PÁJAROS Y PÁJAROS …

 

 

“No sólo son pájaros los que provocan ruidos. Ningún ojo humano puede seguir los desplazamientos periódicos del charrán ártico que ya abandonó sus colonias del Norte avanzando el verano y voló dieciséis mil kilómetros para alcanzar mares que bañan el continente antártico, y a la vez perseguir al babolink —criado en campos de tréboles de Norteamérica —, y, si tenemos suerte de que sea del Noroeste, llegará hasta Argentina, no vía México, sino tocando el Atlántico (un salto en Miami, otro en Cuba, el tercero en Jamaica), para, surcando el mar de las Antillas, entrar con plena fuerza por Maracaibo, atravesar Venezuela, rozar el brasileño Mato Grosso y doblar por Asunción, en Paraguay, y abandonarle ya en su impulso último, Argentina abajo, por el Este, aún doblándose otra vez cerca del Río Negro y Santa Cruz, hasta perderse descansando quién sabe dónde, al Sur, no lejos de San Valentín, ya en Chile, en la médula espinal que recorre América, casi al filo del mar, sobre el Pacífico, donde van cayendo —isla a isla —las costillas de tierra, a flotar en el mar.

 

 

Dejo volar la imaginación con las cigüeñas  y golondrinas de mar real que tengo presas en la pluma, y a las que suelto junto a gaviotas y rayadores, para que algunas vayan al océano Atlántico, y desde Groenlandia, por el mar de Noruega y el del Norte, acercándose y alejándose del cabo Ortega, acercándose y alejándose del cabo Finisterre, tomando distancias respecto a Portugal…, pasan por Funchal, por la isla de Madera, alejándose de Mauritania, de Senegal…, hunden su batir de alas  en el corazón Atlántico, se mezclan con las golondrinas de mar que vienen de la Bahía de Hudson, de la península de Labrador, de Toronto —alas blancas, alas negras, planeando horizontales, sin dar aletazos durante largo tiempo …, aves de alas grandes y anchas, que utilizan las corrientes térmicas…; aves planeadoras que se desplazan de una corriente térmica ascendente ( perdiendo unos momentos de altura), y volviéndola a ganar una vez alcanzada la otra corriente…;

 

 

amplias aves de alas que parecen quietas mientras planean, para pasar a un vuelo batido, en donde el propósito está en conseguir la propulsión hacia delante, impulsadas hacia arriba y manteníéndose en el aire gracias a la extrema ligereza  de sus cuerpos y a su sabiduría para disfrutar las corrientes que producen las olas, los embates del viento, y las variaciones de ese mismo viento, del que se dejan empujar cuando él está a favor y su velocidad disminuye, y le resisten cuando él cambia de orientación y toma dirección contraria, y aumenta, a su vez, velocidad…, y así en medio del Atlántico, cruzándose con las golondrinas que vienen de Terranova, unas camino de Sudáfrica,  hacia el Cabo de Buena Esperanza…, otras — las golondrinas de mar — acercándose a Bahía Blanca, al golfo de San Jorge, separándose de Bahía Grande y tocando casi, sin rozar, Tierra de Fuego o las islas Falkland…”

José Julio Perlado —“Contramuerte”

 

 

(Imágenes —1-John James Audubon/ 2-Sonja Braas/ 3-zack Seckler/ 4-Youssef Nabil- 2011)

LA MUJER DE NIEVE

 

 

“De repente —contaba Hisae—, sentí un ruido. Me estremecí. En la oscuridad, muy cerca del rincón donde yo estaba acostada, escuché una extraña voz que parecía surgir del suelo, una voz muy cercana a mis pies, una voz infantil que parecía un susurro. Aquel susurro lo emitía una figura que yo no podía distinguir en la sombra. Entonces doblé un poco el cuerpo hacia  la derecha, me incliné hacia mis pies, y con gran esfuerzo descubrí casi en el suelo una figura diminuta, de muy pocos centímetros, una figura insignificante que al  parecer era la que me hablaba. “Hisae – oí a una voz atiplada que venía desde el suelo – ,“Yo soy un “yamawaro”, “un niño de la montaña”: me alimento de frutas silvestres y de cangrejos, a veces habito en las montañas de la Isla de Kiousiou, en Kyūshū, por donde te he visto pasear muchas veces con tus kimonos; en los veranos vivo en lagos y en ríos, pero ahora estoy aquí, escondido en esta cueva del viento que está  dentro del Fuji, sé imitar bien el ruido de las rocas que caen, copio el sonido del viento, pero soy un ser diminuto como ves, mucho más pequeño que un enano, tengo este ojo único en la frente desde el cual ahora mismo te estoy mirando, ayudo a leñadores y a campesinos siempre que me ofrezcan un poco de sake o de arroz. ¿Vas a ofrecerme tú un poco de arroz? Porque si me engañas – y de repente aquella voz adoptó  un tono de chillido amenazante  – a pesar de mi poca estatura puedo provocar incendios devastadores y atraer sobre ti plagas mortales. Entonces, dime, Hisae, ¿me darás un poco de arroz?”.

 

 

El diminuto ojo parecía moverse inquieto de un lado para otro por el suelo  pero aquello no me dio ningún miedo. Intenté desplazarme en la oscuridad, intenté levantarme y a la vez irme apartando de aquella pequeñísima figura aunque su ojo me seguía vigilando y casi me perseguía. Cuando por fin me puse en pie me sorprendió  ver delante de mí unas finas columnas blancas que colgaban del techo y que yo no había percibido al entrar, columnas de cristales centelleantes, materiales estratificados, tallos y troncos de diversas formas.  Apoyada en una de aquellas columnas se encontraba  una hermosa mujer de piel blanca, casi transparente, vestida con un kimono también blanco  y con un cuerpo que parecía de hielo. Me miraba fijamente. Apartó el pelo de su frente  y empezó a hablarme en un tono muy neutro, muy despacio:  “Hisae, toda esta  gruta está llena de seres como yo, que somos seres impalpables, a veces muy pequeños y visibles como ese “yamawaro” que acaba de hablarte, otras veces invisibles; somos muchos, estamos dentro de esta cueva del viento pero a la vez estamos también  por todo Japón, por todas las islas de Japón. Algunos  nos llaman los “Yokai” y creen que únicamente somos apariciones, pero no, somos seres reales; si sigues avanzando por esta cueva volverás a encontrarnos en la siguiente, y también estamos en la siguiente, y luego en la siguiente también, y después nos encontrarás en la cueva del hielo y en la de los murciélagos. Yo simplemente soy una “mujer de nieve” de las muchas que existen en Japón. Me llaman “ Yuki-onna”;  nací en una zona dominada por las tempestades. He vivido mucho tiempo en las profundidades de las aguas en la provincia de Yetsingo; en las noches de invierno de luna llena bajo hasta los pueblos y me pongo a jugar con los niños pero les advierto de que no pueden quedarse allí mucho tiempo aprovechando la claridad, tienen que volver a sus casas. Muchos dicen también que en noches de ventisca sorprendo a los viajeros y les absorbo toda su energía con un beso letal, pero  eso no es verdad. Tú no tienes nada que temer, Hisae. Esta mujer de nieve no te va a hacer ningún mal. Sigue  tu camino. Yo no te daré el beso letal.”

José Julio Perlado —(del libro “Una dama japonesa” ) (texto inédito)

 

 

(Imágenes —1-Hasegawa Tohaku- wikipedia/ 2-ogata Korinn-wikipedia/3- Kaburagi Kiyokata)

MAPIA KATEIKA

 

“A sus noventa y seis años, su esposo —Stéfanis Manusos —, abandonando todo quehacer, tomaba el sol cerca de ella, al costado de la sencilla casa solitaria, en un extremo de la aldea donde ya los ruidos de gentes casi no existían. La vida de Mapia Kateika era bien simple: dormía poco, se levantaba al alba. Apoyada en sus dos gruesos bastones, sin encorvarse —arrastrando ligeramente el pie derecho por culpa de dolores desde hacía años —, salía fuera, al aire, a las extensiones, puesto que ella había dicho siempre que “su casa” era todo aquello.., colinas y llanuras, la hilera de árboles y la curva suavidad de los montes… No conocía Atenas. Era la más anciana de todo Corinto, tampoco había viajado nunca por Grecia. De Europa —de todos los continentes y mares, de cuanto Dios había creado y distribuido en el planeta —, Mapia Kateika sólo conocía aquella amplia llanura hacia un lado, a la izquierda.., unos llanos que cambiaban bajo estaciones y climas, como cambiaba la derecha — y ella lo contemplaba, girando sobre sus dos bastones —, el largo lomo de las cimas pobladas de árboles, oscurecidos unas veces tras las cortinas de lluvia, e iluminados otras entre las ráfagas del sol. Aquella era su vivienda: a quien se preguntó luego por sus costumbres, conversaciones y dichos, sólo se pudo responder que Mapia Kateika reconocía como posesión todo aquello que estaba contemplando allí, sentada en medio de su simple pobreza: aquello que dominaba con la vista desde su nacimiento, en lo que ella había crecido y en donde había descubierto el mundo: todo parecía ser “suyo” hasta el fin, “posesión de sus ojos” que allí podían descansar amorosamente, y propiedad de una mirada que distinguía hasta el menor matiz y la más diminuta variación de color. Allí desarrollaba su vida, esencialmente en la vejez, entre los olores de animales y todos los sabores del campo reunidos.”

José Julio Perlado —“Contramuerte”

 

(Imágenes—1-mujer griega -absolut viajes/ 2- René Burri – 1957)

LOS PÁJAROS Y EL MAR

 

“Saben todos que me agrada profundamente el mar. No desdeño la montaña, pero el mar es siempre para mí, sosiego y abandono. Es mundo desierto; arena blanca contra cuerpos tostados. El cielo negro, largas espumas blancas cuyas crestas se acercan, y de lo hondo, avanza su bramido: espuma y oscuridad; tenue descenso de la gran ola suave, curvada, que cabalga en vaivén…y que luego, tras haber asustado, se hace humilde, mansa, plana… deja que rizos de su ímpetu antiguo, se deslicen ahora igual que sedas… El gran Océano…, a los pies de la orilla… y las aves —millares de ojos entre alas —en gaviotas de nubes… estallido blanco y ruidoso…, golondrinas de mar, rayadores…,el avefría… recias y leves plumas, tan ligeras y sólidas, rígidas y dúctiles… pluma remera de tieso cañón y frágil ligereza en el extremo… flexible a todo movimiento, firme y suave…: ojos que miran esos ojos agudos de las aves…—alas de gruesa delantera y afilada y estrecha extremidad —, alas planas o cóncavas en su parte inferior…, para redondearse en su superficie y —en la zona suprema — poder deslizarse mejor entre los vientos…

 

Aves que nadan en los mares.., como los albatros…, alcatraces…; golondrinas de patas diminutas, que intentan caminar con sus pequeños pies…Pelícanos…, piqueros que se hunden torpemente en el mar para buscar su presa ( y saben respirar y aguantar el tiempo justo para surgir con rapidez)…, mientras el águila pescadora, ni se molesta: veloz, toma sus presas a flor de agua, apenas sin tocarla. El mar…—huir de apretadas multitudes —, (como huiría de esos apiñamientos de color de roca que funden bandadas enormes de corre molinos en las costas inglesas… o de la concentración de araos anidando por miles sobre peñascos)… blancas plumas de playa tan repletas e inmóviles bajo el sol…centelleantes luminarias de piqueros por millares, anidando allí, en la isla peruana de Guañape, sin importarles las frías costas áridas de la zona, mientras el mar toma un color de cinc, y un silencio en la hondura más densa va helando, poco a poco, las azules manchas de las brumas…”

José Julio Perlado —“Contramuerte”

(Imágenes—1-Jeremy Deller -2014/ 2-Walter Leistikov/ 3-John Wohrff)

LA ASAMBLEA DE LOS ÁNGELES

 

 

“La  Asamblea llamada del Azul, o Asamblea de  los Ángeles , aunque quizá muchos ahora no la recuerden,  tuvo lugar hace varios años en lo alto de la iglesia de Saint Michel, en Francia, en el pueblecito Puy en Velay, en la región de Auverna, un pueblecito pintoresco y famoso  por su subida casi vertical de sus 268 escalones que ascienden desde las calles hasta la iglesia. Naturalmente los ángeles no necesitaron aquellos escalones y volaron gozosos sobre ellos: cantaron y disfrutaron mientras ascendían.  Se trató en aquella Asamblea de numerosas cosas: allí se sentaron como pudieron docenas de ángeles en los picos de la capilla y otros se recostaron apoyados en los techos, y desde abajo, es decir,  desde el pueblo de Puy en Velay, algunas mujeres que miraban de vez en cuando hacia arriba mientras seguían trabajando en su encaje de bolillos sentadas a las puertas de sus casas, cuando se les preguntó tiempo después si habían visto ángeles, espíritus, o algo parecido, sólo pudieron afirmar que habían percibido un extraño resplandor a media tarde, una especie de hilo brillante iluminado por el sol. Únicamente una joven costurera, Berthe Rufin, que vivía en la calle Rápale y que también se dedicaba al encaje, fue más explícita, y como dijo que presumía de vista excepcional y, más aún, de oído fino, declaró que mientras trabajaba había observado una suave ráfaga luminosa subiendo y bajando desde la iglesia hasta la calle. En los techos de aquella capilla, posados igual que pájaros inmóviles, se prepararon para celebrar la Asamblea, entre otros, un ángel de Zurbarán, y  uno pintado por Murillo, también  un ángel de Poussin, otro de Leonardo y otro de Caravaggio.  Estaban también, apoyados en un extremo del tejado de la iglesia de Saint Michel y procurando no caerse, los once ángeles del famoso díptico de Wilton que habían llegado todos a una desde Londres, desde la National Gallery, y que como siempre fascinaban con su intenso azul. Ellos fueron los primeros que quisieron hablar y así lo hicieron los once a la vez con la voz única que tenían, es decir, como si hablara uno solo, modulando las palabras y haciendo referencia enseguida al azul con que vestían sus ropajes y señalando sus once alas delgadas y verticales que aunque parecían partir de los hombros casi nacían de sus cabezas. Aquellas once alas eran una especie de llamaradas blanquecinas que terminaban en una punta azul. Defendieron que aquellas alas suyas eran las adecuadas para todo tipo de ángeles aunque fueran distintas y estuvieran muy alejadas de tener enormes dimensiones.

 

 

 Y aquí se entabló una gran discusión  entre los once ángeles del díptico que seguían hablando a la vez con voz única y que amenazaban con aturdir a los demás. Se trataba esencialmente de dos posiciones: el debate sobre la importancia del azul en los ángeles y los distintos puntos de vista sobre las dimensiones que debían de tener las alas. Unos defendían mantener un azul puro para las alas, el azul que vestían, un azul sin mezcla para los ángeles, y otros en cambio abogaban por un azul difuminado, mezclando blancos, grises, e incluso negros. Uno de los once ángeles del díptico de Wilton , situado en el extremo izquierdo del tejado y que llevaba en la mano un collar dorado y una corona de flores, quiso destacarse del resto de las voces y confesó que para él el más bello azul era profundo y lanzaba al hombre al  infinito. Tras una pausa, añadió:

la entrada en el azul conduce al país de los ángeles.

Y aún quiso decir más:

quiero quedarme a vivir siempre en este azul que está en trance de explotar.

 

 

Hubo un largo silencio ante aquellas palabras,  y todo el mundo en aquel tejado de la iglesia de Saint Michel en Francia pareció dedicar unos momentos a la reflexión. ¿Entonces era verdad que esencialmente el azul era el que podía representar mejor a los ángeles? ¿Y por qué no representarlos con el amarillo, el blanco o el dorado? Existían muchos ángeles dorados, fascinantes, fulgurantes en la vida, ángeles también sin alas, ángeles sin cuerpo, solamente con cabeza, unas cabezas redondas como de niños, y en ese momento alguien en el otro extremo del tejado interrumpió los comentarios para preguntar por qué no estaban allí, en aquella Asamblea, las diminutas cabezas de los ángeles llorando que pintó Giotto para su Llanto por la muerte de Cristo.

—Ellos expresó aquella voz precisamente por ser azules y por ser sólo cabezas de niños podrían darnos ahora un buen testimonio.

Y así continuó durante toda la tarde aquella apasionante reunión y yo me alejé lentamente de ellos.”

 

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos’) (texto inédito)

 

 

(Imágenes – 1- Howard Hodgking/ 2 – diptico de Wilton- National Gallery/ 3-Adam Fuss-1991/ 4- ángel de Giotto)

INTERIORES : ( y 2 )

 

 

“Y yo miro el escenario al que estoy tan acostumbrado, y pienso cuánto misterio encierra todo esto: creado por el esfuerzo de unos hombres, y alguna parte construida acaso con amor, tal construcción y todo lo construido tiene por fin quedar destruido y no permanecer : tan solo la capacidad de amor y de esfuerzo será valorada, y ese amor escondido en la fatiga de crear  objetos para el hombre, permanecerá al otro lado del fin, cuando los propios objetos desaparezcan. Y en mi imaginación veo por un segundo qué frágil es todo, incluso lo aparentemente  más fuerte, sin poder pesar realmente toda la fuerza de la que es capaz el amor. Y es este cuarto en mi pensamiento como cierta prolongación de mí mismo, como si este contorno tan habitado formara parte de mi propio yo en la existencia de la tierra.

 

 

Contemplo esta alfombra, y el comedor y cada mueble, y mis ojos pasan sobre el sofá  y en él quedan de repente detenidos en
su movimiento: la mirada descansa allí, sujeta por algo entre las cosas. Pero mi pensamiento continúa y en estos instantes  nada ha variado de su rumbo; de tal modo, que todo el pensar sigue hilvanando cuanto ve y cuanto imagina ver. Y es como proseguir en este escenario y tener conciencia de que todo esto tan real ha tenido un inicio y tendrá un fin, y esa exacta y precisa realidad, aparentemente  tan sólida, verdaderamente fuera irreal, secretamente impalpable y casi etérea, aparecida en este momento — que puede durar años, una vida, varias vidas, incluso varías generaciones  de vidas —, pero que sólo en tal momento se muestra como si todo lo construido y su presencia, se desgajara y deshilvanara, desprendiéndose con suavidad y sin ruido, deshilachándose tenue pero decisivamente, hasta desintegrarse en silencio todo lo construido e ir dejando el gran espacio sin límites, la creación  del espacio sin ninguna creación  real de hombre, sino tan sólo su creación  misteriosa  e invisible, esa creación del amor puesto en cada acto elaborado por el hombre, la creación de amor que el hombre deposita al crear y al confeccionar  las cosas y los objetos.”

José Julio Perlado —“Contramuerte”

 

(Imágenes -—1-Tommy Hilding- 2017/ 2-Adolph von Menzel. 1845/ 3-Jan Reich -1986)

INTERIORES (1)

 

“Retorno a la intimidad de este cuarto. Entonces me quedo mirando la alfombra, los dibujos y el grosor de la lana, y sus medidas y extensiones bajo las grandes patas de los sillones: recorro lentamente esta tonalidad de hebras compactas en estilo de nudo suave y levemente mullido, como reconfortante y deslizante: y la mirada ahora, vaga ya más pérdida y más ancha, menos controlada, repasando conforme sube este contorno de las sillas y su borde dorado y oscuro: y más adelante, enseguida, los ojos se tienden horizontales y resbalando sobre la lisa superficie de mesa del comedor sesgada de vetas que la hacen más noble y al fondo, aquí y allá, muy despacio, maderas, marcos de ventanas, cristales, los estantes de la librería, espacio de cuadros, espacios desnudos, de pared blanca… Todo está aquí permaneciendo; unas manos, una vez, lo han colocado según gusto, orden y disposición.  Dispuestos los objetos, aquellas manos se retiraron en una ocasión… y el escenario siempre idéntico, siempre inmóvil — un escenario que es necesario limpiar cada jornada, pero volviendo a ajustar cada pieza en su sitio — y que permanece sin movimiento propio hasta tanto otras manos lo cambien.

 

 

Este escenario es ya un hábito para mis ojos: cada persona tiene alrededor suyo un escenario más natural o más artificial, más rico o más pobre, menos cuidado o más limpio. El escenario de esta habitación hubo una vez que no tuvo existencia, era la nada en el espacio: pero, poco a poco, a cierto nivel de esa nada, el vacío se ha ido llenando y construyendo hasta desaparecer la nada y el espacio, y todo ello adquirir una forma determinada, un color, y sustentado entre otras formas construidas encima, debajo, a derecha e izquierda de ese escenario, cubrir todo ello una forma de aire y de huecos, e ir sustituyendo el aire limpio y vago por un aire limitado, condicionado por fronteras de tabiques y techos y suelos, — y aceleradas sus corrientes según la disposición de ventanas y balcones cerrados o abiertos. Así la nada invisible ha desaparecido bajo creaciones y formas idénticas o diversas, y todas ellas reunidas en muchas ocasiones, estrechamente emparejadas en verticalidad y en extensión horizontal, fundidas en su interior por complejos conductos y necesidades, separados unos bloques de formas de otros bloques, por espacios libres pero estrechos, alargados como calles del aire…, allí quedaban como encajonados entre los muros y girando de improviso en revuelo de esquinas y de cruces.”

José Julio Perlado“Contramuerte”

 

 

(Imágenes—1-Roy de Carava -1953/ 2-Robert Henderson/ 3 –Saúl Leiter)

MÁS CARTAS DE HISAE IZUMI

 

 

“Una  tarde Hisae, mientras escribía, esperó ante el papel sin moverse y mantuvo su pincel inclinado tal y como si fuera a seguir,  tal y como si estuviera engañando al papel y como si fuera a cubrirlo. Siguió así sin moverse. Y de repente empezó a leer lo que el otro (o la otra) le estaba escribiendo:

“Aunque una carta – apareció escrito sobre el papel verde – no tenga nada que pueda calificarse de extraño, es sin embargo una cosa magnífica. Mientras se piensa con ansiedad en una persona que se halla en una lejana provincia y uno se pregunta cómo se podría ir hasta allí, he aquí que se recibe una carta de ella. Al leerla, se siente la misma impresión que si se la viera de pronto y cara a cara. Y eso es maravilloso.”

 

 

Procuró seguir quieta Hisae en aquella postura y mantuvo su pincel perfectamente inclinado esperando por si le decían algo más.

Y así siguió leyendo:

“Cuando se ha enviado una carta a la cual se han confiado nuestros pensamientos, uno siente el espíritu satisfecho, incluso si se piensa que esa carta podría muy bien no llegar nunca a su destino. ¡Cómo tendría yo el corazón triste y cómo me sentiría oprimida si las cartas no existiesen!”

 

 

Aquello parecía realmente un lamento y Hisae quedó impresionada. Esperó aún sin moverse. Parecía que la escritura se había detenido, que algo pasaba, pero de pronto aparecieron más frases sobre el papel:

“Y  cuando en una carta que se quiere enviar a una persona – seguía diciéndole aquella misteriosa escritura – se detallan todas las cosas que uno lleva en la cabeza, eso supone ya un consuelo, incluso aunque la llegada de esa misiva nos parezca incierta. Pero con más razón aún, cuando se recibe una respuesta la alegría de la que se disfruta es capaz de alegrarle a uno la vida. En verdad, lo que acaba de suceder sí parece increíble.”

José Julio Perlado —( del libro “Una dama japonesa” ) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes —1– kimono gallery/ 2-Suzuki Harunobu/ 3-Kawano Kaoru/ 4-surinomo shinata zedkin)

UN SUEÑO

 

 

“Anoche soñé que estaba sentado en mi viejo sillón de casa, algo ya desvencijado, el sillón de mi despacho, un sillón de recias patas y respaldo suavemente curvado donde yo paso tantas tardes escribiendo sobre el mundo y sus cosas, y no sólo sobre el mundo cercano y moderno, el más vecino a mí, sino también sobre el mundo lejano, incluso a veces, con asombrosa e inaudita osadía, escribiendo sobre lo invisible y la eternidad. Recordaba perfectamente la primera vez en la que quise asomarme al umbral de la eternidad. No era exactamente el umbral, así no lo debería definir, sino una sucesión de innumerables cordilleras violáceas y azules tales como yo las vi aquella tarde, cuyos tonos dependían del paso de la luna y del sol, y que se extendían de forma ondulada en el borde de la eternidad. ¿Y dónde podía empezar la eternidad si es que empezaba en algún lado? De pie en aquella altura de la entrada a la eternidad, contemplando las cordilleras que se perdían en la lejanía, pensé en una imagen pintada por Caspar David Friedrich, un gran artista del romanticismo alemán del siglo XlX, en el que un hombre en pie, tal como ahora me encontraba yo, envuelto en nubes, envuelto también en densos vahos que surgían de un fondo indescriptible, apoyado en un ligero bastón, contemplaba de espaldas el mar de nubes extendido entre las rocas, un mar insondable, unas nubes igualmente insondables, un infinito al final de sus ojos que también eran los míos cuando ahora veía la eternidad frente a mí sin poder naturalmente abarcarla, oyendo únicamente los pasos que en ella se daban.

 

 

Me acordaba también de cómo Dante escribía en su gran poema: “levanté los ojos, y así como por la mañana la parte oriental del horizonte supera en claridad a aquella por donde el sol declina, del mismo modo, mirando como el que va desde el valle al monte con los ojos, vi una parte en lo más alto que sobrepujaba en claridad a todas las demás”. Recuerdo que enseguida  me aturdió el inmenso ruido de alas que pasaban encima de mí y que me rodeaban de modo constante, alas cada milésima de segundo y que se arrojaban velocísimamente hacia la eternidad, alas igual que vidas o vidas en forma de alas, alas de médicos, de profesores, de mujeres jóvenes, alas de niños, de soldados, de comerciantes, de políticos, de poetas, alas de campesinos, de malhechores, de reyes, alas de triunfadores y de perdedores, alas de harapientos y de millonarios, alas de ancianos, alas de santos, de criminales, alas de enamorados y de despechados, todos sorprendidos por el impulso del final de sus vidas y que volaban de modo continuo abriéndose hacia la eternidad. A mí no me dio tiempo ni siquiera a contarlos puesto que alas y vidas eran bandadas y bandadas y bandadas innumerables de existencias a la vez sueltas y solitarias, cada una sin recuperarse aún de la sorpresa  y que caían de bruces en el misterio de la eternidad.

Entonces algo ocurrió en el cielo, no sé,  quizás fue un relámpago, no lo sé bien, y me encontré de nuevo  sentado de repente en mi sillón del despacho como si no hubiera soñado jamás.”

José Julio Perlado—(del libro “Recuerdos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes —1- Caspar David Friedrich- el caminante sobre el mar de nubes- arte selecto/ 2- Knud Andreasen Baade -1885/ 3-Turner- 1830)

AQUELLA MAÑANA DE AGOSTO

 

 

”Recuerdo aquellas  zapatillas azules de verano con unos pequeños cordones blancos y con una suela muy fina y cómoda con las que yo había marchado tantas veces deprisa, de modo especial en aquella mañana de agosto tan luminosa que aún tengo en la memoria, aquel  camino de gravilla, el sol brillaba pero aún no calentaba, una mañana virgen podríamos decir, al menos a mí siempre me pareció virgen, todo había que ir inaugurándolo, todo quedaba inaugurado con solo tocar y avanzar con aquellas zapatillas azules entre los setos, quedaba todo encendido, las sombras y las penumbras estaban agazapadas tras las flores, indudablemente eran sombras terribles, altas como edificios, sombras como conflictos, eran los necesarios conflictos que presenta toda una vida con sus ventanas de mañanas y tardes mostrando sus  problemas, pero ahora el camino y la arenilla y la gravilla bajo mis zapatillas y mis pies no me dejaban ver conflicto alguno, no existían los conflictos, al menos yo no los percibía, es como cuando uno está enamorado y le preguntan los defectos del otro o de la otra y uno se asombra, “¿pero cómo va tener defectos?”, contestan, “¡ si es que no los tiene ¡”,  y así iban mis zapatillas asombradas de todo cuanto veían en aquel camino, que no era únicamente flores y diminutos insectos bajo el sol, con alguna que otra mariposa  que pasaba y una pequeña brisa en torno mío, sino que era sobre todo el porvenir, un porvenir que no me parecía incierto sino radiante y lleno de aventura. “

José Julio Perlado – (del libro “Recuerdos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes-1-Jan Stanislawski/ 2-Charles Burchfield)

DE LAS SOMBRAS Y EL ALMA

 

 

“Iban caminando y charlando los cinco amigos  del Greco por la casa del pintor en Toledo y hablaban de las sombras y del alma. Eran las sombras de don Francisco de Pisa, historiador de la ciudad y capellán de la capilla mozárabe; a su lado iba la sombra de don Antonio de Covarrubias, jurista y maestrescuela de la catedral, hombre de espaciosa frente, afilada nariz y barba blanca ; unos pasos detrás marchaba la sombra de don Gregorio de Ångulo, y junto a él la de don Julián de Almendariz la de don José de Valdivielso. Caminaban aquellas cinco sombras charlando amigablemente por la casa, sorteando los escasos muebles que allí había y me acerqué  por curiosidad para enterarme mejor de qué hablaban. Me puse cerca de la sombra de don Francisco de Pisa, el gran amigo del Greco, y le escuché que iba diciendo: “la sombra es precisamente el alma”. Se  lo comentaba así, en voz más bien alta, a don Antonio de Covarrubias, que era bastante sordo y que iba a su lado. Le decía que había leído en Homero que después de la muerte, el alma se convertía en una sombra, en un sueño, y don Antonio de Covarrubias, con gracia, le contestaba que eso de la sombra era una cosa muy común, y que también en Castilla, por donde él había viajado tanto, se solía hablar en los pueblos de “dar buena o mala sombra”, “reírse de su sombra”o “vivir a la sombra’ de Mengano o Zutano” y muchas cosas más. Así los dos iban hablando con gran soltura, agilidad y  humor de ese tema de las sombras siendo ellos mismos sombras por el pasillo. Y entre unas cosas y otras empezaron a recordar las muchas sombras que habían conocido en vida, algunas de ellas pintadas por El Greco, por ejemplo las pertenecientes al  Entierro del Conde de Orgaz , el entierro de don Gonzalo Ruyz de Toledo, señor de la villa de Orgaz , muerto en 1323, y al que, gracias a la pintura, ellos habían podido asistir a su entierro.

—No sé si éramos 25 o 30 las sombras que estábamos allí aquel díaquiso recordar don Antonio de Covarrubias.

—Yo creo que éramos 30, si cuenta usted las sombras de la gloriadijo don Francisco de Pisa.

Bueno, pero es que en la gloria no hay sombras, todo es luz le replicó Covarrubias.
Y así los dejé aquella tarde, hablando del pintor y de la pintura, y caminando por aquellas salas en una conversación  que no se me va de la memoria.”
José Julio Perlado(del libro “Relámpagos” ) ( texto inédito)
(Imágenes – 1–El Greco- El entierro del Conde de Orgaz- Wikipedia/ 2- El Greco- mapa de Toledo)

EL CAMINO DE ANDREI ROUBLIOV

 

“ Se decía que el monje pintor Andrei Rubliov en 1427, envuelto en una amplia capa negra, ayudado con un largo bastón que terminaba en forma de cruz y en el que se apoyaba con rotunda fortaleza, casi cubiertos los ojos para proteger su intimidad bajo una ancha capucha, andando con los pies descalzos por llanuras inundadas de fango en una Rusia desmantelada, había marchado con decisión hasta la iglesia de la Asunción de la ciudad de Vladimir  porque quería pintar algo que llevaba ya en su mente: una serie de tres  tonos de azul con los que deseaba vestir a un angel con un trazo de paz y de concordia. Como todos los artistas de todos los tiempos, Roubliov no necesitaba las manos para crear, sólo necesitaba la mente, en la mente llevaba los tres tonos de azul y ellos iban iluminando aquel oscuro camino  por donde Roubliov avanzaba, un camino de tierras húmedas, a veces inundadas de nieve, donde las luces de los colores sólo estaban en el pensamiento del monje y cualquiera que se acercara a la comitiva podía ver el resplandor de las luces bajo su capucha. Los que le seguían por el caminodos monjes más, también pintores de iconos como él, más jóvenes e indecisos, Daniil el Negro y Cirilo no veían sino las nieblas grises del paisaje, el resplandor de las hogueras por las noches, por supuesto el fango embarrándoles los pies, pero no la luz. Porque la luz, iba diciéndose Roubliov  bajo la capucha mientras caminaba el primero de todos, no se puede mostrar a los demás ya que va en un cuenco invisible quizás dentro de mi cabeza, no lo sé, nadie lo sabe, solo sé que el azul penetrante, el oro y el rojo oscuro, casi cereza, que pinté en su momento. para el icono de “La Trinidad” salieron de mí, yo extendí la mano y el azul penetrante, el oro y el rojo oscuro, casi cereza, y también aquel color tilo claro que usé para la túnica del ángel central, ya los tenía yo en la mente y bajaron veloces hasta los dedos de mi mano, y luego hasta el pincel, y yo no tuve más que obedecer.”

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos” ) (texto inédito)

 

 

(Imágenes-  Andrei Rubliov: 1- La Trinidad – Galeria Tretiakov   Moscú/ 2-arcángel San  Gabriel – 1408)

RILKE Y TOLEDO

 

 

”Rilke se quedó mirando aquel Toledo bajo cielos plomizos, con luces violentas en los ángulos, con una honda y estrecha hoz del Tajo, con unos cerros agrios, un abrupto pedazo de tierra, la Huerta de Safon mirando hacia el Puente de Alcántara, los cerros de la Sisla y de la Degollada, el Castillo de San Servando y el Alcázar. El Greco había querido hacer un Toledo distinto y eso es lo que fascinaba a Rilke, la sinfonía del azul, del ocre y del gris. El poeta definía Toledo como una ciudad del cielo y de la tierra que estaba hecha  tanto para los ojos de los muertos como para los de los vivos y los ángeles.

Allí estaba él, mirando aquella tarde Toledo. Era un personaje no muy alto, de rostro alargado, con una frente atormentada y unos ojos azules de niño y de vidente a la vez, una nariz cuyas aletas se abrían con la respiración cada vez que leía un poema en voz alta y con una gran boca rodeada por un bigote rubio y caído, todo acompañado por una risa precipitada de niño.  Guardaba grandes ilusiones para su futuro: procuraría ponerse en estado de gracia para escribir aprovechando las condiciones exteriores e interiores más favorables, por ejemplo, la ausencia de preocupaciones materiales o la tranquilidad de un lugar estable, o también una alimentación sencilla, compuesta de legumbres y frutas, y buscando asimismo un sueño reparador, pero, sobre todo, la soledad.  Necesitaba la soledad para crear,  le era absolutamente imprescindible. Como  ocurre con frecuencia en la vida, algunas de esas cosas las conseguiría y otras no, pero siempre encontraría la soledad.”

José Julio Perlado -( del libro “Relámpagos”) (texto inédito)

 

(Imágenes – 1- El Greco- Toledo/ 2-Rainer Maria Rilke)

EN LOS MÁRGENES

 

 

“En los márgenes de los libros yo he escrito mucho durante años. Quizá treinta, cuarenta años. Sigo haciéndolo. Ha cambiado mi letra pero no mi curiosidad. Cuando abro de nuevo el “Rilke” de Angelloz , por ejemplo,  leo mi letra en los márgenes y me lleva a mañanas solitarias — las seis, las siete de la mañana, antes de irme a la Universidad —en donde Rilke me hablaba y me habla, hablaba también Rodin con sus consejos: trabajo y paciencia. La paciencia me ha acompañado a esas horas, me ha acompañado siempre, hemos ido la paciencia y yo buscando un banco ante el mar, en el campo, la paciencia se ha sentado conmigo y me ha abierto la página del trabajo, el dedo de la paciencia me ha  ido indicando la cita de Rodin, la de Rilke la de Proust, la de Tolstoi, la de Woolf, me ha ido indicando qué debía anotar,  corregir, analizar, cómo no tenía que  correr,  cuánto había que esperar, apuntar  las sorpresas, dejar testimonio manual de  aquello que me estaba formando, el libro de los márgenes, el libro de mi letra personal, subrayados, flechas, pensamientos,  regalos asombrosos de autores, ocupaciones,  ideas, obsesiones, inquietudes.

Uno  quizá debía  de publicar los márgenes de lo que escribió en su día durante años mientras iba leyendo. Es un río de pensamientos. Viene la paciencia y el trabajo a lo largo del río y me entrega años de lectura y de  silencio.

José Julio Perlado

(Imagen- Diario de Katerine Mansfield – 6 septiembre 1911)

SALIR DEL NOCTURAMA

 

”Esta mañana en mi cuarto de trabajo, en casa, me han rodeado como siempre que escribo murciélagos y jerbos de Egipto, erizos, búhos y lechuzas nativos, zarigüeyas australianas, martas, lirones y lémures que saltaban de rama en rama, corrían velozmente de un lado para otro entre mi cuaderno y mis libros, y también por el suelo de arena amarillo grisáceo o desaparecían de pronto en el bambú. Me había sentado un rato con Sebald para leer juntos “Austerlitz” y la verdad que de toda la mañana solo persiste en mi recuerdo el mapache, al que observé largo rato mientras  él estaba con rostro serio caminando junto a mi ordenador, lavando una y otra vez el mismo trozo de manzana, como si confiase en poder escapar mediante esos lavados, que iban mucho más allá de toda meticulosidad razonable, aquel mundo falso al que, en cierto modo sin comerlo ni beberlo, había ido a parar.

Por lo demás, de los animales que albergaba el Nocturama de Amberes en donde yo estaba escribiendo, sólo recuerdo que varios de ellos tenían unos ojos sorprendentemente grandes y esa mirada fijamente penetrante que se encuentra en algunos pintores y filósofos que, por medio de la contemplación o del pensamiento puros, tratan de penetrar la oscuridad que nos rodea. Además, creo que me rondaba también por la cabeza la pregunta de si, al caer la verdadera noche, cuando el zoo se cerraba al público, encendían para los habitantes del Nocturama la luz eléctrica, a fin  de que, al hacerse de día sobre su universo en miniatura invertido, pudieran dormir con cierta tranquilidad…

Por entonces – era el fin de la mañana – me llamaron a comer. Tardé mucho en poder salir del Nocturama. Me rodeaban todos los animales puesto que cuando uno escribe arrastra durante mucho tiempo lo vivido. Por eso, ya en el comedor y ante mi plato, sin  duda provocado por la visita al zoo con mi lectura y con mi pluma, seguí viendo las jaulas para leones y leopardos empotrados en los nichos de mármol y acuarios para tiburones, pulpos y cocodrilos. Estuve largo tiempo esperando a que se fueran del comedor pero no se fueron. Es la pasión por la escritura.”

José Julio Perlado

 

 

(Imagénes- 1-Stanley Spencer/ 2- tapiz de mitad del siglo XlX)

EL CUENTO DE LA O

 

 

“Este señor que sale ahora de su casa con el sombrero puesto, el abrigo gris, un poco cargado de espaldas, los lentes redondos y el paso corto, este señor de ligera perilla blanca en el mentón afilado, el brazo derecho que surge del gabán sosteniendo una carpeta con gomitas, este señor que mira a todos lados antes de cruzar, tiene indudablemente prisa porque ha de escribir un cuento. El cuento se le ha ocurrido esta madrugada estando entre las sábanas. Es un cuento sobre la O. Se le ha ocurrido esta mañana entre seis y seis y media, ha visto perfectamente la O de su niñez, una O colgada de su cuna que su madre le puso para entretenerle, una O de campanillas y de encajes, una O azul que era a la vez sonajero. Pero como este señor tiene ya cincuenta y un años, en el momento en que ha querido alargar la mano y tomar esa O de su cuna para recrearla y para contemplarla, pues no ha podido, porque antes ha tenido que hacer el ejercicio literario que hace todas las mañanas, un ejercicio de recuerdos, y aunque es escritor y hace gimnasia por las mañanas con las vocales y las consonantes y suele hacer flexiones con las interrogaciones y las normas de puntuación, su edad biológica  – más que su edad literaria – le juega estas malas pasadas, y como hacía frío en su habitación, se ha quedado mirando a la O colgada de los recuerdos de su cuna sin moverse de su cama de adulto, de su cama de soltero.

Porque este señor es soltero. No ha querido casarse por su amor a la literatura, y en eso se ha equivocado. Él creía que con la literatura no tendrían para comer dos personas y sólo podría comer una, y en eso sí ha acertado. Este señor casi no ha comido ni cenado bien en toda su vida. O ha cenado, o ha comido, pero nunca ha hecho bien las dos cosas. El resto del día lo ha dedicado a escribir cuentos. Tiene una medida para los cuentos, para calcular su extensión, es un metro que él lleva cuidadosamente enrollado en el bolsillo derecho de su pantalón, ahora no podemos verlo, porque este señor, mientras estamos hablando de él, mientras estamos dibujándole y contando su historia, ha salido de casa, ha levantado la mano y ha llamado de pronto para que se detenga poco a poco un autobús en la parada. En un descuido se ha subido al autobús. Hay que tener cuidado con los descuidos en los cuentos. Como este señor es despistado y a la vez no controla los descuidos, casi nos deja aquí, en la calle, y se escapa en ese autobús al que por fin hemos alcanzado, hemos subido detrás de este señor, ahora vamos – el señor y nosotros – buscando un asiento vacío —, mejor, dos asientos. Al fin, al fin los encontramos. Ahora vamos sentados los dos de cara al porvenir, nosotros y este señor, el señor pensando en el futuro de su cuento y nosotros procurando no rozar la manga del abrigo gris de este señor.

 

 

Este señor se llama Euclides García. El lo sabe, naturalmente, pero quienes no lo saben son sus lectores, porque este señor firma siempre con seudónimo. Al tener mucha imaginación para sus historias pero carecer de toda imaginación para sus seudónimos ha ido numerando perfectamente todos sus seudónimos, y el primer cuento que escribió lo firmó con el “Seudónimo 1”, el siguiente con el “Seudónimo 2” y así siguió muy seguro por toda la numeración hasta llegar a este cuento de “La O” que ahora está pensando y que habrá de figurar firmado como “Seudónimo 1.353”, ya que este señor es muy prolífico y muy fértil, tiene sus cajones absolutamente llenos de cuentos.

Los cuentos para este señor son como su vida. La O, que es el tema de su cuento actual, se le apareció  completamente azul – ya lo dijimos  – esta madrugada: una O azul como corona de infancia, una O de cuna y de seda que él estuvo a punto de alcanzar. Pero de pronto aquella O se desvaneció, estaba afeitándose un rato después este señor ante la luna de su espejo y no encontró ya la O de su niñez, el vaho del agua caliente le trajo en cambio el círculo húmedo de otra O de espuma en distinto lugar de su infancia , una O de aro, una O  de juguete, algo que se le solidificó enseguida en el cristal, y este señor – asustado y con toda la cara enjabonada y la perilla blanca como la nieve – se acercó para tocar aquella O de espuma redonda, pero la O huyó,  se puso en movimiento por el cristal, empezó a girar y a dar vueltas y acabó rodando hacia la playa de la memoria de este señor, la playa de su primer veraneo. Entonces este señor intentó seguir como pudo a aquella O en el espejo del cuarto de baño haciendo círculos con el dedo, procurando jugar al aro con sus recuerdos, y así salió detrás de aquella O por toda la playa hasta casa de sus padres, llevando siempre derecho su aro en el aire, entre las paredes del aire, guiando con gran habilidad su juguete hasta hacer aquella prestidigitación que él conseguía porque era ya aprendiz de escritor – se le veía que iba a ser escritor -, y la prestidigitación consistía en desdoblar la O en dos pequeñas O, dos ruedas iguales, y crear dos oes como dos ruedas de bicicleta y sentarse luego en la imaginación del sillín y apoyar las manos en el manillar, y hacer sonar el timbre de la fantasía – trín, trintín, trintrintín – e ir luego, ya sin manos, sobre esas dos oes de su bici y salir de casa de sus padres campo abierto, pedaleando sobre su pubertad y su adolescencia.

 

 

En todo eso es en lo que va pensando este señor sentado en este autobús que ahora mismo abandona, porque  ha llegado su parada y acaba de avisar al conductor para que se detenga. Ahora este señor baja con cuidado, da un saltito desde el estribo de la velocidad hasta la acera de la sorpresa, procurando, eso sí, no pisar las blandenguerías que suele tener la sorpresa, porque con la sorpresa nunca se sabe, y uno puede llevar pegada todo el día en las suelas de los zapatos la pegajosa inquietud de la sorpresa, ese húmedo desasosiego, esa hoja seca del caminar.

Y ahora cruza este señor con cierta rapidez las calles porque este señor va ya muy contento puesto que tiene casi dominado el tema de su cuento, o cree que lo tiene, y al tenerlo casi dominado sube de dos en dos los peldaños de las escaleras de su estudio, ese rincón donde él se refugia a escribir por las mañanas. Ya tiene – hace cuentas –  la O de su cuna, la O de su aro de niño, las dos oes de su bicicleta, y piensa que trabajando un poco, quizá puliendo el estilo, incluso puede que llegue a cobrar algún dinero por este cuento, y alcance incluso la cifra de oes o de ceros que soñó alguna vez y que nunca cobró, esas oes o ceros que él ha visto en otros autores y que suelen ir detrás del 1 por ejemplo, o detrás del 2, esa cifra  mágica del 1OO o del 10OO,  algo que nunca le han pagado por ningún cuento y algo con lo que aún sueña. Si eso ocurre, se va diciendo este señor sentado ya en su escritorio, quizá incluso un día me podría casar, colocar la O del anillo en el dedo de mi prometida, grabar por dentro de esa O dorada la petición y la fecha del acontecimiento e incluso tal vez atreverme a poner los labios en forma de O para dar la expresión redonda de un beso, algo que jamás he hecho.

Pero lo que le ha pasado sobre todo a este señor esta mañana – lo que aún no ha contado – es que se le ha desatado de pronto la inspiración. La inspiración le ha rodeado por completo en este estudio cuando él estaba solo y más tranquilo. Estaba este señor sentado, trabajando en su cuento – se había preparado un café y estaba revolviendo el azúcar de su taza, haciendo círculos de O con su cucharilla, es decir, dándole vueltas al tema de su cuento -, cuando la inspiración le ha rodeado por detrás , por su espalda, le ha envuelto, le ha llevado hasta la ventana y le ha empujado a mirar hacia abajo, hacia la calle, hacia la acera desierta. Alguien ha abandonado hace un rato  una corona de hojas marchitas en forma de O junto a su portal, un círculo de flores caducas dibujando la redondez de una O,  y a este señor,  al mirar desde la ventana fijamente esta corona, el corazón le ha dado un vuelco y se ha quedado estremecido,”

 

 

José Julio Perlado – “El cuento de la O” – (del libro “Relámpagos) – relato inédito

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes -1-Kristian Krogh / 2-Edward Burne Jones – 1886/ 3-Emily Bobovnikoff/4- Boris Ivanovich Kopylov)