SOBRE LAS DEPRESIONES

 

 

“Me cuenta un amigo mío escritor su personal receta para salir de las depresiones : “las depresiones —me dice—, con las lecciones de la vida, deben de durar ahora veinticuatro horas. Uno aprende y tiene trucos. Una de las cosas esenciales es afeitarse, estar limpio, estar bien vestido (si se sale a la calle), o estar cómodo si se queda uno en casa. Otra, es “preparar la preparación”, tener a mano un cuaderno nuevo, una pluma o un bolígrafo bueno, a punto. Otra, releer cosas que uno ha escrito hace tiempo, principios de cosas, aunque sin dejarse llevar por el desánimo que a veces da la perspectiva. Otra cosa es empezar a escribir “esbozos de esbozos”, sabiendo que nada de aquello es definitivo, que no hay que trabajar con prisa, que aquello es algo provisional, incluso escribirlo a lápiz, como si se fuera sólo ensayando. Otra cosa importante es releer trozos de escritores “cultural y literariamente amigos”, escritores de calidad, que alienten y que “tiendan la mano”. “Esto lo puedes hacer tú”, parece que te está diciendo el texto. Los escritores inaccesibles — por ejemplo, Valle Inclán —no quitan ninguna depresión. Son admirables, asombrosos, pero no imitables: no sirven en ocasiones así. Parecen gigantes, distantes, a los que no se puede llegar.

 

 

Lo peor para las depresiones  es sumergirse enterrado en un periódico o en la televisión : todo “se ve mal”, todo está mal (aunque sea lo mismo que el día anterior). Lo peor es descuidarse —desde la limpieza al atuendo —, es encogerse de hombros por dentro y dejarse arrastrar flotando por fuera. Las depresiones no sólo dejan caer el pasado negro, lo que no hemos hecho o no sabemos hacer, sino también la desorientación y la apatía hacia el futuro, la falta de ilusión y de razón por abordar lo próximo, por abordar el quehacer. Eso es lo que hay que cortar, abordando el quehacer sin prisas. Me gustan los lunes, con su ir y venir de gentes grises pero arrojadas a la lucha de la vida, sin ese deshacerse apático de los domingos por la tarde. Gracias a Dios que los lunes le arrojan a uno no a la tristeza, sino a la lucha. Lo peor de las depresiones es cuando, de tejas abajo, no se sabe el por qué del trabajo. Entonces es cuando hay que trabajar. Virginia Woolf decía que sus depresiones se las quitaba en la cocina. Cada uno tiene sus trucos. Acaso las mujeres sepan ir mejor a lo concreto. Hay que buscar lo concreto y ponerse a hacerlo.”

 

 

(Imágenes —1-Karen Hesse- Foto Chris Ramírez/2-biblioteque tumblr/ 3-Alexa Meade- 2010)

RETRATO DE ESCRITOR

 

«El escritor, de joven, se sentía culpable cuando escribía. No sabía por qué. Escribir era lo que deseaba y lo que se proponía desde la más tierna infancia. Pero se sentía culpable. De una manera confusa pensaba que tendría que cultivarse y estudiar para escribir cosas más serias. No estudiaba, pero se pasaba el rato pensando que debía cultivarse. Las horas en que escribía le parecían horas robadas.

Cuando escribía tenía la impresión de que debía correr precipitamente hacia una conclusión. Le había ocurrido muchas veces que no acababa lo que empezaba; por eso, acabar era su principal aspiración. Después tal vez huía del propio sentimiento de culpa. Era como un chico que hubiese robado uvas. En su carrera vertiginosa, le turbaban pensamientos molestos, tenía la cabeza como rodeada de un enjambre de avispas. Debía llevar las uvas a personas desconocidas, lejanas y misteriosas. Las imaginaba muy distantes a él y a todos aquellos con los que vivía habitualmente. Las temía. Después temía aludes y terremotos que obstaculizaran su carrera; temía que al llegar no hubiera nadie, que hubiera saltado por los aires la tierra en la que aquellas personas moraban.

(…)

 

 

Ya viejo, escribe muy lentamente. Se detiene un montón de veces para hacer y deshacer. Ahora tiene una enorne paciencia. De vez en cuando piensa que antes de morir debe sacar todo lo que lleva dentro. Pero esta idea no le provoca fiebre alguna. A veces le pasa que ya no tiene nada más que decir, o que solo le quedan cosas muy complicadas, enmarañadas y tortuosas.

(…)

Ahora ya no piensa que deberá entregar lo que escribe a gente lejana y misteriosa. Suele destinar lo que escribe a tres o cuatro personas a las que ve a menudo. En algunos momentos de desconsuelo, le parece que estas tres o cuatro personas no entienden nada. Pide a su destino que le lleve nuevas personas, o bien que reanime a las de siempre con la luz del pasado. Mientras lo pide, recuerda que su destino no suele escuchar sus peticiones.

Ya no tiene miedo de que se produzcan terremotos. Se ha acostumbrado a escribir en situaciones amargas e incómodas, y con opresiones y sufrimientos que lo aplastan, como quien ha aprendido a respirar incluso oprimido por un montón de escombros».

Natalia Ginzburg – » Retrato de escritor»  (1970) – «Ensayos»

 

 

(Imágenes -1- Richard Prince – 1986 – artificial gallery – London- arnet/  2- Karen Hesse  Flatow – foto Chris Ramírez- The New York Times / 3- Agnes Martín  – 1973 – Kornelia tamm fine arts -photographie – arnet)