ADIÓS MI RUISEÑOR

 

 

“Construí mi casa junto al bosque

para oírte cantar

y estuvo bien, fue dulce

el amor acababa de empezar.

Adiós mi ruiseñor

te encontré hace tiempo

pero ahora fallan todas tus bellas canciones

El bosque te rodea

El sol desciende tras un velo

Ahora es cuando me llamarías

descansa en paz mi ruiseñor

bajo tu rama de acebo.

Adiós mi ruiseñor

sólo vivía para estar junto a ti

por más que sigas cantando en algún lugar

ya no puedo oírte.”

Leonard Cohen – “Ruiseñor”

(Imagen – flirckr1)

El CHELSEA Y LOS ESCRITORES

“Inmueble de ladrillo rosa y con balcones de hierro forjado iluminado con el neón azul de su nombre legendario, mágico, cerebralmente brillante, psicodélico en su travesía de decenios de alucinaciones y sueños más o menos sabiamente dosificados” – así va contando Nathalie de Saint Phalle cómo es el  Chelsea en los “Hoteles literarios“.

“El Chelseadice – albergó las pesadillas de todas las locuras, la muerte, dulce y violenta, las ilusiones y desilusiones de los extravagantes de su tiempo”.

” Oh, que al fin pueda siempre yacer, leve, en la última colina atravesada, bajo la hierba, amando, y allí reverdecer entre largas manadas, y ya nunca extraviarse ni cesar en los días sin cifra de su muerte, aunque ansiaba ante todo el seno de su madre que era descanso y polvo, y en el afable suelo la oscura ley mortal, ciego y sin bendición – escribió Dylan Thomas en la habitación 206 del Chelsea, su último poema compuesto en ese Hotel – “Que no encuentre descanso, pero sí patria y sitio- rogué en su humilde cuarto, junto a su lecho ciego en la callada casa, bordeando el mediodía y la noche y la luz. Los ríos de los muertos inervaban su mano sobre la mía, y vi tras sus ojos cegados las raíces del mar”.

Arthur Miller, que vivió en el Chelsea seis años, evoca que “ pronto me dejé envolver por su fascinación, por su aire inequívoco de decadencia incontenible. No era parte de Norteamérica, no había aspiradoras, no había normas, no había gustos ni recato. (…) En la planta novena, en la otra punta del pasillo, un  compositor, George Kleinsinger, excitaba a sus amigas asustándoles con su colección de pitones, lagartos sudamericanos y tortugas que se pasaban el día soñando en sucios recipientes que llegaban hasta el techo. (…) Charles James, el célebre modisto de antaño, vagaba por los pasillos apesadumbrado porque la antigua decadencia del lugar la estaba suplantando una decadencia de nuevo cuño, de artistas vulgares y drogados que, auténticos o falsos, emponzoñaban el ambiente con sus extravagancias publicitarias, y sin que entre ellos hubiese ni una sola dama o caballero; y para mantener el orden en todo aquel circo, el diminuto detective del hotel se encerraba en su habitación con siete llaves y vivía rodeado de los televisores, los equipos de alta fidelidad, lad máquinas de escribir y los abrigos de piel que había ido robando a los huéspedes, según vino a saberse el día en que los bomberos tuvieron que echarle la puerta abajo porque en la habitación contigua un borracho se había quedado dormido con el cigarrillo encendido y se había declarado un incendio”.


“El Chelsea
sigue diciendo Miller -, pese a todos sus inconvenientes – el polvo secular de cortinas y alfombras, las cañerías oxidadas, el frigorífico que chorreaba, el acondicionador de aire al que había que echar un jarro de agua tras otro -, era un desastre espantoso y saludable que me recordaba una frase de William Saroyan, norteamericana por demás, que suelta un árabe en un bar, una frase totalmente olvidada por los revolucionarios de los años sesenta, ocupados en idear una antisociedad nueva que desterrase de la memoria todo lo que había existido hasta entonces: “Ningún cimiento debajo de nada“.


En el  Chelsea trabajaron Elia Kazán y Robert Whitehead preparando “Después de la caída” de Miller, por el Chelsea pasaron, entre otros, Brendan Behan, Tennesse Williams, Bob Dylan, Leonard Cohen, Sam Shepard, Thomas Wolfe, Nabokov, Mark Twain, Jimi Hendrix, Milos Forman, Andy Warhol, Harry Everett Smith, Arthur C. Clarke encerrado en su habitación 1008 observando el cielo con telescopio y muchos más.” El decorado era sobrio, la fauna, extraña – recuerda Saint Phalle – El hotel es un monumento a la gloria de la decadencia, sin otra razón que el genio de los lugares, sin otra organización que unos cuantos principios libertarios y cierta idea de la armonía. (—) Es un hotel de psicosis, un hotel psiquiátrico, el hotel de la más delirante imaginación, un santuario de creación, con sus víctimas consentidoras”.


(Imágenes:- 1, 2 y 4.- fachada, interior y vestíbulo del Hotel Chelsea.-wikipedia/ 3 – Dylan Thomas.-bbc. co. uk/ 5.- Elia Kazan y Robert  Whitehead trabajando en el Chelsea sobre “Después de la caída” de Miller/ 6- entrada del Chelsea.- G. Paul Burnett.- AP Photo)

¿ POR QUÉ ESCRIBIR EN UN BLOG ?

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“Escribir en un blog – ha dicho Andrew Sullivan, uno de los blogueros más conocidos – quizá se comprenda mejor si uno se acerca a dos metáforas musicales. La del disc jockey, que a la vez que crea  reúne creaciones llegadas de otras partes, y la del jazz, que se basa al mismo tiempo en la improvisación y en la colaboración de los otros. No reemplaza a la música clásica pero se interpreta y se escucha de un modo diferente”.

“Es en Montaigne donde nosotros encontramos la quintaesencia del arte de bloguear – ha seguido diciendo Sullivan -, en su manera de volver sobre lo escrito, modificarlo y ser continuamente escéptico respecto a uno mismo”.

“Un texto en un blog – ha continuado – es a la vez superficial en lo que tiene de breve y de rápidamente escrito, pero gana en profundidad cuando proporciona enlaces hacia sus fuentes que permiten a cualquier lector juzgar sobre su pieza. Esta rapidez nos hace igualmente apreciar los textos más pensados y nos invita a pasar constantemente de una forma a otra”.

He leído estas y otras palabras de Sullivan que aparecen en “Atlantic Monthly” bajo el título “¿Por qué yo blogueo?”, y luego he seguido escuchando a Leonard Cohen, con su ronca voz bajando por los valles de la depresión hasta subir lentamente y remontarse poco a poco a las alturas.

(Imagen.-Leonard Cohen.-Montreal International Jazz Festival.-foto: Yannick Grandmont for The New York Times)