EL PRADO

 

 

“¡El MUSEO del Prado! ¡Dios mío!  Yo tenía

pinares en los ojos y alta mar todavía

con un dolor de playas de amor en un costado,

cuando entré al cielo abierto del Museo del Prado.

¡Oh, asombro! ¡ Quién pensara que los viejos pintores

pintaron la Pintura con tan claros colores ;

que de la vida hicieron una ventana abierta,

no una petrificada naturaleza muerta,

y que Venus fue nácar y jazmín transparente,

no umbría, como yo creyera ingenuamente!

Perdida de los pinos y de la mar, mi mano

tropezaba los pinos y la mar de Tiziano,

claridades corpóreas jamás imaginadas,

por el pincel del viento desnudas y pintadas.

¿Por qué a mi adolescencia las antiguas figuras

le movieron el sueño misteriosas y oscuras?

 

 

Yo no sabía entonces que la vida tuviera

Tintoretto (verano) , Veronés (primavera),

ni que las rubias Gracias de pecho enamorado

corrieran por las salas del Museo del Prado

Las sirenas de Rubens, sus ninfas aldeanas

no eran las ruborosas deidades gaditanas

que por mis mares niños e infantiles florestas

nadaban virginales o bailaban honestas.

Mis recatados ojos agrestes y marinos

se hundieron en los blancos cuerpos grecolatinos.

Y me bañé de Adonis y Venus juntamente

y del líquido rostro de Narciso en la fuente.

Y —¡oh relámpago súbito! — sentí en la sangre mía

arder los litorales de la mitología,

abriéndome  en los dioses que alumbró la Pintura

la Belleza su rosa, su clavel  la Hermosura.

 

 

¡Oh celestial gorjeo! De rodillas, cautivo

del oro más piadoso y añil más pensativo,

caminé las estancias, los alados vergeles

del ángel que a Fra Angélico cortaba los pinceles.

Y comprendí que el alma de la forma era el sueño

de Mantegna, y la gracia, Rafael, y el diseño,

y oí desde tan métricas, armoniosas ventanas

mis andaluzas fuentes de aguas italianas.

Transido de aquel alba, de aquellas claridades,

triste “golfo de sombra “, violetas oquedades

rasgadas por un óseo fulgor de calavera,

me ataron a los ímprobos tormentos de Ribera.

La miseria, el desgarro, la preñez, la fatiga,

el tracoma harapiento de la España mendiga,

el pincel como escoba, la luz como cuchillo

me azucaró la grácil abeja de Murillo.

(…)

 

(…)

Mis oscuros demonios, mi color del infierno

me los llevó el diablo ratoneril y tierno

del Bosco, con su químico fogón de tentaciones

de aladas lavativas y airados escobones.

Por los senderos corren refranes campesinos.

Platinir azulea su albor sobre los pinos.

Y mientras que la Muerte guadaña a la jineta,

Brueguel rige en las nubes su funeral trompeta.

El aroma a barnices, a madera encerada,

a ramo de resina fresca recién llorada;

el candor cotidiano de tender los colores

y copiar la paleta de los viejos pintores;

la ilusión de soñarme siquiera un olvidado

Alberti en los rincones del  Museo del Prado;

la sorprendente, agónica, desvelada alegría

de buscar la Pintura y hallar la Poesía,

con la pena enterrada de enterrar el dolor

de nacer un poeta por morirse un pintor,

hoy distantes me llevan, y en verso remordido,

a decirte ¡oh Pintura! mi amor interrumpido.”

Rafael Alberti—“A la Pintura”

( en el bicentenario del Prado)

 

 

(Imágenes — 1-Goya/ 2-Velázquez/3-Tiziano/ 4-Rubens/ 5-Murillo)

CIUDAD EN EL ESPEJO (15)

“Por qué tiene usted, don Pablo, esa cicatriz en el brazo, a ver, enséñemela, le pregunta ahora el doctor Valdés, Desde cuándo la tiene. Don Pablo Ausin Monteverdi es hombre extraño, aunque parecería normal. Habla poco, la última vez que pronunció un largo párrafo quizá fue hace años, en el restaurante que tenía en Chinchón y que ahora heredó su hijo Agustín, padre e hijo no se hablan desde entonces. Agustín Ausin lo llevó hace año y medio al sanatorio del Doctor Jiménez, Le dejo aquí, pronunció el hijo no sin asomo de escondida crueldad, ya que mi padre está loco, o si no lo está, anda algo trastornado, jamás me habla, nunca he sabido lo que piensa, es hombre educado, incluso de estudios, pero juntos los dos no podemos vivir. Don Pablo Ausin Monteverdi nació en el mismo Chinchón, compró allí una pieza en los bajos de la famosa plaza, convenció a su padre, don Casimiro, para establecer bajo las galerías de madera un modesto restaurante, antes había estudiado Medicina en Madrid, la medicina que nunca ejerció, tenía dos vidas, la de los libros adquiridos en tiendas de viejo, quién lo diría, cómo podría adivinarse que en el fondo sombrío del caserón de un pueblo, al final y en lo más hondo del pasillo donde estaban las habitaciones, se alineaban libros casi deshojados pero leídos y releídos con unción, mientras al otro lado, de la casa a la plaza, a sus procesiones, capeas y turistas, el olor y el brillo jugoso de los prietos chorizos regados con buen vino eran la mercancía ofrecida, la apariencia externa del vivir. Desde cuándo tiene este tatuaje, pregunta nuevamente el doctor Valdés a Don Pablo Ausin Monteverdi.

No es el tatuaje de una mujer desnuda; es don Pablo hombre de pensamientos escondidos respecto a las mujeres; no es tatuaje marcado en la legión, más parece ser un mero capricho. Tatuaje extraño es éste, puntos crucificados casi a la altura del hombro aún robusto, no se le ha ocurrido sino tatuarse el mapa de la  provincia de Madrid, desde las extremidades de Somosierra hasta los bordes de Aranjuez y de Cuenca y de València, por Villarejo de Salvanés, no lejos de Chinchón mismo, que resalta en la carne como si estuviera viva la plaza, y el sol en ella, y los balcones afamados mirando al sol. Guarda don Pablo Ausin Monteverdi un secreto que no ha revelado ahora : son en estos momentos, lo dijimos ya, las diez, las once, las doce de esta mañana de primavera, porque a veces en los sanatorios psiquiátricos, las horas pasan lentas o discurren veloces, depende del ritmo y de las prisas, de la cadencia de las preguntas y de los mutismos, de cómo adelanta sus pasos el médico como si fuera cuidadoso peón de brega hacia el poderoso animal humano que mira y nada dice, como así parece don Pablo Ausin Monteverdi, educado e intratable a la vez, aparentemente exquisito y paralelamente insociable. Yo temblaba, mire usted, don Pedro, le dijo Agustín, el hijo que lo entregó al doctor Valdés, y se lo decía un día de confesiones y confidencias. Yo temblaba con sólo oírle el llavín de la puerta, Cómo vendrá mi padre, me preguntaba yo, qué hará, qué humor traerá, qué le habrá pasado, repetía incansable Agustín Ausin, dueño ya del restaurante de la plaza de Chinchón. Acaso miente el hijo, es que simula, o tal vez quiere desembarazarse del padre, los psiquiatras tardan en ocasiones en saberlo.

 

Escuchan y callan. Aprenden. Observan. A veces asienten como si consintieran, pero don Pedro Martínez Valdés ha descubierto que existe una cadena casi invisible, por supuesto subterránea, que une en pacto de silencio a todos los Ausin que existieron. Don Casimir,o, don Sebastián, don Gerardo, un Casimiro más, otro Sebastián Ausin: el árbol genealógico, siempre extendido en la provincia de Madrid, y que parece remontar sobre esa Plaza Mayor de Chinchón, plaza que asomó por la historia allá por los años primeros del siglo XVl y que acabaría de cerrarse al fin en 1683.  Guardan secreto los Ausin de Chinchón como si un maleficio los cubriese. De quién fue la hija natural, se pregunta el doctor Valdés, cuáles fueron los venenos escondidos, en qué pozos ocultos se arrojaron inocentes cadáveres. Quizá nadie de eso hay de cierto. Desde lo alto de la plaza, como un islote religioso, la iglesia de Nuestra Señora de la Asuncion que se inició en 1534 y tardó un siglo en terminarse, ha visto impávida, entre calores tórridos y fríos helados, tantos torneos, ferias, fiestas y bailes, que su cuadro de Goya, precisamente sobre la Asunción de la Virgen, queda imperturbable.  De Goya le podía hablar yo, le dirá esta misma noche, en la cena, cuando todo haya ocurrido, y Ricardo Almeida García charle con Don Pablo Ausin. Sabe usted, don Pablo, que Goya no está lejos de Velázquez, me refiero al Prado, claro está, a la planta principal, yo estuve explicando retratos de Goya y tapices, y luego tuve  que aprenderme a Ribera y a Murillo, pero después  me empapé de Velázquez, no lo digo por nada, respeto a Tintoretto y a Tiziano, no digamos la escuela veneciana, pero a mí me tiran más los españoles, bueno, perdone don Pedro, es un decir, quiero expresar que me gustan más, y no por patriotismo, pero como el Greco, Goya y mi Velázquez no hay nada, eso es España, don Pedro, lo que hemos dado al mundo, además se encuentra uno en las alturas, no en la planta baja, aunque allí está, en los bajos, un tesoro, nada menos que las pinturas negras de Goya, los abismos,  añadirá estremecido. Conoce usted bien el Prado, don Pedro, llegará a preguntarle esta noche.

Don Pablo Ausin Monteverdi mirará entonces a Ricardo Almeida y le sonreirá levemente, asentirá con la cabeza como ahora lo está haciendo ante el psiquiatra, ante el doctor Valdés. La historia hay que contarla así, entre  avances y retrocesos, pasado y futuro van y vienen en un pálpito tal que el presente se mueve al ritmo del músculo de este brazo de don Pablo que hace del tatuaje un barco, una nave, algo que se hunde y se eleva. La provincia de Madrid tatuada en carne viva sobre el hombro derecho de don Pablo Ausin es un poema. Refulgen las venas de las carreteras, no es operación ésta de aficionado. Suben y bajan los caminos y Chinchón, cerca de Colmenar de Oreja, cerca de Villaconejos, cerca de donde existió un mal llamado manicomio de Ciempozuelos, parece que se hubiera tallado con punzón, es punto rojizo y casi cárdeno que es imposible que sea indoloro para Don Pablo. Y sin embargo él nada dice. Los Ausin son así. Si Don Antonio Machado prestase su figura de enigmática bondad, aquella trabajada primero en barro y después en bronce, la que dejó hierática y para siempre el escultor Pablo Serrano, si Don Antonio Machado prestara las marcas a Don Pablo Ausin, marcas en la faz y en el semblante, don Pablo Ausin Monteverdi se parecería ahora, casi a las doce de la mañana, al gran poeta español. Está sentado don Pablo frente al doctor Valdés en una salita del sanatorio y tiene el hombro derecho descubierto, aparece pausado e inconmovible, Yo le dejo aquí a mi padre, había dicho el grueso hijo Agustín, porque no tiene arreglo, no habla, nada dice, Y sólo por eso lo va a dejar aquí, contestó el psiquiatra, Cuánto tiempo hace que no habla. Va para seis años,  respondió el hijo.”

José Julio Perlado

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

(Imagen—:  Vicent van Gogh)

CIUDAD EN EL ESPEJO (18)

“Hemos dicho que habían dado las once, quizá las doce de la mañana. Begoña Azcárate, la mujer del psiquiatra, conducía su coche, un pequeño automóvil azul, por la cuesta de San Vicente arriba, casi llegó al confín de la plaza de España, no lo alcanzó, quedó a su izquierda el blanco monumento a Cervantes, el escritor sentado que miraba sin ver cómo querían echar a andar Don Quijote y Sancho, la alta figura del caballero con su brazo levantado en cordura y locura, su tripudo compañero encajado en el asno, más pegado a la tierra que su amo, los dos representando a la inmortal novela española, los dos inmóviles y a la vez en movimiento extraño, un estanque, casi un charco de reflejos los esperaba ante sí, en el suelo de la misma Plaza, el solar español los aguardaba, aunque pocos, entre ellos Begoña Azcárate por supuesto, no había ni hojeado el libro. Bastante tengo, le había dicho una vez a su marido, con cuidar de mis hijos, Te fijas tú en ellos acaso, cómo es posible que te interesen más los enfermos que tus propios hijos. A los psiquiatras, a veces, como a tantos otros hombres del vivir, les es más cómodo y menos complicado asomarse a la existencia de los demás y no profundizar en la suya, por eso quizá el doctor Valdés hablaba poco con su hija Lucía, sabía que tenía novio o medio novio, una noche en el borde del portal sorprendió un besuqueo, no pensó en lo que él había hecho en su juventud, nada dijo, se calló y guardó silencio. Un día se casarán y se te irán, le comentó su mujer, entonces los habrás perdido.

 

El pequeño coche azul de Begoña Azcárate dobló a la derecha, hacia la calle de Bailén, dejó al otro lado, a su izquierda, la explanada del Campo del Moro. Meterse en el corazón de Madrid un martes de trabajo hacia las doce de la mañana, en el fondo cualquier día de la semana, no digamos los viernes y con las prisas, tan sólo podrían salvarse los domingos y jornadas vacías del mes de agosto cuando casi todos los habitantes huyen hacia montes y costas y la capital se queda desierta y llana, liberada de automóviles y de gentes, meterse en Madrid, decíamos, un martes de mayo, hacia las doce de la mañana, es calvario y paciencia, acopio de energías en el río de la lenta multitud. Tenía que ir Begoña a unos grandes almacenes situados en la calle de Preciados, junto a la Puerta del Sol, y su coche, entre esfuerzos y frenazos, en un aliento de aceleración y en sofoco continuo, dejó atrás el Palacio Real, antigua sede del Alcázar, ni lo miró, la historia de España permanecía entre sus muros, dobló el coche justo al otro lado de la Cuesta de la Vega, cuando guiñó en verde el semáforo de la calle  Mayor. Begoña Azcárate pisaba con los neumáticos de su automóvil gran parte antigua de la capital, planos, conventos, puertas famosas y desaparecidas, como la de Guadalajara, por ejemplo, polvo en fin, aire, pisaba sepulturas y difuntos. Las ciudades tienen una vida propia y los siglos pasan sobre ellas, las cambian y modifican, las transforman y a veces quedan embellecidas por las costumbres y los usos o en cambio, otras veces, las afean. Son urgencias de la población, tráficos y tráfagos, las edades de la historia hacen de Madrid, como de cualquier otra capital del mundo, que los muertos ilustres se hundan aún más y se desintegren, y que los vivos crean que su vivir es para siempre y vivan el instante eterno de las compras, flujo de automóviles angustiados, gentes que van y vienen por las aceras, peleas, amores, rencores, desatinos. La calle Mayor pareció que era de aquella hora, pero sus viejos, venerados y vetustos caserones daban fe de todo el trazo de Madrid, la fina raya de la mano llena de escaramuzas del pasado, denostadas costumbres, alegrías del vivir, soplo del tiempo. Nació el número uno de esta calle  Mayor de Madrid en plena Puerta del Sol, donde a mitad del siglo XX se alzaba la Dirección General de Seguridad, seguridad siniestra de lóbregos calabozos policiacos que se cerraban a  golpe de gruesos y sonoros cerrojos, bajó la calle sus números hasta la otra calle final, la de Bailén, por donde ahora ascendía el coche de Begoña, pero ese número uno de la calle Mayor había nacido varías veces, lo había modificado el urbanismo y las ordenanzas, mejor aún las necesidades de la capital, las ciudades tienen tantas necesidades como los hombres. Begoña Azcárate, navarra, delgada, expresiva, muchas veces exagerada en sus gestos, gesticulante y expansiva, nunca pensó aquella mañana de mayo en estas cosas, Sus Majestades los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, monta tanto y tanto monta, como decía al leerla al revés la célebre divisa, habían pasado largas temporadas en Madrid, y de aquel brujulear de miniaturas en los planos antiguos, quedaron para la memoria de los historiadores casitas como vistas desde la luna. Adelantaba a duras penas el automóvil azul de Begoña por la calle Mayor y era sorprendente el bullir de la ciudad cuando en tiempos pasados Madrid quedaba acordonada y reducida, acosada y sitiada por los campos vecinos. Dónde estaban ahora esos campos, las ermitas, los caminos de arbustos, hacia dónde ir para encontrar espacios libres. Carlos lll no sólo había convertido el Alcázar en Palacio Real sino que derribó muros viejos, aspiró hasta el corazón de la urbe varios arrabales. No llegaría Begoña Azcárate  esta mañana  de mayo ni hasta la Carrera de San Jerónimo ni hasta el Prado, en donde uno de los guardas del Museo, Juan Luna Cortes, hoy no libraba, únicamente tenía que pasear y pisar las salas, observar cuadros y vigilar seguridades y aparatos de incendios, el día anterior no había acudido, los lunes estaba cerrado el Museo, son las mujeres de la limpieza las que los lunes frotan con paños y bayetas los suelos, mojaban en agua  sus modernas escobas y sacaban lustre a las losetas veteadas, marcos, colores, bronces; no las miraban, bastante tiene el arte con dejarse mirar, que para eso está, los artistas crearon de la nada obras para contemplarse, Juan Luna Cortés, por ser lunes, por estar cerrado a visitantes y guías el Museo, aún no podía suponer, jamás podría imaginar que al día siguiente Ricardo Almeida García iba a herirse e ingresaría en un sanatorio. Amparo Domingo, que vivía  en la calle de Olite número 14, tercero izquierda, letra D., en Bellas Vistas, cerca del  barrio de Tetuán, en una casa tan empequeñecida por los gigantescos enseres que parecía una cursi casa de muñecas, se levantaba todo el año antes del alba, y lavada y vestida hacía rápida la comida para Onofre Sebastián, su marido, el marido era camarero en la cafetería “Nebraska” de la Gran Vía, casi frente por frente a la calle de San Bernardo, y le gustaban las cosas bien hechas, temblaba cuando oía sonar un plato roto porque él tenía que pagarlo, no por el sonido, que lo conocía muy bien, recogía los pedazos con paciencia, cada partícula era un golpe en su cartera, no entendía nada de aquellas litografías y papeles pegados en las paredes que Amparo Domingo traía del Museo. Estoy harto de tus pintores, decía, más te valía aprender a hacer bien un cocido, que a no ser por mí hace años que no lo comeríamos, sobra aquí ese Greco, y ese Ribera, y ese que llamas Zurbarán, y el Murillo, gracias que yo me traigo sobras, si no nos alimentaríamos nunca. De las cocinas de “Nebraska”, por servir allí  desde el año setenta, le dejaba el encargado a Onofre Sebastián llevarse sobras a casa, sobre todo emparedados y jamón de York, eso lo consiguió Onofre a los cinco años de estar sirviendo, cinco primeros años de chaquetilla crema y de pantalón negro, primeros cinco años de corbata de pajarita y de meter las manos bajo los grifos, acudir a todo, colocar con esmero los cubiertos, secarlos antes, contar cucharillas, tenedores y cuchillos. Un camarero, le explicaba Onofre a su mujer en el sofá cuajado de pañitos bordados a mano, tiene un horario muy justo y ha de estar muy atento, no es como tú, si yo no pongo en fila y por tamaños las botellas y no sé dónde está exactamente la mostaza, las vinajeras, los saleros, los zumos de tomate y los paquetes doblados de servilletas de papel, estoy perdido.”

José Julio Perlado—-“Ciudad en el espejo’

(Continuará)

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(Imagen— Jerry Grabowski)

ENANOS DE VELÁZQUEZ ( 2) : EL NIÑO DE VALLECAS

 

 

Francisco Lezcano, Lezcanillo o el Vizcaíno – cuenta Julián Gállego – fue bufón del príncipe Baltasar Carlos, y también, según Camón Aznar, del funcionario palatino Encinillas. El nombre puede indicar que era naturall de Lezcano, pueblo de Vizcaya. El mote de Vallecas ( pueblecillo cercano a Madrid, hoy absorbido por la capital) se añade medio siglo después de pintado el retrato, que data, para unos, en 1643 y para Camón en 1642.

Lezcano aparece vestido de paño verde, color propio de cacerías, lo que se aviene con el paisaje natural de la sierra de Madrid, que asoma al fondo. La cueva o abrigo donde se halla el enano es un escenario asimismo propicio para la meditación, que los anacoretas de Ribera suelen buscar, afirma Gállego. Por la parte del escote asoma, arrugada pero limpia, la camisa blanca; de las mangas bobas del tabardo, salen los brazos, con mangas rosadas. La pierna derecha aparece de frente, mostrando su deformidad y la suela de su recio zapatón; la izquierda ha dejado resbalar la calza, que se arruga en el tobillo. El vestido, que no es en absoluto de mendigo, ofrece un aspecto de desaliño propio de la descuidada mentalidad del enano, cuya enorme cabeza se inclina ligeramente al sol, con apacible inexpresividad. Pese a su aspecto monstruoso fue pintada por Velázquez con la belleza de una fruta madura.

Entre las manos juntas, gordezuelas, sostiene un objeto que ha sido la peor cuestión interpretativa. Camón piensa que es “un pincel de mango y brocha cortos y planos, que el pintor le dejaría para que se entretuviera “. Para Madrazo es “un trusco de pan o un casco de teja”; Pantorba anota que puede ser un naipe, aunque “ es imposible precisar lo que el Niño tiene entre sus manos”. Para Brown se trata de unos naipes, “mecánica actividad que es todo lo que precisa el pintor para animar la postura y establecer la atmósfera psicológica del cuadro”.

El doctor  Moragas diagnostica que Lezcano “sufre de un cretinismo con oligofrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna.” “ En la cara hay una expresión de satisfacción, favorecida por el entornamiento de los párpados y la boca entreabierta, que parece acompañarse del inicio de una  sonrisa…” Tenía, según Moragas, un criado a su servicio, lo que era común entre los bufones reales.”

(Imagen – Francisco Lezcano,  el niño de Vallecas – Velázquez – Museo del Prado)

EL HOMBRE QUE SE PERDIÓ EN LOS SUEÑOS

sueños.-rggyu.-José de Ribera.-1639

 

«El hombre soñaba que estaba durmiendo en un cuarto igual a aquel en que dormía en la realidad, y también en ese segundo sueño soñaba que estaba durmiendo, y soñando el mismo sueño en un tercer cuarto igual a los dos anteriores. En aquel instante sonaba el despertador en la mesa de noche de la realidad, y el dormido empezaba a despertar. Para lograrlo, por supuesto, tenía que despertar del tercer sueño al segundo, pero lo hizo con tanta cautela, que cuando despertó en el cuarto de la realidad había dejado de sonar el despertador. Entonces, despierto por completo, tuvo el instante de duda de su perdición: el cuarto era tan parecido a los otros de los sueños superpuestos, que no pudo encontrar ningún motivo para no poner en duda que también aquél era un sueño soñado. Para su gran infortunio,

 

 

cometió por eso el error de dormirse otra vez, ansioso de explorar el cuarto del segundo sueño para ver si allí encontraba un indicio más cierto de la realidad, y como no lo encontró, se durmió a su vez dentro del sueño segundo para buscar la realidad en el tercero, y luego en el cuarto y en el quinto. De allí – ya con los primeros latidos de terror – empezó a despertar de nuevo hacia atrás, del quinto sueño al cuarto, y del cuarto al tercero, y del tercero al segundo, y en un impulso desatinado perdió la cuenta de los sueños interpuestos y pasó de largo por la

 

 

realidad. De modo que siguió despertando hacia atrás, en los sueños de otros cuartos que ya no estaban delante, sino detrás de la realidad. Perdido en la galería sin término de cuartos iguales, se quedó dormido para siempre, paseándose de un extremo a otro de los sueños incontables sin encontrar la puerta de salida de la vida real, y la muerte fue su alivio en un cuarto de número inconcebible que jamás se pudo establecer a ciencia cierta.»

 

(Según Francisco Rico en su  «Breve biblioteca de autores españoles» (Seix Barral)  García Márquez nunca se decidió a escribir ese cuento «porque – confiesa – su parentesco es evidente.» Tan evidente – dice Rico – que Borges lo había hilvanado más de una vez. Francisco Rico lo sitúa «en el limbo de los cuentos no escritos» por el colombiano)

 

 

(Imágenes:- 1.- José de Ribera.– 1639.- wikipedia/ 2.-Eva Rubinstein/ 3-Masha Kurbatova/ 4.-Aat Veldohen)

«LOS SENTIDOS» DE JOSÉ RIBERA

«La vista – recordaba Brillat-Savarin -, que abarca el espacio y nos instruye, por mediación de la luz, de la existencia de los colores y de los cuerpos que nos rodean» figura en la serie de los sentidos, de la etapa del joven Ribera, que ahora se expone en el Prado. La vista, que en la historia de la pintura a veces se ha representado con un espejo en la mano que contempla con admiración, en otras ocasiones ha querido acompañarse de una antorcha: siempre la luz y el rostro iluminado.

«El oído – sigue diciendo Savarinrecoge por medio del aire el ruido causado por los cuerpos ruidosos o sonoros«. María Zambranocuenta Ramón Andrés en «El mundo en el oído» -refiere que la escucha de Apolo en el templo de Delfos parecía situar «el oído divino en el centro del mundo«, ese oído que como órgano o sentido, dice, es el que se emplea o «ejerce» de un modo más intermitente: «en el escuchar se da lo más  penetrante y hondo de la atención, la decidida atención que el ejercicio de la vista no requiere«. «¿Sería aventurado concebir el oído – apunta Andrés – como el eje del ser humano? En un tratado escrito bajo el nombre del legendario Hermes Trismegisto se razona que aquel  que escucha debe tener el oído más veloz « que la palabra del hablante».

«El olfato – prosigue Brillat-Savarin -, mediante el cual percibimos el olor de los cuerpos que lo poseen. El olfato, que va a la búsqueda, al cultivo y al empleo de los perfumes».

«El gusto, con el cual apreciamos lo que es sabroso o suculento» da origen – dice también Salavina la producción, a la elección y a la preparación de cuanto pueda servir de alimento«.

«El tacto, al fin, cuyo objeto es la consistencia y la superficie de los cuerpos» y se aplica a todas las artes, a todas las habilidades, a todas las industrias».

«El tacto– cncluye Brillat-Salavin en su «Fisiología del gusto»  – ha rectificado los errores de la vista; el sonido, por medio de la palabra articulada, se ha convertido en intérprete de todos los sentimientos; el gusto se ayuda del olfato y de la vista; el oído compara los sonidos y aprecia las distancias»

( Pequeño apunte sobre esta exposición donde Ribera, además de la serie de los apóstoles y de los filósofos, ofrece aquí  tres de los cinco sentidos: la vista, el olfato y el gusto)

(Imágenes:-1.-la vista.-1615.- Museo Franz Mayer.-ciudad de México/ 2.-el oído.-Museo de Valencia/ 3.-el olfato.-1615.-colección Juan Abelló/ 4.-el gusto.-1615.-Wadsworth Atheneum.-Hatford/ 5.-el tacto.- óleo sobre lienzo- Norton Simon Art Foundation en Pasadena)