy lejos de la que había sido mi primera vivienda en París, y casi inmediatamente, al ir revolviendo con gran cuidado más litografías y caricaturas, recordé cuántas veces también yo había revuelto libros y carpetas en las orillas del Sena cuando vivía en París, en el encanto de los célebres “buquinistas” al lado del río y cómo las aguas tan cercanas se iban llevando mansamente obras, títulos y autores en un fluir casi interminable, el fluir del tiempo. Sucedía aquello en muchas ciudades del mundo y era lo que yo frecuentemente llamaba, como usted me ha recordado antes, “el cementerio de los elefantes”, es decir, el lugar donde vivían los gigantescos paquidermos literarios, poderosos rinocerontes e hipopótamos, de piel gruesa y dura como también era la de los elefantes, escritores e ilustradores que habían mostrado un enorme peso en su época, con sus tres o cuatro dedos en las extremidades escribiendo y dibujando siempre, vendiendo y atrayendo de manera continua al público y que luego, poco a poco, habían sido apartados y reducidos a meros recuerdos, tanto en la fuerza de sus láminas como en el poderío de sus volúmenes. Por allí, por aquellos casetas parisienses al lado del Sena que siempre soportaban muy crueles inviernos y gozaban en cambio de alegres primaveras, había visto muchas veces colgadas y ofrecidas al espectador algunas hojas sueltas del “Charivari” o de “La Caricatura”, revistas satíricas del XlX, donde precisamente Daumier había volcado tantas ocurrencias suyas y mi imaginación, siguiendo aquel camino de los cajones al lado del río, se había entretenido con frecuencia en las escenas del gran dibujante francés en donde tremendas muecas distorsionadas de los abogados de París se mezclaban con el jolgorio y las volteretas al aire de los saltimbanquis callejeros. Daumier había logrado captar atmósferas interiores y exteriores, desde los pasillos y las escenas gesticulares de las Audiencias en el Palacio de Justicia hasta la plasticidad viva de las calles, pero ahora, el tiempo, que seguía pasando lenta y continuamente bajo el agua de los puentes de París, como así ocurría también entre mis manos en Madrid al contemplar aquellos grabados, el tiempo, como digo, lo había ido arrumbándolo todo, desplazándolo todo, y aquello ya no serían nunca más novedades sino objetos, quizá reliquias – algunas sin embargo muy valiosas – de curiosidades y recuerdos.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

 

(Continuará )

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CARTELES DE TOULOUSE – LAUTREC

 

“La excepcional belleza y eficacia de sus carteles para el “Moulin Rouge”, “Aristide Bruant”, “Le Divan Japonais” – escribía A. M. Brizio – , la afición a la línea y al arabesco, tan difundida en el arte parisiense de la época, alcanzan en Toulouse – Lautrec un particularísimo acento de animación, elegancia, rápida síntesis y una crudeza de caracterizacíón que no llega a hacerse crueldad porque permanece como suspendida en un rápido instante de aparición y diversión.”

Se abre ahora en Madrid una exposición sobre sus carteles. Estampas célebres, figuras permanentes.

 

 

Los seis colores: amarillo, malva, azul, rojo, verde claro y negro del cartel “Aristide Bruant” , de 1892, fueron fijados en las calles de París. “May Belfort”, de 1895, en el que aparece la cantante con un gato en brazos reúne cuatro colores : amarillo, rojo, verde y negro. “May Milton” fue realizado para la artista en ocasión de una “tournée” por los Estados Unidos y en Francia fue publicado en “Le Rire”, el 3 de agosto de 1895 y presentado en la exposición de Reims, en 1896.

 

 

En el verano de 1895 Toulouse -Lautrec embarca en Le Havre , en  el “Chili”. Allí descubre a una pasajera de la que se enamora, la pasajera del camarote  54, y la observa con la esperanza de entablar amistad.  Esta pasajera se dirigía a Dakar y el pintor la sigue hasta Lisboa. Según todos los documentos, la litografía en color fue, al parecer, realizada de memoria. Seis colores aparecen en ella: amarillo, ocre, rojo, azul, gris, azul oscuro. Henri Perruchot, en la “Vida de Toulouse- Lautrec”, anota que para ese viaje el pintor había comprado cajas de vinos finos, oporto, aceite de oliva, y quería convertir la travesía en un crucero gastronómico. Es en uno de esos momentos del viaje cuando descubre a una mujer que, para él, es gracia pura. La mira desde lejos, queda impresionado. En el puente, dibuja a la pasajera del 54 ; para  Toulouse Lautrec una figura de ensueño, lo que él llamará la “dulzura de vivir”.

 

 

(Imágenes -1- Aristide Bruant/ 2-Diván japonais/ 3- May Belfort- christopher Clark fine art/ 4-  la pasajera del 54 – pinterest)