JUAN MARICHAL Y LA VOLUNTAD DE ESTILO

«Amigo mío – decía Jovellanos en  1799 -, la naturaleza ha dado a cada hombre un estilo, como una fisonomía y un carácter». Lo recordaba Juan Marichal en 1957 como prólogo a su libro La voluntad de estilo ( Seix Barral). «El estilo es camino – decía por su parte Unamuno – , y es a la vez lo que camina como es un río. No un camino por el que se va, sino un camino que nos lleva». «El prosista siempre está en compañía»- recordaba también Amado Alonso-. No hay estilo individual que no incluya en su constitución misma el hablar común de sus prójimos en el idioma, el curso de las ideas reinantes, la condición histórico-cultural de su pueblo y de su tiempo». «El que no tenga nada que afirmar no tiene estilo ni puede tenerlo – comentaba a su vez Bernard Shaw -. El que tenga algo que afirmar alcanzará un poder de estilo tan grande como la importancia de su afirmación y la fuerza de su convicción lo permitan». Azorín, cuando recogía la frase de Juan de Valdés «escribo como hablo», matizaba que la fórmula era buena, según fuera quien hablara. «El  estilo –  (seguía Azorín) –  dicen otros que consiste en la eliminación; se impone eliminar lo accesorio y dejar lo sustancial. Pero se preguntaba: «¿ quién nos enseñará el arte de la eliminación? ¿Quién se lo enseña a los pintores que lo practican?». Por último Azorín igualmente recordaba que «el estilo estriba en la maestría para condensar. Pero poner en práctiva esa fórmula es tan difícil – si no imposible  – como las anteriores. Imposible si no se tiene el don innato».

(Pequeñas incursiones sobre el estilo –   forma y modo que nos abre compañías, camino que nos lleva – en el día de la muerte de Juan Marichal)

(Imagen: Juan Marichal.-Fundación Juan March.)

LORCA DESDE EL CHRYSLER BUILDING

«Manzanas levemente heridas

por los finos espadines de plata,

nubes rasgadas por una mano de coral

que lleva en el dorso una almendra de fuego,

peces de arsénico como tiburones,

tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,

rosas que hieren

y agujas instaladas en los caños de la sangre,

mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos

caerán sobre tí. Caerán sobre la gran cúpula

que untan de aceite las lenguas militares

donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma

y escupe carbón machacado

rodeado de miles de campanillas».

Estas palabras, intuiciones, poemas, Federico los escondía en los bolsillos. Era en papeles de diversos tamaños – algunos de ellos en hojas arrancadas de un bloc, otros abocetados sobre un papel con membrete del Hotel Biarritz de San Sebastián -, escritos a pluma y a lápiz, con los dobleces propios por llevarlos guardados, salpicados de numerosas correcciones, tachones, supresiones y adiciones que señalan el duro trabajo del creador al concebir sus poemas, la búsqueda incesante de la palabra, los pasos de la revelación.

Así consta en el manuscrito de Poeta en Nueva York.

«El cielo ha triunfado del rascacielo – decía Federico García Lorca -, pero ahora la arquitectura de Nueva York se me aparece como algo prodigioso, algo que, descartada la intención, llega  a conmover como un espectáculo natural de montaña o desierto. El Chrysler Building se defiende del sol con un enorme pico de plata, y puentes, barcos y ferrocarriles y hombres los veo encadenados y sordos; encadenados por un sistema económico cruel al que pronto habrá que cortar el cuello, y sordos por sobra de disciplina y falta de la imprescindible dosis de locura«.

«Me va molestando un poco había dicho tiempo antes mi mito de gitanería, no quiero que me encasillen; siento que me van echando cadenas«.

Llegó a Nueva York en junio de 1929, casi huyendo – como recuerda Juan Marichal -de los efectos diversos de su primer gran éxito, el del «Romancero gitano» publicado un año antes. Apenas aprendió inglés, y aquí escribió  «Poeta en Nueva York«. Salió de Nueva York rumbo a La Habana a primeros de marzo de 1930.

«Yo soy español integral«, dijo Lorca. En esta gran ciudad norteamericana estrechó su amistad con el matador de toros Ignacio Sánchez Mejías – que en la ciudad pasó varios meses con la bailarina Encarnación López, «Argentinita«, y a cuya muerte en el ruedo, cuatro años más tarde, dedicó Lorca su elegía «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías«.

«Porque ya no hay quien reparta el pan ni el vino,

ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,

ni quien abra los linos del reposo,

ni quien llore por las heridas de los elefantes.

No hay más que un millón de herreros

forjando cadenas para los niños que han de venir.

No hay más que un millón de carpinteros

que hacen ataúdes sin cruz.

No hay más que un gentío de lamentos

que se abren las ropas en espera de la bala».

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Federico García Lorca: Grito hacia Roma (Desde la torre del Chrysler Building).-Poeta en Nueva York


(Imágenes: 1- Nueva York.-1946.-Andreas Feininger.-photographes gallery.-artnet/2.- Nueva York.-Johann Berthelsen.-Mark Murray.-/3,.puente de Brooklyn.-1998.-foto Barbara Mensch.-Bonni Benrubi Gallery.-artnet/4.-Nueva York en 1911.-foto National Gallery of art.-The New York Times/5.-Nueva York.-foto Eudora Wely Missisipi Departament of Archives and History,.1935.-The New York Times/6.-Nueva York en 1931.-wikipedia)