LA MAGIA DEL RECUERDO

 

 

“Tras aquella frente calcárea, sucia, cubierta por un musgo gris, cada nombre y cada título que se hubiera impreso alguna vez sobre la cubierta de un libro se encontraban, formando parte de una imperceptible comunidad de fantasmas, como acuñados en acero. De cualquier obra que hubiera aparecido lo mismo hacía dos días que doscientos años antes conocía de un golpe el lugar de publicación, el editor, el precio, nuevo o de anticuario. Y de cada libro, al mismo tiempo la encuadernación, las ilustraciones y las separatas en facsímil (…)

 

 

Conocía cada planta, cada infusorio, cada estrella del cosmos perpetuamente sacudido y siempre agitado del universo de los libros. Sabía de cada materia más que los expertos. Dominaba las bibliotecas mejor que los bibliotecarios. Conocía de memoria los fondos de la mayoría de las casas comerciales, mejor que sus propietarios, a pesar de sus notas y ficheros, mientras que él no disponía más que de la magia del recuerdo, de aquella memoria incomparable que, en realidad, sólo se puede explicar a través de cientos de ejemplos diferentes.”

Stefan Zweig

 


 

(Imágenes—1-Emilyhowart/ 2-gabinete portugués de lectura/ 3-Anastasia Lisitsyna)

VIEJOS LIBROS AL PASAR

“Ahora que pasan los nuevos libros ante la mirada de los viejos lectores, ahora que pasan los libros antiguos bajo el tacto y las yemas de los dedos en sabios conocedores, las páginas que el aire se lleva dejan volar lo efímero en la tarde, las letras parecen saltar desde las frases y los vagones de los párrafos van y vienen capítulo adelante, entran y salen los vocablos en la cuenca de las miradas, los sentidos, el olor del papel, el gusto por la prosa, todas esas invenciones de los poetas, los versos rizados, aquella mayúscula erguida al inicio, esta coma frágil y desamparada, los verbos ampulosos, los hirientes adjetivos, todo el oro de la creación, las fatigas de los escritores, unos desvelos nocturnos al crear, los miedos temiendo el fracaso, los detalles, los remates finales, aquellas gestiones con editores, esa violeta depresión creyendo estar seco, seco, un páramo sin ideas, los amaneceres violentos, los atardeceres ardientes, noches de vigilia buscando el tono, puliendo el estilo, lecturas, lecturas, acariciar los lomos de los clásicos, sortear los índices, sumergirse en documentación, perfilar personajes, hacerlos creíbles, volcar la confesión del alma, todo lo que nunca se dijo y ahora se vierte en desahogos, la infancia, el primer libro que leí, aquella mano de mi madre, mi primera escritura, la última, la que más me costó, aquella otra que salió deprisa y disparada, recién nacida de la pluma, la pluma que corría, recuerdo que yo iba tras ella y nunca la alcanzaba, iba la imaginación delante de la técnica y piensa uno que el último libro va a ser el más fácil y sin embargo es inicio, siempre inicio, siempre recomenzar, intentar continuamente, retocar, se van tallando las hojas que sobran, hojas de adjetivos, hojarasca brillante pero no eficaz, se van cortando las ramas que ocultan al tronco, sale el tronco esbelto, radiante, una historia que parece única, insólita, que nadie aún ha escrito, una historia que jamás se leyó, una historia al fin encuadernada, ilustrada, protegida, cuya cubierta descansa horizontal, abierta al cielo, abierta a todos los ojos, tendida entre los libros del mundo esperando que alguien se acerque en esta Cuesta de Moyano madrileña, vivo cementerio de libros antiguos, y se detenga al pasar”.

Así escribí – de los viejos libros al pasar – no hace muchas semanas en Alenarterevista

(Imágenes.-1.-Giuseppe Maria Crespi.-Libreros.-1725.-Museo Cívico Musical de Bolonia/ 2.-Carl Spitzweg.-1850.-wikipedia)

PALABRAS HELADAS

Así llamaba Rabelais a los libros,“palabras heladas” – decía -, y sabemos que el deshielo de los blancos bloques de vocablos se deshace enseguida al calor de nuestro pensamiento, al calor de nuestra atención. Los ojos navegan hasta  ese recinto de palabras heladas y el fuego a veces de las frases nos deja encendidos durante mucho tiempo, arde en nuestra memoría la viveza de lo leído. “Creo que esas criaturas que todos los folklores describen como homúnculos, elfos, duendes, enanos, trolls, genios o jinns – recuerda Claude Roy al pasearse como ” el amante de las librerías (Centellas) – son de hecho alegorías del Libro, esa persona de formato más pequeño, maga y hechicera, manejable, en efecto, y que, aunque no sirva para nada, no por ello es menos servicial“.

Se escribe para aprender a vivir, y puede ser para enseñar a vivir a los otros“, había dicho ya Roy hace años en su “Défense de la littérature” (Gallimard). Pero ahora, paseándose por rincones del mundo, descubre que “la conversación en la librería no es solamente ese intercambio de palabras que se teje entre la librería, los vendedores y los clientes, sino esa conversación muda que uno tiene con las “novedades” y las resurrecciones, con los libros del día y los libros “de fondo”, con ese conciliábulo de personas encuadernadas en rústica o en plena piel o símil piel, que en plena noche, cuando la tienda está cerrada, continúan conversando en silencio“.

Nunca seré – añade -, no sólo hombre de un solo libro, sino tampoco hombre solamente de los libros, porque sé que los libros dignos de este nombre representan siempre mucho más que cierto número de hojas impresas y cosidas o encoladas, y que si a veces hay una entonación peyorativa, hablando de alguien, cuando se dice que habla como un libro, no se puede, por el contrario, hacer un elogio más grande a un libro que el de constatar que nos habla como un hombre – cosa que es, en efecto –.”

(Imágenes:-1 y 2.-bibliotheque.tumblr/3.-Paul Béliveau.-Vanitas 11-02-24)

VIEJOS LIBREROS ANTIGUOS

“Junto al Foro Cesáreole va indicando el poeta latino Valerio Marcial a alguien que le pide consejo para obsequiar con un libro – hay una librería, cuyas dos puertas están cubiertas de anuncios. Éstos dan los títulos de libros en existencia, y te bastará ver esta lista. Entra y pide mi libro. El dueño – que se llama Atrecto – tendrá el mayor gusto en mostrarte un lindo ejemplar de Marcial de su primero o segundo estante, y lo podrás adquirir por cinco denarios“.

Así lo cuenta el mexicano Alfonso Reyes – al que más de una vez me he referido en Mi Siglo al aludir a su “Tertulia de Madrid” – y sus paseos históricos y literarios que él recorre en “Libros y libreros en la antigüedad” (Fórcola) nos llevan, poco a poco, entre anécdotas y documentos, al costado de esos rústicos escaparates al aire libre que se extendían en las calles de Atenas o de Roma, rutas para curiosos hojeadores de ejemplares, antepasados viandantes de un Baroja en el XX por la madrileña Cuesta de Moyano o de tantos otros a la ribera del Sena en París.

Al evocar la vida cotidiana en Roma durante el apogeo del Imperio un excelente historiador como es Jérôme Carcopino habla de las lecturas públicas de los autores y de la tensa relación de éstos con los libreros, cuyas exigencias – dice – les llevaban a enriquecerse mientras quienes habían redactado los manuscritos solían vivir con estrechez. Alfonso Reyes recuerda también las falsificaciones de autores muy cotizados y en el caso de los “libros viejos” recoge las manipulaciones de volúmenes introduciéndolos entre ciertas semillas de cereales que les daba un falso aire amarillento de vejez, y de esta forma los libreros aumentaban el precio.

Las listas de libros de regalo existían igualmente hace siglos. Roger Chartier en su “Historia de la lectura” comenta que en la época imperial de Roma había tratados para orientar al lector en la elección de los libros y de cómo ponerlos juntos en una colección. Valerio Marcial, por su parte, cita una serie de obras preferidas que pueden escogerse para hacer un obsequio. Homero encabeza los autores, después va Virglio, ambos como textos escolares. Horacio, en cambio, no cuenta entre sus elegidos. Sí Cicerón, Tito Livio y Ovidio. Y Marcial recomienda igualmente a Menandro, a Propercio, a Salustio y a Tibulo . Libreros, libros y autores se han cruzado siempre en todos los caminos. Por encima de las épocas, a la hora de las ventas y las compras, quizá habría que recordar la copla tantas veces citada: “Dios te guarde, libro mío,/ de las manos de un librero, /pues cuando te está alabando/ es cuando te está vendiendo“.

(Imágenes: 1 -librería Shakespeare and Company.-París.- excessivebookshlef/ 2.-lourania/ 3.-lourania)