“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (36): LA PALABRA Y LA IMAGEN

 

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS:    (36) : La palabra y la imagen

 

13 junio

– El otro día – me reanuda hoy el diálogo la periodista entrando en el despacho – hablábamos de las declaraciones suyas en la universidad de Montevideo sobre la belleza. Pero hoy me gustaría que me ampliara un poco otro tema muy querido para usted, algo que escribió extensamente en “El ojo y la palabra”: la relación entre el artista y la imagen. Como usted ha recordado muchas veces, estamos en el universo de la imagen, pero también ha insistido en que la palabra sigue siendo esencial.

-Sí, naturalmente. En “El ojo y la palabra”, el libro que acaba usted de citar, comentaba yo, por ejemplo, que Van Gogh no había creado el azul, tampoco Picasso, tampoco Miró. Son todos “subcreadores“-en frase de Tolkien – y lo que descubren son las formas o los reflejos de la gran Creación en donde sí está ya creado el Azul desde el principio de los tiempos Todo esto significa, al menos para mí, que el artista sí tiene la última palabra en muchos sentidos: está dotado gratuitamente de una capacidad de observación, de contemplación y de arrebato ante la Belleza que seguramente otros muchos no poseen y que, sin embargo, sí estarán dotados para muchas otras cosas. El artista, pues, se siente impelido a recoger esa Belleza que descubre y contempla y a transmitirla a su modo y manera, con sus técnicas propias. En ese aspecto sí tiene la última palabra, porque, aunque él no lo quiera, en cierta medida se siente obligado interiormente a reflejar esa belleza. Aunque no quiera, nota que no tiene más remedio que hacerlo. Se diría que no sirve para otra cosa. En ese caso, no sería fiel a su vocación de artista si no lo cumpliera.

 

Por tanto el artista, y así lo indicaba también en aquella entrevista de Montevideo, sí tiene la última palabra en esta cultura de la imagen. ¿Quién, si no, la va a tener? Él es responsable de saber contemplar la Imagen con mayúscula ( o las imágenes que transmite el mundo), y él es el responsable también de transmitir la imagen o imágenes a los demás. De lo deseable de la Belleza que contemplamos nace el deseo del artista por copiarlo, interpretarlo, entregarlo y, por parte de quienes no son específicamente artistas, el deseo, podríamos decir, de apropiárselo, el deseo de convivir con ello largo tiempo, el tiempo mayor posible. Aunque a nuestro rápido entender no nos quepa en principio en la cabeza que no nos pueda cansar una puesta de sol, la verdad es que la belleza de una puesta de sol con sus infinitos matices contemplados podría llegar a no cansarnos nunca. Siempre que mantuviéramos viva la capacidad de asombro, que es lo que recordábamos el otro día. Esto no llegamos a admitirlo porque este mundo nos obliga al sentido de la utilidad, de la concreción por la utilidad inmediata, y entonces nos preguntaríamos, ¿para qué me es útil una puesta de sol? Y el siguiente paso sería decir entonces, ¿para qué me es útil la belleza?

Titulé mi libro “El ojo y la palabra” entre otras cosas porque creo que el ojo es lo último que queda del ser humano, el color de la pupila, el ojo entreabierto antes de partir, especialmente ese color, como digo, que encierra cada ojo. Se empobrecen los miembros, los músculos, los movimientos, también las palabras, al fin esas palabras van quedando en monosílabos e incluso reemplazadas por gestos. En el caso del ojo, cuando uno está a punto de abandonar la vida, y mucho antes también, en los meses o semanas anteriores, el ojo va quedándose quizá estático, perdido, sin fuerza ni fijeza, pero, aunque palidezca algo, nunca abandonará su primitivo color. Pueden estar satisfechos los ( o las) que tengan un color de pupilas bonito, porque ese azul o ese color – el que sea- será lo último que se cierre. Además, cuando se emplea la expresión ante el momento de la muerte, “Vamos a cerrarle los ojos“, se dice así, y no “vamos a cerrarle las palabras“, porque las palabras seguramente enmudecieron ya mucho antes.

Por otro lado, la palabra y el ojo van siempre de la mano. A través del ojo vemos el ejemplo que se nos da, y lo que al fin le queda a un ser humano cuando permanece ya solo en la vida, con sus padres ya fallecidos, es el ejemplo de ellos, lo que VIO en la familia y en la vida, no tanto lo que le dijeron. Pocas personas guardan palabras numerosas y aleccionadoras de sus padres y educadores, pero en cambio sí ha quedado en su retina aquello que vio con sus propios ojos, actitudes y ejemplos, buenos y malos, que indicaban coherencia o no coherencia respecto a las palabras que se pronunciaban a lo largo de su educación. Por tanto, el ojo que nos ve en los hijos o en los alumnos recoge más lecciones aún que las palabras. Ese ojo además es el que paseamos a través de la vida en general: en viajes, en acontecimientos, en un fluir incesante de palabras cotidianas, etc. Pienso a veces, y así lo dije en esa entrevista de Montevideo, que las palabras se desgastan porque se usan mal y se abusa de sus contenidos, y el ejemplo de la política y los políticos en general en el mundo – con ese desfile de sucesos, líderes, elecciones y promesas – hacen que uno devalúe la palabra escuchada. El ojo también juzga todo eso, pero, como siempre, es el ejemplo el que va viendo el ser humano, y aunque le llegue también el escepticismo ante lo que ve, es distinto al escepticismo o a la incredulidad ante tantas promesas de palabras.

 

Hay que recordar también que en las familias, todas las casas están llenas de palabras desde el inicio del día a la noche, las madres especialmente se vuelcan en palabras hacia sus hijos y su formación, sencillamente porque, en principio, están más tiempo con ellos que sus padres. Pero creo que ese fluir de palabras tan necesario, incluso un hijo lo puede esquivar, harto ,en determinadas edades, de escuchar lo mismo: lo que es mucho más difícil que esquive es el ejemplo, a veces sin palabras: un ejemplo coherente y firme, en el que se pueden mirar los hijos como en un espejo. Después, naturalmente, ejerciendo su libertad, harán lo que quieran. Pero insisto en esta pequeña valoración porque creo que el mundo actual está sobrecargado o saturado de palabras, – además de las imágenes – y, como he dicho antes, hay un empobrecimiento de las palabras, muchas palabras se manipulan como mentiras, y el excelso valor de la palabra – hasta cuando uno “da su palabra” a otro – se ha vaciado muchas veces de contenido.

 

-Hablaba usted en esa entrevista del “centro” y de los “vaivenes” de la vida…

– Sí, cuando se contempla la historia actual, por ejemplo con sus complejos temas económicos y financieros a nivel mundial, hay que pensar, al menos así lo pienso yo, que son “vaivenes” – a veces esenciales y muy importantes y de grandes repercusiones -, pero que no pueden ocultar de ningún modo el centro ni la profundidad de las cosas, las esencias. Si se pierde el centro, los vaivenes son los que reinan y hay que preguntarse si el mundo, desde hace años, no va detrás de los impulsos de esos vaivenes, arrastrado por las modas y los modos que ellos comportan, viajando a merced de las corrientes imperantes y haciendo que esas modas y esas corrientes sustituyan a lo capital, es decir, haciéndolo capital.

El centro es el centro, y si uno no tiene personalmente un centro vital sobre el que haga girar su vida tendrá que buscarlo y agarrarse a él. Por ejemplo, ¿ es que quizá el “centro” de una vida intelectual puede ser, simplemente,, el “postmodernismo“? Eso causaría risa. No habría más que ver, en ese caso concreto, el resumen de los “ismos” que hacen Guillermo de Torre o Juan Eduardo Cirlot para saber que todos esos “ismos” pasan y que con ellos se escapan épocas y actitudes que son sustituidas inmediatamente por otras. Todo eso son los “vaivenes“, muchas veces deslumbrantes, que, naturalmente deben ser motivo de estudio y de trabajo, pero que no pueden constituirse como “el centro” o el eje de una vida.

La palabra, pues, es la palabra y la Palabra con mayúscula es la que ha engendrado a las otras palabras. “En el principio fue la Palabra“, dice San Juan. No dice “En el principio fue la imagen”, aunque ahora, en nuestra época, la imagen parece que lo ocupara todo. La palabra en ningún caso puede ser apartada ni olvidada. Lo más que puede hacer es completar a la imagen, explicarla. Pero hay que pensar que quienes han escrito sobre “la lectura de imágenes” , por ejemplo, “Cómo se lee una obra de arte“, de Omar Calabrese, o “Leer imágenes” de Alberto Manguel, no tienen más remedio que emplear palabras para glosar tales imágenes, y no pueden glosarlas con otras imágenes. Por tanto, para crear una historia en Imágenes hay que, después de “verla”, edificarla y construirla mentalmente con palabras, que son las que harán en su momento el guión, y luego, para glosar y comentar esas imágenes, también habrá necesidad de emplear palabras. Es decir, siempre – y felizmente – estará la palabra del hombre.

-Esto, de algún modo, está relacionado con lo que cuenta usted en “El ojo y la palabra” al describir los atentados de las Torres Gemelas…

-Sí, me impresionó mucho aquella imagen de 2001. Recuerdo que el 11 de septiembre de 2001, en el momento de los tremendos atentados de Nueva York, estaba siguiendo en casa, como suelo hacer a esa hora, el telediario del mediodía. No se interrumpió ante la catástrofe. Más aún, como era su obligación informativa, lo retransmitió en directo. Vi al detalle todo cuanto ocurría. Meses después escribí sobre aquello: “se estrella el segundo avión secuestrado por terroristas contra la segunda de las dos Torres Gemelas de Manhattan. La imagen del impacto es vista en directo por el mundo entero. El ojo humano queda hipnotizado por la incredulidad y el horror y la palabra no sale de los labios, sólo aparece el gesto. El ojo humano queda imantado en la pantalla y la pupila recorre esa humareda blanca y esa bolsa de sangre incendiada que envuelve a los rascacielos. Minutos después aparecen pañuelos de vida en las ventanas despidiéndose o pidiendo auxilio a la existencia. Otras existencias caen ovillándose para siempre, rodando por el aire de la niñez al suelo, despavoridas, seguidas por el ojo humano que no las puede ayudar. El ojo de la cámara, el ojo del televisor sigue teniendo en su pupila una nube roja y blanca, una mancha o penacho en llamas que le impide ver con serenidad. Las dos Torres están llenas de vidas, es decir, de proyectos, de amores, vacaciones, fiestas, paisajes, niños en las casas, colegios, deudas, créditos, preocupaciones, lágrimas y carcajadas. Pocos minutos después, al caer derrumbadas todas esas vidas, el polvo se hunde haciéndose arena y esa arena expulsa una bocanada de pavor entre las calles, aliento caótico en Manhattan que apenas se huele y que sólo el ojo contempla mientras corre hacia atrás, intentando no ser alcanzado por el televisor. Es el triunfo del ojo sobre la palabra porque la palabra aún no se pronuncia, no ha tenido tiempo de pronunciarse. Sólo el grito y el gesto dominan entre exclamaciones y los diálogos apenas se inician , mucho menos las palabras impresas. Pero las palabras impresas – primeras ediciones de periódicos – pronto aparecerán. Más tarde vendrán primeras ediciones de libros, segundas ediciones, volúmenes, palabras, palabras analizadas, palabras investigadas, encuadernadas, palabras doradas por el estilo, traducidas, bruñidas, repujadas, colocadas en estanterías, situadas en bibliotecas. El ojo no basta. La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, sí, como documento histórico, es importante testimonio ocular, pero visto y no visto en esta increíble mañana neoyorquina, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace en la pantalla. ¿ Qué ha ocurrido en esos edificios gigantes que ahora se derrumban? Y sobre todo, ¿por qué, por qué? Los porqués quedan envueltos en los gases neoyorquinos, en el misterio de la polución americana, dentro de la cúpula del consumismo occidental. Antes de caer las innumerables oficinas, los papeles despiden en el aire las facturas y los balances revolotean suicidándose. Es el cielo de millones de papeles blancos, el cielo de existencias arrojadas desde las ventanas. Los qués siguen apareciendo en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros.” Más tarde los porqués de los análisis en esos libros intentarán explicarnos de algún modo los qués, lo que hay detrás de los qués para que haya tenido que suceder y estallar todo esto.

– Por tanto, usted se reafirma en que es la palabra la que explica la historia y no solamente la imagen.

– Lógicamente. La palabra puede estar en un libro, en un soporte de las nuevas tecnologías de la comunicación, en un móvil, pero la palabra es la que explicará siempre las razones de la imagen. Es la que la completará.

No puede olvidarse tampoco que la palabra no es sólo la palabra leída o escrita sino, antes de ello, la palabra hablada, el diálogo, ya en la infancia, enseñado por los padres al bautizar con palabras cada objeto que el niño mira – mira la imagen que representa al objeto y los padres lo definen con palabras – y lógicamente esto sucede también en la escuela primaria y en los primeros diálogos. La palabra fluye incesantemente por todo ese mundo, y no las imágenes. El diálogo, esencial en la convivencia humana, es un eslabón de palabras y lenguas y no puede ser sustituido por imágenes. Por mucho que se hable de la devaluación de la palabra, la palabra está ahí, y no se la puede ignorar, despreciar o manipular. El gran problema está en saber si en el futuro una videoteca, por ejemplo, por sí sola y sin palabras, llenará intelectualmente lo que hoy una biblioteca y su lectura puede llenar. El reto estará en saber cómo se compagina la enseñanza de la sabiduría con el mundo de las imágenes.

Los adolescentes, y los que pronto abandonarán la niñez, han visto desde siempre el televisor – y hoy los móviles – como un elemento más de su casa y de su vida. Igual que antes ocurrió con el automóvil o con el frigorífico. Edward Albee, entre otros, hizo ver este dato. También Foster Wallace. Los ejemplos de autores serían múltiples. Con la imagen se vive, y también se come y se cena ante ella, y la imagen le persigue a uno a lo largo del día. Pero querría ya citar aquí unas palabras de George Steiner en “Presencias reales” que dicen así: “Si el niño queda vacío de textos, en el sentido más cabal del término, sufrirá una muerte prematura del corazón y de la imaginación y subrayo “en el sentido más cabal del término”. El despertar de la libertad humana puede darse también en presencia de cuadros, de música. Es, en esencia, un despertar por medio del pulso de lo narrativo a medida que golpea en la forma estética. Pero parece que son las palabras las que golpean con mayor seguridad la puerta“.
Creo que esta última frase es reveladora. La palabra es la que golpea con mayor seguridad y no la imagen. La imagen golpea instantáneamente, puede estremecer en un segundo, pero golpea la conciencia quizá con menos profundidad. Es decir, su sonoridad queda más pronto amortiguada

Ante el paralelismo de las palabras y la imagen hay que preguntarse también quíén pronuncia las palabras. ¿Las madres, como yo digo en “El ojo y la palabra“ al hablar de los padres y madres de los escritores?. ¿Quién pronuncia esas palabras que marcan ? ¿El libro? ¿El profesor?

Habrá que aprender a educar con imágenes, y las nuevas generaciones piden que se les explique así el mundo. Pero eso no basta. Consumir sólo imágenes no hace que penetremos en los secretos del pensamiento. Además, la velocidad instrumental de la imagen es rapidísima. Me refiero a que ya tenemos imágenes en el reloj de pulsera. Paralelamente, las palabras en los mensajes se reducen a píldoras de comunicación brevísima. Entonces, ¿cuándo es el momento en que recibimos las palabras reales, las profundas, las de los “por qués“? ¿En la escuela? ¿Y en el momento en que dejamos el colegio o la Universidad? ¿Y cuando ya no tenemos las palabras familiares de nuestros padres educándonos en la medida en que les deja su tiempo libre? Se diría que el hombre, arrojado al vértigo social de la vida corriente, se alimentará de imágenes, pero ¿quién decide y manipula esas imágenes? Se hace difícil que ese hombre se alimente con la lectura. Entonces, ¿cuándo va a enlazar cuando sea mayor con la corriente de la sabiduría ? ¿Quién va a explicarle a ese hombre los porqués? Aparte de esto, todos cuantos exponen imágenes en películas o televisión, sobre todo si escriben un guión, y por tanto quieren dar un mensaje a través de la sucesión de imágenes, tienen que profundizar antes en las ideas, y esas ideas suyas las captarán y elaborarán estudiando y comparando testimonios y lecturas, es decir, palabras. Es un mundo fascinante.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”—Memorias

 

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (2)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido adelantar aquí la publicación de  mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que espero aparezcan pronto como libro.  Se irán publicando lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (2)

 

 

24 abril

en el Botánico de Madrid

Hoy en soledad. He querido alejarme un poco de la periodista y de la entrevista porque necesito venir de vez en cuando hasta estos árboles, oír el sonido de esta fuente y ver cómo los pájaros picotean. Me es necesario este remanso tranquilo antes de volver a los recuerdos. Cuando uno intenta escribir un libro vienen frecuentemente hacia ese libro miles de hojas revoloteando : las preguntas, lo que he hecho y oído en el día de ayer o de hoy y también lo de hace años. Vienen volando rapidísimas estas hojas, cada una desde un sitio distinto de la imaginación, de la memoria, del recuerdo, vienen apretadas y urgentes unas contra las otras sobre esta página que estoy escribiendo ahora en este banco del Botánico, en esta pequeñísima y oculta glorieta y ante una fuente, y estas hojas y recuerdos revolotean, se congregan, se amontonan con un ligero polvillo en torno al banco, a mis pies, en la primavera de Madrid. Aquí estoy solo. Cada vez que pienso en la joven periodista que ha empezado a venir a verme desde hace unos días, dispuesta al parecer, según me ha dicho, a elaborar una especie de semblanza o biografía mía y para ello rodearme con numerosas preguntas, recuerdo la respuesta que le lanzó García Márquez a una muchacha empeñada en titular su amplísima entrevista: “250 preguntas a García Márquez”. El escritor, amablemente, la invitó a tomar un café y le dijo: “Si yo contestara 250 preguntas, el libro sería mío”. Y algo de eso me puede pasar. ¿De quién sería este libro entonces, de la periodista o mío? Mientras pienso en todo ello repaso lo poco que tengo escrito, lo releo, lo corrijo, voy colocando cada cosa en su sitio. Joan Miró daba una vuelta cada día por su estudio mallorquín y retocaba aquí y allá cuadros anteriores, terminaba una pincelada, añadía un color. Aquí, entre flores y caminos de estos setos tan cuidados, entre tantos aromas y colores, me siento a releer estas primeras páginas que van creciendo muy poco a poco y que espero puedan irse expandiendo en ramajes diversos, igual que lo hace la variedad de plantas que me rodean. De vez en cuando levanto la vista del cuaderno y miro hacia el gran edificio con su pared de ventanas que cierra uno de los extremos del Botánico y pienso en la excelente vista que supongo tendrán aquellos altos dormitorios y comedores al contemplar desde arriba este campo de flores, estos espacios limpiamente trazados. Y los árboles. La visión que tendrán de estos árboles.

 

25 abril

 

en casa

 

Tampoco hoy había quedado citado con la periodista y aprovecho por tanto para recuperar recuerdos. Vuelvo la mirada a mi vida y veo ahora desde aquí, desde este despacho en que trabajo, aquel paseo junto al río que yo he recorrido tantas veces y veo también a mis abuelos esperándome en Cabueñes, en Gijón, mi abuelo con su sombrero negro y su bastón nudoso en la mano, que está aguardando a que yo llegue al jardín y yo, un niño, temblando por si se enfada, él de pie en lo alto de la pequeña escalera de hierro que asciende del jardín a la casa, veo también a todos mis amigos, al delgado Juan, un muchacho irónico, de rostro afilado, que se dedicó a la radio, al bondadoso y entrañable Manuel bajando las escaleras de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid entre tanta gente a media mañana, un alma selecta, una salud quebradiza, una amistad por encima del tiempo, unas conversaciones íntimas y transcendentes, un recuerdo por encima del tiempo, lo noto ahora, va conmigo, han pasado muchos años y sigue yendo conmigo, es una presencia impalpable, de repente sé que en una calle, Manuel, a través de las nubes, por encima de las nubes, me sigue con la mirada, una mirada que yo no puedo definir ni casi advertir porque es una presencia total, una especie de acompañamiento en el tiempo, como si dijera “No te preocupes, que aquí estoy”. Yo ando y ando y de repente no veo a Manuel pero sé que ahí está, de vez en cuando Manuel da la impresión de desaparecer, pero no, al otro lado de la nube, una nube que tampoco es una nube, en medio de un cruce de semáforos pero también en el pasillo, cuando escribo, o en medio de problemas, a veces estoy sumido en problemas casi siempre menores, o en el silencio de una reflexión, noto que algo ha hecho Manuel sobre mí, ¿quién me protegió de aquel camión fulgurante en medio de un túnel, al pasar con su enorme estruendo y sus focos potentes, pitando y pitando con el claxon, con sus ruedas gigantes que casi rozaron las mías, las de mi pequeño automóvil asustado por aquel roce inesperado que casi me manda al otro mundo? Veo también aquellas carreteras blancas, sinuosas, del norte de España, los precipicios y los acantilados, veo las curvas del desfiladero que giraba con el río, luego la remontada hacia la superficie, las crestas de los Picos de Europa, en algún momento los Picos de Europa parecía que se confundían con el Pirineo de Aragón, pero no, no son los mismos, las ruedas del coche toman caminos distintos, como dos carreteras que se bifurcan en el tiempo, no, no quiero hacer nada de literatura, quiero escribir de lo real y de las ruedas, cada una a su modo, unas van hacia los Picos de Europa y otras hacia el valle de Ansó, veo cómo me inclino en el agua de Aigües Tortes, simplemente cómo me inclino, no, tampoco se pueden forzar los recuerdos, los recuerdos van y vienen como envueltos en gasas danzantes, van y vienen por la memoria, se esconden, aparecen, no conviene forzarlos, de repente los recuerdos desaparecen, un recuerdo asoma como un deshecho de una gasa que danza, una danza nebulosa y gaseosa, me veo en lo alto de los Picos de Europa, no lejos de Potes, exactamente en lo alto del monte donde se levanta Santo Toribio de Liébana, y abajo, en el valle, pacen unos caballos, ¿pero son los mismos caballos que aquellos de Andújar, en años distintos?, me monté en uno de ellos, nunca me había montado, y me dejé llevar pausadamente, mansamente, guiado por las pezuñas y los cascos que resbalaban entre las piedras, bajando hacia el río, recuerdo las crines del caballo al viento, cómo no me daba miedo acompañarle, el caballo iba seguro entre las piedras, a veces dejaba resbalar una por la arena, hacía un ruido, era una pequeña piedra blanca bajo los cascos, no, menos que una piedra, era arenilla entre piedras pequeñas y yo no bajaba la mirada, iba seguro porque iba seguro el caballo, pero no deseo que ahora me contemplen cabalgando ni que sigan mi mirada desde lo alto del camino de Santo Toribio de Liébana observando abajo a los caballos, ésta es la tierra, la hermosa tarde, serán las seis y media o las siete de la tarde, es verano, agosto, el coche lo he detenido en este camino y he venido hasta el final a perder mi mirada en el valle, he escrito mucho sobre la mirada, capítulos enteros de libros, la mirada de los artistas, la mirada en el arte, pero esta mirada en agosto desde la altura nada tiene que ver con el arte, mi mirada es distinta en el mar o en el monte; en el monte, en la extensión del monte, la mirada siempre me ha dado reposo, quietud, remanso, mi pupila tan cargada de ciudades, de pantallas y de luces, de guiños continuos en todas partes, una pupila sobrecargada de visiones cruzadas que deben estar atentas al menor parpadeo de la eficacia, de la velocidad, de la utilidad, esta pupila se adormece y se tiende sobre este valle de agosto en que están abajo los caballos, pero también las vacas, están los tonos de los prados, una casita de tejados rojos que apenas se ve, unos caminos diminutos, un pequeño automóvil entre los prados, y sobre todo la extensión, la paz, las ondulaciones de la tarde, cada atardecer parece igual en esta superficie de verdes y marrones, algún campesino que anda despacio a lo lejos está dando una pequeña vuelta, si me quedara media hora aquí vería cómo el sol desaparece lentamente y más adelante se enciende alguna luz.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

 

(RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS)

ESPACIO MIRÓ

 

“Cuenta Juan Eduardo Cirlot en su “Diccionario de los ismos”  al hablar de lo que él llama la teoría infantilista en el arte que “consultados los niños de las escuelas de los Estados Unidos  sobre qué cuadros de los museos les agradaban más, contestaron unánimemente  que los de Miró, en especial su “Interior holandés”.

Ahora llega la noticia de que se reconstruye exacta y minuciosamente el taller de Miró, allí donde creó su atmósfera y su vida, “ y así reconstruir – señala la crónica – cómo Miró se movía por el espacio y cómo lo utilizó, además de identificar las manchas de pintura y asociarlas a obras concretas. El Departamento de Colecciones ubicó, gracias a filmaciones y fotografías de la época, todos los objetos, que, según el inventario, suman casi 4.000 piezas. De esta forma, se ha podido reconstruir fielmente, sin concesiones al artificio, el espacio original de los setenta, la época de máxima ebullición de Miró (…) La realización del inventario ha permitido descubrir que hay varios objetos duplicados en los talleres de Mont-roig y de Palma de Mallorca, y que dan cuenta de sus fijaciones: un retrato de Pablo Picasso, otro de Joan Prats, un sol de palma, una calabaza, un pez globo, un balancín, varias postales (…) Miró se dedicó a crear su propia pinacoteca, recogiendo objetos encontrados en la playa, en el campo o en las calles: esqueletos de caracolas, ranas, ratas o murciélagos; piedras; alambres; instrumentos de laboreo…”

 

 

También Cirlot habla de lo que él denomina  “folklorismo plástico” y comentando la obra de Joan Junyer anota que “ en su pintura se propone seguir, en ocasiones, los modelos ofrecidos  por la cerámica mallorquina: los belenes y las palomas de barro cocido, someramente recubierto de tintas fulgurantes y que le llaman al cultivo de ese estudio que, tangelcialmente, parece haber afectado asimismo a Miró y a Paul Klee, el de los objetos naturales: piedras de color recogidas a la orilla del mar, escamas, minerales diversos.”

Es en ese mundo cuidadosamente colocado por donde el pintor caminaba cada mañana, entre objetos, telas y pinceles, trabajando intensamente en su “espacio Miró”.

 


 

(Imágenes -1 – Miró – interior holandés- 1928  / 2- Miró- 1976- Andrew Weiss Gallery -artnet/ 3- Miró en su taller)

MIRÓ EN LOS TIEMPOS DE PARÍS

 

 

“Fue André Masson quien me presentó  a Hemingway– contaba Joan Miró – . Enseguida se interesó por mi obra y sobre todo por “La Masia”. Hicimos gran amistad. Él vivía entonces en rue Notre Dame – des- Champs. Era cordial, simpático. Pobre como yo. Los dos lo pasábamos muy justo. Y para ganar algún dinero, Hemingway hacía de “sparring” de los pesos fuertes. Yo también hacía deporte. Me ayudaba a mantenerme en forma y a tener la cabeza despejada por completo. Solía acudir al gimnasio del Club Americano en el boulevard Raspail, y boxeaba con Hemingway.”

 

 

Se lo contaba así  Miró a Lluís Permanyer y él lo recogió años más tarde en “Los años difíciles” . “Yo boxeaba con Hemingway – decía el pintor – al igual que los demás. El pegaba. Pegaba duro. No a mí, claro. Formábamos una pareja muy divertida: él tan fornido y yo tan chico. Entonces mi horario de trabajo era el de siempre. Siempre he sido muy metódico. Solía  levantarme temprano, bastante temprano. Hacía yo mismo la limpieza del taller. Lo tenía muy ordenado. Yo trabajaba sin descanso, cada mañana y cada tarde. Me costaba concentrarme. El taller de Masson era contiguo al mío, sólo nos separaba una delgada pared. Se oía todo. El vivía entonces con Odette, la que fue su primera mujer, y solían mantener, con admirable regularidad, acaloradas discusiones. Parecía como si los tuviera en mi propio taller. Tenía que hacer grandes esfuerzos para poder concentrarme en mi trabajo.

 

 

Mis diversiones eran el deporte y salir con los amigos. A unos pocos metros del taller de la rue Blomet había un café en cuya trastienda funcionaba un baile negro. Allí acudíamos a menudo. También nos pasábamos horas y horas charlando en la Rotonde. Fue centro de reunión de los Picasso, Modigliani… Recuerdo también que solía ir a cenar “Au Nègre de Toulouse”. Joyce iba casi cada día. Hemingway me lo presentó. Era un tipo un poco raro, poco comunicativo. Le acompañaba siempre su hija, que le hacía de secretaria. Él estaba muy mal de la vista. Frecuenté la librería Shakespeare and Company. Hemingway acompañó a Sylvia Beach a mi taller.

 

 

Es difícil explicar lo que yo sufría cuando tenía que trasladar mis telas de un lado a otro de París. Al oír el ruido que hacían, colocadas sobre el techo del taxi, lo pasaba muy mal, porque temía que se estropearan.

Por mediación de Hemingway conocí a Gertrude Stein. A ella nunca le interesó lo que yo hacía, pero siempre se mostró muy hospitalaria. Stein, tan gorda, en todo momento iba acompañada de su amiga Toklas, que era como un pajarillo”.

 

 

(Imágenes -1-Joan Miró – 1927- metropolitan museum/  2- Hemingway/ 3- Joan Miró- 1934- metropolitan Museum/ 4- James Joyce y su hija Lucía/  5- Joan Miró -1925)

YO PINTO COMO SI FUERA ANDANDO

 

 

“Yo pinto como si fuera andando por la calle – decía Joan Miró en 1958 -. Recojo una perla o un mendrugo de pan; es eso lo que doy, lo que recojo; cuando me coloco delante de un lienzo, no sé nunca lo que voy a hacer; y yo soy el primer sorprendido de lo que sale.

Ir de mejoramiento en mejoramiento, en el sentido extremo de la palabra, es ir hacia una pura decadencia. Por donde hay que ir perfeccionándose es por dentro, a pesar de que ello comporte, como sucede con frecuencia, un fracaso exterior.

 

 

Considero que para hacer algo en el mundo se ha de sentir amor al riesgo y a la aventura y, sobre todo, saber prescindir de eso que el pueblo y las familias burguesas llaman “porvenir”.

No creo que el arte haya llegado a ningún callejón sin salida. El hombre siempre irá abriendo nuevas puertas; lo importante es saber a dónde conducen esas puertas. Y luego  tener fuerza para emprender el camino que se vea desde ellas”.


(Imágenes – Joan Miró : 1- un pájaro persigue a una abeja – 1927 – foto metropolitan museum art artist- rights soviety New York – the New York Times/ 2- 1976- andrew weiss gallery- artnet/ 3- el lagarto de las plumas de oro -1967- andrew weiss gallery- artnet)

ESCRIBIENDO UN LIBRO

 

jardines-noio- Jack Butler Yeats- mil novecientos cincuenta

 

“Cuando uno está escribiendo un libro vienen frecuentemente hacia ese libro miles de hojas revoloteando. Sueños, preguntas, encuentros, lo que he hecho y oído en el día de ayer o de hoy y también lo de hace años. Vienen volando rapidísimas estas hojas, cada una desde un sitio distinto de la imaginación, de la memoria, del recuerdo, vienen sin ser llamadas, y se van pegando apretadas y urgentes unas contra las otras sobre esta página que estoy escribiendo ahora en el Botánico de Madrid, sentado en el banco de esta pequeñísima y oculta glorieta y ante una fuente, y estas hojas y recuerdos revolotean, se congregan, se amontonan con un ligero polvillo en torno al banco, a mis pies, en el centro de Madrid.

 

jardines-dryyn-Sergei Arsenevich Vinogradov- mil novecientos trece

 

Mientras pienso en todo esto repaso “Relámpagos”, el libro que estoy escribiendo: lo releo, lo corrijo, voy colocando cada cosa en su sitio. Joan Miró daba una vuelta cada día por su estudio mallorquin y retocaba aquí y allá cuadros anteriores, terminaba una pincelada, añadía un color. Aquí, entre flores y caminos de estos setos tan cuidados, entre tantos aromas y colores, me siento a releer este libro que va creciendo y expandiéndose cada vez con ramajes diversos, igual que lo hace la variedad de plantas que me rodean. De vez en cuando levantó la vista de la página y miro hacia el gran edificio con su pared de ventanas que cierra uno de los extremos del Botánico y pienso en la excelente vista que supongo tendrán aquellos altos dormitorios y comedores al contemplar desde arriba este campo de flores, estos espacios limpiamente trazados. Y los árboles. La visión que tendrán de estos árboles. Recuerdo aquella visión que yo tuve en los montes de Galicia, hace años, cuando levantaba también mi mirada desde el interior del automóvil. Durante mucho tiempo los automóviles han sido mi despacho. En ciudades y en campos. En Galicia, por ejemplo, solía conducir muy despacio por un camino de robledales  y castaños hasta encontrar un mismo lugar como refugio. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras.

 

jardines.-rrvff.- Robert Gallon.-1897

 

Un día, escuchando en el coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora, aún me parecía ver su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. “Un cuento – me había dicho entonces y ahora le escuchaba – es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector”. Me impresionaba escuchar de nuevo su voz, una voz cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero como me impresiona siempre oir la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos, algo que al menos para mí, me conmueve más que una fotografía”.

José Julio Perlado ( del libro inédito “Relámpagos”)

 

jardines-ynnbb- Max Liebermann

 

(Imágenes.- 1.-Jack Butler Yeats– 1950/ 2.-Sergei Arsenevich Vinogradov– 1913/ 3,. Robert Gallon. 1887/ 4.-Max Lieberman)

MIRÓ Y LA TIERRA LABRADA

-Me levanto todos los días a las ocho – le dice Joan Miró a Georges Raillard paseando por el estudio -, me baño y bajo aquí, al taller Sert, donde trabajo hasta la hora del desayuno. Luego continúo hasta las dos. Como, descanso veinte minutos e inmediatamente vuelvo aquí, al trabajo. Por la tarde reviso lo que he hecho por la mañana y preparo el trabajo del día siguiente. Pero la hora en que más trabajo es muy temprano, a eso de las cuatro de la mañana. Trabajo sin trabajar. En la cama. Entre las cuatro y las siete me entrego completamente a mi tarea. Después vuelvo a dormirme, entre las siete y las ocho. Casi siempre es así.

Trabajo absolutamente solo. Sobre todo, que no haya nadie. Nunca. Nadie entra en el taller cuando estoy trabajando. Mientras trabajo no miro el paisaje, que es magnífico. Hay pocas ventanas y corro las cortinas. Nada, nada. Lo que me excita es eso: esa manchita blanca en el suelo. Hay quien se hace leer poemas mientras trabaja, textos, no sé qué. En mi caso está absolutamente descartado. Es esa mancha blanca lo que constituye para mí un estímulo excitante, aquella roja, esta negra.(…) Un día me preguntaron si tenía ayudante para limpiar los pinceles. Desde luego que no. No puedo. Por otra parte, ahora trabajo muchas veces con los dedos. Hundo los dedos en la pintura, en las tintas litográficas. Así, así es como pinto. (…) Por ejemplo, la huella de mi mano. Para hacer las huellas de la mano empiezo por poner negro sobre la tela, y después meto la mano dentro, así; pero la mancha negra que me ha servido de apoyo se va a convertir en otra cosa. Por eso le dije que es el punto de partida lo que me gusta. Por ejemplo, he puesto allí esa mano, pero es preciso que quede allí. De pronto, es necesario que no esté.
Pienso en todo esto mientras visito la exposición “Miró: Tierra” en el Museo Thyssen de Madrid. El pintor de las estrellas no está aquí. Está la tierra labrada como un hortelano, la tierra alejada de los campos siderales, especialmente la tierra de Mont-Roig, entre 1918 y 1923. “Sí – le diría un día a Yvon Taillandier -, trabajo como un hortelano o como un vendimiador. Las cosas llegan lentamente. Mi vocabulario de formas, por ejemplo, no lo descubrí de pronto. Se formó casi a mi pesar. Las cosas siguen su curso natural. Crecen, maduran. Hay que injertar. Hay que regar, como con la ensalada. La cosa madura en mi espíritu. De modo que trabajo siempre en muchas cosas a la vez. E incluso en campos distintos: pintura, grabado, litografía, escultura, cerámica.(…) Para mí, un objeto es algo vivo: este cigarrillo, esta caja de cerillas contienen una vida secreta, mucho más intensa que algunos humanos. Cuando veo un árbol recio recibo una impresión, como si fuera algo que respirase, que hablara. Un árbol es también algo humano.(…) Trabajo en un estado de pasión y arrebato. Cuando comienzo una tela, obedezco a un impulso físico, la necesidad de lanzarme; es como una descarga física. Naturalmente, una tela no puede satisfacerme enseguida. Y al principio siento ese malestar que le he descrito. Pero como soy muy peleón en esas cosas, entablo el combate. Es un combate entre yo y lo que hago, entre yo y la tela, entre yo y mi malestar. Este combate me excita y me apasiona. Trabajo hasta que cesa el malestar.”
Es la tierra labrada del artista que aquí mira especialmente a la tierra de Mont-Roig, en Cataluña. “Aquel paisaje – ha confesado Miró en alguna ocasión – me produjo enorme impacto. Mi padre, que era muy estricto, me consintió al fin que me dedicara a la pintura. Por las tardes, de tres a cinco, iba a la escuela Galí, y de siete a nueve, al Círculo Sant Lluc. De cinco a siete, tomaba apuntes a lápiz por calles y cafés. Galí me enseñaba a pintar. Tomaba un mechero, y con los ojos cerrados, realizaba el proceso de palparlo para tratar de reproducirlo luego en el papel sin tenerlo delante. Claro que también la pintura románica del Parque de la Ciudadela era mi obsesión. Todavía hoy voy a Montjuich. Me apasiona, pero tambien es cierto que no veía del todo el color. Recuerdo que, pintando patatas, apuntes que todavía conservo, fue como aprendí a crear rayos de color que iban venciendo la enorme dificultad del ejercicio”.
(Fotos: “Tierra labrada” (1923-1924), Museo Guggenheim de Nueva York, estos días en el Thyssen de Madrid- eshock.com/ taller de Miró/ Joan Miró.)