LA IMAGEN MÁS BELLA DEL SIGLO XX

 

 

“Para muchos la imagen más bella del siglo XX no fue obra de Picasso, Jackson Pollock, los arquitectos de la Bauhaus ni los cámaras de Hollywood — dice Peter Watson en su “Historia intelectual del siglo XX” —. Se trata de una fotografía, un trozo de reportaje, aunque, con todo, original en extremo: una fotografía de la Tierra vista desde el espacio. Muestra un planeta ligeramente azul, debido a la cantidad de agua de la atmósfera, y resulta conmovedora porque reflejaba el mundo tal como podría ser visto por otros ajenos a él: un lugar relativamente pequeño y, ante todo, finito. Este último hecho fue el que más emocionó a algunos.”

 

 

A los cincuenta años de la aventura lunar, la voz de Neil Amstrong en aquel 21 de julio de 1969, sigue narrándonos  el descubrimiento: “ la superficie es suave y polvorienta; puedo… puedo removerla sin dificultad con la punta del pie. Se adhiere en finas capas como tiza en polvo a la suela y los costados de mis botas. Tan sólo puedo moverme centímetros, o tal vez una fracción de centímetro; pero puedo ver las huellas de mis botas en las finas partículas arenosas… No parece existir demasiada dificultad para moverse de un lado a otro, tal como imaginábamos … Nos encontramos en un lugar llano, muy llano, de hecho.”

 

 

(Imágenes—1-moodaloholic -imagery our Word/ 2- brad -foto golodpaint/ 3- foto Rhys Logan – National geographic)

CIUDAD EN EL ESPEJO (8)

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (8)

 

”Hay rostros y cataduras extrañas, ángulos de sombra y ojos aún adormecidos. Se han subido por el montacargas, desde las cocinas, los grandes cubos metálicos en los que se esconden apiladas y ordenadas las jarras de leche caliente. No hay café. Hay un tono ligeramente oscurecido que simula el café y engaña la vista, es malta, o café descafeinado, algo que parece y no es, hombres en batas, todas de color azul y envolviendo a pijamas antiguos , de tonos chillones, están acodados, desayunando en largas mesas y sentados en bancos que parecen interminables. No van atados como en las cárceles, pero sí están encadenados a su obsesión personal, cada uno a la suya. Mira Jacinto, le dice Regino Cruz Estébanez, yo ahora no tengo el picor de la depresión, no quiero morirme,  es por días. Es hombre grueso Regino, de buen cuerpo, con enorme papada. El doctor Martínez Valdés, cuando recibió la ficha de Regino de manos de Sor Benigna, no se asombró al leer: ingeniero industrial, experto en informática, especialista en ordenadores. Llegó el momento de preguntarle en la consulta y ya leyó que Regino Cruz tiene cuarenta y cinco años cumplidos, dos hijos, es hombre apacible y cariñoso con su mujer y con sus chicos, profesional atento y competente. Es una chispa, sabes, le está diciendo ahora a Jacinto Vergel Palomar, de Manzanares el Real, que sigue mojando mansamente su pan en el tazón de leche. Es una chispa que salta de la pantalla, generalmente un número que brilla igual que una estrella, una estrella vibrante y fugaz, y eso me golpea. Le golpea a usted el cerebro, Regino, le preguntará con paciencia en su consulta el doctor Valdés. Sí, así es, cómo lo sabe, le dirá Regino Cruz Estébanez. Quedará asombrado de que alguien le adivine el pensamiento, se adelante a él y le descubra.

 

 

Sí, contestará al doctor Martínez Valdés, la chispa que tintinea en la pantalla tintinea también en mi cerebro. Entonces, proseguirá diciéndole el psiquiatra, noto que todo tiembla dentro de mi cuerpo, yo nací en Madrid, en la calle de Génova, cerca ya de la plaza de Colón, usted no sabe lo que siento, siento que me evaporo, que me esfumo, que no soy nadie, que desaparecí, nadie se acuerda de mí. Es un nombre, un apelllido entre millones de apellidos, se llama Cruz y la  cruz   precisamente es que sabe, no sólo que tiene que morirse, sino que se va a morir, Madrid es una luz pálida y ceniza que inunda la calle de Goya, es un riego de automóviles bajando y subiendo, oscurece ligeramente el día, la jornada empieza y parece que se va. Pero quien no se va por los siglos de los siglos es exactamente la ciudad de Madrid, que ha cambiado los dibujos, los trazos, las fotografías  primeras, el cinematógrafo en el inicio de su movimiento, por este zumbido de tráfico trepidante, vidas que pasan envueltas en carrocerías y deslizando veloces sus neumáticos. Y usted qué piensa en ese momento, Regino, le preguntará el doctor Valdés, piensa acaso que todo va a desaparecer o que desaparecerá usted. Sí, las dos cosas, pero cómo lo sabe, le repetirá al psiquiatra Regino Cruz. Y se le quedará mirando, ensimismado un momento en la consulta. Y entonces, Valdés, hará una pausa, echará un poco su sillón hacia atrás y le insistirá: Vamos a ver, Regino, le preguntaba si piensa en esos momentos que todo va a desaparecer o que el que desaparece es usted.

— Es Madrid —le dirá Regino al médico —. Es Madrid la que me ignora. Como si yo no hubiese nacido.

Efectivamente, las ciudades se tragan a los hombres, y las generaciones pasan igual que sombras, se creen algo, nada son, las ciudades tampoco.

 

 

Don Pedro Martínez Valdés dobla ahora, por fin, la curva que le lleva a la calle de Menéndez y Pelayo, dejó la calle de Alcalá, ignoró los aromas que llegan este martes de mayo desde el rincón dela Retiro, todo el olor del gran parque que fue inmenso en su día y que hoy quedó reducido, intenta acercarse como puede a la avenida de Menéndez y Pelayo, al costado de esa larga calle, como si un olor de mar de flores asomara hacia las casas. Poco se puede hacer, sin embargo. La capital está tan sofocada de humos que las flores se quedan atrapadas en sus macizos, habría que entrar por las avenidas y caminos hasta el corazón del quiosco musical del Retiro, ese quiosco que la pasada noche sirvió de refugio de trashumantes y mendigos, y el coche pequeño y blanco del doctor Don Pedro Martínez Valdés deja muy a la derecha ese quiosco, las estatuas mutiladas  de los Reyes blanqueados, avanza un poco más hacia ese comedor del  sanatorio del Doctor Jiménez en donde Regino Cruz Estébanez esta ayudando a recoger los tazones de leche mientras tras los gruesos cristales de sus gafas, Jacinto Vergel observa a este hombre y piensa qué sorprendente es la vida al ver cómo ayuda a la limpieza y al aseo su amigo Regino”

José Julio Perlado

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Coninuará)

 

 

(Imágenes —1-Dan Flavin/ 2- Marily Minter – 2013/ 3-Jackson Pollock – 1947)

LA ATENCIÓN DE UN MAESTRO

 

 

“A lo largo de los años he podido observar que el auténtico maestro suele ser dos cosas: severamente exigente, por un lado, y por otro, afectuosamente generoso.” Estas palabras, pronunciadas por Claudio Guillén el 24 de febrero de 2000 en la “cátedra Jorge Guillén” de la Universidad de Valladolid, y reunidas en “Entre el saber y el conocer”, retratan el perfil del maestro tal y como el autor lo vivió a lo largo de años. “El maestro es hoy por hoy – continuaba– quien impulsa bien a las claras el mecanismo de ejemplaridad que ha sido fundamental en nuestra civilización, lo mismo occidental que oriental. La ejemplaridad  es algo que acontece, como un proceso interior a la trayectoria de unas relaciones reales entre hombres y mujeres diferentes. Es todo lo contrario de la norma, el dogma abstracto, la idea vista como esquema elevado y remoto. Es la encarnación de las normas a través del influjo personal, del individuo que da “buen ejemplo” a quienes conviven con él. Sin sermones ni ademanes autoritarios, esa persona ofrece no ya una orientación sino una inspiración. No es, muchas veces, que no sepamos qué hacer o qué imitar. Pero el influido, el inspirado, necesita un ejemplo concreto para llegar a hacer lo que viene deseando hacer, para perfeccionar no sus conceptos sino su comportamiento. Un influjo humano, una experiencia vivida, acaso inolvidable, consigue actualizar lo que quedaba latente anteriormente. Y lo que se viene transmitiendo, claro está, es unos valores.”

 

 

Claudio Guillén recordaba en esa conferencia a ciertos maestros – algunos  de ellos famosos – que él había tenido. Pero a su primer maestro, el profesor de Historia del Arte, Lane Faison, no lo olvidaría. “ El profesor Faisonevocaba – dedicaba cada clase a un artista individual, digamos Boticelli, o Manet, o Matisse. Escribía unos datos antes de empezar en la pizarra y presentaba sus diapositivas, perfectamente ordenadas, con mucha serenidad y una voz sorda, casi confidencial. Entonces se producía una prodigiosa iluminación, el tránsito de ver a mirar, de mirar a descubrir, y luego a sentir y entender y relacionar. Nos enseñaba a ser atentos. Pedía y despertaba la capacidad de atención del alumno, la paciencia minuciosa, la sensibilidad ante los pormenores del objeto de interpretación. Amigos, ¿qué conseguí yo tal vez, muchos años más tarde, si no acercarme en alguno de mis  trabajos a la obra literaria con la misma atención que me había enseñado aquella experiencia de la pintura?

 

 

Faison consagraba todos sus esfuerzos a la enseñanza, sin escatimarlos, sin ambigüedad alguna. Todo en él parecía sencillo y verdadero. ¿Cómo explicar la calidad personal del maestro que logra comunicar perfectamente la calidad del objeto de estudio?”

 

 

(Imágenes.-1-Bosco Sodi- 2017/ 2- Jeon Gwang Young/ 3-Jackson Pollock- 1950/ 4- Arshile Gorky- 1947)

LA CASA DEL TIEMPO

A través de la Casa del Tiempo, de la casa del Viento y de la Lluvia, y de la casa de las Nubes, describió y se adentró por escaleras y ascensores de la atmósfera del cielo el científico R. A. Watson Watt, tal y como – en la ficción – quiso adentrarse también Italo Calvino creando y bautizando a sus “Ciudades invisibles”.

Los cielos que vemos o no vemos – a los que alzamos alguna vez la mirada desde la ciudad o desde el campo – elevan su casa entre humedad de nubes, provisiones de agua, ventilaciones, iluminaciones y refrigeraciones. El piso más bajo de todos – así nos lo va contando Watson en “A través de la Casa del Tiempo(Austral) -, es decir, la planta baja, es aquel en el que transcurre nuestro tiempo habitual de viento y nublados, de lluvia y nieve, de claridad y pureza, de calor y frío. El techo de esta planta baja está a más de diez kilómetros sobre nuestras cabezas, pero esta casa del Tiempo tiene más de cien pisos, y sólo alcanzaremos a ver algo de su hermosa decoración entre los pisos décimo y el piso número cien.

Recuerda Watsonen estas conferencias que pronunció en la B. B. C. en 1934 –  que en la iluminación decorativa de la Casa del Tiempo existen “colgaduras aurorales, tenues y luninosas de los pisos superiores de la Casa del Tiempo -que se cuentan entre las más bellas -, pero es la magia diurna del cielo azul, la magia nocturna del fondo de la estrellas, la que se extiende en la primera planta, en esta planta en la que vivimos“. Y también explica por qué son azules las sombras lejanas de los paisajes montañosos y cómo las estrellas, que lucen durante el día, no podemos verlas sino dificultosamente por culpa de la luz desviada por las moléculas de aire, partículas de polvo, gotas de agua y cristales de hielo de la atmósfera situadas en la planta baja de esta Casa.

Abrimos así las puertas de este grande y alto edificio, subimos por sus escaleras de nubes, utilizamos la caja de los ascensores, observamos el cielo raso de la planta baja, las diferentes salas, los colores, las luces, y alcanzamos incluso al fin – en un espacio de reflexiones – lo que Watson Watt llama  “los cuartos de la servidumbre“, es decir, allí donde trabajan los hombres y mujeres entregados diariamente a observar el mapa, investigadores constantes del tiempo que hará mañana, metereólogos y comunicadores que verterán en la prensa, la radio y las pantallas lo que el Tiempo les transmite.

Esta casa invisible quizá nos lleve también – entre realidad y ficción – a otras casas eslabonadas que se extiendan por ciudades invisibles. Hasta la ciudad de Zaira, Anastasia, Zora, Despina, Zirma, Isaura y tantas otras más. Memorias, signos, deseos, cambios y nombres de mujer que Calvino nos propone.

(Imágenes:- 1.-Steve y Chris.-luces del Norte/2 -la luz blanca.-1954.-Jackson Pollock.-MOMA/3.-Gary Simmons.-2008.-Metro Pictures)