LA PRIMERA CLASE DE ORTEGA

 


“ Octubre de 1909. La Escuela de Estudios Superiores de Magisterio, que acaba de crearse en Madrid —recuerda María de Maeztu —se había instalado provisionalmente en un pequeño edificio de la calle Montalbán número 20, no lejos del Museo del Prado. Son las nueve de la mañana; el aula, con una ventana que mira a los jardines del Retiro, está ocupada  por cuarenta estudiantes, hombres y mujeres, que han ingresado, mediante concurso, por orden de mérito, y se disponen a escuchar la palabra del profesor.  Estos alumnos son maestros que han venido de todas las provincias de España para cursar los estudios correspondientes al doctorado de  Pedagogía. Ortega había sido nombrado profesor de Filosofía  y llegaba precedido de un gran prestigio, especialmente por sus artículos  en forma de ensayos publicados en “El Imparcial”.

Entra Ortega en la clase con una carpeta de cuero en la mano. De ella saca un libro pequeño: es un diálogo de Platón —el “Teeteto” —; antes de comenzar la lectura expone a los alumnos lo que va a ser su curso de filosofía. Filosofía, dice, es la ciencia general del amor. La palabra del maestro, clara, precisa, elegante, produce una extraña emoción. Los alumnos intentan tomar notas en sus cuadernos, mas, al punto, quedan absortos, detenida la pluma en el papel ante la maravilla de aquella exposición filosófica, vestida con una gran riqueza de imágenes y metáforas. Parece que asistiéramos — sigue diciendo María de Maeztu —, no a la explicación de una clase magistral, sino a la peripecia de una teoría dramática cuyo protagonista es la propia vida del filósofo.

Al año siguiente, 1910, Ortega hace oposiciones a la cátedra de Metafísica que ha quedado vacante en la Universidad Central de Madrid. Tiene que explicar una lección ante el tribunal. Sus alumnos vamos a presenciar el espectáculo. Ortega comienza aquel juego de acrobacia en un torneo de oratoria que alcanza la máxima perfección. La lección, el ejercicio, dura una hora. Ortega, al terminar, no muestra la menor fatiga: ha ganado su primera batalla como si no hubiera entrado en el ruedo. Elegido a los pocos días entre los concursantes, debuta como catedrático en la Universidad Central de Madrid: tiene veintisiete años.”

 

 

(Imagen —Ortega y Gasset- por Zuloaga/ 2- Ortega- tautología)

LA VOZ DE ORTEGA

 

 

“Ortegaescribe Pla con sus grandes dotes de observador – es de estatura pequeña, pero grueso y metido en carnes, y viste una excelente americana cruzada de color gris claro, sobre la cual destaca un cuello planchado, reluciente, y una corbata azul, a lunares blancos. Un hombre bajito, vigoroso, uno de esos hombres que parece que tienen que llevar unos tacones una pizca más altos que los corrientes. Pero todo eso es secundario en esta figura, porque lo que fascina inmediatamente de este hombre son las líneas del rostro y el relieve de la cabeza, que eliminan del campo visual todo lo demás.

El contorno de la cabeza, invadida por una acentuada calvicie, es voluminoso. En ella destacan unas facciones a medio dibujar, de cierta rudeza, de acentuada volumetría, que a veces parecen modeladas en barro de una manera  tosca, que no ha logrado alcanzar la suavidad y la finura, pero que impresionan, por su masculinidad y la fuerza del relieve. La frente es amplia y vasta, prominente, y, debajo de las cejas, los ojos palpitan de vida: unos ojos matizados, de una movilidad sorprendente, que siguen las incidencias de la vida mental del profesor —en este momento su discurso — con una fidelidad absoluta, como siguen sus gestos, sus censuras o sus preferencias.

 


 

La voz de Ortega es prodigiosa. Es una voz llena, de barítono granado, de una admirable precisión  de matices, de una vocalización perfecta, llevada hasta las últimas exigencias vocales.  Por eso es una voz que parece sólida y al mismo tiempo es suave, afrutada, delicada, de superficies que incitan al tacto. Es como un mueble viejo, de buena madera, sólidamente construido y llevado, por medio de un trabajo persistente y misterioso, a presentar unas superficies bruñidas, de brillos fascinadores, de reflejos soñados. Esa doble serie de condiciones — esta voz sólida y fluida a la vez, estructurada y líquida — hace que se os aparezca como una cosa perfecta, acabada (…) En la oratoria de Ortega, el constructor del idioma y el artista del idioma son inseparables. (…)  Los oradores castellanos ( en general) tienden al solo de clarinete . El instrumento de Ortega es el violonchelo, un violonchelo de buena madera, muy bien ajustado, explícitamente bien tocado.”

 


 

(Imágenes-1- Ortega por Zuloaga/ 2-Nasa/ 3- Max Ernst- 1964- Galería lufof)

EN TORNO A ZULOAGA

 

Los retratos de Zuloaga, excelentemente analizados y comentados por Lafuente Ferrari (Dialnet) pueden servir de eficaz acompañamiento a la hora de visitar la actual exposición que sobre el pintor vasco se celebra en Madrid.

 

 

“Para Zuloaga, el carácter lo es todo – recuerda Lafuente Ferrari – , a ese carácter sacrifica detalles, rasgos y delicadezas, y, en cambio, subraya con atroz energía, gesto, acción y mirada. La mirada sobre todo; Andrenio dijo ya, en un pasaje recordado por mí en otra ocasión, que Zuloaga era el pintor de los ojos; pero esos ojos no nos invitan a penetrar en un alma, sino que nos imponen su personal y peculiar carga de fuerza. Carácter y vigor expresivos son, pues, para Zuloaga las notas que interesan en un retrato. (…)  Para Zuloaga, carácter es personalidad; en su representación interesa la energía total con que se manifiesta y no la psicología, es decir, el abanico de un complicado sistema de posibilidades latentes. Lo que atrae en el individuo es aquello que afirma su vida como presencia; como acción, más que la calificación matizada de sus diferencias anímicas. (…)

 

 

En muchos casos sabemos que Zuloaga trabajó sus retratos con el mínimo tiempo de pose del modelo. En 1941 pintó, por ejemplo, el retrato de Azorín. Durante una mañana, la mañana del día 30 de abril de 1941 exactamente, el escritor, sentado frente al mirador de las Vistillas, posó ante el maestro, que dibujó del natural la espléndida cabeza, en una hoja de su álbum. Por la tarde, lejos ya del modelo y sólo con su dibujo, Zuloaga pasó, interpretando y abreviando hasta la síntesis, el dibujo al lienzo en blanco, dispuesto para ejecutar la pintura. No estoy muy seguro de ello; pero es probable que Azorín no pasara muchas más horas ante el artista y hasta es posible que aquella breve sesión de la mañana bastase al maestro para terminar definitivamente el cuadro; si esto no ocurrió así en este caso, algunas veces sucedió, en efecto, y Zuloaga, que no era hombre vanidoso, pero que podía con justicia enorgullecerse de su memoria visual, realizó hazañas semejantes, que alguna vez se complacía en relatar.

 

 

De sus propios labios oí la que sigue: un día, en su estudio de París se presentó, a hora conveniente, un personaje norteamericano, ya conocido de Zuloaga o amigo de amigos, que acudía a saludarle y a expresar su deseo de tener un retrato suyo pintado por el artista vasco. Zuolaga le escuchaba mostrando la aquiescencia vaga que espera oportunidad concreta y compromiso definitivo para la ejecución. Por ello, al decirle que con mucho gusto Zuloaga pintaría la obra, hubo de sorprenderse cuando nuestro expeditivo americano afirmó que no solamente estaba decidido a que Zuloaga le retratase, sino que venía a ello porque embarcaba al día siguiente para su país. Zuloaga, que no gustaba de coacciones ni de prisas, hubo de aceptar la cosa como se le presentaba ; hizo sentar a su modelo y, tras una sesión no muy larga, porque el viaje inmediato no permitía muchos ocios al modelo, quedó fijada por el lápiz del artista la cabeza del hombre de negocios y la silueta de su actitud en el retrato; ante aquel dibujo y sin más contacto con el natural, el artista pintó después su cuadro, con éxito pleno y gran satisfacción del retratado. Probablemente no fue éste uno de los casos más ingratos para el artista, que prefería siempre que se le dejase en libertad para esa final tarea de encajar y componer un retrato sin la tiránica y a veces molesta presencia del modelo; no en balde recordaba siempre Zuloaga aquel dicho de su maestro Degas cuando decía que si el modelo estaba en el tercer piso, había de tener el estudio en el quinto. Entre uno y otro, la tiranía del natural se esfumaba y el pintor quedaba en mayor libertad para la creación.

 

 

Esta anécdota – sigue diciendo Lafuente – nos lleva a recordar otra muy curiosa que he conocido recientemente y que muestra la penetración y la doble vista de Zuloaga, a la vez que su intensa concentración en su modelo cuando pintaba un retrato. Posaba ante él un famoso ingeniero inglés, Mr. Parshall, que después de haber realizado famosas obras hidráulicas en todo el mundo, tales como el famoso barrage del Nilo, junto a la primera catarata en Assuan, había venido a residir en España por estar asociado a importantes compañías extranjeras que proyectaban embalses en los Pirineos. El ingeniero posó sin prisa ante Zuloaga y el retrato avanzaba; un día, el pintor, con pretextos lo interrumpió y, al parecer, no volvió a trabajar en el cuadro, al menos con el modelo delante. El maestro hubo de ser obligado, en la intimidad, a dar una explicación de su aparente arbitrario capricho. «Me era imposible seguir pintando a ese hombredijo D. Ignacio—. He visto la muerte en su rostro». El modelo, en aparente buena salud cuando posaba para el cuadro, moría poco después de rápida e inesperada enfermedad”.

 

 

(Imágenes-1-Zuloaga- retrato del artista con capa- todoesliteratura/ 2-Unamuno/ 3- Azorín- EFE/4- Valle Inclán – El Pasajero/ 5- Mauricio Barrés- wahoart/ 6 -Manuel de Falla- Pinterest)

AZORÍN Y SANTA TERESA

Teresa de Jesús- buii- manuscritos- elnortedecastilla es

 

“Yo vivo literariamente en el siglo XVl – confesaba Azorín-. Para mí el pasado está arriba y el presente está abajo; por eso yo digo que estoy en el pasado, es decir, en el siglo XVl, y bajo de cuando en cuando al presente, es decir, al siglo XX”. – Se lo comentaba así a Marino Gómez Santos en 1958 y éste lo ha recogido en su volumen “Vidas contadas” (Renacimiento). Ahora se unen la actualidad del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa con la evocación personal, de algún modo, de mi visita al Azorín muerto, en marzo de 1967, el día en que asistí al  “entierro de su pequeño ojo azul” atravesando Madrid y recordando sus visiones de España.

Azorín no es el único que se ha acercado al estilo de Santa Teresa – lo han hecho muchos otros, entre ellos Menéndez PidalGarcía de la Concha o Antoni

 

Azorín- vvvrrf- Ramón Casas-wikipedia

 

Comas – pero quizá es uno de los más asiduos lectores y admiradores de la Santa castellana. En “El alma castellana”- de 1900 -y en el “Diario de un enfermo” – de 1901 – Azorín dice: “Yo amo a esta atormentada mujer con amor apasionado y mórbido. ¿Qué artista no la amará? Teresa de Jesús es nuestra. Representa la fe omnipoderosa, el desprendimiento profundamente artístico de las terrenas cosas, el ansia de infinito, el vuelo firme y sereno al Ideal”. En su discurso de ingreso en la Real Academia – “Una hora de España” – afirma: “Es falso que Descartes sea superior a Santa Teresa“. En “Clásicos redivivos” evoca también : “Teresa de Jesús camina despacito, con pasos silenciosos, por el ancho claustro… La vida de Teresa, escrita por ella misma, es el libro más hondo, más denso, más penetrante que existe en ninguna literatura europea; a su lado, los más agudos analistas del yo son niños inexpertos”.

 

Teresa de Jesús- bin-Las Moradas- mil quinientos ochenta y ocho-regmurcia com

 

En “El pasado” – 1955 – agrega: “En el libro de “Las Fundaciones” contemplamos la vida española en el siglo XVl: hay aquí de todo: retratos, escenas, interiores… Nunca el análisis psicológico ha profundizado más: léase el capítulo dedicado a la neurastenia; Teresa es, para los artistas, como es Cervantes, una lección perpetua; más lección, en cuanto al estilo, que Cervantes. En Cervantes tenemos el estilo hecho, y en Teresa vemos cómo se va haciendo“.

 

Azorín-unn-junto al retrato que le hiciera Ignacio Zuloaga- mil novecientos cincuenta y cinco- diariodeinformacion com

 

Tres años después, en una conversación en su casa madrileña de la calle Zorrilla, Azorín volvía a decir: “creo sinceramente que al estudiar la biología de la prosa castellana debemos atender, en primer término, a Santa Teresa. singularmente a sus Cartas. El lenguaje de las Cartas de Santa Teresa está en formación perpetua; es un lenguaje como si dijéramos, en ebullición. La Santa se ha pasado gran parte de su vida en los caminos y en las posadas, aparte de que mantiene una copiosa correspondencia muy activa y necesita escribir sin exoneración ninguna, tal como se habla con la gente popular en las posadas y en los caminos”.

 

Teresa de Jesús- bew- manuscritos- bne es

 

(Imágenes.-1.-manuscrito de Santa Teresa- elnortedecastilla/ 2.-Azorín por Ramón Casas/ 3- “Las Moradas- 1588- regmurcia com/ 4.-Azorín junto al retrato que le hiciera Ignacio Zuloaga- 1955- diariodeinformación/ 5.-manuscrito de Santa Teresa)

VIEJO MADRID (43) : LHARDY

Llardy- eesmu- samovar- wikipedia

“Entre los comedores de Lhardy – recordaba en un artículo Luis G. de Cándamo -, el que guarda más secretos de la historia de España es el salón japonés, donde se desarrollaron toda suerte de conspiraciones y conciliábulos. Fue el rincón preferido del general Primo de Rivera para reuniones reservadas de ministros y personalidades de la dictadura, y, por contraste, aquí se decidió el nombramiento de don Niceto Alcalá Zamora como presidente de la República.

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El decorador de Lhardy fue Rafael Guerrero, padre de la actriz doña María Guerrero y el gusto del segundo Imperio, dotado de esa elegancia de alta burguesía, se perfiló en el diseño de la fachada de Lhardy, construida en magnífica madera de caoba de Cuba, como símbolo de las que fueron nuestras provincias de Ultramar.” Lorenzo Díaz, en su “Madrid: bodegones, mesones, fondas y restaurantes desde 1412 a 1990” recuerda que la decoración interior de la tienda, con sus dos mostradores enfrentados y el espejo al fondo, permanece intacta, tal como fue proyectada por Guerrero, y en los diferentes comedores – Salón Isabelino, Salón Blanco y Salón Japonés – se conservan los revestimientos del papel pintado de la época: chimeneas, guarniciones y ornatos, citados en obras de Galdós, Mariano de Cavia, Azorín o Ramón Gómez de la Serna.

Lhardy-eerrt- publicidad en ABCEn las interesantes biografías de Lhardy – la de Julia Mélida y la de José Altabella -se evocan algunas de las habitaciones que para determinados huéspedes de calidad se situaban en la última planta, por ejemplo – apunta Mélida -, ” el imaginario Fernando Calpena, héroe galdosiano de “Los Ayacuchos”, que el marqués de Salamanca verdadero logra aposentar allí a su paso por Madrid.” Y anota a su vez Lorenzo Díaz que tales habitaciones las cedía el dueño a clientes amigos  y  Sarasate y Mazzantini las ocupaban durante su estancia en Madrid.

Llardy-gbn-salón isabelino- wikipedia

Ahora Lhardy comparte sus 175 años de historia en papel con la Biblioteca Nacional y la opulenta consola que sostiene la fina botillería de la tienda abre paso al interior de los comedores donde se celebraron famosas cenas, muy elogiadas por especialistas de la talla del doctor Thebussem. O también banquetes célebres, como el ofrecido por Arturo Serrano a Jacinto Benavente en reconocimiento a uno de sus éxitos teatrales o el que quiso brindar un grupo de intelectuales al diestro Manolete.

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En la trastienda de Lhardy, a partir de las ocho y media de la tarde, se reunían en los años cincuenta Zuloaga, Domingo Ortega, Chueca Goitia, Julio Camba, Antonio Díaz- Cañabate o Luis Miguel Dominguín que se cubría muchas veces con su clásica capa española.

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Vieja estampa madrileña del caldo y el jerez, las barquichuelas de ensaladilla, las calientes croquetas o los suaves emparedados antes de adentrarse en las comidas exquisitas escoltadas por generosos vinos.

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(Imágenes.-1, 2, 4, 5, 6 y 7.-Lhardy.-wikipedia/ 3- cartel sobre Lhardy en el periódico ABC)

TOROS Y PERIODISMO

Ahora que los tendidos de la vida están divididos entre taurinos y antitaurinos, quizá sea curioso recordar algunas de las cosas que el periodismo recogió en torno a la Fiesta. J López Pinillos (Parmeno) escuchaba de labios de Juan Belmonte –  respetando su acento peculiar sevillano y trasladándolo en lo posible al lenguaje de la entrevista – las palabras del diestro, y así las entregaba a los lectores enLo que confiesan los toreros” (Turner):

“¿Mi mayor apuro? El de Tablada. Escuche usté. – le decía Belmonte al periodista – Por entonses yo no había toreao más que en los tentaderos y en los puebleciyos, y pa aprender iba de noche a Tablada con otros muchachos, ensendía unas luses de asetileno que yebábamos de Seviya y me ensayaba con las reses del corralón. Un amigo íntimo de mi padre, Carderón, el banderiyero, que, como por aquella época no toreaba, iba hasia Nimes pa vender porvorones y mantecaos – y por sierto que se comió las muestras en el camino -, me escribió desde Valensia ofresiéndome una corrida, y dos noches antes de emprender el viaje, al salir yo del teatro con mi terno nuevo – que tenía tres temporás -, me encontré a Riverito, a Toboso y a otros amigotes y nos fuimos a Tablada. Tuvimos la suerte de que uno de los bichos embistiera con bravura, y ya habíamos resuelto chaquetearlo hasta que se cansara, cuando se levantó un airaso que apagó las luses, y mis amigos, prudentemente, se fueron. Yo, que, enfrascao toreando, me quedé, le di algunos lanses al bulto – porque no veía más que un bulto – y de pronto sentí un choque, subí como una flecha, caí como un peñón, oí unos resoplíos y aguanté unos trastasos… y al levantarme comprendí que más decentemente entraría en Valensia en carsonsiyos que con la aljofifa que había dejado el toro sobre el cuerpo”.

Cuando el entrevistador le pregunta a Belmonte por su toreo, el diestro comenta primero su cogida en Granada y pasa después a explicar lo que para él son las “reglas”:

“Mi cogida en Granada es una cogida que nadie vio cómo fue, y yo, menos que nadie. Estaba toreando de muleta a un toro de Nandín, confiao y seguro; di un lanse, pasó to el bicho debajo de la franela, desde los pitones hasta el rabo, y de pronto ¡purrumpumpúm!, me encontré en el aire, pegué un  guarraso bestial y me recogieron con la ropa hecha trisas ¿Cómo fue?… Yo todavía estoy esperando que me lo expliquen.

Yo no sé las reglas del toreo – sigue diciendo Belmonte -, ni tengo reglas, ni creo en las reglas. Yo “siento” el toreo, y, sin fijarme en reglas, lo ejecuto a mi modo. Eso de los terrenos, el del bicho y el del hombre, me parese una papa. Si el matador domina al toro, to el terreno es del matador. Y si el toro domina al matador, to el terreno es del toro. Esa es la fija. Y lo de templar, mandar, parar y recoger depende de los nervios del tocaor y de la madera de la guitarra ¿Me comprende? Y de cuando en cuando, el toque no le disgusta a uno y no entusiasma al público. Por ejemplo: yo, que no me engrío nunca con lo que hago, el año 15 toreé y maté a mi gusto, en Seviya, un toro de Santa Coloma, y la gente me aplaudió menos que otras tardes que había toreao y matao mejor. Pues ¿y los oles y los aplausos que saca uno si se arrodiya?… Y como casi siempre se arrodiya uno porque la guitarra no le deja tocar bien…”.

Ahora que los tendidos de la vida – también los periodísticos – dividen sus opiniones entre taurinos y antitaurinos, volver alo que confiesan los toreros” – Joselito, Belmonte, Rafael el Gallo y tantos más – es al menos un ejercicio evocador de originales entrevistas.

(Imágenes:- 1.-Juan Belmonte ( a la derecha) junto a Joselito “el Gallo”, en la plaza de Murcia, en abril de 1920.-wikipedia/ 2.-retrato de Belmonte, por Ignacio Zuloaga)