BELLEZA ESCRIBIENDO UNA CARTA

 


“Una tarde,  hacia 1415, Hisae Izumi se sabe bien que se dibujó ella a sí misma escribiendo una carta y que lo hizo recostándose en el aire de aquella habitación junto al lago vestida con un kimono azul de flores blancas. Las flores salpicaban las mangas y la amplitud de su kimono y aquella tarde los ojos curvados de Hisae parecieron estar especialmente atentos al pincel y al papel. Quizá estaba contestando en esos momentos a lo que le escribían desde otros siglos. Pero también cabe suponer que ella estuviera escribiendo o dibujando algo para el futuro, para alguien del futuro, sin duda para una persona, naturalmente, a la que ella no conocía pero que efectivamente sí recibió su carta , es decir, recibió aquel dibujo, porque este dibujo atravesó los siglos y hoy puede verse en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Cuando uno pasea por las salas de ese Museo se encuentra de pronto con un cuadro del siglo XVIII, “Belleza escribiendo una carta”, del pintor japonés Kaigetsulo Doshin, y esa mujer del kimono azul con flores blancas, recostada en el aire y con los ojos curvados muy atentos a lo que pone en el papel, no es otra que Hisae Izumi en su habitación de la casa del lago pero tres siglos antes, cuando ella realizó el dibujo. El pintor Doshin no hizo más que copiarlo de su interior, lo llevaba dentro, en las cámaras de su imaginación, y recreó una imagen que creyó era suya. El dibujo, por tanto, no es de él, aunque esté firmado por él, sino que su autora es Hisae Izumi, que en el siglo XV nunca soñó que un autorretrato suyo, cuidadosamente elaborado en aquel papel verde que ella usaba, pudiera tranquilamente volar en el tiempo y que apareciera en la mente o en el lienzo de un pintor del siglo XVIII. Si uno se acerca atentamente a este cuadro sorprende enseguida que Hisae lo titulara “Belleza escribiendo una carta” y no simplemente “Mujer escribiendo una carta”, como así lo hicieran, por ejemplo, los pintores holandeses Vermeer o Gerard Ter Borch. Se desvela así el concepto íntimo que de sí misma tenía Hisae para superar el tiempo, la seguridad de que por ella el tiempo no pasaba y de que su figura permanecía siempre en una estática juventud. Al margen de todo ello existe una diferencia capital en todos esos cuadros: en el cuadro de Ter Borch, que hoy puede verse en La Haya, la mujer escribiendo una carta aparece sentada ante una mesa y está muy concentrada en lo que hace; por su parte, la mujer que escribe una carta en el lienzo de Vermeer (hoy en la National Gallery de Washington), escribe a su vez sentada también a la mesa pero mira hacia afuera, quizá distraída por alguien que le mira, acaso distraída por algo o por alguien que parece estar en la habitación. Ninguna de estas dos mujeres tienen nada que ver con Hisae. Hisae se presenta recostada en el aire, como alada y a la vez enigmática: la intensidad de su mirada cae sobre el papel. Vestida con aquel kimono azul de flores blancas, esa mirada suya siempre misteriosa parece que supiera ya que esa carta está destinada a atravesar el tiempo.”

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes—1- Kitagawa Utamaro/ 2- Shibata Zeshin)

CONTEMPLAR LA LUNA

 

 

“Años después, cuantas veces se sentaría por las noches Hisae a contemplar la luna en la primera y pequeña casa que logró al fin adquirir cerca de la villa imperial de Katsura, no lejos de Kyoto – una casa muy modesta, conseguida gracias a sus ahorros por las clases, la casa que sería su primer hogar- , aún permanecía vivo el recuerdo de la cabaña del Fuji donde ella había vivido su personal transformación. Observaba en silencio la noche desde la terraza de aquella casa y repasaba un antiguo poema que era uno de sus favoritos, un poema del período Heian: “No debes recordar el pasado frente a la claridad de la luna – decía el poema -. Estropeará el color de tu rostro y quitará años a tu vida”. Y sin embargo Hisae se quedaba mirando a la luna con miraba imperturbable, como si ella fuera su gran atracción. En ciertas ocasiones se sentaba a contemplar la luna de la cosecha de otoño y en otras la luna de primavera, pero en cualquiera de aquellos momentos, fuera cual fuera la estación, preparaba horas antes con gran cuidado la pequeña plataforma de la veranda tal y como si fuera un escenario teatral en la larga galería de madera que ella también cuidaba al máximo. Sentada allí recordaba las palabras de Sei Shônagon tantas veces leídas en “El libro de la almohada” : ” cuando yo contemplo el claro de luna pienso en aquellos que están lejos, y no existe otro momento en el que me acuerde tanto y tan bien de las cosas del pasado: de las cosas tristes, de las alegres y de aquellas que encuentro agradables”. La luna se acercaba poco a poco hasta la veranda e iba penetrando en el espacio interior y exterior de la terraza, la luna traspasaba también lo exterior y lo interior de Hisae, y a través de su resplandor iluminado tocaba cada una de las habitaciones, penetraba por las persianas de caña hasta la cocina y llegaba hasta el fondo del baño rozando las cortezas de naranja que aromaban el agua”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”)- (relato inédito)

 

 

(Imágenes – 1-  Hasui Kawase/ 2- Shiro Kasamatsu-1934)

UN TIFÓN Y UNA DAMA JAPONESA

“En el ala sudeste el viento había empezado a soplar precisamente cuando estaban trabajando en el jardín – narra la gran escritora japonesa del siglo Xl Murasaki Shikibu enLa historia de Genji (Atalanta) -, y el vendaval sorprendió de modo cruel a las languideces frondas. Desde la cercana terraza, ella volvió a contemplar la violencia con que el viento se llevaba una y otra vez las gotas de rocío. (…) Hacia el amanecer, el viento remitió un poco y empezó a caer una lluvia intensa. Le informaron que la tormenta había derribado unos edificios anexos de Rokujô.(…) Tras hacer lo posible por serenarse, encargó a la serviumbre que emprendieran la reparación de los desperfectos y entonces se dirigió al sudeste, donde los postigos estaban todavía abiertos. Se apoyó contra la barandilla en el punto donde juzgó que se encontraban los dos, y miró el jardín. El viento inclinaba los árboles de la colina, y por el suelo había muchas ramas rotas. Por supuesto, las plantas se hallaban en un desorden absoluto, y lo mismo sucedió con las tejas, los postigos y las vallas”.

Es el viento del siglo Xl, el tifón enrollado entre las nubes igual que una alfombra, desplegado furiosamente como vendaval contra las casas de Japón. Es el antecedente de tantas consecuencias encadenadas a través de los siglos, lenguas de mar que hemos visto derramarse en los televisores. El vientre de la naturaleza arroja cuanto lleva dentro y esta dama japonesa anota las convulsiones y estremecimientos de los árboles. Hija de Fujiwara no Tamétoki, funcionario y poeta, la dama Murasaki, según su Diario, debía tener alrededor de treinta años en 1008. Lo que señala que debió nacer en 978. Su verdadero nombre es desconocido. No se sabe con certeza en qué circunstancias compuso su gran libro; se supone que fue escrito entre 1005 y 1013, pero el viento, el tifón, la belleza crepuscular, el árbol de retama, las hojas otoñales, las flores del cerezo y la jungla de matorrales quedan sembrados a lo largo de las páginas de su novela. Como muchas otras cosas, Murasaki conocía bien la historia de la música y en su libro se desenvuelven las danzas Gosechi en las que participaban las hijas de buena familia y que destacaban como una de las celebraciones más importantes del año. Genji danzaba las olas del Mar Azul revelando su destreza y en el momento en que los rayos del sol caían sobre su figura el volumen de la música se elevaba hasta lograr una fusión de extraordinaria belleza. Era el tiempo de los perfumes, el tiempo de la elegancia en la combinación de los colores. Era el otoño, estación de páginas literarias invadidas de tristeza. Se marchaba por las largas calles de Heian, y atravesando hasta el límite la extensa avenida del Oso Rojo, se llegaba a la esquina de la caligrafía, allí donde comenzaba la lectura del libro.

(Imágenenes.-1.- Hasegawa Tohaku.-wikipedia/ 2.-japanese art/ 3.-ilustración del “Genji Monogatari” atribuida a Tosa Mitsuoki.-wikipedia)

EL LIBRO DE LA ALMOHADA

No nos damos cuenta, pero cuando apoyamos el cansancio en la almohada y cerramos los ojos al sueño, la almohada misma nos transporta apenas sin movimiento y ella misma nos lleva como viajeros inmóviles hacia siglos atrás, siglos que encontramos en mitad de la noche, lecturas, paisajes, fantasmas, autores, unas hojas que leíamos hacía tiempo y que creíamos olvidadas, aquellas estampas de otras civilizaciones como ésta en la que vivió Sei Shônagon, la escritora japonesa que cruzó la existencia entre 968 y 1025, dama de honor en la corte de la emperatiz Sadako, y que ahora se nos aparece en sueños.

Entonces, hacia las tres o tres y cuarto de la madrugada, he aquí que entramos en la estación de la tristeza, el otoño japonés de hace siglos que transmite el olor de las largas avenidas, la asociación de los colores y los vestidos, la penumbra de las casas, el pasar de vehículos cubiertos de paja, la lentitud de la vida rodada, y esa mano femenina sobre la cuidada caligrafía que luego se esconderá en la almohada.

Luego, hacia la cuatro o cuatro y veinticinco, escuchamos en sueños instrumentos de cuerdas, flautas, melodías que Sei Shônagon nos cuenta en “El Libro de la amohada” (Alianza), sus notas que nos hablan de los vestidos de las mujeres, de las canciones, de aquellas cosas difíciles de describir – dice ella -: ese joven que pasa a caballo, el adiós del enamorado en la aurora, el extraño carácter de los hombres, el encanto de un rostro, las cartas inesperadas que llegan, el cortejo de la emperatriz.

Después, cuando ya hemos contemplado las cosas que invitan a la melancolía, aquellas otras que poseen gracia refinada, los bosques, las flores de los árboles, el ruedo de las sombrillas bajo el sol y las delicias de las mañanas de invierno, Sei Shônagon se retira de  nuestra almohada y nos deja despertar.

(Imágenes: almohada: melangecollection.com. what goes well with green.-“The New York Times”/ dibujo sobre Sei Shônagon.-jhubert. club.fr/ dibujo sobre Sei Shônagon.-opload.wikimedia.org)