¿QUÉ ES UN CREADOR?

«Por inferior que sea la obra al sueño ¿quién no la contempla estupefacto y pasivo? ¿Quién no encuentra en ella cosas ignotas?!, le va diciendo Cesare Pavese a esta lectora atenta y solitaria.

«Es característico de una buena novela que nos arrastre a su mundo, que nos sumerjamos en él, que nos aislemos hasta el punto de olvidar la realidad. ¡Y sin embargo es una revelación sobre esa misma realidad que nos rodea!», le confiesa Ernesto Sabato a este hombre que lee.

“El artista sigue trabajando sin descanso y volviendo a recomenzar – le recuerda Faulkner a esta lectora absorta – : y cada vez cree que logrará su fin, que integrará su obra. No lo logrará, como es natural; y de ahí la razón de que este estado de ánimo sea fecundo. Si alguna vez lo consiguiera, si su obra llegara a poder equipararse con la imagen que se hizo de ella, con su sueño, sólo le restaría precipitarse desde el pináculo de esa perfección definitiva, y suicidarse».

“No hay otra manera de alcanzar la eternidad – le sigue diciendo el libro a esta otra lectora – que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí. La tarea del creador sería la de entrever los valores eternos que están implicados en el drama social y político de su tiempo y lugar”.

(Imágenes:- 1.- Valentine Rekunenko/ 2.- Alexander Benois – 1898 -por León Bakst.-wikipedia/ 3.- Evan Wilson/ 4.-Paul Fisher.-1905.-toanunnery)

PALABRAS HELADAS

Así llamaba Rabelais a los libros,«palabras heladas» – decía -, y sabemos que el deshielo de los blancos bloques de vocablos se deshace enseguida al calor de nuestro pensamiento, al calor de nuestra atención. Los ojos navegan hasta  ese recinto de palabras heladas y el fuego a veces de las frases nos deja encendidos durante mucho tiempo, arde en nuestra memoría la viveza de lo leído. «Creo que esas criaturas que todos los folklores describen como homúnculos, elfos, duendes, enanos, trolls, genios o jinns – recuerda Claude Roy al pasearse como » el amante de las librerías« (Centellas) – son de hecho alegorías del Libro, esa persona de formato más pequeño, maga y hechicera, manejable, en efecto, y que, aunque no sirva para nada, no por ello es menos servicial«.

«Se escribe para aprender a vivir, y puede ser para enseñar a vivir a los otros«, había dicho ya Roy hace años en su «Défense de la littérature» (Gallimard). Pero ahora, paseándose por rincones del mundo, descubre que «la conversación en la librería no es solamente ese intercambio de palabras que se teje entre la librería, los vendedores y los clientes, sino esa conversación muda que uno tiene con las «novedades» y las resurrecciones, con los libros del día y los libros «de fondo», con ese conciliábulo de personas encuadernadas en rústica o en plena piel o símil piel, que en plena noche, cuando la tienda está cerrada, continúan conversando en silencio«.

«Nunca seré – añade -, no sólo hombre de un solo libro, sino tampoco hombre solamente de los libros, porque sé que los libros dignos de este nombre representan siempre mucho más que cierto número de hojas impresas y cosidas o encoladas, y que si a veces hay una entonación peyorativa, hablando de alguien, cuando se dice que habla como un libro, no se puede, por el contrario, hacer un elogio más grande a un libro que el de constatar que nos habla como un hombre – cosa que es, en efecto –

(Imágenes:-1 y 2.-bibliotheque.tumblr/3.-Paul Béliveau.-Vanitas 11-02-24)

SERENIDAD

«Serenidad, tú para el muerto,

que yo estoy vivo y pido lucha.

Otros hombres habrá que deseen:

ésos no saben lo que buscan.

Si se durmieran nuestras almas,

si las tuviéramos maduradas

para mirar inconmovibles,

para aceptar sin amargura,

para no ver la vida en torno

apasionadamente nunca,

duros y fríos, como piedra

que sopla el viento y no la muda…

Almas claras. Ojos despiertos.

Oídos llenos de música

del dolor. Los dedos felices,

aunque los hieran las agudas

espinas. Todo el sabor agrio

de la vida, en la lengua.

«Nunca

podrás mojar tu pie en el río

en que ayer lo mojaste. Busca

la eternidad, vive en la alta

contemplación de su figura».


Palabrería de los libros

de la que deja el alma turbia.

Serenidad que se nos vende

por librarnos de la tortura,

por llenarnos de sueño el alma,

y rodeárnosla de bruma.

Serenidad, tú para el muerto.

El hombre es hombre, y no le asusta

saber que el viento que hoy canta

no volverá a cantarle nunca.

Serenidad, no te me entregues

ni te des nunca,

aunque te pida de rodillas

que me liberes de mi angustia.

Será que vivo sin saberlo

o que deserto de la lucha.

Tú no me escuches, no me eleves

hasta tu cumbre de luz única.

Palabrería de los libros

de la que deja el alma turbia.

Yo también me hago un poco libro,

Me duermo el alma…

Luz difusa

La madrugada se desgaja

agria y azul, como una fruta.

Cantan los niños a lo lejos.

Un niño llora. Las desnudas

mujeres y hombres silenciosos

salen despacio de las últimas

sombras. Los pájaros me esperan.

Se alzan las olas. (Me preguntan

por qué.)  Campanas… (Ayer niebla,

hoy claro sol y luego lluvia…)

¿Por qué? Las hojas se estremecen…

Voy inundándome de música».

José Hierro: «Serenidad» (Lectura de madrugada) «.-«Tierra sin nosotros«.-1947

(Imágenes:- 1.- Pedro Iltsted.– oilpainting- frame.com/ 2.-Winslow Homer.-1877)

LECTURA A ELEFANTE

«He aquí Lectura a elefante, imagen del fotógrafo y cineasta canadiense Gregory Colbert.

Expuesto en el Arsenal de Venecia en la primavera de 2002, lo que nos interesa como escritores es qué está leyendo este niño al animal, qué libro exactamente, de dónde ha tomado este libro, a qué hora este niño salió de su casa (puesto que este niño tiene casa y esta noche pasada ha dormido en su casa y en su cama, no es un niño fantasma ni irreal) y cómo ha corrido, cómo ha descendido saltarín, con el libro en la mano, al encuentro de esta playa que parece desierto donde se ha citado con el elefante. ¿Se ha citado o ha sido un encuentro fortuito? Pensamos que Ibn se ha citado con Massa a las diez de la mañana en este desierto que parece playa porque de no ser así, si ha sido un encuentro fortuito, la historia es muy distinta: entonces es que Ibn Magiar estaba solo, leyendo en la playa‑desierto (¿y qué lee, qué está leyendo este niño?) y lentamente, poderosamente, lejanamente, moviendo los pilares de sus patas y la gravedad de sus cuartos tra­seros, con el bamboleo rugoso de su edad y la trompa curvada, este elefante se ha ido apartando muy poco a poco de la manada y ha venido despacio hasta aquí, quizás atraído por el aroma del libro (suponiendo que los libros tuvieran aroma), quizás atraído por las luces de las letras (suponiendo que las letras brillasen) y, mansamente, magníficamente, ha posado la mole de su costillar en la arena y se ha puesto a escuchar la lectura.

¿Lo ha hecho así muchas veces? Esta pregunta nos llevaría a otras historias. Porque si la cita tiene lugar todas las mañanas es que el libro es muy valioso e inacabable (¿pero qué libro será, qué estará leyendo este niño?) y las moléculas de los pensamientos, las avecillas de las palabras que pronuncia Ibn seguramente han estado volando en ese estrecho espacio entre el niño y el elefante, en ese espacio de nadie (el espacio de la comunicación entre los dos) y han ido entrando poco a poco por las enormes orejas o acaso por el miembro muy sensible de la trompa del animal y la trompa las ha ido elevando hasta las enormes mandíbulas y allí los gigantescos molares las han ido masticando y moliendo y las palabras han pasado por fin a su memoria.

¿O es que no es esta acaso una memoria de elefante? Arrodillado más que tumbado, humilde, con la trompa anudada sobre sus patas, Massa escucha en soledad la lectura. Es importante la soledad. Nadie hay en esta playa-desierto que interrumpa esa soledad. Soledad y lectura son hermanas y estas hermanas lo son también del silencio y todos juntos crean un escenario. El escenario es este desierto o playa, o bien una habitación retirada de la casa, o también una butaca de tren o de avión. La soledad rodea al silencio del ojo que va y que viene por la página y el ojo de este niño lee ahora este libro quizá para que se lo aprenda el elefante (como sucede en Fahrenheit 451con los hombres-libro en los bosques), sí, acaso para que se lo aprenda el elefante, ya que este es el último libro del mundo y debe conservarse en la memoria del animal que lo hará pasar luego a la gran memoria de la manada.

¿Pero qué está leyendo al fin este niño?, se sigue preguntando el escritor, nos preguntamos nosotros. ¿Qué libro está leyendo?, nos preguntamos siempre. Ello nos llevaría a otras mil historias.

Pero bien, tendremos que continuar».

(José Julio Perlado: » El ojo y la palabra«, paginas 58 y 59)

(imágenes.-Gregory Colbert Ashes and Snow)

CHARDIN Y LA VIDA DOMÉSTICA

«En las habitaciones donde vosotros no veis mas que la banalidad de los demás y el reflejo de vuestro aburrimiento – señalaba Proust en «Contre Sainte- Beuve« (Tusquets) -,  Chardin entra como la luz, dando a cada cosa su colorido que evoca la noche eterna donde se habían enterrado a todos los seres de naturalezas muertas o animadas, con el significado de su forma, tan brillante a la vista como oscuro a la mente».

Así aparecen, tanto en este «Cesto de fresas salvajes» como en el «Bodegón con gato y pescado«, piezas de caza, utensilios de cocina, frutas, el universo de la profundidad y la delicadeza, el espacio interior de muchas casas del siglo XVlll.

Chagrin presentaba sus pinturas, entre otros muchos sitios, en la exposición tradicional de la octava del Corpus que se celebraba en la parisina plaza Dauphine y en la que todos los comerciantes estaban obligados a cubrir de lienzos blancos las fachadas de sus establecimientos, sobre los cuales se colgaban los cuadros. La exposición tenía lugar fuera cual fuera el tiempo que hiciera y no podía durar más de dos horas. Las crónicas de la época señalan que era tal la cantidad de gente que se congregaba que quedaba prohibido el acceso a los vehículos. El público y los críticos siempre se quejaban de que sólo se podían apreciar la espalda y los sombreros de las espectadoras. Y alli estaban los cuadros de Chardin, junto a los de Coypel, Boucher, Nattier, Oudry o Natoire, y también se mostraban allí las pinturas de la señorita Vallayer- Coster, de veintidos años de edad, y las de la señora Vigée-Lebrun.

En las «Observaciones sobre las artes y sobre algunas obras de pintura expuestas en el Louvre en 1748«», se describe  la obra titulada «Los entretenimientos de la vida apacible», «que representa a una mujer sentada descuidadamente en un sillón, con un librito en rústica en una mano posada sobre sus rodillas. Por una especie de languidez que reina en sus ojos,  fijos en un rincón del cuadro, se adivina que estaba leyendo una novela y que las impresiones que de ella ha recibido le hacen soñar con alguien a quien quisiera ver llegar».

Es la hora de la lectura en las habitaciones de la vida privada del siglo XVlll, como otras horas parecen resonar en pasillos y estancias que nos van poco a poco llevando desde las páginas de ese libro hasta la cocina, y desde la amplitud de la cocina hasta el detalle minúsculo y lleno de color de un tarro de albaricoque pintado, o hasta la luminosidad del agua acompañando a una cafetera, o incluso hasta el cuarto de juegos donde, absortos, los ojos de  un niño siguen imantados el baile perpetuo de una peonza.

Es la peonza de Chardin, los pinceles de Chardin,  la mirada de Chardin. Matices silenciosos de la pintura francesa en una exposición en el Museo del Prado.

(Imágenes: 1- cesta de fresas salvajes.- 1760.-colección privada/.-2.-Bodegón con gato y pescado.-1728.-Museo del Louvre/ 3.-Los entretenimientos de la vida privada.-Nationalmuseum.-Estocolmo/ 4.-El niño de la peonza.-1738.-Museo del Louvre)

DETRÁS DE LAS LETRAS

«Siempre con el deseo de acercarme lo mejor posible a la realidad – decía Braque -, en 1911 introduje letras en mis cuadros. Eran formas donde no había nada a deformar porque siendo planas las letras estaban fuera del espacio y su presencia en el cuadro, por contraste, permitía distinguir los objetos que se situaban en el espacio de aquellos que estaban fuera de él«.

Fascinación de las letras. La madre al lado del hijo le va llevando con su dedo sobre la epidermis de la A, luego pasa a la piel de la B y de la D y de la M; el dedo de la madre, al cabo de muy poco tiempo, es sustituido por el de la maestra y enseguida se blanquea de tiza en la pizarra y se ennegrece en el cuaderno cuadriculado. La A se transporta de casa a la escuela y de la escuela a casa en un ir y venir de vocales que se casarán pronto con las consonantes y tendrán hijos igual que palabras, escoltados por las lanzas de las admiraciones y cercados por interrogaciones de preguntas.

El trazo de las letras es el primer paso, aún titubeante, sobre la alfombra de la educación. Se gatea entre mayúsculas y minúsculas buscando la puerta del párrafo, sudando fatigados al no encontrar pronto la salida. Es el pasillo del abecedario tan cantado en las aulas, repitiéndose por las calles en coro de juegos infantiles. Pero las letras solas no bastan. El Maestro Eckhart recuerda al hablar del arte de escribir que si uno «quiere dominar este arte, tiene  que ejercitarse mucho y con frecuencia en él, por difícil y penoso que sea y aunque le parezca imposible. Si hace ejercicios frecuentemente y con gran aplicación, llegará a aprender y obtener este arte. En primer lugar tiene que pensar en cada una de las letras y representárselas firmemente. Después que ha llegado a poseer el arte de escribir, no necesita pensar en cada una de las letras, ni necesita la ayuda de la imaginación. Escribe libremente y sin dificultad alguna lo mismo cosas pequeñas que grandes obras que han de surgir por medio de su arte. A él le basta no saber que en un momento dado tiene que ejercitar el arte. Y bien que no piense siempre en él, y sea lo que quiera en lo que piense, lleva a cabo la obra mediante su arte».


Es el trasfondo de la escritura como también el trasfondo de la vida. Quien mira única y fijamente la inmediatez de la vida no es capaz de ver su profundidad. Quien mira fijamente a la A sin ver nada detrás de ella no ha conseguido asomarse a la transcendencia. Palpa con el dedo los trazos de la gran A inmediata sin ver el universo que hay detrás, sin ver la infinitud de la palabra que existe al otro lado de la letra.

(Imágenes:1.-Bruce Nauman.-Máscara facial.-1981.-Museo de Arte Moderno de Nueva York/2.-Kazimir Malévich.-Un inglés en Moscú.-1914.-Museum Stedelijk , Amsterdam/ 3.-Georges Braque.-mujer con guitarra.-1913.-Museo Nacional de Arte moderno de París)

DESAPARICIÓN

«Una mañana a las diez y cuarto, en Madrid, cuando salía del mercado de la Plaza del Carmen Clementina López y volvía ya arrastrando su carrito de la compra por el Pasaje del Comercio, a punto de salir a la calle de la Montera y cruzar hacia la calle de Jardines, una mujer mayor, muy flaca y algo encorvada, que vestía un trajecito gris con dibujos de flores y a la que en ese momento se le habían torcido las ruedecillas del carrito, le pidió ayuda para enderezarlas, y mientras Clementina se agachó a hacerlo, entre suspiros y ayes comenzó a contarle su historia. Juntas cruzaron así la calle de la Montera y se detuvieron en la acera para proseguir su charla. Rósula se llamaba la mujer y era, según dijo, planchadora en la calle de la Aduana. Llevaba mucho tiempo viuda. Vivía en un semisótano cerca de un portal, y en aquel sótano con puerta de cristales a la calle, inclinada sobre la tabla de planchar durante años, había logrado al fin sacar adelante a sus dos únicos hijos, Máscula y Tirso, dos prodigios de inteligencia según la madre. «Pero a los dos, fíjese usted, los perdí un día«, le confesó a Clementina suspirando en aquella confidencia callejera. «A la niña, que era una maravilla para las letras y que tenía una imaginación portentosa y, no por ser su madre, pero estoy convencida de que hubiera sido una gran escritora, porque se me ahogó cuando tenía 8 años. Y al niño, a Tirso, que era el mayor, porque casi se me lo lleva por delante una de esas máquinas modernas«.

Pero lo que Clementina no podía suponer eran los detalles de aquellas tragedias. Máscula había desaparecido entre los remolinos de un cuento y Tirso, asomado un día a un ordenador, sentado en una silla para ver mejor el fondo de las letras de un programa, al perder el equilibrio y echarse hacia delante, casi se había caído en el pozo de la pantalla. «Los dos de la misma forma, fíjese usted lo que son las crueldades de la vida», le dijo Rósula Jareño a Clementina aguantando el carrito de la compra. «Yo, a la niña, como le gustaba leer, la cogí un día y le dije: «Máscula, aquí tienes El sastrecillo valiente y Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm (porque yo sé los nombres y apellidos de los escritores, ¿sabe usted?, a mí, desde pequeña los escritores me han dado muchísimo respeto, porque como yo apenas sé escribir –algunas cartas a mi difunto marido cuando éramos novios y poco más–, pues a los escritores los admiro), y entonces, en cuanto la niña se hubo leído a los hermanos Grimm, pues la cogí otro día y le dije: «Máscula, que yo me voy a planchar, estáte ahí quieta, que yo estoy aquí al lado», y le di los cuentos de Andersen para que se entretuviera. Y ella se leyó El patito feo y Los cisnes salvajes, y otro día, cuando acabó todo Andersen, le di el Pinocho de Collodi, que recuerdo que le entusiasmó, y me traía todo el día loca, que si Pinocho por aquí, que si Pinocho por allá, y yo le dije, «¿Te has leído El flautista de Hamelin?», que ya ni me acordaba que yo se lo había comprado ahí al lado, en una tiendecita de la calle de Peligros, no sé si usted la conocerá¼, bueno, pues como ya se había leído todos los cuentos y yo ya no sabía qué darle más, y ella pintaba y leía y pintaba y se le iban los ojos detrás de todos los libros tuvieran o no dibujos, porque era una enamorada de las letras, pues me fui a esa tiendecita de Peligros, que es una mercería, pero que también tienen de todo, libros, tebeos infantiles y chucherías, y allí, rebuscando al fondo algo para llevarle a Máscula, me encontré de pronto con los Cuentos de Hoffmann, concretamente con El puchero de oro. Y se lo llevé. Yo no podía imaginarme la desgracia. Como yo había leído poco, yo no sabía lo que pasaba con Hoffmann. Bueno, pues me puse a planchar. Le dije: «Máscula, me pongo a planchar, te dejo sola, no leas mucho tiempo seguido que te harán daño los ojos, no te estés mucho tiempo leyendo que luego dices que te duele la cabeza». Me puse a planchar, y tenía tanto trabajo atrasado, que estuve planchando y planchando en el cuarto de al lado sin hacer mucho caso a la niña, porque no se oía nada, y me dije: «Ya está Máscula embebida en sus historias». Y no pensé más. Como no se oía una tos, ni el pasar de una página, ni un suspiro, nada, pues yo estaba muy tranquila, porque la niña siempre era así, se metía en sus libros y no había quien la sacara. Hasta que fui a verla. Y me quedé helada. Aún ahora se me ponen los pelos de punta y no sé cómo reaccionar. ¿Usted tiene hijos?». Clementina le respondió: «No, no tengo hijos«. «Pues no sabe usted lo que es eso –prosiguió Rósula–, no sabe lo que se siente. ¡Ay, hija mía! ¡Una madre es una madre! Cuando yo entré, y me veo aquel cuarto de al lado del cuarto de la plancha, sin apenas muebles, con el libro abierto en el suelo, las páginas de El puchero de oro abiertas de par en par, ¡y mi hija que no está!». «¿Cómo que no está?«, preguntó Clementina. «¡Pues que no está, que no está!«, exclamó Rósula moviendo la cabeza. «¡Pero en alguna parte estaría!», le dijo Clementina sobresaltada. «No, no estaba en ninguna parte. ¡No estaba!«, repitió Rósula.

–¿Y entonces? –preguntó Clementina desconcertada.

Rósula Jareño la miró.

Entonces, nada –contestó con un suspiro la mujer–. Que mi hija había desaparecido.

Y así Rósula, entre ahogos y serenidades puesto que ya había transcurrido mucho tiempo desde aquello, le fue contando a Clementina cómo su hija Máscula se había caído dentro de un cuento, aunque aún no se sabía bien cómo ni de qué forma ni por qué razón, quizá resbalando con las letras o perdiendo pie al querer apoyarse en un dibujo, porque lo cierto era –le contó la madre angustiada– que allí estaba el cuento sobre las baldosas del suelo, las páginas plácidas y abiertas, con un vientecillo leve que las movía, «como una brisa, ¿sabe usted?«, le añadió Rósula, «como si las páginas me estuvieran hablando a mí, o respirando, ¡ay, no sé señora!, yo no sabría explicárselo bien, fue algo tremendo».

Y como aquella mujer empezó a temblar y a agitarse allí mismo, en la acera de la calle de la Montera al rememorar su tragedia, y como no atinaba con las palabras porque quería contarlo todo a la vez y desahogarse, Clementina intentó calmarla y no supo, y la invitó a caminar un poco y la mujer no quiso avanzar, siempre con su mano agarrada al asa de su carrito. Y así Rósula le fue contando que su hija Máscula no había vuelto a aparecer, ella no la había vuelto a ver, casi no recordaba su cara, habían pasado quince años desde aquella tarde y ella se había ido deprimiendo y enflaqueciendo, encaneciendo de desolación, y había andado como loca por Madrid sin saber qué contar a las personas, hablando sola y preguntándose, «Máscula, hija, ¿pero dónde estás? Dime dónde estás. Tú dime dónde estás que iré a buscarte«.

Y fíjese lo que son las cosas –cambió de pronto Rósula su tono de voz–, como las desgracias nunca vienen solas, pues yo me quedé únicamente con mi hijo Tirso, que entonces tenía once años, y como pude, como Dios me dio a entender, porque me costó muchísimo, lo fui sacando adelante. Mi hijo salió espabiladísimo, muy listo, pero acaso fue por lo de su hermana, pero lo cierto es que el niño se negó a leer. Sabía leer, naturalmente, pero en cuanto veía un libro, torcía a un lado la cabeza y lo apartaba. Se negaba. Lo único que le interesaban eran las imágenes. Las imágenes y las máquinas. Las maquinitas de juegos, los ordenadores y la informática. Se pasaba el tiempo en la calle, se me escapaba a jugar a los bares y yo tenía que salir corriendo detrás de él. Hasta que un día me harté, (lo hice para retenerlo) y juntando todos mis ahorros, le compré un ordenador. Se pasaba las horas muertas ante el ordenador, con la puerta de su cuarto entornada. Iba al colegio, pero en cuanto volvía se enganchaba al ordenador y del ordenador ya no salía. Conocía todos los programas. A mí me los intentaba explicar, pero como yo no entendía nada, pues poco a poco dejó de hablarme. Éramos como dos extraños. Yo planchaba y él se enganchaba a la pantalla. Hasta que un día a poco se me queda enganchado para siempre.

Y Rósula le contó que fue un pequeño ruidito el que a ella la sobresaltó y la avisó de que algo ocurría en el cuarto de al lado, «uno de esos ruiditos extraños, ¿sabe usted?, como el del desagüe, como uno de esos remolinos que hace el fregadero al acabar«. Un ruidito que se oyó en la otra habitación. Y entonces ella soltó la plancha y salió disparada. Apartó de un golpe a su hijo de la pantalla, lo apartó del ordenador, lo salvó en el último segundo.

–¡Casi le pasa lo que a su hermana, figúrese usted! –exclamó Rósula espantada.

Y poco a poco fueron bajando las dos mujeres la acera de la calle de la Montera hasta la esquina con la calle de la Aduana y entraron así por la calle de la Aduana hablando y contándose cosas, perdiéndose por vericuetos de recuerdos, y cada una arrastrando su carrito, deteniéndose a cada trecho y volviendo a andar, atenta una a las confidencias de la otra. Porque lo que Rósula Jareño le estaba contando a Clementina era realmente una historia más de las muchas similares que estaban ocurriendo en Madrid por aquel tiempo. Aunque los periódicos casi no hablaban de ello –quizá por el giro de la época o por el poderío de las imágenes–, lo cierto es que sí se estaban dando casos aislados de succiones de cuerpos sentados ante una pantalla, y la succión empezaba por los ojos y la cabeza, dilatándose las pupilas en atención y proyectándose el cerebro hacia la ventana encendida del ordenador en una persecución obsesiva por atrapar la informática. La informática, sin embargo, se evadía, pero al huir dejaba una estela imantada que atraía siempre al ojo humano haciéndole recorrer incansable los pasillos de los programas, y aquel ojo húmedo con su lengua fuera y su agitado trote de curiosidad, nunca alcanzaba su presa porque la información huía y la cola fascinada de la información volvía otra vez a escabullirse abriendo otra ventana y ésta otro pasillo de programa y al final de éste una luz que parpadeaba, y el hocico del ojo humano y las patas delanteras de la atención saltaban entonces del teclado a la pantalla y arrastraban en su ímpetu a la grupa del asombro del hombre que entraba chapoteando por las orillas de los menús y empezaba a tragar listados y cifras, ahogándose con tanta información atragantada, y adormeciéndose y sepultándose poco a poco, hasta irse haciendo un navegante mudo en una navegación de cristal, en una navegación de soledad silenciosa. Aquello había sucedido ya en varios programas, pero sobre todo había ocurrido en Internet. Casi todo el mundo estaba aguantando muy bien las conexiones con Internet, pero sin embargo existían mentes que, entrando en el mar de la navegación y abandonándose a ella, sin duda por la vastedad del horizonte, no habían podido o no habían sabido volver. Flotaban entonces dentro de las peceras de las páginas y en los acuarium de la información transparente con el cuerpo decapitado y azul, unos boca abajo y otros boca arriba, los labios en burbujeo de palabras y el vientre hinchado y deforme. Iban y venían desplazándose con impresionante lentitud dentro de las pantallas y sin poder salir nunca de ellas, vagando desde Madrid hacia cualquier parte del mundo, sin tocar jamás la orilla de la tierra, impulsados por el vaivén que transmitían los dedos de los navegantes al jugar con las teclas. Era lo que se llamó por entonces la navegación de los cuerpos azules, y era todo un espectáculo verlos mecidos como tallos de hierba, sonámbulos para siempre entre las espinas delgadas de Internet, transformados en anémonas de letras y también en corales, ascendiendo del fondo de los bancos de arena, entre los radios blandos de las aletas de los signos, fofos y muertos, reventados de vacío.

Pero aquel, felizmente, no había sido el destino del hijo de Rósula Jareño –de Tirso López Jareño–, que de milagro se había salvado de perecer y que en ese momento estaba aguardando a su madre en el estrecho semisótano que la planchado­ra tenía en la calle de la Aduana. Cuando Rósula empujó la puerta de cristales y agradeció a Clementina que la ayudase a meter dentro el carrito, ésta se quedó absorta ante aquel enorme hombre-niño completamente azul y grandes gafas sobre una cara absolutamente aplastada, vestido con un inmenso chandal blanco, sentado al lado de la tabla de la plancha, las manos sobre las rodillas y la mirada inmóvil.

Este es Tirso, mi hijo –le presentó Rósula orgullosa–. Saluda, hijo, a esta señora. Vamos, levántate.

Y aquel enorme hombre-niño azul se levantó como un gigante, ancho y alto como era, y con su cara chafada como una lámina, sus gafas inmensas y su sonrisa blanda, le plantó dos sonoros besos en los carrillos a Clementina.

Puede usted hablarle perfectamente –le dijo Rósula a Clementina– porque él lo entiende todo. Habla poco, pero es que es como un niño, aunque ya cumplió los treinta años. ¡Anda, hijo –le dijo cariñosa a Tirso–, ya puedes sentarte! Ahora te prepararé la comida antes de ponerme a trabajar –y en un aparte, cuando salió a despedir a Clementina, que ya se iba, le añadió– Es una pena que se le quedara así la cara desde entonces, ¿verdad usted? Como soy su madre, a mí me parece guapo. No le duele, y eso es lo importante. Pero no me acostumbro. A mí me da mucha lástima verle.

Quedó tan impresionada Clementina por aquella visita y por toda la historia que Rósula Jareño le había contado aquella mañana, que nada más llegar a casa se la contó a su marido. Le entraba un escalofrío al recordarla y marido y mujer estuvieron dándole vueltas a todo aquello durante mucho tiempo. No sabían de qué modo ayudar a Rósula. «Es difícil ayudarla –decía Clementina– porque no es una mujer triste. Es una mujer muy dulce. Te habla de las cosas como si exactamente hubieran tenido que suceder así». Efectivamente así era. Las veces que Clementina se hizo la encontradi­za con Rósula a la salida del mercado, descubrió en la planchadora una mansedumbre apaciguada, un vencimiento de la suavidad sobre la aspereza, una ausencia de todo resentimiento. «La vida es así, Clementina«, le decía siempre Rósula a su amiga, porque de ese modo –como amiga– ya la consideraba. Iban juntas un trecho de la calle de la Montera y algún sábado quedaron las dos para desayunar.

Permítame que entre un momento aquí, en el Oratorio de Caballero de Gracia.- le dijo un sábado.

Rezaron juntas y al salir comentó:

¿Me acompaña usted ahora, que quiero ir a La Casa del Libro?

Y le explicó a Clementina que su recorrido muchos sábados era siempre el mismo: se acercaba al Oratorio de Caballero de Gracia, en la calle Caballero de Gracia, y luego entraba en la librería y rezaba por Máscula.

–Como no sé dónde está mi hija, ni en qué cementerio, ni dónde se encuentra, me pongo ante un cuento de Hoffmann, si es posible El puchero de oro, y la rezo. Sé que ella me escucha.

Clementina respetaba admirada aquella costumbre. En medio de toda la clientela de La Casa del Libro, de pie ante las páginas abiertas de El puchero de oro que ella colocaba sobre las mesas cargadas de volúmenes, Rósula Jareño entrecerraba los ojos y hablaba con su hija en un cálido bisbiseo de oraciones, preguntándole a Máscula por el más allá. Los dependientes ya la conocían y siempre le tenían preparado El puchero de oro en un rincón.

Doña Rósula, puede usted ponerse por aquí, si le parece –le decían buscándole un sitio discreto.

Y eran diez minutos o un cuarto de hora de charla entre madre e hija, en donde Rósula le contaba a Máscula cosas de Madrid, lo que le había ocurrido en la semana o lo que ella había hecho en esos siete días –»Me han dado ropa para planchar del Hotel Regina, hija», le decía. O «Ahora tengo algunos apurillos económicos«. O bien, «Van a poner iluminaciones nuevas en la Gran Vía, ¿sabes?». Y siempre acababa: «Tu hermano Tirso está bien y te manda muchos besos«. Y cerraba el libro con enorme cuidado:

Hasta el sábado, Máscula, hija –le susurraba a las páginas.

Y luego llamaba al dependiente y le devolvía el volumen.

Muchas gracias –le sonreía–. Hasta el sábado.

Hasta cuando usted quiera, doña Rósula –le contestaba respetuoso el dependiente y le acompañaba hasta la puerta.

«Estoy segura, Clementina –le decía a su amiga ya en la acera– que un día veré a mi Máscula. Un día se me aparecerá en el cuento, ya lo verá. Y si no, al fin del mundo. ¿No dicen que el mar arrojará al final los cuerpos de los ahogados? ¡Pues también los arrojarán los cuentos, ya lo verá usted!», le decía segura y encantada. Y las dos enfilaban ya la Gran Vía para torcer después por la calle de la Montera«.

(JJP –del libro «Caligrafía») (relato inédito)

(Imágenes:-1.- Chema Madoz.-Chemamadoz. com/ 2.-leyendo a la luz de una lámpara.-George Clausen.-1909/ 3.- Julia Margaret Cameron.-1867/ 4.-Juan Gris.-thomerama.tumblr/5.- un rincón tranquilo.-Victoria Park.-Wm Notman & Son  1915.- McCord Museum)

JIRONES DE ESCRITURA

Cuenta Claudio Magris en «Alfabetos» (Anagrama) que su formación de lecturas no sólo comenzó en Salgari y Kipling, pasó luego por Lucrecio, Leopardi, Dante y Kant, se extendió después a Tolstoi, Guimaraes Rosa, Faulkner, Sábato, Melville, Kafka, Canetti, Svevo, Dickens, Goldoni, Cervantes, Sterne, Gadda y  tantos otros, sino también bebió en «fragmentos, inscripciones fúnebres o pintadas de taberna, jirones de escritura que, como decía Kafka, me han golpeado de un puñetazo». Y Magris añade: «otro gran hallazgo ha sido la autobiografía de Alce Negro, el indio sioux. Es una autobiografía escrita por alguien que vive realmente arraigado en la totalidad de la vida, que mira la vida desde lo alto de una colina, que piensa – y dice – que vivir es amar todas las cosas verdaderas. Pero en este libro el narrador habla también de un personaje, Caballo Loco, el famoso indio asesinado por los soldados americanos después de haberse rendido, que se pasea durante la noche en el campamento indio y se comprende que es un hombre inquieto, un hombre fuera de su sitio, ajeno al sentido armonioso de la vida de Alce Negro. No sé si Alce Negro, aunque lo retrata admirablemente, era capaz de entender a Caballo Loco o si Caballo Loco podía comprender fácilmente a Alce Negro. Creo que quizá fuera más probable que Caballo Loco, el Hamlet caído por error entre los pieles rojas, como Saúl en el Antiguo Testamento, podía comprender a Alce Negro, su hermano de tribu y su auto-creador más que al revés. Pero no lo sé con certeza».

Lo que sí se sabe con certeza es el caudal tan enriquecedor y diverso de lecturas que recoge la formación de Magris. Jirones de páginas y jirones de escrituras múltiples -algunas trazadas sobre paredes y otras divisando colinas y campos -, ambición y obsesión de lecturas que recuerdan aquella célebre expresión del Quijote en su Primera Parte: «Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles a un sedero: y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desde mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía…»

Y así Magris se detuvo a leer a a Alce Negro y a seguir la historia de Caballo Loco.

(Imágenes:-1.-sobre Jane Austen.-foto Eamon McCabe/ 2.-Caballo Loco.-elabrevadero.com)

ESCRIBIR SIN LECTORES

«La lectura de un libro pide perseverancia. La lectura en la pantalla internética mezcla impaciencia e indolencia, dos cosas poco amigas de la perseverancia»- Así lo afirma el escritor Justo Navarro evocando a su vez a Erle Stanley Gardner cuando dice: «cada página empuja al lector a la siguiente: a eso le llamo yo talento».  Y el escritor granadino añade: «El talento en una página web consiste en lo contrario: en retenerte en la página, en quitarte el apremio de saltar a otra».

Viejo tema el de la pantalla y el papel, el de las distintas lecturas, el de las diversas escrituras. En un texto muy interesante de Umberto Eco, «¿Cómo escribo, incluido en «Sobre literatura» (Debolsillo), el autor italiano afirma que «lo bueno del ordenador es que estimula la espontaneidad: escribes de un tirón, deprisa, lo que se te ocurre. Luego, mientras tanto, sabes que puedes corregir y variar», pero hablando de la creación literaria anota enseguida: «no entiendo a los que escriben una novela al año (pueden ser grandísimos, los admiro, pero no los envidio) Lo bueno de escribir una novela no es lo bueno de la transmisión en directo, sino lo bueno de la transmisión en diferido».

Y al final de esos comentarios – hablando del escritor y del lector – se pregunta: «¿escribiría todavía, hoy, si me dijeran que mañana una catástrofe cósmica destruirá el universo, de suerte que nadie podrá leer mañana lo que escribo hoy? En primera instancia la respuesta es no. ¿Por qué escribir si nadie me puede leer? En segunda instancia, la respuesta es si, pero sólo porque abrigo la desesperada esperanza de que, en la catastrofe de las galaxias, pueda sobrevivir alguna estrella, y mañana alguien pueda descifrar mis signos».

Julien Green en «L´homme et son ombre» (Seuil) – como ya he recordado en «El ojo y la palabra» – se interrogaba igualmente: «¿ Escribiría usted si estuviera solo, por ejemplo, en una isla desierta con mucho papel y toda la tinta del mundo de que tuviera necesidad? O bien: ¿escribiría usted si sus escritos fueran invariablenente puestos en ridículo? O la última y más insidiosa pregunta: ¿escribiría usted si supiera que jamás podría publicar?».

Internet parece que resolvería con instantaneidad esta opción útima. ¿ Habría algún lector al otro lado de las teclas? En todo caso, los consejos de Rilke siempre iluminan: «Reconozca – dice en «Trabajo y paciencia« – si usted tendría que morirse si se le privara de escribir. Esto, sobre todo : pregúntese en la hora más silenciosa de su noche, ¿debo escribir? Excave en sí mismo en busca de una respuesta profunda. Y si ésta ha de ser de asentimiento, si usted ha de enfrentarse a esta grave pregunta con un debo enérgico y sencillo, entonces construya su vida según esa necesidad».

(Imágenes:-1.-Cig Harvey.-Real.-2008.-Joel Soroka Gallery.-artnet/2.-la creación.-2000.-Brigitte Scenczi.- f feminine)

UNA CASA, UN LIBRO, LA SOLEDAD

«Carpinteros, cerrajeros, estucadores, albañiles: a veces les oigo discutir de su trabajo, en el bar. Comentan las dificultades con las que tropiezan, se cuentan unos a otros cómo las resuelven. Al tiempo, levantan paredes, ponen puertas, instalan grifos, colocan barandillas. En lo que hace sólo unos meses era un descampado, si pasas ahora descubres que se levanta una casa en la que alguien se asoma a la ventana. y desde cuyo interior llegan voces, o música. Ellos siguen hablando en el bar sobre si han hecho una buena obra o les han obligado a hacer una chapuza. Les envidio esa posibilidad de trabajar juntos, de poder poner a prueba sus habilidades. Lo que dura, lo que no se agrieta, lo que soporta la acción del agua, lo que encaja, la puerta que no cede».

Confiesa todo esto el novelista Rafael Chirbes en Por cuenta propia. Leer y escribir (Anagrama) y añade: «Entre tanto, me veo a mí mismo braceando entre sombras, incapaz de nada, vacío un día tras otro. Echo de menos esas certezas artesanas: tener los avatares del tiempo por testigos.(…) Ya sé que un libro no tiene la solidez de una casa, pero en Moscú quedan pocas casas de las que se construyeron cuando Tolstoi vivía, y de la vieja Alexanderplatz berlinesa qué quedaría de no ser por el libro de Döblin. Me digo que puedo discutir sobre la resistencia de los materiales con los obreros del bar, porque una casa y un libro son expresiones de la sorprendente dureza interior que guarda ese frágil animal humano al que cualquier accidente tumba».

Sobre la artesanía del escritor al construir y trabajar he hablado varias veces en Mi Siglo. Es la soledad del quehacer personal, la obligada incomunicación y concentracion imprescindibles para crear. Patricia Highsmith, hablando de ese trabajo, anota que para el escritor «la gente puede ser estimulante, desde luego, y una frase dicha al azar, una anécdota o algo parecido puede poner en marcha la imaginación del escritor. Pero en la mayoría de los casos, el plano de las relaciones sociales no es el plano sobre el que vuelan las ideas creativas. Es difícil ser receptivo hacia el propio inconsciente cuando se está en grupo, o incluso con una sola persona, aunque esto último resulta más fácil. Es curioso, pero a veces las personas que nos atraen o de las que estamos enamorados son como una especie de caucho que nos aisla de la chispa de la inspiración (…) Hay algunas personas, a menudo las más inesperadas -sosas, perezosas, mediocres en todos los sentidos -, que por alguna razón inexplicable estimulan la imaginación».

Bendita soledad, permanente compañera del escritor, donde se fragua todo: el cuaderno en el que se escribe, el libro donde vivirá el lector.

En el fondo, su casa.

(Imágenes.-1. Drago Persic– 2007-.-Engholm Galerie– Viena/ 2.-«X NaNa Subroutine».-Constanze Ruhm.-Engholm Galerie.-Viena)

EL AÑO PASADO ENTRE LIBROS

Los pasos del que camina entre libros son absorbidos por las maderas, acogidos por las puertas que crujen conforme avanzan los pasos, habitaciones antiguas que reciben pasos interminables, libros interminables, libros y pasos que suceden a otros pasos y libros, cuartos cargados de autores amontonados, alineados, puertas y maderas que hacen resonar los pasos entre libros, autores encuadernados, autores deshojados, autores recobrados, autores vencidos, suelas de zapatos ligeros, pesados, tacones que aplastan las maderas, manos que empujan las puertas, silencios que abren el picaporte de los ruidos, que abren los labios de los autores, cabecean los lomos, duermen las páginas, los pasos del que camina entre libros rozan los índices, los prólogos, los pasos del que camina entre libros…

…  recorren ahora, sí, el costado de las hileras, los títulos, los hombros de los autores escuchan los pasos con sus espaldas unidas en las estanterías, las cubiertas unidas, las líneas también unidas y apretadas, los lenguajes mudos, los idiomas callados, los pasos del que camina entre libros van tocando los bordes de las investigaciones, los ingenios, las ficciones, las manos acarician al pasar la superficie de los ensayos, las imaginaciones, los argumentos, las ilustraciones, picotean los tacones sobre el tablón de las maderas y en esas maderas resuenan poemas de siglos de oro, siglos de plata, prosas, géneros, escuelas, generaciones, crujen estas maderas sobre escenarios de libros de teatro, filman los ojos mientras pasan secuencias y guiones,  puntas de pies avanzan entre libros danzando ante páginas de ballet, dedos mueven las hojas conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, sí, del que camina entre libros, tal y como caminaban…

los pasos de aquella película de Resnais, El año pasado en Marienbad, » en que los pasos son absorbidos por alfombras pesadas, tan gruesas que ni el ruido de sus propios pasos llega a sus oídos, como si el oído mismo del que camina, una vez más, a lo largo de estos pasillos. – por entre estos salones, estas galerías de este edificio de otro siglo, este hotel inmenso, lujoso, barroco, – lúgubre, en el que pasillos interminables suceden a otros pasillos«, nos llevaran hasta esta madera que cruje conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, volúmenes amontonados, portadas, espacios reducidos, fábulas en el suelo, tramas hasta el techo, discursos, narradores, personajes, poéticas, retóricas, las lenguas del lenguaje,  rimas, pausas, versificaciones, monólogos, polifonía, tramas, los pasos del que camina entre libros apenas se oyen ya hacia el final, silencios, silencios,  libros que van apagando a los pasos, libros que se quedan solos…

…libros reinando en el tiempo, libros del año pasado, del siglo pasado, libros de todos los siglos que cubrirán las pantallas hasta que el ojo humano vuelva a cruzar el año que viene entre libros.

(Imágenes.-1. Jane & Louise Wilson.-Oddments Room.-V. Atlas, 2008.-Galería Helga de Alvear.-Madrid/2.-Jane & Louise Wilson.-Oddments Room lll.-2008.-303 Gallery.-New York.- artnet/ 3.-Jane & Louis Wilson.-Oddmentes Room l.-2008.-artnet.com 4.-Jane & Louise Wilson.-Oddments Room ll.- (Voyages of the Adventure and Beagle) 2008.-303 Gallery .-New York.-arnet.com)

EL BLOG ANTE EL ESPEJO

escribir.-2244.-por Lorraine Pritchard.-código de anotaciones.-Craig Scott Gallery.-photografpe.-artnetUno de los textos más certeros que yo conozco analizando el fenómeno de los blogs es el que copio esencialmente aquí, publicado por Juan Pedro Quiñonero en la Revista «Trama- Texturas«, número 1.-diciembre de 2006, páginas 133-134:

«La libre y gratuita publicación de blogs o cuadernos de bitácoras alimenta la ilusión de que cualquier cosa presuntamente «informativa», «literaria» o «artística» tiene un interés cierto, no siempre confirmado por una realidad víctima de la polución, la nadería y la insignificancia.

Sobre la metamorfosis en curso de los medios de comunicación e incomunicación de masas hay una bibliografía de oceánicas proporciones. Está por estudiar la importancia no menos creciente de los blogs y los «medios digitales» desde la óptica de su condición -¿que también es la suya? – de nuevos y eficaces instrumentos de la propagación del odio, la mentira, el descarrío y la intoxicación de las almas, conducidas al infierno de la nadería desalmada.

La proliferación de «diarios personales» (propagados, con frecuencia, por los más avispados comerciantes de ideas y de almas muertas) pretende fundar la existencia de «nuevas formas» de expresión literaria, ¡como si fuera suficiente la publicación para conferir algún valor a la nadería! La literatura tiene en nuestra civilización 2.500 o 3.000 años de historia. La arcilla cocida, el papiro, el papel, el cuaderno, el libro impreso, fueron meros instrumentos o herramientas de difusión de la obra. Lo esencial, para Aristóteles o para un moderno blogógrafo, son las palabras, las ideas, la retórica, el estilo del creador.(…) Sobre los nuevos medios, herramientas y cuadernos de trabajo literario hay mucho ruido y menos nueces. ¿Cómo dudar de la seducción que puede ejercer un blog entre los jóvenes escritores? ¿Cómo no recordar que la escritura exige una disciplina y rigor que no siempre es visible en el insondable océano de la blogosfera? ¿Cómo callar que lo que más abunda es la basura aventada por las mafias gremiales…?

(…) La ilusión del «todo es arte» y la proliferación de «hilos» blogográficos con infinitas opiniones, sobre todo lo divino y humano, quizá también nos hablan, para mi sensibilidad, de la tiranía contemporánea del mal gusto, la ignorancia y la nadería.

(…) La web es un maravilloso océano donde se difunden, circulan y agonizan noticias, ideas y nuevas creaciones. Pero el lector de blogs y cuadernos de bitácora es de una misteriosa volatilidad. La lectura de Shakespeare o Cervantes ha  atraído a millones de lectores, desde hace siglos. Pero la lectura requiere atención y constancia durante intervalos de tiempo relativamente prolongados. El lector de blogs navega, busca, encuentra y vuela, sin volver siempre a los lugares  virtuales donde es difícil detenerlo más allá de unos cortísimos segundos o minutos, acaso».

lectura-espejo.-A.-Rimma Gerlovina and Valeriy Gerlovin.-2001.-Lisa Sette Gallery.-Scottsdale,.USA.-photografie.-artnet

De este texto tan certero he destacado en negrita aquello que,  al menos para mí, es más relevante. Escritor, periodista y autor de un importante blog – Una temporada en el infierno -, el espejo que Quiñonero coloca al borde del camino por donde los blogs pasan recuerda a todos algo muy básico:  la atención por la lectura y el rigor de la escritura. La volatilidad  (aplicada al ojo o a la mano) está siempre reñida con el rigor y con la pausada atención. El ojo -no puede olvidarse –  debería encontrar su descanso en el valor de la belleza y la verdad y la mano sujetar la disciplina – difícil – del escribir. 

(Imágenes: 1.-code notations 4.-Lorraine Pritchard.-Craig Scott Gallery.-Toronto.-Canada.-artnet/ 2.- Translucent Book. 2001 -.Rimma Gerlovina and Valery Gerlovin.-2001.-Lissa Sette Gallery.- Scottsdale .-USA.-artnet)

MEDICINA DEL ALMA

libreria Campomanes en calle de Campomanes,.inerior.-2.-29 agosto 2009

«Medicina animi«.-Medicina del alma o Refugio curativo de almas. 

(Inscripción que ostentaba la entrada pincipal de una biblioteca, según relato del historiador griego Diodoro Sículo. Leyenda a la entrada de la biblioteca del rey Osimandia de Egipto)

Así me he quedado pensando cuando he atravesado esta libreria en la calle Campomanes de Madrid.

(29 agosto 2009.-foto JJP)

APRENDER A ESCRIBIR

escribir.-22887.-por Karen Hesse Flatow.-foto Chris Ramirez for The New york Times

«Aprender a escribir es un arte impregnado de humildad. Todas las profundas virtudes del hombre – la laboriosidad, la tenacidad, el ánimo estable, la superación de dificultades – marchan junto a la humildad que se coloca junto a nosotros en la mesa y se adelanta a escribir antes de que nosotros lo hagamos, mostrándonos su sabiduría.  Humildad para no creernos Cervantes pero tampoco para temer o desdeñar al autor de El Quijote. Él nos enseña que desde la cárcel observó la vida y que después prosiguió página a página, soslayando penurias y contratiempos entre el humor y el sentido común del escudero y del caballero. Aprender a escribir es recomenzar lo andado, dar rodeos de estilo y de formas para decir de otro modo lo que muchos han dicho ya. Aprender a escribir es conocer que cada libro arranca desde cero y la experiencia anterior no nos quita ese pánico de la página en blanco ni ese temor al qué dirán los ojos lectores. Aprender a escribir, como todos los aprendizajes de aquellos palotes mostrados por los maestros primeros o como en las dulzuras empeñadas de las madres, supone siempre esfuerzo y sacrificio. Hay que sacrificar los ocios, olvidarse del paso de las horas, creer en sí mismo. Trabajar. Trabajar el lenguaje, trabajar la composición, trabajar los retoques últimos».

Esto publiqué no hace mucho en un artículo aparecido en Alenarterevista y aquí deseo recordarlo hoy cuando leo a Juanjo García Noblejas reflexionando en Scriptor.org  ante unas interesantes opiniones sobre la lectura y la escritura, con enlaces a lo comentado en Corriere della Sera y en The New Yorker  abordando pros y contras de los talleres de escritura.

escribir.-996GY.- por Maria Gato.-2002.-Art Space.-Viriginia Miller Galleries.-Coral Gables, Miami, USA.-artnet

En Mi Siglo recogí en su momento las certeras palabras de Péguy sobre la lectura:

     “Lectores; lectores puros, que leen por leer, no para instruirse, no para trabajar; puros lectores, como para la comedia y para la tragedia hacen falta puros espectadores, como para la escultura hacen falta puros espectadores, que de una parte sepan leer y de otra parte quieran leer, que, en fin, únicamente lean, y lean todo únicamente; hombres que miren una obra unánimemente para verla y para recibirla, (…) para alimentarse, para nutrirse como de un alimento precioso, para hacerse creer, para hacerse valer interiormente, orgánicamente, no para trabajar con ni para hacerse valer socialmente, en este siglo; hombres en fin que sepan leer, ¿y qué es leer?, es entrar dentro; entrar en la lectura de una obra, entrar en una vida, en la contemplación de una vida, con amistad, con fidelidad, incluso con una especie de complacencia indispensable, no solamente con simpatía sino con amor; es lo que hace falta para entrar como en la fuente de la obra; y literalmente colaborar con el autor; no hay que recibir la obra pasivamente; la lectura es el acto común, la operación común del que lee y de lo leído, de la obra y del lector, del libro y del lector, del autor y del lector; como el espectáculo es el acto común, la operación común de la obra dramática y del espectador, del autor dramático y del espectador.” (”Dialogue de l´histoire et de l´âme païenne“.-(La Pléiade,1961)

Viejos y apasionantes temas los de la lectura y la escritura ( es muy difícil escribir bien si no se lee sabiamente), que se debaten hoy y seguirán debatiéndose en el futuro. 

(Imágenes: 1.-foto Chris Ramírez para The New York Times/ 2.-«Bastet».-por Maria Gato.-2002.-ArtSpace/Virginia Miller Galleries.- Coral Glabes.-Miami.-USA.-artnet)

OJO HUMANO SOBRE EL MAL

once de septimbre.-3

«Se estrella el segundo avión secuestrado por terroristas contra la segunda de las dos Torres Gemelas de Manhattan.

once de septiembre.-5

La imagen del impacto es vista en directo por el mundo entero. El ojo humano queda hipnotizado por la incredulidad y el horror y la palabra no sale de los labios, sólo aparece el gesto.

once de septimbre.-8

El ojo humano queda imantado en la pantalla y la pupila recoge esa humareda blanca y esa bolsa de sangre incendiada que envuelve a los rascacielos.

once de septiembre.-13

Minutos después aparecen pañuelos de vidas en las ventanas despidiéndose o pidiendo auxilio a la existencia. Otras existencias caen ovillándose para siempre, rodando por el aire de la niñez al suelo, despavoridas, seguidas por el ojo humano que no las puede ayudar. El ojo de la cámara, el ojo del televisor sigue teniendo en su pupila una nube roja y blanca, una mancha o penacho en llamas que le impide ver con serenidad.

once de spetiembre.-4

Las dos Torres están llenas de vida, es decir, de proyectos, de amores, vacaciones, fiestas, paisajes, niños en las casas, colegios, deudas, créditos, preocupaciones, lágrimas y carcajadas. Pocos minutos después, al caer derrumbadas todas esas vidas, el polvo se hunde haciéndose arena y esa arena expulsa una bocanada de pavor entre las calles, aliento caótico en Manhattan que apenas se huele y que sólo el ojo contempla mientras corre hacia atrás, intentando no ser alcanzado por el televisor.

once de septeimbre.-15

Es el triunfo del ojo sobre la palabra porque la palabra aún no se pronuncia, no ha tenido tiempo de pronunciarse. Sólo el grito y el gesto dominan entre exclamaciones y los diálogos apenas se inician, mucho menos las palabras impresas. Pero las palabras impresas – primeras ediciones de periódicos – pronto aparecerán. Más tarde vendrán primeras ediciones de libros, segundas ediciones, volúmenes, palabras, palabras analizadas, palabras investigadas, encuadernadas, palabras doradas por el estilo, traducidas, bruñidas, repujadas, colocadas en estanterías, situadas en bibliotecas. El ojo no basta. La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, sí, como documento histórico, es importante testimonio ocular, pero visto y no visto en aquella increíble mañana neoyorquina, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace sobre la pantalla.

once de septeimbre.-16

A este día de terror no le es suficiente el ojo televisado. Este ojo tendrá que salir de esta habitación de imágenes y buscar un periódico, detenerse, volver a rebuscar entre las líneas del periódico, ávida y tenazmente, intentando encontrar el secreto bajo la tierra de las palabras. Después lo hará en el libro. Aquí sí, aquí una palabra clave vale más que mil imágenes saliendo del Vesubio de Nueva York, fantasmas de arena como esculturas de barbarie. Esas estatuas de arena que andan sobre los puentes con sus carteras de ejecutivo y sus pañuelos de ocasión escapan maquilladas del polvo del espanto como saliendo de Nínive. ¿Por qué marchan hieráticas y sobrecogidas? ¿Qué ha ocurrido en esos edificios gigantes que ahora se derrumban? ¿Por qué, por qué?once de septiembre.-FF Los porqués quedan envueltos en los gases neoyorquinos, en el misterio de la polución americana, dentro de la cúpula del consumismo occidental. Antes de caer las innumerables oficinas, los papeles despiden en el aire las facturas y los balances revolotean suicidándose. Es el cielo de millones de papeles blancos, el cielo de existencias arrojadas desde las ventanas. Los qués siguen apareciendo en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros. Durante siglos paces y odios entre civilizaciones se han prensado entre signos apretados que los copistas se pasaron unos a otros, que los lectores leyeron primero en voz alta y luego en la intimidad. Después la lectura cambió la intensidad y el silencio por la extensión y el afán de leer. Gran parte del mundo occidental leía en el siglo XlX. Luego, al entrar las imágenes en las habitaciones del siglo XX, al sentarse los hombres ante las pantallas y quedar extasiados por sombras y luces, el libro permaneció en otro cuarto y fue alejándose poco a poco al fondo del pasillo del esfuerzo y también del placer».

El ojo humano siempre tendrá que ver – y recordar – el qué.  Y  deberá leer  – y estudiar – el porqué del mal.

El ojo y la palabra«, páginas 11-13)

(Imágenes: algunas fotos tomadas el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York por un avión militar.- Nine Eleven.- Retour sur le septembre 2001. morel michel)