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Posts Tagged ‘José López Pinillos’

 

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Conocido por su oposición al flamenquismo y a lo taurino, el escritor Eugenio Noel, forma parte de aquellos autores procedentes del periodismo que poseían un temperamento políticamente radical que se implicaba en un retablo de la España rural y que unía a veces el talante vigoroso con una equívoca complacencia. Como algún otro autor – por ejemplo, José López Pinillos – ha sido visto en alguna de sus obras como un precedente del relato tremendista de posguerra.

Azorín lo elogió por su ardor en la campaña contra el flamenquismo. El espectáculo –dijo de él – de un hombre joven que recorre España en perpetua y caliginosa predicación contra el flamenquismo no puede menos de ser interesante.

Martínez Cachero, al analizar la novela española, recuerda lo que Manuel Orozco dijo de Noel en la revista Insula, en junio de 1967 : no es un patán metido a artista payaso, sino un intelectual verdadero con un desajuste interior afectivo y social. Las obras de Eugenio Noel – Las capeas (1915), Pan y toros (1913) España nervio a nervio (1924), Nervios de la raza (1915), Escritos antitaurinos (1913), Alma de santa (1906), El allegreto de la sinfonía Vll (1916), Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos (1916), Semana Santa en Sevilla (1916), Piel de España (1917), Chamuscón y Tabardillo (1920), Como la palma de la mano de un viejo ( 1921), la novela Las siete Cucas (1927) o Diario íntimo (1962) – se expandieron por muy diversas editoriales y el autor consiguió una enorme popularidad a la vez muy discutida.

Noel (sedudónimo de Eugenio Muñoz), siempre infinitamente pobre, infinitamente escarnecido en su miseria, redactando infinitos artículos, pronunciando infinitas conferencias contra los toros, contra la barbarie española, contra las grandes injusticias sociales, recorrió América entre aplausos y críticas. Eugenio Noel – señaló Ramón Gómez de la Serna en sus Retratos – es la figura representativa del escritor que pudo ser genial; que nació para ser genial; pero el medio se empeñó en no dejarle, en hostilizarle, en hacerle vivir de precario.

Este es el ojo de “este estupendo escritor de raigambre española – decía de él Ramónque, después de haber hecho todos los viajes, de haber conocido todas las experiencias, de haber vivido reciamente para escribir reciamente, muere como inédito, apenas esbozadas sus ideas, con una carpeta monstruosa de diseños, potente y joven, al par que yerto y enmudecido, porque no tuvo tiempo y sosiego para realizar su labor, para poner en fila sus ideas y sus palabras”.

 

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Cuando Noel se asoma a lo que hay que ver en una plaza de toros – así titula uno de sus artículos en Taurinos y antitaurinos – habla del toro como mártir y su prosa se concentra en esa dedicación suya a oponerse a la Fiesta: Ahora, he aquí el edificante castigo – escribe -: seis o siete puyazos en los brazuelos, morrillo y cercanías; noventa lances de capa, en los que las vértebras, cuernos y músculos sufren martirios imponentes al dilatarse, contraerse y moverse sin hallar oposición, en redondo, en semicírculo, de frente, cuarteando, etc; seis u ocho pinchos de banderillas y, por fin, nuevos trasteos de muleta y un pinchazo en hueso, una estocada en el lomo, un descabello, otro descabello, dos estocadas más y lances nuevos de capa en todos los sentidos o puntos cardinales.
Este nobilísimo toro antes de ser martirizado era un bello animal, una fiera poderosa que no se hubiera atrevido a hacer daño a no irritarla nosotros. Su destino era ayudarnos, poner toda esa resistencia pasmosa a nuestro servicio. Nosotros lo entendimos mejor, y le toreamos. El se defendió magníficamente. Nos dio un profundo ejemplo de amar su vida, que vale tanto como la nuestra, aunque algunos superhombres hagan aspavientos. Y fue en la plaza un consumado artista. Poseía la fuerza, la belleza y la fe en sí mismo, sobre todo esto último, que es lo que distingue a los toros.

Francisco de Cossío, en uno de los volúmenes de su obra Los toros , acusa a Noel de buscar sus argumentos en capeas y novilladas, en un momento – dice Cossío – en que están en su apogeo Joselito y Belmonte, porque sabe muy bien que la peor de sus faenas tendría que tomarla en serio.

Si en 1913 inicia una apasionada y titánica campaña antitaurina y antiflamenca a la que dedicó el resto de su vida, al año siguiente (1914) Eugenio Noel fundó el periódico El Flamenco. Semanario antiflamenquista, que más tarde se llamó El Chispero y que desapareció a las seis semanas por falta de medios económicos.

Su tremenda actividad como tenaz polemista y conferenciante en su campaña no se limitó a España, sino que en cuatro ocasiones viajó a la América de habla española, que recorrió prácticamente entera, dando conferencias, publicando artículos periodísticos y provocando siempre la polémica.

Al regreso de su último viaje a América, agotado y enfermo de neumonía, ingresó en el Hospital San Pablo de Barcelona, donde falleció el 25 de abril de 1936, pobre, como vivió siempre, solo y abandonado por todos, excepto por su mujer. Al trascender la noticia, el Ayuntamiento madrileño organizó el traslado por ferrocarril de los restos mortales del escritor, pero el vagón en que viajaban se quedó en una vía muerta de Zaragoza. El cadáver fue recuperado y finalmente enterrado en el cementerio civil de Madrid.

 

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(Imágenes- 1.. Eugenio Noel – el mundo es/ 3- Noel- la taberna del librero)

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Cafés y palabras, escribí aquí hace ya algún tiempo.  Ahora, al empujar la puerta del Café Varela en la madrileña calle de Preciados, las palabras me llegan desde el fondo del tiempo, como llegan de todos los espacios, ruido de cucharillas y rumores de voces de antiguas y célebres tertulias. Palabras de Unamuno, de los hermanos Machado, de Emilio Carrere.

¿Se envolvió Carrere en el aire de la bohemia? Cuando Julia María Labrador y Alberto Sánchez Álvarez- Insúa estudian “La obra literaria de Emilio Carrere” allí  podemos leer que “no cabe meter en el mismo saco a Alejandro Sawa o Pedro Luis Gálvez que a Emilio Carrere . Por más que llevara chalina, capa, chambergo, barba cerrada y fumara en pipa, Carrere no era tan bohemio como pretendía ser. Todos esos atuendos los llevaban otros situados en los antípodas de la bohemia: Sassone o García Sanchiz, por citar a algunos. Tampoco vivió jamás lampando, sino ganando buenos duros como funcionario del Tribunal de Cuentas, sin ir, publicando uno o varios artículos diarios y varias veces la misma novela. Gustaba, eso sí, de la mala vida nocturna y del “café con media” del Varela, el Regina o el Victoria, sus locales preferidos. La bohemia vendía bien en el Madrid del inicio del siglo, y en los círculos literarios, aún mejor. Carrere se revistió de una máscara a la francesa”. Y en la entrevista que le hiciera a Carrere López Pinillos (“Parmeno”) en 1920, el poeta afirma: “Yo no he sido nunca bohemio. Odio a los bohemios, me repugnan los bohemios que, en el fondo, son unos cretinos sin vergüenza y sin voluntad. Yo he ordenado el desorden, y, si no como un burgués, vivo como un artista que se respeta”.

café,.56bg.-Denis Allbertowich

 “Carrere, por vocación- comentaba igualmente González Ruano – era un poeta de las más o menos mustias florecillas del mal. Cantor de la cigarra y no de la hormiga. Una maravillosa buena persona que era todo lo contrario de una persona de orden. Vate de la media tostada, de los sofás de peluche, de las coimas y de los vendedores ambulantes. Hombre de sensaciones y de impresiones, con un vértigo vital del que se zambulle en la existencia con audacia y casi con ánimo de bebérsela. Personalidad que era en sí misma un espectáculo”.

Pero Carrere y el “Varela” siempre irán unidos. Dedicó Carrere una serie de artículos a los cafés de Madrid, aquellos que aún existían y aquellos que habían desaparecido. “Entre los siete cafés de la Puerta del Sol – escribía en uno de ellos -,” el Oriental” fue el preferido de los provincianos que venían a la corte y villa: descubrían la Puerta del Sol, y ya se quedaban como pegados con cola a los divanes de rojo peluche. “El Universal” era para las pensionistas y para una tertulia tradicional de canarios, a la que alguna vez iba D. Benito Pérez Galdós; el “Colonial”, para las cupletistas y sus mamás, y los admiradores de la niña; “Levante” para los toreros; “Lisboa”, para Loreto y Chicote; el de “Puerto Rico“, que se llamó de las Columnas, para agentes de negocios, y “Correos”, para los paletos que “paran” en las posadas de las Cavas o en la del Peine; y arriba, en los billares, se veía reproducida la página más pintoresca de la tafurería de Quevedo y de Solórzano. Pero después de la guerra cambió la estampa de los cafés de la Puerta del Sol, y hubo una dispersión de parroquianos hacia los cafés flamantes de la Gran Vía”.

Como dije hace un año, café y palabras, palabras y café. Entre sorbos, cucharillas que remueven las tertulias.

(Imágenes:- 1.-Emilio Carrere.- bremaneur.wordpress/ 2.-Denis Allbertovich.-2photo.ru)

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A las ocho de la mañana, el toro descaminado que marchaba por la carretera de Extremadura – un toro grande, negro, de poderosos pitones – se desmandó y, en compañía de una vaca, empezó a subir por el madrileño Puente de Segovia, entró en el Paseo de la Virgen del Puerto, ascendió luego por la cuesta de San Vicente y alcanzó la Plaza de España. Allí aparecieron los primeros lidiadores espontáneos. Se cerraron comercios y portales, huyeron muchas gentes asustadas, y el toro – en compañía siempre de la vaca -, pasó de la Plaza de España a la calle de Leganitos, volteó allí gravemente a una mujer, y siguió su rumbo por la Corredera Alta de San Pablo. Entraron los dos animales en el mercado, arrasaron cestas y alimentos y se estacionaron luego en la esquina de la calle de la Palma.

A las once, en aquella mañana del lunes 23 de enero de 1928, el toro entró en la Gran Vía. Pasaba en ese momento por la calle el matador de toros Diego Mazquiarán, “Fortuna” que, acompañado de su mujer, iba a visitar a sus suegros. Despojándose de su abrigo, inició algunos lances mientras le traían del Casino Militar una espada. Viendo que con la espada era imposible acabar con el animal, encargó a un muchacho que fuera en un coche hasta su casa, en la calle de Valverde, de donde le trajeron un estoque. Los quince minutos de espera los empleó el diestro en torear – frente a Gran Vía 13, con las aceras y balcones repletos de curiosos y entre vítores y temores – al animal. Entró por fin a matar de media estocada, levantaron en hombros al diestro y una anécdota singular entró a formar parte de la histórica Gran Vía de Madrid.

Cumple este año – en abril – cien años la Gran Vía. A Diego Mazquiarrán no le entrevistó José López  Pinillos (“Parmeno“) en su curioso libro “Lo que confiesan los toreros”. Pesetas, palmadas, cogidas y palos” (Turner), pero quizá el torero le hubiera narrado aquel suceso de modo distinto a como lo contaron los periódicos de la época. Pero los toros escapados por Madrid tenían ya historia. Uno de ellos, el 15 de junio de 1801 – el cuarto toro de la corrida – saltó al tendido de la Plaza que entonces estaba situada cerca de la Puerta de Alcalá, y colándose por la Puerta de Alcalá bajó al paseo del Prado, subió por la Carrera de San Jerónimo, siguió por la calle del Prado, calle del León, calle de Cervantes, Costanilla de las Monjas Trinitarias a la calle de los Desamparados y calle de Atocha para desembocar ya en el campo y dirigirse a Vallecas. Aquí, poquito a poco, volvió a su querencia a orillas del Jarama, sin que nada más le ocurriera.

Distintos toros, distintas fechas. Las ciudades tienen estos secretos. La Gran Vía de Madrid guarda muchos de ellos. De sus esquinas  y edificios salen de pronto los fantasmas de muchas anécdotas.

(Imágenes:-1,.fotografía publicada en los periódicos del 24 de enero de 1928: en el centro, con sombrero y abrigo claro, el diestro “Fortuna”./ 2.-cartel de la zarzuela “La Gran Vía”.-Biblioteca Nacional)

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