CRÓNICAS MARCIANAS

 

 

Las últimas noticias sobre el aterrizaje y observación de Marte nos llevan a recordar aquellas célebres”Crónicas  marcianas” de Ray Bradbury que tuvieron tanto eco en los años 50.  El editor Ray Russel hablaba del impacto causado por aquellas crónicas y decía  que “ aunque critiquemos los fallos en la obra de Bradbury ( esos que Kingsley Amis llamaba, con incisiva precisión, un “ especial estilo de imperfección, mitad extravagante, mitad seudopoético, que casa muy bien con el viejo corazón del lector de revistas de sábado por la tarde), es imposible negar su excepcional valía entre los escritores de ciencia ficción. Bradbury es el único de ellos que ha conquistado un puesto de privilegio, pero sin olvidarse nunca del género en que trabaja desde sus comienzos. En lugar de desertar de la ciencia ficción, la elevó al tiempo que él se elevaba.”

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, — decía por su parte Borges—, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.”

 

 

(Imágenes— 1- foto Paul Nicklen- national geographic/ 2-ilustración de Dimitry  Maksimov- Desinh related)

CERVEZAS Y PALABRAS

 

La antología que publica Visor, “La cerveza, los bares, la poesía”, nos lleva a muchas vivencias y lecturas entremezcladas.  Sesenta  mil pubs tiene Gran Bretaña y sirven cada día catorce millones de pintas, dando la razón, según recuerda Ignacio Peyró en su libro sobre Inglaterra, a la frase de Samuel Pepys señalando que esos establecimientos son “el corazón de Inglaterra”  y a los carteles de innumerables pubs indicando que “ no hay nada que el hombre haya inventado todavía que le dé tanta felicidad como una buena taberna”.  Prosigue Peyró evocando cómo “Orwell dijo que nunca había visto un pub que cumpliera con todos los requisitos de su imaginación. Más tarde, en los años sesenta, denunció un bebedor de tanto hígado como Kingsley Amis el hecho de que el pub rápidamente “ se volviera inhabitable”. Los emporios cerveceros desplazaron a los pequeños elaboradores y comenzaron las quejas: “la cerveza ya no es cerveza”, porque está diseñada “para que sepa a lo mismo en todas partes”.

El francés Jean-Francois Revel cuenta en “Un festín en palabras” — su  historia literaria de la sensibilidad gastronómica —-que los mismos egipcios eran grandes bebedores de cerveza y sus esculturas nos muestran escenas de vendimia y vinificación. El hombre, recuerda Revel, ha utilizado todo tipo de frutas, bayas y jugos fermentados para la confección de bebidas alcohólicas. Peras silvestres, manzanas, frambuesas, moras, fresas igualmente silvestres, uvas de viñas silvestres han sido aplastadas y dejadas el tiempo necesario para su fermentación. Apicio, añade, ya se hace eco de un vino de dátiles, higos o granadas.

Brillat-Savarin a su vez, en su “Fisiología del gusto” , recuerda que se ha bebido y cantado el vino durante muchas centurias, antes de sospechar que fuera posible extraer de él la parte espirituosa que constituye su fuerza; pero cuando los árabes nos enseñaron el arte de la destilación , que habían inventado para extraer el perfume de las flores, especialmente el de la rosa, tan celebrada en sus escritos, se empezó a creer que era posible descubrir en el vino la causa de la exaltación de sabor que da al gusto una excitación tan particular.

Y es en esa satisfacción que tantas veces produce el vino y la cerveza donde se alzan las palabras.

 

 

(Imágenes—1-naturaleza muerta con vaso de cerveza y panecillos/ 2- Francisco Ayala en el café Gijón -1930)

CIENCIA FICCIÓN : HUIR DEL MUNDO

 

 

“El protagonista y narrador – Charlie Ewel – del cuento “Of Missing Persons“, publicado en 1955 en “Good Housekeeping”, visita, recomendado por un extranjero a quien encontró en un bar, al director de una agencia de viajes para pedirle que ayude a huir.

“¿De qué?”, le pregunta el interlocutor. Charlie vacila. Jamás ” había intentado concretarlo en palabras”. Al fin, se decide.

“Huir de Nueva York, le dije, y de las ciudades en general. De la zozobra. Del miedo. De las cosas que leo en los periódicos. De la soledad… De no hacer nunca lo que me apetece de verdad. De la obligación de divertirme. De vender los días para tener que vivir. De la misma vida, al menos de lo que es ahora la vida…”. Le miré fijamente a los ojos y añadí en voz baja : ” Huir del mundo”.

El director de la agencia le enseña a Charlie un folleto propagandístico de Verna, un planeta cualquiera. Charlie contempla en silencio las fotografías y las selvas casi vírgenes, salpicada aquí y allá de cabañas de madera.

“No sé por qué, pero uno se daba cuenta al mirar aquellos valles cubiertos de vegetación que aquél era el aspecto que debía haber ofrecido América en el principio de su existencia…, un paisaje parecido al que pudieron tener ante sí los habitantes de Kentucky o Wiscosin hace más de un siglo. Bajo esta foto había otra en la que se veían seis u ocho personas en una playa… Se notaba – de verdad, se notaba – que a todos les gustaba su trabajo…, que ninguno de ellos conocía el miedo ni la angustia… Eran felices, lo serían siempre y, además, lo sabían”.

Charlie preguntó al director de la agencia a qué se dedicaba la gente.

“Trabajan. Todo el mundo trabaja…, viven haciendo lo que quieren, hacen lo que les apetece”.

“¿Y si no les apetece hacer nada?”.

” Eso es imposible, todo el mundo quiere hacer algo. Lo malo es que pocas veces se tiene tiempo de descubrir lo que es”.

 

 

Para tranquilizar a Charlie, el director de la agencia se apresura a añadir que, si bien la vida es rudimentaria, no resulta dura en absoluto : no hay coches ni televisiones…. Tras una última ojeada al interior de las cabañas, Charlie saca un billete para Verna. ¿Qué pasa entonces? No llega nunca. Pierde la fe en el momento crítico y después ya es demasiado tarde. No se tiene derecho a una segunda oportunidad.

Of Missing Persons” – dice Kingsley Amis, que es quien ha elegido este cuento y lo ha comentado enEl universo de la ciencia ficción”- , es un ejemplo clarísimo, incluso desde el punto de vista técnico, de literatura fantástica: no se puede viajar a Verna, uno tiene que encontrarse allí sin más”.

 

 

(Imágenes -1- Robert Mccall- 1968/2- Gabor Jonas/ 3.- Andrew Wyeth- Philadephia museum)

SOBRE LA LUNA

“La superficie de la Luna es suave y polvorienta – relataba Neil Amstrong el 21 de julio de 1969 -; puedo… puedo removerla sin dificultad con la punta del pie. Se adhiere en finas capas como tiza en polvo a la suela y los costados de mis botas. Tan sólo puedo moverme centímetros, o tal vez una fracción de centímetro; pero puedo ver las huellas de mis botas en las finas partículas arenosas…No parece existir demasiada dificultad para moverse de un lado a otro, tal como imaginábamos… Nos encontramos en un lugar llano, muy llano, de hecho”. Así lo transmitía Peter Fairley, el entonces corresponsal científico de las Independent Television News.

En varias ocasiones he hablado de la Luna en Mi Siglo. Recordando mi conversación en París con Gabriel Marcel y evocando lo que sobre la Luna comenta el novelista inglés Kingsley Amis y lo que muchos autores han escrito sobre ella.

 La Luna ha sido atracción constante para generaciones y sus misterios siempre provocaron preguntas.

Cuando el gran periodista italiano Enzo Biagial que ya me referí aquí – le interrogó a uno de los científicos más notables, el físico y matemático Tullio Regge, sobre la existencia de posibles colonias lunares, éste le contestó: ” A mí me parece que hablar de estas colonias es ocioso e inútil. Costaría mucho menos colonizar la Antártida que ir en busca de aventuras por el espacio. Con menos gasto irrigaríamos también el desierto del Sahara. No veo de qué forma la Luna pueda constituir la base natural de una colonia humana. Ante todo, si bien es cierto que resulta fácil llegar a ella, salir es difícil, porque para ello se necesitaría mucha energía. Una colonia humana sería mucho más natural en un asteroide, donde las distintas fuerzas de gravedad se anulan. Si uno recoge minerales en la Luna y quiere llevarlos a la Tierra, tiene que levantar el peso en órbita y emplear mucha fuerza. Lo que supone potencia malgastada. Si uno encuentra el mismo mineral en un asteroide, la velocidad de fuga para traerlo es mínima y el esfuerzo despreciable; bastan veinte kilómetros por hora, lo que significa que si se da una patada a una piedra, la piedra entra en órbita”.

Sobre La Luna – enaltecida en tantas poesías y observada desde tantas ventanas –  puso el pie Neil Amstrong , el hombre que acaba de morir.

Descanse en paz.

(Imágenes.- 1.-Lisa Falzon/ 2.- Luna llena en Kansas City.-MO (AP/Charlie Riedel)/ 3.-Max Ernst.-1970/ 4.-Shannon Stamey.-pichaus.com)

ATRACCIÓN DE LA LUNA

La atracción de la Luna logró que hace cuarenta años unos pasos de hombre pisaran por vez primera aquella corteza. En una madrugada de hace cuarenta años quise seguir en directo el ruido de aquellos pasos caminando bajo el ojo de la televisión.

Como pequeño homenaje a aquellos pasos y a aquella atracción de la Luna – a aquella ciencia ficción hecha realidad – publiqué hace unos días en Alenarterevista el artículo que aquí transcribo:

AltarSelenelouvreMa508

“¿Qué hubo antes de la ciencia ficción? ¿Hubo algo anterior? ¿Vivimos el fin de la ciencia ficción, puesto que toda anticipación es entre nosotros ya realidad? El término “ciencia ficción fue usado por primera vez en 1851, año de la Gran Exhibición londinense. Brian Aldiss, novelista inglés, autor entre otras obras importantes de “Intangibles S.A.” (Alianza), declaró que “la ciencia ficción es la búsqueda de una definición de la humanidad y su status en el universo, que se basa en nuestro adelantado pero confuso estado de conocimiento”. Pero sobre la ciencia ficción las definiciones se pulverizan en el tiempo: “todos nosotros sabemos qué es la luz, pero no es fácil decir qué es”, quiso recordar Samuel Johnson. Así ocurre con la ciencia ficción: la utopía, la alienación, los experimentos científicos, los universos fantásticos y muchas otras variantes se expanden sobre libros y películas intentando horadar nuestras costumbres con la sorpresa, algo cada vez más difícil en un mundo que ya no suele sorprenderse de nada.

 

 

Margaret_Cavendish Mucho antes que emprendieran su camino los viajeros espaciales, todas las geografías de los mitos, islas, dominios y mundos alternativos poblaron la imaginación de las nubes y así autores antiguos descendieron velozmente a la superficie de los infiernos para ascender seguidamente hasta  los cielos y mostrarnos de par en par abiertas las puertas de la fantasía. “El hombre en la Luna o discurso sobre un viaje al más allá” es obra de 1638, la “Historia cómica de los estados e imperios de la Luna” data de 1656, la “Historia cómica de los estados e imperios del Sol” aparece cuatro años después, en 1661, y siete años más tarde, en 1668, la duquesa de Newcastle publica “La descripción de un Nuevo Mundo, llamado el Mundo Ardiente” en donde la autora plantea cómo la humanidad podría ser gobernada por un no-humano, una “inteligencia” animal”.

    

 

Gullivers_travels

Los relatos fantásticos de Cyrano de Bergerac, las proporciones y dimensiones que presentan “Los Viajes de Gulliver” de 1726, las soledades y descubrimientos de “Robinson Crusoe” en 1718, y mucho más tarde las historias de las  máquinas pensantes, serán tocadas con los rígidos, fríos y mecánicos movimientos de Frankenstein, mientras el checo Karel Capek – autor de “La guerra contra las salamandras” – en su drama “ R.U:R”, en 1902, unirá la palabra “robot” precisamente al sentido del “trabajo”. Por tanto, la Luna – tan lejana y cercana – iluminará ya en el siglo XVll el borde de las páginas que estamos leyendo y su rostro blanco, poblado de huecos sin descubrir, nos vigilará desde cualquier ventana. Ambrose Bierce filosofará en “Una partida de ajedrez” sobre la inteligencia no humana y  en 1785 el escritor alemán Rüdolf Erich Raspe, coleccionista de objetos raros y curiosos, devoto de joyas y piedras preciosas, publicará la “Segunda ascensión a la Luna”.

 

 

luna

La Luna siempre estará, pues, presente a través de los siglos. Es una Luna tentadora para toda imaginación y esa  imaginación viaja pronto a la Luna queriendo cubrirla o desnudarla, y cuando en 1969 la pisada del primer hombre deje allí su huella miles de ojos la habrán visitado antes gracias a la literatura. En 1966  el escritor inglés Kingsley Amis, padre del novelista Martin Amis, quiso definir una vez más la ciencia ficción como “aquella forma de narración que versa sobre situaciones que no podrían darse en el mundo que conocemos, pero cuya existencia se funda en cualquier innovación de origen humano o extraterrestre planteada en el terreno de la ciencia o de la técnica, o incluso en el de la pseudo-ciencia o la pseudo-técnica”. Cada día, sin embargo, la ficción no sólo no hace ciencia sino que la modifica y la supera, y la anticipación se disfraza para todos nosotros en utilidad real: ella nos acompaña como objeto corriente que nos mira deslumbrante y paciente desde los escaparates.

   

Antes de la ciencia ficción creíamos que alguna vez nos encontraríamos de repente con ella, pero ahora, al verla cara a cara, nos sorprende que ya no nos sorprenda nunca. Vivimos desde hace tantos años dentro de una ciencia ficción asimilada que ya no nos arriesgaríamos a entregar nuestra vida para que a cambio nos den una fascinante novela”.

(Imágenes: ilustraciones pertenecientes a Alenarterevista)

ANTEPASADOS DE LA CIENCIA-FICCIÓN

“Abandonando la persecución nos hicimos con dos trofeos: uno por el combate de la infantería sobre las telas de araña, y otro por el combate aéreo sobre las nubes – escribe Lucio de Samosata en su “Historia verídica“, en la mitad del siglo ll -. En ese preciso momento los vigías nos anunciaron la llegada de los centauros volantes, a los que Fetonio había esperado para la batalla. No estaban muy lejos de nosotros y ofrecían un aspecto extrañísimo. La parte superior del cuerpo, que tenía forma humana, era tan alta como el Coloso de Rodas, y la inferior, en forma de caballo alado, era tan grande como un navío. En cuanto a su número, prefiero no escribirlo por temor a excitar la incredulidad de los lectores”.

Si esto ocurre en el siglo ll, en el XVll, Shakespeare, en “La tempestad“, describe a Calibam como mitad hombre, mitad bestia, y a Ariel (como recuerda Kingsley Amis) como un rádar móvil antropomorfo.

Vayan estos antepasados por las nubes de los libros volando y acompañando a la estela de Arthur. C. Clarke – al que aludí en Mi Siglo el pasado 17 de diciembre – y que nos acaba de dejar.

HABLANDO CON C. S. LEWIS

Me cuentan que estando un día en animada tertulia C. S. Lewis, Kingsley Amis y Brian W. Aldiss, tras haber paladeado el primer whisky en aquel despacho del Magdalene College que usaba el profesor Lewis hasta poco antes de que su enfermedad le obligara a retirarse, el autor de las “Crónicas de Narnia” comentó que alguna ciencia-ficción solía abordar con acierto temas mucho más serios que los de la novela realista, problemas reales sobre el destino del hombre.

Brian W. Aldiss no contestó. Se estaba dando cuenta de que las palabras de Lewis no habían sido pronunciadas con normalidad aunque él acababa de oirlas perfectamente porque ahora las veía avanzar con lentitud hacia él, viniendo desde el sillón de cuero en el que se sentaba Lewis hasta su propio sillón y transformadas en cubitos de hielo transparente.

Lo mismo le ocurría a Kingsley Amis. Las palabras de Lewis poseían en cambio para él un eco enorme y rozaban las maderas nobles del despacho, crepitaban un momento en la chimenea encendida y al fin eran recogidas, abrazadas y cuidadosamente envueltas en la suavidad de las cortinas.
Lewis habló toda la tarde. Habló de la terra incognita, de los paseos espaciales, de la radiación solar. Amis le comentó que los escritores serios que todavía no habían nacido o que aún estaban en el colegio pronto considerarían la ciencia-ficción un medio natural para escribir.
De repente la moqueta del cuarto empezó a temblar. La habitación se elevó muy lentamente y el sillón de C.S. Lewis ascendió empujado por la voz del novelista que se vio levantado sobre tejados, torres y jardines. El Magdalene College contempló extasiado aquella habitación en la noche en la que seguían conversando los tres escritores. Lo más impresionante fue oir perfectamente cómo allá arriba los cubitos de hielo eran palabras que Lewis se bebía tomando el whisky.