Una vez más Televisión Española ha querido formularme una serie de preguntas. En esta ocasión sobre mi último libro, «El proceso creador«, sobre la creación en general y sobre los talleres de escritura. Agradezco al programa «La aventura del saber» y especialmente a su director Salvador Valdés esta nueva deferencia.
José Julio Perlado
«MISTERIO Y UTILIDAD DE LA CREACIÓN»
Copio del blog de Juan Pedro Quiñonero, «Una temporada en el infierno« y le doy las gracias por su muy cordial y generosa referencia:
«MISTERIO Y UTILIDAD DE LA CREACIÓN
enero 26, 2014
España quizá sea víctima de un proceso de desertización espiritual.
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La destrucción de lo bueno y lo bello, a través del arte (degradado), la cultura (a través de su conversión en mercancía publicitaria), y los medios de com. e incomunicación de masas (atizando el suicidio moral, ofreciendo pasto a las multitudes lectoricidas), es un proceso saturnal cuya raíz última se pierde en el dédado de la picaresca.
Sin duda, también hubo y hay (proscritos, las más de las veces) creadores que intentan salvar lo que salvarse puede de ese naufragio histórico.
José Julio Perlado pertenece a esa especie, amenazada. Prosigue en su nuevo
libro, El proceso creador (Villanueva, Centro Universitario), la tarea que abordó en su última novela, Perlado y las palabras de la tribu.
Con sencillez, precisión y sabiduría, José Julio desgrana, desmenuza y resume de manera muy pedagógica muchos de los caminos y misterios del proceso creador (literario). Aquí y allá recurre con mucha eficacia a las citas de grandes maestros, aportando preciosos materiales de acarreo.
Recuerda a Virginia Woolf, anotando en su diario, una noche de octubre de 1920:
“Si nunca sintiera tensiones extraordinariamente omnipresentes -de desasosiego, o sosiego, o felicidad, o incomodidad- flotaría y caería en la conformidad. Aquí hay algo con lo que luchar: cuando me despierto temprano me digo a mí misma: lucha, lucha.”
Más adelante, José Julio escribe por su cuenta
: “La felicidad significa última perfección.”
Entre
ambas citas, recuerdo a Luis Rosales: “A mí, en rigor, me han hecho como soy los que amé”. Esa tarea de amar y nacerse, a través de la creación, quizá sea la tarea esencial del creador. Su obra es una forma
de resistencia contra la realidad desalmada de las cosas dominantes, contra la historia, contra Todo diría el maestro Agustín García Calvo. Amén»
«LA DAMA DE LOS KIMONOS BLANCOS»
«Y tras todas estas sesiones de historias y leyendas que Hisae Izumi contaba en su casa magistralmente, años después, ‑precisamente después de 1185, después de la batalla de Dan-no-ura – ella, la dama japonesa, dedicó gran parte de su tiempo (sin duda para olvidar a aquel primer amor) a viajar por todo el archipiélago. La llamaron por entonces en Japón “la dama de los kimonos blancos” porque quizá para recordar a aquel Kiromi Kastase, el samurai muerto, quiso comprarse una serie de kimonos blancos como los que Kiromi llevaba, y vestida con ellos comenzó a recorrer todo el país. Fue primero a las costas de la isla de Dozen, en el archipiélago de Oki, y por las tardes se la veía pasear silenciosa arriba y abajo de la orilla. Cuando las gentes desaparecían y la costa quedaba desierta ella permanecía absorta escuchando siempre el sonido del mar. El sonido del mar venía entonces en caracolas redondas hasta ella, girando por debajo de las olas. Aquel sonido curvado de todas las aguas revolucionadas le iba llegando hasta su kimono blanco y allí se iban quedando impresos los sonidos sobre la blancura de la tela. Redondeaba y culebreaba el rumor del mar sus dibujos yendo y viniendo sobre la superficie del kimono, aparentemente sin tocarlo, pero impregnando de todos los sonidos las mangas hacia abajo, no sólo con los ruidos del movimiento de las aguas sino con la danza de los peces. Ese sonido tumultuoso del mar iba marcando dibujos tostados por todo el kimono, manchándolo de color de agua mezclada con arena y con puntas agudas de espuma como crines de estrellas. Y cada noche Hisae, al colgar su kimono en el armario, aquel kimono dibujado de sonidos, cerraba la puerta y desde la cama oía perfectamente el rumor del océano sobre la tela.
En 1199 ‑ahora en la isla de Kyūshū y ante el estrecho de Iki‑, Hisae comenzó a lucir otros de sus kimonos blancos. Ya no era el sonido sino la fuerza de la corriente silenciosa la que le trazaba el dibujo. Se veía que allí tenía más poder el silencio que el ruido, y el mar, aun cuando se le oía, antes que nada se le veía avanzar impetuoso por los bordes del vestido de Hisae, que le esperaba en pie sobre la orilla. El mar venía girando sobre sí mismo, se autoenvolvía, y las corrientes rápidas iban subiendo kimono arriba hacia las mangas para luego descender hasta los pies. Hisae se dejaba querer por el color del mar, por los azules y los verdes, y por la noche, cuando Hisae colgaba ese kimono en su armario, él apenas estaba húmedo, aunque quedaban para siempre las manchas de las corrientes marinas.»
José Julio Perlado.-(del libro «Una dama japonesa«) (relato inédito)
(Imágenes.-1.-Konan Tanigami- 1917-adamsjapaneseprints.com/ 2.-Kengo Kuma.-Orbe Tea Room.- foto David Ano/ 3.-Carl Gustav Carus.-1819)
MI AMOR POR KIROMI KASTASE
«Vestido con un kimono blanco – contaba Isae Izumi, la dama japonesa – Kiromi Kastase blandía en la mano un gran martillo de forjador que me asombró, pero lo que casi inmediatamente me enamoró de él fue su gran sonrisa. Tenía una sonrisa deslumbrante, una curvada sonrisa igual a una daga que iluminaba sus labios y unos blancos dientes perfectos bajo unos ojos saltones. Me miró de arriba abajo y empezó a hablar. Nunca he oído a nadie hablar tan bien y eso siempre enamora a las mujeres. Comenzó a preguntarme de dónde provenían aquellas hojas que adornaban mi kimono y si eran hojas procedentes de robles o de fresnos, y si alguna se había caído de un acre rojizo y si se había ido tostando sobre la tela hasta quedar seca en un dibujo. No supe qué contestar. Las mujeres nos enamoramos por el oído y yo fui enamorándome de aquella voz grave y mecida de palabras, acompañada por su gran sonrisa, aunque eran las palabras las que me
iban venciendo. Me sentí fascinada por cuanto me preguntaba y cuando me fue explicando cómo era el alma de las espadas ya no aparté su mirada de él. Me fue contando que el alma de las espadas está hecha de agua y que el agua recorre el interior de la lámina hasta la empuñadura y esa agua va haciéndose dura y cortante por el borde de la hoja hasta solidificarse y resplandecer. Y hasta que uno no puede mirarse en esa hoja como en un espejo – me añadió Kiromi – la espada no es buena y el alma de la espada es la que refleja nuestra alma, la que nos dice si deseamos la muerte o deseamos la paz. Me fue hablando después de las aguas del río Shimano, de las del Tone y de las del Kitakami y de cómo bajaban por los ríos espadas aún sin hacer que se endurecían y agitaban gracias a los remolinos de las corrientes. «Esta espada, por ejemplo – me dijo señalando a la tendida sobre aquella especie de altar -, no la he elegido yo sino que ella me eligió a mí. Las espadas siempre eligen a los hombres. Ella ha bajado por el río Katsura y ha llegado hasta aquí. Yo pertenezco a ella, ella no me pertenece a mí.»
«Me enamoré de tal forma de aquella voz –continuaba Hisae recordando sus amores -, de la envoltura de sus palabras y sobre todo de su sonrisa, de su elasticidad y de su fuerza, que cuando supe que no era sólo un simple espadero sino un joven samurai le seguí y viví con él durante mucho tiempo. Fue el tiempo en que él rasgó de arriba abajo el aire con rápidos cortes llenos de celeridad gracias a su sable y el tiempo de los ataques al Palacio Imperial y el tiempo de la batalla sobre el Puente Uji. Yo siempre le esperaba a que él volviera de cada batalla mirando por las noches hacia arriba, a la serpiente de ocho cabezas escondida en las negras nubes del cielo y donde yo sabía – él me lo había dicho – que habían hallado la espada sagrada, la primera espada del mundo.»
«Hasta que una noche no volvió – decía Hisae conmovida – .En el estrecho que une a las islas de Kyüshü y de Honshü, en la batalla de Dan-no-ura, quedó su cadáver en el mar flotando entre un ejército de fantasmas. Yo no he vuelto por allí. No. Nunca volveré. Dicen que los espíritus de los samuráis que allí quedaron siguen reflejados con sus mismos rasgos humanos en las conchas de los cangrejos. No. Yo eso no lo veré nunca.»
José Julio Perlado : (del libro «Una dama japonesa») (relato inédito)
(Imégenes.-1.-Yumeji Takehisa.-gurafiker.tumblr/ 3.-Kawabata Gyokusho/ 3.-Yuku Kisan ja/ 4.-Utagawa Hiroshige/ 5.- Shikama Takeshi)
«EL PROCESO CREADOR»
Hablar de un nuevo libro – que hace el número nueve entre los publicados – es siempre una alegría.
Aparece estos días «El proceso creador» (Netbiblo), que intenta ser una reflexión sobre el misterio de la creación artística. Voy recorriendo en él brevemente las cinco etapas y retos que todo escritor debe superar en su quehacer. Indago – en la medida en que eso es posible – en las preguntas esenciales del por qué se escribe y qué puede hacer uno para desbloquearse. Procuro adentrarme en el instante en que nace el germen de una idea, y en el plano material desciendo a cómo deben usarse – a mi parecer – los cuadernos de notas y de qué forma se han de emplear los sentidos para la escritura. También en estas páginas intento abordar las dificultades que pueden encontrarse para hallar la “voz” en cada relato e igualmente y sobre todo cuánta inspiración y disciplina deben unirse a la vez en el trabajo de un escritor, así como en qué momento debe corregirse un texto, a qué se llama “la escritura de la autenticidad” y cuál es la utilidad de la belleza.
Son, como digo, páginas sobre la creación, no sólo literaria sino también pictórica y musical – la creación en Mozart, en Beethoven, en Schubert, por ejemplo; la creación en Picasso o en Juan Ramón Jiménez – anotando, ya en el caso de la literatura, opiniones muy diversas que van desde Umberto Eco a Patricia Highsmith, desde Clarice Lispector a Virginia Woolf o a Zadie Smith, desde Orhan Pamuk a Stefan Zweig, o desde Flannery O`Connor a David Foster Wallace por citar a algunos de los que aquí aparecen.
Se unen en este libro reflexiones generales y testimonios concretos, respuestas y preguntas que todo creador suele hacerse.
Sobre todo hablar de un nuevo libro es siempre – al menos para el autor – una gran alegría.
(Imágenes:- 1.-portada de «El proceso creador»/ 2.- Lepoldo Maler.-Hommage.-La Colección Hess.-Mount Veeder- California- EEUU/ 3.-ilustración de vonMonkey)
TALLER DE ESCRITURA J.J. PERLADO
Unas palabras escritas por Goya y colocadas en el monumento que le dedicara Vaquero Turcios en el madrileño Parque del Oeste, muy cerca ya del río, siempre me han servido de orientación y aliento para mis clases:
“En la enseñanza de la pintura/
hay que dejar en plena libertad
correr el genio del alumno/
sin oprimirlo/
ni torcer su inclinación/
a éste o a aquel estilo/
No hay regla en la pintura:/
lo mismo que la poesía/
Escoge en el universo/
aquello que encuentra/
más apropiado a sus fines”.
Tal ha sido mi primer convencimiento y mi primera lección.
Durante catorce años he impartido clases o talleres de escritura – tanto en Madrid como en México – y recuerdo muy bien aquella mañana en la Universidad de Villahermosa, al sur de México –al aire libre, muy temprano, a causa del calor – cuando intentando explicar cómo mejorar o enriquecer la creación a una decena de jóvenes escritores mexicanos comenzó a cruzar lentamente por una alta y gruesa rama colocada sobre mi mesa de trabajo un silencioso mapache proveniente de un hermoso parque natural muy cercano. No se inmutaron los alumnos que estaban tomando apuntes y sólo muchos de ellos, al ver al animal en su elegante paseo sobre la rama, exclamaron exaltados : “Mire profesor, ¡un cuento, un cuento!”. No veían ya al animal sino que veían que el animal era un posible cuento caminando en las alturas. Para ellos , era la transformación de la realidad. Ese día encargué a cada uno un relato sobre aquel tema concreto– un relato que me tenían que entregar en la clase siguiente – y no se me olvidará el mini-relato que uno de ellos me hizo llegar:
“Cuando se fue el escritor, el ambiente quedó saturado de un cauteloso hedor a mapache”.
Son los milagros de la creación. Durante años he intentado que esa transformación de la realidad traspasase cualquier frontera y que un rostro o una frase fuera motivo para poder inventar y para poder crear.
Ahora comienzo un nuevo taller de escritura online – tanto de escritura creativa como interpretativa -que tendrá lugar durante el curso 2103-2104, y se inicia el próximo 1 de diciembre hasta el 31 de junio de 2014.
Bienvenidos todos los interesados en el tema.
(Imágenes:- 1, 2, 3 y 4.-biblioteque.tumblr/ 4.-wordpainting.tumblr)
PAISAJES INTERIORES Y EXTERIORES
«Petrarca, fue, como es sabido – cuenta Kenneth Clark en «El arte del paisaje» (Museo Seix Barral) -, el primer hombre que escaló una montaña por el mero placer de hacerlo y para disfrutar del panorama. Pero después de haberse regalado unos minutos la vista con el lejano panorama de los Alpes, del Mediterráneo y del Ródano que fluía a sus pies, se le ocurrió abrir al azar su ejemplar de las Confesiones de San Agustín y tropezó con el pasaje siguiente: «Y los hombres se asombran ante las cimas de las montañas, y las poderosas olas del mar, y el ancho lecho de los ríos, y el circuito del océano, y la revolución de las estrellas, pero a sí mismos no prestan atención«. «Quedé confundido – le confiesa Petrarca
a un amigo -, y pidiéndole a mi hermano ( que quería oír más) que no me molestara, cerré el libro, furioso conmigo mismo de estar todavía admirando cosas terrestres, cuando hubiera podido aprender, desde hacía mucho tiempo, hasta de los filósofos paganos, que no hay nada admirable salvo el alma, que, cuando es grande, no encuentra nada grande fuera de sí misma. Entonces, en verdad, me convencí de que ya había pasado bastante rato mirando la montaña; volví hacia mí mismo mi mirada interior, y a partir de aquel momento no salió una sola sílaba de mi boca hasta que llegamos de nuevo al pie de la montaña.»
Son los paisajes interiores y los paisajes exteriores. Hay quienes se asoman más hacia unos que hacia otros y hay quienes no se asomarán nunca a ninguno. Pero el paisaje exterior e interior sigue ahí, acompañando siempre al hombre. «Todas estas maravillas del cielo y de la tierra – escribí en «El ojo y la palabra» -, la vida inverosímil pero real de los insectos, la multiplicidad, la variedad de las funciones, la armonía de las plantas y de las olas, los rojos oscuros ‑ vivos – anaranjados – amarillos – blancos y azulados encadenándose en el atardecer nocturno, el púrpura de los brezos, de la rosa de los Alpes, del trébol rojo, del ciclamen, la danza circular de las abejas llevando aromas, de nuevo el mar, los embates del mar, la esmeralda azul clara del oleaje en torno al arrecife, otra vez los árboles,
los olmos centenarios de madera dura y elástica, las pequeñas y blancas flores primaverales del olivo, los olores a resina y a bosque, la sombra de los abetos y de los pinos, los veteados, ondulados leños del nogal o del roble, de nuevo el cielo y los enjambres de luz saliendo de las manchas de nubes, todo eso que nos rodea ‑como un jardín del Edén permanente‑ con el lomo acerado de las ballenas y de los delfines, con la agilidad marrón rojiza de la ardilla, el gamo nervioso, el gato crepuscular, todo eso y mil cosas más es la Naturaleza ‑que no son los objetos hechos por el hombre, no son los instrumentos y utensilios fabricados por manos humanas‑ sino son los colores y los aromas infinitos mezclados y entreverados suntuosamente, admirablemente variados y alternativos, salpicando las manchas de un ala de mariposa o del pez sangrador.»
Estos serán los paisajes exteriores que el interior del alma se detiene a contemplar.
(Imágenes:- 1.- Albert Bierstadt.– fotosimagen.org/2- Galen Rowell/3.-Fyodor Vasilyev.-1873/ 4.- Frederic Edwin Church.-1865-Sunset Jamaica)
CASAS ABANDONADAS
«Las ideas en literatura a veces duermen durante años. Juan Rulfo declaraba que su novela «Pedro Páramo» surgió del recuerdo de una muchachita que conoció cuando él contaba trece años. Hay ideas que nos persiguen, están rodeadas por otras; y sin embargo la idea válida emerge al fin. En torno a ese desfile o “persecución” de las ideas en muy diversos sentidos el norteamericano Erskine Caldwell hablaba así: “Veo en la calle un autobús escolar y te preguntas adónde irá. Después te imaginas una escuela y una maestra. Bien, ¿y quién es esta maestra? ¿ Qué aspecto tiene? (…) Entonces te acuerdas de algunas de las maestras que tuviste cuando eras pequeño. Y así todo el rato.” Es algo muy parecido a la “visión” que tuvo Pessoa en un tranvía de Lisboa: imaginar, dejar que la imaginación se expanda, extenderse en horizontes inacabables.
Personalmente, estas “visiones” siempre me han atraído, entre muchos otros lugares, hacia casas deshabitadas. Cuando paso ante esos jardines desolados, algunos al lado del mar, otros en las laderas de un monte o en un extremo de la ciudad, cuando me detengo ante esos portalones ya enmohecidos por el tiempo y vislumbro a través de viejos ventanales habitaciones solitarias y vacías, se me aparecen todas las generaciones que allí vivieron, con sus voces, sus vestidos, sus pasiones y sus hábitos, hay gentes que pueblan de repente esos espacios y desde la construcción de las escenas concretas (inventadas) me remonto hacia las grandes preguntas. ¿Cómo fueron, felices o desdichados? ¿Qué dejaron en sus vidas? A veces, en las clases de escritura, he repartido entre los alumnos grandes fotografías de esas casas abandonadas y olvidadas para que las recreen con historias. En general lo han hecho muy bien. Según los colores desvaídos y los restos de decoración que aún asomaban, según las puertas y ventanas, la altura de los techos, la disposición de los cuartos, la imaginación del escritor recrea hombres, mujeres y niños, coloca muebles, entabla diálogos. No se trata de escribir cosas generales ni reflexiones, sino de inventar, levantar – como si fuera un teatro – unos escenarios reales y humanos cargados de detalles, porque son los detalles los que siempre dan cuerpo a las historias.»
José Julio Perlado.– «El proceso creador» (libro de próxima aparición)
(Imágenes:- 1 y 2.- .- Arunas Balténas)
CONVERSACIONES CON STRAVINSKY
» Juventud interior en Stravinsky, como juventud interior en Picasso. «Mi catálogo de obras pasadas –decía Stravinsky a los ochenta y cuatro años– no me interesa como mi trabajo actual, que dicho catálogo tiende a oscurecer.» Cuando se le pregunta en qué está trabajando a esa edad –murió cinco años después, a los ochenta y nueve años–, responde: «La música dice lo que ella es, y yo no puedo entrar en mi obra con palabras. En realidad, acabo de terminar el Rex Tremendae de mi Réquiem de bolsillo. Lo llamo así porque empleo sólo fragmentos del texto y los estoy mechando con música instrumental y porque –y aquí aparece, como es frecuente en él, su ironía y su inteligente humor– parte de él fue compuesto en agendas que llevo en los bolsillos. Pero soy supersticioso, y no me gusta hablar de la obra que estoy realizando, y mucho menos de un monumento ordenado, como el de Mozart, por un ‘misterioso extraño’.»
Conocí a Stravinsky en Roma el 13 de junio de 1964, como ya relaté en Mi Siglo y sobre el gran compositor he hablado aquí en diversas ocasiones: algunas anotaciones de esta entrada las he ido repartiendo fragmentariamente y – aún repitiendo ciertas frases – en este momento las completo. Porque ahora, al reeditarse «Conversaciones con Stravinsky« (Acantilado) ( los diálogos que él mantuvo con Robert Craft y que leí hace años en la editorial Nueva Visión, de Buenos Aires) , la figura del músico ruso adquiere una nueva actualidad.
Robert Craft, en este libro sobre Stravinsky- como dije ya en «El artículo literario y periodístico» – relata cómo el músico –preferentemente durante los vuelos en avión– escribía en cualquier trozo de papel, en un sobre de carta, al dorso de un menú, de un programa o de una servilleta, al margen de un periódico, y todo eso era luego pegado a las páginas de su agenda, convenientemente ordenado y numerado con lápices de tal modo que ese cuaderno suyo personal en donde la inspiración surgía creadoramente se iba transformando en una especie de continuo collage.
Otro punto importante: la constancia de Stravinsky, su tenacidad por perseguir el remate de su obra como se perseguiría sin aliento algo que hay que atrapar, dominar y abandonar luego, realizado ya, quedar aliviado por haberlo podido realizar. Durante la mañana y el mediodía suele tener lugar para él lo que Stravinsky llama «la invención», es decir, el hallazgo de una línea de creación o mejor de un punto o de varios puntos –por llamarlo de algún modo– de esa línea: es en su escritura en papel pautado o sin rayar y aun sin recurrir al piano; por la tarde suele dedicarse a la composición, es decir, al desarrollo de lo descubierto o «inventado». En la persecución hasta alcanzar el fin y el logro total de la instrumentación emplea el músico horas extras, todas cuantas sean necesarias, escribiendo a gran velocidad, entregando a su hija cuanto va saliendo de su mente creadora para que ella sea la que reproduzca las partituras y las envíe por correo al editor, página a página, puesto que Stravinsky nunca mira hacia atrás, hacia lo que ha escrito.
A los ochenta y cinco años Stravinsky se preocupa por su trabajo y se pregunta si a esa edad uno puede llegar a ser impotente para modificar la calidad de la obra. «La cantidad puede incrementarse, incluso a los ochenta y cinco años, pero ¿puede uno cambiar el todo? Yo, por lo menos, estoy absolutamente seguro de que mis ‘Variaciones‘ y mis ‘Cánticos de réquiem’ han alterado la fisonomía de toda mi obra, y ahora estoy buscando la fuerza necesaria para modificar una vez más esa completa fisonomía.» Juventud interior de Stravinsky: búsqueda continua de mejoramiento, de cambio hacia mayor calidad, lucha incesante en un camino de perfección. «Simplemente quiero continuar tratando de hacer mejor aquello que he hecho siempre, y esto a pesar de que las estadísticas me digan que debo ir cada vez peor. Y quiero hacerlo –sigue diciendo a los ochenta y cinco años– en este mismo ‘Identikit’, tan ajetreado, pero que ha alcanzado tan larga vida.» «Tengo que rehacerme a mí mismo», dice el poema de Yeats. Y esto es lo que hemos de hacer todos. El hombre que ha compuesto El pájaro de fuego a los veintiocho años y que a los treinta ha revolucionado la música con La consagración de la primavera tiene como proyecto y esperanza a los ochenta y cinco años conseguir la fuerza necesaria para modificar –renovar aún más en calidad– la completa fisonomía de su obra.
A los ochenta y cinco años, el creador, tras una forzosa permanencia en un hospital, no se amilana sobre lo que pueda ser su futuro: piensa, por ejemplo, en Vermeer y en cómo el pintor desde su retiro pudo reflejar todo un mundo. Así, Stravinsky sabe que su vejez física le obliga a tener un extremo cuidado con la fragilidad de su organismo, pero añade en seguida que «el talento no se nos concede en propiedad, y tenemos que restituirlo». Y agrega con toda la potencia de su energía escondida: «Sé, no obstante, que tengo más música dentro de mí. Y tengo que darla.» Y concluye, con mucha más fe que la que tendrían algunos jóvenes: «No puedo vivir recibiendo vida solamente.» Se lamenta, en su vejez admirable, de un dolor moral más que de los dolores físicos: aquel que le llega al comparar su exigua producción a los ochenta y cinco años con la que obtenía veinte años antes: de nuevo el trabajo, las comparaciones sobre el trabajo, las emulaciones ante el trabajo, todo lo que es quehacer y perfección en el quehacer: el problema de su ocio, esa «tercera edad» tantas veces esquelética, nostálgica e inundada de lagunas, está para Stravinsky salvada por la música.
Robert Craft dibuja a Stravinsky –era en 1956– como una criatura en la que los apetitos físicos y los movimientos del cuerpo se hacen evidentes mucho antes de que se manifieste la mente, y ello constituye en parte –agrega Craft– la razón de que en su música sean tan inmediatas la autoidentificación y la personalidad de los físicos. Pero Stravinsky, según su biógrafo, sabía también «parapetarse» y hacer creer en ocasiones que las reglas privaban en él más que las emociones, aun cuando su realidad fuera la contrario.
Stravinsky, en su octogenaria juventud, tiene siempre las respuestas a punto, esa precisión irónica sobre una persona, un lugar, una situación de la sociedad. No se adormece su ingenio, ni su observación, ni el registro de su capacidad de análisis; saltan en él continuamente esos chispazos de humos que a unos parecerán espontáneos y a otros sólo forzados y brillantes. Deja que asome cierta mala intención con quienes apuntan mala intención contra él. Siendo octogenario, llama al resto de los octogenarios «venerables»; cobra distancia respecto a ellos, una distancia envuelta en ironía, con la sabiduría de contemplar su edad y cuanto ella acarrea en las revelaciones de un espejo. A veces simula que le provocan cierta gracia y alguna perplejidad verse contemplado por los demás desde el otro lado del cristal de la vitrina, insólito ejemplar aún vivo –aún joven– en un museo curioseado por muertos o por viejos.
Sobre las mañanas y las tardes tiene Stravinsky personales ideas: «Por la mañana pensamos de modo diferente a como lo hacemos por la tarde. Cuando tropiezo con una dificultad, espero al día siguiente. Soy capaz de esperar lo mismo que es capaz de esperar un insecto.» Lo que parece querer decir que, algunas tardes, Stravinsky, detenido ante la piedra del obstáculo, no se agota ni exprime empeñándose en sortearlo, tropezando una y mil veces contra él hasta una exasperación que podría desembocar en el decaimiento. Simplemente se esfuerza con voluntad de superación, pero sobre todo, más que excitarse en frenesí nervioso, se acoge a esa sabiduría serena de esperar, esa «larga paciencia» en la que Balzac encontraba la esencia del talento. «Yo siempre me siento feliz cuando me despierto –dice a los ochenta y cuatro años–, y lo mismo me sucede cuando estoy componiendo.» De lo que yo al menos extraigo el amor a la vida –apego a la existencia, abrazo al vivir que a esa edad, aunque se disimule, suele tenerse– y esperanza reencontrada cuando se inicia cada día, al recibir el regalo de otra única e insustituible jornada para existir, puesto que toda felicidad es regalo. Alegría sentida en esa felicidad ante todo lo aún no vivido: en cualquier momento en que todo ello sea percibido por el hombre, su espíritu refleja juventud. Y junto a lo anterior, esa constatación de lo que ese hombre logre crear le suscita, por encima de muchas otras cosas, placer.
«Para mí no hay ningún proceso creativo; únicamente hay placer», dice Stravinsky. Como tantos otros creadores del mundo,Igor Stravinsky no sabe, o si lo sabe no lo desea expresar, el misterioso mecanismo interno de su propia creación, la relojería de sus supuestas leyes y el análisis de su proceso: deja libres y espontáneos, vastos e irreconocibles, todos los caminos que conducen desde la idea primera al logro último: «Si yo fuese capaz de formularlos, entonces dejarían de serme útiles.» La máxima utilidad que le proporciona su andar creador es cambiar dejándose llevar por la fuerza de la creación misma, sin preguntarse de qué forma camina, sino sencillamente caminando: avanzar, ir en busca de nuevos hallazgos, no satisfacerse con la comodidad fácil, aspirar siempre a descubrir en la dificultad que envuelve a lo desconocido esa simplicidad que «estaba allí» y a la que nadie hasta entonces se habrá acercado. Y todo ello –encontrar el fondo de lo nuevo y lo simple y desvelarlo– haciéndolo con placer.
Una mente joven (se diría que la rapidez de reflejos en las respuestas que poseía este hombre en el tiempo de La consagración de la primavera) vive con este cuerpo viejo y gastado, al que se trata con rayos X y con frecuentes sangrías. La debilidad de su cuerpo octogenario parece afectar a todo menos a su cabeza: la lectura de un encefalograma a los ochenta y cinco años supone para el compositor «una partitura electrónica con estrofas de seis versos y una ilegible notación vanguardista». Todos los pasos inciertos de sus frágiles piernas, los titubeos y vacilaciones de sus miembros, no corresponden al anhelo de avance decidido de su cerebro, que quisiera crear con más pujanza que nunca. No hay, pues, reblandecimiento mental ni síntomas de sensibilidad en su cerebro: hay, por el contrario, firmeza y empuje, lucidez para observar y observarse, y al contemplarse anciano y mirar a cuantos le contemplan, sus conclusiones son conscientes y, por tanto, muchas veces crueles o amargas.
Amante de los objetos minúsculos, tal como organiza a su manera ese cuaderno de creación formado por papeles de todos los tamaños, constituye su propio ambiente esté donde esté: extrae de su maleta litografías, que coloca en lugar de las ilustraciones triviales de los hoteles; coloca en su mesita de noche –en sus tiempos de enfermedad– plumas, cartapacios de música, pinzas, secantes, un reloj de la época de los zares y la medalla de la Virgen que el compositor lleva al cuello desde su bautismo. A su edad, Stravinsky no equivoca en su rápido diálogo con las gentes el alemán, el inglés, el francés y el ruso, que habla con corrección. Pero en medio de todo ese escenario recreado por él y envuelto en ese ambiente personal e íntimo, quizá lo que no pueda recrear él nunca y donde perciba un mayor hueco sea en el aislamiento al que el tiempo le ha arrojado, esa ausencia de comunicación con tantos a los que la muerte se ha llevado mientras la vida trae generaciones nuevas y distantes, con las que Stravinsky, a pesar de su capacidad de juventud, no llega a estrechar la mano. Y más aún que los colegas desaparecidos, este hombre afectivo y solitario siente la desaparición de todo un ambiente, unas costumbres, unas relaciones sociales: el fondo de todo un universo que existió y cuyo hueco de silencio está hoy dominado por el ruido.»
JJPerlado.- «El artículo literario y periodístico.- Paisajes y personajes» ( págs 299-304)
(Imágenes:- 1.- Stravinsky/ 2.- Igor Stravinsky por Picasso/ 3.- Stravinsky por Delaunay.- musee syindicate/ 4.- Sergio Lifar, Stravinsky y Coco Chanel en el Café de Flore.- París.- 1930/ 5.-Stravinsky por Marino Marini/ 6.- Leonide Massine, Natalia Goncharova, Stravinsky, Mikhail Lariónov y León Bakst.- 1915.- marketsquareconcerts/ 7.- Jean Cocteau, Picasso, olga Picasso y Stravinsky.- 1925/ 8.-Igor Stravinsky .-foto Henri Cartier- Bresson.- Magnum Photos.-.1947/ 9.-.placa conmemorativa de Stravinsky en San Petersbugo/ 10.- esbozos para «Petrushka»/ 11.- Robert Craft, Stravinsky y su esposa Vera en Venecia.- 1957.- foto Gjon para LIFE)
LITERATURA DE LA AUTENTICIDAD
«Ionesco en sus «Notas y contranotas» comentaba: “basta una presencia, una sinceridad ciega y, por eso mismo, clarividente: se pertenece (por el lenguaje) a ella o no se pertenece, casi naturalmente. Se tiene la impresión asimismo, que cuanto más se pertenece a su época más se pertenece a todas las épocas ( si se rompe la cáscara de la actualidad superficial). El esfuerzo de todo creador auténtico consiste en deshacerse de las escorias, de los clisés de un lenguaje agotado para recuperar un lenguaje simplificado, esencializado, renaciente, que pueda expresar las realidades nueva y antiguas, presentes e inactuales, particulares y a la vez, universales.”
Pienso que un creador debe ser auténtico, y por tanto que lo que salva a un escritor es precisamente su autenticidad, su fidelidad, su honestidad consigo mismo. Parecen palabras banales ya que las palabras se malgastan, pero no lo son.. La historia de la Literatura es un cúmulo de cordilleras y valles que elevan y descienden con las modas, que vienen y van entre nombres y obras fervorosamente aplaudidas en su momento y olvidadas o sepultadas casi al momento siguiente, si no a la generación siguiente. Algunos Premios Literarios, en líneas generales, desde el Nobel hasta el galardón localista o provinciano, suelen aparecer impregnados de intereses creados, con frecuencia teñidos de política unos – es decir, de instantaneidad – y mezclados otros con el oportunismo comercial. Lo que permanecerá en las estanterías de las novedades (que el tiempo va envejeciendo con celérica prontitud) será solamente la autenticidad. La autenticidad permanece. Un escritor que ha sido auténtico consigo mismo se mantiene con una o dos obras suyas (quizá de las diez o doce que publicó) y esas poquísimas obras se sostienen por encima de los vaivenes de los críticos y del resonar de las camarillas. La autenticidad es una moneda que se entrega personalmente al lector y no a esos circuitos comerciales cuya banda eléctrica recorre alocada los espacios de las ventas. Se ha escrito tanto sobre los gustos que un escritor auténtico no debe caer nunca en el servilismo de esos gustos, plegado cada vez al viento de lo que se lleva. (“Hay un elemento que quizá sea un poco preocupante – decía Javier Marías -: la rendición por parte de las editoriales. Han dicho: “Si el gusto del público es el que es, le voy a dar más de lo mismo”. Si cada uno renuncia; si los autores a veces se rebajan, porque tienen que vivir de algo y dicen: “”Está de moda la literatura policiaca de nuevo, pues voy a hacer una policiaca, que no la he hecho nunca, o una novela histórica…”, si los autores renuncian a la idea de conseguir o de crear sus propios lectores; si se amoldan a los gustos preexistentes; si los editores se suman a lo mismo; si los críticos empiezan a hacer lo mismo…, entonces ahí ya se está produciendo una especie de rendición incondicional. Y eso es peligroso.”)
Por la escritura de la autenticidad es, al fin, por lo que merece la pena escribir.»
José Julio Perlado.– «El proceso creador» (libro de próxima aparición)
(Imágenes:- 1.- Werner Bischof.- Magnun photos/ 2.- Nishant Choksi.- thegazoo.com)
VIAJES POR ESPAÑA (4) : EN EL «DIVINO» CARES
«Se ha hecho noche en Cordiñanes, provincia de León, al pie de los Picos de Europa. Al día siguiente amanece limpio, como pocas veces puede verse por aquí, en torno a la posada de Valdeón, a los Llaños y a Prada. «La encainada» no se agarró a las nubes», me comentan. «Encainada» le llaman a la niebla los pastores de Covadonga. Salimos hacia las nueve Cares abajo, pasando por el «Chorco de los Lobos«, la trampa para cazar lobos vivos construida antes de 1610. En Caín hacemos un alto: de este pueblo es la leyenda de los despeñados, aquellos cuatro hombres que murieron al enterrar un cadáver entre Caín de Arriba y Caín de Abajo. Ahora crujen las piedras sobre el agua, al cruzar el río. «No hace mucho pasó la riada.- me dicen – Se llevó todo: fíjese usted en los puentes y en los árboles». A mi lado marcha el hijo del «Cainejo«, aquel célebre Gregorio que subió el primero el Naranjo de Bulnes en 1904, con don Pedro Pidal. El hijo del «Cainejo» es hombre enjuto y austero: se llama
Alfonso y tiene setenta y dos años.
-» ¿ Quiere usted un palo?»
– «¿Para qué? ¿Usted cree que necesitaré un palo para ir por el Cares?»
– «¡ Hombre, sí; yo creo que iría usted más seguro!»
El hijo del «Cainejo» va delante de mí, agachándose al pasar las galerías. De vez en cuando una gota cae sobre la nuca y resbala por el cuello.
– » Pues verá usted; había allí en lo alto del Naranjo, una cuerda colgada, que estuvo desde 1904 hasta el 16. Y un día mi padre se subió solo, harto ya de tanta epopeya, y recuperó la cuerda. Y se la entregó a don Pedro Pidal, y don Pedro se puso como loco. Le mandó presentarse en Covadonga y aquel día lo nombró guarda del Coto Real, porque aquello era Coto Real.»
El río Cares fluye a nuestro lado; a veces no deja oír las palabras el ruido del agua. El Cares pasa por la provincia de León y la de Asturias, es un río venerado; precisamente por aquí lo llaman «divino»: la ruta del «divino Cares« le dicen entre Caín y Camarmeña. El desfiladero se abre en tajos a cuchillo, cuestas verticales, gargantas y barrancadas. El sol corta en láminas picos y peñas. Andamos por la
Canal del Viesgo, queda atrás el Collado del Pando. El hijo del «Cainejo» me enseña el puente de Trescámara y el de los Rebecos.
– «¿Ve usted allí ?.- me señala en la altura – ¿ve aquel repecho?»
Al otro lado del río cuelgan praderas y matorrales.
– «Allí tienen tierras gentes de Caín.»
– «¿Y por dónde suben?»
– «Por ahí – señala con el palo – agarrándose a las piedras y sin mirar al río.- ¿Sabe usted? Aquí se dice: «por donde anda un rebeco es que hay camino».
Estas montañas asombran, Agrada contemplarlas. Pero «en lugar de saciarse con ellas – me dice – hay que acariciarlas». Algunos abusan de ellas y las montañas cobran su tributo. Una tradición señala que por aquí bajaron los moros cuando la Reconquista, y escaparon huyendo hacia Pandébano, Amuesa y Cosgaya.
El sol cae ahora en las espalda de Culiembre, sobre un recodo del camino. Sentados en la hierba, la conversación marcha entre rebecos:
– «Ahora hay que subir hasta la Peña Santa si uno quiere verlos. Pero otras veces, es en el mismo Caín, en las praderías, donde asoman machos buenos, que ahora están escondidos, guardados por escuderos – los machetes jóvenes -, aquellos que les avisan en un instante. A veces se está sentado aquí, y de repente, en un segundo, se ve a uno que sale disparado y que se planta en la cumbre.
La charla se deshoja entre dos espíritus: aquel del cazador y el del conservacionista. Hay que intentar respetar posiciones. El Macizo Occidental de los Picos – me dicen – es mejor para el rebeco por ser más agreste y duro, y en cambio aquí, donde ahora estamos, frente al Macizo Central, hay más zona de pastos. En el Parque Nacional de Covadonga hay mayores machos. Cuando, por ejemplo, se va a Jou Santo, se ven machos grandes, ya que no se caza nunca. Es una Reserva Nacional – me explican -; lo que se mira es conservar a la vez la caza, y por otro lado sacar aprovechamiento de esa caza misma. Es decir, cantidad y calidad. Y lo que interesaría más es conservar la calidad; quizá – me dicen – , disminuir el cupo de caza de lo bueno y aumentar lo del malo.
Estamos ya cerca de Camarmeña, junto a Puente Poncebos; hemos dejado a un lado los Puertos de Ostón y de Ondón y cruzamos las curvas que trazan los Collados. Es mediodía. Sólo se oyen las botas y el palo sobre las piedras. A un lado y otro de las sombras, hacia el cielo, se yerguen los grandes Macizos. A la izquierda queda el actual Parque Nacional de Covadonga, la belleza de Asturias, esos enormes Picos del Macizo Occidental tras los cuales descansan plácidamente el lago Enol y el de la Ercina. Más allá de Puente Poncebos, el Cares sigue hasta Arenas de Cabrales. Después, doblando a la izquierda, camino ya de Cangas de Onís, nos detendremos en el Pozo de la Oración: singular nombre para contemplar las maravillas que ha hecho Dios al levantar la altura de las piedras entre tinieblas, esa belleza única, incomparable, la llamada de las láminas enormes de los Picos de Europa que se alzan sobre la palma de la mano de España en forma pétrea, sobrecogedora. Y por entre los Macizos, Dios deja a estas horas discurrir a los ríos y hace escapar huyendo a los rebecos para que no los descubran jamás.»
JJPerlado.- «Viaje a los Picos de Europa»- 1981
(Imágenes:- 1.- el río Cares entrando en Caín/ 2.- ruta del Cares/ 3.- el río Cares junto al túnel que da acceso a Puente Poncebos.- picosdeuropa.net/ 4.- rebeco.- wikipedia/ 5.- desfiladero del Cares/ 6.- ruta del Cares/ 8.- rebeco)
LA APARICIÓN
«La aparición viene cobrando cuerpo conforme asciende en mi sueño. Su rostro es una máscara de madera tallada, moldeada con goma vegetal e incrustaciones de caurí, sus cabellos humanos trenzados, los ojos de nácar, y de su boca asoma una especie de colmillos de cerdo. Recuerda a la floración de formas que surgen en una región de Oceanía. Su faz es cambiante al tiempo que camina. Se mezclan en su rostro pólipos coralinos y algas verdes con hojas entrelazadas con volutas. Avanza con un peinado cónico muy afinado, su nariz se alarga semejando a una trompa, la cabeza echada hacia adelante, el cuello encorvado. Da la sensación de que a esa máscara le colgara una pirámide de musgo con plumas de casuar y conchas cubriendo las mejillas que se alargan indefinidamente.
Camina, y a la vez, da la impresión de estatua hierática, humedad congelada en piedra. Es un montículo de hierba, ocultando recovecos de cuevas y de fibras, así como misteriosa opacidad de cavernas que parecen querer esconderse bajo densa indumentaria. Las largas mechas de su pelo recuerdan estalactitas de oscurecido cristal que – de repente y en movimiento instantáneo – quedasen iluminadas bajo una red de hebras y mostrara, en transparencia diáfana, todo el cobijo interior de la pesadez al andar.
Ahora la aparición pasa junto a mí sin mirarme y sin dejar que se adivine la gran caverna de sus pensamientos gigantes, enorme sala recubierta por su singular piel: la sala extensa de sus sentimientos secretos, que acaso puede estar vacía y ser indescifrable, pero que tal vez esté igualmente cruzada por densas nubes de murciélagos. De espaldas, la aparición me evoca en cierto modo a un hombre – pájaro de alas controladas, un águila imperial pardo-rojiza, fundida casi de inmediato en la silueta de un águila rapaz, perezosa y pesada, raras veces remontada en lo alto, y plantada largo tiempo en el suelo de la habitación.
Luego la aparición desaparece, abro los ojos y veo ya el cuarto vacío.»
JJPerlado.– «Contramuerte»
(Imágenes.- 1-Giuseppe Archimboldo– / 2.- Carolus Duran.– 1861)
AQUELLA ÉPOCA ( y 7)
«Pero todos estos rumores y pausas, cada vez más lejanos y desconocidos, no reflejaban la vida de la época en ningún continente. Podían mostrarse como ejemplos de naturaleza aún sin hollar, entramados de hojas y bambúes creciendo exuberantes, o desiertos gélidos, de tono azul o gris, inmensos bajo el crujido de las botas. Aquello no era realmente el mundo de los hombres, y nunca hasta entonces lo había sido. Los hombres por aquel tiempo ofrecían un contraste curioso en relación con la naturaleza.
Gran número de ellos habían abandonado los campos – la mayoría de los campos en la mayoría de los países -, y desde hacía años iban congregándose en torno a las ciudades: ensanchaban aquella capitales en cuanto a ellas acudían. Por un lado, dejaban pueblos vacíos, arrumbados, casas que en ocasiones se deshacían por sí solas o eran sepultadas bajo el agua en beneficio de la industria. Por otra parte, determinadas personas abrumadas bajo rascacielos macizos, soñaban con los campos y con el libre espacio igual que si les faltara aire. Y era penoso ver aquellas atracciones cruzadas, mirando unos el campo desde la ciudad y otros la ciudad desde el campo: como si muchos de los que en uno u otro lado habitaban, no hubiesen encontrado satisfacción plena, a pesar de sus obligaciones y necesidades. Y de este modo podía observarse el ir y venir de las gentes, bien con su imaginación y su deseo, bien de forma real, recorriendo unos y otros la distancia entre la vegetación y la civilización, siempre en busca del auténtico bienestar.»
JJPerlado.- «Contramuerte».- págs 25-26
(Imágenes.- 1.-T. Radclyffe.– Nueva York/ 2,. Willy Ronis.- Alba.- Italia.- 1950/ 3.- Earl Horter – 1931-Chrysler construcción.- whitney museum of american art)
VIEJO MADRID (36) : EL «DOS DE MAYO» VISTO POR UN NIÑO
«Las diez poco más o menos, serían de ella, cuando se dejó sentir en la modesta calle del Olivo la agitación popular y el paso de los grupos de paisanos armados, que con voces atronadoras decían: «¡ Vecinos, armarse! ¡Viva Fernando Vll !» Toda la gente de casa corrió presurosa a los balcones, y yo con tan mala suerte, que al querer franquear el dintel con mis piernecillas, fuí a estrellarme la frente en los hierros de la barandilla, causándome una terrible herida, que me privó de sentido y me inundó en sangre toda la cara. Mis padres y hermanitos, acudieron presurosos al peligro más inmediato, me arrancaron del balcón, me rociaron, supongo con agua y vinagre (árnica de aquellos tiempos), me cubrieron con yesca y una pieza de dos cuartos la herida y me colocaron en un canapé, a donde volví entre ayes y quejidos lastimeros.»
Quien cuenta todo esto es el gran escritor costumbrista español Ramón de Mesonero Romanos en sus «Memorias de un setentón«. Tenía Mesonero entonces – el Dos de Mayo de 1808 – cinco años. «Tal vez ningún cronista de ninguna época- escribí yo al prologar hace años esas «Memorias»– se hubiera atrevido a trasladar una fecha tan señalada de la Historia de España haciendo uso casi únicamente de impresiones subjetivas – hasta para algunos limitadísimas – como son los coloquios familiares escuchados por un pequeño niño. Y, sin embargo, Mesonero escoge precisamente esa fórmula de expresión para dar fe del dramático alzamiento. Los diálogos y las acaloradas disputas de sobremesa que en casa de Mesonero se sucedían, aparecen tan jugosa y naturalmente vertidos, que ellos mismos nos ofrecen una nítida imagen del apasionante suceso. Como digo, tenía entonces el escritor cinco años, y como infante que era, no podía lógicamente interpretar ni comprender el alcance del acontecimiento. Pero su memoria nos ha dejado intactos muy diversos rasgos ambientales que nos ayudan en forma sorprendente a conocer el interior del hecho: gritos, coplas, tumultuosos debates y carreras y confusión por doquier nos retratan vigorosamente, como en una película trepidante, la vibración de ese día; la Historia está observada desde un rincón minimizado, a través de una minúscula pupila, y sin embargo captando en cada instante lo más preciso y lo más pintoresco. Mesonero, acabando el capítulo, se verá obligado a exclamar: «¡ Qué noche, Santo Dios! Setenta años se cumplen cuando escribo estas líneas y siglos enteros no bastarían a borrarla de mi memoria!»
Y poco después, al describir el inquieto rostro del nuevo día, su pluma, frente a la mañana del 3 de mayo de 1808, cobra otra vez un ardiente fulgor: tomando el hilo de la atropellada narración que en aquellas horas daba a conocer a toda la familia el amanuense de su padre, («decía haber visto a las mujeres por bajo de los caballos para hundir en sus vientres las navajas, y encaramarse a los hombres a la grupa de los mismos para hacer a los jinetes el propio agasajo») , llegan los recuerdos de Mesonero a Palacio, bajan a la Puerta del Sol, entran hasta el Parque de Monteleón, donde se precipitan las horribles venganzas, y en fin, dejan para siempre plasmado un Madrid desconcertante y atroz: ese Madrid inmortalizado por la paleta de Goya, que asomará entre las páginas de estas «Memorias» como un gran cuadro literario, de crudo colorido, en el que permanece abierta la herida de una revolución.»
(Imágenes:- 1.- Francisco de Goya.- tres de mayo de 1808.-los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío.- Museo del Prado/ 2.- Joaquín Sorolla.- Defensa del Parque de Monteleón.- obtuvo en 1884 una medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes/ 3.- Goya.- el dos de mayo de 1808.- la carga de los mamelucos.- Museo del Prado / 4.- el 3 de mayo de 1808 en Madrid.- grafiti en Madrid.- wikipedia)
EL HACEDOR DE ESPADAS
» Y ahora os contaré – decía paseando despacio Hisae Izumi de un lado a otro de su cuarto – os contaré en esta noche cómo conocí a mi primer amor, Kiromi Kastase, el hacedor de espadas o espadero, el que tenía su taller a las afueras de Kyoto. ¿ Queréis que os cuente mi amor por él?»
Y Hisae miraba a todos y hacía una pausa.
«Estaba yo una tarde de otoño sentada ante un recodo del río Katsura, un río que como sabéis es famoso por sus rápidos y por su impulso, cuando vi clavada en el lecho del río, muy cerca de mí, casi en la orilla, una espada brillante a la que acariciaba el agua que fluía. Era una espada grande, de enorme empuñadura, y el borde afilado de su hoja era rozado continuamente por las hierbas que arrastraba la corriente. Me sorprendió verla clavada allí. Me levanté para verla mejor y de repente la fuerza del río hizo caer a aquella espada y la hizo tenderse horizontal sobre las aguas y su hoja comenzó muy lentamente a bajar bajo el sol, sin hundirse; comenzó lentamente a bajar muy cerca de la orilla, y bajaba como un lento y afilado barco plateado que fuera reflejando en su vientre los rayos del sol. Bajaba tan mansamente aquella espada que,
fascinada por su brillo, comencé a seguirla con los ojos y con mis pasos y caminé muy cerca de ella por la orilla, sin perderla de vista, fijándome sobre todo en aquella enorme empuñadura, en aquella cruz repujada con extraños signos. Y de repente aquella espada desapareció. Ya no la vi. Los rápidos del Katsura la envolvieron y la hicieron girar y dar vueltas hasta que fue tragada por la corriente. Se la llevaron las aguas río abajo.»
Y Hisae se detenía:
«¿Qué queréis que os diga? Ese fue el principio. El principio del conocimiento de mi primer amor. ¿ Qué sucedió mientras tanto, desde que vi esa espada hasta que le conocí a él? No lo sé. No puedo contarlo. Hay cosas que no pueden contarse porque no tienen historia, carecen de historia, son como nuestras vidas y las mías sin historia muchas mañanas y muchas tardes. Las tardes y las mañanas sin amor no suelen tener historia y pasan como horas del reloj con el movimiento del péndulo. Yo muchas veces, al no tener amor, me acercaba al péndulo del reloj de mi casa y me ponía a observarlo por ver si me decía algo.
Aquel latido del péndulo iba de aquí para allá, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de allá para aquí lentamente, de aquí para allá monótonamente y yo me quedaba de pie ante él, con mi kimono de seda amarilla, observando una lámpara que iluminaba al reloj. El globo de aquella lámpara seguía el moverse de la lengua dorada del tiempo yendo y viniendo siempre, yendo y viniendo sin decirme nunca nada, no, nunca me dijo nada aquel péndulo, nunca me anunció el día en que debía enamorarme. Pero me enamoré. Una tarde ( y ahora veo que ya prestáis más atención, que os removéis en vuestros asientos – sonreía -; siempre que se empieza así: «una mañana» o «una tarde» parece como si se abriera una puerta y fuéramos ya hacia delante preguntándonos, «¿ y ahora qué nos irá a contar?»), pues bien, una tarde como os digo, vagando yo por las afueras de Kyoto, entré por
curiosidad en un taller de espadas. Me intrigaron las plegarias escritas en papel de arroz que colgaban de cada espada ya desde la puerta y fui leyéndolas una a una sin darme cuenta de que cada vez avanzaba más hacia el interior. Allí de pronto, en lo más profundo del taller, me encontré con cinco hombres vestidos con kimonos blancos que parecían sacerdotes. Ejercían un sacerdocio propio, el de los hacedores de espadas, como me enteraría después. Estaban concentrados en su tarea como si fuera un oficio religioso y no notaron la sombra de mi kimono decorado con hojas tostadas, unas hojas grandes que ocupaban la seda de mi vestido hasta los pies. Quedaban iluminados los cinco hombres de los kimonos blancos por el rojo violento de la forja encendida y yo, que he amado desde niña la sombra, me desplacé poco a poco hacia un lado con mi kimono de hojas tostadas procurando no distraerles ni hacer el menor ruido. Sólo se oían al fondo los golpes del martillo sobre el hierro y el bullir de un caldero de aceite y de agua en un rincón. Y entonces vi la espada. Estaba sobre una especie de altar y encima de ella había un cartel que ponía «Se pulen almas», y debajo aparecía, horizontal y brillante, la espada del río. «Sí – oí de pronto una voz grave y hermosa detrás de mí – «Se pulen almas». Me volví y allí estaba un hombre joven, Kiromi Kastase, aunque yo no conocía aún su nombre.»
José Julio Perlado – (del libro «Una dama japonesa») (relato inédito)
(Imágenes:- 1.- Ito Jakuchu/ 2.-Li Cheng/ 3.- Katayama Kumaji/ 4.-taeko makino/ 5.- Hatami gyoschu)
AQUELLA ÉPOCA (6)
«Espacios inmensos como manchas vacías, llegaban a encontrarse en Oceanía, en Alaska, al norte del paralelo 60 en Canadá, y en muy distintos lugares, tales como el desierto del Thar en la India, por ejemplo, en el Sáhara o al oeste de Australia, sólo por citar algunos entre otros muchos. Eran aquellos como reinos blancos, palmas de sal, brazos de nieve o hielo en ocasiones; entonces, crestas y cavernas emergían en un mar de nieblas para extraer su tronco, igual que si aspirara aire el cráter para sumergirse de nuevo lentamente hacia la ebullición de sus entrañas. A veces, como en volcanes del Ecuador, el vientre de aquel enorme monte quedaba abierto al cielo y, dilatando la orla de su agujero en
tres kilómetros – tendidas las cordilleras de alrededor -, aparecía tumbado como figura de mujer, la cabeza velada por un sudario en el momento de dar a luz: gases, vapores, masas de lava y ríos de ceniza envuelto todo en brumas, estallaban con potencia superior al sonido. Luego la cristalina palidez quedaba dormida: un vaho flotante envolvía el silencio. Era un silencio inaccesible, desconocido para los hombres. Cierta mano parecía extender en las laderas, muy lejos del vientre y de la boca, una crema suave, untando la aridez de los picachos hasta hacerlos de yema. En otros lugares del globo, en selvas de América y de Europa, ruidos singulares quebraban aisladamente el silencio.
A lo largo de miles de kilómetros, en el Amazonas, entraban en el agua manadas de búfalos: lo hacían pausadamente, alineados uno tras otro como manchas pardas y pesadas, cruzando de una a otra zona verde; era en aquel mar dulce, entre arenales y lagunas, donde al silencio le atacaban movimientos bruscos: anguilas eléctricas al acecho y atento observar de las pirañas; mientras al otro lado del mundo, casi en las soledades del Polo Norte, silencios de taiga eran pisados por la nieve; cuernos de renos nómadas se confundían con arbustos, y a cada sacudida de los cuerpos, el blanco polvo de las pieles dejaba recortarse al fondo finos árboles, como alambres de hielo ante un sol pálido.»
JJPerlado.- «Contramuerte».-pág 25
(Imágenes:- 1.- Michael Christopher Brown.- National Geographic/ 2.- L.J. Ratschiller/ 3.- Christopher Brown.- National Geographic/ 4. Paul Kozal)





























































