GALDÓS , CIEGO

La aparición de una nueva biografía del  gran novelista y a la vez  la celebración del Año de Galdós nos lleva hasta sus años postreros, cuando vivía en su casa de la calle Alberto Aguilera y estaba ya invadido por la ceguera. Desde 1910, en que escribió, por última vez con su propia mano el Episodio de “España trágica”, el novelista dictaba todas sus obras a su secretario Pablo Nougués. El doctor Marañón había descubierto la ceguera de Galdós y el escritor acude al Doctor D. Manuel Márquez. El 25 de mayo de 1911 extirpan a Galdós la catarata del ojo izquierdo y como tantos otros escritores del mundo traspasa todas sus vivencias — en este caso la ceguera – a un personaje, Tito Liviano, que aparece en el Episodio “Cánovas” y que reflejará de modo autobiográfico y con minuciosos detalles las vivencias del novelista.

” Después de Semana Santa — dice Tito Liviano — empecé a notar que mi vista se nublaba; sentía como arenilla en los ojos… Al propio tiempo crecía la fotofobia, y no aún amparando mis ojos con gafas negras érame posible resistir la viveza de la luz en plena calle. Fue menester reducir los paseos a la hora crepuscular, motivo mayor de tristeza y abatimiento. Siguieron a esto dolores en las sienes, vascularización en la córnea, y que perdía su brillo, tomando, según me dijeron, un aspecto mate, sanguíneo.

Recluso en mi habitación, sumido en intensa oscuridad, yo no distinguía los días de las noches, ni un día de otro, ni apreciaba el principio y el fin de cada semana. Era para mí el tiempo un concepto indiviso, una extensión sin grados ni dobleces. Las únicas interrupciones de la continuidad  eran los momentos en que me hacían la cura de los ojos el doctor o su ayudante…Mi ceguera llegó a ser absoluta; mis ojos inflamados me daban la sensación de dos ascuas mal contenidas dentro de las órbitas…”

El escultor Victorio Macho , que realizó la estatua del novelista, ha evocado en sus Memorias ambientes y amistades de Galdós cuando ya era anciano:  “ Me recibía sentado en un butacón y con las flacas piernas cubiertas con una manta y fumando siempre. Solían acudir algunas tardes Margarita Xirgu, los hermanos Quintero, Pérez de Ayala, Ramírez Ángel, y la voz de Margarita conmovía a Galdós (…) Para la estatua del Retiro — escribe el escultor— me puse a trabajar en un pequeño taller junto a mi estudio de las Vistillas, y al no tener espacio para mi obra hube de tirar un tabique para poder girar la estatua, y en vista  de que tampoco aquello me  daba  espacio suficiente para contemplarla, alquilé una carreta  con cuatro bueyes, donde se montó la figura de Galdós en barro y allá fue removiéndose y deformándose en el camino hacia la carretera de Extremadura hasta una amplia nave que había alquilado.

Concerté con don Benito que él iría a mi taller en su coche llevado por su criado, sin que nadie supiera el motivo. Así fue. Llegaba el gran hombre, casi ciego, y entre Paco y yo le subíamos a unas gradas con un sillón sujeto a ellas , donde se sentaba en postura semejante al boceto de la estatuilla que le había hecho.  Posó varias mañanas  y estudié más aún sus largas y huesudas manos de escritor y la forma del rostro y la cabeza.

Cuando en 1918 terminé en el Retiro su estatua en piedra, don Benito deseó “verla” — como él decía —, aunque ya casi estaba ciego; entonces le aproximé a la mole pétrea, a la que tocó con sus manos y me dijo: “Magnífica, amigo Macho. Y ¡cómo se parece a mi!” Después se sentó sobre las gradas del pedestal y alguien nos hizo una fotografía, que aún conservo con orgullo.”

 

 

(Imágenes- 1- estatua de Galdós – jardines del Buen Retiró/ 2- Galdós jóven  – periosya dihiyal)

CIUDAD EN EL ESPEJO (20)

“Pasó el ángelus de ese martes de mayo cerca de la Virgen de la Paloma, a la que había venerado con constancia dos reinas, Maria Luisa de Parma e Isabel ll. Pasó el ángelus con sus Santas Marías y sus Aves Marías cerca de la Virgen de las Maravillas y entró también como soplo de viento no lejos de donde ahora seguía el coche de Begoña Azcárate avanzando, llegó hasta la Virgen de las Carboneras, en la plazuela del Conde de Miranda, casco del Madrid viejo,  antiguo casco de la capital de España, iglesia recogida y casi ensimismada en sus muros, nada lejana a la Plaza de la Villa, en la que se erguía actualmente el  Ayuntamiento, las ciudades, a veces, se cubren de cascos guerreros o pacíficos para envolver cabeza y pies,  cabeza y planos, bronces que protegen su estructura, armadura de piezas tan firmes y bruñidas que el envite del tiempo no logra empobrecer. Juanita Miranda “ la andaluza” había marchado el lunes al frente de su ejército de mujeres limpiando la planta baja del Prado, había pasado frente al salón de actos del Museo y entró en las salas dedicadas a la pintura española del siglo XV, era mujer diminuta y nerviosa, temperamental, hembra de arrestos, había casado con su marido hacía veintitrés años,  conocía el mundo, y a veces, mientras tomaba el bocadillo hacía las once de la mañana refugiándose todos los grupos de mujeres en cuartitos reservados, daba consejos a la más débil y a la vez más extraña de todas, a Eugenia Fernández, la separada del teniente de infantería, Julio Ramón Ortega, nacida ella en la Granja y actualmente residiendo en El Pardo. Tú tienes que aguantar, Eugenia, si a tu hija no la ves, ya vendrá a ti, son egoístas los hijos, buenos pero egoístas, eso los que salen buenos, le decía, Pero es que tú no tienes hijos, Juani, le respondía crispada la otra, tú no sabes lo que es que ella te llame sólo para pedirte dinero, no sé ni dónde está, es que no tiene para eso a su padre, decía Eugenia, o es que su padre no la ve, es que él no tiene un sueldo, porque sí, sí tiene sueldo, y además la ve, que no sé lo que él le ha dado.

 

 

Cecilia Villegas Lucín, nacida en León, a punto de retirarse con sus ahorrillos, callaba y comía, había ya visto demasiado en la vida y contemplaba discutir a las dos, se sentaba cansada en una banqueta y no miraba demasiado su principio de varices, despreciaba sus piernas y su figura, había enterrado a su marido, Antonio Fuertes Bendito no hacía año y medio, bendito Antonio que tanto la había hecho sufrir, se había escapado varías veces su Antonio con bailarinas y actrices de medio pelo, le perdonó cada vez, al fin Antonio Fuertes se estampó una noche con su coche contra una tapia en la carretera de Extremadura, a la altura de Campamento, y quedó inválido de las dos piernas, lo cuidó y lo amparó, lo mantuvo gracias a la pensión de invalidez de él y al trabajo de ella  en el Museo, al fin lo enterró piadosamente, y a pesar de cuanto había sufrido le lloró mucho, y aún ahora, por las noches aunque ella nada contaba, tan discreta era que su historia matrimonial no la sabía bien mas que su espejo, aún ahora en las noches le lloraba desesperada, volcada sobre el catre que le prestó su hermana, hay lloros profundos en Madrid que son intensos y que apenas se notan, difícil es percibirlos a no ser que el oído de la ciudad preste atención al estremecimiento de estos pliegues del sueño, tal era el lloro de esa mujer de sesenta años, Cecilia Villegas, “Ceci” para los amigos, que los lunes, al limpiar, mordía su bocadillo de mortadela y abría su termo de café con leche no lejos de la sala de pintura española del siglo XV, mientras la pátina del tiempo pasaba en volutas sobre los cuadros. Era siempre el tiempo el que parecía pasar y no pasaba, cruzaba de puntillas el dintel desde el tiempo de los muertos.

 

 

Un arte de espectros, le dirá esta tarde con énfasis Ricardo Almeida al médico, son unas  actitudes funerales y una técnica, doctor, para un arte eternamente sepultado, repetirá solemne el guía del Prado ante el psiquiatra don Pedro Martinez Valdés cuando éste le siente en su despacho. Pero es que sólo piensa usted en la muerte, le interrogará el médico, la muerte tanto le obsesiona, le insistirá el psiquiatra. Yo no le hablo de la muerte, don Pedro, le dirá asombrado Ricardo Almeida, yo le hablo de lo que estudié, de la muerte en el arte, es decir, del tiempo de los muertos. A Ceci Villegas Lucín, o a Cecilia Villegas, que de ambas maneras se la puede llamar,  viuda de Antonio Fuertes Bendito,  no le impresionará en cambio la muerte el lunes de mayo que limpie el Museo, sentada y prácticamente derrengada sobre una banqueta muerde su bocadillo de mortadela y bebe a sorbos su café con leche, ha desenroscado la tapa de su termo y piensa unas veces en su Antonio juerguista y que al fin de sus días se quedó paralítico, y otras cuenta cuidadosa y amorosamente los meses que le quedan para retirarse. Once meses, tres semanas y dos dias, Ceci, se dice a sí misma ante el pequeño espejo de su pequeño cuarto, vive en un entresuelo en la calle de Tendis número doce, en el distrito de San Isidro, por la calle de Tendis y subiendo la calle de Valdecelada, ascendiendo enseguida por la calle Carlos Dabán se llega hasta la Vía Carpetana, y doblando a la derecha, esa Via Carpetana alcanza pronto las tapias del cementerio de San Isidro. Ese entresuelo de la calle de Tendis número doce que le prestó su hermana huele siempre a cerrado y a rancio, allí  estuvo sentado ante la ventana y a la altura de la acera, mirando sin ver la vida del barrio, sus ojos mansos como cordero casi degollado, Antonio Fuertes Bendito, fontanero de profesión, que ganó mucho dinero en la vida a base de chapuzas y de arreglos, y que trabajó y se divirtió de lo lindo, que no se perdió una verbena madrileña y que bailó incansable en El Barrio de La Latina y en ciertos cuchitriles de la Plaza de la Cebada, junto al Mercado. Ceci recuerda que su Antonio solía ir al Mercado muchos días muy temprano le atraían las bombillas sobre pintorescas pescaderías madrileñas, siempre le atrajo aquella luz resbalando por el lomo y las escamas de las pescadillas brillantes y muertas, sus cabezas abiertas entre trozos de hielo, el mostrador de aquel Mercado que proseguía  en un barrio típico de la capital, el Mercado lleno de gritos y voceo. Mi Antonio, se decía Ceci Villegas mirándose al espejo y hablándose a sí misma, odió siempre el gigantesco Mercamadrid de las afueras actuales, no quiso verlo, él disfrutaba en las tabernas de la calle de Calatrava, y aún me acuerdo, se repetía Ceci Villegas por las noches, llorando desconsolada, mis cumpleaños en “Casa Paco”, en la plaza del Cordón.”

 


Ha pasado ya el coche de Begoña Azcárate en este martes ocho de mayo no lejos de la Plaza del Cordón, hace tiempo que fue dejando atrás los comercios de la calle Mayor y que entró en la Puerta del Sol, fue pacientemente buscando lugar y sitio en un aparcamiento subterráneo cerca de unos grandes almacenes de la calle de Preciados. Eran algo más  de  las doce y no se puede describir la vida simultáneamente en libro alguno. Van las existencias vestidas con sus trajes, habitan en sus propios disfraces de diverso tamaño y colorido, camina por un pasillo del sanatorio del doctor Jiménez el psiquiatra don Pedro Martinez Valdés, sube una escalera mecánica Begoña Azcárate, los peldaños parece que se comieran a sí mismos, van tragándose sus entrañas, sus rendijas y ranuras, las fauces dentadas de los peldaños de esta escalera mecánica dan la impresión de una portentosa máquina que girara transportando a la gente, las cosas que se inventan en este fin de siglo, cuántos siglos quedarán para que se acabe el mundo,  llevamos veinte siglos desde Cristo y no se cuentan los que quedaron amontonados en la historia anterior y en la prehistoria, a Onofre Sebastián en su trabajo de “Nebraska” le ha llegado la hora de poner los manteles y hacer señas, silbos, suaves pitidos a sus compañeros cuando encarga algo de cocina, gambas, callos, riñones, langostinos, sesos, mollejas, un plato combinado, pero es por la Plaza de la Cebada y por la Plaza Mayor y bajo sus arcos donde se fríen suculentos calamares  y el olor de los fritos entra por el olfato madrileño, aún no hay turistas en la capital, no llegó el desembarco de las lenguas, los mapas y los pantalones cortos, cuando los turistas lleguen a la capital de España perderán sus vergüenzas y mirarán bien y sin timidez la lista de los precios. Eran algo más de las doce de aquel día de mayo y por las dos Cavas, calles estrechas llamadas de la Cava Alta y de la Cava Baja, restaurantes famosos, cada uno a su quehacer y a su oficio, cocineros en las trastiendas o en los sótanos con sus blancos gorros y sus hábiles manos, que los hombres parecen más diestros que las mujeres cuando se disponen a tales faenas, cortan carnes y pescados y ordenan las mezclas de las salsas mientras vigilan el hervir de las cazuelas gigantes, más parecen capitanes de barcos que otra cosa, dueños eficaces al mando de ejércitos. Vivía por entonces un rey Borbón que a veces escapaba con sus amigos hasta “Casa Lucio”, un restaurante de la Cava Baja, y el dueño lo sabía y preparaba y disponía cubiertos, extendía manteles de cuadros blancos y rojos como rojo era el vino de las botellas que reposaban en las bodegas, blanco, rosado y aquel vino tendido tal como si durmiera, bodegas casi a oscuras en el fondo mismo de Madrid, quietud de sus entrañas, añejas cosechas que provenían de distintas comarcas españolas, fluir manso de vapor en sus grados que aguardaba salir y desbordarse, caer en copas y arder en sienes y colarse en estómagos. Luisa Suárez Amores, otra de las limpiadoras del Prado, viuda y con dos hijos a los que había sacado adelante limpia y honestamente, chico y chica, Cayetano y Paloma respectivamente, presumía de haber nacido en el centro mismo de Madrid, no en el actual centro al que algunos se referían hablando del kilómetro cero de España, aquel marcado en las  baldosas de la Puerta del Sol y bajo el famoso reloj, sino en el centro más antiguo, es decir por donde ahora discurría la calle de Segovia, apartado aquel lugar del río Manzanares, que para poco había servido, y apartado también de la gran mole blanca del Palacio Real, nido y nudo ese trozo de la calle de Segovia de la historia más remota de la ciuda,d, del origen de Madrid, matriz y madre de aguas. La capital, ahora, a finales del XX, extendía humos, vahos y vapores, y su aire delgado, fino y delicado, aquel clima que por ser tan sano había compuesto el cuerpo de muchos monarca y vasallos durante varias épocas, aquel clima célebre por el bienestar que derramaban sus cielos, había quedado envenenado por la polución y una capa impalpable pero espesa y grasienta abarcaba ahora la anchura de aquella  capital que en otros siglos fue tan salubre. Luisa Suárez Amores, que el lunes también limpió el Prado, era mujer muy alta, seca en apariencia, firme de compostura, valerosa y decidida. Había quedado viuda muy joven y vivía no lejos del Puente de Segovia, en la calle de Segovia número ciento veinte, a un paso tenía los jardines de las Vistillas donde los veranos brillaban en verbenas costumbristas los aires de la noche. Muerte extraña había sido, muerte extraña y repentina la de Julián Cibeiro Cardoso, su joven marido nacido en Cambados y llegado a Madrid, gallego silencioso y falto de humor, que pocas cosas dijo en su vida y que murió en la cama de madrugada,  junto al cuerpo de Luisa, desgraciadas y tristes son esas muertes mudas, todas las muertes lo son, él era el hijo único de  unos pobres campesinos a quien habían dejado estrecho capital, la madre  de Julián, Rosa Cardoso, había recorrido una y otra vez durante años, vendiendo la fruta y las patatas que sacaban de la huerta, desde Cambados hasta Villanueva de Arosa y desde Villanueva de Arosa hasta Cambados.”

 

José Julio Perlado —“Ciudad en el espejo”

 

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

(Imágenes—1-  C L Frost/ 2- Yoko Akino/ 3- Rem Jasón Rohlf)

VIEJO MADRID (68) : PATINAJE EN EL RETIRO

 

“En los periódicos de los años veinte podía leerse al llegar el mes de diciembre: “Ayer los madrileños empezaron a patinar sobre el hielo del estanque del Retiro“. Era normal que así ocurriera todos los años – comentaba Fernando Díaz -Plaja -, una tradición que se remontaba  al siglo XVll cuando por vez primera el rey y los cortesanos del Buen Retiro habían asistido en 1622 a una exhibición de unos holandeses en el difícil deporte de patinaje artístico. Por cierto que, según las “Noticias de Madrid” (1621 a 1627), la demostración acabó en tragedia al romperse el hielo y perecer uno de los deportistas. “Simtiólo mucho el Rey y mandó se supiese si tenía mujer e hijos para hacerles merced y que se le dijesen trescientas misas”.

ABC publicaba regularmente una portada en la que Alfonso Xlll hacía su ejercicio de patinaje en el estanque de la Casa de Campo; el parque era de propiedad real y por tanto estaba solo. Hasta que se abrió al público, el Retiro fue el único parque de Madrid. En él existía la convivencia  – no la fraternidad – de ricos y pobres. Los primeros llegaban de las calles Serrano y Velázquez y era una comitiva compuesta de amas de cría con sus vestidos primorosos, los largos pendientes y la seguridad de su porte que le daba saberse bien alimentadas y vestidas, mimadas por la familia que le había confiado lo más precioso que contaba : su hijo pequeño”.

 

 

Fernando Díaz – Plaja evocaba todos estos aspectos del Retiro y muchas más cosas de la. ciudad en su libro “Madrid desde (casi) el cielo“, es decir desde el piso 33  de la Torre de Madrid donde vivió  muchos años. Desde allí, su alto observatorio privilegiado le proporcionaba una visión única de las calles y de las historias, también de la Historia con mayúscula y de sus Documentos, también de las anécdotas que enriquecen las vidas de los hombres. Desde allí – decía – “el Retiro es el “único moño verde” en una amplia extensión de torres, azoteas y tejados que se extiende desde las Vistillas a la Dehesa de la Villa yendo en el sentido contrario a las agujas del reloj. No es un Retiro sino el Retiro, el único lugar en muchos kilómetros donde el nativo o el forastero puede abandonar el asfalto y la contaminación para respirar oxígeno y oír a los pájaros”.

 

 

(Imágenes. -1-patinaje en el Retiro- el Retiro y yo/ 2- amas de cría-yo-made wordpress/ 3.-el Retiro- Wall Street international)

VIEJO MADRID (21) : IMÁGENES Y RECUERDOS

“Vámonos al mercado – nos dice Azorín -. Observémoslo todo con detención y orden. Lo primero son las alcamonias, es decir, el azafrán, la pimienta, el clavo, el tomillo salsero, los vivaces cominos, los ajos. Sin las alcamonias no se puede hacer nada. Tendremos tiernas carnes y frescas verduras. Pero no nos servirán de nada. Escribe prosa el literato, prosa correcta, prosa castiza, y no vale nada esa prosa sin las alcamonias de la gracia, la intuición feliz, la ironía, el desdén o el sarcasmo. Anexos a las especies aliñadoras están los elementales adminículos de la cocina. Puestecillos de tales artes hay también en los mercados. Tenemos aquí las trébedes, las espumaderas, las alcuzas, los aventadores, los fuelles.”

“En Madrid trabajan dos fábricas de viento, quiero decir de fuelles: una en la calle de Cuchilleros y otra en la Cava Baja. (…) Los pimientos y los tomates nos dan lo rojo. Los rábanos, el carmín. La col, lo blanco. La brecolera y las berenjenas, lo morado. La calabaza, lo amarillo. – sigue diciendo en su libroMadrid” – (…)”

” ¿Y los gritos y arrebatos de los vendedores? El mercado francés es una congregación de silentes cartujos. Nadie chista. Las vociferaciones del mercado español nos llenan de confusión. Se apela con vehemencia al comprador. Se encarece exaltadamente la bondad de lo que se ofrece; pimientos, tomates o coles. Se defiende a gritos el precio, regateado por el comprador. La gritería llena la calle”.

“La Plaza Mayor es austríaca – nos dice a su vez Corpus Barga en “El Sol” , en 1926 (Paseos por Madrid“) -. La de Oriente, borbónica. (…) Puerta Cerrada es de Galdós. La Puerta de Atocha es de Blasco Ibánez. La de Isabel ll es de Valle-Inclán. La de Cuatro Caminos, de Pío Baroja. Las Vistillas son de Azorín. Las plazas de las Descalzas y de los Carros son castellanas. La cabecera del Rastro es modernista. (…) Las plazas de Recoletos y el Prado son europeas. Las de los bulevares son provincianas”.

“La población se va empobreciendo a medida que se aproxima al Rastro.- nos dice por su parte el gran RAMÓN – (…) Por medio de la calle van más carros que coches y pasan algunos burros ingenuos. Se encuentran más perros en libertad, perros de pieles apolilladas que rebuscan en el suelo, gachos y mohínos como colilleros. Van y vienen mozos de cuerda cargados, con miradas nubladas de bueyes cargados de piedras insoportables- nos sigue diciendo Ramón en “El Rastro“-. Algunos buhoneros de objetos nuevos, de espejos de luna confusa y mareada, de muñecas, de boquillas, de mil otras cosas insignificantes, venden en estas calles próximas, cuatro raras calles que de pronto se reunen en un trecho, medio calle, medio plaza, medio esquinazo, y brota el Rastro en larga vertiente, en desfiladero, con un frontis acerado y violento de luz y cielo, un cielo bajo, acostado,  concentrado, desgarrado, que se abisma en el fondo, allá abajo, como detrás de una empalizada sobre el abismo“.

Vienen y van así las plumas de los escritores sobre Madrid. Es un gozo escuchar sus voces tan distintas, sus prosas pisando las calzadas, subidas a las aceras, asomadas a tantos balcones para descubrir cada una de ellas por vez primera los secretos que encierra la ciudad, paisaje que siempre estará ahí, dejándose mirar por tan variadas pupilas.

(Imágenes:- 1.-mercado en la madrileña Plaza de San Miguel.-dibujante: Francisco Padilla Ortíz.-La Ilustración Española y Americana.-1881.-saber.es/2.- la calle de la caza.-dibujante Francisco Padilla Ortíz.-La Ilustración Española y Americana.-1881.-saber.es -/3.-El mercado de la Plaza de los Mostenses -dibujante Diaque.-grabador Arturo Carretero.-La Ilustración Española y Americana.-1880.-saber. es/ -4.-Plaza Mayor de Madrid.- venta de pavos el 2 de diciembre de 1906.-La Ilustración Española y Americana.-cervantesvirtual/ 5.-El Rastro.-dibujante Domingo Muñoz.-grabador Andrés Ovejero.-La Ilustración Española y Aemricana.-1898.-saber.es)